Capítulo 10: Ángel de acero.
Un ángel de 60 toneladas cae a la tierra.
Una pila de metal viejo, un polvo radiante.
Cicatrices en el campo, el verano y ella.
Steven Wilson.
Isla de Cabo Tormenta, Protectorado de Costas del Cráneo. Los monstruos cuyas vacaciones estaban ahora convertidas en escombros junto con el pueblo de Cabo Tormenta caminaban por una brecha de tierra rumbo al extremo opuesto de la isla. La vegetación selvática del lugar también había sido víctima del bombardeo y algunos prados se incendiaban sin control. Venus miraba con horror a las plantas en medio del fuego y por más que quería no podía apartar la vista de aquella dantesca escena.
— No mires, — le dijo Lagoona tomándola por los hombros — sólo sigue caminando.
— ¿Cuánto falta para que lleguemos? — preguntó Operetta.
— Son dos kilómetros de agua a partir de la línea costera — le respondió Mick — y falta uno para que lleguemos a la playa.
— ¿Y exactamente qué encontraremos allá? —preguntó ahora Rochelle.
— Un acorazado. El barco que nos sacará de aquí.
Clawdeen se detuvo un momento a medio camino y puso en guardia su oído. Volteó hacia el pueblo para escuchar mejor aquel mecánico sonido.
— ¡Oigan! — Les dijo ella — ¿oyeron eso?
Clawd se acercó junto a ella para ver qué estaba escuchando.
— Sí, — dijo él — yo también lo escucho.
Unos cuantos segundos después, un helicóptero negro apareció sobre los remanentes del pueblo. Debajo de él los sobrevivientes corrían a ponerse a salvo en lo que quedara de las casas. Los médicos en el centro de salud local hacían su mejor esfuerzo para salvaguardar a los heridos cuando el aparato abrió fuego contra los escombros con su ametralladora. La aeronave hizo un barrido del pueblo y luego comenzó a adentrarse en la isla.
— ¡Corran! — Ordenó Mick — ¡Todos bajo los árboles!
Los muchachos se apresuraron a ponerse a salvo bajo la espesa selva mientras el aparato volador se acercaba a ellos. La ráfaga de disparos de la ametralladora principal dibujó una línea de pequeñas explosiones en la arena del camino y continuó destrozando las plantas mientras perseguía a los sobrevivientes. El helicóptero se encontraba estático en el cielo, había dejado de disparar y buscaba de nuevo a sus blancos entre la espesura.
— ¿Por qué nos atacan? — dijo Spectra al tiempo que uno de los proyectiles la traspasó sin hacerle daño alguno.
— ¿Ves la calavera en la cola de la nave? — Le dijo Abbey, observando el helicóptero — Ser los Cazadores de las Sombras, los terroristas de los que la profesora hablarnos en aquella clase de historia ¿recuerdas?
La aeronave continuaba haciendo pasadas de fuego en aquel campo. El Sr Stein y su familia se encontraban del lado izquierdo del camino, resguardándose tras unas rocas. En medio de la acción, Víctor localizó una torre de vigilancia de la Marina a unos cincuenta metros más adelante de su posición. Si lograba llegar hasta ella tal vez encontraría un arma que los ayudara a librarse de la amenaza aérea. Era obvio que el almirante no podría llegar hasta allá sin arriesgarse aún más que él, así que decidió hacerlo por su cuenta.
— ¡Víctor! — Le dijo su esposa cuando lo vio alejarse hacia la torre, en medio de un campo abierto — ¿a dónde vas?
— ¡Voy a derribar a ese bastardo! — le dijo él, mirándolas por la que podría ser la última vez, pues estaría totalmente expuesto al fuego del helicóptero — ¡Quédense aquí!
El hombre de los tornillos en la cabeza salió corriendo de entre la espesura, lo que lo convirtió en un blanco perfecto para el aparato volador. El piloto abrió fuego en cuando lo encontró, y una ráfaga de explosiones lo persiguió como una serpiente entre las hierbas. El Sr Stein llegó corriendo a la torre y se cubrió de las balas detrás de una pared. Los proyectiles atravesaron el concreto como cuchillos calientes en la mantequilla, por lo que él tuvo que seguir ascendiendo a la estructura.
Detrás del aparto, ocultos en la espesura, los demás monstruos miraban el heroico espectáculo.
— ¿Qué haber en esa torre? — le preguntó Abbey al almirante en medio del estruendoso ruido de los motores de la nave.
— Es una torre de vigilancia — le respondió éste — En la punta hay una ametralladora antiaérea. Si Víctor logra alcanzarla, podría dispararle al helicóptero, pero necesita una distracción o el aparato lo acabará antes de que pueda hacerle algo.
— Entonces vamos a distraerlo. — le dijo Abbey antes de salir corriendo.
— ¡No Abbey, quédate aquí! — Le gritó el almirante — ¡Es una orden!
La muchacha salió a la brecha y utilizó sus poderes congelantes en contra del helicóptero. Bolas de hielo salieron de sus manos, convertidas en cañones helados, dando justo en la ventana del piloto y el motor. Abbey consiguió dañar parte del rotor de cola y los timones, por lo que el aparato inmediatamente se volteó hacia ella y comenzó a dispararle. La muchacha salió corriendo en dirección al pueblo y luego se adentró en el bosque.
Del otro lado de la acción, en la torre de vigilancia, el Sr Stein alcanzó el techo de la estructura y encontró con un cañón automático Oerlikon 20 mm[1]. El aparato tenía munición y estaba operable, por lo que Víctor tiró de la palanca de la recámara y se preparó para disparar.
— ¡Vamos maldito! — Gritó al abrir fuego contra el aparato — ¡Ven por mí!
Las balas salieron en ráfaga del cañón, haciendo impacto en todo el helicóptero. La aeronave se giró y estaba a punto de abrir fuego contra la torre, pero la ametralladora pronto acabó con sus motores y su estabilidad. Una explosión sucumbió el campo cuando las turbinas estallaron y el aparato cayó a tierra. Las hélices hicieron contacto con el suelo y se hicieron mil pedazos que se desperdigaron por todo el lugar.
— Quédense aquí — les ordenó Mick a las demás chicas que estaban con él del lado derecho del camino.
El almirante salió a investigar al helicóptero y le pareció ver movimiento dentro de la cabina. Arrancó con fuerza la ventana de la carlinga y rompió los cinturones de seguridad. Tomó al piloto por el cuello y lo sacó del aparato, sosteniéndolo en alto sobre la brecha. Mick sacó una especie de cuchillo retráctil de debajo de su brazal izquierdo y lo puso en el cuello del malogrado hombre.
— ¿Quién te envía? — le preguntó al tiempo que le apoyaba la afilada punta del arma. — ¡Habla!
— Sabes bien quién me envía — le dio el hombre con voz ahogada — Hemos venido a restablecer la superioridad humana, como siempre debió de haber sido.
— No existe tal superioridad. — Le respondió Mick — Todos aquellos que han intentado alzarse por encima del mundo han muerto.
— Ustedes han hecho lo mismo — continuó el piloto — y por ello también morirán — luego le dio un tiro a Mick en la pierna con su pistola.
— Desgraciado infeliz — le dijo Mick sin inmutarse por el disparo en su extremidad. Luego, clavó el cuchillo completamente en el ojo del infortunado hombre, que cayó al suelo tan inerte como su helicóptero.
Dentro, entre los árboles y las plantas, Cupid había presenciado toda la macabra escena de la muerte del piloto.
— Lo… lo mató — dijo en un susurro, llevándose las manos al rostro.
— En montañas tenemos un dicho: — le dijo Abbey regresando de su escondite, mirando al helicóptero en llamas — cuando bestia grande atacarte: o ser tú, o ser ella.
La chica no podía quitar la vista de aquella desgarradora vista, con el aparato incendiándose y el cuerpo del hombre junto a él.
— Vámonos, — le dijo Abbey tomándola por los hombros para encaminarla — debemos seguir.
El grupo salió de sus escondites y se reunió frente a la torre. El Sr Stein bajó y se encontró con los brazos de su esposa y su hija, quienes lo esperaban ansiosamente. Mick se aproximó con el resto de los chicos y todos continuaron caminando por la vereda.
— ¿Dónde aprendió a disparar? — le preguntó el almirante a Víctor.
— Hice mi servicio militar con la Marina en el 53. — le respondió el — Fuimos la primera generación.
— Ah, sí, — dijo Mick recordando — ese año fue cuando se volvió obligatorio para los hombres.
— Si. — Continuó el Sr Stein — A muchos de mis compañeros no les gustaba, pero yo me sentí orgulloso de ser de la primera generación.
— Y a propósito — dio Mick dirigiéndose a Clawd, Gil y Deuce — ¿ustedes ya tramitaron?
— Sí — contestaron los tres al unísono
— Ya sólo nos falta el sorteo. — Dijo Clawd — A ver que nos toca.
— Oye Abbey — le dijo Deuce — ¡Eso fue increíble, estuvo de película!
— No ser nada — respondió ella — Trata de enfrentar a un Snark[2] de hielo y entonces tú saber lo que es realmente una bestia.
El grupo siguió caminando hasta llegar a una playa de arena blanca. Detrás del agua se divisaban un grupo de acantilados de unos cien metros de altura. Mick comenzó a adentrarse en el agua y miró por un momento.
— Vamos, síganme — ordenó.
— ¿Qué tan hondo es? — preguntó Rochelle con incertidumbre.
— Son aguas poco profundas — le respondió Lagoona — no creo que nos lleguen más arriba de la cintura.
La comitiva siguió su camino. Quedaba un kilómetro antes de que pudieran llegar al lugar conocido como "El agujero Negro". El mar se extendía en su inmensidad para dondequiera que miraran, y la isla de Cabo Tormenta yacía detrás de ellos como una fogata en extinción. Las columnas de humo podrían ser visibles a kilómetros y servir de señal de auxilio, pero ellos debían salir de allí a como pudieran.
A medio camino, un tropel de peces multicolores se arremolinó en torno a Lagoona y Gil. Los animales giraban y se divertían entre los muchachos, alejando sus pensamientos del estrés y la situación en la que se encontraban.
Al cabo de varios minutos llegaron por fin a los acantilados. Las paredes de piedra se elevaban al cielo como gigantes que hicieran guardia a un recinto sagrado. Pequeñas plantas y animales hacían un esfuerzo por vivir entre los peñascos, como esmeraldas incrustadas en la piedra. Caminaron rodeando las montañas y al otro lado de la isleta se encontraron con una imponente puerta de acero tan grande como un edificio de oficinas. Mick condujo al grupo a través de una serie de escaleras oxidadas hasta la parte superior de la estructura, y de ahí pasaron al interior.
Lo que encontraron dentro tenía un aspecto de tumba naval. Un colosal navío con cañones por todos lados se encontraba dentro, con grandes cadenas atándolo al fondo de la extensa laguna. Una vasta red de cuerdas sostenida en una amplia estructura de acero cubría todo el lugar con enredaderas naturales, haciendo que la luz lloviera en pequeñas gotas por dondequiera que se mirara. El aire dentro del recinto era lúgubre y deprimente; el barco perecía haber pasado muchos años ahí.
Los chicos se adentraron andando por el muelle de madera que parecía flotar sobre las tranquilas y turbias aguas del lugar. Extraños insectos de colores fosforescentes poblaban los recovecos de las tablas y miraban a los monstruos con curiosidad. Finalmente llegaron al final del muelle, subieron por unas escaleras y atravesaron un puente hasta llegar al buque. Mick se acercó a una de las puertas de la superestructura y la abrió con un giro de la palanca.
Dentro del barco era uno de los lugares más tétricos que aquellos monstruos hayan visitado. Ni siquiera las catacumbas de la escuela se comparaban con aquello. Al menos en la escuela estaban en un lugar conocido y "seguro" hasta cierto punto. Además, si éstas fueran las catacumbas, Operetta las conocería bien y no podrían perderse. Pero este era un mundo diferente. Las kilométricas redes de tuberías corrían a través de la oscuridad, perdiéndose en los laberínticos pasillos. La luz negra[3] que salía de unos extraños cristales morados que colgaban dentro de unas lamparillas hacía resplandecer los blancos en una coloración violácea y extraña, al tiempo que toda clase de etiquetas, indicadores y letreros emitían una luz fluorescente en medio de aquella penumbra. El aire era frío y pesado como el de un sepulcro, y la tensión podía cortarse con un cuchillo.
"Boom-boom"
Cupid caminaba justo detrás de Frankie cuando escuchó un sonido familiar. El eco retumbaba por entre las estructuras de acero y se deslizaba por entre los tubos, inundándolo todo.
"Boom-boom"
La muchacha ponía mucha atención a aquella cacofonía que reptaba entre los pasajes. Se detuvo un momento, agudizó sus sentidos, y entonces lo identificó como a un fantasma en la penumbra.
"Boom-boom"
Era el sonido del agonizante latido de un corazón.
"Boom-boom"
— Frankie — le susurró Cupid — ¿oíste eso?
— ¿Qué cosa? — le respondió su amiga.
— Eso. — Insistió la otra muchacha — Es como el latido de un corazón ¿no lo oyes?
— No — dijo Frankie.
La caminata por entre aquellos oscuros pasadizos continuó unos minutos más. Luego de subir por unas escaleras y caminar un poco más, una gruesa puerta de acero blindado se abrió y los monstruos entraron a una sala débilmente iluminada. Las ventanas eran pequeñas y de color verde botella. Los instrumentos e indicadores se dispersaban por todo el lugar y en el centro estaba una gran rueda de cabillas de madera de ébano.
— Muy bien. — Explicó Mick tomando el timón del barco — Bienvenidos sean todos al acorazado Cipactli. Si queremos salir de aquí tenemos que reactivar el barco. Necesito a dos personas que vayan conmigo a la sala de máquinas ¿quién se apunta?
— ¡Yo! — dijo rápidamente Robecca.
— Yo iré con usted — dijo el Sr Stein.
— Bien, los demás quédense aquí en el puente y no toquen nada — dijo Mick.
Los tres salieron de la timonera y bajaron por las escaleras, sumergiéndose otra vez en aquella extraña oscuridad inundada de luz negra. Conforme se iban acercando a la sala de máquinas, un extraño silbido mecánico iba aumentando en volumen. Una gran puerta dio acceso al recinto, iluminado por los mismos faroles púrpuras que había en todo el barco. Mick se colocó junto a un gran panel de control, accionó algunos botones que brillaban en medio de aquella oscuridad, pulsó una palanca y el rugir de un motor comenzó a salir del fondo del lugar.
— Ingeniero — le dijo el almirante — ¿ve esas válvulas grandes allá atrás?
— Sí.
— Hay que abrirlas todas. — Le explicó Mick — Yo iré a la sala del reactor a abrir la válvula maestra y cerrar el escape, regreso en seguida.
El Sr Stein y Robecca se quedaron en la sala de máquinas haciendo lo que el marino les había pedido. Unos minutos después él regresó para continuar con la operación. Llamó a sus dos ayudantes y los llevó hasta el panel de control principal.
— ¿Ha usado uno de estos paneles antes, ingeniero? — preguntó Mick mientras sacudía el polvo de la consola.
— Sí — respondió él — reparé uno para la planta de energía local hace unos meses.
— Bien, pues estos son iguales a aquellos. — Continuó el marino — Cuando los indicadores lleguen a la presión correcta, inicie la secuencia de arranque. Este es para las turbinas principales, de la uno a la cuatro, que son las que nos propulsan.
— Oiga, hace un rato dijo usted que iría a la sala del reactor — dijo Robecca — ¿entonces este barco es nuclear?
— Sí — le respondió el almirante — pero no de fisión ni fusión.
— ¿Entonces?
— Lo llamamos "Reactor de Plasma Presurizado" — dijo Mick — funciona generando gas a muy alta presión y temperatura. Impulsamos ese gas de plasma a través de las turbinas y éstas funcionan igual que las de vapor.
— Vaya… — dijo la chica arqueando las cejas.
Cuando los manómetros[4] llegaron a la presión adecuada, el Sr Stein arrancó las cuatro turbinas que impulsaban al acorazado. Un silbido metálico inundó toda la sala de máquinas. Una vez que arrancaron los generadores principales para proveer de electricidad al barco, los tres volvieron al puente.
— ¡Lo lograron! — dijo Frankie con entusiasmo al sentir la sutil vibración en el suelo y ver que los aparatos en el salón se iluminaban.
— Lagoona — dijo Mick al entrar al salón — ¿cuánto falta para la marea alta?
La chica miró su iCoffin por un momento y finalmente dijo:
— Una hora para la pleamar.
— Bien, hay que preparar este barco para zarpar.
Las maniobras para soltar al Cipactli de su prisión comenzaron de inmediato. Los hombres acompañaron al almirante de regreso al muelle para soltar las amarras del barco una por una. Después volvieron al navío para levar el ancla y prepararse para salir. Cuando Mick regresó al puente[5], Lagoona le informó:
— La pleamar llegará en diez minutos, almirante.
— Oiga — le dijo el Sr Wolf — pero ¿cómo vamos a salir si esta esa puerta de acero gigante?
— Oh eso no es problema, permítame usar mi llave — le dijo Mick con sarcasmo.
El marino tocó el timón de la nave y en el exterior la torreta de 155mm de proa giró en dirección a la puerta. Los monstruos vieron al arma de tres cañones rotar a través de las ventanas de la nave.
— Será mejor que se cubran los oídos — dijo Mick.
Un estruendo y una llamarada salieron de los tres cañones, causando que la puerta se derrumbara en el mar en medio de un colosal estruendo. El almirante haló la palanca del acelerador de junto al timón y el barco comenzó a moverse a través de la oscura ensenada. Al cabo de unos minutos el Cipactli había sido liberado de su prisión y volvía al mar. Los Cazadores habían despertado a un monstruo dormido, y pronto se arrepentirían de haberlo hecho.
Notas del autor:
1.-El Oerlikon 20mm es un cañón automático antiaéreo de calibre 20 mm inventado durante la Primera Guerra Mundial. Actualmente sigue en uso con distintas armadas del mundo.
2.-Un Snark de hielo es una criatura mitológica del folclor yeti. Se trata de dragones azules que custodian los sitios sagrados de las montañas. Para probar su valor, los monstruos yeti deben enfrentar a uno de ellos al cumplir los 18 años de edad, con los que Abbey ya contaba al graduarse.
3.-La luz negra es un tipo de luz generado por lámparas especiales. Está compuesta principalmente por luz ultravioleta, por lo que es casi invisible. Debido a ésta característica es usada como una iluminación tenue, produciendo efectos muy peculiares en los colores de ciertos materiales conocidos como "fluorescentes".
4.-Un manómetro es un instrumento que sirve para medir la presión de un fluido.
5.-El puente de un buque es el lugar desde donde se controla la nave. En él se encuentran la rueda del timón, los instrumentos de navegación y los mandos de los motores.
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