¡Hooooolas chicos! Vale, sí, tardé, pero Annabeth no dejaba de decirme "actualiza". Agradézcanle a ella :3 so, no me tardaré con esto y ya les presento el cap

Un agradecimiento especial a la señorita (no sé, eso supongo) M (¡disculpa, no sé exactamente qué era lo que debía de poner!) por dejar un review tan aasvdsahgvah. Dioses, no tengo más que responder con eso, porque fue tan lindo y hermoso :3 gracias por el review

¡Pero las otras personas no se quedan atrás! Ya especificaré abajo :)vale, no los molesto más.

¡Espero que les guste!

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El Cazador en las Estrellas

El mundo era una hermosa y terrible maravilla. Podía ver los copos de nieve cayendo delicadamente en las zonas antárticas, siendo arrasadas a la vez por gigantes y nefastas tormentas de nieve en las que un mortal nunca sobreviviría. Veía las maravillas de la primavera, las flores, la gloria, la prosperidad, al igual que veía las desgracias del invierno, la guerra, el hambre, la sed, el desamparo y la escasez. Observaba imperios nacer y caer, mortales vivir y morir, ciudades siendo arrasadas por bombardeos; víctimas de las dictaduras; sacrificios humanos y mortales pidiendo piedad y misericordia, al filo de la muerte. Los cazadores persiguiendo sus presas pasaban fugaces frente a sus ojos, las eras y la sabiduría de miles de mortales reposaba en su alma. Las diferentes guerras, las víctimas, todo él lo tenía guardado en sus ojos. Las batallas olvidadas permanecían en su confidencia y las famosas las transmitía a todo el mundo. Cada día, veía el alba y el crepúsculo, a la humanidad progresar o bien era el caso de muchas eras, regresar sobre sus pasos. Apreciaba cómo todo había cambiado, los suaves y verdes campos en los que él había pastado alguna vez se convirtieron en gigantes fortalezas de cemento; los fuertes y temerarios bosques, destruidos y talados por la avaricia de los humanos, ya no eran los mismos en los que él había amenazado a gigantes bestias, con sólo más que un arco; los animales ahora eran niños mimados y carecían de la fuerza que había caracterizado siempre a su fiel perro. Él, quien había presenciado todo aquello y más, ya no era más que un residuo en el mundo, un recuerdo olvidado.

La sala del Olimpo siempre había sido magnífica y al menos eso no había cambiado. Siempre sería el mismo y magnífico Olimpo, hogar de dioses, donde sonaba siempre la dulce y melodiosa música de las Musas, en donde las leyendas griegas cobraban vida y toda criatura mágica mitológica existía. En donde los caminos eran de oro, las fuentes y los jardines de belleza extrema. Muchas partes del Olimpo no podían ser comparadas con nada de lo que tenía el mundo mortal y mucho menos describirlas con simples palabras, pero la palabra general era perfección. Si vivías por toda la eternidad, algo tan bello como aquello era la vista perfecta por un par de miles de años. Él no era tan viejo, de todas maneras, no como los dioses, pero sí había vivido por un buen tiempo, tal vez más largo de lo que hubiera querido.

El Olimpo muchas veces no era el centro de sus atenciones. Observaba, curioso, a los mortales dispuestos a aprender, los puros de corazón, los que tenían objetivos y sueños, en los que nunca se detenían para hacerlos realidad, una realidad tangible ante sus ojos. La clase de mortales que siempre escaseaba. La que, con sólo tocarlos, como un copo de nieve, se deshacían en tus manos sin hacer el menor ruido, un sueño silencioso destruido, pero a la vez eran duros y persistentes como el acero, tan filosos como las espadas. Viajaba como el viento, viento especial que sólo algunas personas sentían, brillaba con el resplandor de las estrellas, estrellas que sólo pocos mortales se detenían a observar. A veces se preguntaba, muchas veces, más de lo que quisiera, qué sería de esa diosa que había conquistado su corazón, por la que había muerto, gracias a su hermano psicópata. Su risa, su sabiduría, tan grande como de la misma Atenea, sus profundos ojos, siempre expresando liderazgo y perseverancia. Él no se había enamorado de su cuerpo, porque sabía con creces que no era real. Se había enamorado de su alma, de sus pensamientos, sus opiniones, de todo lo que era ella. Sus pensamientos se limitaban a mucho más, pero eso era lo principal: ver cómo las hojas se marchitaban en otoño y los copos de nieve del invierno lo ocultaban todo. Eso, hasta que todo empezó a ir mal.

Caminaba en la bóveda celestial mientras veía, interesado, la guerra contra Gea, en la que los valerosos semidioses formaban parte. Esperaba, con todas las fuerzas que había tenido en antaño, que los dioses ayudaran a derrotar a los gigantes -¡por favor, si los semidioses fallaban ellos ya no iban a existir!- y su hermano, eso también le importaba. En esos momentos recordaba cuánto lo había visto, cuando lo observó crecer y se reía cada vez que fallaba un tiro con arco. Todos los hijos de Poseidón eran malos con el arco, excepto él, no Percy, si no él. Cuando ganaron contra los gigantes, todo el Olimpo rugió y las constelaciones celebraron, brillantes, en el cielo nocturno. Pero él sabía que algo iba muy mal, aunque hubieran derrotado a Gea. Y no se equivocaba.

Tiempo después a Percy lo mandaron a una maldita misión, los muy flojos dioses –bah, él sabía lo que era ser un semidiós- y se enteró, meses después, por el que para él era el dios psicópata, que su hermano estaba muerto. Pero él no creería nunca que Percy alguna vez muriera, excepto de vejez. Y menos le creería a Apolo.

Recordó, en esos momentos, que alguna vez, tirados debajo de un roble en un campo verde, con el viento frío acariciándoles la cara, Artemisa le había dicho que existían lugares donde los dioses no tenían poder alguno, eran como simples mortales. «Y si alguna vez vamos allá, no me ganarás en todas las cacerías que haremos» le había dicho y la diosa doncella se había reído y él atinó a sonreír, pero luego se puso seria, sus ojos amarillo luna taladrándolo y le regañó, puesto que esos eran lugares oscuros y peligrosos, donde todo su poder se drenaba y quedaban vulnerables. No lo quería, pero tenía la sensación de que Percy estaba en uno de esos lugares. Antiguos y poderosos.

Dos años después, observó al recién aparecido Mathew White, otro de sus hermanos, de los que él no tenía ni idea y lo veía todo. Era como si hubiera aparecido de la nada y, por supuesto, sospechaba de él, pero su instinto de hermano mayor se interponía, aunque le intrigaba la repentina aparición, puesto que él normalmente lo veía todo. Buscando en su extensa memoria, creyó encontrar un rostro parecido al de Mathew, pero era imposible, demasiado antiguo. Se rió de su ingenuidad.

Pronto, se interesó por la hija de Atenea y su búsqueda junto al hijo de Júpiter –anteriormente amigo de Percy- y al de Marte, ambos romanos. Repentinamente, la griega en el equipo desapareció y sólo la pudo seguir, con mucho esfuerzo, durante su estancia en el Laberinto de Dédalo, donde también, aparentemente, había estado Percy. Luego, algo la hizo desaparecer, y él ya no tenía más fuerza para seguir allí donde el cielo no tocaba el suelo, así que regresó, a regañadientes, a su hogar. Luego, días después, la misma semidiosa había regresado, con Percy en sus brazos. No pudo estar más feliz ese día. Pero aún así seguía preocupado, las preguntas bullían en su mente y él lo que necesitaba era una buena cacería para despejarse la mente. Habló con la constelación de Heracles –mucho más simpático y humilde que el original- acerca de sus preocupaciones, mas este sólo le dijo que se preocupaba por nimiedades, muchas veces él había visto guerras y nunca había interrumpido. No entendía cómo le iba a afectar eso.

«Nunca ha sido algo tan grande» le quiso decir, pero se quedó callado. Heracles tenía razón. Se estaba comportando de una forma demasiado irracional. Habían existido grandes guerras en donde el asistía todas las noches a ver la carnicería que habían hecho los mortales, y a pesar de también sufrió por ellos, no movió ni un solo dedo para suplicarles a los dioses. Ni siquiera en la de Cronos. Se encontró a sí mismo pensando en todo aquello mientras su leal perro le rozaba la mano para que dirigiera su atención hacia la sala del Olimpo.

«Perro listo» pensó, dándole una aprobación con la cabeza. Podía oír los susurros de los dioses en el gigantesco salón. Al parecer, Apolo se había encerrado en su templo, deprimido, marchito. «Quién lo diría, el psicópata se convirtió en el enfermo». Siguió escuchando con atención la conversación, que, si en primer lugar transcurrió en susurros, ahora lo hacía en gritos. Los únicos que mantenían la compostura eran Atenea –por supuesto- y Hades. Para su sorpresa –o no tan sorpresa, al fin y al cabo eran gemelos-, era Artemisa la que tenía la mayor parte del griterío. Parecía que, además de la depresión de Apolo, el Oráculo había escupido su nueva Gran Profecía -¡profecías, tan fastidiosas como tontas!- Él era un cazador, un guerrero, creía en la astucia, la fuerza y los dioses, pero las profecías no eran para él. Prefería ser capaz de elegir su propio destino que confiar en simples oraciones. Aun así, no estaba de más temer a éstas.

Por estos pensamientos, no se dio cuenta que de repente la sala de dioses quedó en completo silencio por algo que había dicho la misma Artemisa. La cara de Atenea era impasible e inexpresiva, con esos ojos grises que te penetraban y eran sumamente sabios e inteligentes. Hades sopesaba lo dicho por la diosa doncella, mientras Dionisio, ignorante a lo dicho, estaba en su asiento con las piernas extendidas y con una botella Chivas Regal, Whisky 32 años. Al rey Zeus prácticamente le salían rayos por las orejas, pero Poseidón, su padre, aprobaba lo dicho por Artemisa, como si fuera un desafío. Pronto, entendió por qué los dioses estaban así y lo que Artemisa había dicho.

Oh no, eso es imposible... Artemisa...

La búsqueda, la búsqueda secreta. Esa que había llevado a cientos de semidioses a la muerte, pero aún seguía en secreto, parecida a la Marca de Atenea, pero el premio mucho mayor y la búsqueda más fácil.

¿Por qué? No era tan desesperada la situación... a menos de que la diosa supiera algo más que el resto y Apolo no estaba allí para confirmar nada. Se veía estampado completamente en el rostro de Atenea que pensaba lo mismo que él, pero se quedó callada. No, era imposible, Artemisa no podía hacer eso.

Ahora entendía. Ahora cobraba todo sentido. O al menos eso pensaba. La situación era tal como él la había pensado, seria, tal vez incluso más. El premio, los objetos... apostaba a que el Oráculo ya había dado la profecía de la primera ubicación.

La primera ubicación para buscar a los héroes de la Antigua Grecia, los héroes de los mitos y leyendas. La primera ubicación, el primer héroe.

Y el primer héroe era él.

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Nico

Lo que más quería en este mundo era una ráfaga de viento fría. Por lo que sabía, en Wisconsing las temperaturas eran muy inestables, ya que el estado era en su mayoría sin montañas, sólo superficies planas y por lo menos en las anteriores horas la temperatura había subido, ¿5 grados? ¿6 grados? Lo que sabía era que tenía demasiado calor.

Las cosas estaban feas allá arriba en el Olimpo. Apolo se rehusaba a utilizar su Ferrari, deportivo, Nico no sabía exactamente cuál era. Se rumoreaba que había estado deprimido y que los dioses se habían reunido con urgencia el 21 de junio, ayer. Nico sabía que Apolo había perdido sus ojos y oídos en el mundo mortal, pero no sabía que le iba a drenar todo su poder.

El Sol produce luz se dijo por lo tanto, es el enemigo de la oscuridad. Había sospechado aquello, pero no estaba completamente seguro. Ahora lo estaba. Además, estaba la nueva Gran Profecía, que le había llegado urgentemente de parte de Quirón, junto con otras cosas que había murmurado la pobre Rachel en la Casa Grande. Se puso sus Sony negros para escuchar música y concentrarse de nuevo. Los árboles estaban extremadamente quietos, sin viento para mover sus verdes hojas. Se había alejado un poco del lago Michigan, ya le estaba apestando demasiado a contaminación. Se tiró en la hierba y puso algunas canciones de Taylor Swift mientras meditaba la profecía.

"De la esquina del mundo la estrella vendrá" Sonaba demasiado a alguna guía brillante como una estrella, o una constelación. "La esquina del mundo" Podría ser cualquier punto. Si estabas en Australia era Estados Unidos o viceversa. Era demasiado incierto. "Las flechas ocultan verdades susurrantes" Las flechas... eran los hijos de Apolo o las cazadoras de Artemisa y las que tenían más misterio eran las últimas, pero no creía que Artemisa ocultara a los dioses, tenía una percepción muy elevada del honor.

"El huevo vuelve a nacer y crecer" El huevo... no tenía ni la menor idea de lo que significaba. Trató de pensar en su mente acerca de los mitos griegos relacionados con huevos, pero en vez de eso le vino el rumor que sus informantes le habían dado, algo así como una búsqueda de unos objetos de los héroes o algo por el estilo. De repente, algo se conecto en la mente de Nico.

¡Eso era! ¡Justamente eso era! Tenía que decírselo urgentemente a Quirón y encontrar a Mathew White. Toda la profecía encajó, excepto la de beta y alfa... ¡era tan obvio! Al menos una parte, porque con lo de las flechas no tenía tampoco la menor idea de lo que significaba. Extrañamente se sintió orgulloso de sí mismo. Encontrar a Mathew White y a Percy, ya lo había presentido en el mundo de los vivos... sólo tenía que preparar el viaje sombra y...

Una ráfaga de viento completamente helado movió las hojas de los árboles, tan fría que parecía que fuera de pleno invierno y prácticamente las hojas perdían toda su clorofila. A Nico le recorrió un escalofrío por la espalda y, antes de que pudiera reaccionar, algo muy duro le golpeó la nuca, dejándolo semi-consciente. Lo último que supo del mundo terrenal fue un susurro, de una voz de mujer.

-Dulces sueños, hijo de la muerte- dijo la voz femenina, con dulzura y una melodía embriagante, empalagosa y amable, pero detrás de eso estaba la maldad y algo más- bienvenido a este juego de Caos y tu ficha... desapareció- le dijo este susurro con la boca rozando la oreja y lo último que su mente pudo conectar fue que esto, era mucho más serio de lo que temía. Caos.

oOoOoOo

11 de mayo de 2014, 8:40 p.m

¡Perdonen la tardanza chicos! Es que estuve cansada porque mi carro se dañó así que se podrán imaginar y, aunque no lo crean, estoy que me caigo del sueño porque hoy tuve un concierto importante so, lo siento mucho. Sé que fue casi un mes, pero –peeeeeeero- hice un trato con vuestra querida Annie y –agradézcanle a ella- voy a hacer un maratón de tres capítulos esta semana (más cortos de lo que los hago habitualmente).

¡Gracias a todas las maravillosas personas que dejan un review! Muchísimas gracias, cada review es apreciado e igual los favoritos, gracias.

Por favor dejen un review, son mi razón de escribir –y Annabeth, que todos los días me dice que escriba-

¡Gracias por leer!

¡Nos leemos en unos días!

-Tris Chase