Hey hey perdón por la tardanza pero andaba escribiendo y se me fue el tiempo

Sin mas que decir los dejo con el cap =3


Capítulo 13

Accidente

Rachel sonrió al ver a Kurt mirar su reloj de pulsera. Eran las siete y cuarto de la tarde y calculaba que, en la última media hora, había hecho el gesto de consultarlo cada tres minutos. El catálogo, de suaves tapas de cuero negro, había llegado a media mañana. Desde entonces, Kurt lo había abierto como cientos de veces y lo había lustrado con una pequeña gamuza en unas cuantas ocasiones. Pensó que era el lógico nerviosismo que precede a un encuentro de enamorados, y lamentó que aquello no fuera una verdadera cita. No sabía qué sentía aquel hombre por su amigo, pero tenía muy claro lo que su amigo sentía por él, meditó mientras lo veía elegir entre las gruesas bolsas de papel con el anagrama de la tienda, como si entre ellas esperara encontrar una más perfecta que el resto.

— ¿Crees que tu artista vendrá hoy?

Kurt introdujo el muestrario en la bolsa y la cogió por las asas para comprobar su peso.

—Dijo que lo haría, y que yo sepa él no ha fallado nunca. —Su expresión ausente no varió a pesar de sus dudas internas. La posibilidad de que no apareciera tras haberlo ofendido con su comentario sobre la honradez le roía el ánimo.

—Ten cuidado. —Kurt la miró extrañado—. Tu sonrisa —aclaró Rachel con expresión divertida—. Cuando hablas de él sonríes como un bobo y tus ojos chisporrotean como estrellitas en una noche de verano. Y cuando lo tienes delante todavía es peor. Él lo notará si no tienes cuidado, y no sé si quieres que lo note.

Kurt fingió no haber oído. Sabía que no bromearía con eso si conociera toda la verdad. Pero le había contado bien poco. Apenas unos apuntes de su hermosa y frustrada historia de amor; nada que le hiciera imaginar la verdadera dimensión del drama que los había separado.

Dejó la bolsa sobre la mesa, en el despacho, y se sentó, dispuesto a repasar cuentas para soportar mejor la espera. Las fue examinando y separando por las fechas en las que debían afrontar los pagos.

No escuchó el sonido de la puerta del almacén ni a Blaine recorrerlo con lentitud de extremo a extremo. Solo cuando sintió que alguien entraba en la oficina alzó la cabeza y lo vio.

Sintió su corazón latirle en la garganta. Y ni por un instante recordó el tonto consejo de Rachel de disfrazar su sonrisa o atenuar el chisporroteo en sus ojos. Se sentía demasiado feliz cada vez que le veía, aun a pesar de sus formas destempladas, como para pensar en otra cosa que no fuera él.

Blaine sí ocultaba sus sentimientos, y él lo sabía. Lo sabía desde que, anegado de alcohol, le confesó que lo amaba tanto como lo odiaba. Por eso, una vez más, no tuvo en cuenta la actitud distante y fría con la que se le acercó.

—Tenemos el catálogo —dijo Kurt amontonando de forma acelerada las facturas y metiéndolas en un cajón para desocupar el escritorio.

Blaine arrastró la silla y se sentó, con la espalda apoyada en el respaldo y las piernas separadas, con aspecto cansado pero desafiante. Acababa de inspeccionar el almacén y descubrir el escondrijo perfecto. Estaba tenso, más consciente que nunca de lo que le había llevado hasta allí.

—No hemos hablado de plazos de entrega. —Apoyó los codos en los reposabrazos y juntó las manos bajo la barbilla—. No lo hice con el cliente y tampoco lo he hecho contigo.

—Me he permitido solucionar eso. —Se humedeció los labios, nervioso—. Le dije al señor Motta que los días laborables dispones de poco tiempo. Lo entendió. Además, sabe que lo que ha pedido no se hace de la noche a la mañana. Confía en tu sentido de la responsabilidad.

— ¿También le contaste que mi falta de tiempo se debe a que con el tercer grado me dejan salir de prisión para trabajar y poco más? —preguntó con actitud arrogante.

Kurt se sobresaltó al verle comenzar con su sarcasmo y tardó unos segundos en responder.

— ¿Por qué iba a darle detalles sobre tu vida? No habría sido natural.

—Tal vez no le agrade que un convicto tenga acceso a su preciosa casa. Reconocerás que sería bastante comprensible.

—Ha contratado al dibujante y eso es lo único que le importa. El día que uno de nuestros clientes se interese por la vida personal de cualquiera de nosotros, dejaremos de trabajar para él.

Blaine sonrió sin dejar de observarlo. Pensó que seguía siendo el hombre fuerte y seguro de sí, con la misma decisión y la misma falsa dulzura.

—Tienes poder de persuasión —opinó taladrándolo con la mirada sin ningún recato—. ¡Está bien! —Aceptó al fin, alzando las manos—. No me demoraré más de lo inevitable. Mi tiempo libre de ayer y de hoy los he agotado viniendo aquí, pero comenzaré mañana. Los fines de semana recuperaré el tiempo perdido.

Kurt deseó seguir preguntando, saber si disponía de un lugar para trabajar sin que nadie le molestara, y, de paso, averiguar dónde y con quién estaba viviendo. Se aclaró la voz y se atrevió a decir:

—Si necesitas algo para...

—Tengo mis lápices y mis rotuladores. No necesito nada más.

—Pero te hará falta un ordenador para...

—He dicho que no necesito nada —repitió despacio—. Lo tengo todo controlado. Haré los bocetos a mano porque es como me gusta hacerlos. Una vez acabados te los pasaré en un archivo.

—No quería ofenderte. Si lo ha parecido...

—No lo ha parecido —respondió con sequedad.

Se puso en pie. Kurt se precipitó a entregarle la bolsa al tiempo que él extendía el brazo para cogerla. Sus dedos se encontraron en las asas de cartón enrollado.

Bastó un segundo para que la electricidad penetrara por sus poros y recorriera todas sus terminaciones nerviosas.

Kurt se apartó al instante musitando un «lo siento» mientras le invadían sensaciones pasadas pero nunca olvidadas que volvieron a adherirse a su piel.

Blaine se quedó inmóvil mirándolo mientras trataba de recuperarse. No había estado atento. El arrebato que le llevó a inmovilizarle el rostro le había enseñado algo importante: tenerlo demasiado cerca y oírlo respirar, le desestabilizaba de una forma que no comprendía. Por eso ponía especial cuidado en no enfurecerse hasta el extremo de que algo así pudiera repetirse. Pero no había evitado, con la misma eficacia, los roces casuales que le desestabilizaban tanto como los provocados.

—Tengo cosas que hacer —dijo con una mueca burda que poco se parecía a una sonrisa.

Kurt asintió con un movimiento, sin fuerzas ya para responder. Blaine salió del despacho cerrando tras él la puerta.

Entonces él se hundió en el asiento.

« ¿Por qué te amo tanto?», se preguntó cubriéndose los párpados con las manos. « ¿Por qué, después de tantos años, te amo más que entonces, te amo más que nunca?» Dejó que las lágrimas se deslizaran lentamente entre sus dedos. « ¿Por qué sigo necesitándote, si sé que nunca te tendré?»


Ese miércoles Blaine había ido a buscar a Nick y juntos habían subido hasta el monte en el viejo coche. Habían aparcado a un lado de la carretera, bajo el mirador. Se sentaron en el capó delantero, con los pies apoyados en la barandilla blanca, para poder contemplar la ciudad iluminada de Lima.

Pudo escoger entre muchas formas de contar lo ocurrido en los últimos días, pero, por algún motivo que no pudo explicarse, comenzó hablándole de los diseños que le habían encargado que hiciera para la casa de la playa. El, pegada a su costado y tiritando de frío, le escuchó embelesado, consciente de lo que un trabajo así significaba para él.

Blaine hizo una pausa y cogió aire para contarle el resto. Nick se le adelantó. Saltó al suelo y se colocó frente a él, entre sus piernas, con la sonrisa más espectacular de cuantas había mostrado hasta entonces.

—Esto sí que es un nuevo comienzo, Mikel. Un nuevo comienzo de verdad. —Colocó las manos en su cuello, sobre la nuca, y le besó con suavidad en los labios.

—Nick... —empezó él estrechándola por la cintura.

—No te preocupes. No olvido que te han contratado para algo muy puntual —reconoció sin dejar de besarle—. Pero verán tus diseños y ya no podrán prescindir de ti. ¿Quiénes son? ¿Cómo has contactado con ellos?

Él se echó hacia atrás para mirarlo a los ojos.

—Solo te he contado una parte de la historia. Hay más.

—Ya lo imagino. —Volvió a pensar en su desaparición del fin de semana—. ¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde el sábado —suspiró preparándose para afrontar su reacción—. El trabajo me lo dio Kurt. —Percibió que el rostro de Nick se oscurecía y que su cuerpo se tensaba bajo sus manos—. Me localizó varias veces para ofrecérmelo, y como puedes imaginar me negué. Hasta que descubrí que eso me daría acceso a la tienda para llevar a cabo mi plan.

—No es verdad —musitó escudriñando en sus ojos—. No puede ser verdad.

—Lo es. Suena disparatado, lo sé, pero no podía desaprovechar la que probablemente sea mi única oportunidad.

Nick se quedó aturdido. Blaine le acariciaba con mimo la espalda, pero él no lo notaba. Sobrecogido por un mal presentimiento, se le amontonaban las preguntas: cómo y dónde se había encontrado Kurt con él, cómo había sabido que estaba en libertad, qué había hecho Blaine para que Kurt le hubiera ofrecido un trabajo.

—Lo has visto... —Reaccionó buscando su mirada. Él se limitó a mirarlo en silencio—. ¿Por qué no me has dicho nada? —preguntó ofendido—. ¿Para qué te busca, qué quiere de ti?

—No lo sé, pero tampoco me importa. —Le rozó el rostro con el suyo—. Sé lo que quiero yo.

Esta vez fue Nick quien retrocedió unos centímetros.

— ¿De verdad lo sabes? —cuestionó con un punto de rabiosa ironía.

— ¿Qué tratas de decir? —Detuvo las manos sobre la rígida cintura y arrugó el ceño—. No te entiendo.

Nick apretó los párpados y comprimió los labios. Pensó que había sido el coraje de sentirse relegado de nuevo por el mismo dichoso hombre, el que le había hecho decir lo que no debía. Pero no quería seguir. Se sabía capaz de soportar su propio dolor, pero no estaba seguro de poder cargar con el de Blaine.

—Nada. Dejémoslo así —rogó resistiéndose a ser el quien le hiriera.

Trató de apartarse, pero él lo retuvo y la aprisionó con sus brazos.

—No vamos a dejarlo así. —Sonó demasiado rudo y él mismo trató de suavizarlo—. ¿Qué pasa?

—Pasa... —Se mordió los labios, impotente, y las palabras salieron furiosas y atropelladas de su boca—. Pasa que creo que eres tú quien ha propiciado este acercamiento. Quieres estar cerca de él. Simplemente estar cerca de él porque no has podido olvidarlo.

Mikel se quedó inmóvil mirándolo con incredulidad. Tras un instante su expresión se tensaba y se ensombrecía.

—Lo que estás insinuando es estúpido —gritó soltándolo y bajando del capó.

Pero Nick, en ese momento, ya solo era un hombre enamorado que sentía que comenzaba a perder al amor de su vida.

—No estoy insinuando nada. Te lo estoy diciendo con claridad. Lo amas.

—¡¿Cómo puedes decir eso?! —Descargó su furia golpeando con su pie el neumático delantero—. ¡¿Cómo puedes pensarlo siquiera?! ¿Crees que puedo olvidar que destrozó mi vida, que fue el responsable de la muerte de mi hermano, que me engañó desde el primer día? —Increpó sin importarle que alguien pudiera escucharle desde lo alto del mirador—. ¿De verdad crees que puedo olvidar todo eso?

—Puedes, porque no eres dueño de tu corazón, igual que yo no soy dueño del mío.

— ¡Esto... esto es...! —Alzó los brazos al cielo y los dejó caer con impotencia—. ¡Esto es increíble! ¿Por qué me haces algo así?

—Estoy siendo sincero. Ya que tú te niegas a verlo, alguien te lo tenía que decir porque de aquí solo sacarás más dolor. Estás obsesionado con...

— ¡Claro que estoy obsesionado! —volvió a gritar acercándose a su rostro. Él se sobresaltó—. ¡Cómo no voy a estarlo! Tengo sed de venganza, Nick. Quiero devolverle un poco del dolor con el que asfixió mi vida. Y digo un poco porque es imposible devolvérselo todo. Al menos yo no sabría hacerlo aunque quisiera.

La oscuridad en sus ojos apagó la furia de Nick, que bajó la voz.

—Deja de mentirte —pidió como lo hubiera hecho a un niño—. Tu obsesión es el, no la venganza.

Blaine respiro con fuerza y le dio la espalda tratando de tranquilizarse.

Frente a él, a los pies del monte, las luces de Lima serpenteaban en hileras que dibujaban las calles como delicados collares de diamantes sobre terciopelo negro. Buscó el brillo plateado de las paredes de titanio del Guggenheim y siguió el curso de la ría hasta el puente. Durante unos segundos inspiró el aire frío que llegaba después de haber sobrevolado el bocho1 en el que anida la ciudad.

De nuevo se volvió hacia Nick. Parado ante el vehículo, encogido de frío, con las manos en los bolsillos de su abrigo, le miraba con ojos brillantes.

No se compadeció de él. Los reproches le habían parecido absurdos, incomprensibles y hasta casi malintencionados.

—Te has propuesto joderme la noche. ¡Pues bien —aceptó con rudeza—, ya lo has hecho! —Rodeó el coche y abrió la puerta delantera—. Sube.

— ¿Adónde vamos? —preguntó con cautela mientras tomaba asiento.

—Tú, no lo sé —dijo cerrando sin mirarlo—. Yo a mi casa. Tengo mucho que dibujar antes de ir a dormir a la cárcel.

Volvió a bordear el vehículo, hasta el otro costado, y entró sin abandonar su gesto agrio. Arrancó el motor, y ese fue el único sonido que los dos escucharon a partir de ese instante.


Su semblante, al entrar en los servicios masculinos de la comisaría, indicaba que estaba contrariado. Se acercó a la hilera de lavabos a la vez que doblaba, con gesto brusco, los impecables puños de su camisa blanca. Tras él entró el agente Clarington. Un gesto silencioso del comisario y el joven se inclinó para avistar por la zona inferior de las puertas de cada excusado, abriéndolas después para asegurarse de que no tenían compañía.

—Despejado, señor. —Y se acercó lo bastante como para que su superior no tuviera que alzar la voz, pero guardando una prudente y respetuosa distancia.

Carlos tardó en comenzar a hablar. Se enjabonó las manos con parsimonia, con el único fin de tranquilizarse.

—No puedo creer que no tengas nada —dijo con destemplanza—. No puedo creer que alguien con tu ambición no sea capaz de llevar a cabo una misión tan simple.

El agente sacó pecho dentro de su uniforme. Nadie le había indicado que se mantuviera firme, pero lo hacía con la misma rigidez con la que acostumbraba mantenerse en formación.

—Disculpe, señor, pero no puedo averiguar nada si lo único que se me permite es intimar con antiguos novios del sospechoso.

— ¿Estás insinuando que no sé hacer mi trabajo? —Le miró a la vez que se retiraba la espuma bajo el chorro de agua fría.

—No, señor —se apresuró a responder—. Nunca se me ocurriría, señor.

Sebastian cogió una toalla de papel del dispensador automático y se volvió a mirarle. Se apoyó sobre el lavabo frotándose las manos con el suave pliego blanco.

—Un hombre despechado es siempre un pozo de información, sobre todo para un buen policía. Pero estoy empezando a creer que me he equivocado contigo.

El agente se cuadró, más ofendido que nervioso.

—Con el debido respeto, señor, no se puede sacar información de lo que no existe. Y le aseguro que no hay hombres despechados en este caso.

El comisario sonrió abiertamente. Le gustaba el velado desafío en los ojos del joven agente, su controlado gesto de rabia. Sabía que el orgullo herido a menudo se transformaba en plena eficacia.

— ¿Qué necesitas para conseguir resultados? —Arrugó la toalla y la arrojó al cubo de basura.

—Libertad de movimiento, señor —se atrevió a solicitar—. Poder seguir a quien yo crea conveniente y en el momento en el que lo necesite sin perder tiempo en localizarle y preguntarle a usted.

¿Confiaba en él hasta ese extremo?, se preguntó mientras volvía a abotonarse los puños. ¿Sería Clarington lo bastante astuto como para actuar sin dejarse notar? Si Kurt descubría lo que estaba haciendo no se lo perdonaría nunca, y no estaba dispuesto a perderlo por la ineptitud de un subordinado.

Observó con atención al joven agente. Le gustó que le mantuviera la mirada. Vio osadía, pero también el punto adecuado de prudencia.

—Voy a acceder. —Hizo una pausa durante la que siguió analizándolo—. Si consigues lo que quiero, yo obtendré para ti ese ascenso que tú deseas. Pero grábate bien lo que te voy a decir: si me comprometes, con Kurt o con quien sea, archivarás estúpidos documentos hasta el día del juicio final.

—Me gustan los desafíos, señor —aseguró con orgullo.

—Y a mí me gusta la eficacia, la limpieza, la discreción. ¿Tienes algo así en ese cerebro de novato?

—Lo tengo, señor.

— ¡Pues demuéstralo! —Advirtió apretando los dientes—. Demuéstralo antes de que decida que has agotado tu tiempo.


Se olvidaba del mundo cada vez que dibujaba. El resto del tiempo pensaba en Kurt, siempre en Kurt. Y, ante esa irracional conducta, no encontraba ninguna explicación que le tranquilizara.

Esa mañana el riesgo no era demasiado alto. El terreno era llano, y los árboles a derribar, pequeños. Blaine talaba los que le correspondían y los dividía en tres pedazos para que otros los desmocharan. No se detenía a hablar con nadie. Hacía su labor con rapidez y, como un autómata, pasaba a tumbar el siguiente ejemplar erguido.

Tenía el pensamiento muy lejos. Demasiado lejos y demasiado ocupado en el día en que lo llevó a casa por primera vez; en las risas ahogadas, los apremiantes susurros, la avidez por entrar al fin en él.


Han llegado comiéndose a besos. El deseo, largamente contenido, ha tomado por fin el control; ellos, ante su necesidad de tenerse y de entregarse, han dejado que lo haga.

Apenas atraviesan el umbral Kurt arroja la mochila al suelo, y las caricias más osadas se unen a los besos más ardientes que han experimentado juntos. Avanzan por el pasillo deteniéndose a cada paso, abandonándose al firme apoyo de la pared, saciando la necesidad de internar las manos bajo las ropas, de rozar esa piel durante tanto tiempo codiciada y prohibida.

Es la locura. Sentirlo temblar bajo sus dedos, comprobar que arde en la misma irrefrenable necesidad que a él le consume, es la locura. Llega a pensar que no conseguirá conducirlo hasta su habitación, hasta su cama, que acabará amándolo ahí mismo si siguen tocándose como lo están haciendo. Lo cree firmemente cuando él le levanta con apresuramiento la playera.

— ¡Oh, Dios! —musita cuando la boca, húmeda y caliente, le recorre el torso—. No imaginas cuántas veces he soñado con esto.

Kurt alza la cabeza para mirarle. Las mejillas encendidas, los ojos llameando como hogueras.

— ¿Estás seguro de que no lo sé? —Su risa suena entrecortada, como su respiración.

Blaine vuelve a besarlo, lo acopla a su cuerpo, lo sujeta con sus brazos y lo alza del suelo para avanzar el último tramo hasta su cuarto. Ya queda poco, comienza a creer que conseguirán llegar. Pero la necesidad de acariciarse les detiene de nuevo.

Kurt aprieta la espalda contra la pared mientras él, con dedos sorprendentemente torpes, le suelta los botones superiores del ajustado suéter. La visión de la piel que se asoma bajo él es delirante. Gime mientras los envuelve con sus manos a través de la prenda de lana y besa la piel que se asoma por la tela.

—Blaine —musita Kurt, tenso e inmóvil. Él trata de atemperar sus instintos para no asustarlo—. Blaine. —Vuelve a susurrar, y esta vez tira de su cabello para que alce la cabeza.

Se endereza, asfixiado. Las preguntas se extinguen en su garganta cuando lo ve mirar al frente, por encima de su hombro izquierdo, en dirección a la cocina.

Se vuelve a la vez que sus labios articulan una silenciosa maldición.

— ¡¿Qué haces aquí?! —reclama entre dientes al tiempo que lo cubre con su cuerpo para darle tiempo a que se arregle la ropa mientras él mismo se baja la playera.

Apoyado en el borde de la mesa, un muchacho de sedoso cabello negro los contempla con gesto divertido mientras muerde una brillante manzana verde.

—No me gusta el plan que han preparado para hoy —informa sin inmutarse—. Demasiado aburrido para mí. He decidido que no voy a salir. —Sonríe al poner su atención en Kurt, que avanza unos discretos pasos hasta colocarse junto a Blaine, que lo abraza por la cintura.

—Esta preciosidad es Kurt —lo presenta sin aclararse la aspereza en la voz—. Y este enano, que casi siempre está donde no debe, es Cooper, mi hermano.

El chico se pone en pie y es evidente que lo de «enano» ha sido un cariñoso apelativo. Kurt, dominando sus nervios, consigue decir:

—Tenía ganas de conocerte. —Tiende la mano con indecisión. Cooper se adelanta con descaro y le roba dos besos; uno por mejilla.

—Pero no esperabas conocerme ahora, imagino. —Se regodea sin disimulo.

Blaine carraspea. Su cuerpo sigue estando tenso y su calma comienza a desfallecer.

—Hace una noche preciosa para pasear con un chico a la luz de la luna —dice mirándole con determinación.

Cooper le mantiene la mirada sin abandonar su gesto divertido. En algún momento los dos esbozan idéntica sonrisa, como si la silenciosa conversación hubiera finalizado en acuerdo.

—Puede que tengas razón. —Se acaricia el mentón fingiendo meditar—. Además, tampoco es que sea demasiado emocionante pasar la noche de un sábado en casa. —Se vuelve hacia Kurt—. Siento dejaros solos. Sé que os aburriréis sin mí.

—Te aseguro que nos las arreglaremos —dice Blaine revolviéndole con los dedos la melena negra—. Preocúpate por tus cosas.

Cooper no le presta atención. Prefiere seguir contemplando a Kurt. Zarandea con fuerza la cabeza para que los mechones vuelvan a su lugar.

—Me ha gustado conocerte —confiesa ya sin mofa—. Mi hermano siempre está hablando de ti. Creí que exageraba. Me alegra haberme equivocado.

Esta vez Kurt ríe más relajado, olvidando por completo la situación embarazosa que le ha agolpado toda la sangre en las mejillas.

Cooper aún tarda unos interminables minutos en finalizar su conversación y desaparecer. Entonces Blaine hace retroceder a Kurt hasta la pared, lo encierra con sus brazos y le acaricia los labios con los suyos.

—¿Dónde nos habíamos quedado? —susurra.

—Es guapo tu hermano —dice internando las manos bajo la playera para acariciarle con suavidad la piel. Blaine gime—. Tiene tus ojos verde avellana tú misma sonrisa. Se parece mucho a ti.

—Sí, eso dicen —admite con impaciencia mientras intenta soltar de nuevo los primeros botones del suéter. Cuando la piel aparece su cuerpo se estremece con más violencia que al verla por primera vez.

—Se llevan bien —insiste disfrutando y encendiéndose el mismo con su apasionada desesperación—. Salta a la vista la complicidad que hay entre vosotros.

Lo mira a los ojos, pero ni sus manos ni su cuerpo se detienen. Continúa desabotonando, acariciando, apretando sus caderas contra las suyas, debilitando todo dominio sobre sí.

—Es mi única familia —susurra sin aliento, tratando de recuperarlo en el borde de su boca—. Le quiero. Daría mi vida por él igual que la daría por ti. Son todo mi mundo. Ustedes dos componen todo mi mundo.

Kurt tiembla. Desliza los dedos sobre los músculos tensos de su espalda.

—Me asustas cuando dices esas cosas.

—Eso es porque aún no terminas de creerlas. —Ríe con el poco aire que la excitación le permite coger y expulsar—. Pero te las demostraré. Te demostraré que en mi vida no hay ni habrá, jamás, más hombre que tú.

— ¿Suceda lo que suceda? —pregunta temeroso, casi sin voz, con los ojos abiertos y expectantes.

—Suceda lo que suceda —asegura él perdiendo definitivamente el control—. Nada conseguirá cambiar el hecho de que ya no tengo más hombre que tú.

«Ya no tengo más hombre mujer que tú», repetía la mente de Mikel ahora, mientras agarraba con fuerza la motosierra para que los dientes de acero penetraran en la madera. «Ya no tengo más hombre que tú.»

Y había sido cierto. No hubo más hombre entonces, ni después, ni siquiera lo había ahora. Estaba Nick, sí. Se acostaba con él con relativa frecuencia, lo quería, pero no conseguía entregarse en cuerpo y alma, como siempre hizo con Kurt. Por eso seguía sintiendo que no tenía hombre, que jamás lo tendría, que él fue el último. Que él fue el único.

La hoja entró con limpieza en el cuerpo del árbol, pero perdió velocidad cuando fue aprisionada por el corte. Mikel la extrajo para evitar que invirtiera la dirección y saliera disparada contra él.

El corazón le golpeaba con ímpetu. Había dejado que los recuerdos le alteraran de nuevo y se sentía furioso contra sí mismo. Empuñó con decisión la máquina y condujo la hoja de nuevo hacia el tajo. Las puntas afiladas penetraron con facilidad, pero volvió a atascarse en el mismo punto. Blaine no reaccionó con la suficiente rapidez y se originó el temido retroceso. El contragolpe duró un segundo que le pareció una eternidad. Un segundo en el que todo se movió con desesperada lentitud y pesadez.

La espada dentada salió del tronco con violencia elevándose y formando un descontrolado arco hacia su pecho. La protección de la empuñadura superior mantuvo a salvo su mano izquierda mientras su derecha pulsaba el freno de emergencia de la cadena. A través del cristal de sus gafas protectoras pudo ver que la punta de la espada se acercaba sin que los dientes hubieran dejado de girar. Estaban a punto de destrozarle la carne. Nada es más rápido y mortal que el zarpazo traicionero de una motosierra.

Tensó los músculos intentando retrasar el momento de la toma de contacto con la hoja. Se preparó para soportar el dolor que las puntas dentadas le provocarían al desgarrarle la piel.

Cuando estas le golpearon el pecho, ya se habían detenido.

Resopló con fuerza y dejó la motosierra sobre la tierra. Miró a su alrededor, sin poder creer que siguiera vivo, y vio que algunos compañeros se habían percatado de la tragedia que había estado a punto de ocurrir. Jeff, que nunca trabajaba demasiado lejos, se acercó despacio, temiendo que no le sujetaran las piernas. Tenso, con el gesto contraído, le abrazó con fuerza.

—No vuelvas a hacerme esto, cabrón —murmuró entre dientes, apretándolo enérgicamente contra sí. Al apartarse tenía los ojos brillantes y enrojecidos—. ¿Qué cojones te pasa? —espetó de pronto furioso—. ¿Dónde tienes la cabeza?

Blaine soltó el aire que había estado conteniendo.

—No lo sé —mintió, aún consternado.

Jeff le señaló con el dedo. Un nudo en la garganta le impedía continuar. Comenzó a retroceder de espaldas para regresar al trabajo.

—Tenemos que hablar, tío —dijo por fin, apretando la mandíbula—. Tenemos que hablar muy en serio de toda esta mierda. Me da igual si mis verdades te sacan de quicio.

Ahí no terminaban las broncas y Blaine lo sabía.

Se agachó para coger la motosierra y miró en dirección a la camioneta. El jefe de cuadrilla le miraba desde el camino, con una actitud sospechosamente tranquila.


Lashmy Ntp solo un poco de mi cochambrosa mente xD

Gabriela Cruz El Klaine comienza poco despues de la mitad del fic... Faltan 2 caps para la mitad =)

Candy Criss Pues el Kurbastian en este fic no sera =( Ya pronto comenzara el Klaine =3 Y muchas gracias espero poder mostrarles videos =3

Olga moreno Oh? porque D= ... El fic tiene 31 capitulos contando prologo y epilogo =3 y Si todos salen al final Pero van a cambiar éso si =)

Elbereth3 Oww también yo te extragne, Y oh si solo es la probadita de lo que viene del inmenso amor que estos dos se tienen ... En serio aprecio mucho el apoyo que me das y no leemos pronto


Perdon si esperaban mis super choros pero mi "s" "egne" "punto y dos puntos" "guion y guion bajo" no sirven y no se por que ;'( asi que se me hace un poco dificil escribir =(

Llorare =(


Pd Por Todos los votos a Favor va a haber prologo extendido =D

Pd2 El Fic sera Mpreg =3


Bueno espero les halla gustado el cap de hoy no leemos el lunes los quiero n,n


Lena =)