¡Hola!
Gracias a Guest, Julietaa (sí, nada más que por cómo te expresas supe quién eras), CallMeStrange, AnnaGreen, aNYABLACK y Gaby Sara por los reviews del capítulo anterior.
Capítulo decimotercero: Puertas y segundas oportunidades
Seguiré caminando por la vida,
sin volver la vista atrás.
Nunca dejé una partida.
Viviré peleando con la vida,
venderé cara mi piel,
sin lamerme las heridas.
Mägo de Oz-Si molesto, me quedo
Lena vuelve cabizbaja y aún no demasiado segura de lo que acaba de hacer a su casa.
No es para menos. Acaba de dejar al que ha sido su novio oficialmente durante dos años, y, pese a que supone que ha hecho lo correcto (porque Lizzie tiene razón: no es justo, ni para ella ni para Robert, que ella piense en otro cada vez que él la toca), siente un extraño vacío, como si el suelo por el que camina no fuese totalmente seguro. Ha cerrado una etapa de su vida, ha salido dando un portazo, pero ahora está ante otras dos puertas, y no sabe cuál escoger.
Mientras ve a su madre, distraída, cocinando, se dice que de momento se quedará como está. Ni siquiera Tony es tan importante como Katie Wood, que desde que muriera su marido lo está pasando infinitamente peor que sus hijos, al no tener a la persona que ha estado toda su vida con ella a su lado. Lena supone que a su madre le está doliendo muchísimo más cerrar la etapa de su vida que terminó cuando descubrió el cadáver de Oliver en el pasillo de su casa.
Ben también lo está pasando mal. Según estaba planeado, su hermano debería haberse casado hace dos semanas con Lucy Weasley, pero han aplazado la boda, porque sigue sin aceptar que su padre no vaya a ir a verlo. A Lena le rompe el corazón ver lo mal que lo están pasando todos, incluida ella.
-¿Te ayudo?-pregunta con amabilidad a su madre, entrando en la cocina. Ella no responde, y entonces Lena se percata de la ingente cantidad de comida a medio preparar-. Guau… ¿quién se va a comer todo eso? Es muchísimo.
Su madre observa la olla como si acabara de darse cuenta de que está cocinando.
-Ay, me he equivocado-dice. Su voz suena débil y rota desde hace días-. Se me ha olvidado que tu padre…-pero se muerde el labio y no continúa. Lena la abraza, intentando que su madre no llore.
-Bueno, así no tendrás que preocuparte por la comida hasta pasado mañana-comenta. Se pregunta qué hacer para distraerla, porque todo lo que dice acaba relacionándolo de una u otra forma con Oliver Wood-. Oye, mamá, ¿por qué no vas a casa de tu amiga Angelina?-sugiere.
-He estado allí esta mañana-responde ella-. Aunque llevo un tiempo sin ver a Alicia-comenta. Como accionada por un resorte, su madre sale de la cocina y se desaparece, sin duda a casa de su amiga.
Lena suspira con tristeza y observa la comida, que empieza a pegarse. Supone que tiene que terminar de prepararla ella. Algo que no le divierte en absoluto: si hay algo, además de los ojos, que ella ha heredado de su padre, es la nula capacidad para cocinar decentemente.
Dominique se encamina a la casa de William Forward.
Hace un par de días, ése era el último sitio al que se le hubiese ocurrido dirigirse. Todavía tiene demasiado fresco en su memoria el asqueroso recuerdo de él toqueteándola. Sin embargo, ahora tiene una ligera sospecha de en lo que puede estar metido el que hasta hace poco consideraba su amigo.
No le extrañaría que estuviese trabajando de espía o algo así. La idea suena rocambolesca, pero Dominique empieza a tener la seguridad de que las historias más verídicas muchas veces coinciden con las más increíbles.
Se acaricia el vientre con cuidado, como hace últimamente cada vez que está nerviosa, y llama a la puerta.
Will se sorprende bastante al verla ahí.
-¿Qué quieres?-pregunta, boquiabierto.
Dominique suspira, preguntándose por el mejor modo de dejarle las cosas bien claras. Finalmente, decide que no tiene ningún motivo para ser cortés:
-Como te vea a menos de un metro de mí, te juro que esta vez no será una patada. Te cortaré los huevos y se los echaré al perro de mi cuñada-empieza. Al ver que el joven palidece, supone que ha surtido efecto-. Y dejando de lado eso… ¿Qué te traes entre manos?
Él parpadea, sorprendido por el repentino cambio de tema.
-¿A qué te refieres?
-¿A quién tiró Irina Houston una casa encima?-pregunta Dominique sin rodeos.
Will palidece. Mira alrededor, preocupado, y hace un gesto para que la joven entre.
Tras unos segundos de duda, Dominique se mete la mano en el bolsillo, donde tiene su varita, por si acaso, y lo sigue hasta el salón.
-¿Estás loca?-inquiere-. ¿Por qué vas diciendo eso en voz alta por ahí, donde todo el mundo te oye?
-El otro día te oí hablar con alguien-replica Minnie, ignorando el sermón-. Mataron a Irina Houston por ese error, y tú tienes algo que ver en todo eso.
El joven sacude la cabeza, intentando decidir qué responderle.
-No es asunto tuyo-dice finalmente.
-O sea, que sí-resume Minnie.
Will se muerde el labio.
-Por favor, Dominique, mantente lejos de esto-le pide-. Acabarás como Irina si no lo haces.
-¿A quién no puedes herir, Will?-inquiere la joven, recordando otra parte de la conversación.
-Vete-ordena él, sin responder a la pregunta.
Dominique sacude la cabeza, extrañada por su comportamiento. Tras unos instantes, sin embargo, decide que ya volverá otro día.
Va a lograr que Will le diga lo que se trae entre manos como que se llama Dominique Weasley.
Harry relee por enésima vez la cifra de muertos por la guerra, actualizada esta misma mañana. Está empezando a tener náuseas.
Ayer por la tarde se produjo un nuevo ataque en el callejón Diagon. La primera palabra que viene a la mente de los que estuvieron ahí durante y después del altercado es horrible.
Ocurrió en la zona de Sortilegios Weasley. Había muchos niños y adolescentes por la zona, ya que acababa de salir a la venta el ludómetro, un curioso artefacto que detecta a la gente que se acerca a su dueño con más intereses que relacionarse con él. Los asaltantes no tuvieron piedad, y para medianoche el recuento de los muertos daba la escalofriante cifra de cuarenta y seis personas, treinta y dos de ellas menores de edad. Fue una masacre, aunque, por fortuna, nadie conocido resultó herido, a excepción del corte en la mejilla que se llevó Teddy protegiendo a Juliet, a la que habían llevado a la tienda de George.
Entonces escucha unos pasos que lo sacan de sus lúgubres cavilaciones. El Elegido alza la vista y descubre a una joven rubia de ojos claros, de unos dieciocho años. Tras unos segundos, la reconoce como Lisbeth Nott, la psicomaga que descubrió que el muggle al que las autoridades no mágicas atribuyeron el asesinato de Oliver había sufrido una modificación de memoria.
-Buenos días-la saluda con cautela.
-Buenos días-responde ella en el mismo tono-. ¿Puedo hablar un momento con usted?-pregunta con una educación exquisita. A Harry le recuerda bastante a su hermana Nicole.
-Por supuesto. Siéntese si quiere, señorita Nott-ofrece. Se le hace raro hablarle de usted a una cría que ni siquiera ha llegado a los veinte.
-La ministra está bajo la maldición imperius-dice la joven.
Harry logra olvidarse por completo del ataque de ayer en el callejón Diagon al oírla.
-¿Cómo?
-Sé que suena raro-empieza Lisbeth-, pero estoy segura de que es así. Alguien la ha maldecido y la utiliza como una marioneta para lograr lo que quiere.
-¿Alguien?-repite Harry con sospecha-. ¿Quién? ¿Y cómo lo ha averiguado?
La joven se mira el regazo y enrojece un poco.
-He estado estos días pasados ingresada en San Mungo-empieza-. Fui herida en el ataque a Hogsmeade-aclara entonces. Harry asiente-. Cuando estaba allí… alguien me lo dijo-Harry arquea las cejas, esperando a que continúe-. No sé quién era-agrega la joven-. Iba enmascarado, y además yo estaba débil y no reconocí su voz. Pero también me dijo que… que no todos los ataques los están produciendo los franceses.
Harry se queda boquiabierto con la información.
-Tiene algo que ver con los asesinatos, ¿verdad?-es más una afirmación que una pregunta. Todavía recuerda lo que le dijo Luna acerca de algo que a Lorcan se le escapó delante de su hermano. Que los que lo torturaron pretenden acabar con las familias de magos. Es de locos, y sin embargo…
Lisbeth se estremece.
-Creo que sí-musita tras varios segundos en silencio. El hombre no se da cuenta de que sus ojos se están anegando en lágrimas.
-Bien-Harry se levanta de la silla-. Acompáñeme al despacho de la ministra. Vamos a averiguar si lo que dice es cierto o no.
Dominique no piensa rendirse en su investigación.
Es por ello que, al salir de San Mungo tras asegurarse de que su bebé está creciendo perfectamente, se le ocurre volver a la casa de Will para intentar sonsacarle algo más. Esta vez, lleva en el bolsillo un pequeño frasco de veritaserum. En realidad, no cree que vaya a necesitarlo, pero siempre viene bien tener a mano un plan B.
Cuando se cruza con Frank, pone la espalda recta para marcar todo lo posible su embarazo, y le dedica una mirada de desprecio que él corresponde bajando la vista.
Minnie sabe que su ex novio se arrepiente de haber dudado de su palabra, pero no quiere volver con él. Es curioso, desde luego, teniendo en cuenta que hace unos meses se hubiera lanzado a sus brazos sin dudarlo un instante. Pero ahora no puede permitirse pensar así. Porque ahora no es sólo ella, sino también una personita a su cargo. Y teme que Frank, en otro ataque de celos, la deje tirada y haga sufrir a su hijo (o hija) con su comportamiento propio de un crío de doce años.
Se aparece en la puerta de la casa de su ex amigo. Tiene que apoyarse en el marco para no caerse al suelo del mareo; la Aparición está contraindicada en el embarazo precisamente por ello. A Dominique no le afectaba mucho al principio, pero conforme su bebé crece la sensación se hace más molesta. Pronto tendrá que desplazarse exclusivamente por escoba o medios muggles. Se propone ir a hablar con la tía Audrey para que le explique cómo funciona el metro.
Cuando el mundo deja de dar vueltas, llama a la puerta. Unos segundos más tarde, ésta se abre y revela a Will, que entorna los ojos al ver de quién se trata.
-Hola-lo saluda ella-. ¿Tienes un momento?
Will suspira.
-Sé lo que quieres, y no-gruñe, disponiéndose a cerrar la puerta. Minnie pone el pie para evitarlo.
-Vamos, Will, los dos sabemos que te traes algo entre manos-dice ella-. No se lo diré a nadie-promete-. Sólo quiero saberlo.
-Bien, pues te vas a quedar con las ganas-replica él, gruñendo de nuevo. Suspira-. Pasa si quieres-cede tras unos segundos.
Minnie lo sigue hasta el salón, igual que el otro día. Se sienta en el sofá, fingiendo estar cómoda, y lo observa fijamente.
-¿Y bien?
-No hay nada-le asegura el joven de nuevo. Entonces la mira con renovada curiosidad y le suelta con cierta burla-: Has engordado.
Minnie se lo toma a mal hasta que recuerda que Will no sabe nada sobre su estado.
-Estoy embarazada-aclara-. Pero eso no tiene nada que ver con el tema. ¿Me vas a explicar de qué va esto, o no? ¿Estás ayudando a los franceses?
Will frunce el ceño.
-¿Qué? ¡No!-entonces se muerde el labio de nuevo-. Por lo que más quieras, Dominique, déjalo. Como averigües algo más tendré que matarte.
Dominique arquea las cejas, pero no se amilana. No teme a William Forward.
-¿Así que tú mataste a Irina Houston?
El joven suspira.
-No, Dominique. Mira… es complicado. De verdad, déjalo. Por tu propio bien, y si quieres por el de tu mocoso.
Minnie entorna los ojos, intentando averiguar lo que eso significa, cuando algo se cuela por la ventana. Es un cuervo. Will le quita la correspondencia, pero antes de sacar la carta del sobre, de él sale una voz, no muy potente pero sí furibunda:
-"Saben lo de Green. Mañana iremos a Liverpool".
Dominique observa la carta pálida, al igual que Will. Entonces el joven saca su varita y la apunta con ella.
-Lo siento-se disculpa. Minnie se levanta del sofá lentamente-. Te advertí que no investigaras.
-¿Qué haréis en Liverpool?-inquiere Dominique, intentando ganar tiempo y retrocediendo un paso. Se pregunta si, en caso de desaparecerse, a Will le daría tiempo a lanzarle un hechizo. La incógnita revolotea por su mente, pero no encuentra respuesta. El joven levanta un poco más la varita-. Vamos, dímelo-intenta que no le tiemble la voz-. De todas formas, me vas a matar.
Will se muerde el labio, indeciso. Dominique sabe que está dudando, porque quiere decírselo, pero al mismo tiempo teme las represalias de hablarle de lo que ocurre.
-No todos los ataques los están produciendo los franceses-se limita a decir.
-Cabrones-susurra Dominique-. Lo del otro día en el callejón Diagon…
-No creo que lo entendieras si te lo explicara-replica Will-. Además, creo que ayudo a la causa matándote-comenta-. ¡Avada kedavra!
Dominique empieza a girar sobre sí misma justo cuando el rayo de luz verde avanza a toda velocidad hacia ella.
Frank suspira, preguntándose cómo una sola mirada de Dominique puede doler más que cuando se quemó con las pociones.
Quiere volver con ella, de verdad que sí. Ya sí cree que el bebé que la joven espera es suyo y no de ese imbécil de Forward. Además, ha descubierto que no le importaría que el niño fuera de otro. Él lo querría por el simple hecho de que es de Dominique, lo que lo hace tan perfecto como lo es ella con todas sus imperfecciones.
Pero Minnie está muy enfadada con él, y no se lo está poniendo nada fácil. Frank ha intentado hablar con ella varias veces después de que se besaran hace unas semanas en un pasillo, pero no ha servido para nada: ahora es Dominique la que no quiere escucharlo.
Va pensando en ella cuando entra en su consulta. Y, cuando la ve tirada en el suelo, de lado, con el pelo rojizo tapándole la cara, al principio se maravilla de su imaginación. Luego se agacha junto a ella, porque es obvio que no está bien, y la recuesta en su pecho mientras comprueba sus constantes vitales; todo es correcto, salvo que ha perdido el conocimiento. Frank supone que se ha aparecido, encontrando así la causa de su desmayo.
-Minnie-la llama con suavidad, apartándole el pelo de la cara y acariciándole la mejilla. Ella no se mueve. Después de observarla durante unos segundos, Frank la coge en brazos y la deja en la camilla que usa para los pacientes.
Se queda admirando la palidez que hace destacar sus pecas durante varios minutos, sintiéndose increíblemente imbécil por haberla perdido, hasta que ella empieza a removerse. Frank recuerda entonces que había entrado en el despacho a buscar unos papeles relacionados con Lorcan Scamander y se acerca a una estantería llena de archivadores, donde se supone que deben estar.
-¿Frank?-la escucha llamarlo. Se gira y la observa, aún tumbada, examinando el lugar con aire desorientado. Frank comprende que no ha reconocido el lugar y se acerca a ella.
-Estás en mi consulta-le informa, intentando sonar lo más profesional posible-. Te he encontrado hará unos diez minutos en el suelo.
-¿Cómo he llegado hasta aquí?-pregunta Dominique.
-Supongo que te has aparecido-responde Frank, y le dirige una mirada severa-. Te habrán dicho que la Aparición…
-… está contraindicada durante el embarazo-concluye Dominique-. Pero era eso o dejar que me mataran-agrega.
Frank abre los ojos de par en par.
-¡¿Qué?
Minnie se incorpora en la cama, sujetándose la cabeza. Frank se sienta a su lado, mirándola expectante. Todavía está intentando asimilar las palabras de su ex novia.
-Estaba…-Dominique frunce el ceño-. He ido a casa de Will-mira a Frank cuando él gruñe-. No seas idiota. Sospechaba que tenía algo que ver con los ataques, y quería preguntarle-explica-. Pero le han mandado una carta que decía que… que atacarían Liverpool. Me ha dicho que "No todos los ataques los están produciendo los franceses". Y… cuando he oído el mensaje, me ha dicho que tendría que matarme, y, como comprenderás, no iba a quedarme ahí.
Frank suspira e, incapaz de contenerse, envuelve a Minnie en un abrazo, acariciándole el pelo.
-Menos mal que estás bien-susurra, aliviado.
Para su sorpresa, Minnie no se aparta, sino que apoya la cabeza en su pecho y lo mira fijamente.
-El bebé… no le ha pasado nada, ¿verdad?-pregunta con temor.
-No creo-responde Frank-. De todas formas, ve a hacerte otra ecografía, sólo por si acaso-le recomienda. Dominique asiente y cierra los ojos-. Es mío-comenta entonces.
Minnie abre los ojos al oírlo.
-Te ha costado darte cuenta-comenta con frialdad. Frank aparta la vista-. ¿Por qué siempre eres tan imbécil?
Frank se encoge de hombros.
-Lo siento-se disculpa-. Oye…-se muerde el labio, pensando en la mejor forma de continuar-. Sé que me odias-comienza-, y lo entiendo. Pero… si ese niño es mío, quiero hacerme cargo de él.
Dominique sonríe con cierta amargura.
-Sólo eso-decreta-. Su padre y ya está. No quiero que volvamos, porque nos pelearemos y quien sufrirá será él. Será como si estuviésemos divorciados. Sólo que nunca nos hemos casado.
Frank asiente. De momento, eso es todo lo que puede pedir. Y lo único, en realidad, que tiene derecho a exigir. Su hijo (o hija) es suyo. Minnie, no.
-Repíteme qué diablos hacemos aquí.
James pone los ojos en blanco.
-Venga, Elijah. Hace tiempo que no veo a Louis…
-¿Y no podías venir tú solo? Sabes que no trago a tu primo-refunfuña él. James le da un beso en la mejilla, intentando animarlo-. No me hagas la pelota. No estaré contento hasta que nos hayamos ido a casa.
-Puedes jugar con Noah-sugiere su novio-. ¿O me vas a decir que ella también te cae mal?
Elijah no responde. No le gusta darle la razón a James, pero tiene que admitir que ha acabado encariñándose con esa niña, tan diferente a su padre que es imposible no quererla. Aprieta el paso, y James, tras soltar una risita, lo sigue.
Hace tiempo que dejó de costarle trabajo caminar. Sin embargo, sigue cansándose cuando está durante mucho tiempo de pie, y no corre tanto como antes. Pese a todo, Elijah se considera afortunado; los meses que pasó postrado en esa odiosa silla de ruedas, aun con James siempre junto a él para animarlo, fueron totalmente insoportables. Recuerda que una de las primeras cosas que hizo cuando dejó de necesitarla fue prenderle fuego y observar con placer sádico cómo ardía.
Louis, Julia y Noah viven en una zona de Liverpool a la que los muggles no tienen acceso, cerca de la playa. Es uno de los destinos turísticos mágicos por excelencia, si bien llueve demasiado y no siempre uno puede bañarse. Elijah supone que se fueron a vivir ahí para que Julia no echase de menos la ciudad donde se crio ni Louis extrañase la playa, que necesita casi como sus manos. James le ha contado que sus tíos dicen que Louis aprendió a nadar antes que a andar.
Ambos ven la casa desde el otro lado de la playa. Es una edificación de madera, tan blanca que, cuando hace sol, hace daño mirarla. Por suerte, hoy el día está nuboso y amenaza lluvia. Incluso el mar está revuelto. Pese a la insistencia de James, Elijah lo obliga a ir por el paseo en lugar de por la arena; a diferencia de Louis Weasley, él es un pésimo nadador, y no le gustaría morir ahogado (porque tampoco está del todo convencido de las habilidades acuáticas de James).
De modo que caminan por el paseo, observando los puestos mágicos de souvenirs. James los observa con curiosidad; sobre todo, le hace gracia una almeja que se abre y se cierra cuando se le toca. Elijah intercambia una mirada exasperada con la bruja regordeta que hay en el puesto.
Es entonces cuando escuchan una especie de explosión, que hace que Elijah tire instintivamente de James para pegarlo a él, mientras que su novio lo rodea con los brazos, alerta. Ambos miran alrededor, buscando el origen del sonido, mientras la gente de los puestos habla para preguntarse qué está ocurriendo.
En ese momento se oye otro estruendo, y un puesto que hay en la parte del paseo más alejada de la casa de Louis se viene abajo entre los gritos de miedo y alarma, mientras figuras enmascaradas y vestidas de negro se materializan a su alrededor. Elijah y James sacan sus varitas, dispuestos a pelear, defenderse o lo que haga falta.
Sin embargo, lo primero que hacen es esquivar. Elijah se agacha para evitar un rayo de luz morada, y James se aparta a la derecha en un intento de que una maldición asesina no lo alcance.
-¿De qué va esto?
Elijah tira de James hasta esconderlo junto a él tras uno de los puestos para evitar que los vean.
-Franceses, ¿te suena?-replica-. Vámonos-James lo mira con los ojos como platos.
-¡Louis está allí!-exclama, señalando con la cabeza en la dirección en la que está el hogar de su primo-. ¡Acabarán llegando a su casa!
Elijah gruñe.
-Como me maten por su culpa, juro que volveré en forma de fantasma para perseguirlo durante el resto de su vida-promete.
James ríe. Se asoma para asegurarse de que no hay peligro y sale de su escondite con Elijah, que también mira alrededor con cautela.
Los escasos minutos que han estado hablando han servido para que las cosas empeoren. Apenas quedan tres puestos en pie, además del que han utilizado de trinchera, y los desconocidos siguen atacando a todo el mundo, batiéndose en duelo con cualquiera que les plante cara. Elijah ve tres cadáveres amontonados en un lado del paseo, uno de ellos, un gato, y lucha contra las ganas de vomitar, blanco como la cera.
-¡Cuidado!
Elijah nota un tirón, y un segundo más tarde ve un rayo verde pasar a toda velocidad por el lugar donde, de no ser por James, hubiera estado su cabeza. Para su horror, la maldición alcanza a una mujer de unos cuarenta años, que cae al suelo irrevocablemente muerta.
-James, vámonos de aquí-ordena, por primera vez plenamente consciente del peligro que corren. Su novio toma su mano, sabiendo lo que está pensando.
-No ha sido tu culpa-le asegura en voz baja-. Oye, ¿qué…?-empieza, al darse cuenta de que Elijah no está mirándolo a él.
Porque el ex Slytherin está demasiado ocupado con los ojos clavados en el mar. James se gira, queriendo saber qué es tan interesante, y su rostro se pone tan blanco como el de Elijah.
Una ola de unos veinte metros de altura se acerca a toda velocidad a la costa. Y, por ende, a ellos. Sin embargo, Elijah puede asegurar, pese a no haberse criado cerca del mar, que esa ola no es natural. Dejando aparte el hecho de que el mar de Irlanda es demasiado pequeño para que puedan formarse olas de tal magnitud, el joven ha leído que los tsunamis no son así, altos, sino que se trata de masas de agua que penetran en la tierra varios kilómetros, motivo por el que son tan dañinos para la población.
-Vámonos-repite Elijah. Indeciso, James mira hacia la casa de Louis-. No creo que le pase nada-vaticina, intentando serenarse, pese a que tienen la ola ya encima. Los alborotadores también parecen demasiado preocupados por el extraño fenómeno como para seguir matando gente-. La casa aguantará.
Pero, justo cuando se están preparando para desaparecerse, la ola toca tierra.
El agua engulle la playa en un abrir y cerrar de ojos. Con las manos entrelazadas con tal fuerza que se hacen daño, Elijah y James miran hacia arriba, sintiéndose extrañamente pequeños, mientras la cresta de la ola tapa el cielo nuboso y se cierne sobre ellos.
Elijah coge aire un segundo antes de que la ola se los trague, a él y a James, removiéndolos con furia en su seno hacia todos lados. Y antes de que Elijah pueda sentir frío por el agua que lo empapa y que lo cubre, antes siquiera de que tome conciencia de lo que acaba de ocurrir, la mano de James se suelta de la suya.
Aterrado, abre los ojos, ignorando el escozor de la sal. Ve figuras oscuras a su alrededor, moviéndose tan frenética y desordenadamente como él, pero está demasiado oscuro y él demasiado mareado como para identificar si son amigos o enemigos. Nota un dolor agudo en el hombro, pero no se para a ver qué es. Bucea torpemente, sin tener ni idea de si está acercándose a la superficie o al suelo, luchando para salir del círculo en que parece haberse metido.
Finalmente y sin saber muy bien cómo, logra salir de la corriente, que se le antoja algo parecido a una enorme lavadora. Notando cómo sus pulmones empiezan a quejarse por la falta de aire, Elijah sigue buceando sin saber adónde va, sólo intentando encontrar a James entre todas esas figuras oscuras y difusas, apenas consciente de que sus movimientos son demasiado descoordinados como para llevarlo muy lejos.
Pero James no está por ningún lado. Elijah está a punto de dejar escapar el aire cuando un cuerpo la mitad de grande que él le da en la espalda, y se aparta como puede, sintiendo un extraño desasosiego al percatarse de que acaba de cruzarse con un cadáver. Obstinado, sigue avanzando, mientras diminutos puntitos brillantes empiezan a aparecer ante sus ojos irritados por la sal, dificultándole aún más la visión. Se le escapa el aire que había estado guardando mientras las piernas se le empiezan a agarrotar. Justo ahora no.
Nota cómo cada vez logra razonar con menos claridad. Las chispas de colores que dificultan su visión se apagan y se vuelven manchas negras, mientras Elijah intenta resistirse a lo que su cuerpo le pide, inspirar, porque sabe que eso implica tragar agua.
Ya no avanza, ni siquiera un poco. Se mueve en el mismo sitio, porque no logra imprimir la suficiente fuerza a sus movimientos. Y entonces pierde la batalla contra el instinto, e inspira.
Nota cómo el agua lo enfría por dentro. Tose en un intento de expulsarla, pero sólo consigue tragar más. Elijah cierra los ojos, angustiado, deseando desmayarse, porque esa sensación es francamente horrible.
Pero entonces percibe algo moverse cerca de él. Con curiosidad, abre los ojos de nuevo, pero la oscuridad se ha adueñado de su visión y lo único que ve son manchas negras que danzan ante él.
Me estoy ahogando, piensa. Se pregunta si James estará corriendo una suerte similar o habrá encontrado la superficie. Patalea un poco más, pero sus movimientos son torpes e imprecisos. Los ojos se le cierran sin que él pueda hacer nada para evitarlo mientras todo su cuerpo protesta ante la falta de aire.
Un instante antes de perder el conocimiento, Elijah nota que una mano aferra de nuevo la suya.
Tom aprieta los dientes, intentando disimular su rabia.
Estaba todo perfectamente planeado. Green bajo la imperius que le echó Forward. El Ministerio prácticamente a su merced. La guerra contra Francia como coartada de la Purga. La cúspide del Cuartel de Aurores demasiado ocupada tranquilizando a sus soldados soliviantados como para investigar la muerte, causada por un veneno prácticamente indetectable, de Kingsley Shacklebolt. Lo tenían todo.
Y Lisbeth Nott lo ha echado todo a perder.
Tom se arrepiente de haberle contado tanto. Estaba tan seguro de tenerla totalmente a su merced que no se le ocurrió que podría ir con el cuento a los aurores sin necesidad de delatarlo, justo lo que ella quería. Y, por su estupidez, todo se está yendo al garete. Han destituido a Green y la han llevado a San Mungo, y en su lugar han puesto provisionalmente, de nuevo, a Percy Weasley.
Todo por ella.
-Te lo dije-susurra Scherezade desde el suelo, adivinando sus pensamientos.
-Cállate-replica Tom.
-Por mucho que lo intentes, no puedes evitar tu naturaleza-sigue hablando la serpiente, relamiéndose el hocico con su cola bífida-. Tienes la sangre caliente. Y eso lo ha echado todo a perder. No culpes a la hembra. Tú se lo dijiste y confiaste en ella, y resultó ser una traidora.
-No digas eso-Tom no sabe por qué defiende a Lisbeth, cuando él mismo está más enfadado de lo que ha estado en toda su vida-. Ha hecho lo que creía que tenía que hacer. No es una traidora; nunca me prometió nada-esa realidad le causa un profundo desasosiego: Lisbeth no le ha garantizado nada. Lo más parecido fue ese "Pero te quiero" que susurró adormilada y sin pensar. Él la sabe como suya, pero lo cierto es que la joven podría irse en cualquier momento y no permitir que él la viera más si reuniese la suficiente fuerza de voluntad.
Pero no puede hacer eso, piensa, repentinamente asustado. No puede irse, ¿verdad?
Notas de la autora: Lo que ha hecho Lisbeth es demostrarle a Tom que no puede manejarla a su antojo. Vamos, una lección de humildad.
¿Reviews?
