XIV

Las clases habían terminado y el reloj de la escuela sonó como de costumbre, sus campanadas podían escucharse hasta varias calles más lejos, avisando a los empleados de las tiendas y cafeterías que era mejor prepararse para una invasión de jovencitas deseosas por olvidarse de las actividades escolares. Otras preferían quedarse en la biblioteca para pasar el tiempo o adelantar las tareas, pero la mayoría del alumnado seguía utilizando las instalaciones de la escuela para realizar las actividades de su respectivo club. La mayoría de los salones estaban vacíos, y los pocos con chicas en su interior tenían la puerta cerrada; el patio principal estaba plagado por las atletas de la escuela, gimnasio era ocupado por el equipo de basquetbol, el auditorio albergaba al club de teatro y la casita del club de la ceremonia del té era ocupado arbitrariamente por el club de entretenimiento. Incluso las oficinas de los maestros estaban vacías, algunos ya se habían retirado a sus casas, otros supervisaban las actividades de los clubs que tenían bajo su cuidado y algunos más pasaban un rato de descanso en la sala de maestros, a excepción de la Nishigaki-sensei, ella seguía en su laboratorio haciendo explotar todo lo que tenía a la mano.

Esta soledad en el edificio escolar era de mucha ayuda para que cierta viajera del tiempo de cabello rojo pudiese escabullirse por los pasillos sin mucho problema, aunque debido a su falta de presencia, eso no era ningún inconveniente. Con toda la cama del mundo, Akari caminaba rumbo a la oficina de su maestra de matemáticas para modificar su examen y elevar la calificación; no hacía falta preocuparse por no ser vista, su uniforme le mezclaba perfectamente con las demás alumnas y si alguna preguntaba por el corte en su mejilla, se excusaría con una caída o un accidente con Kyoko. De quienes debía de cuidarse, era de sus amigas. Si por alguna razón su club tenía que ir a un salón o alguna de las chicas del consejo estudiantil caminaba por los pasillos, podría ponerse en riesgo su misión. Por esto, ponía cuidado en cada paso que daba y se aseguraba de que las puertas de los salones estuviesen cerradas por completo, caminaba lejos de las ventanas y se asomaba a las escaleras antes de pasar.

Ya tenía medio camino recorrido, solo debía pasar los casilleros donde guardan los zapatos y llegaría al área de las oficinas de los profesores. Todo estaba a su favor. Caminó con total naturalidad entre los casilleros, no había nadie cerca y podía ser tan ruidosa como gustara; aunque no tenía la necesidad y pasó por aquella área con toda calma. A unos metros de ella, sin que nadie lo viera, estaba Ayano frente al casillero de Kyoko, metiendo en este un paquete de dulces.

No podía ser más fácil, resolvería el futuro de todas con solo caminar hacia la oficina de sus profesores y listo. Después de una noche tan difícil como la que pasó, huyendo de su versión maligna de futuro y viendo como su hermana luchaba por salvarla, le tranquilizaba que las cosas fueran tan sencillas en esta ocasión; tanto que hasta se dio el lujo de tararear una canción sin importarle ser escuchada, estaba feliz de que todo se tornara tan sencillo. Aunque esto duraría poco; antes de dar la vuelta en el pasillo que le llevaría a las escaleras, llegó a sus oídos los sonoros gritos de Sakurako que, como de costumbre, renegaba en presencia de Himawari.

–¡Ya no quiero hacer esto! –exclamó una fastidiada Sakurako–. Solo dejemos los papeles en una mesa y se acabó.

Las dos miembros del consejo estudiantil estaban paradas frente a la puerta de uno de los salones, cargando un paquete de hojas blancas con un aviso impreso en estas. Su labor del día era repartirás entre las aulas y los tablones de avisos. Y como solía ocurrir cuando estaban solas (y aun acompañadas) la discusión no se hizo esperar más tiempo entre ellas dos.

–Que irresponsable eres, Sakurako –le reprimió su compañera–. ¿En serio crees que así serás la presidenta del consejo?

–Eso no tiene nada que ver –dijo la rubia–. Ya verás que algún día seré la presidenta y además tu jefa –agregó burlonamente y sacándole la lengua.

–Con tus malas calificaciones dudo que pase eso –repuso la peliazul girándose hacia su fastidiosa amiga. Inevitablemente sus desarrollados pechos rebotaron, lo que causó más ira a Sakurako–. En serio, tienes que ser más responsable o no llegaras a nada.

–¡No me molestes con eso ahora, ni con tus dos monstruosidades! –gritó irritada, dándole un manotazo en los pechos a Himawari.

–¡Ya deja de hacer eso! –respondió sumamente molesta, tirando de la mejilla de Sakurako.

–¡Monstruo pechugón!

–¡Rubia cabeza hueca!

Así fue como la inevitable discusión diaria de aquellas dio inicio, comenzaron a pellizcarse las mejillas, a jalarse mechones de cabello con toda la intención de arrancárselos y a gritarse infinidad de insultos; Sakurako enfatizando en los grandes atributos de Himawari y está resaltando la flojera de su amiga de la infancia. Akari no hacía más que escuchar la ruidosa discusión que se llevaba a cabo a centímetros de su destino.

–¿Qué hago ahora? –se dijo a sí misma, asomándose cuidadosamente a fin de no ser descubierta por aquellas dos–. Si vienen para acá me verán. ¿Qué hago? –estaba a punto de regresar por su camino y esconderse, cuando vio a la mano un montón de pelotas de tenis.

Una brillante idea cruzó por su mente, si arrojaba una de estas pelotas cerca de las dos chicas ruidosas y lograba que se fuera lejos, ellas tendrían que ir a investigar que pasó a su lado o, en otro caso, que fue el golpe que escucharon. Esto le pareció una gran idea y no tardó en ponerla en práctica. Tomo una de las pelotas y de inmediato la arrojó hacia el pasillo sin que nada pasara, el lanzamiento fue tan suave que apenas llegó a pies de Sakurako.

Forzándose a guardar silencio, arrojo más pelotas variando la fuerza de sus lanzamientos, pero sin éxito alguno; unos eran muy suaves y no se acercaban a las dos chicas que discutían, otros pasaban muy alto y no lograban verlos, ni se daban cuenta del ruido de las pelotas al chocar con el suelo, los gritos de ambas eran más fuertes. Solo le quedaba un tiro con una pelota de béisbol, era ahora o nunca.

Tomo la pelota con pulso firme, fijo el objetivo más lejano que tenía y arrojó el proyectil con todas sus fuerzas. Paso de largo a Himawari y Sakurako, sin bajar su velocidad hasta estrellarse de lleno con la puerta al fondo del pasillo, rompiendo el cristal con un repentino y sonoro estruendo que asustó a las dos niñas conflictivas.

–¡¿Qué fue eso?! –exclamó Sakurako arrojándose a los brazos de Himawari.

–Me aprietas muy fuerte –dijo asfixiándose la peliazul.

–Es tu culpa por tener unos pechos enormes –renegó Sakurako; no perdía ninguna oportunidad para molestar a su amiga.

–No es hora de eso –alcanzó a pronunciar; la falta de aire ya le afectaba–. Debemos ver que pasó.

–¡No quiero! ¡Me da miedo! –apretó aún más sus brazos en torno a Himawari, cuyo rostro ya se tornaba azul. De alguna forma pudo arrastrarla hasta la puerta, dándole a Akari el tiempo suficiente para escabullirse por las escaleras y llegar sin contratiempos al tercer piso.

No pudo evitar sentirse culpable por lo que acababa de hacer, pero no tenía otra opción; incluso su hermana le dijo que hiciera todo lo necesario para cambiar el futuro y estaba decidida a ello. Avanzó por el pasillo sin detenerse por nada, solo unos segundos la separaban de cumplir su misión y crear un futuro feliz para ella, su hermana y sus amigas. En total silencio, se escurrió a la oficina de profesores que, en una muestra de buena suerte, tenía la puerta estaba abierta y estaba vacía por completo; el único sonido en aquella sala era el que las computadoras, cuyos abanicos no dejaban de trabajar.

Era la primera vez que estaba en ese lugar. Era una gran sala con varias mesas que, apenas divididas, tenían una computadora frente a cada asiento y grandes cantidades de libros, cuadernos tazas de café. Cuidando sus pasos para no tropezarse, Akari revisó cada una de las mesas, buscando los exámenes de su clase. Aquel día habían presentado dos, pero solo iba a enfocarse en uno de estos: el examen de matemáticas. El plan era poner todas las respuestas correctas, así llamaría la atención de sus compañeras y le pedirían ayuda cuando no entendieran algo, mientras que se esforzaba un más para seguir con esa buena reputación. Todo era perfecto.

Después de revisar ocho mesas, dio con los exámenes de su grupo. Aun no eran revisados, lo que le facilitaba las cosas y no tenía que cambiar todo el examen. Tomó un lápiz de la mesa de su derecha y se puso a buscar su nombre en la torre de hojas de papel; casi hasta el final estaba su examen. Lo sacó de ahí y tomando un libro, se apoyó sobre el teclado de la computadora y reviso sus respuestas comparándolas con el examen clave que estaba hasta arriba de la pila de hojas. Para su sorpresa, solo tenía cinco aciertos incorrectos. Tranquila por esto, se apresuró a cambiar las respuestas antes de que alguien se le acercara. En menos de diez minutos, había terminado; no podía ser más fácil. Orgullosa de sí misma, Akari sonrió de oreja a oreja y regreso el examen a su lugar. Estaba por regresar el libro a su mesa cuando de la nada una fuerte explosión sacudió todo el edificio, provocando que todo en su interior se moviera a su ritmo y que Akari dejara caer el libro sobre el teclado de esa computadora, por si fuera poco, en una mala jugada del destino, el golpe cayó sobre la tecla suprimir, borrando lo escrito en pantalla. Esto le alteró más que la explosión en sí; no le sorprendía cuando el laboratorio de Nishigaki-sensei estaba a un piso de distancia, pero el borrar aquel texto en verdad le preocupaba, si lo dejaba así alguien sospecharía de que un alumno entró a la oficina. Desesperada, rebuscó entre los papeles que tenía más cerca; era una especie de formulario el que veía en el monitor y el cursor estaba en la casilla que decía "nombre". Ya sabía que necesitaba, buscar un nombre en específico. Levantó el teclado, revolvió de nuevo los exámenes hasta que vio una nota pegada en un costado del monitor. La tomó y vio que estaba escrito el nombre de "Ohmuro Sakurako". Sin darse tiempo de investigar más, ingresó el nombre de su amiga rubia y se apresuró a abandonar el edificio antes de que algún profesor la viera.

No paro de correr apenas puso un pie fuera del edificio, pues escuchó los gritos del director que bajaba furioso por las escaleras mientras que una densa capa de humo negro se extendía por toda la escuela. Akari avanzó apresurada hasta llegar a la máquina del tiempo, no le importaba el que la vieran andar por la escuela, estaba eufórica por saber si había resultado su esfuerzo. De un salto se sentó en la máquina del tiempo y, fijándola a 15 años en el futuro, desapareció en medio de un potente destello que fue cubierto por la nube de Nishigaki-sensei.

El paso del tiempo parecía no afectar a su escuela, pues durante los quince años que avanzó en su viaje todo había seguido igual; los edificios, las plantas, las ventanas, todo era idéntico a como lo recordaba. La máquina del tiempo apareció detrás de unos cuantos salones cerca del baño. Akari, sin perder el tiempo, se levantó de un salto y corrió entusiasmada hacia los baños. Aunque fuera pleno día, no le molestaba dejarse ver entre las chicas de esa época; el uniforme seguía siendo el mismo y encajaba a la perfección con el alumnado.

Entró al baño, casi chocando con dos niñas que salían de ahí, y se detuvo frente a los lavamanos. Sabía que su encuentro con Akarin le había dejado una herida en su mejilla y esa sería la señal de su victoria sobre el destino. Nerviosa, se miró el espejo y no pudo evitar gritar feliz al ver que su herida se había esfumado.

–¡Funciono! –gritó feliz. Abrió el grifo y se lavó la cara, frotándose con fuerza el lugar donde aquella herida debía estar–. ¡No queda nada! Lo logre Kyoko-chan, Onee-chan –no pudo evitar llorar de alegría, aunque las dos chicas con las que se topó antes le miraban raro–. ¡Akari, la viajera del tiempo lo logro! –se dijo a si misma, levantando un pulgar frente al espejo y guiñado un ojo.

–¿Qué es lo que lograste? –le asustó una voz femenina ya mayor a sus espaldas.

Se estremeció el susto al oír aquellas palabras. Sin duda, se trataba de una maestra que escuchó a gritaría que armaba.

–Lo siento, lo siento –se disculpó al instante. Con el entusiasmo había olvidado ser cuidadosa–. Es que… solo recordaba la escena de un manga –dijo con una sonrisa mientras se daba vuelta–. Lo siento.

–Estas niñas y sus mangas de moda –suspiro la mujer de largo cabello azul–. Está bien que te emocionen pero… pero… –la expresión de aquella mujer fue cambiando de la seriedad al asombro, a tal grado que comenzó a temblar–. Tú… Tú… –tartamudeaba.

–¿Qué… Qué pasa? –se espantó Akari. ¿Acaso un era la malvada asesina psicópata que buscaba evitar?

–No puede ser… ¡¿Akaza-san?!

En ese instante, Akari reconoció a la mujer que tenía frente a ella. Solo unos años mayor y con el cabello más largo, vestida con un pantalón negro y una blusa roja que cubría con una bata de laboratorio.

–¡¿Himawari?!