N/A. ¡Hola! Antes de nada, ¡MUCHÍSIMAS GRACIAS! No sé qué rayos ocurrió la semana pasada, pero batimos todos los récords, tanto en visitas como en reviews. No tengo palabras para daros las gracias (y eso que me dedico a escribir), así que solo puedo tratar de agradecéroslo actualizando.
El capítulo de hoy es algo raro porque lo he escrito ahora a toda prisa, estoy muy cansada y descentrada y no sé muy bien cómo habrá salido. Disculpas adelantadas si lo odiáis con toda vuestra alma :( Hoy os merecíais algo genial, pero no he sido capaz de escribir un gran capítulo. Prometo compensaros la semana que viene con cosas fantásticas xD
¡Nos vemos abajo! Fin de la N/A
Viernes
Era una de esas noches de hombres, como Blaise las llamaba. Únicamente Theo, Draco y él, sin las chicas. Daphne se había ido de viaje a solo Merlín sabía dónde, mientras que Pansy estaba desaparecida del mapa.
Estaban en casa de Zabini, en la gran mansión en la que el joven vivía junto a su madre. Ella, sin embargo, no se encontraba allí esa noche, como de costumbre. Ni Draco ni Theo se molestaron en preguntar. Blaise trataba el tema de su madre con una tranquilidad apabullante, pero sus amigos sabían que en el fondo le costaba lidiar con que la señora Zabini desapareciera noche tras noche en busca de un nuevo marido potencial al que engatusar. Era a lo que se dedicaba: se casaba con cualquier ricachón solitario y, unos meses después, el pobre desgraciado aparecía muerto sin ninguna evidencia de asesinato.
Las causas de las muertes eran siempre simples y poco interesantes. Caída de la escoba. Despartición en una aparición fallida. Reacción alérgica rápida e imparable. Asfixia por un pedazo de carne. Ahogamiento tras intentar bañarse totalmente ebrio. Ataque al corazón. Y por sospechosa que fuera la situación, jamás había sido hallada una sola prueba que demostrara que no habían sido simples accidentes y coincidencias.
Blaise había sido fruto del primer matrimonio de la señora Zabini, pero no recordaba a su padre. Después de él, seis hombres más habían presumido de ser dueños y señores de Zabini Manor y de llevar colgada del brazo a la flamante Bridgitte Zabini, una hermosísima mujer que nunca había renunciado a su apellido de soltera. Por supuesto, el éxito de estos caballeros era siempre terriblemente breve, así que Blaise había aprendido desde su más tierna infancia que lo mejor era no encariñarse demasiado con ellos.
Y cuantas más veces se casaba su madre, más y más crecía la fortuna de los Zabini.
Esa noche, rodeado de toda la opulencia del salón de su mansión, con una copa de plata en una mano y una sonrisa movida por los primeros síntomas de embriaguez profunda, Blaise parecía extrañamente fuera de sí.
—A lo que iba —dijo con voz torpe y pegajosa, acomodándose de cualquier manera en el carísimo sofá sobre el que estaba sentado—. Se lo pediré esta semana. O la siguiente, no sé. Pero ya tengo el anillo. Una mierda grande y brillante de esas que cuestan una pasta, el tipo de porquería que Pansy adorará. —Blaise se detuvo un segundo, parpadeando con fuerza, y se giró hacia Draco. Aunque el joven Malfoy también llevaba ya más copas de las debidas, no mostraba ni de lejos un aspecto tan decadente como Blaise, quien parecía repentinamente confuso y perdido—. ¿Te he dicho ya que voy a pedirle a Pans que se case conmigo?
—Unas mil veces en lo que va de noche —respondió Draco con una claridad bastante aceptable. Frente a ambos, Theo sonreía con infinita diversión, bebiendo moderadamente de una copa que hacía rato que no rellenaba. El hecho de haber tenido un padre alcohólico al que había odiado como jamás había odiado a nadie había dejado mella en Nott, quien en muy rara ocasión se pasaba con el whisky.
—Ahora solo te falta decírselo a ella, Blaise —comentó con humor, y el aludido amplió tanto su sonrisa que casi parecía que la mitad superior de su cabeza fuera a desprenderse de la inferior.
—Será una boda grandiosa. Y que sepáis que tendréis sitios de honor.
—Si puedo elegir, que sea lo más cerca posible de la mesa de bebidas. Necesitaré muchas copas para sobrevivir a algo así —pidió Draco, pero Blaise apenas le escuchaba. Se encontraba en ese punto de la borrachera en el que el alcohol te convierte en el hombre más sincero y profundo del mundo, y nada podría haber impedido que hiciera toda una declaración en directo para Draco y Theo.
—Os quiero, tíos, ¿vale? En serio. Sois los mejores cabrones que podría haber encontrado.
—Cielo santo —susurró Theo, intentando no reír a carcajadas. La cara de horror de Draco cuando Blaise le pasó una mano por el hombro fue verdaderamente épica.
—Suéltame ahora mismo, Zabini.
—Te quiero, Draco.
—Y yo a ti. Bien lejos.
—Dame un beso, tío. Eres un hijo de puta, pero te quiero.
—¡He dicho que me sueltes! Aparta ese careto de mí.
Blaise forcejeaba para estampar un beso en la mejilla de Draco, quien se resistía como mejor podía con la mala coordinación que daba el alcohol. Theo se revolcaba de la risa a solo un metro. Al final, compadeciéndose de Draco, decidió intervenir.
—Oye, Draco… ¿Qué sabes de tu padre?
Efectivamente, la pregunta fue suficiente para distraer a los dos chicos. Blaise soltó el agarre que ejercía sobre Draco y miró a Theo con una sobriedad sorprendente en su mirada oscura. Malfoy, por su parte, se tensó como una vara de acero.
—Nada. ¿Qué iba a saber?
—Bueno, no sé. Hace bastante que no vas a verlo, ¿no? ¿Cómo está? Le queda poco para salir, ¿verdad?
Draco arrugó el ceño y se enderezó, recolocándose la camisa.
—Sí. Unas semanas, creo. No lo sé. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hablamos.
Theo asintió, comprensivo, y Blaise rodeó de nuevo los hombros de Draco. Esta vez, sin embargo, lo hizo con expresión seria.
—¿Cómo lleva lo de tu madre? —preguntó en voz baja. Draco hizo una mueca de dolor al escucharlo.
—No lo sé —repitió. Blaise arrugó la nariz.
—¿No lo sabes? ¿Cómo que no lo sabes?
Draco apartó la mirada, incómodo, y Theo, que llevaba unos segundos haciendo cálculos, abrió los ojos como platos al entenderlo.
—No has ido a verlo desde que murió tu madre —dijo. No era una pregunta, así que Draco no respondió. Blaise lo soltó al instante como si quemara.
—¿Qué? —balbució—. Dime que es coña. ¿No fuiste a verlo cuando ella murió?
—No, no lo hice. ¿Y qué? ¿Qué hubiera cambiado eso? —ladró Draco, girándose hacia Blaise con los puños apretados. Zabini le devolvió la misma mirada airada.
—¡Joder, Draco! ¿Cómo crees que debe sentirse al haberse enterado de la muerte de su mujer por algún estúpido funcionario de Azkaban? ¡Es tu padre!
—¡Y ella era mi madre! —gritó Draco. Theo lo miraba en silencio, comprendiendo lo que ocurría en la cabeza de Malfoy antes incluso de que el propio Draco lo entendiera por sí mismo—. ¿Crees que sería mucho mejor si fuera y le dijera que yo pude haberlo evitado? ¿Crees que se sentiría orgulloso de su hijo si supiera que ni siquiera fui capaz de salvarla?
—No fue culpa tuya —murmuró Theo, pero Draco se giró hacia él con rabia. Cuando habló, sin embargo, su tono volvía a ser bajo.
—Sí, lo fue —respondió en un susurro—. Yo la maté, Theo. Yo maté a mi madre. Maté a la mujer de mi padre. Él me odiará para siempre. Yo me odiaré para siempre. Yo maté a mi madre.
Tal vez fuera el alcohol. Quizás fuera el cansancio, o el miedo, o la presión de todos esos meses. A lo mejor fue que Draco no era capaz de contener más tiempo todo ese dolor dentro de su pecho.
Fuera por lo que fuese, el joven Malfoy sintió que se rompía como no lo había hecho desde el día que encontró a su madre muerta en el salón de su casa, junto al mismo sillón en el que tantas veces se había sentado con él sobre su regazo para contarle un cuento a la luz de la hoguera.
—Yo la maté —seguía murmurando con la mirada fija en la pared mientras Theo y Blaise lo rodeaban, tratando torpemente de consolarlo. Era, sin embargo, una situación que los sobrepasaba: Draco parecía no estar allí, como si la repentina revelación de saberse el culpable indiscutible de la muerte de su madre se lo hubiera llevado lejos—. Yo la maté…
—No lo hiciste —insistió Theo, sujetándolo de la camisa como si quisiera retenerlo allí con ellos—. Draco, no lo hiciste. Tú no la mataste. No fue culpa tuya. ¿Me entiendes? No fue culpa tuya. No lo fue.
—Tu padre no te odia —se le unió Blaise. Todo rastro de embriaguez había desaparecido mágicamente de su voz—. Y querrá verte. Saber que estás bien. Saber que no te ha perdido a ti también.
Cuando Draco volvió a alzar la vista, sus ojos grises, normalmente llenos de arrogancia y frialdad, estaban cuajados de dudas brillantes como un cielo tachonado de estrellas de hielo.
Todo cuanto pudo pensar en ese momento era si sería eso —ese vacío hambriento en el pecho— lo que Granger sentía cuando pensaba en su madre y la culpabilidad la devoraba desde dentro.
Si lo era, él se había comportado como un auténtico gilipollas al ser tan brusco con ella aquel día, en la habitación de Jean Granger.
Porque dolía. Joder, vaya si dolía.
Y no sabía si esa sensación lo abandonaría algún día.
Domingo
—Estate quieto, papá, ¿quieres?
—Lo siento mucho, cariño. Son los nervios.
—No se preocupe, señor Granger. Todo va a salir bien.
—No le llames así, Ron. Como nos pillen, te mato.
Estaban ya delante del IMEM. El gigantesco edificio blanco aguardaba inmóvil, rígido y pesado, con sus grandes ventanales y su fría elegancia. Harry, Ron y Hermione miraban de reojo a un lado y otro, asegurándose de que hubiera el menor número posible de testigos. El plan, hasta el momento, había salido bien: Arthur se había mostrado increíblemente feliz de poder ayudar, y no solo les había permitido coger un par de sus cabellos rojos sino que también se había ofrecido a conseguirles un vial de poción multijugos, el cual había robado en el Ministerio.
Así que ahí, junto a ellos, estaba Hugo Granger, solo que con la apariencia de Arthur Weasley. La emoción, sin embargo, le hacía moverse constantemente con gestos erráticos y extraños que llamaban demasiado la atención, lo cual no hacía más que poner nerviosa a Hermione.
—No te preocupes —dijo Harry, cogiéndola de la mano—. No nos descubrirán.
Hermione cogió aire, asintió y subió las escaleras del IMEM, seguida de cerca por sus dos amigos y su padre, que había palidecido todo lo que Arthur habría podido palidecer.
Dentro, la secretaria le dedicó una sonrisa, la cual vaciló un poco al reparar en el resto de la pequeña comitiva. Hermione se dirigió hacia su escritorio con tanta firmeza y determinación como fue capaz de aparentar. Para su desgracia, todo aquello le recordaba demasiado al día que habían tenido que entrar en Gringotts y ella se había visto forzada a fingir ser Bellatrix Lestrange… solo que esta vez no habría dragones para salvarlos.
—Buenas tardes —saludó, tratando de que su voz sonara tranquila y segura.
—Buenas tardes, señorita Granger. Viene usted acompañada, por lo que veo —dijo ella, mirando a los tres hombres con una sonrisa cortés—. Me temo que tendré que solicitarles algún tipo de identificación. Incluso a usted, señor Potter. ¿Me permiten sus varitas?
Hermione sintió que el edificio entero se le caía encima. La varita. Su padre no tenía varita. ¿De dónde podrían haberla sacado? ¡Era muggle!
Mierda, mierda, mierda. Su mente funcionaba a toda velocidad, tratando desesperadamente de encontrar una solución rápida, algo con lo que salir del paso, pero la voz de Ron a sus espaldas se le adelantó.
—Por supuesto, señorita. Aquí tiene la mía y… la de mi padre.
Hermione giró la cabeza justo a tiempo para ver cómo Ron, sonriente cual niño en Navidad, le tendía a la mujer dos varitas. Ella enarcó una ceja, tomándolas junto a la de Harry.
—¿Guarda usted la varita de su padre, señor Weasley? —preguntó. A ninguno le sorprendió que reconociera a Ron igual que lo había hecho antes con Harry.
El chico, por su parte, se inclinó sobre el escritorio con aire confidencial antes de susurrar:
—Está un poco mayor, ya me comprende. Tiende a dejársela olvidada en todas partes.
La secretaria miró a Ron con algo de escepticismo antes de ladear la cabeza y fijar la vista en Hugo, que esbozó una amplísima sonrisa. Con un suspiro, pareció darse por vencida. Inmediatamente procedió a hacer el hechizo de reconocimiento sobre las varitas.
—Harry Potter. Correcto. ¿Motivo de la visita?
—Soy un buen amigo de Hermione. Quiero acompañarla hoy y ver a su madre. La conozco desde hace tiempo y me gustaría saber cómo se encuentra.
La secretaria asintió, conforme, y repitió el procedimiento con la siguiente varita.
—Ronald Weasley. Correcto. ¿Motivo de la visita?
Ron se encogió de hombros, decidiendo que ya había hecho bastante teatro ese día.
—Lo mismo que Harry.
Y después, fue el turno de Hugo, que se acercó al escritorio sin abandonar su gran sonrisa de felicidad, inspirada por la perspectiva de ver de nuevo a su mujer.
—Arthur Weasley —dijo la secretaria al ver la identidad del dueño de la varita gracias al hechizo de identificación. Alzó la vista y miró fijamente a Hugo—. Correcto.
—Claro, es evidente que soy yo. Arthur, quiero decir. Arthur Weasley.
Hermione cerró los ojos preguntándose cómo de evidente sería si le pegara un pisotón a su padre en ese momento. La secretaria, por su parte, volvió a enarcar una ceja.
—Sí, ya lo veo. Tiene usted un gran parecido con su hijo.
—Querrá decir hija —la corrigió Hugo, y tanto Harry como Hermione se congelaron en el sitio. Ron, sin embargo, salió al rescate tan rápido como pudo.
—Se refiere a mi hermana pequeña. Siempre dice que es la única que ha salido a él, y eso que somos todos igual de pelirrojos —dijo con una risilla. La secretaria lo miró como si pensara que estaba loco de atar.
—Ya —respondió—. Y bien, señor Weasley… ¿Motivo de la visita?
—Quiero ver a Jean. Ella es mi… bueno, una gran amiga de la familia —afirmó Hugo. Hermione suspiró, aliviada al ver que su padre no estaba tan emocionado como para delatarse del todo.
—Así que tres visitas de amistades y una de familiar directo —resumió la secretaria—. Muy bien, adelante. Tienen hasta las nueve.
—Muchas gracias —sonrió Hermione con algo de tirantez, sujetando a su padre por la túnica y arrastrándolo hacia las escaleras. Harry y Ron los siguieron de cerca.
—Gran actuación —susurró Harry—. Menos mal que has sido rápido… Yo me había quedado bloqueado.
—No es nada —respondió Ron con un gesto—. Ahora tenemos que prepararnos. Mucho me temo que nos queda lo peor.
Y efectivamente, así era. Tan pronto como Hermione abrió la puerta de la habitación 27, Hugo corrió dentro sin pensárselo un segundo. Su hija y los dos chicos entraron en silencio detrás de él, cerrando la puerta a sus espaldas. Hugo estaba ya junto a la señora Granger, quien se encontraba en su silla de siempre, sentada muy recta y muy callada frente a la ventana.
—Jean —dijo sin aliento, arrodillándose a su lado y estrechándola con fuerza entre sus brazos—. Jean, mi vida, soy yo, soy Hugo. Soy Hugo, cielo, soy yo. Estoy aquí. Estoy contigo. —Se inclinó y posó sus labios sobre los de la mujer, pero ella no se movió. Ni siquiera apartó los ojos de la ventana. Aterrado, Hugo volvió la cabeza hacia Hermione, todavía aferrado a su esposa—. No me reconoce. No me dice nada. Quizás es porque no sabe que soy yo. Hermione, devuélveme mi cuerpo. Si me ve, igual… A lo mejor…
—Papá —susurró Hermione, sintiendo que se le rompía la voz. Junto a la puerta, Harry y Ron aguardaban en silencio, impotentes ante la triste escena que estaba teniendo lugar en aquella habitación—. Papá, lo siento. No puede ver a nadie. No puede escuchar a nadie. De verdad que lo siento.
Los ojos castaños de Arthur Weasley miraron a Hermione con todo el dolor y la confusión que estaban matando a Hugo Granger.
—Pero… —dijo en voz baja, contemplando a Hermione como si no fuera capaz de entender una sola palabra—. Yo no… Ella no puede… Tiene que curarse, yo…
—Lo siento —repitió Hermione, mordiéndose el labio inferior para no romper a llorar cuando vio a su padre girarse de nuevo hacia su madre, muy lentamente, y mirarla sin verla. Ya le habían dicho cuál era el estado de Jean, pero desde luego, era radicalmente distinto escucharlo a presenciarlo.
—Jean —murmuró, inclinándose hacia ella hasta que su frente se apoyó en la de la mujer—. Jean. Jean. Soy yo. Soy Hugo. Soy yo. Estoy aquí, mi vida —insistió, cerrando despacio los ojos. Algo tenía que llegar hasta ella. Algo tenía que poder escuchar. Ella tenía que saberlo—. Jean. Estamos contigo. Estamos esperándote. Vuelve, por favor. Vuelve. Te echo de menos. Quiero estar contigo, Jean. Por favor. —Hugo sabía que estaba llorando, y que sus lágrimas humedecían las mejillas de su mujer, pero ella ni siquiera parecía sentirlo. Seguía ahí, inmóvil, con las manos sobre el regazo y los brillantes ojos verdes perdidos en algún punto de la habitación que no existía—. Jean. Te amo.
Con un gemido, Hermione se puso en pie y corrió hacia la salida.
—Ahora vuelvo —dijo a sus amigos en voz baja antes de abrir y salir fuera, cerrando de nuevo. Se apoyó en la puerta y, finalmente, permitió que las lágrimas brotaran de sus ojos mientras sollozaba con fuerza. No había podido soportarlo ni un solo segundo más, y no podía dejar que su padre la viera llorar. No cuando él estaba derrumbado. No cuando sabía que tendría que ser su salvavidas para que ambos pudieran seguir a flote.
Escuchó pasos y alzó la cabeza, pero las lágrimas lo emborronaban todo. Divisó frente a ella, apoyada en la pared de enfrente, una figura oscura coronada por una marea de cabellos rubios, casi blancos.
—Malfoy —gimió, secándose los ojos con la manga de la camisa. Efectivamente, ahí estaba él, con los brazos cruzados sobre el pecho y expresión pensativa, mirándola fijamente—. ¿Qué haces aquí tan pronto?
—Quería comprobar si finalmente me habías hecho caso —respondió él. Había algo de arrogancia en su voz, pero nada de desprecio—. Intuyo que así ha sido.
Hermione se mordió el labio inferior y se abrazó a sí misma, sacudiendo la cabeza.
—No sé si ha sido buena idea. Está sufriendo.
—Pero menos de lo que lo hacía en casa.
—Ahora sabe cómo de mal está mi madre.
—Exacto. Ahora lo sabe. Antes solo podía guiarse por lo que le contabas. Claro que está sufriendo, pero es un sufrimiento necesario.
—No puedo traerlo siempre —dijo Hermione en un murmullo bajo. Malfoy se encogió de hombros.
—No. Pero puedes traerlo de vez en cuando. Le vendrá bien. Os vendrá bien, a los tres.
Se hizo el silencio en el pasillo, y desde la puerta tras Hermione escapó la voz amortiguada de Harry.
—Tranquilo, señor Granger. No se preocupe. No pasa nada…
Malfoy arrugó la nariz, mirando hacia la puerta con desagrado.
—¿Ese era San Potter?
—Sí —reconoció Hermione, sintiéndose terriblemente culpable sin saber por qué—. Harry y Ron han venido conmigo… Me ayudaron a hacer pasar a mi padre.
—Enternecedor —replicó él, arrastrando las vocales como venía siendo costumbre en él. Se separó de la pared y dio un paso hacia Hermione, quien se tensó al sentirlo tan cerca. El pasillo no era, ni de lejos, lo bastante ancho como para que quedara distancia entre ambos.
Malfoy la miró fijamente, y Hermione maldijo para sus adentros. Draco nunca le había parecido un chico atractivo, tan repeinado, tan pálido, tan delgado. Y sin embargo, así, visto de cerca, tenía que reconocer que no estaba mal en absoluto. Había algo en su pelo —revuelto, posiblemente de pasarse las manos por él—. Algo en la seriedad de su expresión. Algo en sus ojos, demasiado grises, demasiado absorbentes, como si arrastraran consigo una tormenta a punto de romperse y descargar un frío aguacero. Hermione no sabía si eso era belleza o peligro, pero sí sabía que costaba respirar tan cerca de Malfoy.
Draco, por su parte, estaba siendo víctima de una extraña revelación. Veía a Hermione ahí, pegada a la puerta, con las pestañas formando puntas de estrella por la humedad de las lágrimas, la nariz roja y las mejillas arreboladas, y se preguntaba si él tendría también ese aspecto desvalido y roto cuando iba al cementerio a dejarle flores a su madre. Se preguntaba si él sería también lo suficientemente fuerte como para ir a ver a su padre y conservar la entereza por él.
Se preguntaba si ser Hermione Granger dolería tanto como dolía ser Draco Malfoy.
Ella olía a algo que no lograba identificar. No eran flores, ni caramelo, ni vainilla. No era, de hecho, ninguna fragancia o perfume en general. Y sin embargo, era agradable. Natural. Puro.
La terrible duda de si el sabor de Granger sería igual que su olor amenazaba con pasearse por las lindes de su consciencia justo cuando alguien apareció a su derecha, al fondo del pasillo.
—Draco. ¿De nuevo persiguiendo a Hermione?
Los dos jóvenes se sobresaltaron y se volvieron hacia Tylor, que los miraba con censura. Hermione enrojeció, sintiéndose como si hubiera sido pillada en mitad de una travesura. Draco, por su parte, se limitó a alzar las cejas.
—Me perdí. Es un edificio grande y complicado —dijo con sarcasmo. Se metió las manos en los bolsillos y echó a andar hacia Tylor, que negaba con la cabeza suspirando. Sin embargo, apenas se había alejado un par de metros de Hermione cuando ladeó la cabeza para mirarla de reojo.
—Granger.
—¿Sí?
Malfoy esbozó una sonrisa mordaz antes de responder.
—Buena suerte.
Lunes
Blaise aguardaba con los nervios destrozándole el estómago. No recordaba cuándo había sido la última ocasión en la que estuvo nervioso, pero la sensación no le gustaba en absoluto. Por vigesimotercera vez en la última media hora, miró el reloj y blasfemó por lo bajo. Esas jodidas agujas estaban yendo hacia atrás, seguro. Eso, o Pansy se reía de él.
¿Dónde cojones se había metido?
El anillo de pedida estaba en el bolsillo trasero de sus pantalones vaqueros, y parecía mentira, pero pesaba tantísimo que Blaise estaba seguro de que en cualquier momento se hundiría en el suelo.
—Vamos, Pansy, date prisa —le dijo a la nada. El sino debió de compadecerse de él, porque justo en ese momento escuchó la puerta de la entrada abrirse. Con una sonrisa, Blaise se dirigió al recibidor.
Pansy estaba entrando con un montón de bolsas, las cuales dejó caer con una exclamación de sorpresa al ver a Blaise. Lo miró de hito en hito con los ojos muy abiertos justo antes de darle un puñetazo.
—¡Maldito imbécil! Me has asustado. ¿Cómo se te ocurre aparecer así sin avisar?
—Au —gruñó Blaise, frotándose el brazo. Sin embargo, la sonrisa volvió rápidamente a él—. Era una sorpresa. Si te hubiera avisado, no sería una sorpresa. Y yo también me alegro de verte.
—Estupendo —replicó ella, poniendo los ojos en blanco y rodeando a Blaise para ir hacia su habitación con las bolsas de nuevo en las manos.
—Eh, Pans, espera. ¿No quieres saber a qué he venido?
—A lo de siempre, imagino.
La respuesta de la bruja estuvo llena de rencor. Blaise se paró de golpe en la puerta de la habitación y la miró sin entender.
—¿Qué?
Pansy dejó las bolsas sobre la cama y se giró hacia él con los brazos cruzados.
—¿Qué de qué, Blaise? No te hagas el sorprendido. Siempre que vienes a mi casa sin avisar es para lo mismo.
—¿El qué, si se puede saber? —masculló él. Pansy bufó.
—¿Sexo, tal vez?
Si Blaise no hubiera estado clavado al suelo por el increíble peso que conllevaba tener un anillo de pedida en el bolsillo del pantalón, las palabras de Pansy lo hubieran empujado varios metros hacia atrás.
—¿Qué? —dijo con voz estrangulada. Se sentía como si estuvieran reviviendo la misma discusión de la otra vez, solo que en la habitación de Pansy—. Si es una broma, Pans, no tiene ni puta gracia.
—Eso mismo digo yo. Esto no tiene ninguna gracia.
—¿A qué viene esto ahora? —preguntó Blaise, dando un paso hacia ella con los puños apretados. Pansy sacudió la cabeza.
—¡A que siempre es igual! Ni siquiera puedo tener una discusión seria contigo, porque todo lo solucionas con sexo.
—¿Lo dices por la semana pasada? No sé, pero en aquel momento no te vi demasiado reticente —siseó Blaise, enfadándose de verdad. No tenía claro de qué lo estaba acusando Pansy, pero sí sabía que no le hacía ni pizca de gracia.
—¡No lo estaba! Ese es el problema. Que en esto se basa toda esta jodida relación. En que tú propones y yo te sigo, porque soy una idiota que ni siquiera puede ni quiere parar cuando el plan original no era ese.
—¿Y la culpa es mía porque…?
—¡Por todo! —gritó ella—. No sé qué me has hecho, pero sí sé que hasta aquí ha llegado.
—No lo entiendo.
—¿No? Pues a ver si entiendes esto: quiero dejarlo.
Blaise se sujetó a la cómoda para no caerse al suelo, sintiendo que se mareaba.
—¿Dejarlo?
—Sí. Dejarlo. Estoy harta de esto que ni siquiera sé qué es. Y cada vez que intento que lo aclaremos, como el otro día, en lugar de hablar te sales por la tangente y acabamos acostándonos. ¡Y yo no puedo seguir así!
—El bebé… —empezó Blaise, pero Pansy negó con la cabeza.
—Aún no he decidido qué voy a hacer con él. Por supuesto, tú eres el padre, y tienes tanto derecho a voto como yo. Pero no quiero seguir con esto. No es justo para mí.
—¿Por qué? —Blaise ni siquiera era capaz de pensar. Quería preguntarle demasiadas cosas, tantas que no sabía cómo ordenarlas en palabras. Por qué le decía eso ahora. Qué había cambiado de pronto. Por qué así, tan repentino, tan inesperado, tan brusco. Cómo podía arreglarlo. Cuánto tiempo hacía que quería dejarlo. Dónde iba a guardar el pedazo de alma que le estaba arrancando al abandonarlo así, de golpe y sin anestesia.
—Porque uno de los dos acabará dando más que el otro. Uno de los dos se encaprichará más de lo debido. Esto es solo sexo, ¿no? Así que cuando uno cruce la línea, sufrirá. Yo no quiero ser esa persona.
Pansy parecía tranquila e imperturbable, pero sus ojos estaban húmedos y su voz se hinchaba más de dolor a cada palabra que decía. No era, ni de lejos, comparable a lo que Blaise estaba sintiendo. Era casi como si su sangre se estuviera espesando, negándose a dejar que su corazón siguiera latiendo.
Solo sexo. ¿Eso era lo que ella pensaba? Solo sexo. ¿Tan frío había sido con ella como para hacerle pensar que todo cuanto quería de ella era su cuerpo? Solo sexo. Solo sexo. Solo sexo.
¿Pero qué hemos hecho?
—Pansy —dijo, casi sin aliento. Era como si algo le estuviera comprimiendo el pecho. El aire no le llegaba. Las palabras no salían—. Pansy, yo…
—No lo hagas más difícil, Blaise, por favor —le pidió ella, apartando fugazmente la mirada. Tenía la sensación de que estaba cavando su propia tumba, pero sabía que no tenía más remedio. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Blaise y ella buscaban cosas distintas. Y él no debía saber nunca, jamás, hasta qué punto ella se había implicado. No debía saber… que hacía tiempo que era tarde para ella.
—¿No me quieres? —preguntó de pronto Blaise, quien había encontrado su voz solo para hacer la peor de las preguntas. Pansy levantó la cabeza y lo miró fijamente, sufriendo un poderoso golpe en pleno estómago al verlo ahí, desencajado, solo. Nunca creyó que su habitación fuera grande hasta que se dio cuenta de cuán lejos estaba Blaise en ese momento.
—No —respondió. Y rezó a Merlín y a quien pudiera escucharla para que la mentira durara lo suficiente como para que Blaise diera media vuelta y se fuera.
Él, por su parte, dejó de golpe de sentir dolor. No había frío ni miedo ni soledad. No había nada. Era como si le hubieran arrancado la capacidad de experimentar cualquier tipo de emoción. Se enderezó, todo lo recto que pudo. Todo lo orgulloso, todo lo alto, todo lo grande, todo lo fuerte que su madre le había enseñado a ser.
—Bien —dijo, sin reconocerse en su propia voz—. Me alegro de que lo hayamos aclarado. Adiós entonces, Pansy.
Ella no le respondió. Se había dado la vuelta y cerraba los dedos con fuerza sobre una de las bolsas de ropa. Como si él ya no existiera. Como si le hubieran bastado esos dos segundos para olvidarle.
Blaise la miró una última vez, memorizando hasta el último detalle de esa mujer a la que había amado con toda su alma pero con la que nunca había sido sincero.
Después dio media vuelta y se fue, dejándola sola. Abandonando tras de sí la primera y última oportunidad de ser feliz que sabía que tendría jamás. Porque en el fondo, su madre tenía razón. Amar es arrancarte el corazón y entregárselo a alguien que sin duda lo pisoteará, lo destrozará y solo lo liberará cuando lo haya hecho jirones.
Porque uno de los dos acabará dando más que el otro. Uno de los dos se encaprichará más de lo debido. Cuando uno cruce la línea, sufrirá. Yo no quiero ser esa persona.
Lo que ellos no sabían, sin embargo, era que ambos eran ya esa persona.
Ambos habían cruzado la línea.
Ambos se habían enamorado.
Y ahora, ambos estaban condenados a sufrir en silencio.
N/A. ¡Hola! ¿Qué, qué os ha parecido? ¿Es tan terrible y está tan mal explicado como a mí me lo parece? Si es así, en serio, no dudéis en decírmelo. Me gustan los tomates xD Las denuncias por traumas, a mi inspiración, por favor. Toda la culpa la tiene ella por cogerse vacaciones precisamente hoy.
En cualquier caso, ¡nos acercamos a las 8000 lecturas! 85 follos, 64 favs... ¡Y 132 reviews! Sé que muchas de vosotras conocéis mi otro Dramione "famosillo", Destiny... Pues bien, en ese tenía ¡150 comentarios! Eso quiere decir que estamos cerca ya de superarlo, lo cual me hace MUY feliz. De verdad que sí. Pasar a Destiny me hace ver que algo (aunque solo sea un poquito) he debido de mejorar en estos años, y eso os lo debo a todos vosotros por vuestro apoyo y vuestros consejos (particularmente, a las chicas del foro).
¡Un abrazo GIGANTESCO a las increíbles personas que comentasteis en el capítulo trece!
LadyChocolateLover, Canryu (¡POR LAS BARBAS DE MERLÍN, HOLA! ¡CUÁNTO TIEMPO!), 95 (¡hola! Adoro cuando los lectores en las tinieblas os manifestáis :3 ¡Gracias!), The Lady Annabelle, Peaceminusone (¡gracias, y bienvenida!), micaadela (¡bienvenida a mi fic, gracias por darle una oportunidad!), Pauli Jean Malfoy, yue yuna, CumulusMale (¡gracias! ¿Estoy ante un lector chico?), Parejachyca, Tayler-FZ, valmontes, Seremoon y PeaceLilith (¡bienvenida de vuelta, cielo!). Sois un montón, cada vez más, y si sigo actualizando todos los sábados aunque a veces se me haga complicado es precisamente por vosotros. Gracias :3
En el capítulo anterior os pregunté por la razón del nombre de la cafetería-librería, Trece letras, y todos os disteis cuenta de que Draco + Hermione da un total de 13 letras (incluido Álvaro). La razón es esa... y también que Malfoy + Granger sigue dando 13 letras. Cosas raras que se me ocurren xD
También os hablé de hacer un fic con escenas perdidas, puntos de vista distintos o recuerdos. Fuisteis poquitos los que propusisteis ideas, pero hasta ahora tengo esto:
—POV Daphne: cuando se enteró del secreto de Theo. LadyChocolateLover
—POV Hugo: pensando en su mujer. LadyChocolateLover
—Malfoy, Aleksei y cómo hicieron el acuerdo para la compra del Oro de Dragón. Seremoon
—Escena perdida: Blaise descubre a Theo hablando con alguien por Red Flu. Seremoon
—Pasado: Daphne, algo sobre ella. Tayler—FZ
Me lo apunto todo y os aseguro que estas escenas ya tienen un huequecito en el fic de contenidos extra que haré más adelante. Pero insisto: podéis seguir proponiéndome más cosas siempre que queráis. Para que me resulte más sencillo buscar ideas en los comentarios, solo tenéis que poner EXTRA: seguido de las escenas que os gustaría ver en ese fic. En cualquier momento, en cualquier capítulo, podéis hacerme propuestas. Yo seguiré recopilándolas y recordándooslo hasta que empiece a publicarlo :3
Nada más que decir. Muchas gracias a todo el mundo. ¡Nos vemos el sábado!
Meri
PD/ Deja un review si quieres que Draco/Hermione esté contigo en un pasillo que ni de coña es lo suficientemente ancho para los dos.
