22 días para mi cumpleaños

Día 14: SoulMateLock

Las lágrimas caían de sus ojos y sentía que su corazón se desgarraba. Se suponía que ese día sería un día que siempre recordaría como uno de los más felices de su vida, pero en vez de eso tenía una sensación de pérdida y soledad como nunca antes. Su madre lo consolaba, o más bien llevaba horas tratando de consolarlo, pero era demasiado difícil, dejaba de llorar y volvía a empezar unos minutos después.

Tenía ocho años y sabía que aquello no podía estar bien, era extraño y diferente a lo que normalmente debía de suceder y por lo mismo, le traería dolor y frustración. Aunque no lo comprendía a cabalidad, sentía que el nombre en su muñeca, que parecía un tatuaje pero que no lo era, sería la causa de su eterna desesperación. Porque en lugar de que apareciera en su muñeca, el nombre de su alma gemela, como en el caso de su padre que decía "Ella", en la piel debajo de su mano derecha estaba escrito "William".


-Se equivocaron –le anunció a su hermana Harriet, ella no se dignó a levantar la mirada y siguió concentrada en su tarea, llevaba cinco páginas a mano de un ensayo muy aburrido sobre una película muy aburrida.- Se equivocaron Harry.

-¿Quién se equivocó? –preguntó al fin al notar que su hermano no se iba y la miraba totalmente desolado.

-El destino, está equivocado –respondió y Harriet por fin lo miró. Tenía los párpados hinchados y los ojos rojos.

-Déjalo ya John, le estás dando demasiada importancia –su hermana trató de volver a su tarea pero su hermano se quedó en el mismo lugar con la misma expresión.- John ya pasó un mes, tienes que detener el drama.

-Nuestras marcas están al revés –dijo después de varios minutos de silencio donde sólo se escuchaba el sonido de la pluma de Harriet.

-¿De qué estás hablando? –preguntó un poco más curiosa de lo que quería evidenciar.

-Tu marca dice Clara y la mía William, es simple, están al revés –dijo y Harriet dejó caer la pluma. Cerró los ojos, debía recordar que su hermano tenía ocho años y veía las cosas de manera diferente. Ella, por el contrario, tenía trece años y su punto de vista había cambiado recientemente.

-John, no pienses en esto durante algún tiempo, algún día entenderás porqué dice William –respondió ella y John volvió a derramar lágrimas. Harriet lo entendía, recordaba el año en que su marca apareció, la mayoría de sus compañeras de escuela presumían su recién descubierto nombre de lo que sería su alma gemela. Se leían varios Robert, algunos Mark, otros Richard y demás nombres similares. Pero en la muñeca de Harriet decía Clara y ella quería morirse porque todos se burlaban, la llamaban por nombres desagradables y la excluían de cualquier actividad. Para su buena suerte no conocía a ninguna Clara en esos tiempos y agradecía que así fuera.

-Yo no quiero casarme con un hombre –dijo terminantemente John y Harriet lo comprendía de igual manera, ella no había querido casarse con una mujer… al principio, ahora la cosas eran diferentes. Sin embargo sentía que su hermano aun era muy joven para entender y que necesitaba tiempo, simplemente era eso.

-John, el amor se expresa en formas diferentes, no sólo como te han enseñado mamá y papá.

Se sostuvieron la mirada un buen tiempo hasta que John decidió que estaba cansado y que se iba a dormir temprano. Harriet terminó el ensayo cerca de las 9 de la noche, casi al mismo momento en que sonaba el teléfono.

-Hola –escuchó la linda voz femenina al otro lado de la línea, sonrió sin poderlo evitar.

-Hola Clara, ¿acabaste el ensayo?


Durante años había ocultado el nombre en su muñeca, negándolo al extremo, diciendo que pertenecía a esa minoría que jamás encontraban a un alma gemela. Había conocido a unos cuantos hombres llamados William pero nada había pasado, no existió esa sensación de pertenencia, de lo que la gente llamaba "amor a primera vista", pero que era mucho más, encontrar a un alma gemela era como encontrar a una parte de ti que llevara largo tiempo perdida.

Y más ahora que había conocido a la única persona en el mundo que hacía que su corazón latiera más rápido y que provocaba una serie de reacciones que no podía explicar. Era obvio que había sido "a primera vista", lo cual lo conflictuaba, cuando entró al laboratorio de St. Barts en compañía de su amigo Mike para encontrar a ese sociópata altamente funcional, deseo que su nombre fuera William. Porque se suponía que así debía ser ¿no? Había sentido todo lo que su hermana había descrito tantos años atrás, la sensación de bienestar recorriéndolo, la necesidad de lanzarse a su brazos, la imposibilidad de separar sus ojos de él.

Cuando escuchó que su nombre era Sherlock Holmes sintió que su mundo estaba de cabeza. Aun así no concebía su vida sin él, aunque lo acaba de conocer no quería jamás separarse de su lado. Contra toda predicción acabó viviendo con él, compartiendo su vida, su trabajo, sus días. Como siempre, salía con chicas que habían pasado por episodios traumáticos, como el ver los nombres en sus muñecas desaparecer, lo cual evidenciaba que sus almas gemelas habían muerto.

Y no podía negar que se divertía, pero era sólo eso, para pasar el rato, y siempre terminaba por comprender que las relaciones vacías no solían traer mucha felicidad. Y al final volvía con Sherlock, sólo en su compañía se sentía completo. Además, no corría ningún riesgo, de que un día se abandonaran, ya que John no buscaba más a ese William y Sherlock no tenía ningún nombre escrito en su muñeca.

-Ya no lo estás buscando –le dijo en una de aquellas tardes sin nada que hacer dónde las horas pasaban tranquilas a base de tazas de té y galletas.

-¿A quién no busco? –preguntó John distraído, tenía puesta su concentración en las noticias del periódico, aunque no había nada bueno en realidad.

-A tu alma gemela –aclaró Sherlock después de un buen rato de silencio. John despegó la mirada del las letras y se encontró con los ojos intensos y curiosos de su compañero de departamento.

-No, no lo hago –dijo simplemente. Era cierto y claro no tenía la menor importancia si no lo buscaba. De hecho, en teoría, al ser almas gemelas no tenían que buscarse para encontrarse, aunque la variabilidad era demasiado grande, cabía la posibilidad de que se encontraran separados por miles de kilómetros.


No siempre fue miel sobre hojuelas, la verdad es que cuando conocieron a Irene por un momento pensó que encontraría el nombre de la Mujer en la muñeca de Sherlock y eso lo hacía sentir de tal manera que fue un milagro que pudiera controlarse. Aquel tiempo lo hicieron recordar lo que fueron los primeros años con el nombre de William en su muñeca, con esas letras negras que parecían resaltar a pesar de que las cubría con mangas largas. Había sufrido por culpa de esas letras, lo había llamada de tan diversas maneras, lo habían golpeado, lo había denigrado.

Hasta que comenzó a cubrirlo y a fingir que jamás había habido un nombre y que una de esas personas que van por la vida sin alguien a su lado.

Y sin embargo tenía una persona a su lado, que a veces lo insultaba o lo hería, como cuando dijo que no tenía amigos y por supuesto que John entendió que él no lo era. Había dolido de una manera extraña, como si le hubiera roto el corazón y la marca en su muñeca comenzó a picar y tuvo que abrir puño de su camisa para mirarla. Estaba roja y se veía inflamada y comenzó a rascarla hasta que dolió. Sabía que esas cosas pasaban, pero era extraño que viniera y le pasara justo ahora. Sherlock había negado su relación con él, no era su amigo, era sólo alguien que lo ayudaba o lo acompañaba y nada más.

Pero si sólo era eso, su ilusión de significar algo más para Sherlock ¿entonces por qué su marca dolía de esa manera, cómo si su alma gemela hubiera roto su vínculo? Eso no existía, no tenía una alma gemela, primera porque no la quería si tenía que ser alguien llamado Wiliam y segundo porque prefería que fuera Sherlock y eso no era posible. Uno no va y escoge a esa persona especial, todo dependían de la decisión aleatoria del destino. Pero cuando el destino fallaba era difícil, muy difícil.


Perderlo fue terrible.

Perderlo fue casi desear morir.

Perderlo fue darse cuenta de que de verdad no era su alma gemela porque si lo hubiera sido en el instante en que él hubiera dejado de existir, el corazón de John se habría detenido.

Aunque de hecho fue así.

Su corazón dejo de latir, vivía por inercia, porque debía seguir adelante porque llevaba en la muñeca el nombre de otra persona y si acaba con su vida, esa persona tendría un destino horrible. Morir en un accidente era una cosa, había tantas personas sin un nombre en la muñeca porque nunca llegaron a conocer a su alma gemela puesto que algo imposible de controlar se había atravesado en el camino. Morir por la propia mano significaba que la persona no quería encontrar a su alma gemela, que no le interesaba. Por lo tanto, era una ruptura tan dolorosa que muchas veces ocasionaba la muerte instantánea de la otra persona.

John no podía ser culpable de eso.

La vida no era la misma. Mary lo ayudó, le debía tanto. Pero no era lo mismo, era casi como un salvavidas al cual aferrarse para no rendirse. A veces la marca en su muñeca dolía, horriblemente. Los expertos decían que cuando esto sucedía era porque tu alma gemela estaba en peligro de muerte o con un dolor más allá de lo tolerable. Se volvía a preguntar por las veces que había sucedido esto antes de conocer a Sherlock, cuando el dolor físico que él sentía a raíz de un vínculo que aunque no estaba completo, no podía negar que existía. Después, el tiempo al lado de él, había sido el único en que no sintió nada a través de ese vínculo, con excepción de la vez en que creyó que no significaba nada para él.

Le dio mil vueltas a ese hecho.

Pero la verdad es que Sherlock estaba muerto, después de dos años creía ya haberlo aceptado y estaba listo para empezar una nueva vida con Mary, alguien como él, con una marca que se había borrado casi en su totalidad, lo cual evidenciaba que su alma gemela tenía alguna clase de enfermedad terminal y que estaba a punto de morir. No iba a sufrir puesto que nunca se conocieron por lo tanto, no había impedimento para que ellos se casaran.

Hasta que su milagro se cumplió, lo único que quería en la vida.


Nadie podría culparlo por tener miedo.

Por ir a la segura.

Por elegir una relación "normal" con Mary en vez de saltar a los brazos de Sherlock.

Sólo él se culpaba. Por no poder elegir lo que quería su corazón aunque su estúpida muñeca dijera William y durante años su educación y la sociedad lo empujaran a buscar a una mujer con la que llenar el vacío. Esa mujer era Mary.

Aunque como había sido siempre en su vida, las cosas no era como debían ser.

Debió haberlo escogido, haber sido sincero, no tener miedo. Pero al final habría pasado lo mismo, lo habría perdido por un mal cálculo y aunque dijera lo contrario, que sólo tardaría 6 meses en aquella misión, sentía que estaría en peligro de muerte tan inminente que sería difícil evitarlo. Por lo mismo, su marca picaba, de una manera horrenda, como nunca, como si tratara de avisarle algo y John sentía ganas de arrancársela porque era lo más desesperante que hubiera sentido en su vida.

Y entonces lo dijo.

Lo que siempre supo, pero pensaba que no era necesario averiguar. Porque de verdad lo sabía, el tiempo horrible que pasó antes de conocerlo y después de creer perderlo; la manera en que se sintió al estar a su lado después de años de soledad y cómo había querido matarlo al saber que todo había sido un engaño, su muerte y los años sufriendo por su causa.

Y cuando lo dijo fue una revelación tremenda.

Era cierto, todo esta tiempo las señales habían sido correctas.

-William Sherlock Scott Holmes –dijo y John sintió que no podía respirar. Todo ese tiempo y sin embargo, no saberlo lo había protegido puesto que de otra manera al saltar de St. Barts lo habría condenado, porque no habría creído a sus ojos, que su marca estaba bien y no borrada y que su corazón no se había detenido. Habría escogido creer en los hechos "reales", en el funeral y la tumba y seguramente lo habría acompañado a la brevedad.

-¿Perdón? –dijo, fingiendo no haberlo escuchado o no saber la razón de que finalmente ahora, después de tanto, le dijera su nombre completo. Era cierto entonces, esa misión de seis meses a donde se dirigía, no tenía retorno.


Estaba en las escaleras del avión y John parado junto a Mary, esperando que los segundos que faltaban para que cerraran la puerta y se prepara para tomar pista y entonces partir de verdad.

De verdad.

Debía haber una razón que explicara la aparente necesidad de Sherlock para que él permaneciera con Mary cuando su primer impulso había sido sacarla de su vida. Le había disparado a su alma gemela, por lo menos de su parte, pues estaba seguro de que la muñeca de Sherlock estaba tan vacía como siempre. El sentimiento estaba probando ser difícil de tolerar, parado ahí al lado de una mujer que sin pensarlo dos veces casi logra desaparecer del mundo al ser más maravilloso que hubiera conocido. Tal vez su mente jamás había trabajado tan rápido. En parte recordando el momento en que ella le disparó a Sherlock, la manera en que sintió que todo su ser se desgarraba y que sólo se mantuvo en pie por su entrenamiento militar.

Había una razón por la cual Sherlock no quería ningún vínculo con él, porqué a pesar de saber que era William el nombre de su muñeca jamás había hecho nada al respecto. Lo sabía, porque había visto su muñeca una y otra vez con la letras destacando como si fuera un letrero luminoso y entonces, John creyó que esas veces que pensó imaginar los ojos de Sherlock abrirse y sus pupilas dilatarse, no habían sido producto de su imaginación.

Sherlock no quería un vínculo con él. Lo estaba protegiendo, como lo había hecho al saltar de la azotea o a dispararle a Magnussen.

Pero no quería que lo protegiera, quería estar a su lado y ayudarlo y protegerlo también. Y si se quedaba con Mary fallaría y cuando él muriera de verdad cabía la posibilidad de que John no lo soportara, porque no tenía idea de la clase de sentimientos que se originarían al ver la marca de su muñeca desaparecer.

¿Entonces por qué se lo había dicho? Ahora sabía que Sherlock era William, ¿por qué justo ahora?

¿Y si había una razón simple, sencilla y totalmente egoísta para hacerlo?

¿Y si quería que John finalmente lo eligiera a él?

Volteó a ver a Mary, quien le dedicó una sonrisa. Habían pasado tantas cosas, un año de conocerse, una boda, un embarazo que no llegó a ningún lado como era algo de esperarse en una mujer de su edad y finalmente esto. No podía engañarse más, la respuesta estaba ahí, al alcance de su mano si se decidía a tomarla.

-¡Esperen! –gritó justo antes de que la puerta se cerrara lo cual le ganó una mirada extraña de Mycroft. Subió las escaleras a toda prisa y entró en el pequeño jet. Obviamente lo abrupto del momento provocó que Sherlock no estuviera preparado para lo que sucedía, lo cual era de por si algo demasiado fuera de lugar. John tomó con rapidez su mano derecha, estaba seguro de que estaría ahí, él había estado mintiendo todo este tiempo o simplemente había aparecido de repente, en algún momento y jamás lo había confesado. No opuso resistencia cuando John abrió el puño de su camisa y dio la vuelta a su mano, sus dedos recorrieron las seis letras de su nombre. Claro, el destino no se los había puesto fácil. En su muñeca decía William, un nombre común en vez de Sherlock, un nombre único. Y en la muñeca de Sherlock decía Hamish, un nombre que jamás usaba pues no le gustaba.

Se rió de buena gana porque aquello era ridículo y al mismo tiempo, hermoso.

-John, no es una buena idea –dijo y el resumen de todo, él no creía que era una buena idea pero de todos modos lo había dicho, su nombre completo. Ahora comprendía la insistencia que tuvo para averiguar su segundo nombre, debió de ser el tiempo en que apareció su marca y a pesar de que no era una buena idea, quería saber si era John su alma gemela.

-No me importa si lo es o no –la voz de John sonaba extraña, era una combinación entre una risa contenida y el llanto a punto de explotar. Fue entonces que lo besó y el vínculo que ninguno de los dos había buscado ni fomentado terminó de formarse, uno que ya no serían capaz de disolver y que era más fuerte que cualquier matrimonio realizado entre dos personas que no fueran almas gemelas.

El avión jamás despegó y si bien el mensaje de Moriarty fue bastante inesperado, lo que más importaba para ambos en aquellos momentos era que por primera vez en sus vidas se sentían completos.

-William Hamish –dijo finalmente John, dejando de besar esos labios que lo habían hechizado por meses y meses. Sherlock lo miró de manera interrogante. John se rió.- Es un buen nombre para un bebé, para cuando lo necesitemos.


Gracias por seguir leyendo, aunque ya ni sea febrero jajajaja.

No importa, vamos en la historia 14 y está vez fue por un prompt sugerido por Dana Leañoz en el grupo de Facebook Sherlock Holmes BBC Slash UNCENSORED, el cual me apropié, espero que lo pueda leer y espero que sea de su agrado jejeje.

Gracias de nuevo por todos los comentarios, follows y a los que lo han marcado como favorito, de verdad, no tengo manera de agradecerles.

Like Fuck Yeah Sherlock en Facebook.