¡Hola a todos, otra vez! Aquí con un nuevo capítulo. Sepan disculpar la tardanza, mi vida externa no me permite actualizar seguido (más cuando tengo otro fanfiction en progreso).
En fin, gracias por leer (a quienes lo leen) y a los valientes que dejen un review xD ¡Sigamos, nomás!
Disclaimer: recuerden que los personajes y el universo de Sonic y compañía pertenece s sus respectivos autores.
TIKAL
Capítulo 14: De vuelta a la vida real
Durante los dos meses de travesía en altamar, Shadow fue el único que sólo abría la boca para comer o beber algo. No había pronunciado palabra alguna y no había manera de sacarle algo, ni siquiera por las malas. Ya, cansados de aquélla actitud pedante, lo dejaron que hiciera todo a sus anchas: se pasaba los días en un extremo del barco mirando el cielo, el mar, o quién sabía qué.
El haberse ido sin siquiera poder decirle un simple "adiós" lo había dejado vulnerable, si se podía decir así. Su semblante era muerto cual roca y tenía la condición física de, prácticamente, un ser vegetal: respiraba, comía, bebía… Hacía las funciones naturales de su cuerpo pero porque eran movimientos mecánicos.
Apoyando su peso sobre la madera y, contemplando el mar, no hacía otra cosa que sentirse culpable por haberla soltado y perderla de vista. Esperaba que, en su hogar, no la mataran ni le hicieran daño alguno. Veía el mar y reflejaban sus ojos. Veía el cielo y pasaba lo mismo. Si estaba en un lapso de locura, pues él ya no era consciente de aquello.
Normalmente estaba allí, contemplando algo o en su camarote haciendo quién sabe qué. A menudo miraba la esmeralda que seguía colgando de su cinto y, aferrándola con intensidad a su pecho, no hacía nada más que emitir más o menos calor, que lo reconfortaba mínimamente. Pero no volvió a aparecerse como aquélla vez en su habitación, no volvió a ser útil aquélla piedra. No era más que una joya ahora que, a su mínimo contacto, emanaban imágenes de la echidna en su cabeza. Y era un proceso automático del cual no tenía control.
Poco sabía en donde estaba, algunas veces. En muchas ocasiones Sonic le recordaba que estaban llegando a casa y que María, seguramente, esperaba su llegada con mucho fervor.
¿Qué era ahora María para él? Un simple recuerdo lejano que alguna vez fue algo. Ni siquiera sabía cómo mirarla a los ojos pues, observándolos detenidamente, se parecía a la de la joven princesa. Y eso, le iba a causar problemas.
— ¡Tierra a Shadow! —Le gritó un día el erizo azul—. Estamos por llegar, alístate —pero el erizo de ojos carmesí seguía mirando el mar—. ¿Qué estás, sordo? ¡Hace dos meses que estás así, Dios! ¡No puedes estar toda la vida como una planta! —la nula paciencia que le tenía se había echado a perder las últimas semanas, hablándole con furia. Harto, lo zarandeó por los hombros y lo obligó a mirarlo, cara a cara. —Escúchame bien, lo pasado es pasado. Ahora tienes que volver a tu casa: tienes un futuro reino, una futura mujer y un futuro porvenir. ¡Despabila, de una vez!
Shadow sólo lo miraba, fijamente. Haciendo un ruido extraño, lo soltó con brusquedad y se fue de allí dando tumbos, muy fastidiado.
Dos noches más tarde, Eggman lo mandó a llamar. Le pidió que se sentara y empezaron a conversar. De más está decir que fue un monólogo, pues el de tez negra no dijo ni una vocal.
—Me informan que mañana, pasando el mediodía, vamos a llegar a casa —empezó, bebiendo algo—. Es preciso que lo que tú —enfatizó la palabra "tú"— viviste aquí, este tiempo, lo olvides, lo erradiques o lo que sea. Ni una mención del desastre que hiciste, ¿eh? —Shadow, cual ente, sólo lo miró. — ¿Me oyes o le hablo a la pared? —El erizo, muy ligeramente, dio un movimiento de cabeza que pareció convencer a su "superior" en cierto aspecto—. Bien, mejor así. ¿Lo entiendes, no? Lo que se hizo extraoficialmente de "conocer y explorar" la isla, queda en ti y ya, ¿eh? Ahora llegamos y seguimos por donde nos quedamos. Más te vale que trates bien a María y al rey, ¿oíste? —Shadow se levantó, como si fuese una máquina o algo, y se fue cerrando la puerta. Eggman estaba como incrédulo: su mejor aspirante al poder convertido en un niñato por una mujerzuela. Había que verlo….
Tocaron puerto un poco más tarde de mediodía, un día después. Había muchísima gente esperando en el muelle, pues un invento de Tails que volaba a gran velocidad hizo llegar un mensaje a su rey de que estaban próximos a llegar. Anunció a toda la comunidad, y a las vecinas como pudo, acerca de dicha noticia, y se produjo un revuelo muy grande: gente que iba de aquí para allá corriendo atareada, gente que se movía con entusiasmo y, gente que iba dando grititos de alegría pues la llegada de esta gente haría avanzar el reino. Todos esperaban la llegada de Shadow, su casamiento con María y un buen porvenir en sus tierras.
La joven princesa María casi se cae de su asiento cuando oyó dicha noticia: fue corriendo a alistarse a su habitación para recibir a su querido erizo negro con la más grata de las alegrías. Pidió a varias damas de compañía la ayudaran a preparase: no quería ir a llamar la atención con sus adornos y joyas, pues no era el estilo de ella, sino a estar bonita para Shadow.
Una gran multitud se reunió cerca del muelle. Cuando divisaron un barco a lo lejos, se oyó el sonido de algún tipo de objeto extraño que traía una carta, cayendo en manos del viejo rey Robotnik. La abrió y la leyó con detenimiento.
— ¿Quién es, abuelo? —curioseó su nieta. Gerald, quien vestía una sencillas ropas de rey, algo gastadas por el uso, le contestó que la carta provenía del reino donde el erizo Silver era el soberano: la esposa de él, la reina Blaze, mandaba cordiales saludos y esperaba recibir a su marido en las futuras horas, pues se necesitaban dos días de viaje desde allí hasta el reino del erizo plateado. María sonrió y volvió a mirar expectante el horizonte, donde la embarcación empezaba a dibujarse con más nitidez. A la eriza de piel rubia le empezaba a latir fuertemente el corazón, y no era la única: muchas mujeres estaban así, esperando a sus futuros prometidos, novios y esposos.
Casi una hora más tarde, el barco ancló en el muelle y varios marineros del lugar empezaban a acomodar todo para la salida de sus tripulantes. Se tardó un poco pues había que preparar la escalerilla por donde descenderían. Una vez finalizado todo el trámite, empezaron descender de uno en uno los "habitantes" del barco: a cada bajada, venía una cálida sonrisa por reconocer a los suyos. Iban corriendo a abrazarse a sus familias, amigos y prometidas.
Fue un genuino jolgorio en el puerto: todos vitoreaban y aplaudían la llegada de los marinos con vida y salud. Eggman había sido el primero en bajar y en seguida fue a saludar a su familia.
— ¡Primo! ¿Dónde está Shadow? —preguntó una impaciente princesa, casi suplicándole con la mirada a su familiar por una respuesta.
—No tardará en bajar —contestó, nervioso.
Bajaban los expedicionarios: Sonic fue a juntarse a su familia y su prometida Amy, quienes lo esperaban con una alegría enorme, al igual que a Tails. Silver fue en seguida a juntarse con el rey Robotnik y agradecer por semejante viaje que les brindó. Pidió disculpas por la brevedad, pero quería irse a tomar el primer coche que se encontraba para llegar a su hogar.
—Hay una reina que deseo con tantas ansias ver que no esperaré más —les dijo y, saludándolos, fue corriendo a buscar un coche. Gerald sonreía y siguió mirando cómo descendía la gente del barco. Miraba fijamente la salida de cierto erizo…
— ¡Shadow! —exclamó María, con sus ojos centellantes de felicidad, al encuentro de su erizo negro. Fue corriendo a sus brazos sin que éste se percatara de la situación—. ¡Shadow, Shadow! ¡Haz vuelto a casa! ¡No sabes lo feliz que estoy! —petrificado, no sabía cómo responderle al afecto.
—María, hija mía, déjalo respirar, pobre criatura —le dijo su abuelo—. ¡Ha de estar tan agotado por el viaje! —y la eriza rubia lo soltó avergonzada y le pidió disculpas a Shadow por su impertinencia.
Cuando todos descendieron, Gerald dedicó unas palabras a todos, unas palabras muy dulces y fuertes que agradecía la llegada de todos con buen pesar y que marcharan pronto a sus hogares que había mucho por contar y conversar. Cada familia fue a su casa y, la real, se encaminó a su castillo. Iban los cuatro en un carruaje.
—Ivo, no te dejaré que te calles hoy —anunció su abuelo, contento—. ¡Deseo que me cuenten todas y cada una de las cosas que encontraron allí!
— ¿Cómo era la civilización? —preguntó María, curiosa. Pero su acompañante, Shadow, parecía que no la escuchaba pues estaba absorto viendo por la ventana. — ¿Shadow? —se extrañó la princesa dándole un muy ligero zarandeo en su hombro. Éste reaccionó y la miró: sus ojos celestes semejaban mucho a los de Tikal, por lo que apartó la mirada discretamente y, sin mirarla a los ojos, contestó:
—Fascinante —la rubia quedó algo extrañada.
—María, Shadow está agotado del viaje. Déjalo que descanse y luego atosígalo de preguntas —agregó divertido, Gerald, mas el erizo negro no dijo nada. La eriza rubia se lo quedó mirando, algo triste, pues esperaba que se pondría contento con una bienvenida cálida.
Llegaron a su hogar velozmente y descendieron del coche: todos los criados, sirvientes y demás residentes del lugar les dieron la bienvenida a ambos erizos. Les prepararon un banquete lleno de manjares y no paraban de preguntar. Ivo se lució durante la comida y Shadow apenas acotaba o agregaba algo. El erizo marrón comentaba contento que fue un éxito le expedición y no veía la hora de mostrarles las maravillas que había en el lugar. Maravillas en cuanto a objetos claro, pues Tails y algún que otro más fueron los que se encargaron de retratar en dibujos el lugar y plasmar a los nativos en papel. Dentro de algunos días Gerald iba a pedir una audiencia al zorro para que mostrara y explicara lo que habían vivido en aquél tiempo.
Finalizada la comida, María le preguntó a Shadow si podía acompañarlo en el jardín, a dar un paseo. No viendo posibilidad de negarse, accedió. Fueron a caminar: el erizo de ojos carmesí había olvidado lo hermoso que era aquél jardín y la paz que emanaba de él. Sin embargo, necesitaba la compañía de otra mujer…
¿Llegaría a olvidarla? ¡No, cómo podría! Pero ni siquiera sabía si la volvería a ver. Estaba en algún lugar perdida de una isla que no tenía idea de cómo llegar. La extrañaba demasiado, pero el presente se le abalanzaba como un alud: estaba en su verdadero hogar, acompañado por quien había sido pensada como su esposa y una corona lo esperaba. Era extraño, ya no le interesaba nada de eso… Tenía deberes qué cumplir de los cuales no quería hacerse responsable. Y eso no era propio de él.
¿Llegaría a olvidarla? No quería hacerlo…
— ¡Shadow! —oyó que alzaba un poco la voz, María. El nombrado, cayendo de nuevo a donde corresponde, la miró. —No estás oyéndome…
—Perdóname —logró hablarle—. No he dormido bien estos últimos meses. Estoy muy agotado, princesa María… —y ella lo observó de manera extraña.
— ¿Princesa María? —repitió extrañada—. De verdad estás agotado. Sabes que no tienes que decirle por mi título, así como yo no lo hago. Tenemos confianza —él observó que tenía los ojos vidriosos: la estaba lastimando en cierta forma al actuar de manera tan fría y distante.
—Vuelvo a pedir perdón —le dijo—. Te ruego me dejes descansar y disculpa mi actitud.
—No, está bien —repuso ella, sonriéndole—. Ve y descansa cuanto puedas. Lo necesitas y quisiera verte con energía, como cuando te marchaste —tenía una sonrisa y unos ojos tan dulces de mujer enamorada, que Shadow procuró irse a toda velocidad, pues su imagen era suplantada por la echidna. Además, sus ojos empezaban a vidriarse, y eso no podía suceder frente a ella ni frente a nadie.
Si tenía que guardar aquél secreto, sólo una persona podía llegar a reconfortarlo…
La noche llegó bastante rápido para él pues, después de muchos meses, lograba dormir sobre un colchón, unas sábanas y una almohada decente para su cuerpo. Trató de olvidar todo y se durmió como si fuera la última vez que lo hacía: cuando abrió los ojos vio que a través de la ventana la noche era oscura y no había luna. Se movió rápido a buscar un abrigo de noche especial: una capa larga, negra, con una capucha grande, lo suficiente como para ocultarle el rostro. Salió de la habitación y preguntó a una criada qué hora era.
—Deben ser cerca de la medianoche o menos —respondió. Shadow, salió del castillo y se metió a caminar por las calles, oculto por su capa.
Se alejó de la urbe principal para adentrarse a callejuelas estrechas y muy poco iluminadas, más cuando no había luna: era la noche ideal para que nadie lo viera. Había muy poca gente transitando por aquéllos lugares y, los que transitaban, no eran gente muy confiable, él lo sabía: uno debía saber con quién hablar entre ellos.
Siguió caminando entre calles aún más solitarias hasta encontrar un lugar en una esquina: una especie de casa medianamente grande, algo maltrecha y con muy poca iluminación. Entró en aquél lugar y se dirigió a una especie de escritorio donde había una mujer con forma de pájaro, de pelaje violeta, vestida de manera muy sugerente. Estaba revisando una especie de libro de firmas y no percató la presencia del ser oscuro. Antes de que Shadow pudiera hacer alguna seña, ella alzó la vista y pegó un pequeño gritito que alertó a un hombre que estaba sentado cerca de allí mirando una especie de cartel donde estaban dibujadas varias mujeres.
—Lo siento —se disculpó ella—. Hacía tanto que no te veía por aquí… —iba a agregar algo más, pero Shadow la miró para que no dijera más nada—. ¿Estás buscándola?
—Sí —respondió él, por lo bajo.
—Está en el mismo lugar de siempre: pasillo derecho, puerta al fondo
—Gracias, Wave —y se fue de la recepción con paso ligero.
Llegó hasta la puerta del final del pasillo: en ella estaba dibujada un pequeño corazón rosa al lado del picaporte. El erizo no sabía si entrar o no: unos gritos, más bien gemidos, lo alertaron para informarle que no, que debía esperar un momento. Sintió unos pasos que se acercaban: era la recepcionista Wave, de nuevo.
— ¿Le falta mucho? —preguntó Shadow.
—Venía a decirte: no, está por terminar el turno —se acercó a la puerta y la golpeó con fuerza. La golondrina violeta lo miró—. No te preocupes, sabes que ella gana bien y no tú no vienes todos los días, debería considerarlo cuando te vea. ¡De haber sabido que el barco llegaba hoy! —esto último lo dijo bajo. El erizo negro apenas le sonrió y ella se fue.
Unos minutos más tarde, la puerta se abría: un tipo grande salió de allí, bastante desarreglado y con una cara muy extraña pero, de cierta forma, contenta. Pasó de largo sin ver al encapuchado y la puerta de la habitación quedó entre abierta. Él se acercó para golpearla.
—Sí, ya voy, ya voy —respondió la voz de una mujer algo apurada. Shadow la vio de espaladas y vislumbró que se ponía una especie de capa que le cubría todo el cuerpo. Cuando ella se volteó a ver, sus ojos se abrieron de par en par. Antes de que ella gritara su nombre, el erizo había entrado a la habitación y cerrado la puerta—. ¡Santo Dios, Shadow! ¡Cuánto tiempo! —y se abalanzó a su encuentro. La capucha que cubría su rostro se cayó. —Ven, ven, siéntate, acomódate y… disculpa el desastre…
Rouge, una murciélago que vendía su cuerpo a cambio de dinero, era la amiga más fiel que Shadow había conocido: la había visto por primera vez hacía varios años, cuando salió a caminar por las calles y encontró ese lugar. No conocía por aquéllos tiempos los… "placeres" carnales, por lo que se topó con esa murciélago que le había hecho ver más que las estrellas…
Pero lo curioso del asunto, es que podía hablar con ella con tanta naturalidad de todo, que terminó siendo una confidente muy fuerte para él, una hermana, una amiga ideal. Jamás volvió a verla con ojos lujuriosos, a pesar de su profesión, su actitud y su vestimenta, y, en cambio, sí como una amiga, algo que Rouge siempre agradecía pues casi nadie la trataba como una mujer, como un ser vivo que correspondía. Tenían un lazo especial y sabían hasta dónde llegaba. Más de la línea no se podía cruzar, además, con tanto tiempo de conocerse, enamorarse no estaba permitido para ella y para él, menos que menos, ahora.
Se acomodaron sentándose en una cama bastante desacomodada, detalle que a ninguno le importó pues Rouge estaba emocionada por aquélla visita. Shadow le comentó todo lo que había pasado, o casi todo porque las horas pasaban veloces.
El punto que él quería tratar era la carga que llevaba con respecto a Tikal…
—No pude hablarlo con nadie —le dijo el erizo—. Todos me tratan de meter en la cabeza "olvídate del asunto y mira para adelante" —los ojos rojos de él se volvieron fríos. La murciélago le puso, fraternalmente, una mano en el hombro.
—Escucha, yo también pasé por algo similar —empezó—. Hace algún tiempo vino a verme un noble de no recuerdo qué reino. No habías venido por muchos meses, andabas con asuntos reales y no pudiste venir, lo recuerdo —él no dijo anda—. Sabes que, en cada visita tuya, vuelvo a ser una genuina mujer, y con eso me basta. No tengo con más nadie con quién charlar, excepto contigo.
—Por eso mismo también vengo yo. Excepto que tengo algunos… "amigos", pero no intentan comprender —ella le sonrió y siguió contándole.
—Lo creas o no, me enamoré de este noble —Shadow la miraba incrédulo: siempre que ella le confesaba algo, era alguna que cosa que a él le resultaba extraña y sumamente increíble —. A pesar de todo. Tardé tiempo en olvidarlo…
—Recuerdo… —interrumpió el erizo, mirándola—. Que vine a verte, una vez, y estabas rara —ella le sonreía—. Ahora comprendo…
—Sí. Fueron muchos meses de agonía para mí pues, en la posición que estoy está prohibidísimo enamorarse… ¿Pero a quién le hechas la culpa cuando ocurre? Somos seres vivos con corazón. Es natural que eso ocurra.
Claro que era. Nadie le había apuntado a Shadow con un arma o un objeto contundente y lo obligó a enamorarse. Surgió solo, como cuando uno tiene un amigo o un familiar. Uno no elije cuándo enamorarse… Conoció a Tikal y empezó a surgir esa magia.
El erizo negro tenía la mirada perdida. Rouge le puso una mano en el hombro, fraternalmente, para mostrar su compañerismo.
—Tuve que aprender a olvidarlo. Me obligué a mí misma a hacerlo. Estaba en juego mi trabajo y yo, sin él, no me sustento. No puedo vivir sin dinero —Shadow miraba algún punto de la pared—. Tienes que hacer lo mismo, por tu bien. No es fácil, pero ponte a pensar las posibilidades que tendrás de volverla a ver —había miles de razones lógicas por las cuales no la volvería a ver…
Pero su recuerdo estaba presente en cada lugar y a cada instante. ¿Eso cómo se erradicaba?
El de ojos rojos sacó la joya que guardaba en su cinto y Rouge la miró, fascinada: Shadow le contó la historia de aquélla piedra y de cómo le fue útil en el momento antes de marcharse. Ahora, era simplemente una joya que tenía, apenas, una pizca de aquél poder que Tikal había vertido en ella. La miraba como el tesoro más valioso que tenía. Era lo único físico que tenía para recordarla.
—Ella está a miles de kilómetros, Shadow —le dijo la murciélago—. No creo que su poder abarque tanto alcance… —a Shadow aquélla excusa no le servía—. Escúchame, esa piedra hace aferrarte más a su recuerdo. —Y justo cuando estaba por terminar de decirle algo, él la interrumpió, sin mirarla y frío:
—Vas a decir que me deshaga de ella, ¿verdad?
—No ahora —él la miró extrañado—. Yo, si fuera tú, me quedaría con ella un tiempo más y luego la ocultaría o algo, porque el recuerdo de esta mujer terminará por matarte. Nunca te había visto tan flaco y con tan poco color —el erizo no se había percatado de esto.
Siguió mirando la joya un poco más y se quedó charlando con Rouge un poco más también, contándole lo que había vivido aquéllos meses en la isla. Se sintió más liberado ahora que había podido hablar con ella y que le ofrecieran algún consuelo o consejo. Rouge era una mujer muy especial, a pesar de tu trabajo, era muy madura y siempre estaba dispuesta a escucharlo siempre que tenía la oportunidad.
Se fue después de que ella lo alentara a irse, pues, por el frío que entraba por una ventana, supuso que era tarde: Shadow se puso su capa, le agradeció todo, la saludó y se marchó de allí a gran velocidad, atravesando, ahora con un frío fuerte, aquéllas calles oscuras y misteriosas, hasta llegar de nuevo a la urbe, donde había mucha más iluminación. Llegó hasta el castillo y entró en él: no había nadie, sino un sepulcral silencio iluminado por unas tenues luces. Todos se había ido a dormir ya, y Shadow, caminando lentamente sin hacer ruido, se dirigía a su alcoba.
Al pasar por una sala, vio un bulto en forma de sombra que se fusionaba con una especie de sofá. Intrigado, se acercó a él y, tomando una de las lámparas del piso que iluminaban, se aproximó hasta allí y cual no fue su sorpresa al ver a la princesa María, dormida, en aquél sofá.
Se preguntó si lo había estado esperando hasta entonces. Un sabor amargo se le tiñó en la boca. No sabía si era culpa o qué, pero, dejando la lámpara donde estaba, la tomó a ella en brazos y la llevó a la habitación de ella, para dejarla sobre la cama.
— ¿S-Shadow….? —logró decir cuando él se preparaba para irse a su alcoba. El nombrado se quedó quieto—. Me alegra… qué hayas vuelto… —tenía la voz somnolienta.
—Duérmete —le dijo y se acercó a la puerta para irse.
—Lo haré. Ahora que te vi antes de soñar, soñaré hermoso… Gracias y qué descases —el erizo negro se fue de allí.
¿Lo invadía la culpa? No, no, traicionar el recuerdo de Tikal era tan horrible como hacerle cara al presente que tenía. María era una dulce y buena mujer, por eso actuaba así de tierna con él. Pero lo hacía sentir muy mal, porque la lastimaba. Y aunque él ya no sentía un afecto por aquélla eriza rubia, un dejo de culpabilidad empezaba a manifestarse.
Volvió a su habitación, se quitó la capa, las botas y quedó en camisa y pantalón para echarse entre las sábanas. En su cálido colchón donde podía dormir, después de meses de costarse en algo incómodo. Miraba la joya con ternura y el recuerdo de la echidna lo volvió a invadir. Una pequeñas lágrimas silenciosas brotaban de sus ojos. La extrañaba y mucho, pero…
¿Acaso tenía que olvidarle, fingir que nada había pasado y seguir adelante?
Oh, Tikal…
OoOoOoO
Perdonen, se me hizo largo este capítulo xD Espero les haya agradado n_n Los veo en el siguiente y mil gracias a los que leen! Nos vemos!
