CAPÍTULO 13: "Yo esperaba a un tío bueno"
-¿Con el ministro de educación? ¿Pero qué cojones? ¡Creo que merecemos algo mejor, Y SOLO LO CREO, JACK! –le gritaba una servidora, muy salida de sus casillas, a un pobre y tembloroso presidente del club de periodismo, Jack Wallside.
Visto así soy yo la monstrua mala, pero tendríais que saber que preparé el jodido artículo para el concurso, con esfuerzo y sudor de mi frente. Qué asco. Vale, le dediqué una semana de clases de matemáticas y dos noches sin dormir, ¡solo dos! ¡Pero luego la señorita Rotenmeyer me jodió el lunes a mí cuando me quedé dormida en su clase, no al puñetero ministro!
Y no es que esté diciendo que un ministro no vale la pena, pero según los rumores, los candidatos a ser entrevistados eran Michel Teló, Red-foo y gente de ese tipo, ¡no un ministro! Al principio, cuando Jack me lo dijo pensé que estaba de broma. Luego vi que empezaba a temblar y supe que era cierto, y bum.
-Pero Celia, si un ministro es muy importante, sin él no tendríamos bien organizada la educación, ni siquiera habríamos abierto el club…
-¡Me da igual! ¡Yo no quiero! –chillé, y me senté de brazos cruzados poniendo morritos. Reconozco que fue un tanto infantil, pero si os ponéis en mi lugar lo entenderéis, yo, que imaginaba un tío bueno que me mirase con deseo o algo así, y de repente me presentan a un viejo con choflas de culo de botella y canas en los pelos de la nariz, ¡asqueroso!
¿Pero sabéis qué es lo más exasperante de todo? Que yo fui la que más se esforzó.
Sí, y el motivo principal fue que cierto señoritingo peli blanco me había oído quejarme y se apareció por allí. ¿Nunca habéis tenido en clase, en los entrenamientos de lo que sea que hagáis, o en algo que os gusta, alguien que parece estar todo el santísimo día metiendo las narices en vuestros asuntos e intentando ganaros en todo solo por joder? Pues ese, ¡ese es el perfil de Bryce! Un niñato de la clase de mi hermano, asqueroso y fastidioso a más no poder.
-Hola, Hills, querida, ¿qué tal estás? -¿os parece amable? Pues esperad- Me pareció oír que te quejabas de algo relacionado con… ¿la entrevista de la que todo el mundo habla?
-¡Hablaba! Dejarán de hacerlo cuando se enteren de que a quien vamos a entrevistar es a un viejo pellejo.
-Te refieres al ministro y eso no está bien –replicó, el muy listillo, meneando la cabeza.
-No, a tu padre, cabronazo… ¡no pienso entrar en uno de tus juegos, Bryce!
-Ya, claro. Lo que ocurre es que no te crees capaz de ganar la prueba para ser elegida –dijo con aires de suficiencia, ¡como si pudiera permitírselo! Siempre fue un niño remilgado, incluso cuando jugábamos en el parque de pequeños, ¡me alegro de que entonces yo estuviese empeñada en hacerle tragar arena con mi rastrillo de juguete, ja! Y seguramente que eso haya contribuido a destruir las pocas neuronas con las que nació, ya que antes de eso ya se hacía notorio su retraso- Sabes que no tienes grandes dotes para escribir, ni para ser periodista, pero por lo menos podías esforzarte un poco, ¿no, Celia? Eso por lo menos…
-¡Cállate! –Y contuve mi puño cerrado para que no corriese a acariciar su estúpido ojo- Mira, me voy porque si no, no sé lo que hago, ¿eh?
-Sí, es normal que te encuentres incómoda, todo el mundo lo está cuando le dicen la verdad –exclamó mientras me alejaba.
-¡Piérdete, calzonazos! –le grité yo.
Y el caso es que tuve una hermosa semana, con su lunes, su martes y su miércoles y todo lo demás, para buscar o pensar (o copiar de algún foro, lo que habría sido más inteligente que lo que acabé haciendo) las preguntitas de la dichosa entrevista.
¡Ah, por supuesto! No os lo había dicho… me tocó a mí pringar. Sí señor, porque mis queridísimos y considerados compañeros tuvieron el detalle de hacer aposta mal sus artículos para el concurso, ¿¡os dais cuenta! ¡Todos ellos se pusieron de acuerdo! Fue un auténtico complot contra mí… igual que cuando Scotty puso un cojín de pedos en mi silla, en una de las reuniones, y los muy cobardes se callaron como putitas (Ah, ¿pero quién echó después una ración extra de picante, birlado a Scotty, en sus comidas? Celia Hills no olvida, I'm watching you!)
Bueno, como iba diciendo… ¡tuve mucho tiempo, sí! Pero no seré la primera boba que deja alegremente que el tiempo pase mientras mira las musarañas (siempre me ha hecho gracia esa expresión, porque yo en mi vida he visto una puta musaraña y sin embargo, continuamente me dicen que parezco estar viéndolas pasar).
Así que al final llegó la hora (o el día, más bien) de la verdad, en la que ese viejo pellejo vendría y sentaría su arrugado culo en una de las sillas del club de periodismo (y la apestaría por siempre jamás) y yo tendría que hacerle las preguntas absurdas que previamente me encontraba copiando de los labios de Shawn a toda pastilla, una hora antes de dicha entrevista, cuyas respuestas no me iban a importar un comino. Y aun así estaba obligada a hacerlo… y encima después, el prestigio no sería mío, sino del gorrón del jefe de estudios, que es más rata que Silvia con las vueltas en las tiendas si no conseguimos nada importante, pero que bien que agarra del bote cuando la cosa interesa.
-Bien, Froste, dos más y habré acabado –total, que allí estaba una servidora, destrozándose los huesos de la muñeca por hacer quedar bien al gilipollas del jefe de estudios, y mi querido Shawn, un poco mosqueado, se me quedó mirando.
-¿Habrás? Perdona, pero deberías reconsiderar que soy yo el que te ha hecho todo el trabajo, guapa.
-Uf, vale, pues… Dos más y HABREMOS acabado –dije bien alto. Sin embargo, Froste negó con la cabeza- ¡Joder! ¿¡Y ahora qué! –aunque en este caso, mi atolondrado amigo se puso rojo como un tomate y se dio la vuelta para mirar otra vez a la pizarra- ¡Eh, te he preguntado algo! –me indigné, y le zarandeé tomándolo del hombro.
Unos instantes más tarde me di cuenta de mi error al notar el escalofriante aliento de mi querida profesora, en la nuca. Se me heló la sangre. Esa mujer debería trabajar en una funeraria, o en un consultorio para hablar con los muertos, ¡no en una escuela!
Creí que estaba perdida, así que saludé con la mano a la maestra y me apresuré a apuntar lo que había en la pizarra, en un papel aparte (aunque no tenía ni idea de lo que estaba escribiendo). La clase entera se reía por lo bajo, aunque se callaron en cuanto la profesora se dio la vuelta y yo alcé el puño amenazadoramente contra ellos.
Mi tarde fue… ¡ay! ¿Os lo podéis imaginar? Al acabar la clase, Shawn me entregó un papelito con las dos preguntas que faltaban, con un arrogante: "no te lo mereces" y luego un humilde: "no te olvides de eso, ¿eh?" Quería que le pidiese al ministro, que le besara los pies, ¡que le suplicase!, para que nuestra escuela tuviese un puñetero club de fútbol. Yo no ganaba nada concreto con eso, pero al menos Shawn me debió favores durante tres semanas enteras (solo tres, más tarde empezó a mosquearse y tuve que parar de gorronearle, la cosa olía a muerto).
Cogí aire y entré en el aula. Vi a Bryce teñirse de verde envidia, un nuevo tono de moda entre los imbéciles, y fue el único momento del día, en que pude sentirme orgullosa de mí misma, porque, amigos míos, la cosa no acabó ahí.
