Hola, ¿Saben? Empecé a escribir hace un par de horas, porque una ola horrible de inspiración me atacó y recién termino, dándome cuenta de que tengo solo 30 minutos para alistarme y correr a la escuela. Me deje llevar por la inspiración, así que subiré esto rápido, no lo he revisado, posiblemente tenga errores y espero que sepan perdonarlos.
Nos acercamos al final bellas criaturas, espero no les moleste. Quiero agradecerles mucho, quisiera responder uno a uno sus comentarios, pero como les digo llevo el tiempo encima, sin embargo quiero que sepan que considero cada detalle, cada sugerencia, todo. Ahora, el titulo dice mucho, supongo que imaginan lo que se viene ¿No?
¡Disfrutenlo!
LA VERDAD SIEMPRE SALE A LA LUZ
¿Cómo se supone que debería reaccionar? ¿Debería gritar y preguntar que ocurría? ¿Romper en llanto y preguntar por qué la hería así? ¿Carraspear? ¿Toser? ¿Esperar a que notaran su presencia? ¿Irse sin decir más? Si, parecía la mejor idea… Con el corazón destrozado, siendo herido por cientos de filosas y penetrantes navajas, Anna sólo se dio la vuelta, el cristalino líquido en sus ojos no tardó en hacerse presente, abrazó el encargo de Olaf sólo con un brazo, y así usar la mano contraria para cubrirse la boca, cerrar los ojos tratando de contener el llanto, el rostro se le había coloreado todo en coraje, aflicción, dolor… Aunque el plan pretendía sólo salir y pasar inadvertida, no pudo evitar al salir cerrar la puerta de un portazo, que alarmó en seguida a Giselle y a Elsa.
¿Qué fue eso? — Preguntó Elsa enseguida, separándose abruptamente de Giselle.
N-No lo sé… Yo… Iré a ver… — Propuso la pelirroja en seguida, poniéndose de pie y salir apresurada de la habitación rumbo a la puerta.
Elsa bajó la mirada, tratando de procesar lo que estaba ocurriendo, cerró los ojos con arrepentimiento, se cubrió la boca con la mano derecha y negó para sí misma, maldiciéndose internamente. No había tenido el suficiente coraje como para hablar claro desde el principio, dejando que las cosas avanzaran rápidamente de aquel modo.
Giselle se encontró con la puerta cerrada del apartamento, se sintió extrañada, pues al parecer nadie había entrado, así que se asomó hacía el pasillo y se encontró con una figura conocida, un par de trenzas pelirrojas, una espalda fina y delicada, claro que conocía a la portadora de semejante apariencia.
¿Anna? — Preguntó con una sonrisa sorprendida, mientras salía del departamento y caminaba animada hacía la más joven.
. . . — Anna tragó largo al oír su nombre ser llamado, pestañeó un par de veces tratando de limpiarse las lágrimas y siguió su camino con mayor velocidad.
Hey, Anna, espera. — Giselle cambió su rostro de felicidad a uno de confusión, acelerando el paso también para alcanzar a la chica de trenzas, sostenerla por un hombro y así obligarla a detenerse. — ¿A dónde vas? ¿Eh, Anna?
. . . — Anna seguía sin decir nada, tan sólo bajo la mirada un poco más, pues ahora que Giselle la había atrapado a mitad de pasillo, estaba completamente expuesta.
Dios… Luces muy mal… Anna, ¿Estas bien? — Con una expresión de completa preocupación Giselle se colocó frente a Anna, sosteniéndola de ambos hombros, buscando su mirada, tratando de hallar alguna clase de respuesta en la más joven. — ¿Ha ocurrido algo? ¿Te hiciste daño? Anna, santo cielo… Dime algo… — Giselle se estaba impacientando, y las peores ideas pasaban por su cabeza, temiendo por el bienestar de la contraria.
Y-Yo… — Anna pudo notar la preocupación en el tono de la modista, recobró por unos segundos un trozo de sentido, abrió los ojos y se atrevió a alzar el rostro. Sólo tenía que entregar los catálogos a Giselle y salir de ahí cuanto antes. — O-Olaf me pidió que… Q-Que viniera a entregarte esto… — Así, extendió los catálogos, mirando directo a los ojos de Giselle.
Oh… Anna… — Giselle miró los brazos de Anna, eso aún no respondía el por qué la menor lucía tan mal. — Escucha… ¿Por qué no pasas y tomas algo y me cuentas que ha ocurrido, si? — Ofreció la mayor de ambas.
No, no… No… Yo… Yo estoy bien… S-Sólo… — Anna buscó entre tropiezos con las palabras alguna clase de excusa, algo que explicara su posible terrible aspecto.
Por favor, Anna… Me preocupas mucho… — Insistió Giselle, quien ya sacaba un pequeño pañuelo blanco del bolsillo y lo usaba para limpiar el rostro de la más joven.
. . . — Anna quedó un momento quieta, sorprendida por la calidez con la que Giselle le trataba, apenas se conocían y estaba siendo demasiado cuidadosa y atenta, no parecía que lo hiciera por cuestión de modales, en realidad parecía más que eso… Podía ver cierta aflicción en el rostro de la pelirroja, podía casi sentir la preocupación que le causaba saberla de ese modo sin ninguna explicación aparente. — Es un resfrío… — Anna tragó largo, tratando de aclarar la garganta para mejorar el sonido de su voz y lucir menos preocupante. — Yo… Yo he pescado un resfrío y… Ya sabe… Irritación en los ojos… Dolor muscular… Esas cosas… — Explicó sonriendo un poco, esperando engañar a Giselle, si bien Anna no era precisamente la mejor actriz, Giselle no era la mujer más lista del mundo, por lo que sin dudarlo, creyó en la mentira blanca de Anna, ver la sonrisa de la menor había sido suficiente.
Oh… Anna… Santo cielo… — La mayor se colocó una mano en el pecho, liberando un suspiro aliviado. — Temí tanto… Pensé cosas terribles… — La expresión preocupada de Giselle había cambiado considerablemente a una aliviada. — ¿Has ido al médico? Oh, sabes el vecino del piso de arriba es médico… Si quieres podría llamarle y pedirle una consulta rápida. — Ofreció la pelirroja mayor con toda la amabilidad del mundo.
No… No… Yo… Sólo… Necesito descansar en casa… Pero… Se lo agradezco mucho… — Sonrió Anna en medio de su agonía, sólo quería irse, olvidarse de todo, correr, gritar, caerse en pedazos a solas, pero las toneladas de hospitalidad que Giselle dejaba caer sobre ella se lo impedían.
¿Segura? — La mayor insistió y esta vez en compañía de una sonrisa confidente, se acercó al oído de la menor y susurró sobre este. — La persona que esperaba presentarles en la fiesta… Ella… Esta aquí… — Aunque el volumen de su voz había bajado, la emoción en la modista había subido notablemente al murmurar aquello. Sin saber que esas palabras sólo quebraban más el pecho de Anna.
Quizá… Quizá en otra ocasión… — Anna hacía todo lo posible por responder sin que la voz le faltara o quedará en evidencia todo su dolor. — No… N-No quiero que la primer impresión que se lleve de mí sea de… Un germen andante… — La menor incluso trató de bromear para que Giselle no sospechara nada.
Hm… Si tú lo dices… Creo que tendrá que… — La modista no pudo concluir su dialogo, pues en seguida se escucharon un par de pasos quedos en el pasillo y la voz de una rubia que ambas pelirrojas conocían perfectamente bien.
¿Giselle? — Preguntó Elsa, quien había salido después de creer que el tiempo que Giselle había pasado fuera era más del que creía normal.
Oh, Elsa… — La sonrisa de Giselle renació de la forma más resplandeciente y enamorada que nunca. Tomó a Anna por la muñeca libre y la obligó a girarse, halándola emocionadamente hacía la rubia.
Los ojos de la mayor de las hermanas Arendelle se abrieron en impacto cuando pudo definir a Giselle caminando con Anna tomada de la muñeca hacía ella. El rostro de la modista mostraba júbilo, emoción, tanta alegría, mientras que el de su hermana… Sólo verlo… Dolió… Dolió en lo más profundo de su corazón. Elsa era incapaz de entender razones, fue incapaz de moverse o pronunciar palabra alguna hasta que tuvo a ambas pelirrojas justo al frente.
Ella es Anna Brander, es la diseñadora que he elegido para colaborar en la edición de Abril… ¿No es un encanto? Iba a presentártela en la fiesta de ayer, pero sí que es una coincidencia ¿No? Ahora las tengo a las dos aquí. — Los hombros de Giselle se alzaron, y sus manos se juntaron debajo de la barbilla.
. . . — Elsa abrió los labios como si fuera a decir algo, pero sus palabras nunca salieron. Giselle seguía sonriendo expectante a las palabras de Elsa, mientras que Anna miraba hacía un lado por el suelo. Hubo un silencio amenazador… Incluso Giselle pudo notarlo, pretendía arreglarlo incluyendo algo más a la presentación, pero entonces Anna se atrevió a tomar la palabra.
Anna Brander, tal y como ha dicho la señorita Di Andalasia… Mucho gusto. — Dijo la menor, extendiendo la mano hacía Elsa, claro que Anna tenía la mirada rota, el corazón hecho pedazos, el cuerpo temblando en el interior, Elsa podía verlo, podía ver con completa claridad lo que sentía su hermana, sin embargo Anna se había esforzado por presentarse de forma profesional y educada, sabía que no podría ocultar su herido corazón frente a Elsa, pero bastaba hacerlo frente a Giselle.
Anna… Yo… — Elsa no parecía intenciones de seguir el juego, se tocó el pecho, empuñó su camisa y colocó un gesto afligido en el rostro. Anna se preocupó al instante. Notó como su hermana tenía intenciones de echarlo todo a perder frente a Giselle.
Lo sé, lo sé… Usted es Elsa Arendelle… Es un infinito honor conocerla… — Asintió Anna apresuradamente, sintiendo como un nuevo nudo se formaba en su garganta. — Estoy sorprendida… — La menor volvió la vista a Giselle y le sonrió con un intento de complicidad. — Nunca imaginé que usted y la señorita Arendelle fueran… Amigas… — Algo de amargura se apodero de sus labios al decir aquella última palabra, era apropósito, quería ser corregida, quería que una de las dos dijera algo que refutara la teoría de sólo "amistad" entre ellas.
Bueno… De hecho nosotras… — Y ahí estaba, una tímida Giselle apunto de soltar la bomba sin si quiera saberlo. La modista se colocó junto a Elsa, se abrazó al antebrazo contrario y con una sonrisa avergonzada dijo al fin. — Nosotras… Acabamos de formalizar nuestra relación…
Elsa se apresuró a mirar hacía Giselle y en seguida a Anna, de nuevo sus labios se abrían mudos, queriendo decir algo, pero sin saber que era lo correcto. Sólo necesitaba unos segundos más para pensarlo y empezar a soltar una explicación que no le vendría bien a nadie. Anna no quería darle el tiempo de intentarlo, había visto suficiente no quería lidiar con explicaciones dolorosas.
Cielos… Que gusto… — Dijo mientras miraba a Giselle, nuevamente con los ojos hechos cristal, temblorosos, sólo un parpadeó bastaría para que nuevas lagrimas fueran derramadas. — Es una asombrosa noticia… — Casi sentía su voz rasgarse contra su garganta, no resistiría por mucho. — Realmente… E-Espero que sean muy felices… — Asintió atreviéndose a deslizar la mirada de Giselle hasta Elsa y continuar en ella. — Que nunca se lastimen, que nunca se abandonen… Y sobre todo… Que nunca se mientan… — Así, Anna apartó la vista de una demolida Elsa, se dirigió una vez más a Giselle y le entregó por fin los famosos catálogos, esos que eran responsable de toda esa escena.
Giselle sólo pudo agradecer a Anna por sus buenos deseos, la modista era tan ingenua que no le pasaba por la cabeza a pesar de lo obvia que había sido a Anna restregando a Elsa los errores que creía ella, habían destruido su relación. Elsa estaba ahí con el corazón en un puño, queriendo soltarse del agarre de Giselle, correr tras Anna, explicar todo, arreglarlo… ¿Arreglarlo? ¿De verdad tenía la facultad para hacer eso?
¿A dónde rayos vas? ¡Lo arruinaras todo! — Decía Eugene tras Olaf quien ya cruzaba la puerta giratoria del edificio donde se alojaba Giselle.
No esperas que la deje así, esta fue una pésima idea… Anna debe estar deshecha. — Decía el pelirrojo, tratando de zafarse del agarre del moreno.
Si te ve aquí sabrá que todo fue planeado, debemos irnos antes de que… — Eugene no pudo terminar su dialogo, pues Olaf se había dejado de mover y por averiguar cual era la razón, terminó encontrándose con Anna frente a ellos dos.
Oh… Anna… Pero cuanto tiempo… Je… Je… — Eugene trató de sonreír, esperando que la pelirroja no hubiera oído nada de lo que discutían hacía un momento él y su amigo.
Ustedes… Ustedes… ¿Me trajeron aquí? — Anna preguntó incrédula, tratando de hilar las ideas con todo lo que acababa de oír y ver.
Anna, cuanto lo siento, nosotros no debim… — Eugene se apresuró a taparle la boca al chico pálido y seguir sonriéndole a la hija menor de la familia Arendelle.
Bueno… Todo depende de cómo utilicemos el verbo "traer", es decir, técnicamente fueron tus hermosas piernas las que te trajeron hasta aquí, ¿O no? ¿Mi amigo? — Preguntó el castaño mirando hacía Olaf quien aún tenía la boca cubierta, aprovechando su fuerza superior lo obligó a asentir involuntariamente y luego volver a sonreírle a Anna.
Ustedes… Ustedes sabían esto… Y-Y… A pesar de ello… Me hicieron venir hasta aquí… — Las ganas de llorar que Anna había soportado mientras hablaba con Giselle y Elsa, estaban recuperando fuerza al saber que su mejor amigo y el mejor amigo de su hermana habían conspirado contra ella, para vivir una de las escenas más dolorosas en toda su vida.
La pelirroja no dijo más, sólo paso de ellos dos y caminó apresurada hacía la salida del edificio, tratando de limpiar sus lágrimas, de mantenerse fuerte… Pero el único apoyo que creía existía para ella no estaba más. Olaf era el único en quien pensaba, quería llegar y contarle todo lo ocurrido, llorar en su hombro, sentir su consuelo… Pero ahora era imposible… Estaba sola… No había otro amigo que supiera su historia, que supiera cuanto amaba a su hermana, cuanto había sufrido por ella, todo lo que significaba… Se sentía sola en el mundo, sin cobijo, sin protección. Sin nada.
Anna bajó la cabeza, haciendo que su flequillo cubriera sus ojos y sólo sus hombros temblorosos indicaran cual destruido estaba el ánimo de la pelirroja. La chica pasó de largo por el castaño y el pelirrojo, quienes la llamaron, pero ella sólo ignoró tomando el primer taxi que se pasara al frente, el conductor preguntó si todo se encontraba bien, si le había pasado algo, Anna sólo preguntó si aceptaba un viaje largo, a lo que el anciano sólo respondió afirmativamente.
Debo ir tras ella… — Pronunció Olaf en seguida, pero seguía siendo sujeto por Eugene.
Hey, hey, no… Ahora está molesta, si vas sólo empeoraras las cosas… Ella necesita pensar ¿O acaso me has visto ir corriendo hacia arriba para ver como esta Elsa? — Dijo el castaño al pelirrojo, sin soltarlo.
Anna, Anna… — Se escuchó la voz de Elsa, saliendo apresuradamente del ascensor y correr hacía la salida. Eugene soltó en seguida a Olaf y caminó hacía Elsa, sujetándola por los brazos.
¿Els? ¿Els? ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? — Preguntó muy preocupado, consiguiendo que Olaf se cruzara de brazos y resoplara molesto.
¿Has visto a Anna? ¿Ella bajo por aquí? Necesito hablar con ella, necesito… — Elsa trataba de apartarse del agarre de Eugene y cuando lo consiguió fue Olaf quien la encaro.
No, basta… Es suficiente… Siempre creí que no debía entrometerme, pues yo no soy el hermano de Anna, yo no soy parte de su familia, yo tan sólo soy un amigo… Pero ¿Sabes? No lo soportaré más. — Empezó a hablar el pelirrojo muy molesto, tanto que consiguió hacer que Elsa retrocediera un paso.
¿Olaf? Pero… ¿Qué…? — Elsa volteó a ver a Eugene buscando respuestas, pero el castaño sólo alzó los hombros mostrando las palmas de sus manos tratando de parecer inocente de toda culpa. — ¿Qué están haciendo aquí…? ¿Por qué Anna, Eugene y tú llegaron aquí? — Elsa frunció el ceño en confusión y quizá defensa también.
¿Eso es lo que te preocupa? ¿Qué se te haya caído el teatro? ¿Qué ahora Anna sepa en realidad qué clase de persona eres? — Olaf agudizó la mirada hacía Elsa, le bastaba con recordar cada noche en la que Anna lloraba por la rubia para obtener el valor de enfrentar a la mayor de las hermanas Arendelle.
¿De qué estás hablando? — Elsa se mantuvo firme.
¿No te fue suficiente ignorarla por tantos años? Ahora además juegas con ella teniendo novia ¿No es eso demasiado bajo? — Los puños de Olaf estaban cada vez más tensos, y las acusaciones hacía Elsa subían de nivel, por lo que Eugene tuvo que intervenir, abrazando desde atrás al pelirrojo y tratar de calmarlo.
Ya, ya la tienes viejo, sólo… Sólo cálmate… Es suficiente… — Susurró cerca del oído de Olaf tratando de bajarle el enojo.
No, no es suficiente… — Olaf forcejeó un poco y dio un paso hacía Elsa sin quitarle la mirada fiera. — Deja a Anna, no vuelvas a herirla, no vuelvas a hablarle… No sigas lastimándola. — Dicho eso, Olaf se soltó bruscamente del agarre de Eugene, les dio la espalda a ambos amigos y camino solo hasta la salida del edificio, desapareciendo entre la puerta giratoria. Dejando a Elsa con la mirada baja y una mirada de completa derrota.
Ah… Vamos, no le hagas caso al niño, es muy joven… Aún no entiende la vida… — Dijo el castaño tratando de reconfortar a su amiga, frotando con la palma el bicep de la rubia.
No… Él tiene razón… No puedo seguir haciéndole esto a Anna… — Elsa negó con la mirada baja.
¿Hacerle qué, Elsa? — Preguntó Eugene con las manos sobre las mejillas como si quisiera arrancárselas. — Sé que amas a tu hermana y quizá me gane un golpe por lo que voy a decir, pero… ¿Cuánto más vas a soportarle? Se olvidó de ti completamente, te dejó abandonada por tantos años… Se atrevió a salir con Kristoff, y seamos sinceros de no haber sido por que se tropezaron anoche nada de esta fantasía romántica habría ocurrido, ella no te habría buscado, ella no se habría preocupado por ti… — Eugene hablaba veloz, y cada vez más exaltado, se sentía frustrado por no hacerle ver las cosas a Elsa tal cual eran.
No… Ella… Ella me dijo que nunca salió con Kristoff… Y ella… — Elsa entrecerró los ojos y sintió muy dentro de sí que descubría algo, o mejor dicho se dio cuenta de que algo no cuadraba. — Anna preguntó… Preguntó por qué nunca llame… Por qué nunca intenté comunicarme… — Elsa desvió la mirada a su derecha, como si pudiera encontrar la respuesta en el azulejo del piso.
Jo… Además de descarada mentirosa, un adjetivo más para la dulce Anna. — El castaño alzó las manos mirando hacia el cielo, cansado.
Olaf ha dicho lo mismo… Que me olvidé de Anna… — Elsa continuó armando las piezas en el rompecabezas. — Y hace un momento… Frente a Giselle… Anna insinuó que le mentí… — Elsa se pasó una mano por los labios, conocía a su hermana y estaba segura de que no podría mentirle, si Anna preguntó por esas cosas, es porque eso es lo que Anna creía, lo que había vivido, la verdad… Pero… Elsa había llamado, escrito y tratado de comunicarse con Anna siempre, cada mensaje de texto, cada e-mail, cada llamada, cada mensaje de voz… Elsa estaba segura de que había tratado de contactar a Anna.
Por si la escena no podía complicarse mal, apenas oírse el ring de la puerta del elevador abrirse, salió una muy apresurada y preocupada Giselle, corriendo de inmediato hacía Elsa, tomándole por las mejillas y examinarle cuidadosamente.
¿Este bien? ¿Te ha pasado algo? ¿Por qué saliste corriendo de ese modo? ¿Qué ocurrió? — Aunque Giselle miraba directo al rostro de Elsa, la rubia no correspondía, seguía con la mirada en el suelo, tratando de encontrarle lógica a todo lo que estaba pasando.
Ella no está mintiendo… Hay algo… Algo que aún no sé… Algo que no encaja… — Murmuró Elsa ignorando el llamado de Giselle por completo.
¿Eh? Elsa, cariño… ¿Pero de qué estás hablando? — Giselle se preocupó más por el estado ausente de Elsa. — ¿Has bebido de nuevo? ¿Quieres que subamos? ¿Eh? — Preguntaba la pelirroja mientras mantenía sucesivas y suaves caricias por las mejillas de la más alta.
Ah, no, no, ella está bien Giselle… No te asustes… — Eugene nuevamente iba al rescate, colocándose tras Giselle, sostenerla por los hombros y apartarla con delicadeza de su amiga. — Salió de pronto por que le recordé que me vería con ella… Y-Y… Y bueno, sabes que a veces olvida las cosas… — El castaño trató de excusar a Elsa, con esa sonrisa ladeada que lo caracterizaba.
Hay algo… Hay algo… Que no está en su lugar… — Elsa seguía en medio de sus pensamientos, hasta que alzó la mirada hacía su amigo y su… "novia", con completa determinación dijo. — Voy a descubrir que es. — Asintió y pasó de ambos, saliendo al igual que Olaf del edificio, dejando a Eugene con Giselle en brazos, ahora el castaño tenía que inventar una nueva historia para explicar el comportamiento raro de Elsa.
Elsa no fue a casa, fue hasta la editorial, tenía una nueva tarea. Terminaría los pendientes de mañana, pasado y quizá los próximos tres días. Tenía mucho trabajo, si adelantaba los deberes tendría los días libres para ir tras Anna, para darle una explicación a toda esa tormenta de confusión que la envolvía junto con Anna. Así, entre café, papeles y su portátil pasaron las primeras horas, el teléfono celular sonó y sonó, Giselle y Eugene trataban de contactarla, adivinar a donde había ido. Pero Elsa simplemente no contestaba, estaba ensimismada en el trabajo, Anna, el trabajo, preguntas, el trabajo, Anna… Anna… Sólo eso, quería arreglar las cosas. Después de cinco años sin poder olvidar a Anna, a pesar de esforzarse, tratar de salir con personas, concentrarse en el trabajo, nada había dado resultado, al final ese rumor sobre su gusto por las pelirrojas sólo era reflejo de su miseria, de su incapacidad por superar a Anna, encuentros de una noche, citas de sólo una vez, tan sólo eran chicas con cabello de ese color, incluso Giselle.
Aquella noche en la fiesta de la editorial, había terminado por pelear por Eugene, ya que este insistía una y otra vez con que aceptara las invitaciones de las chicas que se acercaban sumamente temerosas, tratando de conseguir un poco de amabilidad por parte de la escritora, consiguiendo sólo ser ignoradas. Elsa estaba harta, se levantó de la mesa, mintió diciendo que iría al sanitario y simplemente salió del edificio.
Con la mirada puesta en el cielo, preguntando a las estrellas, a las nubes, como si Anna estuviera oculta entre ellas "¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué? ¿Por qué?" Los ojos de la rubia se veían sonrosados por el borde, pañosos, temblorosos, a nada de dejar caer sus lágrimas. Mirando al cielo con un dolor expectante, como si la respuesta fuera a caer desde ahí "¿De verdad me has olvidado? ¿Realmente te atreviste a hacerlo? ¿Anna, me olvidaste?" Seguía murmurándole al cielo, con el corazón en un puño y un fuerte nudo en la garganta. "Por favor… No Anna… Por favor…No… No me olvides…" Suplicó con el brillo tembloroso de las estrellas reflejado en sus ojos. "Anna… Por favor… Sólo… Sólo dime donde estas… E iré a buscarte en seguida… Lo juro… Anna… Por favor… Por favor… Quiéreme… Anna…" La lagrima en caer no provino de los ojos de Elsa, si no del mismo cielo, mojando el rostro pálido de la rubia, seguido de otra y otra gota, la lluvia de pronto se mezclaba con las lágrimas de Elsa, disfrazando su llanto.
Una repentina luz cubrió toda la calle, la rubia giró la mirada con desgano y se encontró con los luminosos faros de un auto, pensó ignorarlo, pero sus ojos se abrieron grande cuando miró a contra luz una silueta… Una pesada broma de su imaginación, era Anna, estaba segura, y si no lo estaba, sus deseos por verla la obligaban a creer que era ella.
El auto iba a pasar muy cerca de la pelirroja, tanto que seguro la empaparía toda. Como lo hizo muchas veces de niñas, completamente decidida a ser el héroe para Anna, corrió hacía ella, la rodeó con los brazos y giró con velocidad el cuerpo propio, usándolo como escudo para proteger a la pelirroja. En seguida, sus ojos buscaron los de su hermana… Buscó con desespero ese flequillo infantil, esas pecas, esa nariz respingada… Esa luz que sólo Anna emitía, pero no lo encontró… Nada… Por más que se esforzara a encontrar a Anna en ese rostro, no sería posible… No era Anna.
Sin embargo, ¿Por qué esa chica se lanzó a sus brazos? ¿Por qué si nunca la había visto? ¿Por qué se aferraba a su cuerpo como si todo dependiera de ello? ¿Por qué resultaba ser un abrazo tan cálido? Elsa no tenía las respuestas, lo más parecido a eso fue un instantáneo pensamiento… Quizá era una señal de la vida… Sugiriéndole a continuar, sugiriéndole a dejar el pasado atrás… Sugiriéndole intentar ser feliz y borrar por fin el nombre "Anna" de su corazón.
El cielo empezaba a clarear, en media hora o menos amanecería, Elsa no estaba segura de cuantas tazas de café había tomado, seguía con la misma ropa, un par de marcas oscuras apenas perceptibles debajo de sus ojos, el cuerpo cansado, pero el rostro muy activo, estaba terminando, sólo hacía falta poner en orden la oficina, se marcharía a casa, prepararía algunas cosas e irían tras el misterio, tras Anna.
Cuando Elsa terminaba de guardar algunos papeles la puerta de la oficina se abrió, provocando que la rubia girara el rostro hacía atrás una expresión de completa sorpresa se dibujara en sus gestos.
¿Padre? — Preguntó la rubia mientras cerraba el archivero y se giraba lentamente hacía el hombre, quien le dirigía una mirada seria y severa. Algo demasiado inusual, siempre había sido un hombre comprensivo y sumamente cálido.
Durmiente, acurrucada entre cobertores de figuras animadas, con la cabeza apoyada en el regazo de su madre quien se dedicaba a dejarle dulces caricias sobre la cabeza, se encontraba Anna. Quien había viajado más de cuatro horas para llegar a casa de sus padres. La recibió su asustada madre, pues el que su hija menor llegara sin avisar en medio de la madrugada asustaría a cualquier madre, sin embargo al verificar que su hija estaba "bien" al menos físicamente, preparó un poco de chocolate, arrulló a su hija menor como había hecho muchas veces hacía años, terminando con la pelirroja dormida en su regazo, en la sala de estar.
Anna había preguntado por papá, pero para mamá fue sencillo decir que había tenido que salir por un viaje de negocios, aunque no era así, no podría contarle la verdad a su hija. En situaciones como esta, mentir y engañar resultaba ser la mejor arma de los padres para mantener el "bienestar" de sus hijas.
Ahora para Anna su hogar, sus padres eran lo único que le quedaba, sólo ellos podrían darle el cobijo y sinceridad que ni sus amigos o su propia hermana le habían dado… O al menos eso, era lo que ingenuamente creía la hija menor.
Debiste llamar, sabes… ¿Vas a quedarte mucho tiempo? Mamá no me dijo que vendrías… Tengo algunos asuntos que atender… — Dijo Elsa apurada, volviendo a ordenar la oficina, dejando algunos folders y papeles con etiquetas para que Eugene pudiera identificarlos. — ¿Quieres que desayunemos juntos? Es lo más que puedo hacer… Realmente vienes en un mal momento porque yo… — Elsa paró en seco cuando su padre dejo caer un sobre sin mucha amabilidad sobre su escritorio. El hombre no había dicho y parecía que no tenía intenciones de hablar mucho. Elsa miró el sobre y luego a su padre sin entender.
¿Qué es esto? — Preguntó un poco más seria e incluso, casi asustada, era la primera vez que veía a su padre actuar de ese modo. Sin obtener respuesta, devolvió la mirada al sobre en el escritorio, extendió la mano derecha para alcanzarlo, sostenerlo entre sus manos y aún en espera de que su padre dijera algo. Pero este sólo la miraba fijo, así que se dispuso a abrir el sobre rectangular, rebuscó en el contenido y miró sin entender.
¿Pasajes de avión? — Preguntó con el ceño fruncido en confusión. — ¿Son para mí? — Elsa miró el destino y sonrió con incomodidad, para luego negar, aún no entendía bien de que se trataba todo esto. — Padre yo… Cielos… No debiste… Es decir… Yo no puedo viajar ahora… Yo…
Viajaras, hablé ya con Giselle y Eugene hace un par de horas. El arreglara todo aquí. — Sentenció el hombre.
Padre… Un viaje como este necesita anticipación… Al menos unos días y además tengo otros asuntos que atend… — Elsa guardó el par de boletos y negó con la misma sonrisa incomoda, pero antes de que pudiera terminar volvió a ser interrumpida.
Eugene me dijo lo mismo, lo supuse, así que el viaje está programado dentro de 5 días, tendrán tiempo suficiente de arreglar los pendientes. — Explicó el hombre sin cambiar su postura.
Si… Bueno… De hecho me adelanté… Estuve trabajando toda la noche por que… Tengo planeado ocupar los próximos días en… Asuntos personales. — Dijo lo último tratando de no quemarse a sí misma, no podría decirle a su padre que se trataba de Anna. — Así que… Lo siento mucho padre… Tal vez podrías usarlos con mamá… Yo… Yo no… — Elsa trataba de explicarse, pero el hombre volvió a interrumpir.
Esto no es un obsequio Elsa, tampoco es una sugerencia, esto es una orden. — Dijo por fin el casi rubio, dejando el puño cerrado sobre el escritorio de su hija sin quitarle la vista de encima.
¿Qué? — Elsa se estaba impacientando, no entendía por qué de pronto su padre venía como si nada, 'ordenándole' tomar un avión sin haberlo hablado previamente, con esa actitud dominante que jamás había usado con ella. — No sé a qué juegas padre… Pero ya no tengo 10 años. — Dijo Elsa tomando su maletín, colgando la correa sobre su hombro y rodear el escritorio con la intención de salir de la oficina, no tenía tiempo para jugar a la buena hija con su padre, debía ir a por Anna.
Se acabó Elsa, olvida a tu hermana. — Dijo el hombre, casi sintiendo que el corazón se le quebraba en mil pedazos, estaba seguro de que había oído su interior crujir ¿Por qué un padre estaba obligado a decir esas palabras? ¿Por qué había sido sentenciado a cumplir tan dolorosa tarea? ¿Por qué tenía que tratar de ese modo a su hija mayor? ¿Por qué tenía que tenía que usar esas palabras tan crueles? Porque así lo había decidido el mundo, porque un amor así era antinatural, sucio, prohibido, imposible. Y su deber de padre era impedirlo a toda costa, por el bien de sus hijas, por mantenerlas a salvo de la crítica y el juicio cruel de la sociedad.
¿Qué? — Elsa paró en seco, quedando justo hombro a hombro con su padre, aunque mirando hacía direcciones opuestas.
Tú y ella… Eso no puede ser. — Dijo el hombre, desviando la mirada hacía su hija mayor.
No sé de qué hablas… — Elsa trató de fingir, pero su estado de shock la delataba.
Lo sabemos todo Elsa, tu madre y yo lo sabemos todo… — Terminó por aclararse el hombre, haciendo que los ojos de su hija se abrieran más de lo normal.
P-Padre yo… — Elsa tragó largo, no tenía reacción para un momento así, nunca imagino que sus padres fuera a enterarse.
Debes irte… Debes alejarte de tu hermana… Esto no puede seguir, es imposible. — El casi rubio mantenía esa postura firme, esa que nunca había tenido y que sólo fingía. Le destrozaba decir esas cosas, pero entre él y su esposa habían acordado que era lo mejor.
Padre… — Los ojos de Elsa, además de estar cansados, de pronto se debilitaron, enrojeciéndose por los bordes, haciéndose brillosos, sensibles. Al igual… Su voz perdió fuerza, todos sus sentidos parecían debilitarse, pero sólo para darle mayor firmeza a una cosa… La determinación de la rubia. — La amo… La necesito… — Cerró los ojos sintiendo su garganta raspar, arder, le estaba confesando al hombre que le dio la vida, los sentimientos 'sucios' que tenía por su hermana. —E-Ella… Ha vuelto a mí… — Con la voz rota y las lágrimas formando una a una, surcos de humedad sobre sus avergonzadas y rojas mejillas, la barbilla temblorosa y el corazón siendo estrujado con fuerza por una entidad invisible. — De-Debo estar con ella… Y-Yo… — Cerró los ojos con fuerza, dejando caer los hombros y a su vez el maletín que colgaba de su cuerpo. — La necesito… — Terminó por decir la hija mayor.
Los ojos del hombre temblaban, sus cejas se habían fruncido en dolor, sus puños estaban cerrados, por mucho que se esforzara, no podía seguir fingiendo ser el hombre duro y autoritario que nunca había sido, le dolía escuchar a su hija decir semejantes palabras, le dolía que el camino que él y su esposa creían correcto fuera tan complicado.
El hombre simplemente se desplomó, y envolvió a su hija mayor en brazos, quien no dudo en refugiarse en el pecho de su padre, sin temor a dejarse caer el llanto, subiendo y bajando los hombros, gimoteando con tanto dolor como nunca, aferrándose a la espalda del hombre con tanta fuerza, no entendía por qué… ¿Por qué era tan malo? ¿Si se amaban tanto? ¿Por qué?
El casi rubio tenía los ojos algo rojos, la nariz y los labios, justo con el aspecto que alguien que se forzaba a no llorar tenía. Tratando de tranquilizar a su hija, mientras maldecía internamente, cuando recuerdos de sus dos pequeñas jugando de niñas, compartiendo tiempo juntas, riendo, aterrizaban en su mente ¿Qué había hecho mal? ¿Qué había hecho para que su familia mereciera tal sufrimiento?
Hija… Si realmente amas a tu hermana… Si realmente la amas tanto como dices… P-Por favor… — El hombre con la voz algo frágil y menos grave de lo normal se atrevió a continuar. — Si realmente es así… Te ruego… Te ruego que no compliques más las cosas… Debes partir cuanto antes — Pidió el hombre a su hija mayor, esperando que pudiera entenderlo, que cooperara, que se olvidara de Anna, que viajara lejos, tan lejos de su hermana y pudiera establecerse junto a Giselle, tener una vida feliz y tranquila. Alejarse el tiempo suficiente como para que esos sentimientos 'impuros' por Anna murieran.
Padre e hija envueltos por un abrazo así de íntimo, así de doloroso, sujetos uno al otro en medio de la oficina ordenada completamente, de no ser por el portafolio de Elsa que había dejado caer y regar algunos papeles y libretas.
Sin embargo, no eran sólo sus dos corazones los que latían con fuerza y conmoción, había un tercero, oculto, que había presenciado la conversación entre los dos miembros de la familia Arendelle desde que había comenzado, furtivamente y por descuido en la rendija de la puerta que había quedado a medio abrir. Ahí se encontraba Giselle con las manos temblando, sujetando una bandeja que soportaba un par de vasos con café, postres matutinos; mismos que había ido a comprar al saber que Elsa estaría en la oficina desde temprano. Quería sorprenderla, quería darle un lindo detalle… Quería darle los buenos días con el desayuno y un beso. Pero no pensó encontrarse con tal situación.
Elsa estaba enamorada, claro que estaba enamorada… Profundamente enamorada, pero no de ella… No era Giselle por quien su corazón latía… Sino… Sino… ¿Su hermana? ¿Por qué nunca le había dicho que tenía una hermana? ¿Por qué de pronto su vida perfecta parecía no serlo? Estaba tan feliz con la llamada del Señor Arendelle informándole que tendría un viaje largo con Elsa, un viaje para ellas dos, le parecía tan romántico y afortunado, pero ahora… No sabía si lo era tanto.
Cielo, ya está el desayuno… — Llamó la señora Arendelle a su hija menor quien apenas salía de la ducha, a punto de entrar a su habitación, cuando miró la puerta de la habitación de Elsa, decidiendo entrar a la alcoba de su hermana antes que la propia. — ¿Anna, me has oído? — Se volvió a escuchar la voz de su madre, por lo que tuvo que responderle alzando la voz también. — ¡Voy en un minuto, necesito vestirme! — Respondió para luego cerrar la puerta y recargarse sobre esta, mirando con lentitud cada detalle en la antigua habitación de su hermana.
Paso mirando las fotos, los libros, la ropa. Aunque tenía la mirada apagada y triste, quiso sonreír con amargura más de una vez, cada que un objeto le recordaba alguna historia entre Elsa y ella. Accidentes, risas, miedos, travesuras, regaños, noches, días… Todo junto a su hermana. Pero todos esos hermosos recuerdos eran demolidos por la imagen de Elsa besando a Giselle.
Su lógica chocaba e incrédula pensaba en cómo podía ser posible que Elsa mintiera, ¿Cómo es que se había atrevido a engañarla? ¿Es que nunca la conoció realmente? ¿La universidad la hizo cambiar? ¿Por qué? Sin pensar mucho en ello, trató de despejar su mente, abrió el armario de su hermana y sacó lo primero que encontró un par de jeans deshilachados por las rodillas como la moda en sus tiempos de adolescentes, y una sudadera con la insignia del hombre murciélago al frente.
Mientras terminaba su segunda trenza, mirándose al espejo, su torpeza le hizo tirar sin quererlo una pequeña esfera de cristal nevoso, que rodó hasta debajo de la cama, tras resoplar y preguntarse así misma cuando dejaría de ser tan torpe, se arrodillo y estiró el brazo debajo de la cama, palpando torpemente tratando de dar con le esfera, sintió algo y lo sacó en seguida, un pequeño muñeco de felpa en forma de guisante, negó y lo echo a un lado para luego volver a buscar, sus dedos rosaron el cristal de la esfera y sonrió victoriosa.
Jo, te tengo… — Murmuró pero, sin quererlo empujó un poco más el objeto, haciendo que tuviera que estirar un poco más la mano y de nuevo sus dedos rosaron con algo, pero no era la bola de cristal, se sentían como, papeles, muchos, sujetos por algo. Los ignoró y siguió buscando, pero parecía que la bola se había alejado demasiado. Anna frunció el ceño se volvió al armario y tomó un gancho de ropa, se inclinó de nuevo y con este trato de atraer el objeto cristalino, empujó con el gancho hacía a ella y en seguida sintió la bola rodar hacía ella, pero en el gancho algo más se había atorado, lo sacó y miró toda una pila considerable de cartas, sujetas por una banda elástica hecha de muchas más. — ¿Hm? ¿Cartas? — Anna frunció el ceño, tomando el bulto de papeles entre las manos, sopló contra ellas para quitarles el polvo que tenían.
Eran demasiadas y no entendía por qué estaban debajo de la cama de Elsa, sacó cuidadosamente una, la miró por el frente y por el reverso, las letras estaban algo borrosas, no podía ver el remitente, se creyó con la suficiente confianza como para abrirla, pues está aún estaba sellada. No tardó nada en reconocer la letra de Elsa, Anna se cubrió la boca, no leyó línea por línea, sus ojos en seguida se pasaron por las frases que estaban mayormente remarcadas "¿Anna has dejado de quererme? ¿Ya no piensas en mí? Lo entenderé si eres feliz así, Siempre te querré".
De pronto con desespero Anna empezó a revisar cada sobre, todas tenían dirección a casa y todas provenían de la ciudad a la que Elsa se había mudado, todas eran cartas para ella, todas y cada una eran cartas que Elsa había escrito, cartas que habían llegado al buzón y que por una razón que no podía comprender, jamás había visto hasta el día de hoy.
Anna, se va a enfriar, dime que estás haciendo aq… — La madre abrió la puerta de la habitación, y así como la abrió, así quedó muda al ver a su hija menor con los ojos llorosos, sentada en el suelo, con el bulto de cartas entre sus manos. — Oh, no Anna, dime que no…
