Capítulo 14.
..
Jasper corría, corría como nunca lo había hecho en su vida. El pecho le latía frenéticamente, el sudor le bañaba la cara, su respiración agitada rompía el silencio mientras sus pies esquivaban hábilmente las raíces de los árboles. El bosque de Forks jamás le había parecido tan inmenso.
"Alice está mal" Era lo único que ocupaba sus pensamientos. "Alice está mal". No había esperado a escuchar más. ¿Qué tenía? ¿Qué le había pasado? En la mañana la había visto antes de bajar a la ciudad. Ella le había sonreído de lejos, tímidamente. Él había deseado en ese momento ir y acercarse, pero se contuvo. Se había limitado a saludarle con la mano, sintiéndose algo extraño… algo, ¿cómo decirlo? Nervioso.
"Alice está mal". No podía ser cierto. Ella no.
Arribó al bosque y entonces la vio: estaba tendida en el suelo, con la cabeza recostada en el regazo de Bella. Su rostro lucía fantasmalmente pálido. Sus labios estaban resecos y tenía en su comisura izquierda un hilo seco de color café. Se acercó.
—¿Qué tiene? –preguntó lo más calmadamente posible.
—Mucho vómito –contestó Bella, inquieta – Apenas acaba de controlarse un poco…
Como una protesta a lo dicho, la espalda de Alice dio una sacudida y un chorro de agua parda formó un charco a su lado. Jasper se sobresaltó. Su corazón contuvo un angustiante latido. Sus manos buscaron las manos de Alice, mientras Bella limpiaba la boca de la pequeña con un pedazo de periódico.
—Tiene mucha calentura –observó, cada vez menos apacible.
La castaña asintió. Los ojos de Jasper se llenaron de preocupación. Recordó a esa muchacha que había muerto antes, Emily. Cascadas de miedo le invadieron y enfriaron el alma.
—Hay que llevarla con un médico.
—Es inútil –susurró Bella, tristemente –Edward ya fue con Esme para ver si tiene algunas hierbas para prepararle un té.
—Un té no le hará nada –protestó, caminando hacia la casita de cartón, donde, enterrada en el lugar donde solía dormir, había una cajita de cigarros Camel. La guardó en sus bolsillos. Luego regresó y tomó a Alice entre brazos.
—¿A dónde la llevas?
—A la ciudad.
—Pero…
—Tengo dinero –explicó.
—Voy contigo –se ofreció la castaña – Sam, ¿Puedo encargarte a Jacob un momento?
—Adelante – aceptó el muchacho, recibiendo una sonrisa de agradecimiento.
Bajaron a la ciudad, caminando rápidamente. Rose y Emmett se les unieron en el camino. Rose, al apreciar el rostro de su hermano y la forma en la que llevaba y cuidaba de Alice, comprendió todo. Comprendió esa sonrisa y el cambio habido en el brillo de sus pupilas. ¿Cómo no hacerlo? Se necesitaba estar ciego para no ver lo obvio: Jasper estaba enamorado de esa niña.
Llegaron a la clínica. La enfermera que estaba en la recepción, al mirarlos, se puso de pie en la entrada. No era una bienvenida. Rose creyó por un momento que les cerraría la puerta en las narices.
—¿Qué quieren?
—Tenemos a alguien enfermo – habló Bella
—El doctor está ocupado….
—Traemos dinero – anunció Jasper, dejando que Emmett cargara a Alice por un momento, mientras sacaba los cincuenta y cinco dólares, un par de anillos y una cadenita de oro y le ofrecía todo a la enfermera.
—¿A quién has robado todo esto, muchacho?
—Eso no le importa. Puede estar segura que no han sido personas de aquí.
La enfermera lo pensó un momento más, mientras sus ojos se fijaban en el puñado que Jasper le exhibía. Luego, discretamente, tomó la cadena de fino trenzado, la guardó en uno de sus bolsillos y se hizo a un lado, dejándolos pasar. El doctor recibió el resto.
—Tiene una infección estomacal muy fuerte –fue el dictamen –además de un alto grado de desnutrición. Necesita de muchos cuidados.
Una inyección y un par de cajas de pastillas genéricas fueron lo único que recibieron antes de volver al bosque. La inyección, según les habían dicho, era un antibiótico y le bajaría la fiebre. Aún así, Alice todavía temblaba para cuando Jasper la acomodó dentro de la casita de cartón, cubriéndola cuidadosamente con un par de rancias y viejas sábanas.
—Tsk – murmuró el muchacho al tocarla y sentir su piel caliente. Dentro no había nadie más. De alguna manera, todos allí sabían que el único que tenía lugar al lado de Alice era él. Y que sólo faltaba esperar.
Pasaron varias horas en las que él se quedó observándola. Si Alice antes le había parecido una criatura frágil, ahora le resultaba mucho más que eso con su rostro cenizo y demacrado. Tragó saliva y se humedeció los labios, miró en rededor. Había un absoluto silencio que le permitía escuchar su propio miedo. (Miedo…) ¿Hacía cuánto no lo sentía? Llevaba años viviendo en la calle, tenía una vida completamente marcada por la desgracia. Lo único que le había salvado era esa ausencia de sentimientos, esa falta de interés hacia todos y hacia todo. Y sin embargo, en ese instante, allí estaba: casi rezando por el bienestar de esa chiquilla.
No supo precisamente en qué momento había empezado a llover. Fue de un momento a otro que un soplo gélido se estrelló contra su cara. Actuó sin pensar y se acostó al lado de Alice. La observó con mayor detenimiento, percatándose de lo sencillamente bonita que era aún con toda la mugre opacando su cara. Ella tembló. Inmediatamente, la enrolló entre sus brazos torpemente, sintiéndola encogerse y respirar contra su pecho.
—Tienes que recuperarte – murmuró – Tienes que hacerlo, ¿entiendes?
No hubo respuesta, sólo un simple suspiro. Su mano se movió sola. Sus dedos retiraron suavemente un húmedo mechón de cabello negro. Comprobó que, con el paso del tiempo, la fiebre estaba cediendo. Un remoto pensamiento dio gracias a Dios. Alice abrió los ojos débilmente cuando la mañana había despuntado y le miró sin parpadear por un acelerado segundo.
—Jasper…
—Causas muchas molestias, ¿Sabías? –acusó el joven, con voz disimuladamente aliviada… casi dulce.
—Lo siento…
Los brazos a su alrededor fortalecieron su agarre, experimentando ella una agradable sorpresa y un inmenso sentimiento de paz.
—Eres muy cálido…
Él no habló. Jamás había tenido tantos deseos de explicarse, de decir lo preocupado que se había sentido y del miedo que había al fin liberado cuando ella despertó, pero no podía. Todas esas emociones que habían estado enterradas desde hacía mucho y habían revivido en un solo instante lo callaban. Lo único que quería era seguir abrazándola, abrazándola hasta el final para poder sentir los latidos de su corazón contra su pecho. Lo único que quería era sentir que ella vivía, que ella era real…
..
Sus ojos lo contemplaron reír. Se perdió un momento en el par de hoyuelos dibujados en sus mejillas. Emmett lucía como un gigante rodeado de aquellos niños que se habían reunido para jugar a su alrededor. No era la primera vez que lo veía de esa forma. Era algo muy usual encontrarlo asediado de pequeños que se trepaban por su espalda y reían por las tontas ocurrencias que él hacía o decía. Emmett tenía un ángel, una luz que cegaba. Y Rose no podía evitar amarlo cada día más gracias a esa cualidad de poder ser un gran hombre y un gran niño al mismo tiempo.
—Lo siento –dijo él, cuando quedaron nuevamente solos –Esas criaturas son incansables. Pensé que se irían pronto.
—Está bien – tranquilizó ella – No es la primera vez que sucede esto.
—¿Estás molesta?
—Algo – le miró gravemente y contuvo la risa mientras se acomodaba sobre sus rodillas y le rodeaba el cuello con sus bazos – Pero quizás puedas ponerme de buenas otra vez.
—¿Ah, sí? – él alzó una de sus cejas y un gesto pícaro se reflejó en sus facciones. Ella asintió, mordiéndose el labio – No sabía que fueras tan resentida.
—Cualquier mujer se sentiría ofendida si su pareja prestara más atención a una bola de mocosos que a ella –discutió, mientras él comenzaba a besar la hendidura de su cuello
—Me gustan los niños…
—¿Acaso estoy con una clase de pedófilo?
—Graciosa –rió contra su piel y luego se acomodó sobre ella –Pero creo que tengo una solución para no volver a descuidarte ni una vez más con una "bola de mocosos", como tú le llamas.
—Eso es interesante – tomó aire por la nariz, mientras sentía cómo sus dedos cálidos le arrebataban la ropa – Dime cuál es esa solución.
—Tengamos un hijo.
—¡¿Qué? –se envaró. Lo vio sonreír, no como sonríe alguien que acaba de realizar una broma, si no como alguien que reafirma una idea – ¿De qué estás hablando?
—Rose – Emmett se apartó y asió sus manos – Te amo. ¿Acaso no sientes tú lo mismo por mí?
—Sabes que sí –contestó, seriamente – Pero ese no es motivo para…
—¿Por qué no? –Arrebató él
—¡Es absurdo lo que dices!
—¿Porqué absurdo? ¿Es que acaso no podemos ser felices? ¿Acaso no podemos tener una familia? Rose... –capturó su rostro para que ella dejara de negar frenéticamente con la cabeza – Escúchame.
—Sueñas demasiado, Emmett
—Sueña conmigo, entonces –la invitó – Dime, ¿acaso tú no lo deseas también? ¿Nunca te ha cruzado por la cabeza el tener un hijo mío?
Ella no contestó. Quiso mentir, pero no fue capaz. Oh, sí él supiera las veces que aquel pensamiento le había invadido mientras sus cuerpos se entrelazaban, volviéndose uno.
—Intentémoslo – pidió Emmett. Rose negó otra vez, pero aún así cedió cuando él se volvió a acomodar sobre ella. Y mientras él la besaba y acariciaba, ella se imaginó a aquel niño de grandes ojos azules y negros cabellos rizados. Lo imaginó con tanta claridad y lo deseó. Deseó tener entre sus brazos a esa criaturita hecha por ambos. Y ese dulce anhelo creció y se volvió inmenso con el transcurso de los meses, que periódicamente traían consigo una amarga desilusión.
..
Finales de Noviembre del 2010.
—Maldición – musitó Rose, dejándose caer derrotada sobre el suelo.
—¿Te bajó otra vez? –adivinó Bella
—No sé qué sucede -habló, atormentada –Tiene meses que Emmett y yo no nos cuidamos y sigo sin embarazarme. ¿Alguien de ustedes tiene una toalla?
—Yo –ofreció la castaña. Rose tomó el bultito blanco y lo miró con repudio. Luego suspiró.
—Emmett está muy ilusionado con la idea de ser padre.
—Quizás no es el momento – expuso Alice, tímidamente – Quiero decir, ves que los tiempos hoy en día son difíciles…
—Lo sé – dijo ella – Pero Emmett y yo lo queremos. Queremos tener un niño…
..
—Es raro, ¿no crees? – murmuró Bella, abrazando sus piernas y acomodando su quijada sobre sus rodillas – No he sabido de nadie que viva en la calle y quiera echarse la carga de alimentar a una boca más.
—Es absurdo – agregó Edward – Pero es decisión de ellos y se respeta.
La castaña alzó la mirada y lo observó. Su cabeza estaba recargada contra el frío cimiento del puente y su expresión caría de emoción alguna, dejando en claro que el tema no era de su incumbencia y mucho menos de su agrado.
—¿Qué sucede? –preguntó Edward al notar que le miraba sin pestañear.
—Nada – contestó, dando a su cigarro un pequeño sorbo.
—Eres rara. Muy rara – el muchacho alborotó juguetonamente sus cabellos y se levantó. Luego la ayudó a hacer lo mismo —Tengo que irme. Le dije a Carlisle que le ayudaría hoy en su trabajo.
—Suerte – deseó.
—¿Sólo eso?
Ella sonrió y luego se acercó con la intención de darle un pequeño beso en los labios. Intención que se vino abajo cuando El Gato la envolvió entre sus brazos y asaltó su boca con un movimiento apasionado, aferrando sus dedos a su cintura, apretándola contra su cuerpo y estremeciéndola con su calor. Bella inmediatamente sintió en el vientre una deliciosa necesidad que sólo él la provocaba y la calmaba.
—Te veo en la noche – musitó Edward, como quien susurra un íntimo secreto. Isabella aún se sentía mareada, así que se limitó a asentir y verlo marchar al segundo siguiente.
Contempló su andar largo y hábil, con una singular mezcla entre el garbo y el desaliño, hasta que se perdió entre el tráfico y las personas. Recordó el beso que le había dado hacía poco y sintió arder sus mejillas. Bajó la mirada, avergonzada consigo misma, y sonrió mientras se acomodaba un mechón de cabello tras la oreja. Giró sobre sus pies y su sonrisa se borró. Su rostro cogió una máscara seria, preocupada. Se sentó en una sombra formada por el puente, sus dedos se perdieron entre la maraña de su pelo y aquel pensamiento que tanto trataba de alejar se hizo presente: "Tienes que ir con Esme"
Negó con la cabeza y hundió la cara entre sus rodillas. Cerró fuertemente los ojos. Suspiró… y recordó lo que tenía un par de semanas había sucedido.
"Aquella mañana había despertado desde muy temprano. Jacob dormía a su lado, una de sus piernitas estaba sobre la espalda de Edward, quien roncaba tenuemente de vez en cuando. Miró a ambos por un minuto, presa de un hondo miedo que desde hacía días se estaba convirtiendo en algo más grande. Buscó entre una caja que contenía sus pocas pertenencias hasta alcanzar el paquete de toallas femeninas que había robado y seguía sin abrirse. El miedo creció. Salió de la casita de cartón y se dirigió hacia la única persona a la que se le ocurría podía platicar sobre ello. Mientras caminaba, se repetía una y otra vez que lo que temía era absurdo e imposible. Se habían cuidado. Incluso el dueño de la farmacia a la que Edward siempre solía robar no lograba explicarse cómo es que las cajas de condones podían "terminar" tan rápido.
—Nos hemos cuidado –juró por tercera vez y guardó silencio. Esme le dedicó una mirada comprensiva, pero intranquila.
—Cariño – le acarició el rostro suavemente – El hecho de que hayan usado preservativos al tener relaciones no asegura al cien por cierto la imposibilidad de un embarazo.
—Pero no he tenido ningún síntoma –dijo a su favor – Quiero decir… según tengo entendido, te dan vómitos y mareos.
—Es muy pronto para eso. Además, cada cuerpo es diferente. Dime, ¿Cuánto tienes de retraso?
—Mes y medio. Pero igual y es una falsa alarma. Siempre sufro de retrasos.
—Es por la mala alimentación que suelen llevar –acordó Esme – Puede ser eso. Pero de igual manera, puede no serlo.
Bella se mordió el labio. Había en sus ojos un miedo inocente. Esme se conmovió y la abrazó.
—Tranquila. Podemos hacer algo para saber la verdad.
—¿Qué cosa?
—Te podemos realizar una prueba de embarazo. Una prueba de sangre, para estar totalmente seguras.
—¿Eso es caro?
—Tengo una amiga que trabaja en un laboratorio cercano. Quizás te puedan hacer un descuento.
—Conseguiré el dinero que haga falta
—Bella – Esme tomó sus manos –Si la prueba sale positiva… ¿Qué piensas hacer?"
¿Qué que pensaba hacer?
La pregunta se repetía incansablemente y no lograba hallar una respuesta. Tantos pensamientos estrujándole la mente. Tantos sentimientos revoloteando en su interior. ¿Cómo era posible…? Se negaba a creerlo. Quizás se trataba de un sueño. No uno malo, tampoco uno bueno. Simplemente eso: un sueño.
—¿Bella?
Giró en cuanto escuchó la voz de Edward detrás de sí.
—¿Estás bien? – le preguntaron al notar lo dilatados que sus ojos estaban y la mortal palidez de su piel
—¿Qué haces aquí? – susurró con labios resecos.
—Me imaginé que estarías por acá, así que te vine a buscar antes de irme al bosque. ¿Qué pasa? –preguntó el muchacho, percatándose del sobre que sus manos aferraban con fuerza – ¿Y eso?
Bella tembló de pies a cabeza. La noche fría no ayudaba en nada a la rigidez de su espalda. Sin nada que ella pudiera hacer por evitarlo (Quizás porque, de alguna inconsciente manera, ella quería que esto sucediera), Edward tomó el sobre y, sin decir absolutamente nada, leyó el título que rezaba "Laboratorio Clínico de Forks". Con el mismo mutismo, lo abrió y extendió la hoja blanca y formal. Bella le miraba, inmóvil, notando cómo su respiración parecía ausentarse conforme él leía línea tras línea. Edward se saltó todo un párrafo completo, pues no le interesaba nada más que lo que estaba abajo y decía:
Prueba de Embarazo.
Resultado: POSITIVO.
..
—¡Cómo es posible! – el bramido de Cayo hizo retumbar el burdel entero y estremecer a las jovencitas semidesnudas que se encontraban frente a él – ¡Eres un inútil, James! ¿Te has dado cuenta de lo que tenemos? ¡Son pedazos de cuero! Mi abuela tenía mejor cuerpo que esta bola de desnutridas.
—Señor…
—Sin palabras –tajó el hombre de cabellera grisácea, mientras tomaba a James por el cuello de su playera, en gesto amenazante –Te advierto que mi paciencia no es tan grande como la de mis hermanos. En estos meses el número de clientes ha disminuido y eso no me gusta. No me gusta nada.
—No eres el único que está preocupado –terció una voz amable e hipócrita. Aro llegó hasta ellos e hizo un ademán para que Cayo liberara a James. El muchacho dio tres pasos hacia atrás, intimidado. La presencia de Aro le imponía mucho más miedo que la de los otros dos juntos. Esa forma en la que él siempre sonreía para todo, como si nada le molestase o indignase, cuando, realmente, era todo lo contrario –James, explícanos qué sucede. Han pasado cerca de tres meses desde que te pedí hicieras algo y hasta la fecha, sigo esperando. Te estás tardando.
—Lo siento, señor. Creo que lo que ustedes quieren es imposible. Ellas…
El sonido muy particular que hace una pistola al jalar el gatillo lo enmudeció. James sintió que sus rodillas se doblaban al mismo tiempo que un sudor tremendamente gélido le erizaba la espalda.
—Para nosotros no hay imposibles –apuntó Aro, con esa sonrisa suya –pensé que lo sabías, hijo. Ahora, escúchame bien –solicitó de manera amable, acercando el cañón a su sien derecha – Quiero a esas chiquillas aquí, sea como sea. No sé cómo le harás, pero son ellas o tu vida. Tú decides. Mañana te enviaré a dos hombres más. Tienes hasta la semana entrante. ¿Entiendes?
—S-sí…
—Perfecto – convino Aro.
Un instante después se escuchó un sordo disparo y varios gritos. Después de tomarse un segundo para comprobar y convencerse de que seguía vivo, James giró y sus ojos se encontraron con el cuerpo desangrado de una niña que había recogido tenía cuatro días. No recordaba su nombre, pero sí que no alcanzaba ni los diecisiete años de edad.
—Lo siento. Un pequeño descuido. – explicó Aro, dedicándole una última sonrisa, despiadada, como la de un diablo complacido, antes de alejarse.
Cayo y Marco le siguieron. James los vio marchar, aún temblando. Supo entonces que, tal y como Bella le había dicho, se había ido a meter en un infierno. Un infierno sin salida…
..
Hola, hola. Sí, estoy viva. Aunque quizás después de esto ustedes me manden a toda a una armada de neófitos y ya no sea así. Siento mucho la tardanza. Como les conté, me enfermé de la espalda y pues tiene un mes ingresé a la universidad. Así que, con los dolores, tareas y exámenes he tenido cabeza y tiempo para todo, menos para escribir. Pero aquí estoy xD Ya saben que lento pero seguro. Y, como podrán ver, el drama ya viene otra vez *muajajaja*. Lo siento mucho, para este tipo de vida la felicidad no es eterna, así que espero y comprendan y no me quieran mandar a una segunda armada de vampiros sádicos.
En fin, un saludo a todas y una vez más: mil disculpas y muchas gracias por su paciencia. Espero este capítulo, de alguna u otra manera, haya compensado la enormeee espera. No sé cuándo volveré a publicar, pero tengan por seguro que lo haré (claro, si no pasa una de esas cosas tan impredecibles de la vida y me muero).
Ah, sí. Para las que leen El Rey León y la Oveja Negra, trataré de actualizar pronto e igual me disculpo por la tardanza. No he dejado la historia (saben que no hago eso). Sólo dejen que encuentre un momento de ocio e inspiración para termina el capítulo.
Bueno, me despido que tengo un resto de tarea por hacer. Hasta pronto ^^
Atte
Anju.
