¡Alabado sean Ala, Buda, Dios, Zeus y todas las entidades divinas que tengan el placer de ser reconocidas por la raza humana!...

La musa ha regresado. Cuando ya no contaba con escribir en un largo tiempo, despierto y veo a la muy perra en mi ventaba, con un chupelatín de chocolate en sus labios de petera…

Oh, si… ¡Y aquí estoy yo! Despierta a las 12:48 en un día feriado, con mis pantuflas de conejo y la lagaña corriendo como lágrimas… (((¡Qué asco, boluda, lávate!))) ¡Ahorita voy!... ahre. Me he tarado, lo sé, pero no he abandonado la idea. Tal como les he dicho, dedicaré dos capítulos a Tigresa… su punto de vista respecto a Shen, algo más centrado.

¿Cómo lo conoció?

¿Cómo terminaron de la forma en que lo hicieron?

¿Por qué soportarse mutuamente si bien podrían mandarse a la mierda?

Este capítulo (y el siguiente) son recuerdos.

Tal vez encuentren a Tigresa un poco inmadura y hasta tonta en cierto aspecto, pero recuerden que se trata de una Tigresa de catorce años que prácticamente sigue siendo una niña. Todos somos un poco tontos a esa edad (y a cualquier edad).

ADVERTENCIA: ¡El Shen/Tigresa no existe!... ¡No flasheen con Shen/Tigresa porque no existe!

Ahora si… ¡A leer!


Recuerdos.

Part.1

Tigresa no lo pensó demasiado cuando Tai Lung le dijo que saldría con unos amigos y la invitó a que lo acompañara. Era eso o quedarse en la casa con Mei Ling y cuidar de Peng. Sonrió, como pocas veces lo hacía, y pidió a su hermano que la esperase cinco minutos. Tiempo que invirtió en subir a su cuarto, colocarse unos jeans y buscar una chaqueta. Hacía años que había aprendido que su pelo tenía vida propia y decidió que todo lo que podía hacer por él era simplemente recogerlo en una coleta. No se había arreglado demasiado, pero sí más que de costumbre.

Mei Ling ni siquiera la miró cuando salió por la puerta a Tai Lung. Como siempre, hizo de cuenta que ella no existía. A Tigresa ya no le molestaba. Estaba acostumbrada. Siguió a su hermano hasta la moto negra de este y se montó detrás de él, aferrándose a su torso.

—No pienso ir despacio —advirtió él, al tiempo que arrancaba el motor.

Pero Tigresa solamente rio y se aferró aún más fuerte al material de la chaqueta de él.

No temía a la velocidad.

Encontraba liberador la forma en que el viento frío golpeaba su rostro y se colaba entre su cabello, le daba la sensación de que nada podría detenerla, de que todo era posible si tan solo continuaba. Tai Lung no era precisamente prudente, pero al menos Tigresa confiaba en que no los estrellaría contra ningún poste. Eso le daba tranquilidad para cerrar los ojos y apoyar la mejilla en su espalda.

No prestó demasiada atención el camino que tomaron, solo supo que salían de la ciudad. Al cabo de media hora, se encontraban en los bordes de un parque. Tigresa no preguntó. Solo observó cómo Tai Lung estacionaba la moto junto a otro grupo de vehículos y bajó junto a él.

—Venga, no te separes —le advirtió Tai Lung, a la vez que la sujetaba de la mano.

Tigresa asintió.

Tenía un poco de frío y las piernas le temblaban, pero se las arregló para seguir a su hermano sin un atisbo de nervios en su rostro. Era buena ocultando sus pensamientos, sus emociones. Razón por la cual le tocaba seguido mentir en nombre de Tai Lung.

Caminaron un par de minutos antes de encontrar un grupo de chicos, todos ellos arremolinados en torno a un par de banquillos de madera. Un reproductor de stereo estaba en el medio del círculo y reproducía una canción que ella no conocía. Parecía rock, aunque no del pesado. Le gustaba. Sonaba tranquilo y romántico en cierta medida.

—¡Eh, traje a alguien! —Anunció Tai Lung—. No la molesten.

De inmediato, varios pares de ojos se posaron en Tigresa y ella, por primera vez en su vida, sintió vergüenza de ir de la mano de su hermano. Lo soltó y sonrió, con expresión inexcrutable.

—Ay, pero si es una ternura —exclamó una chica del grupo.

—¿Cómo te llamas, lindura?

Tigresa arrugó el entrecejo. ¿Acababa de llamarla "lindura"?

—No sabía que te gustaban tan menores —se mofó uno de los chicos.

—¡No! —la exclamación brotó tanto de sus labios como de los de Tai Lung, ambos horrorizados por tal insinuación—. Es mi hermana, estúpido —prosiguió él—. Así que la dejan en paz, ¿Les cabe?

Rieron, más no respondieron.

Y Tigresa, al cabo de unos minutos, comenzó a odiar que Tai Lung la llamara "hermana" frente a todos esos chicos. Al parecer, cuando se es hermana de tu amigo ya no puedes hablarle. O eso parecía, porque Tigresa no logró que ninguno de esos muchachos volviera a dirigirle la palabra.

Se sentó en uno de los banquillos, junto a las chicas, y se limitó a observar como los vasos descartables pasaban de mano en mano. Las risas eran cada vez más fuerte y la música, de un momento a otro, parecía haber quedado olvidada. Era imposible deducir qué canción sonaba cuando las voces y carcajadas eran tan altas y estruendosas.

—Eh, chica… ¿Te aburres?

Tigresa volteó a ver al muchacho parado a su lado. Era alto, más que Tai Lung, y tuvo que alzar demasiado la cabeza para encontrar su rostro. Facciones finas y delicadas, tensas en una expresión seria. Lo reconoció como uno de los mejores amigos de su hermano. No recordaba su nombre.

—Un poco —admitió.

Él esbozó una sonrisa.

—Tigresa… ¿Cierto? —preguntó y ella asintió—. Vaya nombre. ¿Recuerdas el mío?

—S-si.

Tigresa sintió sus mejillas ruborizarse y el chico, adivinando su mentira, arqueó una ceja.

—Shen —se presentó—. Me llamo Shen, pequeña.

III

—Pero qué felicidad la tuya —se mofa Tai Lung, con una ligeramente ebria sonrisa, cuando vuelven a la casa—. ¿Te gustó salir?

Tigresa asiente, tímida, incapaz de decir algo.

Esa noche no puede dormir. En su mente, se repite una y otra vez la sonrisa del chico de cabello platinado. Y esta vez no olvida su nombre. Piensa en él varias veces antes de percatarse que pronto amanecerá. No tiene sueño, ni cree lograr tenerlo durante el día.

Pequeña. El apodo no resulta desagradable, ni humillante. No es como cuando Tai Lung se lo dice, ni mucho menos cuando lo utiliza su madre. No suena como si de verdad la creyera pequeña y eso, en parte, la emociona. Aquel chico no la vio como la hermana menor de su amigo, de eso está segura, aunque aún no llegue a comprender qué fue aquello que vio en sus ojos cuando le sonrió.

Los días pasan y Tai Lung vuelve a salir varias veces, más no le pregunta si quiere acompañarlo.

Entonces, a la segunda semana, Tigresa decide pararse en la puerta del cuarto de él y pedirle que la lleve. Ya está arreglada… o lo que ella considera como arreglarse, lo cual consta en ponerse unos jeans y una blusa bonita.

—Quiero ir —se limita a decir, en un intento por parecer firme.

Tai Lung le dirige una corta mirada, antes de volver a lo suyo.

—No.

—¿Por qué?

—Tigresa, vamos a bailar. No te llevaré ahí.

—¡¿Por qué no?! —reclama.

Va a llorar, lo sabe, pero se niega a hacerlo delante de su hermano mayor. Se siente ridícula.

Tai Lung no responde de inmediato. Toma su billetera de la mesita de noche y mientras la acomoda en el bolcillo trasero de sus pantalones, se acerca a Tigresa. Hay una sonrisa en sus labios y cierta burla en sus ojos. Es claro que la situación le divierte.

—Ni siquiera te dejarán entrar, tienes catorce años —le dice, amable—. Te llevaré la próxima que vayamos al parque o algo así, ¿Te parece?

Tigresa se niega a mirarle.

—Que te den.

E intenta alejarse, cuando la mano de su hermano le toma de la muñeca y la obliga a volver.

—¿Esto es labial? —pregunta, divertido.

Ríe y alza su mano libre al rosto de ella, pero Tigresa se aparta antes de que él roce el pulgar en sus labios. Sí, es labial. Le pareció buena idea, pero ahora, bajo la burlona mirada de Tai Lung, se siente tan ridícula como una niña de cinco años con los tacones de su madre. Logra soltar su brazo del agarre y sin mediar más palabras, sintiéndose humillada, se aleja por el pasillo.

El portazo que da al encerrarse despierta a Peng y pronto, escucha a Mei Ling maldecir por el llanto del niño. Pero no le importa. Ni siquiera se inmuta cuando Tai Lung, en un acto de amabilidad, se despide desde el otro lado de la puerta.

Está siendo ridícula, lo sabe, pero no puede importarle menos.

A donde quiera que Tai Lung fuera, Shen iba a estar ahí. Y ella quería ver a Shen.

La noche en el parque, él no le había hablado como a la hermana menor de su amigo, sino como a cualquier otra chica. Y eso, de cierta manera, le gustaba. La llamaba "pequeña", pero no la hacía sentir como tal. Era divertido y si Tigresa hubiera tenido un poco más de experiencia, tal vez, solo tal vez, hubiera apostado a que le coqueteaba. Pero no la tenía, así que eso no podía apostar.

Se quitó la ropa y se limpió el poco labial que había utilizado sin atreverse a mirarse al espejo. Se sentía avergonzada consigo misma. Como cada noche, tomó una de las remeras viejas de su hermano como pijama y se metió en la cama con esta puesta.

No estaba molesta con Tai Lung, ya no. Sabía que él solo la cuida.

Sin embargo, tampoco le pediría perdón.

Tal vez se durmió… tal vez no, pero de un momento a otro, un sonido chillón y estridente le hizo pegar un respingo en su lugar. De no ser por las sábanas enganchadas a su alrededor, hubiera caído de bruces al suelo. Se enderezó en la cama, desorientada, solo para ver en el reloj de su mesita de noche que eran las tres de la mañana. Tal vez si se había dormido.

Otra vez el mismo sonido y esta vez, supo que eran bocinazos. Eso y también alcanzó a oír el ruido lejano de un motor. Pero era imposible que fueran allí. Tai Lung tenía sus llaves, no tenía por qué despertar a toda la cuadra. Se propuso volver a acostarse y continuar durmiendo, cuando el mismo pitazo de hacía unos segundos la alertó.

¿Y si tan solo…?

Curiosa —e irritada, cabe destacar— hizo a un lado las sábanas y se levantó. La ventana de su cuarto daba al patio y se asomó por esta para buscar el motivo de tal escándalo a esas horas.

Lo primero que sus ojos divisaron, fue la corta cabellera pálida de un chico. Un chico de remera negra y chaqueta de cuero, afirmado contra una moto estacionada en el asfalto. Y el corazón se le aceleró al notar que se trataba de Shen.

Ni siquiera ella misma supo cómo hizo para salir del cuarto y bajar tan rápido las escaleras. Frenó frente a la puerta principal —chocó de bruces contra la puerta, mejor dicho— y ni siquiera se acordó que llevaba una escasa remera antes de abrir. Shen alzó la mirada en su dirección y una burlona sonrisa le curvó los labios. Entonces, y solo entonces, Tigresa reparó en sus piernas desnudas y lo mucho que odiaba las rasuradoras.

De inmediato, intentó cubrirse lo mejor posible con la puerta. Sonrojada, dirigió una rápida mirada al interior de la casa, asegurándose de que Mei Ling no había despertado, y volvió la mirada al exterior tras comprobarlo. No se atrevió a salir. Le daba demasiada pena.

—Tai Lung salió —dijo, tan alto como su temblorosa voz se lo permitió.

Shen ensanchó su sonrisa.

Tigresa no se percató del cigarro entre sus dedos hasta que no le vio darle la última calada y tirarlo al suelo. Se quedó absorta en tal acción, mientras él atravesaba el pequeño sendero que separaba el pórtico de la casa con la salida.

—No vine por Tai Lung.

—¿Entonces…?

—¿Por qué no te pones algo y sales? —propuso Shen, con aspecto divertido—. Te llevo a dar una vuelta.

Tigresa dudó.

—Mi mamá podría despertar —murmuró, intimidada.

—No seas niñata. Estarás de vuelta antes de que cualquiera se entere —insistió Shen, con la risa impregnada en su voz—. Dale, pequeña. Seré un caballero.

Y Tigresa se dejó embelesar por el guiño juguetón que él le dedicó.

Corrió escaleras arriba y se visitó. Jeans, una blusa y una chaqueta. Se colocó las zapatillas y procuro que su cabello no estuviera tan desordenado como de costumbre. Esta vez, no se colocó labial. Algo le decía que se vería ridícula. Por algún extraño motivo, se sentía nerviosa e inquieta. Saber que Shen la esperaba en el pórtico le alteraba de forma muy rara.

Tomó las llaves del cuenco junto a la puerta y cerró al salir. Sabía que Mei Ling no despertaría. Sabía que no despertaría hasta entrada la mañana del día siguiente. Lo que realmente le preocupaba, era que Tai Lung llegase antes que ella.

Pero eso no la detuvo.

Sonrió, con el rubor coloreando sus mejillas, y siguió a Shen hasta la moto. Nunca había subido a una que no fuera la de su hermano.

—¿A dónde quieres ir? —preguntó Shen, a la vez que arrancaba el motor.

Tigresa se detuvo en seco. ¿Tenía que elegir? ¿A dónde se salía a esas horas?

—Esto… yo…

—¿O es que no sales aún? —la sonrisa de él era amable, pero la burla se filtraba en su voz—. Bueno, con Tai Lung de hermano no me sorprende.

—¡No!... es decir…

No quería admitir que no tenía amigos, que no tenía vida social fuera de su casa.

—Ya. No te esfuerces en mentir, pequeña —Shen se enderezó en el asiento y le indicó que subiera con un asentimiento—. Es hora de que salgas un poco.

El tono juguetón con el que lo dijo divirtió a Tigresa, que se montó tras él sin un atisbo de duda en sus ojos. El corazón le retumbaba en el pecho y el rubor calentaba sus mejillas. Colocó las manos a los lados del asiento para sujetarse, hasta que Shen se las tomó y le hizo abrazarlo.

—Así —murmuró él.

Y ella recargó la frente en su espalda. Olía a desodorante de chico y algo más, algo que si bien no reconocía, sí le gustó.

III

Tigresa no supo por qué, de repente, el dolor estalló en su frente. Se enderezó en la silla del comedor, aturdida, solo para descubrir que acababa de cabecear contra la mesa. De inmediato, el sonrojo se hizo lugar en su rostro, impulsado por las estruendosas carcajadas de Tai Lung.

Peng, sentado en la mesita alta, reía y sacudía sus manitas manchadas de comida.

Mei Ling masculló algo que nadie alcanzó a oír, antes de caminar hacia la heladera y sacar una bolsitaa de agua fría. Tigresa ni siquiera se inmutó cuando la mujer se la entregó de mala manera. Solo la tomó y se la colocó en la frente, donde el dolor punzante le confirmaba que más tarde le crecería un pequeña chichón.

—¿Y tú por qué tan cansada? —inquirió Tai Lung.

No era recelo lo que había en su voz, pero sí logró poner nerviosa a Tigresa.

—Dormí tarde —masculló.

—¿Haciendo…?

—Deberes. Química. Ya sabes, se me da pésimo —inventó.

Era mentira. Sus mejores calificaciones eran de química, pero seguro que su hermano no tomaba en cuenta ella.

Tal como lo creyó, Tai Lung se tragó la mentira y continuó con su desayuno. Tigresa se tragó un suspiro de alivio. Era la única explicación que tenía al por qué de sus constantes bostezos. No había modo de que le contara que la noche anterior había salido con Shen, mucho menos sobre el lugar al que la había llevado. Eso ni a su propio diario podría contárselo.

El teléfono sonó al cabo de algunos minutos, los suficientes para que ya todos dejaran de preguntarse el porqué de las ojeras de ella, y Tigresa ni siquiera le prestó atención. Fue Mei Ling quien se dignó en atender.

—Diga —masculló de mala gana. Silencio. Un asentimiento y apartó el tubo de su rostro—. Chica, es para ti, dice que se llama Alex.

Tigresa se quedó con la cuchara a medio camino entre su boca y el plato.

No conocía a ningún Alex, pero tampoco se atrevió a decirlo. Se levantó de su asiento, un tanto cautelosa, y apresuró el paso cuando la expresión exasperada de Mei Ling la advirtió de una reprimenda si no lo hacía. Con dedos temblorosos, tomó el tubo y se lo acercó a la oreja.

—¿Alex? —murmuró.

Una risa ronca le respondió.

Hola, pequeña.