Capítulo 14
Hogar, dulce hogar
En cuanto toque el suelo, me sentí en casa, y no pude evitar sonreír ante todo lo que tenía preparado para estas vacaciones, baje del vagón entumecido, aunque dormí gran parte del trayecto, me sentía un tanto adormilado, simplemente me encantaba dormir y podría hacerlo llegando, pero recapacité dudaba mucho el poder escapar de la atención que me esperaba seguramente ansiosa en mi antiguo hogar. Cargué mi poco equipaje, no me complicaba mucho y llevaba una sola maleta, la cual sobraba y bastaba para lo necesario, sabía que mi sobreprotectora nana, se adelantaría a mis necesidades, como siempre.
Mientras caminaba sin prisas, observando cada detalle de la estación buscando algún detalle de que el tiempo realmente hubiera pasado, pero no lo veía aún, hasta el olor me parecía que era mejor en Chicago, observe algunas destartaladas y despintadas sillas, donde se suponía debían esperar los que abordarían el próximo tren, o las familias y amigos de los recientes bajados del tren viajeros, podía escuchar a unos metros unos gritillos de alegría al encontrarse con la persona que esperaban, decaí un poco, ya que a mí no me esperaría nadie, pedí que nadie viniera por mí estrictamente, quería llegar de sorpresa, aunque sabían que llegaría en estos días, no se especificó el día. Suspiré, y caminé hacia la salida, me sorprendí al no darme cuenta que pasaba por un lado de una pareja de ancianos, estaban acurrucados en una pequeña banca, la mujer tapada con un grueso cobertor, y el hombre acurrucándola con sus brazos, supuse que esperarían a alguien, pero lo descarte al ver comida desperdigada por allí, de días atrás, podía notarlo por su olor, y una pequeña maleta, el anciano volteo a verme y pude ver el semblante desesperado y suplicante de su mirada, no se dio cuenta que al voltear la manta que cubría a su pareja, cayó, me adelante rápidamente a juntarla, y se la devolví con una sonrisa, se limitó a sentir con la cabeza, seguí caminando y a los 5 metros me permití voltear de nuevo, y pude ver como el hombre sostenía el billete en sus manos, como si no lo pudiera creer, y luego volteando hacía mí dirección, me brindó una sincera sonrisa, puse cara de mi mejor forma de confusión y salí por la gran puerta de madera y hierro.
Una corriente de aire me pegó en la cara haciéndome estremecer, aunque comparado con el gélido clima de Londres, era realmente cálido, despeinó de por sí más mi indomable cabello, así que sólo lo toque y hartó lo despeine más, dándole a entender que no me importaba.
Me paré en la acera, buscando un taxi, me gustaba caminar, pero me encontraba poco más de media hora de camino andando, y no me apetecía, volví a suspirar, cuando el reflejo de un faro me hizo voltear ala derecha, me encontré con un lujoso carro, negro bien pulido, y viniendo hacia mí un hombre de nomas de cincuenta años, con una barriga predominante, y uniforme de chofer, sonreí y caminé en su dirección.
-¡Latimer!, ¿Qué haces tú aquí?- sonreí mientras le daba la mano a mi viejo amigo, mientras el me correspondía con un fuerte abrazo.
_Que no es obvio, vengo a recogerlo, Señor Edward- cuanto formalismo pensé, y sonreía ante el "señor Edward", antes era "niño Edward", y si bien me iba "joven Edward".
-Oye, pensé que daría una sorpresa- dije un poco decaído ante la idea de dar una sorpresa, supuse que no podía esperar realmente a eso, teniendo una madre preocupada como Elizabeth.
Latimer sólo sonrió, y me guiñó un ojo sin responder a mi pregunta no formulada. En vez de eso me pregunto, por mi equipaje, y le enseñe la pequeña valija, moviendo negativamente la cabeza, y diciendo algo como que no has cambiado por lo bajo, le dije que podía subir solo mi equipaje, y subimos al fabuloso auto, me pregunte por que habría uno tan lujoso, si no había nadie a quien llevar, pero supuse que Latimer no le importaba la desición de mi padre, y acepté que a mi menos que menos, ya me podía ver al volante por las calles de Chicago. Sonreí y me sorprendió cuando Latimer, soltó una carcajada.
-Lo siento por usted, pero no podrá tocar el auto- se encogió de hombros ante mi señor fruncido.
-órdenes de la administración- que padre tan generoso reí de mala gana.
No tardamos mucho en llegar en el veloz auto, pero aun así no perdí detalle de las lustradas calles, ya caía la tarde, y la vista era alentadora. Por fin llegamos a la gran casa, pensé que me parecería más pequeña, pero me sorprendió su majestuosidad, habían añadido un ala extensa a cada lado, podía verse atrás del enorme portón de hierro, y se extendía un enorme y bello jardín perfectamente cuidado y remodelado, toda la casa parecía darme la bienvenida, me pregunte por mi madre, querría hacer más grande la cas si no tenían que, yo supiera, planes de regresar, solamente que no fuera de vacacione so por asuntos de negocios de papa, pero aun así no entendí por qué tanto cambio y lujo. Pero con todo y esto, la casa seguí teniendo la misma esencia, y podía casi oír mis gritos corriendo por los jardines seguidos por una Cristían molesta, por no conseguir que entrara al baño por voluntad.
Entramos rápidamente, casi salte del carro y corrí al ver a la pequeña multitud que me esperaba en la bella puerta de roble blanco. No puedo explicar en qué momento me tenían apretujado en unos rollizos brazos, olía a canela y ha galletas recién hechas, sonreí, esta era mi nana, no podía creer cuanto la había extrañado, le devolví el brazo y la levante del piso, dándole un beso en su sonrosada mejilla.
-¡no puedo creer que te hayas convertido en un jovenzuelo, tan apuesto!- Me miraba con ojos que delataban las lágrimas que amenazaban con salir, se alzó de puntillas para alcanzar mi cabello, no podía verlo, sin soportar quererlo aplacar, como si no supiera lo imposible que era aquello.
-Eres idéntico a tu padre, pero con los hermosos ojos de tu madre, me alegra ver que no has perdido el verde de su mirar- me acarició el rostro, y miré como ahora si las lágrimas se desbordaban sin vergüenza por sus mejillas. – Te extrañado tanto, hijo- siguió diciendo lo mismo con diferentes palabras mientras me apretujaba en sus brazos, y yo no me podía sentir más alegre.
Después de sentir que me faltaba el aire, y Cristián se dio cuenta me solto, y salude a los demás, sólo estaba el jardinero que conocía, seguía siendo el mismo viejo gruñón, quién no pudo delatar su alegría y cuando le dio un abrazo, sólo gruñó un poco, ganancia era, había una cocinera de unos treinta y pocos años, que me presentó con el nombre de Susan, y por último entre las sombras salió la ya no tan pequeña Adela, se había convertido en una muy bonita joven, era muy alta, con un largo cabello, facciones angelicales, me miró dudosa, y le extendí los brazos, a modo de que viera que la recordaba. Dudo un momento y luego me abrazo fuertemente. Le sonreí y le pregunté que había comido para crecer tanto, se puso colorada como respuesta.
Como era de esperarse una hora después me encontraba desplomado en una silla, con la barriga a punto de estallar, con todos los exquisitos platillos que había preparado para mí mi amable nana. No rechacé nada a propósito, aunque luego tal vez llego el remordimiento, sentía que no me podía parar, y evitar que algunos botones de mi camisa botarán y sacaran el ojo a alguien, o quebraran alguna fina porcelana.
-Oye, si tu plan es engordarme tanto para que luego no pueda irme por que no quepa por la puerta, debó admitir que, muy probablemente tu plan funcionará- Le advertí risueño.
-¡Bah!, si era poco más que un palo de escoba, muchacho, estaría preocupado por tu salud, si no te mirara ese rubor en tus mejillas, lo que significa que sólo estas creciendo muy rápido.- me hice el ofendido por la atinada comparación con un utensilio de limpieza.
-Ahora, sube a bañarte que ya tiene lista el agua caliente, necesitas quitarte toda la suciedad del viaje, y dormir, debó imaginar que sigues siendo el mismo flojo que ocupan levantarlo con pinzas de la cama.- me acusó, con una sonrisa.
Ya estando levantado, y con un pie en el escalón le informe que tenía pensado hacer todo eso, menos irme a la cama aunque sonaba muy tentador, tenía asuntos importantes que tratar.
-Puedes ver a Marie, mañana, no se irá a ningún lado- me sonrío, me pregunté por qué parecía tan evidente que de eso se trataba mi urgencia por bañarme.
Negué con la cabeza, con pesar, y subí corriendo las escaleras, para que evitara convencerme de no salir. No creo que los padres de Marie se molestarán, no era tan tarde para visitas. Así que entre a mi antigua habitación aunque podía ver que estaba perfectamente limpia, y recién aseada, olía un poco a antigüedad, y me alegre de eso, por comprobar que era mi habitación, algunos muebles habían cambiado, la cama era el doble de grande, lo cual agradecí, con una enorme manta azul obscuro sobre ella, como me gustaba, otro escritorio de roble, pero aún estaba un enorme baúl de roble al pie de la cama, dónde al abrirlo comprobé, se encontraban mis antiguos juguetes, lo cerré, pensando que otro día inspeccionaría más detenidamente los objetos dentro de él.
Entré rápidamente el baño, aunque me agradaba demasiado el agua caliente, me apresuré a salir y cambiarme, con lo primero que encontré, no ocupe buscar mucho ya que se encontraba un perfecto atuendo, en la cama, el cuál no estaba cuando entre al cuarto de baño, sonreí y supe que mi nana no podía negar que me saldría con la mía de cualquier manera.
Me moví hacia el espejo, viendo mi reflejo rápidamente tratando de aplacaron un poco mi cabello, resoplé, por el éxito no obtenido. Y tomé el pequeño paquete de la maleta, para otra vez bajar rápidamente los escalones. Lo bueno era que la casa de Marie, no se encontraba lejos, era bastante cerca un par de cuadras, cuando lo estaba pensando ya me encontraba enfrente de la misma casa hogareña que recordaba, pequeña pero hermosa, con su jardín en la entrada y su pequeño cerco de madera que alcanzaba a ver los rosales, podía ver una variedad de flores que habían sido añadidos, ahora se encontraban adornando el pequeño camino a la casa, toqué levemente la puerta, unas tres veces seguidas, pensé que tendría que regresar mañana, decepcionado empecé a dar la vuelta, cuando escuché un ruido detrás de la puerta algo así como un gruñido seguido por un suspiro, volteé en cuanto un hombre con algunas canas de miraba con recelo, y el las cejas juntas, me miro de arriba abajo, luego en su rostro se expresó la sorpresa, y la alegría, le sonreí y le extendí la mano, quién la apretó fuertemente.
-Pero si casi no te reconozco Edward, están tan crecido, muchacho, ¡pasa, pasa!, ¡mujer! Ven aquí,- siguió casi gritando mientras me hacía pasar rápidamente a la estancia.
No pasó mucho tiempo, cuando ya me tenía apretujado otros esbeltos brazos, sonreí con alegría al ver Charlotte, estaba más guapa de lo que recordaba. Me interrogó tan rápidamente que apenas respiraba para contestarle, quería saber cómo estaban mis padres, cuando había llegado, si venía sólo, como me encontraba y así hubiera seguido, hasta que Benjamín divertido, le advirtió que si no me dejaba respirar me pondría morado, y mi madre no le gustaría mucho.
-Bueno supongo que has de buscar a Marie, ya que si no creo que hubieras esperado hasta mañana- me guiñó un ojo Benjamín, y yo enrojecí un poco, al pensar que había incomodado a alguien, supuse que siempre si era un poco tarde, pero él se adelantó a mis suposiciones.
-Está plantando un nuevo arbusto en el patio trasero, de hecho Charlotte le venía de allá, supongo que no le molestará que la ayudes, tú, en vez, de Charlotte,- me dijo sonriendo.
Me paré inmediatamente, y me acompañó hasta la puerta que daba al patio trasero, Benjamím me dio una palmada en la espalda y desapareció, mientras yo salía al verde patio, pensé que era bastante tarde para plantar algo, ya que no creí que fuera posible ver algo, pero miré unas pequeñas farolas que seguían un sendero, a unos 6 metros, escuchaba los ruidos de una pala, hacer contacto con la tierra, olía deliciosamente a tierra mojada, a hierba y flores, supuse que allí se encontraba Marie, aunque no podía distinguirla aún, y no supuse mal, ya que allí miraba una silueta con un vestido claro, que resalta en la noche, con una farola en el suelo, a poca distancia de un oyó en proceso de excavación, escuché un maldición y un bufido bajo, entonces no pudo evitar salir un risa de mi boca, y entonces volteó con la pala sostenida en unos muy delgados brazos, no podía ver su cara, ya que tenía el pelo por sus mejillas y frente, se asomaba una cara muy pálida, y estupefacta.
-¡Parece que hubieras visto un vampiro!- me reí, un poco, y camine más hacia ella.
Marie, seguía sin hablar, sólo soltó la pala, volteó hacia abajo recorriendo su sucio vestido, manchado por la tierra y el lodo, y otra vez volvió hacia arriba, encontrándose con mis ojos.
-¿Eres tú Edward?- preguntó dudosa, pero por fin habló, esperaba algo ms efusivo después de tantos años, sonreí torciendo mis labios.
-Dudo que conozcas a otro muchacho tan apuesto, que se pueda comprar conmigo- jugué con ella.
No me contestó, y siguió observándome de arriba abajo, no pensé que no llegará a conocerme, cuando todos lo habían hecho.
Se acercó un poco vacilante, ahora sí podía notar el profundo rojo de su cara, y sus manos tallar su vestido tratando de sacar un poco de la tierra que se encontraba pegada a él. Solté una carcajada, y me acerque la distancia que nos separaba y la abracé levantándola en vilo, y dándole unas vueltas en el aire, ella me abrazo igualmente no supe si por el entusiasmo de verme o por el miedo a caerse, de cualquier manera, me sentí tan feliz, que olvidé que la tenía en el aire, hasta que empezó a retorcerse entre mis brazos.
-Edward, ¿Podrías bajarme?- Me pidió con dificultad y respirando agitadamente.
La baje sonriente y le despeiné ms el cabello, me dio un codazo y me volvió abrazar, aunque no la levante, la abracé, y fueron varios minutos que estuvimos así, no podía creer que volvía ver a la pequeña Marie, se sentía tan bien estar con ella de nuevo.
-¿Por qué no avisaste que vendrías?- me reprochó.- mira como me has encontrado- refunfuño, y agachó de nuevo la mirada hacia su ropa.
-Quería sorprenderte, y veo que lo logré…- me gané n codazo en respuesta a lo que los dos nos reímos.
-Veo que sigues siendo una pequeña, y no has engordado ni una pizca, tendré que reclamarle a Charlotte, de tu posible anemia- La piqueé un poco.
Su semblante decayó un poco, se tomó muy enserio las palabras, y guardo silenció.
-¡Oye! Solo bromeaba- le dije, ella dudó, y forzó una sonrisa, suspiré no cambiaba era tan sensible, como cuando niña.
-Pues tú no eres muy apuesto que digamos- me contestó un poco molesta aún.
Fingí que clavaba un puñal en mi corazón, y no pudo evitar reír. No había mucha luz apenas podía reconocerla, si no fuera por su pelo, tan obscuro en la noche, aunque sabía que era de un color cafesoso, su tez blanca casi albina, y sus enormes ojos, ocultos entre sus cabellos. Entonces capté que ya no traía sus enormes anteojos. Y Le pregunté qué había pasado con ellos, me dijo que ahora miraba claramente con sin ellos. Me alegre por ella. Platicamos horas, allí sentados en el columpio como cuándo éramos pequeños. Hasta que supuse que tendía que marcharme antes de que Benjamín me corriera a palos.
-Entonces te veré mañana, para ir a pasear, muero por volver a andar por aquí.- le avisé, y ella se levantó de mala gana, y asintió. Me acompaño a la puerta. No se escuchaba ningún ruido por lo que supuse que ya habían dormido sus papas, llegamos así al pequeño cerco, y me despedí.
-Hasta mañana entonces, Marie, pide permiso a tus padres, que estaremos un largo tiempo fuera- Le guiñé un ojo. Cuando ella saltó hacia a mí abrazándome de nuevo, separándose después.
-Te extrañé, Edward- Me dijo, y se metió a su casa. Sentí un cosquilleo.
Metí las manos a mis bolsillos y caminé, cuando me di cuenta que había olvidado darle el paquete a Marie.
-Mañana sin falta, yo también te extrañe- Le dije al aire fresco.
Sé que no hay excusas suficientes para ver dejado la historia por tanto tiempo, pero no tenía ni computadora ni internet, que más podía pasarme. Pero prometo firmemente actualizar pronto.
Muchos Saludos esperando que estén muy bien.
Yomara
