Capítulo 14

Desnudando el alma

— ¡La hubieras visto! ¡Estuvo brillante! ¡Increíblemente brillante!—aseguró Ron, sentándose en el césped con dificultad ya que tenía el estomago repleto de comida no procesada y por lo tanto, ahora sí se encontraba de un excelente buen humor.

Durante todo el desayuno, y después de dos interminables horas en la sala de trofeos, Ron había puesto a Hermione al corriente de cada una de las peripecias pasadas en su mes de ausencia. Habían elegido el extremo más alejado de la mesa Gryffindor, pero después de que Hermione fuera acosada a preguntas por Simus y Neville, que se habían acercado descaradamente, en dos oportunidades, decidieron aprovechar la esplendida mañana y se dirigieron al lago, sin prisa, dejando atrás a los curiosos.

Los tibios rayos de sol se colaban a través de las copas de los árboles y la soledad del lugar escogido, a la orilla del lago, bajo un roble joven, les dio la tranquilidad que ambos necesitaban.

—No lo puedo creer… ¿Luna haciéndose cargo de la situación en Gringotts? ¿De verdad?—peguntó Hermione casi riendo por lo absurdo que sonaba todo lo que le estaba contando su amigo.

La castaña abrió su cartera y de ella sacó un buzo fino que colocó en el suelo para seguidamente sentarse sobre él y así no ensuciar su pollera.

—Es que yo se lo dije a Harry en más de una ocasión, a esa chica le pasó algo. No sé qué, pero sea lo sea que le haya pasado, la transformó en una nueva Luna. Y te lo juro, Hermione, no estoy exagerando, si no hubiera sido por ella estaríamos muertos—confesó acomodando su mochila detrás de su cabeza para estar más cómodo, apoyándose en el tronco del árbol.

En un momento de absoluto silencio, Ron perdió su vista en las escasas nubes y recordó como la rubia se le había adelantado a Harry, después de salir con la copa, de la bóveda de los Lestrange, y los había empujado prácticamente para que se montaran sobre el bendito dragón. Había reaccionando justo a tiempo, razonó y antes de que la lluvia de maldiciones les cayera sobre las cabezas, afortunadamente ya estaban fuera del banco. Después de ahí, la odisea para regresar a Hogwarts había sido más fácil que entrar a Gringotts y sobre todo salir, pero no por eso no había sido menos peligrosa.

—Bueno… si es así como me cuentas, y si no es que estas exagerando, esa chica se ha ganado todos mis respetos y confianza—sentenció agradecida, retomando la conversación—. ¿Estamos hablando de Luna? ¿En serio? ¿Luna Lovegood?—rió nuevamente.

Hermione escuchó la risa salir de su propia boca, y al instante su rostro se ensombreció. Qué raro se le hizo escuchar ese sonido de nuevo. Su alma estaba destrozada, su vida entera ya no significaba nada y sin embargo ahí estaba, sonriendo con su amigo adorado como si el tiempo no hubiera pasado para ellos.

—Desde ayer quiero hacerte una pregunta y…—Ron se sentó derecho y tamborileando sus dedos en el pasto, se armó de coraje para formular correctamente lo que quería decir.

Hermione tragó con fuerza y miró a ambos costados. La mayoría de las clases ya habían comenzado. Después del desayuno, prácticamente todo el alumnado había entrado a sus respectivos salones, excepto por ellos que tenían dos horas libres, gracias a que las reuniones en la sala de trofeos eran continuas y tanto los profesores, visitantes como los alumnos de clases superiores, estaban en constante preparativos, el castillo a esas horas se encontraba en una inusual calma.

A lo lejos, sentados a los pies de un árbol, se encontraban unos pocos alumnos de cuarto grado, pero afortunadamente estaban lo suficientemente alejados para no escuchar ni una sola palabra de la conversación que estaba a punto de tener.

—Prométeme que si estoy equivocado me pegaras un puñetazo en el medio de la cara y con todas tus fuerzas—imploró el pelirrojo, mirándola sin pestañar.

— ¿El qué? ¿De qué estás hablando, Ron?—interrogó nerviosa.

—Te gustan las chicas ¿No es así?, y te gusta ella ¿Verdad?—

Hermione dejó de respirar por unos cuantos segundos. ¿Cómo era posible? ¿Su amigo le estaba hablando en serio? Lo miró azorada y con el ceño completamente fruncido. No estaba preparada para contestar eso…bueno en realidad, sentía que nunca lo estaría. No quería confrontar nada y menos que menos a la realidad de sus sentimientos. Su cabeza era un remolino de emociones que no estaba dispuesta analizar.

—Si no quieres hablar lo entenderé, pero quiero que sepas que puedes contarme lo que sea ¿Me entiendes? Ayer reaccioné como un imbécil ¡Lo reconozco! , pero quiero que sepas que puedes confiar en mí. Me tragaré mi temperamento ¡Lo prometo!—se apresuró a decir, al ver que su amiga no pretendía reaccionar, por el momento.

—Ron…

Hermione se llevó las manos a la cara y sin planteárselo se largó a llorar.

— ¡Hermione! ¡Oye! ¡Esa no era mi intención!—Ron se levantó como resorte y rodeó a su amiga en un abrazo protector, sin dejar de acariciarle el cabello.

—Mi vida está toda de cabeza, Ron. Me…arruinó. Ella me arruinó —sollozó sin soltarse de sus brazos.

—Lo sé. Yo no sabía que te había…bueno eso. Ni siquiera me lo imaginé—confesó sin mencionar el hecho—. Yo no…no tendría que haberte preguntado nada, —se lamentó—. ¡Perdóname, Hermione! ¡Soy un idiota! Sólo que después de que ayer nos contaras lo que pasó, recordé una conversación que tuvimos hace un año cuando yo…bueno me declaré loco de remate. ¿Recuerdas?—le preguntó, tratando de hacerla sonreír nuevamente con el recuerdo de esa noche, cuando él, inesperadamente, confesó después de tres vasos de Whiskey de fuego (sustraído, para no decir robado, del despacho de Filch) que estaba completamente enamorado de Lucius Malfoy y al que le gustara bien y al que no, bueno…que explotase como una bomba fétida. Lo había gritado como un poseso, parado sobre el sillón de la sala común, en un arranque de histeria. Aunque no había sido el único que había bebido de más es noche. Hermione terminó soltando al aire, cierta información, que sobria jamás se hubiera animado ni siquiera a insinuar.

— ¡Por Merlín!— dijo ahogada entre lágrimas—. ¡Es verdad! ¿Y por eso fue que supusiste lo que supusiste?—quiso saber, recordando avergonzada aquella situación que la llevo a declarar lo impensado.

—Se que estabas borracha, o mejor dicho, estábamos, pero… ¿Cómo es el dicho? ¡Ah, sí! ¡Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad!

— ¡Está bien!—accedió, con una mueca—. No puedo creer que vaya a hablar de este tema contigo—dijo tristemente, mordiéndose el labio.

Hermione se separó del abrazo y estrujándose las lagrimas, respiró profundo. Iba a confiar en su amigo, tenía que hacerlo. Fleur había sido hasta ahora su única confidente, y a pesar de que la rubia estaba ahí para ella, si la necesitaba, no era lo mismo. Ron había crecido con ella, tanto así como Harry. Eran prácticamente sus hermanos, esos que nunca tuvo. Era hora de desahogarse completamente y de no guardarse nada. Tenía y quería darle un cierre, aunque sabía que eso jamás sucedería. Las heridas y no precisamente las físicas permanecerían ahí por siempre, pero de ella dependía si seguía estancada y despertándose con la misma idea de quererse morir, todas las mañanas o se comprometía a, por lo menos, seguir respirando hasta que el dolor fuera menos intenso y la dejara reacomodar algunas cosas.

Ron la miró comprensivo y supo, observando esos ojos llenos de lágrimas, que su amiga jamás sería la misma de antes. Había cambiado, o mejor dicho, la habían cambiado a la fuerza y él no había podido hacer nada para evitarlo. Se sentía asquerosamente impotente ante el dolor que reflejaban esos hermosos ojos, color avellana, que una vez y no muy distante a ese momento, estuvieron llenos de alegría y de sueños. ¿Cómo había ocurrido tal desgracia? ¿En qué momento sus vidas se habían ido por la cañería?

— ¿Por dónde empiezo?—recitó más para sí, que para Ron, que la miraba con media sonrisa en su rostro, esperando paciente.

— ¿Qué te parece si empiezas por el principio?—la animó con calma, tomándola de la mano, transmitiéndole toda la seguridad que le era posible en ese momento.


A lo lejos, escondidos detrás de un árbol, un par de ojos no podían dejar de mirar a Hermione con profundo alivio y a la vez con un aplastante sentimiento de incertidumbre.

— ¿Ya podemos irnos? ¡Ya comprobaste que dentro de todo, la sangre sucia se encuentra bien! ¿Puedes dejar de torturarte por un segundo?—preguntó Pansy, ya harta de los sentimientos de culpa que acompañaban día y noche a su pareja, y con sus brazos en jarra emitió un gruñido de pura frustración—. ¡Escúchame bien, Ginny!—la tomó del brazo y la giró para que la mirara a los ojos—. ¡Basta! ¡Córtala de una maldita vez! ¡No puedes seguir así! ¿A caso no entiendes que tu estrés le perjudica al bebé? ¡Y a mí y a ti!

— ¡Tú no lo entiendes! ¡Se suponía que yo era su amiga y la traicioné! Ni siquiera le he ido a dar la bienvenida ¿Te das cuenta? Estoy aquí escondiéndome porque no me atrevo a enfrentar su mirada, Pansy—gritó furiosa con ella misma, soltándose del agarre—. Se la entregué en bandeja. Casi la matan por mi culpa. ¿Cómo quieres que me sienta?

— ¿Y qué quieres hacer? ¿Quieres ir a contarle todo? ¿Quieres que te acompañe y le explicamos las dos?—quiso saber la Slytherin, sin burlarse.

Pansy quería que esta situación se terminara de una vez y si la solución era sentarse con Granger y explicarle con lujo de detalle sus planes y lo que habían hecho, y el por qué su impulsiva amante no había encontrado mejor solución para conseguir esas malditas túnicas, ¡Eso haría! Amaba a Ginny con toda su alma y también amaba la vida que su amada llevaba consigo en su vientre, bien disimulado.

Un tiempo atrás la vida les había regalado una segunda oportunidad, pero con ella, también una enorme responsabilidad. Las etapas que cualquier pareja atraviesa, simplemente ellas se las saltearon a todas. No ocurrió como tendría que haber sido. Su relación comenzó ya con un hijo por venir. Un hijo que Pansy adoptó como suyo, en el mismo instante que la pelirroja le dio la oportunidad de iniciar a su lado una nueva vida. Un hijo que nadie sabía que Ginny llevaba dentro de ella, al cual la Slytherin protegería con su vida, sin dudarlo, cuando la guerra estallara.

— ¡No! ¡Claro que no!—se escandalizó Ginny, bajando la vos ya que vio que un grupo de primero se acercaba demasiado —. Por lo menos no ahora. No estoy preparada para confrontarla—murmuró con tristeza y con un nudo en la garganta.

—Bueno… por lo pronto, ya sé lo que haremos—le dijo con una sonrisa y tomándola de la mano—. Un mini picnic, con un montón de panqueques con salsa de frutilla ¿Qué te parece?—ofreció, sabiendo que era uno de sus postres favoritos y uno de sus antojos más frecuentes, en estos últimos dos meses. La miró a los ojos y esperó una aceptación, que llegó de inmediato.

Caminó con ella, entrelazando sus dedos, ya no le importaba si las veían o no. La guerra se desataría en cualquier momento y al final todos descubrirían la verdad. Lo único que rogaba Pansy, era que el plan saliera bien y pudieran marcharse de una maldita vez y sin complicaciones. Aunque lo dudaba, sabía que llegado el momento, Blaise se haría presente sólo para fastidiarles la vida. El moreno se había alistado en las filas de Voldemort, y por seguir las órdenes de ese monstruo, seguramente estaría dispuesto a cualquier cosa, al igual que ella. Porque por Ginny, Pansy no iba a dudar ni un segundo en hacer lo que debía y si tenía que arrebatarle la vida a ese desgraciado, estaba dispuesta a hacerlo y con gusto.