Hola bellezas me han extrañado? jeje espero que no mucho

Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 14

-Rosalie. Rose. Necesito que abras los ojos. Por favor.

Ella no quería. Unas explosiones intensas se desataban bajo los párpados. Pero la voz sonaba tan desesperada, tan suplicante. Se obligó a levantarlos. Némesis cobró nitidez.

Le acunaba la cabeza, se la mecía. Durante un momento, solo pudo ver sus ojos. «Hermosos», pensó mareada. Se había enamorado de ellos la primera vez que los vio. Había mirado a través de la multitud, a través del resplandor de luces, y lo había visto.

Con un leve gemido, se llevó la mano al chichón que ya empezaba a formarse en su sien. «Debí de sufrir una contusión», reflexiono. La primera vez que había visto a Némesis se hallaba en un callejón a oscuras. Y había habido un cuchillo. Igual que esa noche. ¿Porque demonios estaba pensando en Emmett?

-Un cuchillo -murmuró-. Tenía un cuchillo.

-Está bien -aliviado, acercó la cara a la de ella-. No tuvo oportunidad de usarlo.

-Pensé que te había matado -le tocó la cara con la mano y la encontró cálida.

-No.

-¿Lo has matado tú?

Los ojos de él cambiaron. La preocupación dio paso a la furia.

-No -había visto a Rosalie desplomarse y lo había dominado un terror ciego, que había creído que ya no era capaz de sentir. A Laurent le había resultado fácil escapar. Pero se prometió que habría otra vez. Y que recibiría su justicia. Y su venganza.

-¿Ha escapado?

-De momento.

-Lo conocías -por encima del martilleo de la cabeza, intentó pensar-. Lo llamaste por su nombre.

-Sí, lo conocía.

-Tenía una pistola -cerró los ojos con fuerza, pero el dolor no desapareció-. ¿Dónde la llevaba?

-En el bolsillo. Tiene por costumbre estropearse los trajes.

Era algo que Rosalie analizaría más tarde.

-Hay que llamar a la policía -apoyó la mano en el brazo de él para equilibrarse y sintió algo pegajoso y cálido en los dedos-. Estás sangrando.

-Un poco -bajó la vista adonde la bala lo había rozado.

-¿Es una herida grave? -sin prestar atención a las palpitaciones en la sien, se incorporó. Antes de que él pudiera responder, le abrió la manga para dejar al descubierto la herida. El desgarro que vio le provocó un nudo en el estómago-. Hemos de detener la hemorragia.

-Podrías hacerme un torniquete con tu camiseta.

-No eres tan afortunado -miró alrededor de la habitación, sin detenerse en la figura tendida en la cama-. No hay nada aquí que no llegue a infectarte.

-Prueba con esto -le ofreció un cuadrado de tela negra.

-Es la primera herida de bala que atiendo, pero creo que habría que limpiarla -se afanó con el torniquete.

-Luego me encargaré de eso -disfrutaba siendo cuidado por ella. Los dedos de Rosalie eran muy suaves sobre su piel. Había encontrado a un hombre muerto, ella misma había estado a punto de ser asesinada, pero se había recuperado y realizaba con eficacia lo que había que hacer. Pragmatismo. Esbozó una leve sonrisa. Sí, podía resultar muy atractivo.

Al terminar, Rosalie se apoyó en los talones.

-Bueno, aquí se acaba el mito de la invulnerabilidad -la sonrisa de él le paró el corazón.

-Aquí se acaba mi reputación.

Ella solo podía mirarlo, embrujada mientras los dos permanecían de rodillas en la habitación sucia y pequeña. Olvidó dónde estaba y quién era. Incapaz de evitarlo, bajó la vista a la boca de él. Se preguntó qué sabores encontraría allí. ¿Qué maravillas sería capaz de mostrarle Némesis?

El casi no podía respirar cuando Rosalie volvió a mirarlo a los ojos. En los suyos vio una pasión abrasadora y una aceptación que resultaba pavorosa. Los dedos de ella seguían en su piel, acariciándola despacio.

-Sueño contigo -la acercó sin encontrar resistencia-. Incluso cuando estoy despierto sueño contigo. Con tocarte -alzó las manos para coronarle y acariciarle los pechos-. En probarte -enterró la boca en su cuello, donde su sabor y fragancia eran más ardientes.

Se apoyó en él, aturdida y conmocionada por los impulsos primitivos y salvajes que hervían en su sangre. Los labios de Némesis eran como una marca sobre los suyos. Y las manos... Santo cielo, las manos. Con un gemido profundo y ronco, se arqueo hacia atrás, ansiosa y dispuesta.

Y la cara de Emmett flotó ante sus ojos.

-No -se apartó, asombrada y avergonzada-. No, no está bien.

-No, no lo está -se maldijo. ¿Cómo había podido tocarla allí? Se levantó y se apartó-. Tú no perteneces a este sitio.

-¿Y tú sí? -preguntó con voz aguda, casi al borde de las lágrimas.

-Más que tú -murmuró-. Mucho más que tú.

-Cumplía con mi trabajo. Santiago me llamó.

-Santiago está muerto.

-No lo estaba -se llevó los dedos a los ojos y rezó para mantener la serenidad-. Me llamó y me pidió que viniera.

-Laurent se te adelantó.

-Sí -bajó las manos y lo miró-. ¿Cómo? ¿Cómo supo dónde encontrar a Santiago? ¿Cómo supo que iba a venir aquí esta noche? Me esperaba. Me llamó por mi nombre.

-¿Le contaste a alguien que vendrías a este hotel? -preguntó, interesado.

-No.

-Empiezo a pensar que eres tonta -le dio la espalda-. Vienes a un sitio como este, sola, a ver a un hombre que antes preferiría ponerte una bala en la cabeza que hablar contigo.

-No me habría hecho daño. Estaba aterrado, listo para hablar. Y sé lo que hago.

-No tienes ni idea -volvió a mirarla.

-Pero tú sí, por supuesto -se apartó el pelo revuelto de la cara y una nueva oleada de dolor la invadió-. Oh, ¿por qué demonios no te vas? No necesito esto de ti. Tengo un trabajo que cumplir.

-Necesitas irte a casa, dejarle esto a otros.

-Santiago no llamó a otros -espetó-. Me llamó a mí, habló conmigo. Y si hubiera llegado primero sabría todo lo que estoy buscando. No... -calló cuando se le ocurrió un pensamiento-. Mi teléfono. Maldita sea, me lo han pinchado. Sabían que esta noche vendría aquí. Y también el de mi despacho. Por eso supieron que iba a conseguir una orden judicial para investigar la tienda de antigüedades -los ojos emitieron fuego-. Bueno, podemos arreglarlo de inmediato -se incorporó de un salto y la habitación le dio vueltas. El la sostuvo antes de que volviera a caer al suelo.

-No harás nada durante uno o dos días -con suavidad le pasó un brazo por detrás de las rodillas y la alzó en vilo.

-Entré andando aquí, Zorro, y saldré por mis propios pies -aunque tuvo que reconocer que le encantaba estar en sus brazos.

-¿Eres siempre tan testaruda? -preguntó al salir al pasillo.

-Sí. No necesito tu ayuda.

-Veo que te arreglas muy bien sola.

-Puede que antes tuviera unos problemas -dijo cuando él empezó a bajar las escaleras-. Pero ahora dispongo de un nombre. Laurent. Un metro setenta, setenta kilos, pelo, ojos y bigotes castaños, dos dientes de oro. No ha de resultar muy difícil dar con su historial.

-Laurent es mío -se detuvo y en sus ojos había hielo.

-La ley no permite las venganzas personales.

-Tienes razón. La ley no las permite -la acomodó mejor al llegar al pie de las escaleras.

Algo en su tono la impulsó a acariciarle la mejilla.

-¿Fue tan malo?

-Sí -Dios, cuánto deseaba enterrar la cara en su cabello y dejar que lo apaciguara-. Fue muy malo.

-Deja que te ayude. Cuéntame lo que sabes y te juro que haré todo lo que pueda para que Laurent y quienquiera que esté detrás de él paguen por lo que te han hecho.

Sabía que ella lo intentaría. Comprenderlo lo conmovió, tanto como lo asustó.

-Pago mis deudas, a mi manera.

-Maldita sea, mira quién dice que soy testaruda -se encogió cuando salieron a la lluvia-. Estoy dispuesta a ser flexible con mis principios y a trabajar contigo, a formar un equipo, y tú...

-No quiero una compañera.

-Perfecto, perfecto. Bájame, no podrás llevarme cien manzanas.

-No era mi intención -pero habría podido hacerlo. Se imaginó llevándola a su apartamento, a su cama. Pero se dirigió hacia la esquina, en dirección al tráfico y las luces. Se detuvo al llegar al bordillo de la acera-. Llama un taxi.

Alzó el brazo y esperaron. Pasados cinco minutos, un vehículo se detuvo junto a ellos. Irritada como estaba, tuvo que contener una sonrisa cuando la boca del conductor se abrió con incredulidad al ver quién la acompañaba.

-Cielos, eres él, ¿verdad? Eres Némesis. Eh, amigo, quieres que te lleve.

-No, pero la señorita sí -sin esfuerzo, introdujo a Rosalie en el asiento de atrás. La mano enguantada le acarició una vez la mejilla, como un recuerdo-. Yo probaría con una bolsa de hielo y unas aspirinas.

-Gracias. Escucha, aún no he terminado... -pero él retrocedió y desapareció en la oscuridad y la lluvia.

-Era él, ¿no? -el taxista giró el cuello, sin prestar atención a los bocinazos que recibía de otros conductores enfadados-. ¿Qué ha hecho, salvarle la vida o algo así?

-Algo así -musitó ella.

-Cielos. Verá cuando se lo cuente a mi mujer -con una sonrisa, subió la bandera del taxímetro-. Este viaje corre por mi cuenta.


Holaaa jeje me a agradado el taxista jeje

que les parecio el capi?