Capítulo XIII

— Deberíamos acabar con su vida.

— Yo… no me atrevo.

— ¿Acaso le tienes miedo? Mira bien: ese cuerpo es un desecho humano. Casi le haríamos un favor.

— Aun así, les sigo diciendo que cometeríamos un grave error. He oído decir que tiene muchísimo poder.

— ¿Esa escoria? —dijo despectivamente—. ¿Estás bromeando? Ni siquiera puede mantenerse en pie. Dudo mucho que aguante más de una semana en estas condiciones, con el ambiente tan húmedo que se respira aquí. El aire está muy viciado, todo está atestado de ratas y otros seres… más desagradables.

— Entonces, ¿por qué quieres acabar con su vida? Esperemos unos días y dejemos que esta mazmorra haga el trabajo por nosotros. Así no tendremos remordimientos.

— ¿Remordimientos? ¿Ahora va a resultar que tienes principios? Seguro que no pensabas lo mismo cuando diste orden de acabar con toda aquella gente, por no hablar de las otras fechorías que cometiste.

— Eso era diferente. He visto algunas cosas, me han explicado otras muchas… tú deberías saberlo mejor que nadie.

— ¡Bah! Son sólo tonterías. Una semana. Te doy una semana. Si para entonces esta celda no ha acabado con su mísera existencia, te juro que lo haré yo con mis propias manos.

Ambos hombres salieron de la mazmorra y cerraron con llave. En cuanto el sonido de sus pasos se hizo inaudible, el bulto que se acurrucaba en un rincón de la celda se movió. Al principio tanteó el lugar a gatas, pero cuando sus ojos se acostumbraron de nuevo a la oscuridad, los movimientos de su cuerpo se hicieron más precisos y decididos. Se puso en pie, se acercó al minúsculo agujero labrado en la piedra que servía de tragaluz y, asomando la cabeza, contempló la luna en cuarto creciente. Levantó la vista con mirada desafiante, giró la cabeza en dirección a la puerta que poco antes habían traspasado los dos hombres y habló con voz clara y autoritaria:

— Aunque me cueste la vida, asquerosas alimañas, no conseguirán su objetivo. Jamás.


Inuyasha cabalgó sin descanso durante cuatro días. Nada más llegar a palacio, pidió audiencia con el rey. Ordenó a sus hombres que llevaran los caballos a los establos para reemplazarlos por otros de refresco mientras que él esperaba con impaciencia a que el monarca lo recibiera. Ni siquiera había perdido el tiempo en cambiarse de atuendo: sus ropas estaban sudorosas y cubiertas de polvo por el largo trayecto, pero decidió que la vida de Miroku era más importante que su apariencia ante el rey. La guardia real, al verlo entrar en el castillo de Windsor con un aspecto tan deplorable, le cerró el paso, pero Inuyasha dijo quién era y no les quedó más remedio que permitirle la entrada, nos sin antes despojarlo de todas sus armas.

Era bastante temprano, y el mayordomo real le informó de que el soberano aún no había salido de sus aposentos privados, así que lo llevaron por unos pasillos hasta la sala del trono. Aquel día el rey no concedía audiencias, ya que era domingo y tenía que asistir a misa, por lo que pasaron más de tres horas hasta que los lacayos anunciaron su llegada.

Inuyasha no paraba de caminar de un lado para otro bastante alterado, mientras la guardia real lo vigilaba a distancia. Su paciencia estaba llegando al límite cuando el soberano hizo entrada en la sala, custodiado por una docena de soldados. Con paso decidido y mirada altiva, Toutosai I se dirigió a la tarima. Todos, incluido Inuyasha, inclinaron sus cabezas en señal de sumisión cuando el monarca pasó a su lado, y no la levantaron hasta que les dieron orden de hacerlo, después de que el rey se sentara en el trono con un grácil y estudiado movimiento.

Toutosai era un hombre que ya se acercaba al ocaso de sus días. Era un apasionado de la caza y la buena comida. Su disoluta vida repleta de excesos había hecho mella en él, mostrando un rostro avejentado de mejillas enrojecidas, surcadas de arrugas y ojos acuosos, propio de un desmedido bebedor. Una poblada perilla de color castaño intentaba disimular, sin éxito, sus mandíbulas prognáticas [2], muy estrechas, que según se comentaba le impedían ingerir alimentos sin provocar desagradables ruidos. Vestía un jubón de paneles brocados, ya en desuso, un justillo bordado y una capa de satén forrada en piel.

El duque de Buckinham, sobre el cual circulaban muchos rumores referentes a la estrecha relación que mantenía con el monarca, se acercó a Toutosai por la derecha e, inclinándose hasta quedar a su altura, le murmuró algo al oído. El rey asintió con la cabeza, recorrió la sala con la mirada y finalmente la fijó en Inuyasha, haciéndole una señal para que se acercara.

— Lord Inuyasha, acérquese. —El rey hablaba con un áspero acento, y su voz sonó chillona e irritante.

— Majestad, me siento muy honrado de que me haya recibido. —Inuyasha le rindió pleitesía con sus palabras, sin alzar la vista del suelo.

— Lo sé, lo sé. —Restó importancia al asunto con un regio movimiento de la mano—. De cualquier modo, estaba esperando su llegada.

— ¿Ah, sí? —Inuyasha levantó la cabeza y lo miró directamente a los ojos—. En ese caso, ya sabrá cuál es el motivo de mi visita.

— Por supuesto. He sido convenientemente informado de lo sucedido. Lord Inuyasha, tengo que decir que los cargos que se le atribuyen al conde de Tempton son muy graves.

— Alteza, si me permite hablar con total franqueza…

— Adelante. No esperaba otra cosa de ti.

— Todas las acusaciones que le imputan a mi hermano son falsas. Éste es el resultado de una trama urdida por quién sabe quién para acabar con él.

— ¿Cómo puede estar tan seguro? —El monarca elevó la voz—. ¿Tiene pruebas que demuestren la veracidad de sus palabras?

— No, majestad, pero estoy dispuesto a hacer lo necesario para probar su inocencia. Además, no sé si sabrá que, dos días antes de ese suceso, el castillo de mi hermano fue atacado en plena noche. Los asaltantes se lo llevaron retenido a un lugar desconocido tras perpetrar multitud de barbaries. ¿No le resulta extraño?

— Lord Inuyasha, jamás me han gustado este tipo de situaciones tan comprometidas. Yo sólo tengo constancia de que el conde de Tempton está acusado del asesinato de un par del reino. ¡Un par del reino, nada menos! Todas las evidencias apuntan a su culpabilidad.

— ¡Eso no es cierto! —exclamó Inuyasha ofendido—. Miroku jamás podría haber cometido semejante crimen.

— Cálmese, lord Inuyasha, o tendré que dar por terminada esta conversación.

— Discúlpeme, majestad —se excusó con humildad.

— Eso está mejor —afirmó el rey complacido—. Lord Inuyasha, quiero mostrarle algo. —Toutosai hizo una señal al duque de Buckingham y éste se acercó, portando algo entre sus manos—. ¿La reconoce?

Inuyasha no vaciló en contestar.

— Por supuesto. Es la daga de mi hermano. El emblema que aparece grabado en la empuñadura corresponde al escudo del conde de Tempton. Lo que no entiendo es: ¿Por qué la tiene usted en su poder?

— Lord Hoyo Itami fue hallado muerto con esta daga clavada en la espalda. Acaba de confirmarme que pertenece al conde de Tempton, así que poco le queda ya que alegar a su favor. Además, el muchacho murió blandiendo su estoque, y éste tenía el filo manchado de sangre. Mis propios soldados han corroborado que su hermano sufre una profunda herida en el pecho, sin duda realizada por la punta de una espada. Incluso me han notificado que hubo un testigo que afirmó haber visto cómo lo mataba, además de haber dado orden de secuestrar a su esposa. ¿Qué tiene que decir al respecto?

— ¡Eso es una calumnia! Miroku sería incapaz de asesinar a alguien por la espalda. ¡Él es un hombre de honor! Quiero hablar con ese supuesto testigo.

— Va a ser del todo imposible. Me han informado de que, tras testificar, se vio envuelto en una riña de taberna y acabó flotando en el río.

— Pero ¿No se da cuenta de que todo esto es un complot para acabar con él?

— Puede ser, pero también le digo que mientras no presente pruebas irrefutables que lo exoneren, lord Miroku Taisho permanecerá confinado en la torre a la espera de juicio. Por desgracia, ya sabes cuál será la sentencia. Si en el plazo de tres meses no me aporta pruebas, no quedará más remedio que declararlo culpable y ordenar su ejecución. Por otro lado, he resuelto que todas sus propiedades sean confiscadas, quedando provisionalmente a disposición de la corona. En último extremo, esos bienes pasarán a pertenecer a la viuda de lord Hoyo Itami, como contraprestación al agravio cometido, en tanto no se demuestre la inocencia del conde de Tempton. Sin embargo, este decreto no podrá hacerse efectivo hasta que lady Kagome aparezca, puesto que me han informado de que la dama permanece aún en lugar desconocido.

— ¡Eso no es justo! ¡Esas tierras han pertenecido a mi familia desde hace generaciones!

— Lord Inuyasha, ya lo he dispuesto así. De todos modos, y en deferencia a su leal servicio hacia la corona durante todos estos años, mi decisión no impide que su familia siga viviendo allí hasta que transcurra el tiempo convenido, como tampoco implica que puedan ser molestados mientras tanto.

Inuyasha hervía de furia. ¿Quién podría estar detrás de toda esta patraña? Removería cielo y tierra hasta hallar al culpable y, cuando eso ocurriera, moriría bajo sus propias manos.

— Majestad, querría hacerle una última petición.

— Adelante, lord Inuyasha. Hable.

— Me gustaría ver a mi hermano. Deseo cerciorarme de que se encuentra bien, y necesito saber su versión de los hechos.

— Como desee, pero tiene que saber que su estado no es muy bueno. Hasta ahora ha permanecido inconsciente debido a la gravedad de sus heridas, por lo que no ha podido confirmar ni desmentir las acusaciones que pesan en su contra. —Inuyasha iba a replicar, pero el rey continuó hablando—: Antes de que me diga nada, le puedo asegurar que el conde de Tempton ha sido tratado como corresponde a un par del reino. Por su celda han pasado los médicos de la corte, y han sido ellos los que me han informado de su situación. Pero tiene mi permiso para visitarlo.

Inuyasha hizo una reverencia y abandonó la sala a paso ligero. Salió de palacio, no sin antes recoger sus armas, y tomó el camino hacia la torre. Antes de entrar, inspeccionó el lugar, forjando una loca idea en su mente, pero la desechó cuando comprobó que la edificación estaba fuertemente guardada. Sería imposible rescatar a su hermano de allí. Desilusionado, entró en la torre, donde fue recibido por dos carceleros de tosca mirada.

— Soy lord Inuyasha Taisho. En nombre del rey, exijo ver a su prisionero, el conde de Tempton.

Los guardianes ya debían estar al tanto de su próxima llegada porque, sin mediar palabra, asintieron con la cabeza. El más alto cogió un gran llavero y se lo entregó a su compañero, indicándole con un simple gesto que obedeciera. Inuyasha y el hombre comenzaron a subir las angostas escaleras de la torre hasta llegar a la última planta, donde se detuvieron junto a una robusta puerta de roble, custodiada por dos soldados armados con picas que los miraron con desconfianza. El carcelero se adelantó y rebuscó en el manojo de llaves hasta encontrar la correcta, que procedió a introducir en la cerradura. Los goznes chirriaron al abrirse la puerta, y el celador le indicó a Inuyasha que podía pasar.

En cuanto entró en la celda, la puerta se cerró de un golpe. La estancia estaba en penumbra, ya que el único tragaluz que existía era de reducidas dimensiones, así que tuvo que esperar unos minutos hasta que su vista se acostumbró a la oscuridad. No se oía nada, salvo el silbante sonido de algún roedor que deambulaba cerca de sus pies. Un olor acre, mezcla de orín, excrementos y comida putrefacta, inundaba toda la mazmorra, provocándole unas agudas náuseas.

— Miroku, ¿me escuchas?

Nada. ¿No se abrían equivocado de celda?

Inuyasha caminó dos pasos y se detuvo cuando notó como su pie chocaba contra algo en el suelo. Se agachó, tanteando en la oscuridad, hasta que palpó la forma inconfundible de un brazo humano.

— ¿Miroku?

Oyó un débil quejido a su lado, seguido de un ligero movimiento.

— Miroku, ¿eres tú?

— ¿Inu… Inuyasha…?

— Sí, hermano, soy yo.

Inuyasha cogió a su hermano por los hombros y lo acercó con cuidado a la luz que entraba por el hueco de la ventana. Ahogó una exclamación cuando vio el estado en el que se encontraba. Tenía la cara completamente deformada, con unos oscuros moretones que cubrían la mayor parte de su tez. La nariz estaba partida, manchada de sangre reseca, e innumerables cortes purulentos surcaban sus pómulos y su frente. Una barba de una semana hacía irreconocible su rostro.

— Miroku, ¿quién te hizo esto?

— Sango…

— Tu esposa está bien. He dejado a mis hombres custodiando el castillo en mi ausencia, así que no le ocurrirá nada. Miroku, ¿puedes decirme qué sucedió?

— Inuyasha, estoy… estoy muy débil. No creo que sobreviva.

— ¡Claro que lo harás! Eres fuerte, hermano. Sólo tienes que aguantar un poco hasta que yo consiga desenmarañar esta farsa. Tienes que explicármelo todo para así poder ayudarte.

— Inuyasha… —Miroku le cogió la mano con inusitado vigor y la atrajo hacia él—. Inuyasha, tienes que… tienes que prometerme una cosa.

— Dime —contestó con seguridad.

— Quiero que… que cuides a Sango y le digas… que mis últimos pensamientos han… sido para ella.

— ¡Miroku, no! ¡Tú nos vas a morirte! —Aseguró Inuyasha con convicción.

— Inuyasha… quiero que… me lo… prometas —su voz se iba extinguiendo a medida que hablaba.

— Te lo juro por mi vida, pero ahora tienes que decirme lo que sepas. Miroku… ¿Miroku?

Inuyasha sintió que el cuerpo de Miroku se desplomaba entre sus brazos. Estuvo a punto de soltar un grito de agonía, estremeciéndose al pensar que había muerto, pero al apretarlo junto a su pecho notó que aún respiraba. Sólo se había desvanecido. Lo acomodó como pudo en el estrecho catre, el único mobiliario que había en la celda, lo tapó con una roída manda y avisó al carcelero para que le abriera.

Se fue de allí sin mediar palabra, cabizbajo y profundamente enojado. Rechazó el ofrecimiento del rey de instalarse en una de las habitaciones de palacio y se pasó muchos días durmiendo con todo su destacamento acampado a las orillas del río, cerca del lugar donde su hermano se hallaba confinado.

Todas las mañanas acudía sin falta a la torre para visitarlo, llevando consigo ropa limpia y comida. Después, asqueado por las condiciones en las que Miroku se encontraba y furioso por la impotencia que sentía, al no poder hacer nada, volvía una y otra vez a pedir audiencia con el rey, aunque éste sólo se dignó a recibirlo al cabo de unas semanas. Solicitó que la conversación fuera estrictamente privada, a lo cual se negaron con renuencia todos los consejeros del monarca, pero al fin consiguió reunirse con él sin más compañía que la del duque de Buckingham. Cuatro horas más tarde, con la mirada cansada y el semblante mortalmente serio, abandonó el castillo de Windsor.

Durante las tres semanas que llevaba instalado en la ciudad, Inuyasha no había podido averiguar nada. Fue un tiempo absolutamente infructuoso para él; durante el día intentaba recabar cualquier tipo de información, mientras que por las noches permanecía despierto hasta altas horas buscando el modo de salvar de la muerte a su hermano. Sin embargo, todas las pesquisas para demostrar la inocencia de Miroku resultaron estériles, ya que, en la corte, nadie sabía con exactitud lo sucedido. Inuyasha permanecía irritado de modo constante y la impotencia por no poder hacer nada estaba haciendo mella en su, ya de por sí, agrio carácter. Cualquier orden que daba era acatada al instante por sus subordinados ante el temor de un severo castigo, así que sus hombres comenzaron a acusar dicha situación, haciendo que el ambiente estuviera aún más crispado.

Horas después de su reunión privada con el rey, ya de madrugada, un solitario mensajero a caballo se acercó al improvisado campamento. Aquella mañana despuntaba con un cielo plomizo y lluvioso que no invitaba a salir de cubierto, aunque a esas horas ya había movimiento en el exterior. Todos se pudieron en alerta cuando vieron aparecer al jinete, extrañados por tan temprana visita. Le dieron el alto, pero el heraldo les comunicó que debía notificarle urgentemente una nueva a lord Inuyasha. Lo dejaron pasar y, sin perderlo de vista, lo escoltaron hasta el lugar donde descansaba su señor. Éste, al oír voces, se puso de inmediato de pie.

— ¿Es usted lord Inuyasha Taisho?

— Sí. ¿Qué noticias traes?

— Le traigo un mensaje urgente del rey.

— ¿Y qué estás esperando? Rápido, habla.

— Mi señor, yo… es mi deber informarle de que esta noche, lamentablemente, el conde de Tempton ha fallecido.


Inuyasha salió del recinto amurallado de la torre blanca acarreando él mismo una destartalada carreta. Dentro de ella, tapado con varias mantas, se encontraba el cadáver de su hermano. Su rostro, normalmente adusto y serio, se mostraba en aquellos momentos abatido, aunque la rabia y la venganza destilaban de sus profundos ojos dorados.

Los guardias que custodiaban la entrada a la fortaleza le permitieron la salida sin detener el carruaje para inspeccionarlo ni hacerle ningún tipo de pregunta. La noticia de la muerte del conde de Tempton se había extendido por la corte como la pólvora, y nadie quería enfrentarse a aquel fiero guerrero que había luchado tanto por salvar la vida de su hermano. Todos habían oído hablar de él y nadie estaba dispuesto a alimentar su ira.

Condujo el carruaje durante largo rato, pero antes de llegar al campamento se desvió hacia una pequeña arboleda que había cerca del margen del río. Dio unos cuantos rodeos al perímetro para cerciorarse de que estaba completamente solo y después se internó en la espesura de los árboles. A continuación, detuvo el carro, soltó las riendas y miró hacia atrás.

— Miroku, ya puedes salir.

Parte del bulto que había en la parte trasera se movió. Al momento siguiente, un hombre de mediana edad se incorporó con dificultad mientras retiraba de su cuerpo las múltiples mantas que lo cubrían, alejando de su vista la otra masa informe que hasta entonces había sido su compañero de viaje.

— Inuyasha, ¿estás seguro de hacer lo correcto? —preguntó Miroku al pasar con cuidado al pescante.

— No he estado más seguro de algo en toda mi vida. No podía permitir que permanecieras por más tiempo en aquel sitio inmundo.

— ¿Y cuánto te ha costado? —replicó Miroku suspicaz—. Conseguir lo que tú has logrado no ha debido ser tarea fácil.

— Será mejor que no preguntes. —Tratar aquel tema era algo que a Inuyasha lo incomodaba bastante, así que se mostró muy reservado—. De todos modos, cualquier precio a pagar es ínfimo en comparación con tu libertad.

En la reunión con el rey Toutosai el día anterior, Inuyasha había discutido con el monarca acaloradamente. De todos era sabido el pésimo estado en que se encontraban las arcas reales, debido en parte a la constante subida de los precios, como también a la prodigalidad e incompetencia financiera de la corte. Durante muchos años el rey no había convocado al parlamento a causa de agrias disputas, así que él mismo manejaba los asuntos financieros del reino, pero como le faltaba la aprobación parlamentaria para crear nuevos impuestos, tuvo que buscar otros medios de financiación para aumentar los ingresos y ahorrar dinero a la corona. Así, había empezado a vender nuevos títulos y otras dignidades, hasta que creó uno nuevo, el de baronet, al que cualquiera podía acceder por la cantidad de mil ochenta libras. Baronías, vizcondados…, todo tenía su precio. Un condado podía comprarse por veinte mil. Inuyasha compró la vida de su hermano por cien mil libras.

Al principio, el monarca fue reacio a negociar. Tenía al conde de Berwick en muy alta estima, había sido un leal vasallo durante largos años y temía el poder de su ejército. La relación con la frontera, aunque a simple vista parecía estable, en realidad no resultaba tan boyante como muchos creían. La situación política y religiosa que el rey pretendía instaurar en ambos reinos, unificándolos como uno solo, había dado pie a numerosas controversias, creándose numerosos enemigos en ambos bandos. El condado de Berwick y la autoridad de su señor eran piezas clave para mantener aquella estabilidad, y no podía hacer la vista gorda con el asesinato de su hijo menor. Sin embargo, necesitaba ingresos con urgencia, y el trato que le proponía lord Inuyasha Taisho supondría un fuerte respiro para sus arcas durante un tiempo. Por tal motivo negoció con él, aunque siempre bajo sus condiciones; a todos los efectos, el conde de Tempton había muerto en prisión, afectado por una infección generalizada debida a sus múltiples heridas y que había empeorado por un brote de viruela negra. Lord Miroku Taisho tendría que desaparecer, y sólo en el caso de que se hallaran pruebas convincentes que lo exoneraran de los cargos que se le imputaban, podría retornar al mundo de los vivos. Si eso no ocurría, jamás recuperaría su condado.

Sólo había cuatro personas, aparte de Inuyasha, que sabían la verdad: el mismo rey, el duque de Buckingham y los dos carceleros. Se había organizado todo para que pareciera que el conde había fallecido en su celda y así poder sacarlo de allí sin necesidad de dar muchas explicaciones. Por orden del rey, el duque de Buckingham mandó retirar la guardia que custodiaba la puerta de la mazmorra, y unas horas más tarde los carceleros informaron de la muerte del reo.

Según la versión oficial, lo habían encontrado tumbado en el camastro, totalmente rodeado de ratas que ya estaban dando buena cuenta de su cuerpo. Por eso, los médicos de la corte no pudieron reconocer su rostro. En realidad, en el intervalo que transcurrió desde que los guardias abandonaron su posición hasta que se dio aviso del deceso, dio tiempo a sacar a lord Miroku de la mazmorra, esconderlo en otra parte de la torre e introducir en la celda el cuerpo sin vida de un vagabundo que habían encontrado muerto en las calles, víctima de la peste, cuya cara estaba desfigurada. El silencio de los carceleros le costó a Inuyasha otras dos mil libras.

Tras haber superado con éxito la primera parte del plan trazado, ahora quedaba la más difícil: separarse de su hermano. Gracias a todos sus cuidados y atenciones, Miroku había podido recuperarse bastante bien de las heridas, aunque aún se encontraba un poco débil. Inuyasha le entregó una bolsa repleta de monedas de oro y lo instó a que se fuera.

— Miroku, ya sabes lo que tienes que hacer. Consigue una montura y cabalga sin descanso hasta mis tierras. Encontrarás una pequeña choza, apartada de cualquier aldea y sin signos de civilización, a unas veinte millas del oeste de Kinlochdone. Yo voy a ese lugar muchas veces cuando quiero cazar o estar solo. Quédate allí hasta que vaya yo a buscarte.

— Pero ¿y si no encuentras ninguna prueba que demuestre mi inocencia?

— Ten por seguro que la encontraré, hermano. Recuperarás tus tierras y tu honor, te lo juro —afirmó con rotundidad.

— ¿Y Sango? ¿Qué será de ella?

— Cuidaré de ella hasta que tú mismo puedas regresar. Eso sí, no puedo decirle nada de esto. Tendré que hacerle creer, como a todos los demás, que has muerto. Por eso llevo detrás el cuerpo de ese mendigo. Sólo espero que tu esposa no lo mire con mucha atención y descubra el engaño. Es sumamente importante que nadie más excepto tú y yo conozcamos la verdad, porque así será mucho más fácil descubrir al culpable que se esconde detrás de todo.

— Hermano, no sabes lo agradecido que estoy contigo. —Miroku se acercó a Inuyasha y ambos se fundieron en un caluroso abrazo.

— Debes irte ya. —Renuente, Inuyasha se separó de él y oteó la lejanía—. Alguien nos podría descubrir. Además, ha pasado mucho tiempo desde que me fui del campamento y mis hombres van a empezar a sospechar que ocurre algo.

— Tienes razón. Hasta la vista, Inuyasha. Y, de nuevo, gracias por salvarme la vida.

— Hasta pronto, hermano.


[2] Mandíbulas prognáticas: mandíbulas salientes. El prognatismo es una deformación de la mandíbula por la cual ésta, bien en la parte superior, bien en la inferior, sobresale del plano vertical de la cara.


Continuará...