Capítulo 14

Pensar y soñar

Faltaba poco para la luna llena y eso significaba mucho dolor, incluso durante los días anteriores en que sucedía la transformación. Abrir los ojos dolía un poco, pero igual lo hizo, porque algo se había movido a su lado y quería ver de qué se trataba…

Tonks estaba acostada boca abajo a su lado, con una mejilla sobre la almohada y el cabello corto de un azul claro enmarcando la parte del rostro que veía. Su rostro, pálido y de apariencia suave, denotaba paz y simpleza. Y una vez más Remus se encontró maravillado por lo hermosa que era. Y una vez más, algo parecido a la culpa lo obligó a intentar deshacerse de esa idea. Pero intentar, sólo es eso… intentar…

¿Pero y qué si no quería intentar? Porque… ¿cómo ignorar que esa chica de colorida cabellera y sonrisa bromista, era increíblemente bella? ¿Cómo ignorar el azul de sus ojos y el rosa de sus labios? ¿Cómo ignorar su alegre risa y su luminosa presencia?

No podía… pero tenía que hacerlo.

Afuera aún estaba oscuro, aunque imaginaba que no faltaba mucho para que comenzara a amanecer. Pero quizá Remus no quería que el sol saliera, porque eso significaba que ella tendría que marcharse… y él la quería allí, con él. ¿Qué iba a hacer sin ella durante poco más de dos semanas? Era ridículo lo mucho que le entristecía no verla por tanto tiempo… comenzaba a actuar como James cuando el curso escolar acababa y se hundía en el expreso del colegio, enfurruñado porque no vería a Lily en todo el verano. Pero eso era de esperarse en un chico de quince años que experimenta el primer amor, no en un hombre que estaba en sus treinta…

Suspiró y finalmente cedió a cerrar los ojos, agotado pese a haber dormido durante bastantes horas. Se quedó dormido con bastante facilidad.

Cuando volvió a despertar, vio a través de los parpados un poco de luz, y al abrir los ojos, comprobó que el sol había comenzado a salir. Sin embargo, el poco interés que había surgido por saber la hora, se esfumó tan pronto como vio a Tonks sentada a su lado. La chica sonrió cuando sus ojos se encontraron.

– Buenos días – le dijo ella con voz baja y suave, como si estuviera cuidando que nadie la escuchara…

Remus sonrió un poco en respuesta.

– Buenos días – le dijo con voz ronca. La chica lo miró por un par de segundos antes de bajar la mirada a sus manos, que estaban en su regazo. Remus reparó que en su playera negra podía leerse el nombre de algo en letras azul oscuro. – ¿Weird Sisters? – Preguntó mientras señalaba a su playera – ¿Significa algo?

La chica tomó el borde de la playera y la estiró.

– Una banda – contestó. Entonces lo miró – Bastante populares en los últimos años.

– Oh… – bueno, tenía sentido por qué no supo lo que significaba, pues los últimos años de su vida los había pasado bastante apartado del mundo mágico. Intentó incorporarse lentamente para también poder sentarse, y aunque lo hizo lentamente, al final consiguió quedar sentado con la espalda en la cabecera de la pequeña cama.

– No vas a decirme qué es lo que tienes ¿cierto? – le dijo la chica. Lo miraba de una forma que hizo que a Remus le doliera. Ella estaba preocupada.

M – No es nada que no tenga solución – le mintió otra vez mientras le regalaba una pequeña sonrisa. No se sentía bien al mentirle, pero tampoco podía… no se arriesgaría… no quería saber cuál sería la reacción de la chica si supiera…

– Vale – ella contestó haciendo una pequeña mueca, pero en seguida se las arregló para sonreír con resignación. Remus le sonrió de vuelta, culpable por mentirle –. Voy a extrañarte, ¿sabes? – dijo la chica con un suspiro, sin dejar de sonreír ni de mirarlo. En verdad que no merecía esa clase de cariño…

– Voy a extrañarte más – dijo con sinceridad. La sonrisa de la chica, que ya era arrebatadoramente hermosa, pero pequeña, se hizo un poco más grande y Remus supo que había dicho lo correcto.

Entonces ella se incorporó un poco y pasó a gatas sobre las piernas del hombre para bajarse de la cama. Se puso los zapatos, cogió la chaqueta y la varita mágica del buró. Volvió a sentarse al borde de la cama, cerca de Remus y lo abrazó. Él quería que ese momento se hiciera eterno.

– Adiós, Remus – la escuchó decir cerca de su oído.

– Adiós, Tonks.

La chica se apartó de él y se puso de pie. Lo último que vio de ella antes de que cerrara el hueco de la puerta, fue una pequeña sonrisa en sus labios.

Al cabo de unos minutos la realidad lo golpeó. Siempre terminaba pasando, cada vez que ella se marchaba. No debió permitirle quedarse. No era correcto... y pese a eso, se había dejado tranquilizar por lo que la chica le había dicho la noche anterior…

Eres mi amigo.

Porque está bien si los amigos se preocupan por el otro, ¿cierto? No hay nada de malo con eso…

Pero Remus no había nacido ayer y cada vez se le hacía más difícil pretender que no entendía por qué la chica lo buscaba tanto o por qué se sonrojaba cuando él le sonreía. Él sabía muy bien por qué lo escuchaba con tanta atención y por qué se preocupaba tanto por su bienestar.

El sabía, sobre todo, que fuera lo que fuese que la chica sintiera por él… él también lo sentía.

Sin embargo, también sabía que ninguno de los dos lo diría.

Sabía que ambos seguirían apartando la mirada de sus labios mientras les fuera posible… mientras fueran capaces de seguir fingiendo que no pensaban en besarse.

Sonrió con tristeza y poco después sintió mucho enojo contra sí mismo

¿En qué se había metido?

Tonks se encontró con sus amigos en el vestíbulo después de haber alzado todas sus cosas torpemente en el baúl. Se dio cuenta que los tres, Isaac, Cheryl y Henry, habían observado que aún llevaba la ropa del día anterior, pero ninguno hizo algún comentario. Tanto Cheryl y Henry se marcharían a sus casas mediante la red flu por la chimenea de la profesora Sprout, y originalmente Tonks tenía intención de hacer lo mismo, pero cambió de decisión cuando Isaac dijo que se iría en el autobús noctambulo.

– Tu padres están esperándote, ¿sabes? – señaló Cheryl.

– Nunca me he subido a esa cosa – contestó son una sonrisa –. Además, a Isaac no le importa, ¿verdad?

– Será divertido – contestó el chico encogiéndose de hombros.

Se despidieron de Henry y Cheryl con un abrazo (aunque los dos chicos se dieron un largo y lento beso que hizo que ambas apartaran la vista con vergüenza) y se salieron del colegio en dirección a la salida del colegio con sus baúles flotando por delante de ambos.

– Anoche los convencí para que dejaran de darte lata con lo que sea que hagas cuando desapareces – le dijo el chico.

– Gracias – le dijo con una pequeña sonrisa.

– Si, no hay de qué – le devolvió la sonrisa, pero en su mirada había una ligera preocupación –. Pero Tonks, ¿puedo pedirte algo? – a la chica le extrañó la pregunta, pero igual asintió, curiosa –. Ten cuidado, ¿vale?

– ¿Por qué habría de tenerlo? – inquirió, frunciendo el ceño un poco.

– Porque te quiero y no me gustaría que salieras lastimada – contestó él sin problema. Aunque le inquietaba saber por qué su amigo creía que podía salir lastimada, se sintió bastante conmovida por el cariño en sus palabras. Sonrió de buena gana y le pegó juguetonamente en el hombro.

– Cursi – se burló. Isaac volvió a sonreír.

– No es un aspecto del que éste orgulloso – admitió.

El viaje en el autobús Noctambulo no fue ni la mitad de genial como creyó que sería. La tercera vez que tuvo que pararse del suelo con ayuda de Isaac, prometió no volver a poner un pie en ese vehículo asesino. Llegaron primero a las afueras del camino que conducía a la casa de Tonks y ella se sintió muy aliviada al tocar suelo firme. Su amigo la ayudó a bajarse con su baúl.

Los árboles a su alrededor se movían mucho a causa del frío viento.

– Hey, ven a visitarme si quieres – dijo la chica con una sonrisa –. Henry y Cheryl aprovechan las vacaciones para zafarse de mí, pero no seas como ellos.

Isaac sonrió.

– No digas tonterías, ellos te aman – dijo y posterior a eso se inclinó para abrazarla –. Vendré, te lo prometo – afirmó sin soltarla.

Después se subió al autobús Noctambulo y le dijo adiós con la mano antes de que las puertas se cerraran. En una fracción de segundo el vehículo desapareció con una explosión. La chica miró su baúl. Maldición, tendría que empujarlo por el camino hasta su casa… o podría ir por su padre y pedirle que fuera por él después de que la regañaran por no haber aparecido hacía más de una hora por la chimenea de la sala de estar. Si, la segunda opción era la mejor. Sólo empujó el baúl un par de metros para dejarlo tras un arbusto y se encaminó a su casa.

Tocó al timbre, pero también gritó mientras lo hacía:

– ¡Ya estoy aquí! ¡Soy Tonks!

Escuchó sillas moverse y varios ruidos de pasos acercarse a la puerta. Andrómeda Tonks apareció frente a ella.

– Antes de que me digas algo…

Pero antes de que pudiera terminar su oración y excusa, su madre la había abrazado fuertemente.

– ¿Dónde te metiste? La profesora Sprout nos dijo que no habías aparecido en su despacho y que ya había ido a buscarle, pero que no te encontró por ningún lado…

– Me vine en el autobús Noctambulo con Isaac – le contestó como pudo, pues su madre la abrazaba con tanta fuerza, que apenas y podía respirar –. Fue horrible, no lo volveré a hacer.

Su madre se apartó de ella y Tonks tomó un largo respiro. Para su sorpresa y alivio, Andrómeda sonreía.

– Había una muy buena razón para jamás haber viajado contigo en esa cosa, mi amor – le dijo.

– Ya, ahora lo sé – comentó con una pequeña sonrisa.

– ¿Ya es mi turno de abrazar a mi hija? – dijo una voz familiar y tranquila detrás de su madre. La mujer se hizo a un lado y la chica entró andando por la puerta hasta los brazos extendidos de su padre – ¿Alguien puede crecer tanto en tres meses y medio?

Tonks sabía que bromeaba, porque su cabeza quedó recargada en el pecho de su padre igual que la última vez que lo había abrazado.

– Espera, ¿dónde están tus cosas? – dijo Andrómeda tras ella.

Media hora después Tonks estaba en su habitación y su baúl también. Todo estaba en excesivo orden, lo cual significaba que su madre había limpiado a fondo durante su ausencia. Se acostó boca arriba en la cama y cerró los ojos. Por primera vez en lo que iba del día, se permitió viajar profundamente a primeras horas de esa misma mañana. Había estado observando a Remus por un largo rato antes de que se despertara. Quiso decirle adiós antes de irse, así que aguardo sentada a su lado, bajo la única ventana que estaba en el cuarto…

– ¡Tonks, baja a desayunar!

¡El desayuno! Se puso de pie con tanta velocidad que tropezó cuando dio el primer paso hacia la puerta.

Abajo, Andrómeda y Ted Tonks hicieron muecas de dolor al escuchar un golpe sordo en la habitación en su hija.

– Dora está en casa – dijo Ted con diversión.

Siempre era difícil no poder hacer mágica mientras estaba fuera de Hogwarts, pero en su casa podía divertirse sin necesidad de ella. Por lo general, Tonks se entretenía con su madre en la cocina durante las mañanas y en las tardes con su padre, cuando éste llegaba de trabajar. Pero a veces, cuando quería un poco de soledad, se salía por la ventana de su habitación al techo de la casa con una silla y se sentaría a contemplar el largo campo frío que se extendía frente a ella, mientras canciones de Weird Sisters sonaban desde su habitación por la radio mágica.

Habían pasado tres días desde que había llegado a casa, y allí era donde se encontraba cuando vislumbró a Isaac acercarse a su casa por el camino de tierra. Había corrido a recibirlo con un abrazo y el chico, alto como era, la había alzado un poco del suelo en el acto. Aquella tarde el muchacho se quedó a cenar y estaba claro que a sus padres les había caído bien. Al final habían subido sólo los dos al techo para conversar. Ya estaba oscuro y hacía mucho frío, por lo que estaban abrigados y cubiertos por una manta cada uno.

– Tus padres parecen muy felices – comentó el muchacho con una sonrisa cuando llevaban más de media hora allí y después de que le hubiera contado que había estado mandándose cartas con Henry ese último par de días –. Y muy enamorados.

– Son ridículamente felices – Tonks admitió –. Y eso me ha dado expectativas muy altas sobre qué tanta felicidad debo esperar en mi vida – añadió con sinceridad.

– Eso es bueno – dijo su amigo.

– Si, bueno… – ella susurró –, pero… ¿qué tal que no consigo ser ni la mitad de feliz que ellos? – preguntó de pronto. Solía pensar en ello cuando estaba en casa y observaba a sus padres vivir dentro de su pequeño mundo lleno de amor y comprensión. ¿Sabían ellos lo extraordinaria que era su relación? Sí, claro que sí. Después de todo, habían luchado por ella.

– No pareces alguien infeliz – dijo Isaac. Lo miró. El chico había adoptado un semblante un tanto serio, como si entendiera que lo que la chica decía era algo importante –. Venga, jamás había conocido a alguien tan feliz como tú.

Tonks sonrió. Si, ella era, por lo general, alguien feliz. Pero su preocupación no residía en si podría ser feliz, sino, más bien, en si podría encontrar la clase de felicidad que sus padres habrían encontrado el uno con el otro.

La inevitable y conocida imagen de Remus apareció en su cabeza.

Ella podría ser feliz con él. Qué hermoso pensar en una vida entera a su lado… pero que tan lejana de la realidad se encontraba esa idea. Y ella detestaba eso. Lo detestaba mucho. Porque al final del día, no importaba lo genial que se la pasaban, ni la facilidad con la que se comunicaban, ni lo bien que se sintiera el contacto del otro. Nada de eso podía borrar el hecho de que existían razones importantes por las que ninguno de los dos debía cruzar más la delgada línea de su amistad.

La chica cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. La anterior semana le había sido muy difícil no querer inclinarse sobre los labios de Remus cada vez que éste miraba los de ella directamente. Bueno… sí que lo quería. Lo deseaba. Pero se había sostenido de dos buenos motivos para no hacerlo. El primero era que, simple y sencillamente, no estaba bien. El segundo era que, pese a que podía leer en la mirada de Remus que él también lo deseaba, creía conocerlo lo suficientemente bien como para saber que, de besarlo, el hombre se sobresaltaría y la escena terminaría muy mal.

Suspiró.

– Sólo he besado a una persona en mi vida y ni siquiera sé si me gustó – dijo en voz alta. Se alegraba de que la corriente de sus pensamientos la hubieran llevado hacia algo que pudiera decir en voz alta. Quizá sonaba como un comentario extraño salido de la nada, pero qué importaba.

– ¿El chico con el que saliste el año pasado, que ahora está en sexto y es de Ravenclaw?

Tonks gruñó por lo bajo e Isaac rió un poco. Por supuesto que sabía sobre eso.

– ¿Qué tanto te contó Henry?

– Dijo que te invitó a salir el Día de San Valentín y que le dijiste que si, sólo porque estabas demasiado sorprendida. También dijo que duraron un mes y que se la pasaron pegados de los labios hasta que decidiste que no te gustaba lo suficiente como para tener algo con él, por lo que rompiste con él – le dijo – ¿Pasó así?

– Si… más o menos – asintió de mala gana.

– Y no sabes si la parte de los labios te gustó – el chico observó a continuación.

– Bueno… él era lindo, pero no me gustaba, así que no sentía nada especial cuando nos besábamos – explicó, aún sin abrir los ojos.

– ¿Nada de nada?

– Nada… excepto que era una entretenida forma de pasar el rato – se encogió de hombros.

– Oh, tu, descarada – Isaac rió. Tonks sonrió.

– ¿Y que hay sobre ti? – le preguntó –. ¿Existió alguien antes de Henry?

– Uh… si. Un vecino muggle, luego una aventura de verano hace dos años con alguien a quien conocí en una fiesta y después el mejor amigo de mi vecino el verano pasado. Ya sabes, nada serio – le contestó con un tono desenfadado.

– Mira que llamarme a mi descardada… – Tonks sonrió.

Se quedaron en un cómodo silencio por un par de minutos una vez que sus risas re apagaron. La chica notó que ninguna de las personas a las que mencionó eran magos. Sin embargo, no le extrañó, pues en Hogwarts Isaac solía mantener un perfil bajo. Encerrado todo el tiempo en la biblioteca y en su habitación, dudaba que hubiera encontrado a alguien con quien coquetear… al menos antes de conocer a Henry.

– ¿Alguna vez te ha gustado alguien? – escuchó a Isaac preguntar en voz baja, lo que hizo que la chica se quedara muy quieta, pues la había tomado con la guardia baja –. Henry también me contó que sabe que les gustas a algunos chicos, pero que tú jamás has mostrado tener interés en alguien… y que es por eso que le sorprendió que hubieras aceptado salir con aquel chico de Ravenclaw.

No contestó de inmediato porque había varias cosas de las que su amigo había dicho, que no sabía cómo procesar…

– ¿Que yo le gusto a algunos chicos? – se extrañó. Decidió ignorar deliberadamente la pregunta.

– Y que eres tan despistada que no lo notas – le dijo. Tonks abrió los ojos y giró la cabeza a la derecha para mirarlo con ceño. El chico sonreía –. Así que… ¿alguna vez te ha gustado alguien de verdad?

La chica volvió a acomodar la cabeza sobre el respaldo de la silla. Tenía la vaga sensación de que su amigo ya sabía la respuesta a esa pregunta, pero que la hacía sólo para estar seguro. Ella recordaba perfectamente la forma en que la había mirado después de que había hecho bailar a Remus frente a él y a sus otros dos amigos. También estaba ese otro detalle… Isaac pidiéndole que tuviera cuidado justo después de haberle dicho que había conseguido que Henry y Cheryl dejaran de agobiarla con preguntas referentes al sitio al que iba durante las noches en que no volvía a su habitación a dormir. ¿Acaso sabía que pasaba las noches con Remus?

Sí que lo sabía…

– Gracias por no decirle a los chicos dónde paso las noches – susurró sin dejar de mirar al cielo.

– Vaya… entonces estaba en lo cierto – lo escuchó decir. Había sonado ligeramente sorprendido y eso tranquilizó a la chica. Podía manejar la sorpresa, pero no la acusación –. Pero… debo suponer que no ha pasado nada entre ustedes porque has dicho que sólo has besado a una persona en tu vida.

Y eso fue todo lo que necesitó para terminar con su expresión de indiferencia. Tonks gimió débilmente y se llevó las manos al rostro.

– ¡Es tan difícil! – se quejó. Entonces se quitó las manos y se enderezó en la silla, girándose hacia su amigo. El chico sonreía con diversión, pero a ella ya no le importaba. Tenía demasiados pensamientos reprimidos que buscaban su salida y que finalmente habían encontrado un sitio por donde escapar – ¡Es mi profesor, Isaac! ¡Mi profesor! ¡Y me gusta! ¡Pero no puedo besarlo!... bueno, sí que podría, ¡pero no debo! – confesó en un susurró, pues tampoco era necesario que sus padres la escucharan desde el piso de abajo –. Y él no lo pone fácil en absoluto, ¿sabes? Era más sencillo cuando no sabía que…

Se calló de golpe. Cerró los ojos.

– Era más sencillo cuando no sabías, ¿qué? – preguntó Isaac con interés.

La chica suspiró y abrió los ojos.

– Era más sencillo hacer todo lo posible por no besarlo cuando no sabía que yo le gustaba también – declaró –. Al principio creí que eran alucinaciones mías, Isaac… pero poco a poco me doy cuenta de ello – dijo con tristeza.

– Pero… ¿no es eso bueno, Tonks? – inquirió el chico enderezándose en su asiento. Parecía confundido por la reacción de la chica.

– ¿Tú crees que es bueno saber que la persona por el que siento algo… se sienta atraído a mí, pero que los dos tengamos muy claro que no podemos ser más que amigos, porque sería inapropiado y estaríamos rompiendo varias reglas? Sin mencionar, claro, que ya he roto un par por pasar la noche en su habitación – dijo ella con pesar.

– Vaya, esto no es como pensé que sería… – susurró su amigo. El chico fruncía ligeramente el entre cejo.

– ¿Qué?

– Su relación. Creí que si pasabas la noche con él, era bastante obvio que… bueno… – titubeó –. Creí que… uh.

La leve pena que notó en su voz la hizo sonreír.

– ¿Qué teníamos un intenso romance secreto? – preguntó ella con diversión. Ojalá. El chico sonrió un poco y asintió –. Oh, no… no pasamos de abrazarnos, de tomarnos de las manos, de hablar por horas, ni de dormir al lado del otro – contestó, pero tan pronto como la última palabra salió de sus labios, volvió a dejarse caer contra el respaldo de la silla y a gemir con frustración.

Isaac había alzado ambas cejas.

– Eso suena bastante intenso para mí.

– ¡Es por eso que es tan difícil! – exclamó la chica.

Isaac rió y al cabo de unos segundos ella sonrió un poco.

– Bueno, al menos ahora sé que no tengo nada de qué preocuparme – dijo el chico con una meda sonrisa. La chica lo miró con curiosidad –. Ya sabes… creí que se estaban precipitando muy rápido en una relación… pero en realidad parece que están sufriendo al intentar frenar lo que sienten.

Tonks ni siquiera parpadeó.

– ¿Y se supone que eso es mejor? – preguntó ella finalmente. Isaac volvió a reír.

– No dije que eso fuera mejor – contestó sin dejar de sonreír –. Pero creo que lo hace más real.

La chica frunció el ceño una vez más.

– No entiendo.

– Mira… – parecía que el chico buscaba las palabras correctas antes de comenzar a hablar –. No sé si me gustaría saber que Lupin anda por allí besando a una alumna, menos aún si se trata de una amiga. Me daría mala espina… pero saber que intenta no cruzar esa línea contigo, hace que lo que sea que tengan parezca más honesto y más real, porque les preocupa arruinar lo que tienen ahora y meter en problemas al otro – explicó. Conforme hablaba, sus palabras cobraban más y más sentido en la cabeza de la chica –. Si, aún sigue siendo complicado… pero si de algo puedes estar muy, muy segura… es que han creado algo lindo – finalizó con una sonrisa.

Habían creado algo lindo… si, ella sabía eso. La chica sonrió con un poco de tristeza.

– Me gustaría que no fuera complicado – susurró –. Me gustaría… me gustaría tener su edad… o que él tuviera la mía. Lo invitaría a salir porque él sería demasiado tímido para invitarme a mi – agregó sonriendo un poco –. Y después de Hogwarts podríamos seguir juntos… y luego ¿quién sabe? Seguir y seguir– solía empujar esos pensamientos, pues dolían, pero creía que tal vez estaba bien dejarlos salir por una única vez –. Y entonces podría mostrarle que los finales felices existen…

Demostrarle eso a Remus Lupin tal vez sería el reto más grande en e que podría embarcarse, pero sabía que valdría totalmente la pena. Sin embargo, nada de eso sucedería y tenía que aprender a aceptarlo. Lo haría, sabía que podría… pero era injusto.

– Van a solucionarlo.

La seguridad con laque habló Isaac la hizo voltear a verlo.

– ¿Cómo? Tú fuiste el que dijo que es complicado. Y lo es. Es demasiado complicado.

Isaac se encogió de hombros.

– Pero no dije que fuera imposible y tú lo sabes mejor que nadie – dijo sonriendo –. Por lo que Henry me ha contado y por el tiempo que llevo conociéndote, sé que aún no ha existido algo que no hayas logrado… y esta vez no se trata de meter artefactos ilícitos al colegio o de algo que implique romper una regla. Se trata de alguien a quien quieres en tu vida, de alguien a quien…

– No lo digas – le interrumpió, sabiendo lo que estaba por decir.

Isaac calló y asintió.

– Vas a tener tu final feliz, Tonks. No te vas a conformar con menos de eso – le dijo el chico.

– Ojalá tengas razón.

– Oh, por supuesto que sí, como siempre – soltó él con una sonrisa orgullosa.

Ese tonto. Tonks sonrió con diversión.

La chica se quedó en el tejado mucho después de que Isaac tuviera que marcharse. Hacía ya un rato que su madre había subido para desearle buenas noches, pero ella no tenía sueño. Miraba al cielo mientras pensaba en Remus. Lo imaginaba acostado en su cama, aún enfermo. Deseaba poder estar allí y abrazarlo toda la noche. Eso no lo ayudaría a mejorar, pero al menos no se sentiría tan preocupada como estaba en ese momento, a cientos y cientos kilómetros de distancia, sin saber si su condición había empeorado o mejorado.

Había una hermosa luna llena aquella noche. La última vez que hubo una de esas fue, exactamente, durante los días en que Remus enfermó por primera vez. Recordaba lo aburridas que habían sido las clases de Defensa Contra Las Artes oscuras con Snape impartiéndola… aún seguía encontrando extraño que les hubiera dejado hacer una lista de cómo identificar hombres lobo. Fue aún más extraño saber que les había dejado el mismo trabajo a otros cursos y casas.

Miró la luna por largos minutos. Entonces volvió a imaginarse en Hogwarts, con Remus. De haberse quedado, probablemente habría pasado la tarde y noche con él. Podrían haber hablado del millón de cosas que aún no hablaban mientras estaban tumbados frente a la chimenea…

Se quedó dormida, y porque se sentía tan calientita envuelta en su manta, no le importó estar sentada en una silla sobre el tejado de su casa.

Pero entonces tuvo el sueño más raro e inverosímil que jamás había tenido.

Su primer pensamiento al abrir los ojos fue que quizá soñó todo eso porque era en lo que había estado pensando antes de caer dormida. Pero la lucidez que recobraba con lentitud le permitió analizar un poco más la locura que su subconsciente había creado…

Se enderezó en el asiento de golpe, mirando a la luna llena con una creciente preocupación en el pecho. No oía, ni veía nada que no fuera la esfera plateada frente a ella.

Ya sabía por qué Snape les había pedido aquel extraño trabajo sobre hombres lobo.