Capítulo 14: post-data
Will schuester se jactaba de hablar doce lenguas y poder interpretarlas todas en las dos direcciones. Era un hombre de mediana estatura, medio perdido en unos trajes bolsudos que, se dirpia, se comparaba a propósito para que le quedaban grandes, y unos ojos grandes y profundos. Nadie que lo viera así, tan poca cosa, el perfecto don nadie, hubiera podido imaginarse la extraordinaria facilidad de que estaba dotado para los idiomas y su fabulosa aptitud para interpretarlos. Las organizaciones internacionales se lo disputaban y también tradicionales y gobiernos, pero él no aceptó nunca un puesto fijo, porque como free lance se sentía más libre y ganaba más.
Todo el mundo lo admiraba y lo envidiaba, pero muy pocos de nuestros colegas lo querían. A mí me fascinaba su personalidad de genio aniñado y, como me pasaba horas escuchándolo, llegó a tenerme bastante estima. Cada vez que coincidíamos en las cabinas de intérpretes de alguna conferencia o congreso yo sabía que tendría a Will Schuester prendido de mí como una lapa.
Conmigo hablaba siempre en un español masticado y ligeramente arcaizante, en el que, por ejemplo, a los "interpretes" nos llamaba "trujimanes". Por eso lo habíamos apodado el trujimán. Cuando lo conocí, estaba aprendiendo ruso, y en un año de esfuerzos llegó a leerlo y hablarlo con más desenvoltura que yo, que llevaba cinco escudriñando los misterios del alfabeto cirílico.
Aunque habíamos coincidido antes por razones de trabajo, mi amistado con él nació de veras en la época en que, una vez más en la vida, perdí el contacto con la niña mala. Su separación de David Richardson fue una catástrofe cuando este pudo demostrar ante el tribunal que veía la demanda de divorcio que mrs. Richardson era bígama, pues estaba casada con todas las de la ley también en Francia con un funcionario del que nunca se divorció. La niña mala, viendo la batalla perdida, optó por escapar de ingleterra con rumbo desconocido. Pero antes de escapar, me llamó desde el flamante aeropuerto de Charles de Gaulle, en marzo de 1974, para despedirse.
R: las cosas están yendo muy mal – me dijo, con una voz temerosa – mi ex marido ha salido ganando en todo sentido… estoy harta de los tribunales y de los abogados que me han volatizado la poca plata que tengo, me voy a donde nadie pueda fregarme más la paciencia.
Q: si quieres quedarte en parís, mi casa es tuya - le dije muy enserio – Y si quieres casarte otra vez, te propongo casarnos. Ya veré como hacerles creer a las autoridades que soy hombre para eso y además a mí me importa un pito que seas bígama o trigama.
R: jajaja que imaginación tienes Quinnie, además… ¿quedarme en parís para que Robert Arnoux me denuncie a la policía o cosas peores? Ni loca. Gracias de todos modos Quinnie, ya nos veremos alguna vez, cuando pase la tormenta.
Q: hmm ¿en dónde piensas instalarte? ¿Qué piensas hacer ahora con tu vida?
R: te lo cuanto la próxima vez que nos veamos. Un besito y no me metas muchos cuernos con las francesas.
También esta vez estuve segura de que nunca volvería a saber de ella. Como las veces anteriores, me hice el firme propósito, a mis 38 años, de enamorarme de alguien menos evasivo y complicado, una chica normal, con la que pudiera tener una relación sin sobresaltos, acaso hasta casarme con ella y adoptar algunos niños. Pero no ocurrió así, porque en esta vida rara vez ocurren las cosas como las niñas tontas las planeamos.
Pronto entré en una rutina de trabajo que, aunque a ratos me aburría, tampoco me desagradaba. Ser intérprete me parecía una profesión anodina, pero, también, la que menos problemas morales plantea a quien la ejerce, y me permitía viajar, ganar bastante bien y tomarme el tiempo libre que quisiera.
Aunque andaba siempre muy ocupada trabajando y haciendo cosas, por primera vez, en los setenta, mi vida empezó a parecerme bastante estéril, y mi futuro el de una irremediable solterona y una fureña que nunca se integraría de veras a la Francia de sus amores. Y recordaba siempre un apocalíptico desplante de Will schuester, que, un día en la sala de intérpretes de la Unesco, nos interpeló así: "Si, de repente, nos sentimos morir y nos preguntamos: ¿Qué huella dejaremos de nuestro paso por esta perrera?, la respuesta honrada sería: ninguna, no hemos hecho nada, salvo hablar por otros. ¿Qué significa, si no, haber traducido millones de palabras de las que no recordamos una sola, porque ninguna merecía ser recordada?". No era extraño que el Trujimán fuera impopular entre la gente de la profesión.
Q: sabes que te odio trujimán? –le dije un día que tomábamos cerveza en un bistrot – aquella frase que dijiste me ha convencido de la total inutilidad de mi existencia.
W: Los trujimanes solo somos inútiles, querida – me consoló- pero no hacemos perjuicio a nadie con nuestro trabajo. En todas las otras profesiones se puede causar grandes estragos a la especie. Piensa en los abogados y los médicos, por ejemplo, y que no se diga de los arquitectos o los políticos.
Q: en eso tienes razón – tomé un poco más de mi vaso – sabes, desde hace muchos años que estoy enamorada – dije en un arranque de confidencialidad- de una mujer que aparece y desaparece de mi vida como un fuego fauto… pues ella incendia de felicidad mi vida por cortos periodos y después la deja seca, estéril, vacunada contra cualquier otro entusiasmo o amor.
W: Enamorarse en un error, a la mujer, atrápala por los cabellos, arróllala y a la colcha. Hazla vislumbrar todas las estrellas del firmamento en dos por tres. Ésa es la teoría correcta. Yo no puedo practicarla, por mi físico endeble, helas. Alguna vez intenté una machada con una hembra brava y me desbarató la cara de un bofetón. Por eso, pese a mi tesis, trato a las damas, sobre todo a las rameras, como a reinas.
Q: no te creo que no te hayas enamorado nunca, trujimán.
W: me he enamorado solo una vez en la vida, cuando era estudiante, de una chica polaca, le propuse matrimonio. Ella aceptó y en plenos preparativos matrimoniales, ella se fugó con un oficial norteamericano que concluía su servicio en Berlín. En mi despecho, quemé toda mi colección de estampillas y decidí no volver a enamorarme. Ahora solo frecuento prostitutas y de vez en cuando colecciono soldaditos de plomo.
Q: yo pienso que un amor te da una razón para vivir, por eso es importante tenerlo aunque sea platónico.
W: Lo único que hace es retrasarte, eso es lo que pienso. Oye, te propongo pasar una noche divertida
Q: … no soy una prostituta…
W: jajaja no me mal entiendas, pero la cosa va por ahí, te propongo salir con dos señoras que conozco, nos harán olvidar todas nuestras penas. Son rusas y además de hacerte practicar el idioma, te harán conocer los efluvios y moretones del amor eslavo.
Q: -no había tenido relaciones sexuales en mucho tiempo, desde la última vez que tuve a la niña mala entre mis brazos- bueno, está bien, no tengo nada que perder.
Salimos del bar y fuimos a una boite de nuit, estrecha, oscura y humosa hasta la asfixia, cerca de la place de Clichy donde encontramos a las ninfas. Bebimos mucho vodka, de manera que mis recuerdos perdían nitidez casi desde que entramos al antro llamado Les cosaques y solo me quedó claro que de las dos rusas, la suerte, o mejor dicho el trujimán, me deparó a mí a Natacha, la más gorda y la más maquillada de las dos rubensianas cuarentonas. Mi pareja andaba embutida en un Vestido rosado brillante, con filos de gasa, y cuando reía y accionaba, sus pechos se mecían como dos globos belicosos. Parecía sacada de un cuadro de Botero. Hasta que mis recuerdos se eclipsaban en vapores alcohólicos, mi amigo estuvo hablando como un loro, en un ruso mechado de palabrotas que las dos cortesanas celebraban a carcajadas.
A la mañana siguiente me desperté con dolor de cabeza y los huesos molidos: había dormido en el suelo, al pie de la cama donde roncaba, vestida y calzada, la supuesta Natacha. De día era todavía más gorda que de noche. Durmió plácidamente hasta el mediodía y, cuando despertó miró asombrada la habitación, la cama que ocupaba, y a mí, que le daba las buenas tardes, inmediatamente empezó a exigirme tres mil francos, lo que ella cobraba por una noche entera. Yo no tenía semejante cantidad y siguió una desagradable discusión en la que, al fin, la convencí que se quedara con todo lo que yo llevaba en efectivo, la mitad de aquella suma, más unas figuritas de porcelana que adornaban la salita. Se fue vociferando vulgaridades y yo me metí largo rato a la ducha, jurándome no volver a incurrir en semejantes aventuras trujimanescas.
Cuando le conté a Will Schuester mi fiasco nocturno me dijo que, en cambio, él y su amiga habían hecho el amor hasta el desmayo, en una demostración de fuerzas que merecía las páginas del libro Guiness. Nunca más se atrevió a proponerme otra salida nocturna con señoras exóticas.
En 1979 Will Schuester, muy emocionado, me anunció que había aceptado una oferta para viajar a tokio y trabajar durante un año como interprete exclusivo de la Mitsubishi. Me sentí aliviada, él era una buena persona un espécimen interesante, pero había algo en él que me estremecía y me alarmaba, pues me revelaba ciertos secretos derroteros de mi propio destino.
Fui a despedirlo a Charles de Gaulle y al estrecharle la mano junto al mostrador de Japan Air lines sentí que me dejaba entre los dedos un pequeño objeto metalico. Era un husar de la guardia del Emperador. "lo tengo repetido", me explicó. "te traerá suerte, querida" Lo puse en mi velador, junto a mi amuleto, aquella escobillita primorosa, marca Guerlain.
Pocos meses después, terminó por fin la dictadura militar en el Perú, hubo elecciones, y los peruanos, en 1980, como desagrsviandolo, Volvieron a elegir Presidente a Fernando Belaunde Terry. El tío Ataulfo, feliz, decidió celebrar el acontecimiento echando la casa por la ventana: un viaje a Europa, donde nunca había puesto los pies. Trató de que lo acompañara la tía dolores, pero ella alegó que su invalidez le impediría gozar del viaje y la convertiría en un estorbo. De modo que el tio vino solo. Llegó a tiempo para que celebráramos juntos mis 45 años.
Will schuester, un par de meses después de su partida me escribió una larga carta. Estaba muy contento con su estancia en Tokio, aunque la gente de la Mitsubishi lo había trabajar tanto que en las noches se desplomaba en su cama, exhausto. Pero había actualizado su japonés, conocido gente simpática, y no extrañaba nada al lluvioso París. Estaba saliendo con una abogada de la firma, divorciada y bella. "No temas querida, fiel a mi promesa no me enamoraré de esta Jezabel nipona. Pero excluyendo el enamoramiento, me propongo hacer con Mitsuko todo lo demás" Debajo de su firma había puesto una lacónica posdata: "saludos de la niña mala". Cuando llegué a esa frase, la carta del Trujimán se me cayó de las manos y tuve que sentarme, presa de un vértigo.
¿Estaba, pues, en Japón? ¿Cómo demonios se habían podido encontrar Will y la peruanita traviesa en la populosa Tokio? Descarté la idea de que fuera ella la abogada de mirada tenebrosa de la que parecía prendado mi colega, aunque con la ex chilenita, ex guerrillera, ex madame Arnoux y ex Mrs. Richardson, nada era imposible, incluso que anduviese ahora camuflada de abogada japonesa. Aquello de "niña mala" revelaba que entre Will y ella existía ciento grado de familiaridad; la chilenita tenía que haberle contado algo de nuestra larga y sincopada relación. ¿Habrían hecho el amor? Descubrí, en los días siguientes, que la malhablada posdata me había alborotado la vida y devuelto al enfermizo y estúpido amor-pasión que me consumió tantos años, impidiéndome vivir normalmente. Y, sin embargo, pese a mis dudas, a los celos, a los angustiosos interrogantes, saber que la niña mala estaba allí, real, viva, en un lugar concreto, aunque fuera lejísimos de París, me llenó la cabeza de fantasías. Otra vez. Fue como salir del limbo en que había vivido estos últimos cuatro años, desde que me llamó del aeropuerto para anunciarme que se fugaba de Inglaterra.
¿Seguías pues, enamorada de tu escurridiza compatriota, Quinn Fabray? Sin la menor duda. Desde aquella posdata del Trujimán, día y noche se me aparecía todo el tiempo su carita, su expresión insolente, sus ojos color marrón, y todo el cuerpo me ardía de deseos de tenerla en los brazos.
La carta de Will Schuester no llevaba remitente y el Trujimán no se dignaba darme su dirección no su teléfono. Hice averiguaciones en la oficina parisina de la Mitsubishi y me aconsejaron que le escribiera al departamento de Recursos humanos de la empresa de Tokio, cuya dirección me dieron. Así lo hice. Mi carta daba muchos rodeos, hablándole primero de mi propio trabajo y también lo felicitaba por su flamante conquista. Por fin, entraba en materia. Me había sorprendido agradablemente saber que conocía a esa vieja amiga mía. ¿Ella estaba viviendo en Tokio? Yo le había perdido la pista hacía años. ¿Podía enviarme su dirección? ¿Su teléfono? Me gustaría retomar el contacto con esa compatriota, después de tanto.
Envié la carta sin muchas esperanzas de que llegara a sus manos. Pero llegó y la respuesta casi se extravía por los cambios de Europa. Lo que normalmente hubiera demorado una semana, tardó cerca de tres.
Cuando por fin tuve en mis manos la respuesta de Will, temblaba de pies a cabeza, como atacando de tercianas. Y me entrechocaban los dientes. Era una carta de varias páginas. La leí despacio, deletreándola, para no perder una silaba de lo que decía. Desde las primeras líneas se enfrascaba en una apasionada apología de Mitsuko, confesándome que su promesa de no volver a enamorarse, se había hecho añicos, luego de treinta años de haber sido rigurosamente respetada, por la belleza, la inteligencia, la delicadeza y la sensualidad de Mitsuko.
Ella lo había hecho rejuvenecer, llenarse de bríos. El trujimán había redescubierto la pasión. ¡Que terrible haber malgastado tantos años, dinero y espermatozoides en amoríos mercenarios! Apenas volviera a París, lo primero que haría sería echar al fuego y ver como se fundían esos soldaditos que a lo largo de los años había malgastado su existencia, retrayendola a la felicidad del amor.
Por fin, cuando yo me temía que el enamorado no dijese una palabra de la niña mala, el trujimán se ocupaba de mi encargo. La había visto solo una vez, después de recibir mi carta. Le costó mucho trabajo hablar con ella a solas, porque, "por razones obvias", no quiso referirse a mí "delante del señor con el que vive, o por lo menos con quien anda y se la suele ver", un "ente" que tenía mala fama y peor aspecto, alguien al que bastaba ver para sentir escalofríos y decirse: "a este sujeto no quisiera tenerlo yo como enemigo".
Pero al fin, ayudado por Mitsuko, había conseguido hacer un aparte con la susodicha y transmitirle mi encargo. No podía enviarle cartas directamente, pero podía hacerlo a través del trujimán, estaría encantada de recibir noticias mías. Will Shuester también añadía en sus cartas: "necesito decirte, querida, que nada me haría tan feliz como servirte de clandestino? Estoy preparado para tan noble misión. Lo haré tomando todas las precauciones del mundo, para que tus cartas nunca lleguen a manos de ese forajido con el que anda la niña de tus sueños. Ella es el amor de toda tu vida no?. A propósito, felicitaciones, no será Mitsuko, pero su belleza exótica luce un aura de misterio en faz que resulta muy seductor"
¿Con quien andaba enredada ahora la peruanita? Un japonés, sin la menor duda. Quisas un Ganster, como algún jefe de los Yakuza? Seguro lo habría conocido en los viajes que hacía al oriente acompañando a Mr Richardson. Me daba la impresión que ese japonés era siniestro, ¿Quisas su físico? ¿Quisas sus antecedentes? Lo único que le faltaba a la colección de mi amiga: Ser amante de un jefe de mafia japonés. Un hombre con poder y dinero, prendas indispensables para conquistarla. Estaba visto, la niña mala nunca dejaría de sorprenderme con sus indescriptibles audacias.
Veinte veces me dije que no debía ser tan idiota de escribirle, de tratar de reanudar con ella alguna forma de relación, porque saldría escaldada y escupida como siempre. Pero, antes de un par de días de leer la carta del Trujimán, le escribí unas líneas y comencé a maquinar la manera de dar un salto al país del sol naciente.
Mis averiguaciones a ver si conseguía algún trabajo que me llevara a japon no tuvieron éxito. No saber japomes me excluía de muchas conferencias locales y no había por el moento en tokio reuniones de algún organismo de la ONU donde solo se exigieran los idiomas oficiales de las naciones unidas. Ir por mi cuenta me costaba un ojo de la cara. ¿Iba a volatizar en unos pocos días buena parte de los ahorros que había podido reunir en los últimos años? Decidí hacerlo. Pero a penas había tomado la decisión y me disponía a ir a la agencia de viajes, recibí una llamada de mi antiguo jefe de la Unesco, el señor Charnes. Me había conseguido una conferencia en Seúl – Corea. El trabajo me cayó a pelo, pues sería mucho más fácil y barato darme un salto a tokio.
En el tiempo en el que se estaba tramitando mi viaje, días muy afiebrados por su puesto, el teléfono sonó en la madrugada.
R: ¿Todavía estas enamorada de mi?
