Otro día extremadamente aburrido en el trabajo.
Me paseé por la oficina, estaba completamente estresado. Había pasado la mayor parte del día entrevistando para el puesto de secretaria. Claro que todas esas señoritas que vinieron parecieron haberse equivocado de trabajo ya que prácticamente se me lanzaron. Cuando creí que la batalla estaba perdida y que me quedaría sin secretaria, llegó a mi oficina una señora mayor llamada Ángela. Tenía aproximadamente unos 55 años. Era eficiente, inteligente y culta. Tenía también excelentes recomendaciones pero por su edad avanzada no la contrataban, por lo que no lo pensé dos veces y le di el empleo.
—Muchísimas gracias señor Cullen—dijo Ángela con los ojos anegados en lágrimas.
—De nada Ángela, solo que no me digas señor, llámame Edward.—dije y ella sonrió.—Lo mejor es que la deje para que vaya a arreglar su escritorio y su primera tarea es organizar mi agenda. De lo demás me encargo yo en lo que se instala.—ella asintió y se dirigió al pequeño escritorio que estaba fuera de mi oficina.
Me giré rodeando la silla y contemplé como la nieve caía por el enorme ventanal de mi oficina. En Seattle no era nada raro que nevara y la verdad es que me gustaba. Era una sensación relajante.
Mi estomago gruñó y con desgano me di cuenta de que no había comido nada desde el almuerzo de ayer, simplemente algunas veces se me olvidaba que tenía que hacerlo.
Suspiré y tomé mi abrigo del perchero y las llaves de mi volvo. Había dos opciones: quedarme sin hacer nada en la oficina pensando en "ella" y lamentando mi existencia, o salir a comer y distraerme. Me decidí por la segunda opción y manejé hacia el restaurante de comida china. Me recibieron como si se tratara de una persona famosa, algo realmente incomodo teniendo en cuenta que ellos me conocían por ser el hijo del jefe de las empresas Cullen. Puse los ojos en blanco y me senté en una de las mesas individuales. Una temblorosa mesera me atendió para después irse corriendo cuando traté de sonreírle y solo salió como una mueca.
Recargué el rostro entre las manos una vez más, tratando de relajarme y no pensar, pero una vez más las imágenes venían a mi cabeza. las imágenes de Bella, sus ojos chocolate. Ella estaba absolutamente hermosa, el cambio que dio de adolecente a mujer fue para bien. Estaba bellísima, mi mente, mis recuerdos no le hacían justicia. Sin duda la maternidad le había sentado bien. Negué con la cabeza, no debía pensar en eso por mi salud mental.
Escuché el sonido de la campanilla de la entrada y seguí con la vista a una pareja con abrigos de diseño que entraban al restaurante, se sentaron en una mesa alejada y oscura para tener aquel toque romántico.
Aparté la vista cuando la chica mesera me trajo la comida y comencé a comer casi mecánicamente. Escuché unas suaves risas y miré de nuevo a la pareja. Me sorprendí enormemente cuando vi que se trataba de Jasper y otra chica con aspecto de hada que había visto en el departamento de Bella. Los analicé con la mirada, no tenía porqué ser una cita romántica ¿verdad? Podrían ser solo amigos.
Aquella resolución cayó rápidamente cuando Jasper se acercó y junto sus labios con los de la chica. Mi sangre hirvió en mis venas y sentí como mis músculos se tensaban listos para un ataque. Cuando menos me di cuenta estaba parado frente a su mesa.
—Oh Edward—dijo completamente sorprendido.
—Jasper—contesté secamente y estampé mi puño contra su mandíbula, el se cayó de la silla y la chica soltó un gritito mientras Jasper gruñía y tocaba cuidadosamente su nariz.
Regresé a mi mesa y dejé el dinero suficiente para pagar por mi comida más la propina y tomando mi abrigo salí del lugar completamente furioso.
¿Cómo se atrevía? Tenía una mujer hermosa y dulce en casa, además dos niños pequeños. ¿Eso no le bastaba? ¡Tenía una familia! Yo haría cualquier cosa por estar en su lugar. Yo deseaba cada segundo que fuera mía y él solamente la traicionaba. Lo ponía todo en riesgo.
Manejé a toda velocidad y entré a mi oficina hecho una furia que hasta la pobre Ángela se asustó.
Azoté la puerta y caminé de un lado a otro de mi oficina pensando.
¿Qué tenía que hacer? ¿Le decía a Bella? ¿Le decía que Jasper la había cambiado por alguien más como ella me cambio a mi? ¿y si ella se separaba de Jasper? ¿Tendría yo una oportunidad en su vida? ¿Volvería conmigo?
Miles de preguntas pasaban por mi cabeza y no tenía la respuesta de ninguna.
Tenía que pensar bien, por el bien de todos, no éramos solo Bella Jasper y yo. También había niños involucrados y cualquier decisión que tomara los afectaría enormemente. Tenía que pensar en lo que era correcto, moral, ético y en lo que realmente quería.
¿Y si Bella seguía amando a Jasper aún después de saberlo? ¿Y si lo perdonaba? Seguro que no, Bella tiene mucho orgullo. ¿Pero entonces que tenía que hacer? ¿Decírselo? ¿y si la dañaba? Eso podría lastimarla enormemente. ¿Pero y si con eso volvía conmigo?
Negué nuevamente y me llevé las manos al pelo. En el amor no se debe ser egoísta y yo la amo, solo quería su felicidad así no fuera conmigo.
Rendido y con un nuevo desgarre en el pecho caminé hacia mi silla y me senté frente al escritorio.
—Ángela tráeme por favor dos pastillas para el dolor de cabeza—dije a través del intercomunicador. Me llevé las manos al puente de la nariz y lo apreté con fuerza.
—¿te encuentras bien Edward?—preguntó Ángela preocupada mientras yo tomaba las pastillas de un solo trago.
—No, estoy completamente frustrado—le dije, eché la cabeza al respaldo de la silla y cerré los ojos.
—Tienes unos hijos hermosos—dijo Ángela después de un rato, sentí intensificarse aquel familiar dolor en el pecho y el nudo en la garganta.—Son tan tiernos y tan pequeños. ¿Cuántos años tienen?
—Cuatro años y ocho meses—respondí recordando la edad que Zac me había dicho que tenía .
—Son hermosos, se parecen tanto a ti—dijo y yo abrí levemente un ojo para observarla. Ella estaba mirando la foto que Zac me había dado en Navidad. Yo la había puesto en un portarretrato contra mi escritorio—Tienen tus ojos, de ese mismo tono esmeralda.—fruncí el ceño y la miré con interés, no me había dado cuenta de ese detalle, era algo verdaderamente extraño ya que solo yo, mi madre y mi abuela materna teníamos los ojos así.—Son tan pálidos como tú y tienen tus facciones. Especialmente el pequeño tiene la forma de la mandíbula, los pómulos y la forma de la boca. Y a juzgar por el rizo de cabello que sobresale del gorrito de la pequeña puedo decir que tienen el mismo tono de tu cabello, de ese extraño tono entre castaño dorado y cobrizo.
Me incorporé y tomé el portarretrato en mis manos. Observé atentamente la foto y me di cuenta de que todo lo que decía Ángela era cierto. La pequeña porción de cabello que sobresalía del gorrito navideño de Mary era de un extraño tono cobrizo, como el mío. Mis manos comenzaron a sudar, un sudor frio.
—Es cierto—dije con un hilo de voz—¡Es cierto! Se parecen a mi ¿pero cómo?—Ángela me miró confundida.
—Bueno, eso es obvio, es normal que los hijos se parezcan a los padres—dijo.
—No, no son mis hijos, son hijos de mi primo Jasper. Pero él se parece a su madre, la hermana de mi padre y yo a mi abuela materna.
—Edward, es prácticamente imposible que se parezcan a ti si son hijos de él. El tiene rasgos genéticos de tu familia paterna y tú de la materna. Por lo tanto no tiene ningún rasgo tuyo y no puede heredarlo a sus hijos ya que no tiene ningún parentesco con tu abuela materna.
—Exacto—asentí frenéticamente y me levanté de la silla para comenzar a caminar por toda la oficina.—Han pasado cinco años y dos meses desde que deje a Bella para irme a la universidad. Junto con el tiempo de gestación juntan cinco años cinco meses. Por lo tanto Bella tendría que tener tres meses cuando nos separamos—me quedé sin respiración— Y si estoy en lo correcto entonces esos niños son mis hijos…—Ángela sonrió.
—Eso creo.
—¿pero porqué no me lo dijo? Yo tenía el derecho de saberlo. ¿sería porque ya había conocido a Jasper y quería irse con él? ¿Por qué se fue de Los Ángeles? ¿Por qué me lo sigue ocultando? —me estaba enojando lentamente, Bella me había ocultado la existencia de mis hijos por cinco años. Me sentía horrible al imaginarme todo lo que me había perdido. Me sentía traicionado, Bella sabía que uno de mis sueños era formar una familia con ella.
Y me lo había ocultado.
Se había ido de Los Ángeles con mi propio primo para que no la encontrara.
El resentimiento comenzó a invadirme y salí rápidamente de mi oficina diciéndole a Ángela que cancelara todas mis reuniones y me dirigí a casa de Bella, necesitaba una explicación.
Cuando llegué al edificio me subí al elevador y marqué el piso. Las puertas me reflejaban y podía ver mi expresión enojada y perturbada, tenía el cabello completamente desordenado.
Cuando bajé del elevador me dirigí a la puerta del apartamento y comencé a tocar fuerte e insistente. Después de unos momentos abrió mi prima y se me echó a los brazos.
—Oh Edward, estaba tan preocupada por ti. ¿Dónde haz estado? Te busqué en todos lados y estaba a punto de presentarme en tu oficina cuando me enteré.
—Rose, ¿Dónde esta Bella?—le pregunté separándola de mi. Ella me miró preocupada.
—Está en el gimnasio con Emmett.—dijo después de un rato.—¿Pasa algo Edward?
—¿Y los niños?—pregunté.
—En su habitación, jugando.—respondió y me dejó entrar, fui a la dirección que me indicó mientras ella se iba a la cocina. Pude ver que estaba preparando algo.
Abrí la puerta pero me di cuenta de que la habitación estaba vacía con la televisión encendida. Fruncí el ceño y caminé hacia la habitación que estaba enfrente. La abrí silenciosamente y me recargué en el marco de la puerta, con el corazón latiéndome desenfrenadamente.
Zac estaba a gatas y Mary estaba parada encima de su espalda, mientras ella buscaba algo en el cajón mas alto de una cómoda.
—Rápido Mary, estás pesada y nos va a descubrir la tía Rose.—la apresuró Zac.
—Es que no lo encuentro. ¡Oh! Espera ya lo vi.—dijo y sacó un portarretrato de el cajón. Se comenzó a reír de triunfo y a dar saltitos, lo que provocó que los brazos de Zac perdieran el equilibrio y los dos cayeron al suelo. Después de unas cuantas risas ellos se incorporaron y miraron atentamente el portarretrato.
—Es él, sabía que tenía razón—dijo Zac.
—¿Pero cómo sabes?
—Una vez escuché a mamá decirle a tía Alice que él era nuestro padre y que fue su novio. Cuando platicaron miré la foto pero mamá la guardó.
Mary levantó el portarretrato y pude ver sobre sus hombros la foto.
Era una de las fotos de Bella y mía en el instituto. Los dos traíamos nuestros uniformes del equipo deportivo y sonreíamos mientras yo la cargaba a mi espalda.
Me acerqué lentamente y me paré detrás de ellos que al escucharme se dieron la vuelta. Me arrodillé a su altura y tomé la mano de cada uno.
Sentía un montón de sentimientos en mi mente. Con las manos temblorosas les quité el gorrito de lana y sus cabellos cobrizos quedaron libres. Sentí una opresión en el pecho y como mis ojos se humedecían. Ellos eran mis hijos, míos y de Bella, había sido un estúpido por no haberme dado cuenta antes. Los tomé en mis brazos y ellos me rodearon con los suyos.
—Papá, ¿Por qué lloras?—preguntó mi pequeña princesita limpiándome los ojos con sus deditos.
—Porque no puedo creer que apenas los conozco y ya los amo enormemente—dije y besé sus frentes mientras los tres soltábamos risitas tontas. De repente escuché un sollozo muy conocido que provenía desde la entrada de la habitación.
Me paseé por la oficina, estaba completamente estresado. Había pasado la mayor parte del día entrevistando para el puesto de secretaria. Claro que todas esas señoritas que vinieron parecieron haberse equivocado de trabajo ya que prácticamente se me lanzaron. Cuando creí que la batalla estaba perdida y que me quedaría sin secretaria, llegó a mi oficina una señora mayor llamada Ángela. Tenía aproximadamente unos 55 años. Era eficiente, inteligente y culta. Tenía también excelentes recomendaciones pero por su edad avanzada no la contrataban, por lo que no lo pensé dos veces y le di el empleo.
—Muchísimas gracias señor Cullen—dijo Ángela con los ojos anegados en lágrimas.
—De nada Ángela, solo que no me digas señor, llámame Edward.—dije y ella sonrió.—Lo mejor es que la deje para que vaya a arreglar su escritorio y su primera tarea es organizar mi agenda. De lo demás me encargo yo en lo que se instala.—ella asintió y se dirigió al pequeño escritorio que estaba fuera de mi oficina.
Me giré rodeando la silla y contemplé como la nieve caía por el enorme ventanal de mi oficina. En Seattle no era nada raro que nevara y la verdad es que me gustaba. Era una sensación relajante.
Mi estomago gruñó y con desgano me di cuenta de que no había comido nada desde el almuerzo de ayer, simplemente algunas veces se me olvidaba que tenía que hacerlo.
Suspiré y tomé mi abrigo del perchero y las llaves de mi volvo. Había dos opciones: quedarme sin hacer nada en la oficina pensando en "ella" y lamentando mi existencia, o salir a comer y distraerme. Me decidí por la segunda opción y manejé hacia el restaurante de comida china. Me recibieron como si se tratara de una persona famosa, algo realmente incomodo teniendo en cuenta que ellos me conocían por ser el hijo del jefe de las empresas Cullen. Puse los ojos en blanco y me senté en una de las mesas individuales. Una temblorosa mesera me atendió para después irse corriendo cuando traté de sonreírle y solo salió como una mueca.
Recargué el rostro entre las manos una vez más, tratando de relajarme y no pensar, pero una vez más las imágenes venían a mi cabeza. las imágenes de Bella, sus ojos chocolate. Ella estaba absolutamente hermosa, el cambio que dio de adolecente a mujer fue para bien. Estaba bellísima, mi mente, mis recuerdos no le hacían justicia. Sin duda la maternidad le había sentado bien. Negué con la cabeza, no debía pensar en eso por mi salud mental.
Escuché el sonido de la campanilla de la entrada y seguí con la vista a una pareja con abrigos de diseño que entraban al restaurante, se sentaron en una mesa alejada y oscura para tener aquel toque romántico.
Aparté la vista cuando la chica mesera me trajo la comida y comencé a comer casi mecánicamente. Escuché unas suaves risas y miré de nuevo a la pareja. Me sorprendí enormemente cuando vi que se trataba de Jasper y otra chica con aspecto de hada que había visto en el departamento de Bella. Los analicé con la mirada, no tenía porqué ser una cita romántica ¿verdad? Podrían ser solo amigos.
Aquella resolución cayó rápidamente cuando Jasper se acercó y junto sus labios con los de la chica. Mi sangre hirvió en mis venas y sentí como mis músculos se tensaban listos para un ataque. Cuando menos me di cuenta estaba parado frente a su mesa.
—Oh Edward—dijo completamente sorprendido.
—Jasper—contesté secamente y estampé mi puño contra su mandíbula, el se cayó de la silla y la chica soltó un gritito mientras Jasper gruñía y tocaba cuidadosamente su nariz.
Regresé a mi mesa y dejé el dinero suficiente para pagar por mi comida más la propina y tomando mi abrigo salí del lugar completamente furioso.
¿Cómo se atrevía? Tenía una mujer hermosa y dulce en casa, además dos niños pequeños. ¿Eso no le bastaba? ¡Tenía una familia! Yo haría cualquier cosa por estar en su lugar. Yo deseaba cada segundo que fuera mía y él solamente la traicionaba. Lo ponía todo en riesgo.
Manejé a toda velocidad y entré a mi oficina hecho una furia que hasta la pobre Ángela se asustó.
Azoté la puerta y caminé de un lado a otro de mi oficina pensando.
¿Qué tenía que hacer? ¿Le decía a Bella? ¿Le decía que Jasper la había cambiado por alguien más como ella me cambio a mi? ¿y si ella se separaba de Jasper? ¿Tendría yo una oportunidad en su vida? ¿Volvería conmigo?
Miles de preguntas pasaban por mi cabeza y no tenía la respuesta de ninguna.
Tenía que pensar bien, por el bien de todos, no éramos solo Bella Jasper y yo. También había niños involucrados y cualquier decisión que tomara los afectaría enormemente. Tenía que pensar en lo que era correcto, moral, ético y en lo que realmente quería.
¿Y si Bella seguía amando a Jasper aún después de saberlo? ¿Y si lo perdonaba? Seguro que no, Bella tiene mucho orgullo. ¿Pero entonces que tenía que hacer? ¿Decírselo? ¿y si la dañaba? Eso podría lastimarla enormemente. ¿Pero y si con eso volvía conmigo?
Negué nuevamente y me llevé las manos al pelo. En el amor no se debe ser egoísta y yo la amo, solo quería su felicidad así no fuera conmigo.
Rendido y con un nuevo desgarre en el pecho caminé hacia mi silla y me senté frente al escritorio.
—Ángela tráeme por favor dos pastillas para el dolor de cabeza—dije a través del intercomunicador. Me llevé las manos al puente de la nariz y lo apreté con fuerza.
—¿te encuentras bien Edward?—preguntó Ángela preocupada mientras yo tomaba las pastillas de un solo trago.
—No, estoy completamente frustrado—le dije, eché la cabeza al respaldo de la silla y cerré los ojos.
—Tienes unos hijos hermosos—dijo Ángela después de un rato, sentí intensificarse aquel familiar dolor en el pecho y el nudo en la garganta.—Son tan tiernos y tan pequeños. ¿Cuántos años tienen?
—Cuatro años y ocho meses—respondí recordando la edad que Zac me había dicho que tenía .
—Son hermosos, se parecen tanto a ti—dijo y yo abrí levemente un ojo para observarla. Ella estaba mirando la foto que Zac me había dado en Navidad. Yo la había puesto en un portarretrato contra mi escritorio—Tienen tus ojos, de ese mismo tono esmeralda.—fruncí el ceño y la miré con interés, no me había dado cuenta de ese detalle, era algo verdaderamente extraño ya que solo yo, mi madre y mi abuela materna teníamos los ojos así.—Son tan pálidos como tú y tienen tus facciones. Especialmente el pequeño tiene la forma de la mandíbula, los pómulos y la forma de la boca. Y a juzgar por el rizo de cabello que sobresale del gorrito de la pequeña puedo decir que tienen el mismo tono de tu cabello, de ese extraño tono entre castaño dorado y cobrizo.
Me incorporé y tomé el portarretrato en mis manos. Observé atentamente la foto y me di cuenta de que todo lo que decía Ángela era cierto. La pequeña porción de cabello que sobresalía del gorrito navideño de Mary era de un extraño tono cobrizo, como el mío. Mis manos comenzaron a sudar, un sudor frio.
—Es cierto—dije con un hilo de voz—¡Es cierto! Se parecen a mi ¿pero cómo?—Ángela me miró confundida.
—Bueno, eso es obvio, es normal que los hijos se parezcan a los padres—dijo.
—No, no son mis hijos, son hijos de mi primo Jasper. Pero él se parece a su madre, la hermana de mi padre y yo a mi abuela materna.
—Edward, es prácticamente imposible que se parezcan a ti si son hijos de él. El tiene rasgos genéticos de tu familia paterna y tú de la materna. Por lo tanto no tiene ningún rasgo tuyo y no puede heredarlo a sus hijos ya que no tiene ningún parentesco con tu abuela materna.
—Exacto—asentí frenéticamente y me levanté de la silla para comenzar a caminar por toda la oficina.—Han pasado cinco años y dos meses desde que deje a Bella para irme a la universidad. Junto con el tiempo de gestación juntan cinco años cinco meses. Por lo tanto Bella tendría que tener tres meses cuando nos separamos—me quedé sin respiración— Y si estoy en lo correcto entonces esos niños son mis hijos…—Ángela sonrió.
—Eso creo.
—¿pero porqué no me lo dijo? Yo tenía el derecho de saberlo. ¿sería porque ya había conocido a Jasper y quería irse con él? ¿Por qué se fue de Los Ángeles? ¿Por qué me lo sigue ocultando? —me estaba enojando lentamente, Bella me había ocultado la existencia de mis hijos por cinco años. Me sentía horrible al imaginarme todo lo que me había perdido. Me sentía traicionado, Bella sabía que uno de mis sueños era formar una familia con ella.
Y me lo había ocultado.
Se había ido de Los Ángeles con mi propio primo para que no la encontrara.
El resentimiento comenzó a invadirme y salí rápidamente de mi oficina diciéndole a Ángela que cancelara todas mis reuniones y me dirigí a casa de Bella, necesitaba una explicación.
Cuando llegué al edificio me subí al elevador y marqué el piso. Las puertas me reflejaban y podía ver mi expresión enojada y perturbada, tenía el cabello completamente desordenado.
Cuando bajé del elevador me dirigí a la puerta del apartamento y comencé a tocar fuerte e insistente. Después de unos momentos abrió mi prima y se me echó a los brazos.
—Oh Edward, estaba tan preocupada por ti. ¿Dónde haz estado? Te busqué en todos lados y estaba a punto de presentarme en tu oficina cuando me enteré.
—Rose, ¿Dónde esta Bella?—le pregunté separándola de mi. Ella me miró preocupada.
—Está en el gimnasio con Emmett.—dijo después de un rato.—¿Pasa algo Edward?
—¿Y los niños?—pregunté.
—En su habitación, jugando.—respondió y me dejó entrar, fui a la dirección que me indicó mientras ella se iba a la cocina. Pude ver que estaba preparando algo.
Abrí la puerta pero me di cuenta de que la habitación estaba vacía con la televisión encendida. Fruncí el ceño y caminé hacia la habitación que estaba enfrente. La abrí silenciosamente y me recargué en el marco de la puerta, con el corazón latiéndome desenfrenadamente.
Zac estaba a gatas y Mary estaba parada encima de su espalda, mientras ella buscaba algo en el cajón mas alto de una cómoda.
—Rápido Mary, estás pesada y nos va a descubrir la tía Rose.—la apresuró Zac.
—Es que no lo encuentro. ¡Oh! Espera ya lo vi.—dijo y sacó un portarretrato de el cajón. Se comenzó a reír de triunfo y a dar saltitos, lo que provocó que los brazos de Zac perdieran el equilibrio y los dos cayeron al suelo. Después de unas cuantas risas ellos se incorporaron y miraron atentamente el portarretrato.
—Es él, sabía que tenía razón—dijo Zac.
—¿Pero cómo sabes?
—Una vez escuché a mamá decirle a tía Alice que él era nuestro padre y que fue su novio. Cuando platicaron miré la foto pero mamá la guardó.
Mary levantó el portarretrato y pude ver sobre sus hombros la foto.
Era una de las fotos de Bella y mía en el instituto. Los dos traíamos nuestros uniformes del equipo deportivo y sonreíamos mientras yo la cargaba a mi espalda.
Me acerqué lentamente y me paré detrás de ellos que al escucharme se dieron la vuelta. Me arrodillé a su altura y tomé la mano de cada uno.
Sentía un montón de sentimientos en mi mente. Con las manos temblorosas les quité el gorrito de lana y sus cabellos cobrizos quedaron libres. Sentí una opresión en el pecho y como mis ojos se humedecían. Ellos eran mis hijos, míos y de Bella, había sido un estúpido por no haberme dado cuenta antes. Los tomé en mis brazos y ellos me rodearon con los suyos.
—Papá, ¿Por qué lloras?—preguntó mi pequeña princesita limpiándome los ojos con sus deditos.
—Porque no puedo creer que apenas los conozco y ya los amo enormemente—dije y besé sus frentes mientras los tres soltábamos risitas tontas. De repente escuché un sollozo muy conocido que provenía desde la entrada de la habitación.
A que no se esperaban eso ¿verdad? Al menos en este capítulo.
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