Diciembre, parte 3.

Faltaba un día para el baile, y Francis podía soñar cualquier cosa. Podía soñar, por ejemplo, sobre su excelente resultado en el examen de recuperación, o los regalos de Navidad. Incluso estaba permitido soñar sobre el baile, o el blanco paisaje de invierno, no siempre visto por ahí. Pero en vez de eso, Francis soñó (de nuevo) con cada posible situación en que pudo haber terminado aquella escena de telenovela interpretada por él y Arthur. Se estaba volviendo más que frustrante el hecho de que, en sus sueños no dudaba ni un poco en acercarse a Arthur, pero en la realidad no podía ni terminar de considerarlo.

―Hace mucho no nos sentábamos solo nosotros tres en la cafetería, ¿cierto?―dijo Francis mientras movía los vegetales en su plato.

―Es cierto, últimamente siempre estamos rodeados de otras personas―comentó Gilbert con sus aún inexplicables buenos modales en la mesa.

―Se siente bien estar solos de vez en cuando―Antonio intentó sonreír, pero no podía quitarse la expresión preocupada del rostro. ―Francis… te ves horrible, ¿no dormiste?

―Claro que dormí. Yo no me desvelo jugando, como ustedes.

―Hey, no siempre pasa eso―protestó Gilbert.

―Deberían cuidarse más…―continúo Francis.

― ¿Pasó algo con Arthur?

Error de parte de Antonio. Gilbert inmediatamente tomó una idea equivocada, y empezó a reír.

― ¡Claro, eso es, Toño!―reía de forma exagerada. ― ¡Eres un pillo, Francis! ¿Por qué no lo dijiste antes? ¡Ya era hora!

― ¡No es eso, idiota!―Francis suspiró, abatido.

―Ah… ¿no? Lo siento―dijo Gilbert, rápido y apenas entendible.

Antonio intervino antes de que Gilbert dijera otra idiotez. ― ¿Entonces es otra cosa?

―Sí.

― ¿…Sobre Arthur?

―Sí…

―Bueno, ¿qué esperas? Escupe ya, hombre―todo ese suspenso estaba molestando a Gilbert.

―Son… sueños―dijo Francis, despacio. Sus dos amigos hicieron un ruido parecido a cuando la carne cruda entra en contacto con aceite caliente, y pusieron cara de dolor.

Eso es desesperación―comentó Antonio, aún con expresión torcida.

―No estoy desesperado.

―El primer paso para superarlo, es aceptarlo―recitó Gilbert.

― ¡No necesito superar nada!

Antonio se levantó y tomó a Francis de los hombros. ―No te pierdas a ti mismo. Arthur te está pegando su… necesidad de negación.

Francis gruñó. ― ¿De qué demonios hablan?

―Toño, es suficiente―dijo Gilbert, fingiendo un tono de voz maduro. ―Veamos, Francis, háblanos sobre tus sueños…

―No te voy a contar mis sueños, ni lo pienses.

―Vaya, entonces sí es algo malo―Antonio sonrió burlón, y continúo. ― ¿Alguna idea de por qué sueñas… eso?

Francis decidió ignorar sus insinuaciones. ― ¿Tiene que haber una razón?

― ¡Claro que sí!―dijo Antonio. ―A menos que sea algo normal para ti…

―Nunca me había pasado con nadie―respondió Francis, molesto.

―Quizá algo te dejó frustrado…―propuso Gilbert. ―Hace poco, estuve así de cerca de Matt, y ¡Bam! Entra Alfred al cuarto…

― ¿Qué tienen que ver tus malos momentos con esto, Gil?―preguntó Antonio, confundido.

― ¡Tienen mucho que ver! Después de eso, estuve soñando… bueno, no les contaré mis sueños―Gilbert imitó la voz de Francis al final. ―Pero ya entienden más o menos a qué me refiero.

Francis habló inmediatamente, intrigado. ― ¿Y qué hiciste para dejar de soñar… lo que sea que soñabas?

― ¡Fácil!―dijo Gilbert, orgulloso. ― ¡Hice mis sueños realidad!

Antonio y Francis torcieron sus caras. ―Prefiero no saber más…―dijo Antonio.

Francis dejó caer su cabeza de lleno en la mesa, y suspiró. No había forma de que pudiera solo "hacer sus sueños realidad". Quizá era hora de que perdiera la cordura, y eso sería todo.

― ¡No te desanimes, Francis! Mañana es el baile, seguro algo bueno saldrá.

―Hablando de cosas buenas―dijo Gilbert. ― ¿Cómo terminó lo tuyo con Lovino?

―Me sorprende que no preguntaras hasta ahora…

―Es cierto―Francis se unió. ― ¿Tu príncipe ya es más… amable?

Antonio rió. ― ¡Claro que no! La naturaleza de Lovi es… rasposa.

― ¿Rasposa?

―Sí, Francis, tú deberías entender. No importa si en un momento son agradables, el resto del tiempo serán groseros y orgullosos.

― ¡Lo entiendo! Eliza es así―Gilbert tembló al recordar algo. ― ¡Definitivamente no hay nada mejor que alguien amable y lindo! Se los digo, Matt es de verdad…

― ¡Ya está bien, enamorado!―interrumpió Antonio. ―Sí, alguien amable está bien, pero… ¿no es mejor que esa persona sea amable solo contigo y en ciertos momentos?

―Yo pienso que es suficiente querer a esa persona en todos sus aspectos―intervino Alfred, quien iba llegando con dos bandejas de comida. Kiku aún estaba con las cocineras. ―De esa forma, no importará en qué momento es amable.

―Palabras sabias de un novato―dijo Francis, más calmado por las palabras de sus amigos. ― ¡Cómo pude olvidar la verdadera naturaleza del amor!

―Por fin volviste, Francis―dijo Gilbert.

Francis se volvió al muchacho recién llegado. ―Alfred, ¿no estaba Arthur contigo?

―Sí, pero dijo que iría a la habitación o algo así.

―Deséenme suerte, camaradas―Francis levantó sus platos, y salió de la cafetería, mientras sus amigos lo despedían con ovaciones.

―Así que…―dijo Alfred una vez los amigos de Francis dejaron de gritar palabras de ánimo. ―Matt es de verdad… ¿qué?

Gilbert suspiró. ―No puede ser…

.

― ¿Vas a algún lado?―preguntó Francis cuando entró a la habitación. Arthur acababa de terminar de empacar una pequeña mochila, y además estaba tan abrigado que fácilmente cualquier persona podría decir que iba a escalar una montaña.

―No te importa.

―Parece que vas al Polo Norte…

―Hace frío.

―Sé que no soportas el frío. También sé que no irías a ningún lado en este clima, a menos que fuera muy importante.

―Qué molesto eres―Arthur se rindió con ocultar la verdad. ―Iré a una pequeña… excursión.

―Genial. ¿A dónde iremos?

― ¿Iremos? Tú no vienes.

Francis rió, y se acercó al armario. ―No te vas a librar de mí tan fácil.

― ¿Ah, sí? Puedo solo irme y perderte entre los pasillos.

―Claro que puedes―Francis sonrió, pues Arthur no parecía tener ganas de irse aún. ―Espérame un poco.

― ¡No te voy a esperar!―dijo Arthur, molesto. Sin embargo, no salió de la habitación. Se cruzó de brazos y se recargó contra la pared.

Francis no podía quitar la sonrisa de su cara mientras se ponía unos guantes. ― ¡Ya está! Vámonos.

― ¿Y la bufanda?

―No tengo una.

― ¡Claro que tienes! La gris, póntela.

―No hace tanto frío, Arthur… además, su diseño es de mal gusto.

― ¿Y te vas a enfermar solo por eso?―Arthur empujó a Francis hasta el armario. ―No seas terco y ponte la bufanda.

―Ya entendí, ya, mon dieu, pareces mi madre.

―Si ella no está cerca, alguien debe hacer el papel sensato.

―Ya sé que te preocupas por mí―Francis tomó la bufanda y se la enredó en el cuello a regañadientes. ―Pero no es para tanto…

― ¡No es eso!―Arthur, como era de esperarse, se puso colorado. ―Mañana es el baile. Sé muy bien que querrás ir aunque estés enfermo, y eso solo será una molestia.

―Claro, por supuesto…―los muchachos salieron de la habitación, y Francis siguió a Arthur. ―Entonces… ¿a dónde iremos?

―Por ahí, solo cállate y sígueme.

Salieron del pabellón de los chicos, rodearon las aulas de ciencias y pasaron por unos pequeños campos hasta llegar al enorme muro que definía los límites de la escuela en la parte trasera. Después Arthur lo guió hasta una puerta en el muro, y sacó unas llaves para abrirla.

― ¿Las conseguiste gracias a tu puesto, señor presidente?―se burló Francis. ―No puedo creer que tú vayas a salir de la escuela sin permiso. ¿…O tienes permiso?

―Tengo la llave, que es lo que importa―Arthur abrió la puerta e indicó al otro que saliera.

Francis nunca había visto esa parte de las afueras de la escuela. Luego del muro, había una pequeña pendiente que llevaba a un escueto e insípido bosque. Era de esperarse, después de todo, el campus estaba en medio de la nada. ― ¡Lo veo y no lo creo! Estás rompiendo las reglas.

― ¡Nadie debe saber sobre esto!―Arthur bajó despacio por la pendiente.

―Y encima es nuestro secreto. ¡Gilbert y Antonio se morirían por saber!

Arthur volteó a verlo, a modo de advertencia. ―Dije que nadie debe saber.

― ¿Pero no hay cámaras por aquí?

― ¿Quién crees que soy? Conozco todos los puntos ciegos de esas cámaras inútiles.

Francis silbó por la forma orgullosa en que Arthur había hablado. Entonces, recordó que últimamente el presidente del consejo actuaba sospechoso.

―Estos días… has estado desapareciendo en las tardes. ¿Es por esto?

Arthur apartó algunas ramas con la mano, y se adentró en los árboles. ―Vengo con Lukas a buscar… algo.

― ¿Y no lo has encontrado?―dijo Francis, ya arrepintiéndose de seguir a Arthur. El frío se sentía como agujas pasando por la ropa y llegando hasta su piel.

― ¿Crees que volvería al frío si lo hubiera encontrado?

― ¿Lukas no viene hoy?―Francis, como era su costumbre, cambió de tema. Arthur odiaba que hiciera eso.

―Podría haber ido por él pero empezaste a…―el muchacho decidió no continuar con esa oración. ― ¡No se sentiría cómodo cerca de ti!

―Ya veo―dijo Francis, para dejar el tema de nuevo, pues no quería hablar mucho sobre Lukas. ―Debiste solo pedirme desde un principio que yo viniera contigo.

Arthur rió con ironía. ― ¡Claro, como si pudiera!

― ¿Por qué lo dices?

―No importa, solo… ¡no me sirves de nada en esta búsqueda!―el muchacho empezó a caminar un poco más rápido entre los árboles.

Francis le pudo mantener el ritmo fácilmente, e intentó animar un poco al joven gruñón. ― ¡Pero qué dices! ¿Olvidas que era un cazador experto?

Su estrategia parecía no tener resultado. ―Eso eran tonterías de niños.

―De todas formas era muy talentoso―Francis se rindió con eso, así que probó otra cosa. ―Ya dime, ¿qué buscamos?

―No necesitas saberlo.

―Eso es ridículo… ¿cómo voy a ayudar entonces?―dijo Francis, perdiendo un poco la paciencia. De verdad, era simplemente imposible no discutir con Arthur.

Y Arthur parecía algo molesto, también. ― ¡En nada! Tú insististe en venir.

―Bien, entonces, dime qué es lo que buscas .

―Busco…―Arthur se quedó pensando en cómo responder, y sin darse cuenta disminuyó su velocidad. Gracias a eso, Francis pudo ir caminando junto a él, y volteó a verlo una vez le pareció que tardaba mucho en continuar.

― ¿Buscas…?

Arthur volteó hacia arriba, con la mirada perdida, pero sus ojos brillando expectantes y más verdes de lo que Francis los había visto. ―Es muy raro ver días nevados por aquí, ¿cierto?―dijo Arthur, completamente perdido, y su voz inundada de felicidad.

―Sí… sí, es raro―respondió Francis, confundido.

― ¿No sabes lo que eso significa?

― ¿Tiene algo qué ver con lo que buscas?

― ¡Claro que sí!―Arthur volteó a verlo, sonriendo, y habló mientras daba vueltas en sí mismo para ver el paisaje. ― ¡Significa que tenemos posibilidades de conocer a uno de los espíritus más antiguos de la historia!

―Quieres decir… ¿una de tus amigas hadas?―ahora Francis entendía por qué no servía en la búsqueda, y Lukas . Siendo totalmente sincero, eso molestaba a Francis más de lo que debía.

― ¡No es mi amiga! Sólo la he visto una vez, de lejos…―Arthur se movía ahora más energético. ― ¿Recuerdas la vez que nevó? Hace mucho.

―Claro, pero… nevó varias veces, no solo una…

― ¡La primera que recuerdes luego de conocernos! Hicimos unos horribles muñecos de nieve…

―Y Gilbert lloró porque arruinaste el suyo, lo recuerdo. Luego saliste corriendo hacia el bosque…

Arthur habría brincado de la emoción si el frío no le afectara tanto. ― ¡Porque la vi, y fui tras ella! Pero no pude hablarle.

―Y… ¿estaba ahí por la nieve?―mientras tanto, Francis intentaba seguir la conversación a duras penas.

―Algo así, no lo sé. Solo he escuchado de ella por las ninfas.

―Ah, entonces… ¿es famosa?―dijo, y para no reír, continuó con lo primero que se le ocurrió. ― ¿Qué hace en un lugar como éste?

―Ya sabes, los espíritus sienten la energía, y son atraídos por personas que pueden verlos.

―O sea, ha venido para verte…―Francis no quería arruinar el buen humor de Arthur, así que habló lo menos posible.

―No… no soy el único―Arthur puso una expresión sombría por un momento. ―Lukas ya ha hablado con ella, en aquellas veces que nevó.

Francis notó fácilmente que Arthur envidiaba al otro muchacho. ― ¿Y estás seguro de que sigue por aquí?

―Sí.

― ¿Cómo?―Francis ahora encontraba difícil seguirle el paso a Arthur, pues lo estaba invadiendo el frío.

Arthur se detuvo de golpe, y volteó a los lados. ―No puedo explicarlo, solo es… solo lo sabes, y ya.

― ¿Y no puede Lukas llamarle o algo? Debería intentarlo luego, porque me estoy congelando.

― ¡No estamos hablando de un perro! Es un ser anciano lleno de sabiduría-…

"¿A quién le dijiste anciana, niño?" Francis escuchó una delgada voz a su alrededor, y al parecer el otro también la escuchó, pues jadeó alarmado y empezó a balbucear tonterías.

Mientras Arthur se disculpaba y hablaba al aire, Francis se quedó observándolo con curiosidad, e intentó ver algo sospechoso alrededor. Aunque no tenía idea de qué buscaba.

―Oh, no, él no puede verla―Arthur seguía hablando solo, y al saber que con "él" se refería a Francis, el muchacho se puso algo incómodo.

Después, Arthur volteó a verlo, y le llamó.

― ¿Qué pasa?―preguntó con cautela, pues vio que algo salía de la nieve, y no quería que Arthur lo sorprendiera con bromas ridículas. Seguro organizó algo con Lukas, o el otro idiota del club de magia.

― ¿Puedes verla?―dijo Arthur, emocionado, mientras veía en dirección a donde se movía la nieve.

Francis estaba conmocionado. Se sentía asustado y a la vez lleno de paz y tranquilidad; estaba seguro de que Arthur por fin lo había llevado hasta la locura. De la nieve, salió un pequeño destello blanco que se acercó a ambos, y hablaba con la misma voz chillona de antes, pero solo con verla se podía sentir una calidez indescriptible por todo el cuerpo.

Arthur sostuvo una animada plática con el destello (o lo que sea que fuera), por lo que se sintió como una eternidad, y a la vez por un segundo; Francis ya no tenía idea de nada. Y cuando menos se lo esperó, ya estaba de camino al campus junto a Arthur, fuera de ese extraño trance.

―Qué demonios fue eso…―Francis se las arregló para hablar.

― ¡Fue genial, cierto! Entiendo que estés sorprendido, verlos te da una extraña sensación en el estómago―dijo Arthur, eufórico. ―Tienes suerte de que te dejara verla, ¡y estaba muy complacida por tu reacción! Me gustaría hablar más con ella… pero al menos ya prometió venir más a menudo. Qué lástima… viaja por todo el mundo, y ya casi nadie puede verla…

―Con… ¿con qué me drogaste?

Arthur se sorprendió por la pregunta, pero luego empezó a reír tanto que tuvo que apretarse la barriga, y no paró de reír en un buen tramo del recorrido.

― ¡Lo digo en serio! ¿Ahora yo también veré haditas por todos lados?

― ¡Claro que no!―Arthur aún reía. ―Ella tiene magia muy poderosa, y pudo abrirle los ojos por un momento a un idiota de tu magnitud, es todo. Deberías estar agradecido.

― ¡Pues no sé si estar agradecido!

―Tranquilo―dijo Arthur, un poco más decaído. ―Lo más seguro es que lo olvides antes de llegar a la escuela.

Francis se detuvo de repente, algo sorprendido. ― ¿Por qué?

―No estoy seguro―Arthur se encogió de hombros. ―Ella solo lo mencionó… Por eso no te dirigió la palabra, así sería más fácil el hechizo.

― ¿Lo mencionó?

― ¡Sí, tú estabas ahí! Bueno, parece que ya lo estás olvidando.

Francis tardó un buen rato en responder, aún sin moverse. Volteó hacia Arthur, un poco confundido. ― ¿Olvidé algo?

Arthur se quedó observándolo, y no supo si Francis estaba fingiendo o no; así que continuó caminando. ―Nada… nada, solo… hay que apresurarnos, casi llegamos.

― ¡Fue una buena excursión!―dijo Francis, intentando animar a Arthur, pues de repente lo vio algo decaído a pesar de que antes estaba tan alegre. ―Verte hablando solo no fue nada del otro mundo, ¡pero de verdad disfrutas estar en la nieve! Lástima que hace tanto frío.

―Sí―Arthur intentó sonreír. ―Al menos ya encontré lo que buscaba.

― ¡Pues no pongas esa cara! Deberías estar más feliz.

―…Te estás tomando esto mejor de lo que esperaba, barbudo.

Francis sonrió, aunque sentía que algo le faltaba. ―No soy nadie para juzgarte. Hace mucho estoy acostumbrado a tus momentos de locura.

― ¡Kirkland, Bonnefoy!

Cuando los muchachos estuvieron en el final de los árboles, ya para subir la pequeña loma y llegar al muro, escucharon la voz de un adulto llamarles.

―Mierda―dijeron, al mismo tiempo.

.

Tuvieron suerte de que la persona que los había encontrado fuera nada más ni nada menos que su loca profesora de Arte, Irene, y solo tuvieron que dar un discurso sobre lo magnífico que era el bosque luego de una nevada para salirse con la suya. No quisieron averiguar qué hacía su profesora ahí, y entraron al campus lo más rápido que se pudo.

Y ahí estaban, al día siguiente, comiendo en la cafetería con sus amigos mientras todos alrededor hablaban sobre el baile.

―Pero todos están llegando muy temprano―dijo Alfred, luego de terminar de masticar su comida, pues Gilbert no dejaba de corregir sus modales. ―Pensé que hasta la noche vería todo este desastre.

Desde la hora del desayuno, los alumnos que se habían ido la semana pasada estaban llegando al campus de nuevo, y todo el día se había estado escuchando más tumulto del normal en los pasillos.

―Para las señoritas es más fácil así―comentó Kiku. ―Pues el viaje es largo para llegar aquí, y no pueden venirse ya arregladas.

― ¿Por qué no?―Alfred tenía cara de no comprender para nada lo que Kiku intentaba explicar.

―Porque se arruinarían el peinado o el maquillaje en el camino―explicó Emma, exasperada. ― ¡Kiku de verdad entiende a las chicas!

El muchacho se sonrojó un poco por la observación. ―No… no es así… Yiling me ha explicado…

―De cualquier forma, todo este alboroto me tiene con un horrible dolor de cabeza―dijo Roderich.

― ¡Es normal que todos estén emocionados!―Antonio intervino desde el otro lado de la mesa. ―Nuestros bailes de Navidad están casi al nivel de los bailes de graduación.

― ¡Sí! ¡O sea que será formal!―dijo Elizabeta de repente, perdida en una fantasía. ― ¡Todos se verán magníficos!

Alguien casi escupió su jugo luego de eso. ― ¿Formal? ¡Nadie me dijo que sería formal!

―Claro que te dije, Alfred―comentó Matthew al instante. ― ¡Es obvio que será formal!

Kiku habló despacio. ―Yo también te lo dije…

―No te preocupes, Kiku. Si Matthew lo sabía, entonces Alfred tendrá algo para ponerse―dijo Arthur rápidamente.

―No veo el problema―intervino Francis. ―Alfred usó un traje para el concurso de talentos.

Alfred suspiró con alivio. ― ¡Es cierto, tengo ese!

― ¡Ustedes todo el tiempo exageran por cualquier cosa!―Michelle llegó a la mesa, pero al parecer no iba a sentarse. ―Emma, Eliza. ¿No vienen?

― ¿A dónde van todas?―preguntó Feliciano.

Michelle rodó los ojos, pero sonrió para responder. ―Iremos a prepararnos, claro.

―Ni siquiera son las tres de la tarde, ¿no es un poco exagerado?―todos los chicos coincidieron con el comentario de Gilbert.

―Cada minuto cuenta, ¡ustedes no lo entenderían!―dijo Elizabeta, claramente con intenciones de discutir. ―Vámonos, también debemos llegar por Erika.

―No debiste decir eso, hermano―Ludwig habló una vez las chicas se habían alejado.

― ¡Pero es ridículo, no puedes negarlo! ¿Cierto, Rod?

Roderich respondió sin tomarle importancia. ―Ellas saben lo que hacen, nosotros no tenemos por qué entrometernos.

―Según lo que escuchamos, varias chicas se van a reunir―comentó Henri. ―Así que ellas mismas se peinarán… además no solo hacen eso…

Antes de que Gilbert respondiera, Francis intervino. ―Ni siquiera intentes razonar con ellos, Henri. Mucho menos con Gilbert.

―Feliks me comentó que las ayudaría con eso, ahora que recuerdo―dijo Kiku.

―Me sorprende que no les ayudes tú también, Francis…

― ¡No digas tonterías, Toño! Que peine a mis primas de vez en cuando no significa que-…

― ¡Como sea!―interrumpió Gilbert, con un rápido cambio de humor. ― ¡Pueden arreglarse todo lo que quieran, pero yo me veré mejor!

―Hermano—Ludwig suspiró abatido. —No puedes compararte con ellas; son chicas y tú no…

― ¡No importa! Igual me veré mejor que todas.

―Gilbert, no me digas que te pondrás un vestido―dijo Feliciano, muy divertido por la idea. Varios de los muchachos rieron con él.

Antonio aprovechó la oportunidad, y rió burlón junto a los otros. ―Si es así, ya no puedo esperar para verte en la noche, Gil.

― ¡Qué graciosos!―Gilbert infló el pecho, y se cruzó de brazos. ―Matt, diles qué me pondré.

― ¿De verdad?―preguntó Matthew, también riendo con los demás. ―De sorpresa sería mejor, pero… ¡la verdad es que es rojo y tiene un escote muy-!

Matthew no pudo terminar, pues todos empezaron a reír más fuerte, y Gilbert se puso colorado. ― ¡Matt!

―Lo siento, no pude resistirme…

Gilbert se puso de pie, completamente indignado, y levantó su plato. ― ¡Adelante, rían! Ya los quiero ver esta noche babeando por mí.

―Gilbert, no te enojes…―dijo Matthew, aún riendo.

Arthur aprovechó el momento para levantarse también, y alejarse sin molestar a los demás, pero Francis fue tras él justo después. Arthur había estado evitando a Francis, porque no quería que el muchacho tocara el tema del baile.

― ¿A dónde vas?

―A la habitación―respondió Arthur luego de dejar su plato en el lugar indicado. ―Aún tengo que empacar.

― ¿Por qué no lo haces mañana?

―No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy.

Mientras caminaban por los pasillos, Francis saludaba ocasionalmente a chicas que pasaban apresuradas junto a ellos. ― ¿Es que te piensas ir temprano? No creo que puedas, el baile se termina muy tarde.

―No creo haber dicho que me quedaré hasta que se termine.

―Eso dices ahora, pero estoy seguro de que no te vas a despegar de la pista de baile en toda la noche.

―No importa, porque solo quiero terminar de empacar, para ya no tener ese pendiente―dijo Arthur mientras entraba a la habitación. ―Y me molesta mucho que me estés siguiendo.

― ¡No te estoy siguiendo! Yo también debo empacar.

― ¿Y por qué no lo haces mañana? ―Arthur imitó a Francis.

― ¿De verdad quieres repetir toda la conversación de nuevo? ―preguntó el otro muchacho, algo molesto.

—No. Solo quiero molestarte lo suficiente para que te vayas y me dejes en paz.

Francis rió desafiante mientras se dirigía a su cama, donde tenía un montón de ropa que necesitaba empacar. —Si de verdad quisieras eso, ya lo habrías logrado.

Arthur solo bufó y se concentró en rápidamente guardar las pertenencias que aún tenía en la cómoda, en lo que Francis seguía hablando tonterías. Mientras Arthur intentaba ignorarlo, se preguntó por qué Francis insistía en querer hablar con él a pesar de siempre recibir solo respuestas vagas y gruñidos.

—Por cierto—seguía Francis balbuceando. —Aún no hemos retomado tu plática de borracho…

Arthur se congeló en su lugar, pues no recordaba mucho de aquella vergonzosa noche y haciendo un enorme esfuerzo, volteó en dirección a Francis. El muchacho estaba sentado muy cómodamente en su cama, las maletas ignoradas por un lado, y los brazos cruzados sobre el pecho. Sonreía con satisfacción, lo cual solo causó que Arthur se molestara. —No hubo ninguna "plática de borracho"—dijo con rencor.

— ¡Ah, fuiste tan lindo!—exclamó Francis, ignorando la mirada hostil del otro. —Te colgaste de mí y no querías que me alejara de ti…

— ¡No es cierto!

— ¿No lo recuerdas? Podríamos pedir el testimonio de Lukas, él estaba ahí…

Arthur entró en pánico solo al pensar en la posibilidad de que su amigo lo pudo ver en un mal momento, y la primera respuesta que dio su subconsciente (como era normal), fue enojarse con Francis por haber permitido algo así, y empezó a decirle todos los insultos que estaban disponibles en su diccionario.

― ¿Por qué te pones así siempre que menciono a Lukas? ―Francis no podía evitar molestarse un poco, a pesar de que antes ya habían discutido por algo así.

― ¡Porque siempre te empeñas en hacerme quedar mal frente a él!

Ninguno de los dos estaba enfadado de verdad. Solo estaban discutiendo por las cosas triviales de siempre, pero Arthur estaba actuando algo diferente de lo usual.

―Estás exagerando, yo solo…

― ¡Eres igual a ellos! ―interrumpió Arthur, un poco alterado. ― ¡Solo buscas hacerme sentir mal!

Francis supo inmediatamente que Arthur se refería a sus hermanos, así que tuvo que sacar toda la paciencia que tenía de reserva para intentar llevar la conversación a un final pacífico; lo único que quería era molestar a Arthur, no que se pusiera a lloriquear por el pasado.

—Arthur, pero de qué hablas…

— ¡Y el estúpido baile también! ¿Por qué tanta insistencia? ¡Solo quieres burlarte de mí frente a todos!

Mientras Francis intentaba callar a Arthur y su lluvia de insultos por periodos, Matthew entró a la habitación, pero ninguno de los dos jóvenes se molestó en hacer caso a la presencia del tímido muchacho.

―De verdad… a veces no sé por qué me molesto en explicártelo…―Francis suspiró abatido.

Arthur, que estaba más sensible por alguna extraña razón, subió un poco su tono. ― ¡No podría estar más de acuerdo! ¡Deberías simplemente dejarme solo de una vez por todas!

― ¡Sí, eso haré! ―bromeó Francis― Y tendré que dejarte solo especialmente esta noche.

―No te preocupes, si quiero una pareja la puedo encontrar enseguida. ¡No te necesito para nada! ―gritó Arthur sin pensarlo dos veces, e inmediatamente después, se arrepintió. Luego de ver la expresión incrédula de Francis, supo que había pasado la línea. Pero no podía retractarse. Su imprudencia ya había provocado el daño.

―Por favor, no digan eso…―Matthew intentaba calmar la situación.

― ¡Claro! ―Francis rió luego de un rato procesando lo que Arthur dijo. Sabía que no lo decía en serio; sabía que el muchacho solo estaba siendo él mismo, y nada más. Y aún así, Francis no pudo evitar una ola de ira recorrerle el cuerpo. ― Me gustaría ver quién se atreve ahora a invitarte a ese maldito baile.

―Te sorprenderías―dijo Arthur contra su voluntad, pero sin dejar la actitud altiva. Antes de que su resistencia lo traicionara, volvió junto a la cama, y empezó a guardar su ropa en las maletas con movimientos bruscos.

Francis torció la boca y apretó los puños, pero no dijo nada y, haciendo caso omiso de Matthew, salió de la habitación. Afuera, se encontró con varias personas que habían escuchado el alboroto, y veían hacia la habitación número 74 con curiosidad. ― ¿Se puede saber qué hacen? ―preguntó Francis en el tono más grosero que hasta ahora ni siquiera con Arthur había usado, y se fue rápidamente sin una dirección clara.

Todos los curiosos se fueron inmediatamente del lugar cuando Matthew salió de la habitación para llamar a Francis. Ya que el muchacho no regresó, y ni siquiera volteó, Matthew volvió adentro.

Al escuchar la puerta cerrarse, Arthur se desplomó en el piso mientras suspiraba pesadamente.

― ¿Estás bien? ―preguntó Matthew inmediatamente.

― ¡Matthew! ―dijo Arthur, mientras brincaba un poco por la sorpresa. ―Pensé que te habías ido…

El muchacho se disculpó despacio, y se sentó junto a Arthur en el piso. ― ¿Qué pasó? ¿Por qué estaban discutiendo así?

Arthur se quedó pensando un momento, y lo vio resignado. ―No tengo idea…

―Pero… ¡pero las cosas que dijeron-!―Matthew tragó saliva, y decidió dejar su oración incompleta.

Pero Arthur sabía lo que Matthew quería decir. ―Siempre es así.

―Pue… puede que sí, pero no fue lo mismo…

―No te preocupes, Matthew―dijo Arthur mientras intentaba sonreír.

Matthew no pudo responder nada. Notó claramente que Arthur estaba forzando una sonrisa de forma desesperada, y no pudo seguir hablando. Podía adivinar que ellos solos arreglarían cualquier problema idiota o mal entendido, pero para Matthew esas últimas palabras que intercambiaron Arthur y Francis eran peor que cualquier otra discusión o problema.

Sin embargo, no podía hacer nada, y se sentía horrible por ello.

―Lo siento―dijo despacio, conteniendo las lágrimas.

Arthur se acercó a él, y lo abrazó de forma parecida a como lo hacía en el parque, luego de que Matthew se golpeara y estuviera a punto de llorar: Con una mano le daba palmaditas en la cabeza, y acariciaba su cabello. Su otra mano descansaba en la espalda del muchacho más pequeño que él de edad, pero ahora mucho más alto. Arthur no había notado lo mucho que Matthew había crecido; ya no era fácil rodear toda su espalda con un solo brazo.

Se quedaron así un rato. Arthur agradeció que Matthew no comentara nada antes de irse y dejarlo solo, pues de verdad no sabría cómo responder a sus preguntas o comentarios. Cuando Arthur terminó de empacar sus cosas, eran ya las seis de la tarde, y Francis no se dignaba a aparecer para terminar de empacar su ropa. Arthur había pensado en empacar por él, pero decidió que sería mejor no darle al muchacho más razones para molestarse.

"Si toco sus cosas, lo más probable es que se enoje" pensó mientras veía el montón de ropa en la cama de Francis. "Me pregunto qué tanto me odia ahora…". Sus pensamientos de vieron interrumpidos por la puerta abierta de par en par. Arthur no necesitó siquiera voltear para saber que había sido Alfred.

― ¡Artie! ―dijo el intruso, en un tono de voz poco común para él. ―Matt… me pidió que te preguntara a qué hora te vas a cambiar. Quiere tomar fotos con todos, antes de que empecemos a bailar, y sudemos, ya sabes…―terminó mientras fingía una risa incómoda. Era evidente que Matthew le había contado sobre la discusión de Arthur con Francis.

―Había pensado llegar justo a la hora. Alrededor de las nueve―respondió sin darle importancia a la incomodidad de Alfred, para tranquilizarlo un poco.

―Bueno―Alfred sonrió, satisfecho por la respuesta. Seguro esperaba un "no pienso ir al estúpido baile" o algo parecido. ― ¡Tendrás que estar listo más temprano! Mattie de verdad quiere esas fotos.

―No hay problema. ¿Dónde las quiere tomar?

―Ah…―aparentemente Alfred no esperaba que las cosas fueran tan bien, y tardó un rato en responder. ―Pasaremos por aquí como a las ocho, supongo. La verdad no sé qué planea…

―Está bien―Arthur se levantó de la cama, y fue al armario para sacar la ropa que usaría. Era una buena idea salir antes, porque así Francis podría entrar una vez Arthur no estuviera, para prepararse. Lo más probable era que el muchacho no iría a la habitación mientras Arthur siguiera ahí.

Mientras Arthur sacaba todo lo que necesitaría, Alfred se mantuvo callado, y empezó a mover el cuerpo de un lado a otro en su lugar, como cuando un niño ya no quiere estar en casa de su tía y empieza a ponerse inquieto.

―Hm…―empezó Alfred, y mientras hablaba, movía la cabeza a los lados con torpeza. ― Estás… ¿estás bien, Artie?

―Lo estoy―dijo Arthur, fingiendo inocencia. Alfred se tragó cualquier cosa que iba decir, y solo sonrió para despedirse. A Arthur le estaba pareciendo muy molesto que las personas lo vieran como alguien frágil e indefenso, pero en ese momento de verdad no tenía energías para nada, excepto para una ducha con agua caliente.

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Arthur se puso la ropa a regañadientes. De no ser por su responsabilidad como presidente del consejo, de verdad no se molestaría en ir al estúpido baile, mucho menos en las condiciones actuales. Todavía no estaba listo, cuando alguien llamó a la puerta despacio. Arthur sabía quién estaba del otro lado solo con escuchar su forma de tocar.

―Pasa, Kiku. Casi termino.

El muchacho entró lentamente, y como siempre, saludó de forma cortés. Iba con un bonito traje oscuro, corbata roja, y no había cambiado su peinado para nada. ―Alfred y los demás se adelantaron al jardín.

― ¿Al jardín? ―preguntó Arthur, confundido. ― ¿Y el baile?

―Ah… no… afuera del gimnasio, digo…—Kiku tropezó con sus palabras.

― ¿Tomarán fotos afuera del gimnasio donde será el baile?—sugirió Arthur, paciente.

―Sí, eso―al parecer, Kiku estaba tenso o nervioso, pues no podía expresarse con claridad. ― ¿Ya saliste a ver la decoración? Se ve muy bien, incluso pusieron esculturas de hielo…

Arthur ya sabía lo exagerados que eran los adornos en eventos formales como ese, así que dudaba que algo pudiera sorprenderle. Cuando salieron de la habitación, las personas desaliñadas y sucias que andaban corriendo por el campus en la mañana, al parecer se habían esfumado. Entre más gente se encontraban, cada vez los veían mejor vestidos y elegantes.

La decoración era de verdad hermosa. Era obvio por qué la directora eligió ese gimnasio, pues era el que tenía un camino de piedra desde los edificios principales hasta sus puertas, todo lleno de pinos pequeños, que en el momento estaban adornados con luces amarillas, y toda clase de figurines dorados y flores de Nochebuena. Las lámparas, los depósitos de basura, las fuentes; todo estaba bañado de dorado y rojo. Justo antes de entrar al gimnasio, estaban las esculturas que había mencionado Kiku, rodeadas de personas.

Pero a Arthur eso le importaba poco; en lo único que pensaba era en que, en cualquier momento podría ver a Francis por ahí, sacudiendo su cabello por todas partes, quizá suelto, quizá en una coleta. Lo vería divirtiéndose, riendo con otra persona, y se sentía como un completo estúpido por enojarse solo con imaginar una escena así.

Como era obvio, no todos acudieron al llamado de Matthew para las fotos, y luego de esperar suficiente, tomaron algunas con las personas que habían asistido.

—Tendré que conformarme con fotos casuales dentro del gimnasio—comentó Matthew, no muy desanimado, pues tenía toda la noche para tomar las fotos que quisiera. —Pero éstas se ven muy bien.

Matthew acercó la cámara a Arthur, para que viera las imágenes en ella. Eran muy bonitas, en especial las que había tomado Govert, pero Arthur no podía apreciarlas bien en ese momento. Francis no había puesto un pie cerca del gimnasio, y no había salido en ninguna fotografía.

La hora de empezar formalmente con el baile, había llegado. La directora y algunos maestros hablaron; dijeron cosas muy conmovedoras, Arthur lo sabía, pero nada le llegaba. Nada le sorprendía. Todos se veían magníficos, felices a su alrededor, sin embargo él no podía estar igual de feliz.

Se sentó junto a los maestros como estaba previsto, y dio su pequeño discurso de forma automática. Empezó a sonar el vals tradicional que tocaba la banda de música del colegio, y en poco tiempo ya habían iniciado las canciones modernas que todos esperaban bailar. Arthur amaba los bailes del colegio, por las piezas musicales que solicitaban, pero no quería bailar. Todos sus amigos, los que no iban en pareja, lo invitaron a bailar. Incluso Michelle llegó, e intentó invitarlo, aunque usando insultos y burlas para disfrazar su vergüenza. Arthur se negó a pesar de que en otro momento, no habría dudado un segundo en salir corriendo a la pista de baile, aún sin pareja.

Luego de un rato, divisó a Matthew que se apartaba de todos los alumnos que bailaban sin parar, y se dirigía rumbo a él. Arthur se levantó de su silla en ese instante, y salió del gimnasio sin perder el tiempo, pues no quería hablar con nadie.

Una vez afuera, sintió una ráfaga de aire helado traspasando la tela de su traje, pero no regresó al gimnasio por su chaqueta. Había unas pocas personas afuera, que apenas iban llegando al baile, así que para no toparse con ellas salió del camino de piedras moviendo los pequeños pinos lo suficiente para abrirse paso entre ellos.

Llegó frente a unos rosales, y se abrazó a sí mismo para amortiguar el frío, mientras volteaba a los lados buscando a alguno de sus inusuales amigos. De pronto, escuchó a alguien caminar detrás de él, acercándose. Arthur olió el perfume favorito de Francis por un momento, y pensó que sería su imaginación, o quizá gracias a los rosales que tenía enfrente.

— ¿Qué haces aquí, sin un suéter? ¿Te volviste loco?—preguntó Francis con voz ronca.

Arthur se volteó, un poco incrédulo, y lo vio. Frente a él, estaba Francis, con un traje grisáceo apenas apreciable debido al enorme abrigo negro que llevaba encima. Sus zapatos había sido lustrados descuidada y apresuradamente; su cabello estaba mojado y recogido con un listón azul por un lado de su cuello. Estaban a más o menos un metro de distancia, y Arthur podía oler claramente lo que se había puesto: jabón, shampoo, perfume. Era obvio que acababa de salir de la ducha.

— ¿Y tú? No me puedo creer que no te secaras el cabello, ¿te volviste loco?—Arthur imitó su tono de voz.

—Tenía prisa—dijo Francis, y dio un vistazo al reloj plateado que traía en su muñeca. Arthur lo reconoció enseguida. Era el reloj que le había regalado a Francis por su cumpleaños, pues su madre cada año insistía que le diera algún presente.

— ¿Qué hay de tu pareja?—continuó Francis, sin gracia en su voz. — ¿La dejaste sola en la pista?

Arthur tardó un poco en formular su respuesta. —Ya me iba. No necesito una pareja para sentarme junto a los profesores y dar un discurso.

—Qué sorpresa… según yo, tenías todas las intenciones de conseguirte a alguien para restregármelo en la cara—Francis no expresaba ni sorpresa, ni lástima, ni enojo. Solo estaba ahí, hablando, viéndolo con sus endemoniados ojos azules, y Arthur se preguntó por un momento cómo habrían reaccionado esos ojos si le hubiera dicho que sí consiguió pareja.

—No estoy de humor para eso. Solo quiero ir a dormir.

—Lo sé. Matthew me lo dijo.

Arthur no necesitó preguntar nada para que Francis respondiera. —Lo encontré antes de seguirte—hizo un ademán hacia atrás. —Está muy preocupado porque no te levantaste de tu silla, más que para dar tu discurso, a pesar de que están tocando tus canciones favoritas.

—Matthew debería dejar de preocuparse tanto por otras personas—dijo Arthur, fingiendo molestia para ocultar su vergüenza.

—Tú deberías dejar de preocupar a las personas.

—Simplemente debía ignorarme y disfrutar de su noche.

—No puede hacer eso—Francis dio un paso hacia adelante. —Mucho menos después de ver cómo discutíamos.

—Siempre discutimos igual—a cada paso que Francis avanzaba, Arthur retrocedía. —No fue nada diferente que otras ocasiones.

—Tú estabas diferente; te tomaste las cosas de forma personal muy rápido—Francis seguía avanzando. —Todo por culpa de tu orgullo.

Arthur ya no podía retroceder, pues tenía a los rosales a sus espaldas, y no había lugar para moverse. — ¡Eso no tiene nada qué ver!—dijo, un poco desesperado.

—Sí tiene. Estabas nervioso por el baile, y no quisiste admitírtelo—dijo Francis, ya a pocos pasos de distancia.

—No estaba nervioso—Arthur apenas podía seguir respondiendo. El frío lo invadía, y sentía su cara tensa por el contacto con el aire. —Tú me estabas molestando.

—Pero no estábamos hablando del baile, y aún así, sacaste ese tema.

Francis estaba a unos centímetros de su rostro. Arthur podía sentir su calidez, y empezó a buscar frenéticamente una forma de alejarse, pues pronto no podría soportar esa situación más.

—Yo…

— ¿Por qué dijiste todo eso, entonces?—exigió Francis. —Tenías que salir con tu "no te necesito para nada", a pesar de que te invité al baile.

Arthur no podía responder. Quería disculparse por lo que había dicho, quería explicar cómo se sentía, y a pesar de la situación, no podía responder. Francis se quedó mucho rato esperando a que contestara, pero nada salió de los labios de Arthur.

— ¿Por qué no puedes ser honesto?—dijo Francis, decepcionado, mientras daba unos cuantos pasos pequeños e inseguros, en reversa. Le dio la espalda, y se fue caminando por donde había llegado, sin decir nada más.

Arthur lo vio alejarse, callado. Se sentía desesperado, porque sin importar qué tanto gritara para sus adentros, no podía decidirse por algo para decirle a Francis.

— ¿A dónde vas?—preguntó por fin Arthur, despacio.

Francis dejó de caminar, pero no volteó para atrás. Pensó muy bien lo que diría, pues estaba seguro de que Arthur estaba llegando a su límite con las emociones fingidas. —Al baile. Ya que me arreglé, debería al menos tomarme algunas fotos con Matthew y bailar un poco.

— ¿Con quién?—preguntó Arthur de nuevo, y esperó impaciente la respuesta.

—No lo sé—dijo Francis, en casi un suspiro. —Seguro debe haber alguna chica por ahí que no tiene pareja.

Arthur se apretó el pecho con los brazos, aunque ya no por el frío. — ¿Vas a bailar con una chica?

—Naturalmente—dijo Francis, volteando hacia abajo.

—Pero…—Arthur simplemente no podía continuar esa frase.

—Ya me cansé de insistirte por todo, Arthur.

Francis no esperó que Arthur respondiera. Rápidamente se fue, pasando por los pinos hasta entrar al gimnasio. Casi no podía distinguir los adornos, pues estaba algo oscuro y los reflectores se movían al ritmo de la canción, pero supo de antemano que seguro el gimnasio se veía muy bien. Acababa de llegar, cuando un grupo de chicas se le acercaron para platicar. Francis solo sonreía e intentaba escuchar sus débiles voces sobre el ruido de la música, cuando escuchó que la puerta del gimnasio se cerraba de forma un poco brusca. Pocos alumnos voltearon para ver qué pasaba, pues la mayoría seguían bailando despreocupados.

Arthur, luego de cerrar la puerta, se acercó a Francis mientras se frotaba la cara para entrar en calor. Las chicas retrocedieron por instinto, pues se dieron cuenta de que Arthur no estaba de buen humor.

— ¿Te cansaste…?—preguntó Arthur, sin aliento.

Francis tragó saliva, e infló el pecho, pero no respondió. Arthur apretó ambos puños a sus costados, y se acercó a Francis a la misma distancia que estaban antes, junto a los rosales.

— ¡Tienes que insistir más, idiota!—gritó, de forma ahogada, sin importarle quién lo escuchara o viera. — ¡Más y más, hasta que por fin diga que sí!

Francis se quedó con la boca entre abierta, sin poder captar lo que Arthur había dicho. Las mejillas de Arthur se pusieron completamente rojas, y torció el rostro con vehemencia, pero no apartó la vista en ningún momento.

— ¿De verdad esperas que siempre esté ahí?—preguntó Francis, haciéndole frente a la mirada intimidante de Arthur. — ¿Soportándote por siempre?

Arthur no dudó ni un segundo en contestar.

—No—dijo, tomando a Francis de las solapas de su abrigo. — que siempre estarás ahí.

Francis sonrió ampliamente, y rió un poco. —Respuesta correcta, para variar—dijo, mientras pasaba sus brazos por la espalda de Arthur, para ponerle fin de una vez por todas a esa estúpida distancia entre ellos. Esos malditos centímetros, que desde hacía mucho tiempo no debían existir.

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Cuando los labios de Francis llegaron a los suyos, Arthur pasó sus brazos por el cuello del otro, y todos alrededor desaparecieron. Ya no importaba si los veían, si tomaban fotos, si se burlaban, si Matthew lloraba de felicidad, si los profesores se quedaban estupefactos… lo único que importaba era llenar su existencia con la esencia de Francis. No había forma de describir ese maldito momento, que había esperado por tanto tiempo de forma inconsciente, pero que hasta ahora no había aceptado.

Ni siquiera sabía qué estaba haciendo con sus labios, o sus manos, o sus pies; solo se dejó llevar por la guía de Francis, y cuando por fin se separaron para recuperar el aliento, ya estaban en medio de la pista de baile moviéndose junto al ritmo de la música. Nadie les prestaba más atención de la debida. Todos los alumnos estaban en sus asuntos, haciendo caso omiso del momento más feliz en la vida de Arthur hasta ahora, y eso era un alivio.

—No entiendo por qué tienes que fruncir el ceño incluso cuando estás feliz—sonrió Francis, sin apartarse mucho de Arthur.

Arthur ocultó su rostro en el cuello de Francis, intentado ignorar las miradas que sus amigos les lanzaban. —Cállate.

— ¡Y no puedo creer que tardaras tanto para esto! De verdad eres una persona difícil—Francis seguía hablando sin quitar la sonrisa de su rostro, y al hacer contacto con la vista de Antonio, levantó un pulgar sin que Arthur se diera cuenta.

—Y yo no puedo creer que me obligaras a decir todo eso…—dijo Arthur en el cuello de Francis.

— ¡Era necesario!—un escalofrío recorrió el cuerpo de Francis, por sentir el aliento de Arthur contra su cuello. —En estas ocasiones se necesita que todo sea recíproco.

—No digas idioteces—Arthur se acomodó más en los brazos de Francis, mientras de forma automática seguía el ritmo del vals. Incluso parecía que pusieron las canciones para ellos. —Solo querías que me volviera loco.

Francis rió, y se acercó al oído de Arthur. —Loco por mí, al menos.

El golpe que había esperado, llegó casi inmediatamente, pero justo después sintió cómo Arthur sacudía los hombros ligeramente, riendo. —Siempre—dijo despacio, y si Francis no hubiera estado recargado en Arthur, habría caído de lleno al piso en ese instante.


Puede que diciembre llegue a su fin, ¡pero el semestre aún no termina!

Esto tardó demasiado, pues tuve contratiempos con mi computadora. Me disculpo de antemano si tiene muchos errores, por que me hice un poco de tiempo entre exámenes para terminar con esta historia por fin. ¡La próxima actualización será la última!

Si alguien sigue leyendo esto, estoy muy feliz.