Aquí va el capítulo 14. Espero que os guste y espero recibir vuestros comentarios. Estaré aquí de nuevo cuando menos os lo esperéis.
¡A leer!
Capítulo 14: La casa de los recuerdos
La señorita Bellum dejó la taza de café sobre la mesa cuando entendió el problema. Lo meditó unos segundos y tomó las manos de Blossom, que se encontraba sentada justo a su lado en el sofá.
–No creo que haya problema, pero ¿estáis seguras?
Todos dormían, y las únicas que sabían sobre aquel asunto eran Buttercup y Bubbles, a las que había hablado de ello y, tras pensarlo un poco, habían estado conformes.
–Sí –afirmó con convencimiento–. Ayer estuvimos hablando sobre ello. Y creo que será lo mejor para nosotras. No queremos que sea un regalo, sino un pago por nuestros servicios durante todos estos años. Además, podréis quedaros nuestra antigua casa. Ya no la necesitaremos. Es un cambio.
–Si eso es lo que habéis decidido, hablaré con el Alcalde. ¿Cuándo querríais hacer el traslado?
–Hoy mismo.
–¡Hoy! –exclamó la secretaria, sorprendida.
–No queremos permanecer allí más tiempo del imprescindible. Mañana tendríamos que volver de todas formas. Así que nos gustaría empezar ya con la mudanza, y si es posible terminarla hoy, me traeré directamente la sustancia x, para no tener que ir de nuevo.
–Está bien. Necesitaréis un camión, entonces.
–Con una furgoneta bastará –contradijo ella–. Solo nos traeremos nuestras pertenencias. Esta casa ya está amueblada. No necesitamos vaciar la otra.
–En ese caso, llamaré para que vengan a buscaros y os lleven hasta allí –dijo, levantándose del sofá, dispuesta a empezar los tramites cuanto antes–. Haré que os traigan cajas para meter vuestras pertenencias.
–Gracias, señorita Bellum. –Blossom la abrazó cariñosamente y se apartó unos segundos después–. Nos está ayudando muchísimo.
–Faltaría más, con todo lo que vosotras habéis hecho por esta ciudad.
Bellum caminó hasta la puerta, sacando el móvil en el camino para llamar al servicio de mudanzas para alquilar una furgoneta.
–Llámeme en cuanto sepa algo –le pidió Blossom antes de que entrara en el coche oficial.
Un par de horas más tarde, el mismo coche oficial dejaba a las chicas y a sus guardaespaldas en la antigua residencia Utonium. En la puerta ya se encontraba la furgoneta en la que meterían todas sus cosas, y el conductor de dicho vehículo comía con aburrimiento un bocadillo de jamón que le había preparado su mujer. No entendía muy bien por qué tenía que estar allí tan temprano, si estaba seguro de que mínimo necesitarían cuatro horas para meter todo en cajas. Pero la secretaria del Alcalde había sido clara: quería que estuviera preparado para el momento en que las Powerpuff girls estuvieran listas para trasladarse a su nuevo hogar. Y aunque la mayor de las tres, al saludarle, le había dicho que si quería podía irse a dar una vuelta, no sabía si sería correcto contradecir las órdenes de la mano derecha del Alcalde. Así que tras terminar el bocadillo, se acomodó en el asiento y se echó una siestecita.
Antes de entrar en la casa, las hermanas tuvieron que coger aire y enfrentarse una vez más a su pasado. Blossom notó que Bubbles le temblaba el labio inferior, así que decidió retrasar un poco su dolor, y le pidió que fuera a la casa contigua para avisar a Robin.
–Quizás no le importe echarnos una mano.
Bubbles asintió y caminó hasta la puerta de los vecinos, mientras los demás entraban en la casa. Todos, menos Boomer, que debía mantener siempre un ojo encima de su protegida, tal y como habían acordado con el Alcalde. Así que dejó caer su peso sobre la furgoneta y la siguió con la mirada. La chica llamó al timbre y esperó pacientemente a que alguien respondiera. Segundos más tarde, respondió una voz varonil, y efectivamente fue un chico el que abrió. Era un joven alto y apuesto, de pelo castaño claro y ojos amables. La expresión de Bubbles cambió rápidamente de una de desconcierto a una de absoluta alegría.
–¡MIKE! –gritó, abrazándole con fuerza. El chico sonrió complacido por tanto entusiasmo–. Mike, ¿qué haces aquí? ¿No estabas en Nueva York?
A Boomer le apareció un severo tic en el ojo en cuanto vio la reacción de la Powerpuff.
–He venido en cuanto me he enterado de lo vuestro. Lo siento mucho, Bubbles.
–Gracias por venir, pero no tendrías que haberte molestado.
Mike besó las manos de la rubia y la miró con cariño.
Intercambiaron unas palabras más, pero Boomer ya solo podía pensar en las confianzas que se tomaba ese chico con su... protegida. Apretó los dientes y volvió la vista hacia otro lugar.
–Solo venía a ver si Robin podía ayudarnos con la mudanza.
–¿Mudanza? –repitió el joven, esperando por una explicación.
–Hemos decidido trasladarnos al lugar donde hemos estado viviendo esta semana –dijo con tristeza.
Mike asintió. No hacía falta preguntar la razón de esa decisión.
–Lo entiendo. A Robin le dará mucha pena –comentó.
–¿Está aquí?
–Está en la ducha. Si quieres yo puedo ayudaros. Además, me gustaría ver a tus hermanas y darles el pésame. Sobre todo a Blossom. Robin me ha contado que habló con ella y no estaba nada bien.
–¿Robin habló con Blossom?
La charla seguía y seguía, y él no quería escuchar ni mirar. No le interesaba lo que allí estaba sucediendo ni de lo que estaban hablando. Aunque, de vez en cuando, miraba por el rabillo del ojo, a ver si sucedía algún otro acercamiento. Finalmente, Mike entró en la casa para avisar a la tal Robin, seguramente su hermana, de que iba a ayudar a las chicas y que la esperaba allí una vez que hubiera terminado de ducharse. Bubbles mientras, esperó fuera y miró a Boomer, que le volvió la cara sin contemplaciones. El joven volvió a salir y acompañó a Bubbles hasta la casa, pero Boomer no los siguió.
Dentro, se escuchó a Blossom y a Buttercup saludando a Mike con la misma alegría que Bubbles. Pero eso a él le daba igual. Él solo pensaba en ese abrazo, en ese beso en las manos.
Mientras Blossom empaquetaba todos sus libros en una caja enorme con aparente serenidad, Bubbles se acercó por detrás y le dio un gran abrazo. La pelirroja sonrió, y le preguntó a qué se debía eso, pero ella solo se encogió de hombros y fue a vaciar su armario. Blossom continuó a lo suyo mientras recordaba la historia de cada uno de los libros que le había comprado el Profesor.
La habitación estaba hecha un desastre. Todas sus cosas se amontonaban encima de las camas en lo que las metían en cajas. No podía evitar sentir un nudo en la garganta, y estaba segura de que sus hermanas también lo sentían, porque ninguna de las dos hablaba. Solo recogían sus pertenencias en silencio.
Blossom terminó de llenar una de las cajas, la cerró bien con cinta aislante y escribió en el cartón lo que contenía.
–Esta ya está, Mike.
El chico cargó la caja y se la llevó al piso de abajo para meterla en la furgoneta. En lo que pasaba por el salón, vio a dos de los Rowdyruff boys sentados en el sofá. No parecían con intención de ayudar, eso estaba claro. El último de ellos aún estaba fuera, apoyado junto a la furgoneta.
–Perdona, ¿podrías abrir la puerta trasera? Esto pesa un poco.
Le hubiera encantado no tener que tratar con ninguno de ellos, pero tenía las manos ocupadas y una manita extra le hubiera venido de perlas. Boomer casi lo asesinó con la mirada. Por un momento, pensó que iba a pegarle o a mandarle a la mierda. Pero simplemente pegó un puñetazo en la furgoneta con el dorso de la mano y una de las puertas se abrió enseguida. El encargado de la furgoneta despertó de un brinco y sacó la cabeza por la ventanilla para reclamar a quien hubiera golpeado su vehículo de trabajo. Boomer solo tuvo que echarle otra de sus miradas para que el hombre se mantuviera calladito.
Mike metió rápidamente la caja, dándole las gracias suavemente y volvió a la casa, cruzándose en la puerta con Bubbles, que le dedicó una encantadora sonrisa.
Antes de acercarse a Boomer, lo miró un momento, recordando la forma en que le había vuelto la cabeza un rato antes. Frunció los labios, indecida, y finalmente avanzó.
–¿Sigues enfadado?
Él no se molestó en contestarle. Eso era un sí, pensó Bubbles.
–Quería pedirte perdón y... darte una cosa.
–¿Qué cosa? –preguntó aparentando menos interés del que realmente tenía.
–Es algo que tiene mucho valor para mí.
De su espalda sacó un viejo peluche en forma de pulpo de color morado y con un estúpido sombrero idéntico al del Alcalde. Boomer frunció el ceño y volvió a desviar la mirada.
–Y, ¿para qué quiero yo eso?
–Bueno..., mañana será el último día que convivamos, y me gustaría que te quedaras con algo mío. Para que te acuerdes de mí.
Bubbles alzó el muñeco esperando a que él lo tomara. Y estuvo a punto de hacerlo, pero en ese momento apareció Mike con otra caja y ver el brillo de los ojos de Bubbles al mirarle le hizo perder el control y darle un manotazo al peluche, que cayó al suelo. Tanto Mike como Bubbles se quedaron petrificados.
–Lárgate y llévate tu estúpido muñeco –le espetó.
Bubbles miró el pulpo tirado, pero no se agachó a recogerlo. Mike dejó la caja en la furgoneta y cogió a Octi para dárselo a Bubbles. Ella negó con la cabeza y volvió a la casa. Entonces Mike miró a Boomer, y al ver que este no pretendía quedárselo, se dirigió hacia la puerta. En ella se encontraba Blossom, que había contemplado parte de la escena y eso le había bastado para entenderlo. Mike le tendió el muñeco y subió al piso de arriba.
–Eso no ha sido muy amable –dijo la pelirroja.
–Yo no soy amable –aclaró Boomer.
Blossom se acercó mientras le quitaba el polvo al pulpo de peluche y se apoyó en la furgoneta, junto a Boomer.
–Se llama Octi –le dijo–. Es el tesoro más preciado de Bubbles. Fue el primer regalo del Profesor. Se lo dio el día de nuestro nacimiento. Cuando era pequeña, no se separaba de él.
–¿Y qué? –farfulló él, aunque algo se había removido en su estómago al saber la historia del muñeco.
–Que no se lo daría a nadie que no fuera especial para ella.
Boomer se quedó callado. No estaba dispuesto a seguirle el juego.
Robin salió entonces de su casa con el pelo húmedo y ropa cómoda. Se acercó a Blossom y le dio un gran abrazo.
–Mike ya me ha dicho que os vais.
–Lo siento, Robin.
–No lo sientas. Es lo mejor para vosotras.
–Puedes venir a vernos siempre que quieras.
–Lo sé.
La chica de pelo largo castaño se dio cuenta de que había interrumpido una conversación importante cuando vio a Boomer removiéndose algo ansioso. Así que preguntó por Mike y entró a la casa para ayudar con la mudanza.
–Ya conocías a Robin, ¿verdad? Del funeral.
Boomer asintió, sin comprender a qué venía la pregunta.
–Mike es su novio.
El Rowdyruff boy se quedó sin respiración por un instante. Algo en su interior se calmó, pero seguidamente pasó a preguntarse por qué creería esa chica que a él debía interesarle esa información.
–¿Y a mí eso qué me importa?
–Te importa –sentenció Blossom–. Y lo sabes. –Esperó unos segundos por si el chico tenía algo que decir y continuó–. Robin es nuestra mejor amiga desde que teníamos cinco años. Mike llegó más tarde al parvulario donde estudiábamos. Se hizo gran amigo de Bubbles. De hecho le gustaba mucho. –Notó que Boomer apretaba los puños–. Pero eran solo tonterías de críos. Al pasar el tiempo, Robin y Mike empezaron a gustarse de verdad, pero eran demasiado tímidos para reconocerlo. Fue Bubbles la que hizo todo lo posible para que estuvieran juntos, y finalmente lo consiguió. Ahora, Mike está realizando unos estudios en Nueva York gracias a una beca, pero continúan su relación a distancia. Para Bubbles es un gran amigo.
Se incorporó de la furgoneta y le tendió a Octi.
–No está bien rechazar un regalo, y menos aún uno tan especial.
Boomer se sentía algo avergonzado, pero aun así lo cogió y se quedó mirándolo con detenimiento para no tener que enfrentar los severos ojos rosa de la líder.
–Boomer..., no hagas daño a mi hermana.
Unas horas más tarde, todo estaba empaquetado y listo. Blossom se dirigió al laboratorio para buscar la sustancia x que deberían tomar al día siguiente. Se detuvo justo en la puerta, examinando los arañazos que habían dejado en ella esos asesinos al intentar entrar, y por un momento le temblaron las manos y se sintió débil. Abrió y bajó las escaleras agarrándose con fuerza a la sentía extraña, como si tuviera vértigo. Estaba mareada.
Con todo, consiguió llegar al final. Todo estaba como lo habían dejado.
En una de las paredes había un caja fuerte. Para abrirla hacía falta un código de cuatro dígitos que había visto utilizar al Profesor innumerables veces: la fecha de su nacimiento. Tecleó los números y la puerta se abrió. Dentro había un maletín plateado que sacó con cuidado y llevó hasta la mesa más cercana. Era donde el Profesor guardaba la sustancia X. Abrió el maletín para comprobar que todo estaba en orden.
Brick entró en el laboratorio para verificar que todo fuera bien. Blossom estaba tardando demasiado, y empezaba a tener curiosidad por lo que estaría pasando allí abajo.
La vio sentada en una silla, con la cabeza apoyada en una de las mesas de trabajo. Bajo sus brazos había un maletín plateado, y con una mano jugaba con uno de esos cacharros científicos que él no podía comprender. Parecía tranquila.
Blossom estaba tan metida en su mundo que ni siquiera le escuchó llegar. Miraba el instrumental científico y recordaba las tardes que había pasado allí junto a su creador, la persona que más había querido junto a sus hermanas. Su padre. Quizás no tuvieran vínculos de sangre, pero eso era lo de menos.
Brick se aclaró la garganta para que ella supiera que estaba allí. Pensó que estaría llorando, pero cuando se volvió para mirarle, tenía una expresión serena, tranquila, como si todos sus problemas hubieran desaparecido de repente.
–Estabas tardando mucho.
–Estaba buscando la sustancia X –dijo ella, mostrando el maletín.
–Bien. Emm... Oye, tu hermana no aparece por ninguna parte.
La joven tuvo una mala sensación.
–¿Bubbles? –preguntó, preocupada.
–No, la otra.
Suspiró algo más aliviada, aunque no del todo. Buttercup le había prometido no volver a desaparecer así como así. No debía andar muy lejos.
Saltó del taburete sujetando el maletín con cuidado. Brick se dispuso a subir las escaleras.
–Brick –lo llamó para impedir que se fuera–. Mañana es el último día...
Él asintió, intentando no demostrar afectación por ello. Ella lo miraba fijamente. No podía mostrar debilidad.
–Supongo que no has cambiado de opinión...
Él negó con la cabeza, y subió un peldaño.
–¿Y si yo no fuera yo y tú no fueras tú? ¿Y si yo no fuera una Powerpuff girl o tú no fueras un Rowdyruff boy? ¿Qué decidirías?
–No digas tonterías –gruñó él.
–¡No son tonterías! Solo quiero que me hables con sinceridad. –En su voz se dejaba entrever cierta frustración que consiguió angustiarle. Dejó el maletín en la mesa y se acercó a él–. ¡Por una vez en tu vida, dime la verdad! ¿Si no fuéramos nosotros, te quedarías conmigo? ¡Dímelo! –Se le estaban humedeciendo los ojos, y se sentía tan extremadamente tonta. Pero ya ¿qué importaba? –. ¡Olvida por un momento que te llamas Brick y que eres un Rowdyruff boy! ¡Olvida que yo me llamo Blossom y respóndeme ahora que no soy una Powerpuff girl! ¡Dime lo que te pasa por la cabeza, por favor!
Brick se volvió bruscamente y ella retrocedió asustada hasta toparse con la mesa. Cerró los ojos, esperando un golpe, y cuando volvió a abrirlos, se vio rodeada por los brazos fuertes de Brick. Blossom se quedó sin respiración. Brick golpeó la mesa con uno de sus puños, doblando el acero. Blossom notaba todos sus músculos tensos, y acarició uno de sus brazos, subiendo su mano hasta su cabellera pelirroja. No podía verle la cara porque la tenía escondida en el hueco de entre su cuello y su hombro. Lo abrazó con fuerza por el cuello y él la apretó aún más.
Se sentía tan pequeña a su lado. Él, con su altura y anchura, conseguía cubrirla entera. Blossom cerró los ojos, disfrutando de su pequeño refugio, del perfume que desprendía. No tardó mucho en notar cómo la besaba con ansia. Colocó sus manos en las mejillas de Brick y olvidó todo lo que había a su alrededor. Sentía mariposas en el estómago que subían hasta su pecho. Ninguno de los dos quiso pensar en lo que estaba haciendo, pero a Blossom se le cayeron dos lágrimas y sollozó sin separarse de sus labios al entender que aquello no era la respuesta a su pregunta. Una respuesta que llegaba sin palabras, pero que podía entender a la perfección:
Si no fuéramos tú y yo, me quedaría contigo. Pero somos tú y yo, y no puede ser.
Los demás, buscaban a Buttercup. La furgoneta ya estaba cargada y el coche oficial estaba esperando para llevarlos de regreso a casa. Todo estaba preparado. Brick había ido a buscar a Blossom, que estaba en el laboratorio, pero la morena no aparecía.
Mike y Robin habían ido a echar un vistazo por el barrio, por si se le había ocurrido salir a dar una vuelta. Bubbles buscaba por la casa, pero no estaba en ninguna de las habitaciones. Butch ya se había cansado de buscar como un tonto, y ahora intentaba una forma más eficaz: quedarse quieto y agudizar el oído.
Escuchó conversaciones de personas que se entraban en las casas cercanas, automóviles, perros ladrando, un jardinero cortando el césped, distintos insectos y pájaros que rondaban por la zona, el viento, las hojas de los árboles... y de repente...
Con una sonrisa caminó por un pasillo hasta lo que parecía un armario y abrió la puerta de este. Buttercup estaba sentada en un rincón con una manta verde.
–Soy una buena luchadora... Soy una buena luchadora... Soy una luchadora... Soy una luchadora... –repetía sin cesar.
Se preguntó si sería algún tipo de meditación, pero definitivamente no veía a la morena con ese tipo de cosas. Cerró la puerta tras sí y se sentó enfrente. Ella abrió uno de sus ojos para mirarle un momento y después volvió a cerrarlos, apoyando la cabeza contra la pared.
–Te estábamos buscando.
–Necesitaba un rato a solas –contestó ella.
–¿Qué es eso? –preguntó señalando con la cabeza la tela que ella sujetaba entre las manos.
–Mi vieja manta de la suerte. Me daba fuerzas para luchar cuando era pequeña.
Butch se cruzó de brazos y alzó una ceja, soltando una pequeña risa nasal.
–¿Qué? ¿Dices que gracias a esa manta podías luchar? ¡No jodas!
–Bueno, eso era lo que yo creía.
–Y lo que sigues creyendo, según parece. Si me dices que gracias a una mierda de manta conseguías vencerme me sentiré verdaderamente jodido –intentó hacerla reír–. ¿Vencido por una manta? ¡Venga, hombre!
Buttercup soltó una risilla, y Butch aprovechó para quitarle la manta y tirarla a un lado.
–No necesitabas esto antes y no lo necesitas ahora –le dijo, y eso le pareció tremendamente amable de su parte–. Eres fuerte porque lo eres, y no por un estúpido amuleto que encima huele a viejo.
Buttercup frunció los labios en una mueca y se llevó las rodillas al pecho, abrazándolas.
–Ahora mismo no soy muy fuerte.
–Pero mañana volverás a serlo. Es el último día, ¿recuerdas? Y volveremos a pelear. Esta vez no te lo pondré tan fácil, nenita. ¡Morderás el polvo! Y entonces sí que tendrás que recurrir a tu mantita para que te dé fuerzas.
–¡Idiota! –exclamó Buttercup con una sonrisa–. ¡A ver si vas a ser tú quien la necesite!
–¿Yo? ¿Para qué? Lo único que necesito para conseguir fuerzas es pensar en ti.
Buttercup empezó a enrojecer y entonces Butch fue consciente de lo que había soltado, y de la manera en que ella podría haberlo interpretado, erróneamente, por supuesto.
–¡Quería decir que pienso en que voy a por ti y eso me llena de energía! ¡Es decir, que pienso que voy a luchar contra ti y...!
–¡Calla ya, imbécil! –lo interrumpió Buttercup haciéndose la molesta y levantándose con cuidado–. Lo había entendido a la primera.
Butch también se puso en pie.
–Supongo que estará bien poder volver a patearte el culo –comentó Buttercup.
–Eso no pasará de nuevo ahora que sé tu secreto. Esta manta queda requisada –bromeó, sujetándola en alto y saliendo del armario–. Así no podrás utilizarla otra vez en mi contra.
–¡Oye, que eso es mío! –dijo intentando quitársela.
–Ya no, ahora es mi propiedad. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que me haga más fuerte? –Puso una pose que había visto en los dibujos de Bola de Dragón, cuando Goku se transformaba en Saiyan–. Creo que ya empiezo a sentirlo. ¡Ahhh, voy a volverme rubioooooo!
–¡Déjate de mamarrachadas y dame eso! –gritaba ella riendo–. ¡Dámelo ya, Butch!
Mientras jugaban, apareció Bubbles, que sonrió aliviada al ver que Butch había encontrado a su hermana. Les anunció que Blossom y Brick ya estaban en el coche y que el chófer insistía en que era hora de irse, pues la furgoneta había salido hacía unos minutos. Bubbles agarró de la mano a su hermana mayor y la llevó corriendo a la salida para no retrasar más al conductor. Y Butch no pudo devolverle la manta con la que habían estado bromeando. Encogiéndose de hombros, se la metió en uno de sus grandes bolsillos y fue hacia el coche.
Continuará...
