14 – El informante
Watson
Samuelson abrió la puerta y entró, empujándome delante de él.
La habitación era un estudio con las paredes revestidas de librerías y dos ventanas con cortinas que supuse que darían al pequeño jardín por el que acabábamos de entrar.
Un hombre, varios años más joven que Samuelson, se sentaba tras el escritorio. Apoyaba la cabeza en una mano mientras garrapateaba algo ante una pila de papeles.
Alzó la cabeza al oírnos entrar, revelando un rostro anguloso y bien afeitado, enmarcado por un cabello corto y rubio, y unos ojos oscuros y penetrantes. Esos ojos mostraban una sagaz inteligencia… y me surgió una pequeña duda: ¿tenía ante mí a uno de los hombres de Moriarty?
Sus ojos se agrandaron al verme y se enderezó bruscamente, volviéndose a mirar a Samuelson.
—Cielo santo…
—Lo sé, señor —se apresuró a decir Samuelson—. Yo tampoco lo esperaba. Ha sido un golpe de suerte haberlo encontrado.
Su superior me dirigió una segunda mirada, observándome apreciativamente, y luego se volvió hacia su lacayo.
—Suerte, sin duda… Moran ha estado buscándolo durante días.
Rodeó el escritorio y, para mi sorpresa, tuvo la deferencia de dirigirse directamente a mí.
—Doctor Watson, al fin nos conocemos.
Unas cuantas respuestas sarcásticas, recopiladas tras años de asociación con Holmes, acudieron a mi mente, pero no estaba de humor para expresarlas en voz alta. Mi fracaso y el reavivado dolor en mi brazo me habían dejado exhausto y mareado. Incluso allí parado, tuve que cerrar los ojos para evitar un ataque de vértigo.
Oí una voz penetrante, y unas fuertes manos volvieron a agarrarme por los brazos, haciéndome tomar asiento en una silla. Retiraron las esposas de mis muñecas y adelanté las manos con un gemido para apoyar en ellas la cabeza, mientras oía las voces de mis captores.
—Parece haber sufrido cierto maltrato de camino aquí, Samuelson. ¿Qué diablos ha ocurrido?
—No tuvimos elección. Seguíamos a Montague al salir de la tienda y, mira por dónde, aparece este tipo, derechito a la boca del lobo.
—Veo, por su brazo, que no se rindió fácilmente. ¿Disparó?
—Ésa es una de las razones por las que tuvimos que irnos tan rápido, señor. De lo contrario nos habrían reducido.
La confusión se abrió paso a través de las nauseas. ¿Que nosotros los habríamos reducido a ellos?
—Podría haber sido usted más persuasivo. Seguro que esto no era necesario. Sabe cuánto me gusta un trabajo limpio.
—Eso, al menos, no fue obra nuestra, señor. Ya tenía esa herida en el brazo.
—Ah, sí… Moran me contó lo del perro. Alardea bastante al respecto. Él mismo entrena a esos bichos.
Ahora me sentía absolutamente confuso. Mucho más confuso que mareado. Alcé la cabeza para encontrarme con un rostro joven que expresaba cierta curiosidad al analizarme.
—No me di cuenta de que tiene un brazo herido, doctor. Necesita atención.
Lo miré, confuso, en parte porque carecía de la ingenuidad suficiente para manifestar mi ira.
—No era mi intención que sufriera daño alguno.
Compuse una expresión hosca.
—¿Y tiene la desfachatez de esperar que me lo crea?
Frunció el ceño.
—Quizá no, considerando cómo le han tratado hasta ahora.
—¿Quién es usted, señor? Seguro que al menos podrá decirme eso antes de entregarme a su profesor. Si va usted a ser mi guardián durante un tiempo, me gustaría al menos saber quién es. Está al servicio de Moriarty, ¿verdad?
—Lo estoy, aunque mi superior inmediato es el coronel Moran. —Miró a Samuelson—. ¿No se lo explicó?
El lacayo se ruborizó ligeramente, pero se mantuvo firme.
—No hubo tiempo…
Su superior suspiró y se volvió hacia mí.
—Creo que no comprende bien su situación, doctor Watson…
Se apoyó contra el escritorio, cruzando los brazos.
—Creo que hemos trabajado juntos antes, aunque nunca le había visto. Holmes tampoco consiguió encontrarme nunca. En esto, al menos, le lleva usted ventaja.
Una ligera sonrisa apareció en su rostro, y aunque exhibía una cierta arrogancia, no era cruel.
—Mi nombre es Fred Porlock.
El nombre me puso en guardia al instante, pero para aquéllos de mis lectores que no estén familiarizados con él, me explicaré.
Durante uno de nuestros antiguos casos, "La tragedia de Birlstone", sobre el desafortunado Jack Douglas y el Valle de la Muerte, Holmes recibió un mensaje en clave de un informante que, por algún motivo desconocido, ocasionalmente le pasaba información sobre las actividades de Moriarty.
Lo cierto es que fue ese mensaje el que nos hizo aceptar el caso en primer lugar. Holmes reconoció la escritura, aunque sólo la había visto en dos ocasiones, y en cuanto comprendió que quién era la nota, declaró que poseía una importancia crucial.
La firmaba Porlock, el nome de guerre de su informante.
Holmes nunca había conseguido encontrar al hombre, aunque había recibido otros mensajes suyos desde entonces, cada uno de ellos encaminado a la prevención de un terrible crimen.
Y ahora, aquí, frente a mí, se alzaba un hombre que proclamaba ser la elusiva figura sobre la que Holmes y yo habíamos pasado tantas noches elucubrando ante la chimenea de nuestras habitaciones de Baker Street.
La única conclusión a la que mi amigo había sido capaz de llegar era que debía tratarse de alguien con un alto estatus en el círculo de Moriarty si podía pasarnos información de tal calibre.
Y al parecer, ese estatus era más alto de lo que mi amigo había sospechado nunca.
Aquello fue demasiado… La confusión, una mezcla de duda, esperanza y alivio prematuro, hizo que volviera a darme vueltas la cabeza y la dejé caer entre las manos, respirando profundamente ante la sensación de una nausea creciente.
Sentí el rumor de su actividad mientras colocaban una papelera entre mis rodillas y presionaban suavemente un trozo de tela contra la herida de mi brazo, que aún goteaba un poco.
¿Era posible? ¿De verdad era éste el hombre sobre el que mi amigo y yo habíamos teorizado alegremente?
¿Era posible que aún no estuviera todo perdido, que aún pudiera recuperar a Holmes?
—Samuelson, traiga el botiquín, quiero echarle un vistazo a ese brazo.
Volví a alzar la cabeza. No era momento para ceder a la debilidad.
Mi cuerpo no estuvo de acuerdo, pues no bien hube completado el movimiento, mi visión volvió a nublarse y mi cabeza cayó casi como si se hubieran puesto de acuerdo. Me aferré a la papelera.
Porlock (si es que era Porlock) apoyó una mano en mi hombro en señal de advertencia.
—Le ruego que no se mueva, doctor. Está demasiado débil.
Ignoré su mano, pero seguí con la cabeza baja mientras replicaba con voz ahogada:
—¡No lo estaría si sus hombres no me hubieran atacado en la calle!
Hubo un incómodo silencio, durante el cual sólo oí mi azarosa respiración resonando en mis oídos. Luego, el joven volvió a hablar.
—No tenían muchas opciones, doctor. El hombre al que usted seguía venía directamente de uno de los escondites de Moran. Si los hubieran encontrado con usted allí, tanto ellos como yo habríamos sido descubiertos y estaríamos acabados.
—Ya sabía… lo de la tienda…
—¿Y aun así fue allí? —Su voz estaba teñida de incredulidad… y quizá un toque de admiración—. Tiene usted agallas, amigo. ¿También conoce al coronel?
Asentí.
—He oído hablar de él.
—Entonces, también debe saber que no es un hombre con el que uno quiera cruzarse, al menos no directamente. Sería como balancear una rata delante de un tigre. Samuelson tenía que sacarle de allí enseguida o el juego habría acabado.
Conseguí levantar un poco la cabeza.
—¿Qué juego? ¿Qué intenta decir? ¿Cómo diablos sé que es quien dice ser?
Porlock suspiró y retrocedió un paso, cruzando los brazos con cierta petulancia.
—Le envié a Holmes un mensaje en clave con un código basado en el almanaque de Whitaker. Mi intención era enviarle la clave, pero descubrí que Moriarty me vigilaba de cerca, así que le envié una segunda carta pidiéndole que lo dejara. Ignoró mi advertencia y descifró igualmente el mensaje con su ayuda, según tengo entendido, lo cual les condujo a la mansión Birlstone.
Titubeé. Había formas de averiguar esas cosas. No contaba como prueba.
—He enviado otros mensajes a Holmes desde entonces, y a modo de recompensa me devolvió el favor entregándome diez libras que, francamente, no son nada comparado con lo que gano trabajando para el profesor. —Sus labios se torcieron en una sonrisa irónica.
—Entonces, ¿por qué corre un riesgo así? —dije, recuperando mi tono cortante ante su actitud—. Si tanto gana con ese hombre, ¿por qué arriesga su cuello por Holmes?
Porlock volvió a esbozar una pequeña sonrisa.
—Porque hace tiempo que Moriarty me decepcionó. El crimen organizado es una cosa, y el cálculo puro y duro, otra. Su idea de la humanidad consiste en números y figuras. Si algo no encaja en la ecuación es eliminado. No puedo vivir con esa clase de filosofía. No fue siempre así…, pero se ha vuelto cada vez peor, y nunca pretendí mancharme las manos con delitos de sangre. Arriesgo el cuello por Holmes porque es un buen hombre, un hombre brillante, y si hay alguien capaz de detener a Moriarty, es él.
Le miré a los ojos.
—Ha dicho "es". ¿Está…? ¿Ha oído…?
—Está vivo, doctor. Y por lo que yo sé…, indemne.
Volví a tragar saliva intentando deshacer el nudo que se había formado en mi garganta, y bajé la mirada.
La puerta se abrió y entró Samuelson, cargado con suministros médicos que depositó sobre el escritorio antes de dirigirse a su superior.
—Voy a hablar con Neilson, señor. ¿Estará bien aquí? —Me miró de reojo con expresión cautelosa.
Porlock asintió con impaciencia.
—El doctor Watson no es nuestro prisionero, señor Samuelson. No quiero enterarme de que se le trata como a tal. Y menos por su parte, viejo amigo.
La devoción de aquel hombre hacia su superior era obvia, porque asintió de inmediato y se volvió hacia mí con expresión arrepentida.
—No suelo dispararle a la gente así como así, doctor. Disculpe mi comportamiento.
Me ruboricé, incapaz de hallar una respuesta apropiada. Aún me sentía ofendido por dicho comportamiento, pero no tomó a mal mi silencio y tras dirigir unas palabras de despedida a Porlock, salió de la habitación tal como había entrado.
—Samuelson es un buen hombre, doctor, si bien un poco rudo. Me salvó la vida no hace más de cinco meses en una fundición, aunque sus esfuerzos casi me cuestan una buena porción de piel. —La mirada del joven se desplazó de la puerta hacia mí—. No pretendía hacerle daño.
—Tendrá que perdonarme —dije con voz cansada— si encuentro algo difícil creer eso en este momento…, al igual que su historia.
Porlock asintió.
—Está en su derecho, doctor. No sé si yo habría llegado ni la mitad de lejos que usted. Pero al menos aquí podrá descansar un rato… mientras decidimos qué hacer a continuación.
Hizo ademán de quitarme la chaqueta y, tras un instante de vacilación, se lo permití. Estaba demasiado dolorido para hacerlo solo, y lo cierto es que aún me encontraba algo aturdido por la rapidez con la que habían sucedido los acontecimientos de aquella mañana.
—¿Qué hacer a continuación? ¿A qué se refiere?
Porlock se arrodilló junto a mi silla y me subió la manga con cuidado, dejando al descubierto el deteriorado vendaje. Aspiré una bocanada de aire y apreté los dientes mientras continuaba.
—Pensé que sería obvio.
Cogió unas tijeras y cortó las vendas.
—No estoy de humor para acertijos —musité—. Ya he tenido bastantes últimamente.
El joven asintió con expresión de disculpa.
—Tiene toda la razón, perdóneme. Como le iba diciendo, creo que Moriarty se ha vuelto demasiado poderoso. Es mi intención ayudar a las fuerzas oficiales a provocar su caída.
—¿Para poder tomar el control de su imperio?
Porlock me lanzó una mirada divertida.
—La verdad, doctor, este mundo del profesor perdió su atractivo para mí poco después de que me reclutara a la salida de su universidad. Quiero dejarlo antes de hundirme más en el agujero y hacer algo que luego deba lamentar de verdad. Intentaría empezar de nuevo en el continente.
—Usted ha quebrantado la ley. ¿No se arrepiente de eso?
—No estamos aquí para discutir mis principios morales, doctor.
Empapó un trozo de tela limpia en antiséptico y la aplicó sobre la zona roja e hinchada de mi brazo.
Reculé automáticamente, aunque conseguí que de mis labios no brotara ni un sonido al morderme la lengua. Bajé la vista y vi que varios puntos se habían soltado. Tendría que rehacerlos.
—¿Qué se propone entonces? ¿Y si pienso que está completamente loco?
—Entonces es libre de irse cuando quiera. Le proporcionaré toda la ayuda que pueda. Sólo le pido que me escuche. Creo que al menos me debe eso, ya que mis hombres arriesgaron sus vidas para salvar la suya.
—Pues supieron disimular muy bien sus motivos... ¿Qué está insinuando?
—Ya le he dicho que creo que el señor Holmes es capaz de derrotar a Moriarty.
Porlock interrumpió por un momento la limpieza de mis heridas y alzó el rostro hacia mí, sonriendo nuevamente con un brillo de anticipación en los ojos.
Un escalofrío de esa misma anticipación hizo eco en mí cuando hablé.
—¿Y qué?
—Bien, doctor, creo que el señor Holmes ya ha sido el invitado de Moran durante demasiado tiempo.
—¿Sabe dónde está? —pregunté ansioso, incapaz de contenerme.
—Eso es exactamente lo que el señor Samuelson y Jebediah están intentando averiguar.
Acabó de limpiar y arrojó la tela, ahora roja, a una palangana. Cogió una toalla y me secó el brazo.
—Hay algo que aún no le he preguntado —dije.
Me miró, alzando las cejas inquisitivamente.
—¿Por qué, si Holmes es tan importante, sus hombres se han tomado tanto trabajo en rescatarme?
Sonrió de nuevo. No había duda de que esto era un juego para él, pues no podía recordar haber visto una sonrisa tan infantil y satisfecha en ningún rostro… salvo en el del propio Holmes.
—Porque, doctor, cuando sepamos dónde tiene Moran a Holmes, necesitaré su ayuda. Y además…
Sacó una larga hebra de hilo, la partió y la enhebró en una aguja curva antes de tendérmela.
—…usted también es un buen hombre.
