Mostré
una sonrisa juguetona en mi cara y acerqué mi cara a la suya
haciendo que nuestras narices se rozaran.
—
¿Puedo besarla señorita? –me preguntó mientras me miraba a los
ojos.
—
Deja que me lo piense… -le contesté haciéndome la tonta-.
Antes
de que diera mi aprobación se giró quedando él encima y yo debajo.
Ahora el que tenía dominada la situación ya no era yo. Manteniendo
su sonrisa rozó sus labios con los míos, dándome un suave mordisco
en el labio inferior al final. Separó sus manos de las mías, las
cuales mantenía a lado y lado de mi cabeza para llevarlas hasta el
final de mi camiseta. Rodeé su cuello con mis brazos haciendo que se
acercara más a mi y le di un corto beso en los labios mientras él
empezaba a subir lentamente mi camiseta. Le ayudé a desprenderme de
ella para luego unir nuestros labios en un largo y fogoso beso. Sus
manos acariciaban mi piel a la vez que su boca descendía desde mis
labios por mi cuello hasta llegar al escote. Volvió a separarse de
mí y se quitó la camiseta dejando su torso al desnudo. Llevé mis
manos hacia su pecho ahora al descubierto acariciando cada poro de su
piel. Apoyó sus manos en la cama para seguir recorriendo mi cuerpo
con sus suaves besos. El ambiente empezó a volverse apasionado.
Consiguió quitarme los pantalones dejándome solo en ropa interior.
Estaba en desventaja a él, quién llevaba puestos aún sus tejanos.
Bajé mis manos hasta el botón de su pantalón a la vez que lo hacía
él en un acto de desesperación por querer llegar a más. Se quitó
los vaqueros mientras su lengua se entrelazaba con la mía en un
beso. Curvé mi espalda para permitir a Skandar que desabrochara el
broche de mi sostén. Cuando me desprendí de él bajé mis manos por
su espalda hasta llegar al final de ella. Metí mi mano en el
interior de sus bóxers color negro.
—
¡CARMEN YA HEMOS… -los voz de mi hermano calló. Se encontraba
parado en la puerta de mi habitación contemplando la escena-…
llegado –finalizó la frase en un susurro-.
Quité
mis manos del lugar en el que se encontraban y Skandar se separó de
mí girándose hacia la puerta. Acto reflejo me tapé la parte de
arriba con las manos a la vez que los dos, tanto Skandar como yo, la
cara se nos puso de color rojizo de la vergüenza.
—
La cena estará en la mesa en diez minutos –dicho esto cerró
rápidamente la puerta dejándonos de nuevo a los dos solos.
—
Que oportuno –dije mientras me sentaba en la cama con Skandar de
rodillas entre mis piernas.
—
No he pasado más vergüenza en toda mi vida –se echó a reír a la
vez que se levantaba de la cama y se ponía sus pantalones de
nuevo.
Nos
vestimos y bajamos automáticamente abajo donde los demás estaban ya
sentados en la mesa esperando a que bajáramos para unirnos a la
cena. Cuando entramos en el comedor mi hermano nos echó una mirada
burlona y se puso a reír descaradamente. Me senté enfrente de él y
Skandar a mi lado a quién se le contagió la risa de mi hermano.
Agaché la cabeza mirando al plato lleno de comida del bochorno que
había pasado hacia tan solo diez minutos. Mis padres desconcertados
nos miraron a los tres con cara rara.
—
¿Se puede saber de qué os reís? –preguntó mi padre con una
sonrisa en la cara-.
—
Que te lo cuenta Carmen, que ella si que sabe –dijo mi hermano
entre risas-.
Le
di una patada por debajo de la mesa sin que nadie se enterara. Dejó
de reír al instante.
— ¿Carmen?
–me preguntó mi padre queriendo saber la respuesta a las risas-.
—
Nada, que cuando mi querido hermano –querido lo remarqué con
ironía- ha venido a avisarnos de la cena me he caído al tropezarme
con un libro que había tirado y me he comido el suelo.
Intenté
parecer convincente con mi mentira.
—
Vigila hija, tienes que tener más cuidado con las cosas –me dijo
mi madre.
—
Descuida, ya lo haré.
Entonces
mi hermano volvió a reírse a grandes carcajadas.
—
Hijo ya vale, no te rías de tu hermana –le sermoneó mi madre.
—
Es que tendrías que haberlo visto –tomó aire –bueno, quizá no
deberías –me miró y se puso a reír de nuevo-.
Lo
mato, yo a este lo mato.
