Cap. XIV: "Desde desiertos y pecados"

Rachel extendió su brazo y tomó aire; cientos de momentos pasaban en su mente y miles de sonidos saturaban sus oídos. Pero estaba sola allí, en el único lugar que nadie iba a buscarla y que podía escapar del miedo y la ira que invadía cada parte de su cuerpo ahora.

Acercó su encendedor a una de las puntas de la fotografía que sostenía y observó llama a llama consumirse finalmente. La imagen de Quinn Fabray junto a sus padres, volaba en cenizas frente a ella.


20: 30 marcó el reloj del gran pasillo cuando Quinn le dio un vistazo. Era la primera vez que se les permitió ir a sus habitaciones más tarde de lo habitual y fue porque la cena se había atrasado.

Quinn subió las escaleras con la adrenalina golpeando su pecho y a medida que cada paso la acercaba a su habitación, las manos le temblaban y el frío azotaba su espalda. Rozó el picaporte y observó de reojo la proximidad de Amanda, la chica se detuvo a conversar con Susan y ella aprovechó para ingresar con rapidez.

Avanzó sin encender una lámpara de noche y con algo de inseguridad llegó hasta su cama. Tanteó el colchón en busca de Rachel y emitió un grito cuando la jaló, arrojándola a su lado y cubriéndola al instante con las frazadas.

- Shhh- la calló la morena con un dedo en su boca- ¿por qué gritas?-

- ¡Es que me asustaste!- se quejó Quinn en un susurro y empujándola levemente por los hombros- Creí que estabas sentada, esperándome. Eso habías dicho-

- Y estoy esperándote, solo que no sentada ¿Hay algo de malo en ello?- Quinn negó con la cabeza y empuñó la mano en su camiseta, atrayéndola nuevamente contra ella- Tardaste demasiado ¿tanto comes?-

- No digas tonterías. A Greta no se le cocinaban las verduras o algo así ¿Tienes hambre?-

- Tenía. Puede que haya tomado algo de tu canasta-

- Mal, Berry, muy mal. No puedes regalarme algo y luego quitármelo a mis espaldas- bromeó ella, sintiendo una mano de Rachel en su cadera y perderse en su espalda-

- Te compraré otra. Y volveré a quitarte otras manzanas. Y luego te regalaré otra canasta. Y todas las que quieras- susurró Rachel antes de inclinarse y besarla.

Cada dedo de la mano de Rachel vagaba en su espalda y por momentos tiraba de su cintura para acercarla más. Mucho más que parecían que ambos cuerpos podían llegar a fundirse.

No había espacio para que el aire corriera entre ellas y eso estaba acalorando a Quinn. Sentía sus mejillas cálidas, sus muslos arder y la lengua de Rachel contra la suya se evaporaban juntas a la vez.

Sujetó a la morena de su cuello y de un solo jalón la acomodó sobre ella.

Las manos de Rachel se inmovilizaron en su cintura y las suyas se enredaron en su cabello, manejando los besos a su antojo y marcando el ritmo de los movimientos.

Se separó con brusquedad y suspiró al sentir la boca de la morena en su cuello. Arqueó su espalda, alzó la musculosa y coló sus manos hasta tocar la piel de Rachel. La morena se estiró hasta su oreja y emitió un quejido cuando ella arañó su cintura.

Se mordió el labio, alzó apenas su cadera y sujetó la de Rachel para que se rozaran. Ambas bajaron la vista a esa unión y cuando la morena regresó por otro beso, la puerta se abrió y taparon al instante la boca de la otra con una de sus manos.

- Tranquilas- murmuró Amanda caminando directo a su cama y sin verlas- solo vengo por mi almohada. Dormiré con Susan. Tendrán buena noche asique….buenas noches- se despidió, cerrando nuevamente tras ella y ambas observaron un momento la puerta.

Hasta que Rachel corrió hasta ella y usó aquella tabla de madera como traba y regresó a la cama con rapidez. Sin embargo, esta vez Quinn la besó y se sentó a horcajadas sobre ella, moviendo rítmicamente sus caderas y escuchándola suspirar contra su boca.

Rachel la sujetó por la espalda y escaló sus dedos hasta llegar al cierre del vestido. Quinn se echó hacia adelante y le facilitó el trabajo. La morena deslizó sus manos bajo la prenda y Quinn no pudo evitar volver a besarla. La invadían los nervios y las manos cálidas de la morena contra el frio de su piel, solo los aumentaba.

Llevó ambas manos a la camiseta de Rachel y la jaló hacia arriba, rompiendo el beso solo unos segundos y retomándolo con más pasión. Sus bocas se encontraban y emitían sonidos, sus pieles se apretaban y ambas suspiraban. Y, cuando ella misma abrió el pantalón de Rachel, la morena gimió en su oreja y le susurró algo que no pudo entender.

Sintió los tirantes de su vestido caer sobre sus brazos y luego ser desplazados hacia abajo, encontrándose en las mismas condiciones ahora y casi desnudas de la cintura hacia arriba.

Rachel la abrazó con fuerzas y se puso de pie. Quinn le rodeó la cintura con sus piernas y se sujetó de su cuello, sintiendo el colchón en su espalda y la suavidad con que la morena la manejaba.

Se detuvieron un momento y se miraron con total profundidad. Rachel acariciando el rostro de Quinn con sus ojos y la rubia de manera fantasmal con sus dedos. Tiró su cabeza hacia atrás y la boca de Rachel llegó hasta su cuello, repasándolo con su nariz y dejándole una mordida.

Una mano de la morena tomó la suya y se entrelazaron al costado de su cabeza. La otra, vagó bajo su vestido, en sus muslos y acercándose peligrosamente al dolor de su entrepierna.

Rachel la estaba volviendo loca. Su perfume, su aliento y su única gota de sudor bajando por sus pechos, solo incrementaban el deseo de tenerla desnuda para ella. La necesitaba, necesitaba calmarse pero la morena parecía jugar y continuar jugando.

Finalmente, Rachel pasó sus dedos en su ropa interior y los movió entre sus labios inferiores. Quinn se mordió los labios e ignoró cuando la morena se burló de cuán mojada estaba. Estaba segura de que si las posiciones estuvieran al revés, ella descubriría lo mismo.

- ¿Quinn?- murmuró Rachel y ella asintió lentamente al cerrar los ojos- No voy a hacerte el amor esta noche- los abrió nuevamente de golpe y arqueó su espalda cuando la morena hundió dos dedos contra su ropa interior-

- ¿De qué hablas?-

- Esta no es tu cama, ni tu habitación. Mucho menos la mía. No es un lugar para nosotras, no lo quiero así- tiene que ser una broma, pensó Quinn pero sin embargo asintió.

Rachel se alejó con lentitud y ella la vió quitarse el pantalón, arrojándolo a un costado. Sintió su vestido ser tirado desde la base y la morena terminó dejándolo sobre la única silla de la habitación.

Quinn levantó las frazadas y Rachel se acomodó frente a ella, abrazándola por la cintura y besándola una vez más.

- Ibas a pecar por mi- murmuró Rachel y Quinn cerró los ojos al juntar sus frentes-

- ¿Tenías alguna duda?- la morena sonrió. La manera en que se entregó desde que la jaló bajo las sábanas y más aún desde el primer roce de labios, adelantaron su respuesta- Te dejaré una nota al lado de la carta con la dirección de casa. Amelia se levanta a las 6, tendrás que marcharte mientras desayunamos-

- Está bien… Quinn, ¿cómo son tus padres?-

- ¿En qué sentido?-

- En todos ¿Eres parecida a ellos? ¿O a uno? ¿Tienes los ojos de tu padre o de tu madre? Nunca me has dicho si tienes hermanos-

- No los tengo- susurró Quinn- Papá tiene ojos verdes también, solo que oscuros. Muy oscuros. Y los de mamá cambian según el clima. Pero son cristalinos…Tengo el cabello rubio por ambos. Y todos dicen que no tengo la personalidad de ninguno. Simplemente creé la mía-

- Eres… ¿descendientes de arios?- preguntó la morena con curiosidad al oír las descripciones. Quinn asintió regresando sus ojos a ella-

- Papá es hijo de un alemán, aunque no conocí a mi abuelo. Y mamá vivía allí en aquella época con su familia pero ella solo tiene descendencia algo así como….lejana. Se mudaron a Lima en pleno auge de la primera guerra porque mamá estaba embarazada. Regresaron a Polonia tiempo después, cuando papá fue enviado como un infiltrado. Recibió más de cinco balas en esos años. Estuvo al borde la muerte antes de que volviéramos y nos asentáramos finalmente en Ohio. Y desde allí ha trabajado en el campo- terminó Quinn y sintió como la mano en su cintura lentamente la abandonaba-

- No creí que él fuese…militar-

- Ex Es ex militar y ya no ejerce cargo alguno. Sé que suena difícil de procesar pero Rach…el mundo entero estaba dividido en dos partes y él pertenecía a una-

- La escogió, Quinn. Él escogió ser eso-

- ¿Estás juzgándolo?- preguntó la rubia con seriedad y midiendo la distancia que abruptamente comenzó a separarlas-

- No lo hago pero no puedes quitarle responsabilidad tampoco-

- No sabes lo que ha hecho, Rachel-

- Por favor, Quinn, puedo imaginarlo. Fue parte de la milicia, no hay que ser inteligente para deducirlo- terminó la morena moviéndose y mirando el techo. Quinn observó su perfil por un momento y terminó volteando, cubriendo su desnudes con las frazadas y dándole la espalda para dormir.

Rachel cerró sus ojos e intentó conciliar el sueño. Sin embargo a cada minuto que pasaba se le hacía más difícil. Escuchar la respiración tranquila de Quinn y no hacer nada, le hacía más eternos esos minutos.

Se giró despacio y se pegó a ella, pasando una mano hasta tocar su abdomen y acercándola lo más que pudo. Se inclinó, le dejó un suave beso en la mejilla y recostó su barbilla en el hombro de la rubia.

- Buenas noches- le dijo por lo bajo y cerró nuevamente sus ojos.

Quinn apretó su mano entre las de ella y le dejó una caricia antes de susurrarle lo mismo.

- Buenas noches, Rach-


Ella siempre terminaba actuando a su manera. Santana siempre se quejaba de ello y sin embargo a ella no le importaba. Continuaba suponiendo antes de preguntar y esta vez no iba a ser la excepción.

Rachel abotonó su camisa y le dedicó una mirada de reojo a Quinn. La rubia aún dormía cómodamente de lado y abrazando la almohada con la que ella reemplazó su vacío al levantarse. Ni siquiera tenía su pelo revuelto. Su medalla de oro brillaba en su pecho y su espalda desnuda mostraba apenas unas marcas roja, producto de su boca cuando despertó a la madrugada.

La morena tomó la carta y una pequeña nota a su lado con una dirección. Guardó ambas en su abrigo y escondió el mismo bajo su brazo. Se acercó a la puerta y escuchó los sonidos que llegaban desde el exterior: Amelia ya rondaba el lugar y algunas novicias caminaban con ella.

Regresó a la cama y hundió sus manos en el colchón, tras la espalda de Quinn y se inclinó para dejarle un beso en su mejilla. La rubia se removió sin despertar y ella la cubrió un poco más con la sábana.

Escuchó unos pasos acercarse y sin dudarlo de un salto llegó a la ventana. Arrojó aquella cuerda que aún no quitaba y, cuando la puerta se abrió, se desplazó con ella hasta abajo.

Pudo escuchar desde allí el molesto silbato de Amelia y la orden de que Quinn despertara. Sonrió, se aferró a su abrigo y corrió hasta desaparecer de allí.

Llegó a su casa casi media hora después y pasó directo a la cocina, evitando hacer el menor ruido posible. Le dejó una nota a Santana que saldría del pueblo y volvería al atardecer y una petición de que cuidara bien a Elena.

Estaba llegando a la puerta cuando recordó que pisaría nuevamente Lima, así se lo había hecho saber Quinn en su nota junto a la dirección, por lo que revolvió entre unos cajones hasta dar con lo que necesitaba.

Y salió nuevamente rumbo al próximo tren que la sacara de Columbus.


Allí estaba otra vez ahora.

Cuando llegó a Lima, dio con la casa de Quinn luego de preguntar a distintos vecinos del lugar. No tenía idea que cada vez que uno le señalaba el camino, el mismo la dejaría frente a aquella vivienda que ya había ingresado.

Esta vez no estaba Santana y eso de alguna manera la preocupaba. Solo consigo misma la situación que se le presentara podía salirse de su propio manejo y no sabía cuán lejos podía llegar.

Quitó la carta de su abrigo y la observó un momento: tenía la firma de Quinn en un rincón, debajo y a quién debía entregársela estaba del otro lado. Y quiso convencerse de que tal vez alguien más habitaba allí dentro y Quinn nada tenía que ver con Russel Fabray, la razón por la que se adentró la primera vez.

Sin embargo nada de su intuición le daba alguna pista de que tuviera la razón.

Ojalá realmente hubiese dejado que Quinn le hubiese cedido el trabajo a Brody y ella se hubiera facilitado este momento. No quería estar en el y sentir todo lo que sentía allí, de pie y a un paso de ver el rostro de Fabray.

Estiró su brazo y enredó su mano en el portón. Y abrió.

Caminó con lentitud y con sus ojos en el piso hasta que recordó que ella no era quien debía sentirse así. Russel Fabray secuestró, torturó y mató a su padre. Él debía sentirse cómo ella lo hacía en ese momento y no al revés.

Corrió las escaleras de la entrada y golpeó con su puño la puerta. Escuchó a alguien pedirle que aguardara e intensificó los golpes. La mano comenzó a dolerle y la garganta parecía taparse por momentos.

Lo ignoró, continuó gritando por Russel y finalmente alguien abrió.

Tomó su revolver de tras su espalda y le apuntó a la empleada que la miraba con terror y alzaba sus manos demostrándolo. Se adentró con violencia y pidió por el dueño de casa.

- En su oficina- susurró la muchacha entre lágrimas y ella le ordenó que se mantuviera callada.

Caminó hasta donde le señalaron y abrió la puerta de un solo golpe: Russel Fabray removía un vaso de whisky entre sus manos y que cayó ruidosamente al verla.

Rachel llegó hasta su escritorio y golpeó la carta contra el, presionó hasta el tope el martillo del arma y apuntó al hombre. Russel se puso lentamente de pie y ella por fin pudo verlo completamente.

- ¿Quién eres tú y por qué ingresas a mi casa de esta manera?- su voz era pesada, imponía respeto y no temblaba a pesar de que la que portaba el arma era ella. Rachel le arrojó el sobre contra el pecho y unas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, impidiéndole por momentos ver con claridad-

- ¿Quieres saber quién soy? ¿Quieres saberlo?- gritó agitando su brazo y sin cuidar el roce de sus dedos en el gatillo- Soy Rachel Berry, hija de Hiram Berry, uno de los millones de judíos que asesinaste sin vergüenza ni temor a ser descubierto. Mataste a mi padre como si de un animal se tratara y hoy te regocijas entre las fortunas que todo su trabajo te dio. Voy a dispararte, realmente voy a hacerlo-

- Rachel Berry…si, tu apariencia es judía- se burló él rasgando el sobre y abriendo la carta- no recuerdo ningún Hiram Berry pero algo puedo decirte…no me encargué de él-

- ¡Estás mintiendo!-

- Baja ese maldito revolver y no seas tan estúpida ¿No ves que por cada disparo que me des, recibirás el doble?- Rachel le echó una mirada a su alrededor. No, no podía ser cierto porque nadie más estaba cerca y allí el único que debía pagar por lo que hizo era el hombre frente a ella. Nadie más- Traes una carta de parte de mi hija ¿qué demonios haces tú con mi hija?-

- Oh, olvidé decírselo- murmuró Rachel acercándose a él y aún con su brazo en alto- anoche dormí con ella-

Y Rachel debió advertirse que algo así sucedería.

Con Santana lejos y un arma en su mano, las cosas no iban a terminar bien.

Russel alejó su mano de un solo golpe y el arma salió disparada hacia algún lugar de la habitación. Él golpeó su rostro y el impacto de su cuerpo contra el piso le traspasó cada hueso.

Su cabeza había rebotado y cuando llevó una mano hacia ella, algo húmedo se desprendía de allí.

Russel la sujetó por el cuello de su camisa y de un solo jalón la levantó a su altura. Rachel pudo ver aquellos ojos verdes como Quinn se los había descripto: oscuros. Muy oscuros que en ese momento parecían negros.

- Estoy enamorada de su hija- masculló con el poco aire que el asfixiamiento le provocaba y el puño que iba a su estómago se detuvo a mitad de camino- Esto se acabará, ella es una Fabray y yo una Berry, dos mundos distintos- continuó y el agarre del hombre aumentó- Pero lo que siento por ella aún no. Y tampoco me alejaré de su lado. Ella no es la culpable de que usted sea su padre-

- Oh, si. Si te alejarás- aseguró Russel caminando hacia la puerta y arrastrando a Rachel con él- ¿Por eso quiere dejar el convento? ¿Por ti? Terminará igual que su hermana si hace eso- Rachel no entendió sus palabras y el brazo del hombre contra su cabeza tampoco la dejaba. Él abrió la puerta y de un último golpe, la arrojó hacia la vereda- Si tantos deseos tiene de no tomar los votos, le daré esa libertad. Pero no más. No te acercarás a ella y ella se casará con un muchacho de nuestra elite. Y se irá de aquí-

Rachel continuó oyendo con aturdimiento. Poco estaba entendiéndole y realmente no podía hacerlo. Sus costillas dolían al respirar y al lado de su cabeza había un gran charco de sangre.

Intentó levantarse pero volvió a caer y esta vez dejó su mirada en el cielo: Santana tenía razón, siempre la tuvo y nunca la quiso escuchar. El mundo de fantasías que había creado solo para ella y Quinn acababa de derrumbarse junto con ella.

Tendría que haberle hecho el amor la noche anterior, cuando tuvo la posibilidad, pensó. Porque estaba segura que ya no vería más sus ojos verdes, cargados de brillo hacia ella y ese hoyuelo en su mejilla cuando le sonreía.

Ojalá pudiese detener su vida y borrar las últimas horas. Donde podría haber roto esa carta y nada de esto estaría ocurriendo. Y luego adelantar unas cuantas otras para que la hora de su clase de pan llegue. Y Quinn estuviese esperándola en la puerta con su delantal y su sonrisa. O su roce habitual de labios.

Había sido feliz. Hasta que se dio cuenta que no era feliz porque realmente ahora lo era. Ahora cuando Quinn ingresó a su vida y la enamoró perdidamente. Y sabía que no era correcto, pero no pudo ni podía detenerse.

Quinn no le salvó la vida cuando la subió a su camioneta aquella noche al verla por primera vez. Quinn la salvó cuando dejó que aquel roce de labios ocurriera y todo este juego de conquistarla comenzara.

Ahora ya no importaba todo aquello. Cuando Quinn se enterara que le apuntó su padre, y primero a su madre, la odiaría y tal vez ni siquiera ya querría dejar el convento. Se quedaría allí dentro, tomaría los votos y se olvidaría de ella con el paso del tiempo.

Tenía ganas de besarla en ese momento. Porque se merecía una despedida de ella antes que todo aquello acabara realmente. Y luego lloraría lo que el dolor físico inclusive no le permitiera. Porque prefería llorarla a olvidarla.

Cerró sus ojos y sintió algo frío presionarse en su frente. Russel Fabray rió por lo bajo y ella volteó a mirarlo:

- Te haré un favor- le dijo él encorvándose a su altura - te regalaré esta fotografía de mi hija, junto a mi, para que nunca te olvides de quién es ella y quién es su padre- Rachel sintió en su mano la invasión del papel y el cañón del arma vagar por su rostro- Y te haría otro más. Te dejaría reunir con tu padre cuanto antes pero…considerando que casaré a Quinn con el primer afortunado que la quiera, con eso será suficiente para ti- terminó él jalando el gatillo y riendo al instante- Tranquila, no está cargada-

Rachel volvió a sentir ese agarre en su cuello y Russel la puso de pie, dándole un empujón por la espalda y observándola caminar.

- La próxima vez que nos veamos…después del gatillo no escucharás más nada-


Rachel contó cada metro que dejaba atrás. Sus piernas tambaleaban a cada paso pero no podía detenerse. Oyó a lo lejos unas campanadas y por la caída del sol deducía que eran pasadas las seis.

Estuvo en Lima por horas y avanzando al ritmo de lo que sus pies la dejaban.

Atravesó un pequeño campo antes de llegar a las vías del tren y se dejó caer contra el tronco de un árbol. Estaba cansada y no sabía cuanto más podía continuar.

Quitó su cajetilla y su encendedor. Tomó un cigarrillo y lo llevó a su boca, encendiéndolo con dificultad e inhalando la primera pitada con gusto hasta hundir sus pulmones.

Le había dicho a Russel Fabray que estaba enamorada de su hija. Porque estaba completamente loca por ella. Inclusive le importaba muy poco en ese momento saber del parentesco de ambos. La quería a ella y no quería pensar en lo demás ahora.

Pero ya no tenia sentido. Había retrocedido cientos de pasos luego de haber avanzado otros pocos con Quinn. Porque cuando la rubia se enterara de todo, ella misma iba a cortar sus encuentros y la relación que habían forjado hasta entonces.

Quinn no es de las chicas que salen con quien le apunta con un arma a sus padres. Lanzó una corta risa y quitó la fotografía del bolsillo, acariciando con uno de sus dedos la Quinn sonriente que allí había.

Rachel extendió su brazo y tomó aire; cientos de momentos pasaban en su mente y miles de sonidos saturaban sus oídos. Pero estaba sola allí, en el único lugar que nadie iba a buscarla y que podía escapar del miedo y la ira que invadía cada parte de su cuerpo ahora.

Acercó su encendedor a una de las puntas de la fotografía que sostenía y observó llama a llama consumirse finalmente. La imagen de Quinn Fabray junto a sus padres, volaba en cenizas frente a ella.


Otro cap queridas lectoras, con drama pero necesario y esperado, tambien. Prometo que no habrá más como el de este cap. Muchas gracias por leer y comentar. Nos leemos pronto.

Ni Glee ni sus personajes me pertenecen ¡Saludos!