Disclaimer: Todos los personajes son de Ms. Rowling, la historia de producto de mi mente delirante.
A la memoria de Alan Rickman (1946-2016).
Alfa, nuevamente reitero mis votos de amoadorarte para toda la eternidad.
El daño en Hermione era superior al que Severus esperaba. Apenas los acompañantes de Hermione sintieron el efecto del hechizo; el mago tomó a la chica en sus brazos y desapareció hacia el único lugar seguro para ellos en toda Inglaterra: Prince Manor. Sólo esperaba que al maniático de Riddle no se le ocurriera llamarlo, antes de asegurarse que su esposa se encontraba bien.
Entró en la casa intempestivamente, el tiempo corría en su contra; la marca en el antebrazo de la chica estaba tomando una coloración azul-verdosa indicativo de que el instrumento que la marcó se encontraba envenenado. La chica tenía fiebre, deliraba y se agitaba llamándolo y repitiendo otro nombre con pánico: Bellatrix.
Esa maldita bruja se la pagaría, más tarde o más temprano lo haría. Se apresuró a buscar entre ingredientes y pociones todo aquello que necesitaba para mitigar los efectos del cruciatus y sobre todo del veneno; afortunadamente había llegado a tiempo; una hora y siete pociones después, la fiebre y los delirios empezaban a ceder.
A la madrugada, ya el peligro había pasado pero no se permitió recostarse al lado de ella; se sentía agotado, a punto de ser superado por la situación, pero no podía ni debía desistir; ahora menos que nunca. Tomó asiento al lado de la cama y se recostó sobre las rollizas piernas de su esposa, mientras reflexionaba acerca de los sucesos acontecidos. La marca en el brazo de Hermione era el recordatorio de lo que pasaría con ella y con los que eran como ella si Voldemort ganaba. La situación en el colegio era la prueba fiel de lo que ocurriría; tenía semanas sin dormir, trataba de hacer lo más llevadera la situación para los estudiantes dentro de Hogwarts, pero no era demasiado lo que podía hacer, más que administrar pociones calmantes y luego obliviar a los estudiantes cruciados, el Colegio era un verdadero infierno.
A pesar que desde la muerte de Albus no había logrado dormir dos horas seguidas, al parecer la cercanía de su esposa le dio la tranquilidad necesaria para descansar hasta que ya el sol brillaba con fuerza en el cielo. Aún con los ojos cerrados sonrió al sentir la fragancia familiar a frutos silvestres que desprendía el incontrolable cabello de Hermione; debía revisar el estado de sus heridas.
En ese mismo momento, el amanecer también golpeó los ambarinos ojos de Hermione, a pesar que los ojos le dolían de adentro hacia afuera como si una mano invisible tratara de arrancárselos de cuajo, al igual que su cuerpo que sentía doler y arder al mismo tiempo, tanto su piel como sus músculos y huesos en un malestar inmenso; pero a pesar de todo esto sentía una calidez extraña y familiar. Lo último que recordaba era ser absorbida por la magia de Dobby y el inmenso dolor que la hacía llamar a Severus. Por un momento creyó verlo, sentirlo y escucharlo; pero estaba segura que era un delirio, no podía ser que Severus hubiera acudido a su llamado, no podía haber sido... pero un peso cálido sobre sus piernas le hizo extender las manos para encontrar una larga cabellera lacia, cuyo tacto se le hizo particularmente conocido. El toque de la mujer castaña hizo que el mago abriera abruptamente sus negros ojos y sonriera; ella había despertado, la noche agotadora de pociones, hechizos y contra hechizos había rendido su fruto, el daño que los cruciatus rabiosos de Bellatrix y la herida maldita de la daga remitieron lo suficiente como para que ella no tuviera fiebre y estuviera despierta; aunque de sobra sabía que experimentaría aún fuertes dolores.
Severus sabía perfectamente que la fiebre y los delirios apenas habían cesado un par de horas atrás. Le aliviaban sobremanera que ella hubiese despertado tan pronto, sin dudas era una mujer muy fuerte y valiente. Sonrió, para de inmediato decir con su tono de voz habitual:
̶ Buenos días, señora Snape ̶ saludó incorporándose en ese instante, para ver a su muy sorprendida y sonrojada esposa.
̶ Buenos días Severus. Llegaste, me escuchaste ̶ decía la chica a media voz, mientras trataba de levantarse de la cama sin éxito alguno.
̶ ¿A qué horas pensabas informarme que habías despertado? ̶ retomaba el tono ácido y autoritario que empleaba para dirigirse a sus estudiantes.
̶ Sí, Severus, yo también te amo ̶ respondió la joven mujer con el mismo tono sarcástico de su marido.
El mago se dirigió a un armario de la habitación con una sonrisa en los labios, que la mujer no pudo apreciar debido a que en ese momento le daba la espalda. Definitivamente, su esposa era un excelente aprendiz.
Retornó al lado de ella mientras preparaba la siguiente fase del tratamiento. El cuerpo tiende con el tiempo a resistirse a la maldición cruciatus; en su caso así era luego de muchos años al servicio de Riddle, pero ella luego de la maldición de Dolohov en el Departamento de Misterios no había recibido magia oscura, y sumado a la daga envenenada y maldita, las cosas empeoraban.
La siguiente poción no debía tomarla, por el contrario debía hacerla penetrar en su piel. Una vez más la inquietísima Gryffindor trató de incorporarse sólo para sentir como si mil abejas aguijonearan todos sus músculos, al tiempo que sus articulaciones eran dislocadas; nada de eso pasaba, pero era lo que sentía. Sin querer de sus labios escapó un gemido de dolor y acto seguido se dejó caer nuevamente en las mullidas almohadas. La angustia y el sufrimiento plasmados en el rostro de la mujer que siempre había sido fuerte y valiente fue lo suficiente para que el ordinariamente imperturbable Severus Snape perdiera el dominio de sus nervios y dejara caer el vial con la poción que sostenía entre sus largos y pálidos dedos, si es que a la sustancia parcialmente etérea que contenía se le podía llamar poción; la que al hacer contacto con el piso alfombrado se evaporó en una nube de humo rojizo. De inmediato y sin siquiera detenerse llegó hasta el lado de la que era y sería para siempre la mujer de su vida; ella era la prioridad de su existencia y su nueva razón para derrotar a Voldemort; atrás había quedado el infantil recuerdo y la pasión adolescente que en su momento le inspirara Lily Evans Potter.
̶ Tranquila, son las secuelas de la maldición, luego de recibir el cruciatus muchas veces o el cuerpo se acostumbra hasta cierto punto, o enloqueces irremediablemente o ambas ̶ dijo al tiempo que empezaba a examinar detalladamente el cuerpo de la castaña.
̶ ¡Auch! Gracias por el alentador mensaje querido ̶ trataba de sonreír mientras las finas y ágiles manos de Severus se deslizaban sobre cada uno de sus músculos.
Se había hecho llegar otro vial de poción con un ligero movimiento de su varita; vertió una pequeña cantidad en sus manos y frotó ligeramente; de inmediato la sustancia tomó una forma etérea; mientras el mago masajeaba y presionaba en lugares precisos, algunas veces con movimientos suaves y lentos como una caricia, otras veces de forma más enérgica. Su fortuita paciente experimentaba con eso sensaciones dispares: cosquillas, placer, dolor...; la combinación de la terapia de contacto ancestral con la mágica y etérea poción hicieron que poco a poco el malestar fue desapareciendo, dando lugar a otras sensaciones; hacía casi un año que no tenían un espacio y tiempo tan íntimos, sus últimos encuentros habían sido momentos apresurados donde apremiaba el tiempo en lugares donde podían ser fácilmente descubiertos. Esta vez no era así, por un momento podrían permitirse olvidar la guerra, quienes eran y el papel que les tocaba en un conflicto que no era de ellos pero que los afectaba directamente.
Se levantó y encargó a los elfos de la casa el desayuno para su ama. Deseaba acercarse a ella íntimamente, pero temía por su salud luego de la tortura. Como siempre ella mostró ser una excepcional discípula cuando pudo leer esos pensamientos en la mente insondable de Severus, y como siempre decidida tomó la iniciativa ante las dudas de él:
̶ Severus... ven, acércate a mí; mis labios están deseosos de perderse en los tuyos... mi piel arde de deseo por tus besos ̶ el mago asombrado avanzó hacia el lecho del que hacía poco se había retirado, mientras su joven esposa continuaba su erótico discurso:
̶ Ven que aún me faltará recorrer tu cuello con mis besos; despacio mientras sientes el calor de mi respiración contra tu piel, deseo tu lengua haciendo cosas interesantes con ciertas partes sensibles de mi anatomía ̶ tales palabras produjeron en él un sobresalto, pero recuperando su acostumbrada compostura y actitud sonrió lascivamente para responder:
̶ Creo que varias pueden serlo...
̶ ¿Sí? ¿Por ejemplo...? ̶ preguntó la chica de rizados cabellos castaños.
̶ No sé... ̶ respondió el mago con timidez mitad real, mitad fingida.
̶ ¿De verdad no sabes? creo que podríamos... probar a ver cuál es el lugar más... indicado ̶ dijo Hermione con una sonrisa maliciosa mientras se levantaba de la cama y caminaba lentamente alrededor de Severus, tal y como un león acecha a su presa.
̶ Es que pienso, pero me avergüenza decirlo ̶ respondió el hombre.
̶ ¿Te da vergüenza? Severus, por favor... eres mi esposo, ¿cómo te va a dar vergüenza? ̶ poco a poco el acecho de Hermione provocó que el mago de negros cabellos terminó acorralado contra la pared, guardando silencio, tragando en seco y escuchando las frases cargadas de erotismo.
̶ No tengas pena... dime ̶ continuó la mujer, con mirada maliciosa- Serán... ¿mis labios? ̶ decía mientras acariciaba sus rojizos labios con la yema de sus dedos.
̶ Dm... Se siente bien, pero no sé... ̶ logró balbucear el mago.
̶ Talvez... si sigues por aquí... ̶ mientras los dedos de la mujer delineaban lentamente la curva de su cuello hasta perderse en el escote del fino camisón de seda con el que Severus había reemplazado su ropa sucia y manchada de sangre.
̶ Hermione, no creo que esto esté bien ̶ logró articular el mago con dificultad.
̶ ¿No lo crees? ¿Y eso por qué? ̶ continuó la bruja con su sensual interrogatorio.
̶ Sabes Severus a mí me parece muy muy bien... ̶ dijo contra la piel de su cuello, mientras lo besa despacio y acaricia su piel con la punta de la lengua subiendo lentamente en busca de su boca.
̶ Dime Sev... ¿sigue pareciéndote mal? ̶ interrogó con una sonrisa de aparente inocencia pero a la vez cargada de malicia.
Por instantes la respiración del mago se acelera, naturalmente ama y desea a su joven esposa; pero aún duda, está convaleciendo de la tortura mágica más terrible que se ha concebido, agravada por haberla recibido de un ser totalmente sádico como Bellatrix Lestrange podía tener consecuencias físicas y mentales, su estado de salud era incierto y no quería arriesgarla innecesariamente, pero al parecer la castaña ya había concebido otros planes; no dejando tregua ni un solo instante al juego erótico que había iniciado y que no tenía pensado interrumpir dado que su tiempo como pareja estaba limitado al mínimo por las vicisitudes de la guerra y las particularidades de su unión.
̶ No creo que esto sea correcto... insisto ̶ Severus temblaba tratando de conservar una compostura que estaba lejos de sentir; mientras su joven esposa intentaba por todos los medios tentar aún más su ya excitada masculinidad.
̶ Mmm, dime, Sev... ̶ ronroneó seductoramente ̶ ¿qué sería lo correcto?
Mientras hablaba, acorralaba al mago poco a poco, y casi sin darse cuenta estaba ya de espaldas a la pared mientras Hermione seguía avanzando hasta apegar su cuerpo al suyo. Si bien es cierto era el epítome del autocontrol, todos tenemos un límite y Severus Snape había llegado al suyo, decidiéndose a seguirle el juego a la castaña.
̶ Ah, no sé, ¿qué tal esto? ̶ decía mientras llevaba uno de sus dedos hacia la boca de la chica metiéndolo hasta la mitad, y recibiendo a cambio de ella como respuesta su lengua enroscándose en torno a la extremidad mientras observaba al hombre directamente a los ojos en un desafío mudo.
̶ Creo que esto está mejor... ¿lo chupas un poquito? ̶ preguntó el mago con un dejo de malicia en su voz normalmente fría.
La Gryffindor sonrió satisfecha, lo ha hecho caer en su juego; y procede a chupar y lamer lentamente los dedos de Severus, quien no se ha quedado impávido, si no que ha acercado la bandeja del desayuno, Hermione ya no habla, se limita a acariciar sensualmente ahora dos de los largos y finos dedos del mago.
̶ Traje mermelada, ¿quieres? ̶ preguntó, mientras ponía el dulce sobre su dedo y lo llevaba a la boca de Hermione.
La joven mujer no pudo contener un gemido placentero mientras con la punta de su lengua recogía el dulce que su esposo le ofrecía.
̶ ¿Ya te los acabaste, verdad? ̶ cuestionó el mago.
̶ Mmm sí... quiero más... ̶ respondió la chica un tanto mimosa y coqueta.
̶ Yo pondré la miel en tus labios deliciosos y la comeré de ellos ̶ expresaba el hombre ya lejos de los prejuicios que lo habían limitado de acercarse a ella.
̶ Ven y bebe de mis labios todo el deseo que guardo por ti Severus, ̶ hablaba al tiempo que se apegaba al hombre junto a ella y se aferraba a su cuerpo, habían sido muchos meses separados; temía la inminente separación, siempre con el miedo perenne de que fuera la última vez que estuvieran juntos.
̶ ¿Hay algo de deseo en ti? ¿Un poquito aunque sea? ̶ cuestionó el hombre ávido de escuchar una vez más de los labios de su amada, que no era un sueño, que lo amaba, que lo deseaba y que él, Severus Snape, el hombre con quien la vida jamás había sido justa, era verdaderamente amado por una criatura sublime y delicada como Hermione Granger.
̶ Severus, guardo todos los deseos ocultos que la pasión puede proporcionarnos para tu deleite, para que los tomes de mí. Bésame, toma la miel de mis labios y satisface mi deseo.
Si alguna reserva persistía en el corazón y la mente del mago, desaparecieron en ese justo momento. Cerró el espacio que lo separaba de la mujer y la abrazó apretándola contra sí mismo, acariciando su espalda y besando su boca con hambre y necesidad de ella; al tiempo que era correspondido con la misma hambre, pasión y deseo por la mujer entre sus brazos, que se aferraba al cuello del hombre frente a ella.
Se separaron unos segundos para verse a los ojos, no necesitaban palabras. Él bebió de sus besos y de la esencia de su piel tersa cargada de la pasión que la simple presencia del hombre con el que se había casado despertaba en ella, mientras la abrazaba acariciaba levemente sus hombros y sus dedos subían por el cuello hasta perderse entre los bucles de su cabello.
En el intercambio de un beso interminable, en el que ninguno de los dos deseaba separarse, de respiraciones compartidas y agitadas; en el que los dedos de uñas cortas de la chica se aferraron a la espalda del hombre en el desesperado e imposible intento de acercarse aún más a él; siendo inmediatamente correspondida por su pareja, aun a sabiendas que no podían estar más unidos aún; pero esta vez en una caricia íntima y dulce, poco a poco habían ido perdiendo el ardor precipitado de sus últimos encuentros; ella se permitió perderse en los profundos ojos negros de él; y él recupero el deseo de seguir luchando con el sólo reflejo de sí mismo en los diáfanos color canela de ella.
Eran dos y eran uno; Hermione delineó lentamente con la yema de su dedo índice las facciones angulosas del rostro de Severus; sus cejas, sus labios, la línea de su mandíbula y su larga nariz; el mago por su parte contemplo los rasgos de la mujer frente a él, contando y memorizando cada una de las finísimas y casi imperceptibles pecas que salpicaban su piel de porcelana. En un impulso volvió a besar sus labios; esta vez con hambre y sed de ella, mientras enredaba sus largos dedos en los rizos indómitos que la caracterizaban; ella los odiaba, él los amaba. Sus rizos eran ella, su sello y su individualidad, la representación de todas las cosas que la hacían especial y distinta.
La deseaba, debía admitir que por primera vez desde hacía mucho, quizás por primera vez en su vida; sus instintos lo dominaban. Tenían el derecho de poseerse mutuamente, y sólo los limitaba una guerra absurda fundamentada en las ideas estúpidas de un mestizo delirante. Quería unirse a ella, fundir sus cuerpos en uno solo; pero temía hacerle daño y este temor lo hizo frenar sus caricias hasta detenerlas por completo.
Ella, extrañada, le transmitió con una sola mirada su interrogante; tomó su mano y la llevó hasta sus redondeados pechos, cubiertos sólo por una ligera camisilla interior; invitándolo a continuar con las sugerentes y candentes caricias que anteriormente hubiera interrumpido por las dudas que asolaban su mente.
Libre de todo prejuicio, sus manos vagaron por el cuerpo esbelto y voluptuoso de la mujer que hacía meses era su esposa; ahí en la antigua mansión de la familia Prince, en el lecho donde generaciones y generaciones de ancestros suyos habían consumado el atávico ritual de la consumación matrimonial, algunos por amor, la mayoría por conveniencia.
Ahí a la plena luz de la mañana y entre las sábanas antiquísimas de lino y seda recorrió lenta y delicadamente cada centímetro de la femenina piel, mientras sus manos deslizaban fuera la prenda que cubría el torso de la chica; dejando al descubierto dos pechos medianos y redondos, coronados por un par de pezones marrón claro. Por un instante contemplo la visión ante sus ojos, mientras ella con un poco de pudor trató de cubrir su cuerpo con los brazos...
̶ No, por favor. Déjame verte, quiero grabar tu piel en mi memoria para llevarte conmigo aún si la muerte me sorprende allá afuera.
̶ Severus, no digas eso. Tú no morirás, eres el mejor soldado de esta guerra; si tú esperas que la muerte te sorprenda; déjame a mí también aprender de memoria tu cuerpo, tu alma y tu esencia... por si acaso la muerte me sorprende en la batalla, llevar tu recuerdo conmigo.
Atrajo hacia sí el cuerpo semidesnudo de Hermione, mientras sus dedos recorrían la fina piel de su espalda y sus labios hambrientos besaban sus hombros desnudos. La mujer correspondía a las caricias recibidas por encima de la pesada ropa del mago, mientras trataba de deshacerse de aquella fila de botones interminables para terminar arrancando la casaca y la camisa de dos impacientes tirones.
Rodaron por la cama en medio de caricias dulces, era la primera vez que veían sus cuerpos con la meridiana claridad que sólo la luz del sol proporcionaba.
Severus besó con dulzura y delicadeza su cuerpo, bajando desde su cuello, pasando por la tierna piel que separaba sus pechos, por su abdomen y ombligo; con lentitud y ternura; acariciando con sus labios y legua. Quizás fuera la última vez que pudieran estar juntos, descendió a su vientre mientras sus manos retiraban la última prenda que cubría la desnudez de Hermione. Con suavidad separó sus muslos y deslizó sus dedos sobre los suaves rizos que lucían húmedos producto de la excitación de la chica.
Los largos dedos de Severus se deslizaron por entre los húmedos pliegues, al tiempo que su índice presionaba levemente el botoncito rosado donde sabía se centraba el placer del cuerpo femenino a su merced.
Poco a poco fue incrementando el nivel de sus caricias hasta hacerla sollozar de placer, y este fue el momento que consideró adecuado para adentrar su cuerpo en ella. Separó gentilmente sus piernas mientras se deslizaba en su interior, primero despacio y luego más rápido, en la placentera danza ancestral de los cuerpos que se unen para dar vida.
Ambos cuerpos fueron y vinieron una y otra vez, mientras las bocas intercambiaron besos y las manos prodigaron caricias mientras alcanzaban el éxtasis juntos. Fatigados de la rutina amorosa, se recostaron en el amplio lecho mientras Severus contemplaba la piel dorada de Hermione y sus largos dedos la recorrían lentamente repartiendo besos sobre la piel suave de sus hombros, y ella acariciaba los largos mechones oscuros de su cabello y lo miraba a los ojos con ternura y adoración.
Tomaron el desayuno olvidado durante su juego amoroso, y con tristeza tuvieron que admitir que era el momento de separarse nuevamente; él debía retornar a las filas mortífagas y ella a la clandestinidad al lado de Potter y Weasley. Afortunadamente contaba aún con un contacto dentro de la orden del fénix y sabía dónde estaban exactamente; nadie supo jamás que una vez por mes se veía con su otrora enemigo escolar Remus Lupin, y que jamás dejó de proveerle la poción matalobos necesaria para mantener su mal controlado y que ambos intercambiaban información y estrategias.
Con dolor en su corazón, dos horas después Severus dejaba a Hermione a la entrada de una pintoresca cabaña en la costa de Gales, donde una mujer rubia y antinaturalmente hermosa la esperaba.
Las lágrimas afloraron a los orbes color miel de Hermione Snape cuando se separó de su marido, quizás para no volverse a ver, o quizás no. Lo que no sabía en ese momento es que nunca más estaría sola, que esa mañana de amor había fructificado en el heredero del Príncipe Mestizo que ahora crecía en su vientre.
Vio Castro, agradezco tus comentarios y espero que el capítulo sea de tu agrado. Saludos y ánimo.
