Al entrar a su oficina a la mañana siguiente —cinco minutos tarde, por desgracia—, Theodore Nott se percató de que su señor estaba otra vez de mal humor. El duque estaba de pie mirando por la ventana, firme como un militar, y tamborileaba con los dedos de una mano en el alféizar.
Debía de ser cierto entonces lo que se comentaba abajo sobre Su Excelencia la duquesa y Lord Edward, aunque de todas maneras todos sabían que las cosas no iban bien en el matrimonio de Su Excelencia. Y luego, claro, estaba el rumor de que la querida del duque se había estado paseando después de medianoche por la galería con Lord Brockehurst el día anterior.
Aunque desde que había vuelto a Willoughby Hall Nott se preguntaba si la institutriz era realmente la querida de su señor. Aquella mujer le gustaba, pese a estar predispuesto a que no fuera así. Siempre se mostraba discretamente educada en el piso de abajo y no se daba aires en la mesa de la señora Laycock, aunque cada palabra y gesto señalaban que había nacido y se había criado como una dama.
—¿Dónde diablos has estado? —le regañó Su Excelencia, confirmando las sospechas de su secretario.
—Ayudando a la señora Laycock con un pequeño problema al cuadrar las cuentas de la casa, Su Excelencia —comentó.
—¿Qué te parecería tener vacaciones? —preguntó el duque.
Nott lo miró desconfiado. ¿Estaba a punto de concederle unas vacaciones permanentes? ¿Por llegar cinco minutos tarde a su escritorio?
—Vas a ir a Wiltshire por mí —le informó el duque—. A Heron House. No estoy muy seguro de dónde está, pero sin duda lo averiguarás.
—¿A casa de Lord Brockehurst, Su Excelencia? —Su secretario frunció el ceño.
—El mismo. Quiero saber cualquier cosa que puedas averiguar de una tal Ginevra que vivió allí hasta hace muy poco.
—¿Ginevra? —Nott lo miró inquisitivo—. ¿De apellido, Su Excelencia?
—Desconocido. Y vas a ser invisible y mudo mientras averiguas las respuestas. ¿Lo entiendes?
—¿Sólo Ginevra, Su Excelencia? ¿No tiene ninguna otra descripción?
—Digamos que se parece mucho a la señorita Weasley.
Peter Nott lo miró fijamente.
—¿Puedo confiar en tu discreción, Nott? —preguntó Su Excelencia—. ¿En que te vas a una merecidísimas y largamente pospuestas vacaciones?
—A visitar a mi primo Tom —añadió su secretario, con una expresión impasible en el rostro—, y a su esposa, a la que todavía no conozco. Y a su nuevo hijo, de quien voy a ser el padrino.
—No necesito un historial familiar —el duque le cortó—. Más vale que te marches hoy, Nott, o te perderás el bautizo.
—Se lo agradezco mucho, Su Excelencia —comentó Nott mientras su señor se volvía y atravesaba la habitación—. No olvidaré este favor que me ha hecho.
—¿Te ocuparás del otro asunto antes de marcharte? —le pidió el duque, mirando hacia atrás desde el umbral de la puerta—. Dejé instrucciones de que iba a ir a Wollaston esta mañana.
—Me encargaré de ello, señor —afirmó Nott, eficiente.
El secretario pensó que su señor debía de ser mucho más discreto que la señora. No había surgido ni el más leve rumor de escándalo en el piso de abajo sobre su relación con la institutriz, la puta de Londres. Aunque por supuesto el mozo había afirmado que los dos se habían pasado una hora cabalgando juntos la mañana anterior, una afirmación que parecía confirmarse por el hecho de que le habían encargado que equipara a la institutriz con ropa de montar y botas.
Así que al final resultaba que era su querida. Y Su Excelencia debía de estar realmente enamorado si pensaba husmear en el pasado de la pobre chica. Vivía con un nombre falso, ¿verdad?
Pero apenas se podía culpar al duque cuando la duquesa no hacía absolutamente nada por ocultar su preferencia por Lord Edward.
Hacía una mañana húmeda. Gin lamentaba que no existiera la más mínima posibilidad de dar un breve paseo fuera después de sus ejercicios musicales. Ni tampoco de que Lady Adele pudiese recibir otra lección de equitación.
Pero su pesar se vio atenuado por los recuerdos del paseo a caballo de la mañana anterior y del modo en que se había desarrollado. Y los recuerdos de la noche anterior y del terror que la había llevado a hacer una suposición de lo más embarazosa. Y el recuerdo de los brazos de él rodeándola y del corazón del duque latiendo contra su oído y del olor de su perfume.
Después de todo, se alegraba de que estuviera lloviendo.
Mientras observaba a Lady Adele pintar filas de letras y luego le contaba un episodio de historia mientras ambas bordaban, empezó a albergar la esperanza de que quizá Su Excelencia el duque no fuese al cuarto de estudio aquella mañana. Y se mantuvo atenta a ver si lo oía llegar, y cada sonido la sobresaltaba.
Estaban examinando el globo otra vez cuando él llegó. Pero en vez de sentarse en una esquina como solía hacer tras besar a su hija y desearles a ambas buenos días, se quedó de pie y le entregó una carta a Gin.
—Ha llegado esta mañana, junto con otra para mí del mismo puño y letra. Tiene mi permiso para aceptar la invitación, señorita Weasley. Y creo que Nott está esperándola en el piso de abajo en su oficina. ¿Se ha olvidado de lo que tenía que hacer esta mañana?
Gin no se había olvidado. Pero pensaba que probablemente él se habría olvidado, y no había querido mencionar el asunto al señor Nott durante el desayuno.
—Haré que le traigan un carruaje dentro de media hora —comentó el duque—. Adele, tú y yo jugaremos con Pequeñita un rato hasta que me reúna con unos caballeros. Esta tarde puedes ir con mamá y conmigo a la rectoría. Algunos de nuestros invitados quieren ver la iglesia. Puedes jugar con los niños mientras lo hacemos.
—¡Sí, sí! —Adele se puso a dar saltos.
—Vamos, ven —extendió la mano para coger la de la niña—. Que tenga un buen día, señorita Hamilton.
El señor Zabini la invitaba a ir con su hermana, Sir Cecil Hayward y él mismo a cenar y a visitar el teatro de Wollaston aquella noche. Iba a presentarse una compañía itinerante de actores.
Dobló el papel y se lo llevó a los labios. Y sintió una tristeza enorme por la vida que podría haber vivido en Willoughby. Tenía un trabajo que empezaba a resultarle bastante agradable, suficiente vida social como para mantenerse activa y motivada, y la amistad de un caballero atractivo que le hacía sentirse como una mujer.
Claro que nunca podría haber llevado esa relación más allá de la amistad. Gin lo sabía y lo aceptaba. No pedía mucho: sólo que la vida fuera como las dos primeras semanas que había pasado allí.
Ojalá el duque de Ridgeway se hubiera mantenido alejado de casa. Y ojalá Oliver no le hubiera seguido la pista hasta allí.
Su Excelencia le había dicho que el carruaje estaría esperándola en treinta minutos. Gin se fue corriendo hasta su habitación para prepararse y para escribir una aceptación de la invitación.
Theodore Nott le dio una carta que tenía que presentar en Wollaston para que las facturas por la ropa de montar pudieran enviarse a la casa. También le pagó el primer mes de sueldo, aunque no llevaba todavía un mes, ya que le explicó que dentro de una hora se marcharía para el bautizo del hijo de su primo, y que quizá tardaría una semana o más en volver.
Gin disfrutó de las horas siguientes. Después de sus experiencias de hacía tan sólo un par de meses, resultaba muy agradable ir vestida de una manera respetable, montar en un carruaje elegante, ser tratada con deferencia porque el carruaje llevaba el emblema del duque de Ridgeway, tener un poco de dinero para gastarse en unas medias de seda que realmente no necesitaba, elegir telas de terciopelo suntuoso para la ropa de montar y cuero suave para las botas. Y más tarde pensó que volver a Willoughby Hall era como volver a casa, pese a la lluvia y a las nubes pesadas. El carruaje pasó traqueteando por el puente y Gin volvió la vista hacia la casa y sintió un fuerte amor por ella. Y una gran tristeza porque no sería su hogar durante mucho más tiempo.
Le sonrió al cochero cuando la ayudó a bajar del carruaje, y habría atravesado corriendo las puertas hasta las habitaciones de los criados que quedaban bajo los escalones en forma de herradura si alguien no la hubiese llamado. Oliver se acercaba a toda prisa procedente de los establos.
—He subido después de almorzar a hacerte una vista —explicó mientras el carruaje se alejaba otra vez—. La niñera me ha dicho que te habías ido a Wollaston. ¿Sola, Ginevra? ¿Por qué no me lo has hecho saber? Habría ido contigo.
Ella se quedó de pie bajo la lluvia mirándolo.
—Me tengo que ir a una visita infernal a una iglesia normanda dentro de poco —continuó él—, pero esta noche tengo que verte. ¿Dónde? ¿En tu habitación? ¿O en algún rincón del piso de abajo?
—Tengo otros planes para esta noche —contestó ella.
—¿El qué? —Oliver frunció el ceño. El agua le caía formando un torrente regular del ala de su sombrero.
—Me han invitado a cenar y al teatro —explicó—. Unos vecinos.
—¿Quien es él? —preguntó Oliver—. Será mejor que no lo animes, Ginevra. No me gustaría nada.
—¿Es que no puedes concebir una relación de simple amistad, Oliver? —le increpó. Un reguero de gotas de agua fría se estaba abriendo camino por su espalda hasta el interior de su capa.
—No en lo que a ti respecta. No si tengo en cuenta tu aspecto, Ginevra. Nos quedaremos aquí unas semanas. Pero espero pasar mucho tiempo contigo. Y espero que no haya ninguna oposición al respecto. Y eso incluye al duque. Espero que no se quedara contigo anoche. Por tu bien, espero que no.
—Estoy mojada y el frío me cala hasta los huesos, Oliver. Voy a entrar, si me perdonas…
Él le hizo una breve reverencia y se volvió para subir por los escalones de mármol.
Gin se echó a temblar al entrar por las puertas de los criados. Sí, siempre le quedaba aquello… la decisión última que habría de tomar: o casarse con Oliver, si es que realmente quería casarse, o enfrentarse a un juicio por asesinato y robo en el que el único testigo era el propio Oliver.
El carruaje del señor Zabini pasó a buscar a Gin en cuanto empezó a anochecer. Gin miró con pesar el vestido de muselina azul que llevaba, ya que deseaba tener algo más para ponerse. Pero no dejaría que nada le estropeara la noche. Había decidido que disfrutaría, sobre todo después de su charla con Oliver. Si no hubiese tenido que cumplir con aquella invitación se habría visto obligada a pasar la noche con él. Claro que quedaba el día siguiente por la noche y la noche siguiente, pero ya pensaría en ello cuando llegase el momento.
Sir Cecil Hayward, un caballero que Gin recordaba haber visto en el baile, no sabía hablar de otra cosa que no fuera lo relacionado con los caballos, los sabuesos y la caza. Pero tanto la señorita Zabini como su hermano eran animados conversadores, y Gin disfrutó mucho durante la cena.
Nunca en su vida había ido al teatro, lo cual le resultó muy divertido al señor Zabini.
—¿Nunca ha ido al teatro, señorita Weasley? ¡Increíble! —exclamo él—. ¿Cómo sobrevivirían los Shakespeare de nuestro mundo si toda la gente fuese como usted?
—Pero no digo que no haya ido porque no me interesara, señor —se rio ella, recordando una ocasión en la que realmente había estado cerca de un teatro.
—Esto será como sacar a los niños, Emily —comentó el señor Zabini, sonriendo a su hermana—. Supongo que la señorita Weasley estará emocionada y se dedicará a dar saltos de entusiasmo.
—Al menos prometo no gritar y chillar —bromeó Gin.
—Ah, bueno, entonces supongo que podemos seguir adelante. ¿Está dispuesto a prescindir del oporto esta noche, Hayward?
El teatro era mucho más pequeño de lo que Gin había esperado, y la relación entre el público y los actores muy íntima. El público silbó a un cantante un poco desafinado, chiflaba cada vez que aparecía una actriz con un busto particularmente atractivo, animaba al villano, abucheaba al héroe cuando se portaba mal con un amor no deseado, y aplaudió y silbó insistentemente en la escena de amor final.
Gin disfrutó cada instante de la experiencia, tanto de la acción como del público.
—Son todos unos cernícalos —le susurró el señor Zabini al oído—. No han venido para que los entretengan, sino para entretenerse a sí mismos. Claro que hay que admitir que hay actores mejores en este país. Espero que esta experiencia no le haga repudiar permanentemente el teatro, señorita Weasley.
—Por supuesto que no. Ha sido una noche encantadora.
La señorita Zabini no parecía estar de acuerdo. El calor y el ruido constante del teatro le habían provocado dolor de cabeza. Así que después de dejar a Sir Cecil en su casa, cerca de Wollaston, el carruaje llevó a la señorita Zabini a casa antes de continuar hasta Willoughby Hall. El señor Zabini insistió en acompañar a Gin hasta allí al tratarse de una hora avanzada de la noche.
—¿No le ha molestado a Draco que me la llevara de su casa una noche entera? —le preguntó a la institutriz.
—Me ha dicho que podía aceptar la invitación.
—Algunas personas parecen pensar que sus empleados son sus posesiones personales y que no tienen derecho a tener tiempo libre —comentó el señor Zabini—, ya no digamos, Dios quiera que no, cierta vida social. Aunque tendría que haber sabido que Draco se mostraría más inteligente a ese respecto. Nunca he conocido a nadie que haya logrado llevarse a ninguno de sus criados, aunque conozco a algunos que lo han intentando. Según parece él los trata más como familiares que como empleados.
—Siempre es amable —comentó Gin.
—Se produjo un regocijo generalizado en este parte del mundo cuando volvió a casa de manera tan inesperada, después de un año en el que se creyó que estaba muerto —explicó él—. Edward debió de ser el único que se quedó decepcionado al descubrir que ya no era duque.
—Pero es un caballero muy agradable.
—Ah sí, claro. —El señor Zabini le sonrió en la oscuridad del carruaje—. ¿Va a venir a la fiesta de cumpleaños de Timmy?
Pasaron un rato más charlando relajadamente antes de sumergirse en un cómodo silencio.
El señor Zabini se volvió hacia ella cuando su carruaje cruzó el puente al final del bosquecillo de limas.
—Me enfadaré conmigo mismo por ser un cobarde, un imbécil y un torpe si no intento besarla al menos antes de que se detenga el carruaje. ¿Puedo, señorita Weasley?
¿Qué podía decir ante semejante petición? No, si a una no le gustaba el caballero. Pero el señor Zabini no le desagradaba.
—Veo que mi audacia le ha hecho callar. Y supongo que resulta difícil responder un educado «Sí, señor» ante semejante pregunta. Supongo que no resultaría tan difícil decir «No, señor», si fuese eso lo que quisiera decir.
Ella lo vio sonreír en la oscuridad antes de pasarle un brazo por los hombros, levantarle la barbilla con la mano libre y bajar su boca hasta la de Gin.
Fue un beso cálido, firme, agradable. El señor Zabini no prolongó el abrazo.
—Espero dócilmente a que me dé una contundente bofetada en la mejilla —dijo él retirando el brazo y la mano y enderezándose otra vez—. ¿No? Espero no haberla ofendido. ¿Lo he hecho?
—No.
—Entonces espero volver a verla dentro de unos días —continuó el caballero—. Puede que incluso podamos intercambiar unas palabras por encima del griterío de los niños. Los cumpleaños siempre provocan más ruido que dos o tres celebraciones juntas. ¿Se ha percatado?
Él esperó a que su cochero colocara los escalones antes de bajar a la terraza húmeda para ayudarla a descender. La acompañó escaleras arribas hasta las puertas principales, llamó y se inclinó sobre su mano, llevándosela a los labios antes de volverse para marcharse.
—Gracias por su compañía, señorita Weasley. He disfrutado de la noche más de lo que puedo expresar.
—Y yo también. Buenas noches, señor.
Gin miró a su alrededor al cerrarse las puertas, esperando en parte que Matthew o el duque salieran de entre las sombras. Pero no había nadie salvo el lacayo solitario que había abierto la puerta.
Gin subió corriendo las escaleras hasta su habitación, se desvistió rápidamente y se metió en la cama, subiéndose las mantas hasta las orejas.
Sólo quería pensar en aquella noche. Al menos durante una noche dormiría feliz. Pensó en el señor Zabini y en su agradable sentido del humor. Y en el beso. Y deseó que la vida pudiera haber empezado hacía menos de un mes. Deseó que no hubiese existido ningún Oliver ni el cuerpo de Hobson yaciera bajo tierra en algún lugar cerca de Heron House. Deseó que no hubiese existido Londres, ni la necesidad de sobrevivir allí. Que no hubiese existido el duque de Ridgeway. Incluso deseó de algún modo extraño que no hubiese existido Harry.
Deseó que sólo hubieran existido Willoughby Hall y el señor Zabini.
Volvió a pensar en el beso, que no debía permitir que se repitiera. Y en sus atenciones, las cuales no debía alentar.
Y recordó los brazos cálidos y fuertes que la rodearon, el pecho musculoso contra su mejilla, y el corazón que latía con fuerza contra su oído. Y pensó en bailar con un compañero que le hiciese dar vueltas con una mano firmemente sujeta en la cintura y cuya colonia hubiese formado parte de la belleza de la noche.
Y enterró aún más la cabeza bajo las mantas.
El día siguiente continuó siendo lluvioso. El duque salió a montar por la tarde con dos de sus huéspedes más atrevidos para visitar a algunos de sus inquilinos. Cuando volvieron, demasiado tarde para tomar el té, descubrieron que ya se había decidido cuál iba a ser el entretenimiento de la noche. Lady Underwood salió a recibirlos a la entrada principal y les informó de que todo el mundo estaba cansado de las charadas. Bailarían en el salón.
—¿De verdad? —preguntó él—. ¿Y quién va a tocar para nosotros? ¿La señorita Dobbin?
—Está bastante dispuesta a hacerlo —respondió Lady Underwood—, pero Walter insiste en que quede libre para bailar al menos una parte del tiempo. ¿Acaso no te has percatado de que no estoy muy entusiasmada con Philip, pero tengo que aguantarlo para no morirme de aburrimiento, hombrecito pesado?
—Bueno, parece que esta noche se entretendrá con el baile. ¿Quién va a tocar cuando la señorita Dobbin esté bailando?
—Ah, la institutriz. Ya está todo preparado.
—¿Ah sí? ¿Y de quién ha sido la idea, si se puede saber?
—De Oliver, por supuesto. Dice que conoce un poco a la señorita. Creo que la conoce bastante más, pero sólo el tiempo demostrará si estoy o no en lo cierto. En todo caso, ella va a tocar. Dime que bailarás todos los valses conmigo, Draco. Lo haces tan divinamente…
—Me sentiré muy honrado de bailar el primero con usted. Discúlpeme, señorita. Tengo que cambiarme esta ropa mojada.
Se preguntó si Gin sabría cómo le habían organizado la noche. ¿Le habían consultado? ¿La habían avisado o se lo habían pedido? ¿Y volvería a creer que él era el responsable de tener que utilizar su talento? Se estremeció al plantearse que pudiera ser así. La había contratado como institutriz de Adele, no para entretener a sus invitados.
Se preguntó si alguien habría pensado en detalles como tener que apartar los muebles del salón y enrollar la alfombra y traer las partituras de la sala de música. Estaba seguro de que nadie lo había hecho.
Gin esperaba pasar una noche tranquila con sus bordados en la salita de la señora Laycock. Pero justo después de que acabaran las clases por la tarde le habían entregado una nota garabateada a toda prisa de Su Excelencia la duquesa, donde la emplazaban a tocar el pianoforte para un baile aquella noche.
No estaba especialmente disgustada. Esperaba que quizá Oliver la citase, y aunque puede que fuera el caso, al menos estaría en la sala con todos los invitados. No estaría a solas con él.
Todavía había una fila de lacayos ocupados en enrollar la alfombra cuando llegó a la habitación. Retrocedió hasta la entrada para esperar hasta que estuviera todo listo para ella. Y miró a su alrededor, contemplando la magnificencia del lugar.
Levantó la vista hacia la cúpula, oscurecida por el anochecer que se aproximaba, y hacia algunas de las tallas doradas que había en las paredes entre las columnas, y que representaban querubines alados que soplaban finas flautas con las mejillas hinchadas, y violines cruzados con flautas.
—Lo diseñaron para que fuera un lugar para la música —comentó el duque a sus espaldas—. La galería se concibió para que la utilizara una orquesta. Desgraciadamente hace más de un año que no tenemos un gran concierto o un baile por aquí.
Gin se volvió hacia él. El rostro del duque se veía oscurecido por las sombras de la entrada: tenía los ojos más negros, la nariz más aquilina, la cicatriz más pronunciada que bajo la luz. Estaba cerca de ella, con las manos agarradas por detrás. Gin sintió que se quedaba sin aliento y se percató de que tenía una sólida columna corintia detrás de ella.
—¿Ha accedido a tocar para nosotros esta noche? —preguntó él.
—Sí, Su Excelencia.
—Dígame: ¿se lo han pedido?
—Su Excelencia la duquesa me ha mandado una nota.
Él hizo una mueca.
—Prometí que esto no volvería a ocurrir, ¿verdad? Esta tarde no he estado en casa, señorita Weasley, ¿nos concedería el honor de tocar? Es libre de negarse si quiere. Esto no forma parte de sus obligaciones como institutriz.
—Lo haré con mucho gusto, Su Excelencia.
«Trata más a sus empleados como familiares que como criados», le había dicho el señor Zabini del duque la noche anterior. La duquesa le había exigido que viniera, pero él se lo había pedido.
—Puede que desee bailar cuando no esté tocando —sugirió el duque—. Creo que varios de los caballeros se alegrarán si lo hace.
—No. Gracias pero no, Su Excelencia.
—Pero parece que disfrutó del baile hace unas pocas noches.
—Eso fue muy distinto.
—Permítame que la acompañe al salón —propuso el duque, pero no le ofreció el brazo.
De alguna manera, el salón parecía más grande y magnífico con la alfombra enrollada y las sillas blancas y doradas de seda estampada retiradas contra las paredes. También habían desplazado el pianoforte hasta una esquina.
Mirando a su alrededor y sin cohibirse, pues ninguno de los invitados había llegado todavía, Gin pensó que se trataba de una de las habitaciones más espléndidas de la casa. Las paredes eran de color azul, y el techo con molduras cóncavas era azul, blanco y dorado. Los grandes cristales hacían que la habitación pareciese más grande de lo que era y multiplicaban el efecto de la araña de cristal.
—Los cuadros son de Europa —explicó Su Excelencia, al verla interesada—, aunque he intentado recopilar obras de nuestros artistas autóctonos en algunas de las otras habitaciones. Estos son de Philipp Hackert y Angelica Kauffmann. ¿Le gustaría estudiar las partituras?
Gin se acomodó en el pianoforte y hojeó la pila que debían de haber encargado a alguien que trajera de la sala de música. Toda la música era adecuada para bailar. Muchas de las piezas eran valses.
Durante las dos horas siguientes, la institutriz se fue relajando cada vez más en la tarea que le habían encargado. Exceptuando a Sir Philip Shaw, que se acercó al pianoforte y le besó la mano al entrar en la salita, todos los demás le prestaron muy poca atención, y sólo se dirigían a ella cuando querían una canción o un tipo de baile en particular. El vals era el favorito por abrumadora mayoría. La señorita Dobbin pareció olvidarse de que iba a tocar parte de la noche, y Gin no se lo recordó.
Pero llegó el momento inevitable en el que levantó la vista entre baile y baile y descubrió que Oliver acompañaba a la señorita Dobbin a donde se encontraba ella.
—¡Señorita Weasley, qué bien toca! —exclamó la señorita Dobbin—. Ahora desearía haber tocado antes que usted para no tener que ir a continuación.
Gin le dijo que no era obligatorio que tocara, pero la señorita Dobbin insistió en que bailar no era su actividad favorita y que ya lo había hecho bastante durante la noche del baile y las dos horas anteriores como para tener suficiente para un mes.
—Además, señorita Weasley —añadió Oliver haciendo una reverencia—, ¿cómo voy a bailar con usted si se va a pasar toda la noche sentada al pianoforte?
—No he venido a bailar, milord —respondió Gin—, sino para ofrecer acompañamiento.
—Ah, pero bailará —insistió él, sonriéndole a la institutriz—. Por favor, señorita. Porque yo se lo pido.
Gin se preguntó qué haría Oliver si se negaba. ¿Volverse hacia el grupo y denunciarla en voz alta? ¿Desenmascararla y decir que era una asesina y una ladrona de joyas? Pensaba que no. Se pondría en ridículo con semejante exhibición, y no le serviría para lograr su objetivo. Pero se trataba de un planteamiento puramente teórico. La verdad es que no quería ponerlo a prueba, y Oliver debía de conocerla lo bastante bien como para saber que no lo haría.
—¿Un vals, por favor, señorita Dobbin? —pidió Oliver, extendiendo una mano hacia Gin.
Oliver bailaba razonablemente bien. Pero Gin no era capaz de entregarse al disfrute de la danza. En aquella casa era una simple criada, y las mejillas le ardían por lo inapropiado que resultaba que bailara con los invitados en el salón, pese al permiso que le había concedido anteriormente Su Excelencia. Miró a su alrededor nerviosa para ver cómo reaccionaba la duquesa al verla, pero la duquesa no se encontraba en la habitación.
Y por supuesto no podía olvidar la última vez que había bailado, en un camino desierto al sur del lago, con los ojos totalmente cerrados. De reojo vio que Su Excelencia el duque estaba bailando con Lady Underwood.
La música finalizó, pero Gin no tuvo oportunidad de sentarse detrás del pianoforte tal y como había planeado. Sir Philip Shaw se puso a hacer reverencias hacia su mano.
—Ah, pero la señorita Weasley está agotada por los esfuerzos realizados ante el pianoforte —comentó Oliver sonriendo—. Iba a llevarla a la entrada, Shaw, para que tomara un poco el aire.
—Menudo diablillo afortunado es usted, Brockehurst —murmuró Sir Philip, mirando lánguidamente a Gin de arriba a abajo—. ¿Supongo que no puedo recordarle que a mí también me conoce de antes, verdad, señorita Weasley?
Gin puso una mano en el brazo de Oliver y levantó el mentón. Él la llevó a la entrada y hasta la elevada galería bajo la cúpula. Debía de haber encontrado la escalera durante el día. Gin nunca había estado allí antes.
Parecían estar mucho más arriba de lo que parecía encontrarse la galería desde abajo, aunque aparentemente la cúpula seguía quedando muy por encima. Pero no estaban allí para contemplar las vistas. Oliver la apoyó contra la pared interior con su cuerpo y la besó: besó su rostro, su garganta y sus pechos a través de la tela del vestido. Le acarició los pechos con las manos, y puso una rodilla entre sus piernas. A continuación abrió la boca por encima de la de la chica y se abrió camino entre sus labios cerrados con la lengua. Ella permaneció quieta y pasiva.
—Nunca me has dado una sola oportunidad, Ginevra —susurró—. Nunca te he gustado sólo porque mi madre y mi hermana siempre te han tratado mal, y quizá porque mi padre fue demasiado vago como para intervenir. Y porque no me fijé en ti cuando eras una muchacha. Pero nunca me he portado abiertamente mal contigo. ¿Lo hice?
—No hasta los últimos años.
—¿Cuándo me he portado mal? —preguntó—. Ah, supongo que volverás a reprocharme lo de Potter. No quieres reconocer que te estaba haciendo un favor, Ginevra. Ese hombre no es para ti.
—¿Y tú sí?
—Sí, lo soy. Te quiero, Ginevra. Te adoro. Y podría enseñarte a amarme si me dieses la oportunidad, si no te cerraras a la idea de estar conmigo.
—Quizá podrías haberme gustado —empezó ella—, y podría haberte respetado si me hubieses mostrado algo de respeto, Oliver. Pero siempre has sido así, siempre te has dedicado a agarrarme y a declarar tu amor por mí. Claro que en el pasado, siempre pude enfrentarme a ti. Ahora ya no soy libre. No puedo hacer una escena en esta casa y gritar, como me gustaría hacer. Soy una criada y tú eres un invitado. Y no puedo pedirte que me dejes en paz. No tengo ningún deseo especial de que me cuelguen. Pero si me quisieras, no jugarías a este juego cruel conmigo. Y no me dedicarías atenciones que sabes que no son bienvenidas.
—Eso es porque no me das una oportunidad…
Pero Oliver miró detrás de él en aquel momento y le tapó la boca con toda la palma de la mano. Se oyeron pasos abajo, y ambos vieron a Su Excelencia el duque cruzar la entrada lentamente, mirando a su alrededor. Debió de pasar bastantes minutos allí antes de entrar en la galería alargada y atravesar sus puertas.
—¿Te busca a ti? —preguntó Lord Brockehurst, volviéndose hacia Gin y apartando la mano—. Es como si fuese tu perro guardián, ¿no es cierto, Ginevra? Lo cual resulta bastante extraño en un duque en relación a una humilde institutriz, ¿no te parece? ¿Acaso le entregas a él lo que a mí me niegas? Ten cuidado si lo haces. Si descubro que es así, te colgarán del cuello hasta que estés muerta. Te prometo que así será.
—Eso sí que son palabras de amor…
Él la besó agresivamente, de modo que Gin se hizo daño en el interior de la boca con sus propios dientes.
—Son las palabras de un amante celoso y frustrado —afirmó él—. Te quiero, Ginevra.
Gin se habría ido a su habitación cuando finalmente él la llevó otra vez hasta la galería. Tenía la boca hinchada y el pelo enmarañado. Se sentía sucia. Pero Oliver la agarraba del codo. Y ella había accedido a tocar en un baile durante la noche, durara lo que durase. Al volver al salón, se sintió aliviada a ver que el señor Walter Penny la requería con cierto entusiasmo: esperaba bailar con la señorita Dobbin, que se mostraba reticente.
Gin se sentó en el pianoforte y continuó tocando. Se preguntó cuán tarde debía ser. Daba la sensación de que el amanecer debía de estar iluminando las ventanas. Pero no era así.
