Hola, qué tal el fin de semana? Al final no pude gorronear wifi, pero a cambio he escuchado las opiniones generales y me he salido de la línea general de narración desde Regina para poner un capítulo centrado en la visión de Emma, sus pensamientos y sus celos ;)

inheram: jaja de nada, gracias a ti por comentar! :D. Me alegro que te gustase, espero que la de hoy también te guste.

getzu: jajaja, me ha gustado tu manera de decir que ibas a ir por partes. La escena del arco también es una de mis favoritas, esa no sale en el libro de Persuasión, pero en la película de Orgullo y Prejuicio de 1942 con Laurence Olivier sí que hacen una fiesta al aire libre con tiro al arco y me dio la idea para meter algo así en esto. Se me ve un poco el plumero con mi poco amor por el arquero, me temo xD

luceroluna19: me siento halagada, es mi primera declaración vía fic xD, pero respeto que otro tiene prioridad. No sabría decirte, quizás no te contestó porque se quedó sin palabras. Con respecto al chantaje, no lo usaría si no funcionara tan bien :D jaja

karlhaestrada: jajaja lo siento por tus uñas y tu corazón, pero no te preocupes, ya sé hacer reanimación cardíaca, así que en caso de necesidad deja una review. Por todo lo demás te entiendo, todos queremos que Emma sufra, porque Regina es la mejor xD.

AryDann: Hola, te doy la bienvenida al fic :) me alegra un montón que te gustara y te lo leyeras del tirón. Sí, hoy justamente, vamos a tener más piezas de Emma por petición popular. A ver qué te parece.

Aquarius7: que alguien te pare antes de lanzarte sobre el ordenador! No te preocupes, ya me encargaré yo del arquero por atreverse a acercarse a nuestra Regi¬.¬

Evilregal: un poco de paciencia, no demasiada porque no queda ya mucho. Pero sí, ya te adelanto que yo no soy partidaria de los finales tristes, y el Amor Verdadero puede con todo ;)

Espero que os guste.

CAPÍTULO 14

La noticia de la boda de Regina la había sumido en una nueva ola de desesperanza que Emma ya no hubiera creído capaz de sentir. Cómo era posible que, después de diez años, siguiera sufriendo tan amargamente por un amor que hacía tiempo se había resignado a perder.

Habría sido el beso, se decía. Aquel único, corto y maravilloso beso que la había devuelto a una vida que no sabía que había extraviado, y le había dado de nuevo el aire para respirar que sus pulmones llevaban diez años exigiéndole.

Durante toda su vida, Emma no había sido nadie. Una huérfana, un estorbo, una inútil, alguien de quien todo el mundo podía prescindir, como había hecho incluso sus propios padres. No fue capaz de borrarse aquella imagen de su mente, ni de sentirse merecedora de algo distinto al rechazo y el desprecio, hasta que conoció a Regina. Ella le había dado una nueva dimensión a su vida. La había hecho sentir, por primera vez, parte de un mundo, de un hogar.

Un hogar que se había derrumbado al mismo tiempo que su corazón se desvaneció. Y todo ocurrió en el mismo instante en el que Regina la dejó marchar como tantos otros que la habían visto partir sin percatarse siquiera de su presencia porque ella era inútil, reemplazable, una niña perdida que nadie amaba.

Los años que siguieron a la pérdida de Regina se había concentrado en borrarla de su mente, de su alma y de su cuerpo. Sin embargo, cualquier intento fue inútil, pues las huellas que Regina había dejado en su corazón habían demostrado ser tan indelebles como imparable era el tiempo que pasaba y creciente la distancia que las separaba.

Cuando por fin se dio por vencida y admitió que jamás podría olvidar a Regina, trató de tornar su amor en odio. Pues no podría soportar la separación por mucho más tiempo si el engañoso dios del amor seguía tentándola a regresar a los brazos de su amada. Unos brazos que la habían aferrado para después dejarla marchar. Unos labios que le habían hecho promesas para después romperlas. Sí, intentó odiarla. Al encontrar a sus padres, establecerse en una vida acomodada, logrando todo lo que Regina tenía o hubiera deseado, todo por lo que la había abandonado, entonces, logró odiarla porque su recuerdo seguía sintiéndose más su hogar que la casa que compartía con sus padres.

La odió por poblar sus sueños, la odió por aparecerse en el rostro de cada mujer que trataba de amar, la odiaba por haberse convertido en el fantasma de su existencia y, sobre todo, la odiaba por no poder dejar de amarla. Era tanta su desesperación que no habría dudado en arrancarse el alma de haber sido posible, si con ello hubiera logrado dejar de sentir. Tan solo quería dejar de sentir.

No funcionaba así el traicionero amor ni ningún dios quiso escuchar sus súplicas, ella y sus sueños truncados se quedaron de nuevos solos con la muerte de sus padres.

Durante los 10 años que se mantuvo alejada de Regina, se había esforzado por no conocer ninguno de los detalles de su vida no creyendo que pudiera soportar la noticia de su casamiento, de darse. Sin embargo, la primera mención de su nombre vino de boca de sus buenos amigos, los Humbert, quienes casualmente iban a alquilar el palacete de la familia Mills quienes, al parecer, habían caído en la ruina. Pareció una señal del Destino.

Y fue ahí, cuando ya lo había perdido todo y no hallaba en el mundo razón por la que seguir forzando una respiración en sus pulmones o una sonrisa en su rostro, cuando decidió que, si no podía olvidar a Regina, si no podía ni siquiera odiarla por todo el daño que le había causado, al menos, podría castigarla mostrándole el futuro que podrían haber tenido y que ella desechó por sueños de grandeza que se habían visto reducidos a ceniza.

Con aquella intención, volvió a su hogar de infancia, para descubrir nuevas pérdidas. La destrozó saber de la muerte de Aurora y Philip, más todavía, lamentaba no haberse despedido nunca debidamente de ellos ni de sus tías, la única familia que conoció en su infancia. De alguna manera irracional, su enojada mente culpó a Regina de aquella pérdida por haberla obligado a marcharse y haberla mantenido alejada por miedo a caer de nuevo en sus redes.

Las intenciones de Emma eran muy claras cuando volvió a Apple Hall, tan solo quería devolverle a Regina una parte del dolor que le había hecho sentir y, con algo de suerte, demostrarle a su corazón que ella no era la sincera y hermosa chica, quimera de la que se había enamorado, si no el calculador y frío de ser que su mente sabía que era.

Por qué fue tan difícil convencerse, pues, si estaba tan convencida. Emma trataba de razonar consigo misma mientras caminaba sin rumbo fijo por las calles de Storybrooke. Había estado tan convencida al llegar que descubriría en Regina una mirada fría, sin vida, llena de odio y codicia como la que recordaba vívidamente en Cora. Se había persuadido a sí misma de que era tan solo una bruja, que un día fue su reina, sí, pero en la realidad no era sino una reina malvada capaz de cualquier cosa por saciar sus deseos.

Y, sin embargo, tuvo que volver a verla, por primera vez, con el cabello suelto, sus bucles negros cayendo libres por sus hombros, y una tela blanca a forma de velo que tapaba parte de su rostro. Cómo convencer entonces al corazón de que una imagen tan angelical ocultaba la maldad que su mente le atribuía. Cómo ignorar, entonces, los latidos de un corazón que había vuelto a renacer con la visión de Regina, tal como la había estado imaginando y recordando por una década. Cuando su hermana le preguntó debió fingir, claro, forzándose en no descubrir sus verdaderos sentimientos, como si apenas hubiera reconocido a Regina, a pesar de haber contemplado la visión de sus propios sueños en ella.

¿Quién podría creer tal mentira? El tiempo había sido demasiado benévolo con ella, casi tanto como cruel para con Emma al devolverla a la Regina que su corazón reconocería como su único amor.

A pesar de todo, volvió a tranquilizarse, diciéndose que la imagen no podía definir lo que escondía un corazón y el de Regina, sin duda, debía ser el más negro de todos. Y, sin embargo, ella venía a demostrarle cada día cuánto se equivocaba al cuidar de Henry como si fuera su hijo, al preocuparse del niño de la que fuera como su hermana. Al saber que había rechazado a tantos pretendientes que cumplían con los requisitos de riqueza y poder que Emma había imaginado como necesarios para Regina, no pudo evitar preguntarse si había sido por ella, si quizás no había sido demasiado prematura juzgando los actos de la que fuera su amante.

Sin embargo, diez años de rencores dormidos son demasiados como para poder acallarlos en apenas unos días y siguió con el sucio juego de los celos, prestando a los caballeros atención y aceptando sus invitaciones. Solo para ver cómo Regina seguía siendo la más sensata, la más bella, la más valiente y testaruda de las mujeres

Aquel día la playa sintió como si despertara de una eterna pesadilla. ¿Cómo había estado tan ciega? ¿Cómo había podido dejarse invadir de aquella manera por el rencor y la desesperanza?

En el preciso instante en el que sus labios volvieron a unirse, cualquier atisbo de odio desapareció y solo quedó su genuino y perenne amor. Pero, qué podía hacer después de cómo la había tratado, después de lo que había dicho y hecho. Su decisión pudo no haber sido la más valiente, ni la más acertada, pero sí que fue la más común para ella: huir. Para poner un poco de distancia y pensar con claridad.

El único pensamiento posible no tardó en aparecerse con total claridad: debía recuperar a Regina, ser sincera con ella y declarar, de una vez por todas, su incondicional amor, esperando que aquellos ardientes sentimientos que una vez compartieron no se hubieran extinguido del todo en el corazón de su amada.

Con aquella intención, tan solo, llegó a Storybrooke, con las palabras de amor grabadas en su mente y a punto de huir de sus labios, preparada para ser sincera con Regina, cuando Robin apareció. Sinceramente, lo había olvidado. En toda aquella lucha interna que mantuvo consigo misma, no se detuvo a pensar en qué pasaría si ya era demasiado tarde y Regina le había entregado su corazón a otro. Y con aquella nueva duda, sus palabras murieron en sus labios.

Esperó y observó pacientemente cómo Robin se deshacía en atenciones con Regina. Su cuerpo entero ardía ante la sola idea de aquel hombre tocándola, sus puños se cerraban alrededor de cualquier superficie que quedara al alcance de su mano y la rabia se distribuía sin dejar rincón de su cuerpo sin inundar, presa de los más completos y absolutos celos. Ciertamente, si Regina había sentido al menos una décima parte de lo que ella sufría viéndola en compañía de otro pretendiente, Emma se merecía aquel castigo.

El anuncio del compromiso por parte de Robin destruyó cuantas esperanzas había podido mantener vivas. Qué sentido podría ya tener luchar por un amor que estaba tan perdido como su pasado. Sería más simple si aceptara de una vez que era una historia que no se volvería a narrar, un tiempo que no volvería a correr a su favor.

Y, así mientras andaba cabizbaja por las calles, una figura llamó su atención. Al principio pensó podría ser simplemente una ensoñación debido a sus pensamientos, pero pronto se dijo que su mente no tenía tanto poder. Era Regina la que salía de una casa de dudosa calidad, de apariencia destartalada, situada a las afueras del pueblo, lugar que las damas no solían visitar.

Emma se acercó a uno de los cocheros que había por allí.

- Disculpe amigo, ¿sabe quién vive en aquella casa? La verde de la que sale la dama de verde.

- ¿Para qué quiere esa información?

- No es de su incumbencia. ¿Sabe de quién es esa casa o no?

- Sé que pertenece a un señor de la aristocracia o algo así. Aunque él no suele venir.

- Ese señor, ¿podría ser Robin de Locksley?

- Sí, señora, el mismo.

Dejó caer algunos peniques como recompensa antes de que su mirada volviera a dirigirse hacia Regina. Sus mejillas demasiado sonrojadas, sus ojos demasiados oscuros, su rostro demasiado ausente. Unos celos incontrolables, fuera de toda lógica o razón, se apoderaron con ella con tan solo pensar qué podría haber estado haciendo Regina en un lugar que pertenecía a Locksley tan apartado del centro social, sin ninguna compañía.

Antes de que su mente pudiera comprender lo que su corazón estaba sintiendo, la figura que su mirada había seguido persiguiendo inconscientemente se hallaba frente a ella.

- Emma, qué sorpresa encontrarla aquí.

- Imagino que lo habrá sido para usted, señorita Mills.

- ¿Señorita Mills? Emma, no hay nadie aquí…- Tuvo que interrumpirla. El odio que tanto se había esforzado un día por crear, había nacido de pronto con una intensidad desconocida.

- Preferiría que no se permitiera un trato tan formal conmigo, señorita Mills. Al fin y al cabo, ¿qué somos la una para la otra? Apenas conocidas, me temo.

- Pero, Emma, ya te dije que yo… tenemos una historia juntas. No puedes pretender que no ha existido.

- No lo pretendo. Simplemente, es así como lo siento. El tiempo entierra los recuerdos y, ahora mismo, me encuentra recordar un tiempo en el que usted fuera algo distinto a una conocida para mí. – Regina pareció dudar, temblar, sus ojos se nublaron y, por un momento, Emma deseó que lo negara, pero el semblante de Regina no tardó en volver a su habitual máscara.

- Supongo que tiene razón, señorita Swan. Ahora, si me disculpa, he de volver a casa.

- Por supuesto. Adiós, señorita Mills. Y mi enhorabuena.

Tan pronto como aquellas palabras salieron de sus labios, sus pasos se apresuraron para alejarla del lugar.

Sí, sí... lo sé, todos estáis odiando a Emma y a Robin. Pero ¿qué estaría haciendo Regina en una casa desconocida? ¿Creéis que de verdad habría ido a ver a Robin? ¿Y qué hará ahora Regina? Dios, qué nervios y eso que yo ya sé lo que pasa jeje. Soy malvada...

Ya quedan pocos capis, la verdad, yo soy más partidaria de los fics cortos para no cansaros, que os quedéis con ganas de más y os leáis el siguiente que escriba XD. Dentro de poco sabremos cómo se resuelve todo el jaleo.