Cada personaje pertenece a su autora.

Capítulo beteado por Melina Aragón, Beta de Élite Fanfiction (www. facebook groups / elite. fanfiction)


The only heaven I'll be sent to, is when I'm alone with you

I'll tell you my sins and You can sharpen your knife

Offer me that deathless death

Take me to the church-Hozier


… …

Teniendo veinte años, siendo moderadamente feliz, después de algunos años de perder a sus padres, vivía entre el tiempo como universitaria. Buenos tiempos le esperaron, sin tener tiempo para mucho más que lo imprescindible, logró estar presente en el rápido y emocionante crecimiento de Ethan, logró mantenerse a flote. Siempre a flote. Con el mentón en alto y el orgullo bien puesto.

¿Feliz?

Humana. Con los altibajos de cualquiera.

Mudarse a casa de sus abuelos tal vez fue su mayor ayuda, la abuela y Tanya cuidaban al enano de su hermano, ella corría a la escuela por las mañanas, salía de casa junto al abuelo, pasaban por café y jugo a la cafetería cerca de la universidad y después entraba con emoción a su primera clase de la mañana.

Volcó todo su esfuerzo y atención sobre la carrera y su familia.

Siempre estaba ocupada. Evitando que su mente se dispersara y vagara por la ya conocida calle de la desolación.

Su vida había cambiado, si bien ahora no era la sonriente y pasiva chica de años atrás, había dejado de hacer la vida de otros igual de miserable que la suya. Las personas a su alrededor sin duda estuvieron agradecidos por el cambio, tardó algunos años, pero gracias al cielo ocurrió.

La escuela le enseñó el dolor humano que acosaba a todos y cada uno, le mostró lo que podía hacer por ellos, pero también le dio un anestésico a los sentimientos, tanto propios como ajenos.

Isabella aceptó la careta de niña buena. Y el interior cayéndose a pedazos.

Por cada sonrisa, un sentimiento menos. Por cada palabra amable, un golpe a su maltrecho corazón.

Aceptó el nacimiento de ese ente maligno que le protegía de sí misma.

Estaba ella, la Bella-Doppelgänger que cada segundo refrenaba a los espectros de su cabeza, la mujer que corría en moto a todo lo que el velocímetro marcaba, hasta congelarse y envolverse en una hostil paz interior, irónico teniendo en cuenta que él nacimiento de esa Bella fue un accidente por alta velocidad.

Justicia poética para la indeterminación que era su destino.

¿Su alma oscura sin moral, la que quería ver el mundo arder por su mano? ¿La que incitaba a Edward a más? ¿La Bella que jalaba el gatillo contra su cabeza? Ella estaba todo el tiempo dentro. Esperando a salir. Acechando la oportunidad de hacerlo.

La otra Bella, la chica de blanco. La cara frente al abismo. La siempre correcta Bella de sus abuelos. A la chica que le brillaban los ojos. La experta mentirosa, sonriente manipuladora. El holograma bonito de la mierda que tenía dentro.

Ninguno de su familia era el mismo que años atrás, no habían más reuniones con la mesa a desplomar de alegría y amor, el abuelo y la abuela habían preferido cambiar la simple y acogedora cena en familia, por la pomposa y exuberante soledad de Swansea.

Emmett seguía en el extranjero junto a su padre, vivía lo que más adelante declararía los mejores años de su vida. Una familia amorosa, extravagante y alocada, aun cuando sólo fueran ellos dos; le prefería mil veces en lugar de los fríos y rigurosos tratos que últimamente los abuelos tenían. Agatha, su tía, viajaba cada vez que podía y una joven Tanya y, más parecida a su madre la seguía sin poder decir mucho al respecto.

Fue un verano cuando todo resurgió como el fénix de las cenizas, con tal fuerza que no lo creyó posible. El verano en que se creía más loca que el psiquiátrico completo. El abrazador romance que mantuvieron en secreto la envolvió en fuego, la moldeó como barro y la regresó a la realidad.

La fría cubierta de su persona se adelgazó tanto que sólo requería un simple tintineo para romperlo. Una sola grieta que liberara al huracán. Una que le incitara a golpear con toda su fuerza. Algo que le tentara, e hiciera tocar tierra.

Solía ir a la biblioteca por libros enormes, libros que cargaba felizmente, estudiaba junto a Jasper siempre que podían. Adelantar temas y tener un poco más de tiempo para Ethan, que últimamente tenía más energía que una bomba atómica.

Durante su estancia en la universidad desarrolló un pequeño gusto por no manejar en esa ciudad de locos. Llegar a casa con un par de libros bajo el brazo y la sonriente cara de un niño esperándola convertía su llegada en lo que más esperaba. Ethan convertido en celador de tal atrocidad.

«Caminaba debajo los árboles, faltaban dos cuadras hasta la residencia familiar. El aire caliente de verano se colaba por los pantaloncillos caqui, el sol irradiaba de un bonito dorado, que despertaba la piel desnuda de sus brazos. A la mitad de la calle divisó un largo cuerpo arrogante.

El chico no necesitaba verle el rostro para observar su figura y adivinar sus pensamientos. El lenguaje corporal la delataba. La había visto desde que dobló la cuadra y fue allí que decidió esperar por ella. Tomó los Ray Ban de su rostro y los guardó en el bolsillo frontal de la chamarra. Esperó a que fuera ella quien se acercase y hablara. Perezosamente observó la figura de Isabella arrastrar los pies hasta su lado.

Lárgate si vienes a molestar —le dijo secamente. Ni sus ojos verde esmeralda, o su cabello bronce y salvaje le harían perder la cabeza. Edward Cullen le había calado lo suficiente durante su vida. Ocultar la verdad a Edward era un reto, no imposible, pero sí con fecha de caducidad.

Su indiferencia de los últimos meses tenía nombre y apellido, y para terminar de joder la situación, también tenía un lazo filial. Tanya Swan, su prima.

Hola, nena. —Le sonrió con sus perfectos y blancos dientes y, todo el cinismo que pudo.

Bella gimió internamente con desesperación.

Había sido hacía un par de semanas cuando inició su extraña persecución.

¡Qué carajo les ocurría a los hombres esos días, que no podían dejarla en paz un poco!

Jacob, el amigo de Edward, había insistido tanto en una cita que terminó por decir sí después de tantas evasivas. Antes de él hubo más y siempre era la misma respuesta "no", pero desde el día que salió con Jake al London—Eye, Edward no había parado de perseguirla con insistencia.

¿Qué haces con tantos libros, Bella, tienes alguna filia con ellos?

Ella lo fulminó con la mirada. ¿Quién se creía que era? Siempre había sido un ególatra, egocéntrico y maniaco, pero en ocasiones así era cuando realmente se preguntaba, ¿por qué detrás de él sólo había aire en su cráneo?

Cullen, tengo prisa. —Isabella suspiró cansadamente y apoyó su peso en sus dos pies—. Dime tu preparado y ensayado discurso, y ve detrás de alguna que te abra las piernas.

Podía escuchar su estruendosa risa acorralándola contra la pared de los Sims, una familia que alternaba su vida entre Londres y Liverpool.

Apuesto todo lo que tengo a que quieres ser una de esas.

Bella paró de golpe, si bien… había una pequeña, muy pequeña parte en su cerebro que decía y afirmaba lo mismo, no se lo diría en voz alta ni aunque la mantuvieran en una sala inquisitoria del siglo XVII, nunca lo haría.

¿Y si lo soy? ¿Qué… qué gano yo? —Edward había esperado que le evadiera como en otras ocasiones, ¿era ella la que decía que sí o sólo jugaba con su mente?—. Años atrás dijiste que debía parar con mi… ¿cómo la llamaste? —se interrumpió a sí misma, enarcando la ceja y disfrutando de la cara de sorpresa—. ¡Oh, sí! Lo recuerdo: Obsesión. Lo que nunca me dejaste decirte, Edward, es que el que siempre quiso esa obsesión has sido tú.

Isabella terminó por clavar su índice en el pecho de él.

Bella siguió su camino, eufórica por dejarlo atrás sin palabras; pero una mano detuvo su camino con firmeza, jaló de su cuerpo y la encerró entre sus brazos. Ella lo miró directo a los ojos, como si mirara el sol y no le importara nada. Se quemaría debajo de todos esos rayos que emanaba.

Si mal no recuerdo, Isabella, has sido tú la que mantiene un ojo sobre mí, todo el tiempo.

Ella sintió sus mejillas arder ante los hechos. Respiró profundo y clavó uno de los volúmenes de patología en el pecho del chico. Automáticamente se alejó de su cuerpo. Él era una de esas personas, que por cada palabra que decía las dejabas de querer un poco, hasta llegar al punto de no saber si las detestabas o sólo era una persona más.

¡Auch! —se quejó sonoramente—. Has roto mis costillas, Isabella.

Te he dado en el esternón, idiota, son huesos diferentes.»

Amigos, conocidos, compañeros. Bella recordaba todas las etapas de su relación. Crecieron juntos. ¿Cómo se dio? Tal vez era mejor preguntar ¿Cuándo se desató todo?

Habían sido los mejores amigos en la niñez. Enfermaban juntos. Jugaban videojuegos juntos. Los institutos, juntos. Sus novias fugaces… juntos.

«—Nos divertiremos Bella, te lo juro, será divertidísimo —le aseguraba un sonriente Jacob Black. Se conocían por Edward. Él y Jake eran como una pequeña sociedad. No iba uno sin el otro. Después de que ella se alejara por convicción, no había vuelto a hablar más de tres palabras con él… hasta ahora.

Ella indecisa entre decir: sí o no. No era justo para él.

Yo... no lo sé, Jacob —decía torpemente, ir a una fiesta… tenía exámenes mañana. ¿Cómo ir si aún no repasaba ni la mitad de la lección?

¿No crees que deberías alejarte un poco de la Universidad, Bella?

Jacob la había citado en un pequeño café a la mitad del vecindario. Las pequeñas mesitas y el lugar ambientado los trasladaban a los años 30, donde una delicada y respetada señorita se mantenía a cuarenta y cinco centimetros alejada de su cita… sólo les faltaban los chaperones.

Bella seguía preguntándose por qué no se enamoraba de aquel muchacho, era un hombre muy atractivo, tal vez no era candidato para hacer una película romántica, pero era atento y noble. Era guapo. Era un hombre justo. Pero su piel tenía el extraño deseo de arder en fuego por otro. Isabella y su cuerpo, juntos y peleando contra el otro.

Jacob… creo que esto, bueno… esto —decía con torpeza, tratando de mantener tacto sobre una situación incómoda. Alejándose cautelosamente.

Nosotros, Bells, ¿tú y yo? —Se reía de ella.

Bien… hemos estado viéndonos por un par de semanas, pero… yo creo que…

Creo entender lo que quieres decir —Jacob la veía entre molesta y apenada. Y en cuanto le dio a entender sobre lo que quería hablar alzó su rostro aliviada. Incluso creyó ver un suspiro de alegría escapar entre sus labios.

¿Es por él que no quieres iniciar nada?

Bella apretó los labios, culpable.

Sabes, Bella… en el instituto teníamos una apuesta. —Jake se cruzó de brazos y tocó el mentón de Isabella con algo más que diversión—. ¿Quién desfloraría a la mimada señorita Swan?

Ella abrió los ojos desconcertada, ver los ojos burlones de Jacob bastó para adivinar sus juegos. Había sido de ese modo todo el tiempo y podría jurar sería así hasta el fin de sus días. Ser el mejor amigo de Edward Cullen tenía que dejar algunas secuelas en su personalidad. Ambos, dos lobos de mar, burlones y escurridizos.

Él empezó a reír y ella contagiada por él. Le mostró el gesto de reproche de abuela vieja y alejó su cara de las manos de Jake.

No sé si es por él —confesó abiertamente. Era la primera vez que lo decía. Ni siquiera Alice sabía algo sobre ello.

No te mientas, esto ha sido divertido pero ambos sabíamos que no llegaría muy lejos. Ahora bien, lo que me ocasiona curiosidad es saber tu lugar dentro de la ecuación. Él y tu prima mantienen una relación. Son como la pareja de Oro y lo sabes. ¿Quién eres tú?

Bella lo miró sorprendida.

¿Por qué cada vez que le mencionaban a esos dos le entraban unas ganas enormes de romper algo?

¿Era ella la tercera en discordia? ¿Tenía la capacidad de lidiar con el mundo que se iría encima de ella si confesaba sus más profundos deseos? ¿Edward se acobardaría o daría un paso a ella?

Habían mantenido el seductor juego de mentiras. La seducción vedada, con la confianza del pasado. ¿Podrían más? ¿Se mantendrían en el fuego? ¿El juego seguía? ¿Las mentiras, él y ella, se quemarían juntos, llevarían la batalla como iguales, podía arriesgarse?

Jacob viéndola perdida en su taza de café decidió continuar.

Creo que este es el incómodo momento donde me dices que no quieres saber nada más de mí y sales airadamente como toda una chica de sociedad. Luego iras por un caballero que quiera defender tu honor ante esta sabandija —le susurró señalándose a sí mismo. Bella soltó una sonora risa con más fuerza.

Sería de lo más genial… pero no sé si encuentre un caballero dispuesto a defender mi honor —le dijo a Jacob encogiéndose de hombros, este entornó los ojos y rió por lo bajo, como sí se burlara de ella.

Hemos estado aquí por casi una hora —empezó sereno a decirle mientras sacaba su billetera para pagar—. No pasaron ni diez minutos antes de que tu caballero andante atravesara la puerta.

Jacob cogió su abrigo, le besó la mejilla y susurró.

Era en serio lo de la apuesta… sólo que más de la mitad apostó por Edward, tú sabes, no era un negocio rentable…

¿Por quién apostaste tú?

Por mí, naturalmente.

Sorbiendo el último trago de su bebida le sonrió como nunca, mientras sus mejillas se coloreaban de carmín.

Al otro lado del café, Edward, estrujaba la carta, ¿por qué le sonreía? ¿De qué se reían? Verlo acomodar su cabello encendía alarmas en su cabeza. No quería que la tocara, no quería que la viera, ni siquiera entendía como ella había aceptado salir con él. Se suponía que Black era su amigo, sabía de sus intenciones. ¿Por qué la había invitado a salir? Maldita sea.

Es hora de irme, Bella, ¿te llevo a casa?

La vio mirarlo peculiarmente ruborizada, observó a Jake tomando la gabardina de ella y se colocandola con delicadeza, deslizando la tela por su cuerpo y estrujando sus hombros de paso.

No me dirás quién es ese misterioso caballero, ¿verdad?

No hace falta, he comprobado lo que quería, esperemos que esta pequeña farsa. —Se señaló a ella y a él mismo repetidas veces—. Le sea suficiente para saber que hay muchos chicos que harían lo que fuera por estar contigo y, que si sigue comportándose como un idiota sólo retrasará lo inevitable.»

Fue entonces cuando llegó él.

Después de las salidas con Jacob, las cosas con él fueron más radicales. Cambios… cambios. Siempre los hubo. Sutiles, notables, imprevistos y provocados. Los hubo en todas sus formas y de ambas partes.

Lo recordaba saliendo de la universidad. De esas tardes que parecían nunca terminar en la biblioteca, trabajos finales, exámenes de cosas que juraría no utilizar jamás.

«Ética, bioética… patrañas, si nadie lo lleva a cabo. El paciente es primero… que un cojo le golpeara si no había visto a más de uno dejar olvidados a SUS pacientes en la sala de urgencias.

Era uno de esos días fríos donde amaba sus botas altas. Se colocó la cazadora y una bufanda alrededor. Los dedos de sus pies comenzaban a dejar de sentirse pero amaba caminar sintiendo el aire colarse bajo su ropa y el viento enredando su cabello sin cortar. Desordenando su desastre.

¿Esto es lo que quieres? —preguntó curioso y aprensivo, mirando de arriba a abajo a la desordenada mujer, con las ojeras profusas y el hielo en su vida.

Verlo frente a frente. Igual que siempre. Retando, advirtiendo, invitando. ¿Podía hacer todo eso a la vez? Magnético, inevitable.

¿Qué hacía allí? ¿Cuánto tiempo sin verlo?

Hola, Edward.

Edward… saboreó su nombre en la lengua.

Edward como años atrás, el niño risueño y el adolescente siempre dispuesto a sacarle una sonrisa. En algún punto ella esperaba que esas dos personas siguieran allí para ella.

Ven, te invito a cenar. »

¿Comenzó allí? No podría asegurarlo, pero sus encuentros fortuitos dejaron de serlo.

Cada vez que podían su cuerpo llamaba al otro, día a día, semanas enteras. De pronto un día, ambos anhelaban sus ansiosas citas. Salidas a cenar, comidas perdidas, interminables películas, citas para follar. Bella le mostró su lado obsesivo, él era su obsesión. Él la veía y sólo quería tocarla, follarla hasta que desfalleciera. Al principio fue difícil. Acoplar horarios, escapar de la novia de él, su propia familia, compromisos y demás mierdas juntas.

Nunca fue normal. Sus encuentros siempre se cargaron de todo o nada. O todo muy bien o todo muy mal. Edward encontró la manera de castigarla, se tornaba brusco durante el sexo. Castigarla por su insolencia, su cobardía, pugnaba sus propios estigmas en ella. Era juez y verdugo. El segundo de más agrado que el primero.

Abrazados parecía que pudiera ocultarla del mundo, incluso de ella misma. Ocultar su pasado, su familia, su deber. Ellos dos contra el loco e injusto mundo.

¿Ellos se aman, cierto?

Sí, habían crecido juntos. Su experiencia en relaciones era mucha. Dos personas que se conocían de tal manera sólo podían amarse u odiarse, no había términos medios. Habían pasado por ambas. Amigos inseparables en la niñez. Celos fugaces en la adolescencia. Odio contra sus vidas y lo que era. Muy seguramente seguirían así por el resto de sus vidas.

Edward encontró su parte animal. Caray, si hasta pensaba en marcarla de la manera que pudiese. Sus celos animales le consumían por completo de todo y todos. La olía, era su forma de reconocerla. Suya. El aroma tan propio de ella.

Ed utilizó la herencia de su abuelo materno, Lord Masen y compró un apartamento en la ciudad. Vacío, frío, y sólo para ellos. Un lugar donde desatar el fuego de la pasión insistente y convulsiva.

«—¡Motín! —le gritó del piso superior.

Edward se recargó en el barandal de metal que parecían ramas entrelazadas. Había estado allí los últimos quince minutos, observándola.

Sabía que estaba desnuda. Sus prendas aún se arremolinaban en su habitación, con sólo un colchón y una cómoda. Una de las mantas que Isabella compró la semana pasada en el supermercado, era la encargada de cubrir su cuerpo a la mitad de una fría y lluviosa tarde de septiembre.

Se había quedado sentada frente al ventanal de piso a techo que le dejaba ver la ciudad.

Perdida en sí misma. Dócil por fuera, revolucionada por dentro.

Había aprendido a descifrar el lenguaje corporal de una mujer cadenciosa, extraña y alejada del mundo.

¿Qué haces aquí? —preguntó preocupado. Sus pies estarían helados, podía apostar que ella se había convertido en un témpano de hielo. Ven quiero tenerte de nuevo.

Isabella soltó una risita pequeña y escalofriante. Para Edward, esa Isabella de mundos oscuros, inaccesibles y ocultos, le inquietaba toda su vida. Cuando esa mujer, rebelde y traviesa, con el desasosiego a flor de piel, dejaba que la tocase, Edward podía jurar que el alma de Isabella se entremezclaba en su aliento hasta llegar a él. Confundirse, agitar su interior y luego hacerlo bullir en el más absoluto placer.

Era tan extraño y, tan exquisito. Tomar a esa revoltosa Isabella se estaba convirtiendo en una necesidad.

No puedes declarar motín. —Bella se levantó del piso y se cubrió de nuevo con el cobertor gris de plumas. Sus hombros y piernas desnudas se arrastraron hasta el pie de la escalera—. Sigo aquí, no te he desobedecido.

No estás en mi cama, Swan, eso es una rebelión de tu parte.

Mi querido capitán… no me iré, sigo sin desobedecer.

No, te convierte en una sublevada… —Ed esperó a que ella subiera las escaleras y abrazara su cuerpo—. Te castigaría toda la noche.

Me gustan tus castigos… son deliciosos.

Edward rodeó su cuerpo que aún bajo la enorme manta. Humo. Humo helado y gris.

Ven mon amour, estás helada… deja que derrita tu corazón ¿Me dejarás?

Meine Schatz. —Isabella hundió su rostro en el pecho de Edward, apenas cubierto por su camisa. Y declaró con ese acento fuerte que Jasper le enseñó—. Mein Herr, Mein Liebe

¿Eso qué significa?

¿Así que sé algo que el notable Sr. Cullen no? —Ella se rió contra su pecho, provocando que el cuerpo de él vibrara entero—. Tendrás que buscarlo Edward.»


Dos caras, dos vidas

Sí, fue el hombre que amó con la fuerza de los veinte años, la firmeza pasional de sus caricias, las palabras duras y lujuriosas y los roces vedados bajo el mantel. El hombre por el que se convirtió en sombra.

Tanya era una muñeca, fría, rubia y rica. Ante los ojos de todos su novia perfecta, la mujer que calzaba al estatus social y el requerimiento diario. Edward durante su juventud solía tomar cualquier chica como su acompañante. Citas para follar. Y ella, su propia prima, había sido la única que salió a relucir el término de "novia". De las cosas que le envidiaba con toda el alma, la principal era esa.

Bella era diferente. Nunca pudo calzar igual a las demás chicas. Con ella todo era malditamente ilógico.

Lo encontró cuando menos lo esperaba, pero sí cuando más lo necesitaba.

No fue su novia secreta. No fue su amor secreto. Era su todo, pero bajo el mantel.

Todo lo que Edward hizo alguna vez con las mujeres era cuestionado por ella, el sexo, el desenfreno, la aventura, el más, cada día quería más. Ella y él exigían más. Tiraban de una cuerda por lados opuestos.

Él la quería a ella. Ella quería aferrarse a él.

Si la amó o no, Isabella nunca se atrevió a preguntar. Sus te amos le parecían fantasmas. Sus cariños, de papel.

Hubo un punto en el que ambos querían cosas que el otro no estaba dispuesto a dar. Confianza, compromiso… amor en acciones.

Tanya era una mujer libre, el lema "¿Para qué es la vida sino para vivirla?"

Ella le dio eso: la posibilidad de hacer y mandar sobre sí. Era excepcionalmente condescendiente no por convicción sino por exigencia, de su madre, de él, sus amigas o la suya propia.

Poco a poco la relación entre primas cambio, Bella sintió remordimiento de sus actos y Tanya fue la victima de su propio juego. Bella: verdugo y delincuente al mismo tiempo.

Tanya, mantenía su ojo crítico sobre su prima al tiempo que rozaba a Edward sobre la mesa. Isabella en respuesta, sentía los dedos juguetones de él debajo de la mesa.

Haber tenido que presenciar la frustración y soledad de quién sufría por amor, sumió en el dolor y la impotencia a los otros. Hubo un punto medio, para Emmett, que mantenía las esporádicas visitas a Londres, las cosas se partían a la mitad. Conocía ambas partes y por esa vez tuvo que culpar a su prima favorita: Bella y su desenfreno. Calló por respeto a la privacidad de ambas pero sin duda sabía el desastre en que terminaría aquello.

Ella se despreciaba por dañar a un tercero, su "moral" o el recuerdo del feliz matrimonio de sus padres hacía mella en sus actos. Mas era imposible luchar contra ese monstruo. Era una tormenta de fuego que los consumía. Tal vez para ambos fue el primer amor, quizá no. Jamás se sintió incorrecto pero sí como en un campo minado. Presas de su propia red intrincada de falsas apariencias, sutiles errores, acciones no efectuadas y su soledad.

Ser infeliz por mero gusto. Aun cuando estaba tan cansada de pelear. Agotada y exhausta de sus palabras, de la perdida de todo, de vivir con fantasmas y deseos escondidos. La frustración de combatir una larga batalla que no tenía ni pies ni cabeza.

Agobiada de caminar sola por la nieve. Quería tomar un descanso, un momento, recostarse sobre el frío y dejar que la cubriera por completo. Deseaba observar las estrellas y perderse en el abismo. Anhelaba bajar al infierno tocar a la puerta y entrar a saludar como se hace con un amigo. Ansiaba el descanso final.

La locura adolescente le empezaba a pasar factura.

¿Era ella o eran las voces en su cabeza?

Se sentía como correr directo a la boca de un lobo. ¿Quería parar o quería correr? Bella no se decidía cuando se encontraba a sí misma metida en la boca de él.

Vamos, que tome otro pedazo de tu corazón. Sabes que lo hará si le hace sentir bien.

Isabella sentía miedo, de ella y de todo. Miedo de amarlo. Miedo de perderlo. Miedo que después de esto, no quedara nada. Miedo de dejarlo ir. Miedo de ser feliz.

Su confiada cabeza la había abandonado a su no tan confiable suerte.

La crisis de los veinte. Sus tardes con Edward, donde no sabía si estaba feliz, alterada o demasiado estupefacta para hablar.

Se recordaba a sí misma caminando largas distancias. De norte a Sur. Día y noche. Caminaba como si quisiera olvidar, como si con cada pisada que daba contra el frío asfalto de esa ciudad dejara un poco de su miedo, una milésima, algo de esa sombra que la acompañaba. Algo de sí misma. Algo de lo que fuera que tuviera, para volver al lecho lujurioso de él.

Recordaba el frío de su cuerpo. La sensación de que todo se desmoronaría en cualquier momento.

El enamorarse parecía irreal. Se habían escabullido un par de veces, todo parecía nuevo e incitante.

Habían ido al cine. Isabella le había hecho tomar el transporte público; la mitad del camino había estado, en palabras de la propia Bella, gimoteando por usar el autobús. La otra mitad se había dedicado a besar sus labios.

Lo llevó al zoológico. Curioso. Era ver a un niño corriendo por la ciudad. Sonreía con cada animal, tomaba fotos de todo cuanto se encontró. El acuario y sus tranquilizantes colores, la fuerza y majestuosidad del rey de la selva, las aves de vuelo rápido.

Su verdadera pasión: la fotografía.

La joya del baúl: una vieja Polaroid de su madre, Grace.

Ella lo descubrió cuando se marchó de casa y dejó aquellos enormes baúles en el sótano de los Cullen. Más tarde Bella descubriría sus álbumes, una compilación de Grace Cullen y los años junto a su hijo.

Su cumpleaños pasó, lo festejaron juntos. El animal hambriento de su cuerpo no pidió permiso, no se presentó ni anunció en su vida. Llegó y cual arrasador fuego no dejó nada a su paso. Las negativas no existían para él.

Lo cierto era que ella lo deseaba como jamás había deseado algo. Lo quería. Tenía sed de él, de su cuerpo, de sus labios, de sus brazos y sus ojos infinitos. Lo esperaba desde años atrás, lo añoraba, lo presentía, era adicta a él.

Vino en sueños, en premoniciones. En momentos cruce. Creció junto a ella y se instaló en todos los poros de su piel.

Para él, tenerla bajo su cuerpo, sentir el corazón de ella latiendo a un lado suyo y saber que muy dentro de su cuerpo y su mente se sabía suya, lo llenaban de un sentimiento primitivo en su pecho.

Contener los gemidos de Swan con su boca. Estrujar cada recoveco de su piel. Marcar su piel con sus manos de hierro al rojo vivo. Introducirse en sus ojos al tiempo que profanaba su cuerpo. Temblar con sus orgasmos. Caer al abismo después de ella, con ella, antes que ella. Todo el tiempo ella.

Ella y sus promesas vacuas.

Ella y su lengua filosa e inteligente.

Ella y su cuerpo de infierno.

Ella y su mente tormentosa.

Y ellos, ellos sólo podían rendirse. Abandonarse al infinito placer de yacer juntos.

«—Así que… ¿tenemos algo?

Edward retiraba los cabellos de su espalda. Besaba sus hombros desnudos, y preguntaba todo lo que le pasaba por la mente.

Cullen. —Bella se acercó a su cuerpo. Dejó que los brazos fuertes de él la encerraran y sus alientos se mezclaran—. Te conozco desde que te sacabas los mocos, ¿aún no sabes cuando digo sí?

Eres odiosa. —Edward pellizcó su costado y sus senos.

Y bonita… —agregó—, eso es una de las cosas que te atraen a mí.»

Fue un mes antes de navidad cuando todo dentro de sus vidas retumbó.

Su abuela aún vivía. Su abuelo mantenía la cobija paterna sobre sus hombros. El peso de la confianza de la familia residía en esa cabeza caoba, con mentiras entre los labios. ¿Quién lo imaginaría? La siempre correcta. La siempre atenta. La sutil dama que no quería ser rescatada.

«—Tienes que hacerlo con cuidado, Ethan. —Bella se partía de risa viendo al rubio de seis años cortar la masa para galletas. Tomaba con sus dos pequeñas manos el molde y lo azotaba como tratando de matar a la pobre masa.

Un grito hizo saltar al niño y fallar su último tiro a la masilla. Tanya en la mitad de la sala berreaba con toda la fuerza caprichosa que contenía. Aulló por ella y, vociferó llamando a todos.

Ambos, Ethan y Bella, se vieron con curiosidad. Él juraba que a esa mujer le faltaba un tornillo, alguna vez intentó incluso usar sus herramientas de juguete y plástico y apretar su cabeza, una anécdota que el cabello de Tanya no recordaba con felicidad. Bella lo dejó cortando la masa y caminó a la sala, intentando averiguar el origen de tan usual comportamiento.

¿Qué te pasa? —preguntó aún entre risas de la cocina.

¿Qué pasó con Edward? ¿Qué han hecho desde septiembre? —le dijo ella de vuelta. Sus ojos siempre líquidos llameaban de rencor. Las facciones finas, se convertían en afiladas lanzas que se disponían a atrincherarla.

La verdad iracunda aullaba desde sus gestos fríos. Sintió el escalofrío correr por su espalda. El sudor helado de su frente le recordó que estaba a la mitad de la casa familiar. El lugar de todos decía la abuela. El lugar donde no podía soltar al Doppelgänger.

Entonces, ¿no lo niegas? —preguntó ella con un tinte asesino en su voz.

¿Para qué?

Ahora o nunca… es mejor así que esperar que te mate por la espalda, era el consejo de su yo interno.

¡Tú y tu ser infernal! —Bella no temía que se abalanzara contra ella—. No sabes lo que has hecho, idiota. ¡Estábamos por comprometernos!

No trates de chantajearme, Tanya —fue su respuesta inmediata.

Tanya no era una mujer que gustara de usar sus uñas retractiles contra las personas. Era más bien, el tipo de gato aristocrático que necesitaba de un mayordomo.

Bella había cerrado los ojos, estaba realmente avergonzada de sí misma, lo estaba. Su remordimiento no le traería nada de vuelta, aun así prefería no verle la cara.

Vienes a casa como si algo importante ocurriera. —Podía jurar que ese día murió más veces que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra bajo las imperdonables acusaciones y sentencias de muerte que la rubia tiró contra ella—. Lo ves a él y piensas que tienes derechos. Eres una zorra Bella, una zorra mustia.

¡Maldición! Deja de actuar como una niñita. Se ha ido de las manos. Siempre fue así inesperado, fuera de control, inapropiado y condenadamente bueno.

No quiero esto… no fue planeado… —le remedaba Tanya infantilmente y con las manos en la cintura—. No seas la niña buena que no te queda. No más.

Tanya… no quiero hacerte daño. Creeme, nunca lo quise. No me hagas querer hacerlo.

No seas una perra melosa, Bella —le dijo enfatizando su nombre—. Siempre ha sido así, demasiado embustera para reconocerlo. Todos te cubren, Bella, todo el mundo. Inclusive en el lapso que eras la peor persona que pudiéramos conocer todos te excusaron. ¡Mojigata!

«¿Crees que esto con él durará mucho? No te engañes. —Tanya se había acercado lo suficiente para decirle lo último en voz baja—. Eres una puta, Bella, ¿crees que sólo por ponerte un vestido y arreglar tu cabello correrá a ti? —Tanya tomaba con desdén uno de los pocos vestidos que tenía. Tomó un rizo que caía de su cara y lo dejó detrás de su oreja. Cínica e inverosímil.

Bella sintió su mejilla arder y ella seguía escupiendo directo a su cara.

Perdió a sus padres —explicó Tanya con un tono dramatizado—. Está sola en el mundo. Nadie la entiende… —le miró fijamente antes de reírse—. Patético, Bella.

Abrió los ojos con cautela y lo primero que vio fue sus labios torcidos en una sonrisa cínica y sus ojos rojos de rabia y no de llanto.

Hazte un favor a ti misma —le dijo Bella con todo el carácter que había logrado reunir—. Cállate.

Fue ese día cuando se recordó porque nunca buscó ser la niña bonita. No lo era ni lo sería nunca. Ese papel estaba fuera de discusión. Quería correr escaleras arriba, ponerse unos vaqueros y correr en moto. El viento en su cara y el zumbido en sus oídos, ensordecer las palabras que ella decía… le hacía daño, no lo admitiría ni bajo tortura. Jamás.

Sé lo que hiciste —confesó en su oído, relamiéndose los labios de morbo—. Dime, ¿te abrió las piernas como lo hizo con todas, te gustó?

Bella no quería oír, hacer el amor con él era la experiencia más maravillosa de su vida. Era como si sólo existieran en ese momento. Tanya manchaba sus recuerdos románticos, sus ojos de desprecio, sus ademanes de humillación. No quería que le afectaran, pero lo hizo.

Durante su intercambio toda la casa asomó la cabeza para escuchar la histeria de una y los ojos llameantes de la otra. Emmett ocultó a Ethan, cosa que internamente Bella agradecería después.

¿De qué habla, Bella? —preguntó el abuelo con cuidado. Había ascendido desde su despacho en la planta baja de la casa.

De nada —contestó mordaz.

Dile… hazlo o lo haré yo. —La voz amenazadora de Tanya desató la sensación de lucha dentro de ella

¿Y qué dirás, Tanya? —la retó—. Le dirás lo mucho que lo disfruté, le contarás tus aventuras por Londres. ¿Qué tal si le contamos cómo empezó todo? Adelante hazlo.

Edward me está engañando con ella. Se han estado viendo de meses atrás. —Las lágrimas no eran de decepción, eran de ira y drama. Ella las transformó en un llanto para el abuelo, un engaño de chica torturada y pequeña, una a la que se debía proteger.

Isabella ignoró a sus abuelos en el rellano de la escalera. Marianne mantenía una mano en su boca, incapaz de creer de Isabella, el abuelo contuvo la mueca pacífica y la tensa línea de la mandíbula.

¿Quieres que lo grite? Sí, lo hice y me ha encantado. Hemos sido él y yo y no me importa… no me interesa tu cabeza creando cuentos. Estoy más allá del remordimiento. —Isabella, oscura y malévola. Isabella sin miedo. Isabella sin careta ni disfraz.

¿Por qué me odias tanto?

Tanya corrió a los brazos de su abuela y madre que sabía, le protegerían de todo y contra todos.

¿Odiarte? —Bella se reía sonoramente deleitándose de sus palabras—. Ni en sueños. Eres una mujer banal y frívola. No me interesa tu vida y no pienso afligirme por destrozar tus planes. —Caminó a ella, sin mostrar el más mínimo temblor. Allí acababa la chica buena, hasta allí las buenas enseñanzas Swan—. A tu madre le encantará saber que perdiste la oportunidad de oro… Adiós a los Cullen y su fortuna.

Yo soy mucho mejor que tú. Y todo te lo dan a ti.

Su abuela, Marianne, palmeó la espalda de la rubia hipando fatalmente. El melodrama digno de ella. Bella rompió a reír con amargura. Dentro de sí y sin que nadie lo supiera. Le encantaba herirlos. Lastimarlos y sentir como se desmoronaban bajo ella. Desafortunadamente, Isabella se caía junto a los otros.

¿Por qué lo hiciste… recurriste a todo por obtenerlo?

Basta con tu odisea. Me tienes harta… ¿yo, hacer? ¡Jesús, Tanya!

Tanya, es suficiente. Bella al despacho.

No —replicó ella de vuelta. El abuelo entornó los ojos y caminó a ella. Tomó su codo y la condujo con fuerza a la primera puerta del pasillo bajo las escaleras. No pasaron ni diez minutos, cuando la tormentosa cabellera de Isabella se apresuró a la calle y azotó la puerta tras de sí.

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Al salir del despacho el campo de batalla había sido demolido. Ninguna se dirigiría la palabra y secretamente, Bella, agradecía regresar a la locura de vida agitada tan pronto como pudiera.

El hecho de saber que tendría que compartir la mesa una con la otra las sobrepasaba. Bella tenía ganas de gritarle a cada segundo. Tanya rabiaba por el juego perdido, odiaba que su madre le echara en cara su derrota y vergüenza.

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Vaya, esa niña es toda una caja de sorpresas. —Su querida hermana solterona gustaba de aplastar la mala imagen de su nieta.

El Sr. Swan la miró por encima de los lentes hasta hacerla empequeñecer y ocultar su orgullo. Agatha era una mujer que disfrutaba de las moronas de su herencia, que había gastado en cuanto viaje se le ocurrió.

Silencio Agatha, tú y tu hija no dirán una sola palabra sobre esto si quieren seguir gozando los privilegios de mi familia.

Esa tonta. Años y años extrañándose, amándose y justo ahora se les ocurría esto. Alexander haría lo que estuviera en su poder para aminorar el escándalo de su Bella, no dejaría que le trataran de perra descarada aun cuando no hubiese movido un dedo si los papeles se intercambiaban. Juraba por su familia y su apellido que no sería de esa manera. Aunque había que reconocerlo… era de lo menos oportuno.

Tengo tanto derecho de estar aquí como cualquiera —aseguró su hermana valientemente.

¿Quién eres tú contra Bella que es mía? Mi nieta. —El Sr. Swan remarcaba cada palabra con el acento aristócrata que gustaba de utilizar—. Nadie. »

¿Acaso los guerreros dejaban de serlo cuando acababa la guerra?

No.

Los hombres como él no cambiaban jamás, estaban forjados de la misma forma, de hierro, al igual que las mujeres como ella.

Bella, sumergida en la casa de Chester, escribió una carta enorme. Doce hojas a Edward, detallando cada punto que creía era suficiente como para que no volvieran a verse nunca más.

Edward, prevenido por Emmett, de la batalla a la mitad del salón de los Swan. Tomó su carta y la lanzó al fuego.

La miró a los ojos y le reafirmó su presencia.

Calcó cada fibra de su ser en la piel y el alma de Isabella.

Sólo dejarían que los hilos que entretejían el destino, el caos que reinaba nuestra existencia, ese que tomaba las vidas del mundo, los devolvía y enredaba: uno al otro.

«Bella sabía que podían pasar horas viéndose el uno al otro. Podía optar por ignorarlo y pasar los dedos sobre los lomos de los libros de la biblioteca de la facultad, su señal para cuando el ansia la carcomía por dentro.

¿Cómo se enteró Edward?

Ser testigo mudo de todos los hechos que llevaban su nombre era agotador y al mismo tiempo alucinante. Su historia vista como un espectador, sus recuerdos como protagonista y el ojo crítico que le proporcionaba la tranquilidad y protección momentánea de él.

No lo sé… —Ed aceptó al final—. Creo que siempre lo ha sabido, sólo quiso denunciarlo ahora.

No gana nada.

Dejarte como la mala.

Eso no es nuevo, todos saben quién soy.

Edward tomó asiento a un lado de su silla en la última sección del jardín frontal que solían usar a modo de escondite. Escondidos de todos, con apenas una lámpara sobre sus cabezas, la oscuridad de la noche y el frío del recinto vacío.

Déjala… se le pasará. »

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… …


"Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé"

Isaías, 43:4

«Dominus illuminatio mea» El Señor es mi Luz.

Salmo 27


¡Chiquitines!

¿Qué tal, Isabella y Edward, versión 20 años?

Espero sus cometarios :D
Feliz fin de semana.

A todos los que se toman un espacio en sus vidas para leer HD. Gracias por seguir aquí.

Hay más ¿quieren otro capítulo?

VO'H