Los personajes no me pertenecen, son obra y gracia de Stephenie Meyer y la historia es de una escritora que me gusta mucho, yo solo estoy jugando con ellas para ver que me sale y voy a añadir ciertas cosas mías, espero les guste.

Les informo que al final de la historia les digo el nombre del Autor del Libro y su titulo Original.

Capítulo 14

EDWARD TUVO que aparcar bastante lejos porque había demasiados coches en la calle, junto a la pequeña casa que Tanya había compartido con James.

Carlisle y Esme estaban aparcando justo cuando él salía del auto, así que los esperó

Entretanto, pensó en lo joven que era su hermana. Cada vez que la veía, se sorprendía de que estuviera casada. Y se hubiera sorprendido mucho más de haber sabido que Esme pensaba contarle que estaba esperando un hijo con Carlisle

Carlisle estaba como siempre. Como un tipo grandote que podía partir en pedazos a cualquiera si enloquecía.

Edward sabía que eran algo gracioso de ver cuando estaban juntos Carlisle y Edward, el dúo inseparable de jefes de la décima brigada. Edward y Carlisle, como Batman y Robín, Ren y Stimpy..., o Laurel y Hardy.

Podía tener el aspecto de un matón, pero Carlisle era uno de los hombres más simpáticos, amables y dulces que Edward había conocido. Un tipo de sonrisa tonta y ojos azules al que le bastaba una sola mirada para saber lo que Edward estaba pensando.

Al encontrarse, Edward extendió la mano para saludarlo, pero Carlisle la apartó para abrazarlo. Esme y él estaban llorando. Ella nunca había conocido a Smit, pero no importaba.

Con sólo mirarla, Edward podía asegurar que su hermana estaba muerta de miedo. Era la primera vez que se enfrentaba a la pérdida de uno de los miembros del grupo.

Edward pensó en que aquélla era la triste realidad a la que se enfrentaban las esposas de los marinos en tiempos de guerra. Esme había estado muy interesada en casarse con Carlisle. Pero ahora se enfrentaba de cerca a los riesgos y peligros que implicaba.

—No puedo creer que se haya muerto —dijo Carlisle.

—¿Has estado dentro? —preguntó Esme—. ¿Cómo está Tanya?

—Acabo de llegar —respondió Edward—. Así que no sé. Pero estoy seguro de que está destrozada.

—La última vez que hablé con Smit debe de haber sido hace cuatro meses —comentó Carlisle.

—Tengo un correo electrónico suyo del día siguiente a vuestra boda. Quería que les dijera que desearía haber podido estar ahí.

A Edward se le hizo un nudo en la garganta.

Carlisle lo abrazó de nuevo. Entonces, Edward descubrió que estaba mirando a los ojos de su mejor amigo, deseando hablarle sobre Bella. Pero, en medio del dolor por la muerte de James, era algo fuera de lugar.

Sus novedades tendrían que esperar. Al menos, hasta que él supiese qué era exactamente lo que tenía para contar.

—¿Estás bien? —preguntó Carlisle.

—No —admitió Edward—. Estoy como tú, es tan difícil de creer. Cuando el comandante me llamó para contármelo, le pregunté varias veces si estaba seguro de que era James quien había muerto.

-¿Cómo ha podido pasar algo así?

Carlisle suspiró mientras negaba con la cabeza.

—No lo sé. Tal vez, deberíamos entrar. Debes de tener prisa por ver a Tanya.

—Sí. - Sin embargo, su afirmación no era cierta. Por primera no estaba ansioso por verla

Siguió a Carlisle y a Esme por la senda que conducía a la casa de Tanya.

La puerta estaba abierta y pudo ver que todos estaban ahí. La pequeña casa era un verdadero gentío. La mayor parte del equipo estaba ahí. Todos habían saltado de sus camas al recibir la noticia. Stefan Hawken, Amun McCoy y el comandante en jefe, Alistair Catalano, estaban cerca de la chimenea. Charles, Prisco y el comandante, Santiago Becker, estaban junto a la ventana. Emmett McCarty, el cuñado de Bella, estaba junto a la puerta de entrada, hablando con Mitch Shaw.

Todos habían trabajado alguna vez con James.

—Perdón, ¿sabes dónde está Tanya? —preguntó Carlisle al teniente Emmett.

Por la forma en que McCarty miró a Edward, resultaba evidente que conocía la relación que tenía con Bella. Probablemente, ella se lo había contado la otra noche en el piso de la hermana de Alice.

Conociéndola, sabía que le había dicho la verdad.

En ese instante, Edward se dijo a sí mismo que era hombre muerto.

—Hay café en la cocina —comentó el teniente Shaw.

Edward aprovechó el comentario para escaparse, seguro de que Emmett era capaz de comentar en público que, probablemente, Edward había embarazado a su cuñada la noche anterior.

Una vez en la cocina, se sirvió una taza de café y bebió un sorbo. Estaba caliente como el infierno, pero era mejor así. Eso serviría para distraerlo lo suficiente. No era el momento ni el lugar para pensar sobre lo que Bella y él habían hecho la noche anterior.

Pero, por mucho que lo había intentado, no había sido capaz de dejar de pensar en ese tema en toda la noche. Incluso había soñado con eso mientras dormía.

Si estaba embarazada, se casaría con ella sin pensarlo dos veces, Aunque no era eso lo que tenía en mente en aquel momento.

Sencillamente, no podía dejar de pensar era en lo mucho que deseaba hacer el amor con ella otra vez.

Pero sin nada entre ellos, salvo la piel. Si ella estaba ya embarazada, no podría embarazarla de nuevo. Por tanto, podrían dejar a un lado los condones.

Y pasarían el resto de sus vidas riendo, hablando y haciendo el amor, tal como lo habían hecho durante la maravillosa semana anterior.

En algunos momentos de la noche, mientras la veía dormir, Edward había comenzado a rogar que Bella estuviera embarazada.

Lo que antes le aterrorizaba, ahora le parecía genial. Tenía sentido hasta para las cosas más extrañas. Si Bella estaba embarazada, Edward no tendría que elegir.

Las cosas que ella había dicho la noche anterior lo habían golpeado duramente. Algunas verdades habían salido a la luz, incluido el hecho de que durante muchos años Edward había sentido que él tendría haber muerto en lugar de Ethan. Era una locura. No tenía sentido, ni siquiera estaba en el coche, pero no importaba. Él era el perdedor de la familia, por tanto tendría que haber sido él quien muriera

Había estado pensando en esas cosas durante la noche, aunque sólo en los momentos en los que no estaba entregado al placer de Bella.

Por eso no visitaba a su familia. No podía enfrentar ni a sus padres, ni a sus hermanos y hermanas. Porque, seguramente, lo mirarían con desaprobación, mientras se preguntaban por qué Dios se había llevado a Ethan en lugar de al inútil de Edward.

Bella había tenido razón en muchas cosas. En su aventura con Tanya, por ejemplo. Era cierto que alguna gente no podía evitar enamorarse. Pero no por eso tenía que malgastar cinco años de su vida.

A menos que se estuvieran castigando a sí mismos.

Los perdedores como Edward no merecían vivir felices eternamente. No merecían a una bella, cálida y comprensiva mujer que los amara apasionadamente.

Sin lugar a dudas, Edward necesitaba una buena terapia.

O, tal vez, un paquete de cigarrillos.

O, quizá, sólo a Bella.

En ese momento, Ronnie, la esposa del comandante en jefe, abrió la puerta de la cocina. Detrás de ella venían Kate y Tanya.

A Edward se le paró el corazón cuando la vio, pero de un modo distinto a cómo lo sucedía en el pasado.

Se la notaba exhausta. Tenía unas enormes ojeras y el rostro pálido y amargado por la pena.

Era más que obvio que las tres habían estado llorando.

Tanya pasó por delante de Edward sin decir nada, pero le rozó el brazo con una mano. La vio cruzar el hall en dirección a la habitación y se sintió impotente e inútil.

Él no era lo que Tanya necesitaba o quería en ese momento.

Ella quería ver a James entrar por la puerta, riendo y diciéndoles a todos que no estaba muerto, que había sido un error.

Pero Edward sabía que eso no ocurriría. El comandante le había dicho que el teniente Jim Slade estaba en la operación y había visto el cuerpo de James. Ronnie siguió a Tanya y, en el camino, miró a Edward con los ojos llenos de simpatía y compasión.

En cambio, Kate se quedó en la cocina.

—No le van a decir nada acerca de la misión en la que estaba trabajando James —afirmó Kate, con dureza.

Era una mujer increíble. Se las había ingeniado para seguir luciendo bella incluso después de llorar. O quizá, era de plástico y el llanto no la afectaba.

—Lo sé —dijo Edward—. Así es como funciona. La armada no puede dar detalles y es por una buena razón. Si lo hiciera, pondría en riesgo a otros miembros. Pero creo que, probablemente, en su corazón Tanya sabe que lo que James y su equipo estaban haciendo no era un crucero de placer.

—Eso no lo hace más fácil para ella, Edward.

—No —acordó—. Sé que es difícil, pero así son las reglas del juego.

Kate suspiró.

—Sé que va a sonarte raro, pero... Tanya se alegra de que estés aquí. Me ha contado muchas cosas sobre ti. Hace apenas un par de días, estuvimos hablando mucho por teléfono, antes de que esto pasara. Es una locura. En una de esas charlas, le pregunté si mantendría una relación contigo, en caso de que James muriera.

Edward dio un paso atrás, no estaba seguro de querer escuchar lo que Tanya había contestado.

Pero Kate no pareció darse cuenta de su renuencia a continuar con la conversación. Sencillamente, siguió hablando.

—Ella respondió que no estaba segura de que tú siguieras deseando tener una relación con ella. La presioné, preguntándole qué quería ella, y, finalmente, dijo que quizá lo haría. Ahora me siento muy culpable, porque le dije que tú me gustabas mucho más que James y que ojalá él se muriera.

En aquel momento, frunció el rostro y comenzó a llorar de nuevo. Entonces, Edward la rodeó con los brazos e intentó consolarla.

Al igual que su hermana, Kate era mucho más baja y pequeña que Bella, y se sentía extraño, como si en lugar de una mujer, estuviera abrazando a un niño; como si tuviera que ser cuidadoso y tratarla como si fuera tan frágil que podía romperse si la apretaba mucho.

—Vamos, Kate, sabes que lo que ocurrió no ha sido por tu culpa.

—Él era un cerdo —sollozó—, pero Tanya lo amaba. Y yo no quería que se muriera.

—Lo sé. Y estoy seguro de que Tanya también.

—Sólo pensé que ella merecía algo mejor.

—Ella se merece a alguien que la ame lo suficiente como para serle fiel —dijo Edward—. Todos nos merecemos eso.

—Se suponía que yo debía pedirle a todos que marcharan —comentó Kate, mirándolo entre lágrimas—. Tanya ha dicho que se tomaría uno de los somníferos que le ha dado el médico, y... Tal vez, tú deberías quedarte.

—No lo creo...

—Quizá podrías hacerla sentirse mejor, hacer que comience a pensar en el futuro. Tal vez...

—No creo que sea una buena idea —afirmó Edward

Kate se apartó bruscamente.

—¿Por qué no?

Él suspiró.

-Bueno, en primer lugar, creo que Tanya no necesita pensar en el futuro hoy mismo. Necesita hacer el duelo por la muerte de James. Necesita reflexionar y hacerse a la idea de cómo va a ser su vida a partir de ahora. Eso va a tomarle días, semanas...

Ella necesita alguien que la contenga —replicó Kate.

Acto seguido, se secó las lágrimas con las manos y se apartó definitivamente de los brazos de Edward.

—Ella necesita a alguien que la ame —agregó.

—Para eso te tiene a ti —respondió Edward, con dulzura.

Kate asintió.

—Pero...

—Me quedaré si ella quiere que lo haga —dijo Edward—. Haría lo que fuera por ella, y creo que lo sabe. Pero no va a pedir que me quede.

Apenas lo había mirado cuando había pasado delante de él. Era obvio que no lo necesitaba. Y lo raro era que eso no lo había molestado de la manera en que lo hubiera hecho unas semanas atrás.

En aquel entonces, él habría seguido a Tanya fuera de la cocina, o inclusive, habría llegado antes que todos y la habría ido a buscar a la playa. Habría forcejeado con los demás para mantenerse a su lado todo el tiempo, para reconfortarla aunque ella no lo deseara.

—Ahora mismo, ella necesita que Ronnie y tú os quedéis —continuó Edward.

Kate no dejaría que se escapara por la puerta trasera.

—Tanya me contó que una vez la besaste.

—Sí —respondió él—, pero sólo una vez. No debería haber sucedido, y no volverá a suceder.

—Ha dicho que eres el hombre más honorable que ha conocido.

—Bueno, no estoy tan seguro de eso.

En ese momento, Edward pensó que lo mejor era dejar de tema.

—¿Cómo están las cosas con el nuevo equipo de seguridad? —preguntó.

Kate se encogió de hombros.

—Bien. Mi representante ha encontrado una compañía de seguridad que se especializa en esos temas... Está funcionando bien. De hecho, las llamadas extrañas han cesado completamente.

—Es bueno escucharlo.

—Sí. Tal vez se ha rendido y ahora está acechando a Sarah Michelle Cellar.

Edward miró de reojo a la puerta que daba a la sala, buscando una ruta de escape alternativa. Pero lo único que encontró fue al teniente Emmett, parado en el pasillo escuchando. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí.

Acto seguido, se volvió hacia Kate y dijo:

Quizá sería mejor que vayas a decirle a la gente que Tanya preferiría que nos marchemos.

Ella asintió, mirando de reojo descaradamente a Emmett antes de dejarlos solos.

Emmett, que era alto, delgado y tenía cara de galán de cine, apenas la miró.

—¿Dónde está Bella? —preguntó,

—De camino a Los Ángeles —respondió Edward—. Iba alquilar un coche, no quería quedarse. Ha dicho que no quería molestar a Tanya.

Emmett no parecía muy contento.

—Así que tú... ¿qué? ¿La has subido a un autobús para que fuera a alquilar el coche?

—No, ha dicho que pediría un taxi. Intenté darle dinero, pero, ya sabes cómo es. No puedo obligarla a hacer nada que no quiera.

—Bella está enamorada de ti —dijo Emmett.

Edward se rió; el comentario lo había tomado por sorpresa. Las opciones habían sido reír o desmayarse, y había preferido la primera.

—¿De verdad te ha dicho eso, McCarty? -Tratándose de Bella, todo era posible.

—No con esas palabras —respondió.

El gesto de desilusión de Edward lo sorprendió. Aunque de inmediato pensó que también podía ser por lo que había ocurrido en las últimas horas.

—La conozco bastante bien, Cullen. No es del tipo de mujeres que tienen sexo ocasional.

—Tampoco es una monja —replicó Edward—. Es increíblemente apasionada y...

Emmett cerró los ojos y frunció el ceño.

—No me cuentes los detalles. Eso ya es más de lo que querría saber.

—Ella es grandiosa, McCarty.

—Sí, lo sé. Así que no te metas con ella. No sé qué es lo que tienes que hacer aquí con Tanya...

—Nada —afirmó Edward.

Su respuesta era sincera en más de un sentido. Seguía amando a Tanya y, de alguna manera, siempre la amaría, pero era una emoción pálida comparada con lo loco que estaba por Isabella. Bella era para él mucho más que una diosa distante e inalcanzable. Era su amiga, su amante, su compañera.

Su corazón.

En ese preciso instante, Edward tomó su teléfono móvil.

-Perdóname, Jones, pero tengo que llamar a Bella. Hay algo que olvidé preguntarle antes de que se marchara.

Bella aparcó el coche alquilado en el garaje de su casa, en el sitio de Edward.

Se sorprendió al pensar de esa manera. El hombre sólo había estado ahí una semana y, de alguna manera, el lugar en el que aparcaba se había convertido en su lugar.

Era cierto que él solía dejar el carro ahí, pero también lo hacía Ross cuando iba a visitarla con Tyler. Aun así, aquél era el lugar de Edward.

Estaba agotada. Y también triste. Muy triste.

Estaba enamorada de Edward Cullen. Pero, probablemente, en aquel momento, él estaría abrazando a Tanya Smit, reconfortándola mientras ella lloraba por la muerte del cerdo de su marido.

Tras salir del coche, Bella se arrastró por las escaleras hasta la puerta, abrió la cerradura, entró y avanzó por el pasillo. El interior de su piso estaba como lo habían dejado tres días atrás; todo cuidadosamente preservado como si se tratase de un museo en honor a la noche del último sábado.

Los platos que habían usado durante la cena estaban todavía en el fregadero. El diario estaba abierto en la sección de espectáculos. Como si realmente hubiesen ido a ver una película. Lo habían considerado por unos minutos, pero habían abandonado la idea para hacer el amor.

Se habían marchado con prisa después de la llamada de Jasper.

El cubo de la basura estaba lleno y el lugar olía horrible. Los platos en el fregadero, tampoco ayudaban.

Bella decidió comenzar por la basura, así que la cargó a través de la sala hasta la puerta de entrada y la sacó a la calle.

Luego, lavó rápidamente los platos, pero el lugar seguía necesitando airearse bien. Encendió el aire acondicionado, y decidió dejar el resto para más tarde.

Entonces, levantó el auricular del teléfono de la cocina y llamó al móvil de Edward. Recordaba el número de memoria.

Rogó para que no la atendiera; dejarle un mensaje sería mucho más fácil. Aunque sabía que, de cualquier manera, sería difícil.

Había elaborado un plan durante el viaje desde San Diego, y aunque suponía pelear por Edward, tratando de hacerle ver lo bien que funcionaban las cosas entre ellos, tenía que empezar por dejarlo en libertad.

Completamente libre. Como aquel tonto dicho acerca de las mariposas o los pájaros que solía emocionarla en el pasado.

-Si amas a alguien, déjalo libre. Si vuelve, es tuyo. Si no, nunca lo ha sido —recordó, en voz alta. Tenía que hacerlo.

-Ésta es la casilla de mensajes de Cullen —se echó al otro lado de la línea—. Deja tu mensaje después de la señal o presiona uno para otras opciones.

Bella respiró hondo y dijo: Edward. Hola. Soy Bella. Estoy de vuelta en Los Ángeles. He llegado sin problemas. Sólo que -tuvo que tragar saliva antes de poder seguir-. Quería decirte que realmente disfruté del tiempo que pasamos juntos estos días. Quería agradecerte eso, con todo mi corazón.

Hablaba a toda prisa.

-Pero de verdad creo que sería mejor que no volvamos a vernos. Al menos, no románticamente, Y definitivamente, no por lo menos por un par de meses —hizo una pausa—. Voy a empacar tus cosas, la ropa, el cepillo de dientes y lo demás... Te lo enviaré por correo. Lo haré esta misma noche, así lo tendrás enseguida.

En aquel momento, cerró los ojos y se obligó a continuar

-Espero que no estés molesto conmigo, pero realmente creo que lo mejor es que cortemos por lo sano y que lo hagamos ahora. Sé que tu licencia no ha concluido todavía pero yo tengo que ir a la escuela, y además está el tema de Jasper y su beca, y todo el asunto de Alice, y... No necesito ninguna distracción en este momento, y enfrentémoslo, tú eres mucha distracción. Y tú... bueno, tú tienes que... en este momento, también tienes bastantes cosas de las que ocuparte.

Respiró hondo; había llegado el momento más difícil. La mentira más rotunda.

—Sé que probablemente estés asustado por lo que ocurrió anoche, pensando que podría haber quedado embarazada, pero no tienes que preocuparte por eso. Todo está bien. Estoy con la regla desde esta mañana.

Se detuvo otra vez. Necesitaba concentrarse para sonar despreocupada y optimista.

—Bueno, gracias de nuevo. Ha sido... divertido.- Pensó que lo mejor era que colgara el teléfono antes de decir algo de lo que más tarde se arrepentiría.

—Buena suerte, Edward —se despidió—. Cuídate.

Entonces, colgó el auricular.

No quería llorar, así que pensó que una taza de té la ayudaría.

Bella vació la tetera, la llenó con agua fresca y luego encendió la cocina. Se dijo que lo que la hacía lagrimear era lo mal que seguía oliendo esa habitación.

Acto seguido, buscó un desodorante de ambientes bajo el fregadero y roció el lugar. Lástima que no podía eliminar lo que sentía por Edward con tanta facilidad.

Pero había dado el primer paso, y había sobrevivido.

El segundo sería todavía más duro. Si él llamara ella tendría que negarse a hablar demasiado, de modo cortés, pero firme. Tendría que insistir en que creía que era mejor que no volvieran a verse; asegurarle que ya había enviado sus cosas; y reafirmar que no estaba embarazada. Se convertiría en una mentirosa y Bella odiaba a los mentirosos. Había trabajado mucho para enseñarle a Jasper que, sin importar cuál fuese la situación, decir la verdad era la única alternativa. Sin embargo, hasta ese momento, no se había encontrado en una situación en la cual su amante podía haberla embarazado, antes de descubrir que el marido de la mujer a la que realmente amaba había muerto.

Con suerte, no tendría que mentir por mucho tiempo. Debería estar con la regla en cuestión de días. De eso dependían su mentiría y su verdad. Pero prefería no pensar en ese tema. La tercera parte del plan consistía en esperar. Un mes, como mínimo. Dos, en el mejor de los casos. El cuerpo de James ya habría sido recuperado y habría habido un funeral. Y entonces el tiempo habría pasado. Semanas. Meses, tal vez.

El tiempo necesario para que Tanya se recuperar de su duelo. El tiempo suficiente para que Edward se viera cómodo cortejando a la viuda de James, si eso era lo que realmente deseaba hacer.

Por supuesto, el plan podía fallar. Edward y Tanya podían avanzar rápidamente hacia una relación estable. Y en ese caso, Bella perdería.

Aunque si eso ocurría también estaría bien. Significaba que Edward nunca habría sido feliz con Bella; que Bella habría sido su premio de consolación. Y después de pensarlo mucho, ella había llegado a la conclusión de que ser la segunda opción de alguien no era suficiente para hacerla verdaderamente feliz.

Si después de unos meses, Rosalie y Emmett no le decían nada acerca de un posible compromiso entre Edward y Tanya. Bella planearía un viaje a San Diego. Una vez allí, buscaría el modo de encontrarse con Edawrd. Si era necesario, estaba dispuesta a presentarse en su casa.

Y, en ese momento, después de haberle dado bastante tiempo para pensar y recuperarse del impacto de la muerte de su amigo, Bella haría lo necesario para conseguir que Edward viera que estaban hechos el uno para el otro. Pelearía por él. Lo convencería de que la amistad, pasión, compatibilidad, risas y amor que había entre ellos valía la pena. Lo convencería de que ella, no sólo era la mejor alternativa, sí no que era la única alternativa posible.

Pero primero tenía que esperar hasta que la confusión y el dolor que rodeaban a la infortunada muerte de James desaparecieran.

En aquel instante, sonó el teléfono y Bella respiró hondo antes de atender. Podía ser Edward, respondiendo de inmediato a su mensaje.

—¿Hola?

Pero nadie respondió y, después de unos segundos de silencio, escuchó que cortaban.

Bella colgó el auricular muy molesta. La compañía de teléfonos definitivamente tenía, tendría que resolver ese problema. Aquello comenzaba a ser ridículo.

Acto seguido, tomó una taza y un saquito de té de la alacena, mientras pensaba en lo silencioso que estaba su piso sin Jasper.

Y sin Edward por supuesto.

La luz del contestador automático estaba titilando. Había tres mensajes. Bella se dispuso a escucharlos mientras esperaba que el té estuviera listo.

El primer mensaje era de su hermana, y lo había dejado el domingo por la mañana. Era particularmente lacónico.

—Bella, soy Ross. Llámame en cuanto llegues.

Entonces, se dijo que no debía volver a confiar en las promesas de su cuñado. Aunque, por lo menos, Ross no la había llamado mientras estaba en casa de Edward.

El segundo mensaje lo habían dejado hacía apenas una hora, cuando todavía estaba en la carretera.

—Bella, soy Edward. Tenemos que hablar, llámame tan pronto puedas, ¿de acuerdo?

El tono de su voz la preocupó. Sonaba serio, como si se tratase de malas noticias.

Como si quisiera decirle que, a pesar de lo bien que la habían pasado juntos, ahora que James estaba muerto, iba a irse a vivir con Tanya.

Bella se obligó a respirar hondo, y trató de tranquilizarse mientras se servía el té. Si Edward y Tanya habían decidido estar juntos, estaba bien. Si eso significaba que, por fin, Edward sería feliz, ella podía vivir con eso.

O, mejor dicho, podía aprender a vivir con eso.

El tercer mensaje lo habían dejado minutos antes de que regresara a la casa. Quizá su suerte podía cambiar y era George Clooney quien llamaba. Tal vez, Kate le había dado su número y...

Pero el contestador automático reprodujo una larga lista de palabrotas obscenas.

Bella no alcanzaba a comprender qué demonios era eso.

Era una voz masculina, pero con seguridad no era la Jasper, ni la de Edward, ni ningún otro hombre que conociera. Era un mensaje confuso, pero hacia el final, se oía claramente:

—¡Muérete, perra!

De pronto, algo le sonó familiar.

Oprimió el botón de repetición y volvió a oír el mensaje. Era extremadamente obsceno y agresivo. Escuchó con atención, y se dio cuenta que se había equivocado. Aquélla no era la voz de Gary Laress, como había pensado por un momento.

Y no se le ocurría qué otra persona podría haber grabado esa clase de cosas en su contestador.

Probablemente, se habían equivocado de número,

Pero, aun así, había sido lo bastante aterrador como para hacer que quisiera llamar a Edward.

Desde luego, no podía permitirse llamarlo. Tendría que ponerse firme, resistir, y mantener las manos alejadas del teléfono.

Lo primero que tenía que hacer era empacar las cosas de Edward y llevarlas a la oficina de correo. De ese modo, cuando él llamara, podría decirle que ya se las había enviado. Así no habría ninguna razón por la que tuviera que viajar a Los Ángeles.

Entonces, caminó hacia la sala. La puerta de su habitación estaba cerrada. Podía ser producto de su imaginación, pero le pareció que el olor a basura era más fuerte.

Al abrir la puerta de la habitación, derramó algo de té en el suelo.

Al levantar la vista se horrorizó. Alguien o algo había sido masacrado en su cama. El hedor era tan insoportable que Bella sintió nauseas. Sin embargo, y aunque parecía imposible que quien hubiera estado ahí siguiera vivo, su instinto de enfermera le impidió alejarse

Pero al acercarse a mirar, comprobó que en ninguna parte había un cuerpo, ni siquiera el esqueleto de un animal. Sólo sangre, por todas partes. Alguna era oscura y estaba seca; otra, seguía roja y fresca. Además, había vísceras del tipo que se puede comprar en una carnicería, como parte de la escena sangrienta.

Todo parecía indicar que alguien había sido asesinado en esa habitación.

Lo que implicaba que alguien había estado en el piso de Bella mientras no estaban. Alguien que podía seguir ahí.

Alguien que había dejado un mensaje en el contestador automático que decía: "¡Muérete, perra!".

Sin pensarlo, Bella cerró la puerta. Una vez fuera de la habitación, cruzó el pasillo hasta la cocina, tomó el monedero y las llaves del auto que había dejado en la mesa, y corrió hacia el salón.

Abrió la puerta de entrada y se paralizó. Ahí, al otro lado del mosquitero, estaba parado un hombre enorme. Era más pequeño que Jasper, pero más grande que Edward.

Bella trató de cerrar la puerta rápidamente, pero él se le adelantó. Abrió el mosquitero, metió una pierna y empujó la puerta con los hombros. Con tanta fuerza que Bella se cayó al suelo.

Como pudo, huyó hasta la cocina, gritando lo más fuerte posible. Pero sus vecinos no estaban en casa. Nunca estaban durante el día.

Y no había posibilidades de que alguien más la oyera, porque había cerrado las ventanas al encender el aire acondicionado.

Aquel hombre podía partirla en mil pedazos mientras ella gritaba desesperadamente, y nadie oiría nada

Cuando Bella consiguió agarrar el teléfono que estaba sobre la mesa de la cocina, él ya estaba detrás de ella y, sin más, la golpeó en la nuca con algo sólido. El golpe la aturdió durante unos segundos.

La mujer soltó el teléfono y se cayó al suelo, golpeándose contra el mármol.

No podía creer que le estuviera pasando algo así. Pero era cierto.

Tenía que encontrar la manera de evitar que la lastimara. Entonces, se dijo que Edward no se rendiría; que no esperaría a que algún sicótico lo asesinara, sino que lucharía con todas sus fuerzas.

Bella trató de despejar la mente y de concentrarse en el siguiente paso. Se volvería y enfrentaría a su atacante. Le dolía una muñeca, pero no podía prestarle atención en ese instante.

Había hecho un curso de defensa personal. Era parte del entrenamiento que el hospital daba a las enfermeras que trabajaban en las guardias nocturnas, así que se esforzó por recordar algo de lo que había aprendido.

Entre otras cosas, le habían enseñado a utilizar las palabras como método de disuasión. Empezaría por eso.

—Mira, no sé qué es lo que quieres ni por qué estás aquí, pero...

—¡Cállate!

Cuando Bella alzó los ojos, descubrió que la estaba apuntando con una pistola. Sin embargo, ésa no era la única sorpresa el hombre que sostenía el arma era el mismo que había visto el día anterior en San Diego, en la terraza de la heladería. El hombre furioso. El enfermo mental que, claramente, había dejado de tomar la medicación.

—¡Tú! —dijo ella.

No alcanzaba a comprender cómo había llegado hasta allí. Primero pensó que tal vez la había seguido. Pero era imposible. El desastre de la habitación había sido hecho hacía rato.

Salvo, que la hubiera seguido a San Diego el sábado por la noche. Bella no sabía que pensar.

El dejó el arma sobre la encimera, luego levantó el teléfono y se lo alcanzó a Bella.

—Llámalo.

Las palabras del loco no tenían sentido. Una vez que ella tuviera el teléfono en sus manos, podría llamar a la policía.

—¿Que llame a quién? —preguntó.

Después, se incorporó hasta quedar sentada y agarró el teléfono.

Pero, inmediatamente, el hombre la empujó otra vez, como si supiera lo que estaba intentando hacer.

—Marcaré yo. Dime el número.

—¿El número de quién?

Bella trató de sonar calmada y de no mirar a la pistola que estaba sobre la encimera. Sin embargo, en su interior, estaba tratando de calcular cuántos segundos le tomaría agarrarla si, de repente, se ponía de pie. Pero, definitivamente, tenía la muñeca derecha muy mal herida tras la caída. Cabía la posibilidad de que se la hubiera fracturado. Y eso, la ponía en seria desventaja.

—Del novio de Kate —respondió él.

—¿Qué?

La enfermera no salía de su asombro. Aquella situación estaba relacionada con Kate. Aquel sujeto era el que había estado acechando a Kate. El pequeño y dócil chico que, según Kate, nunca lastimaría a nadie.

—Sólo he visto a Kate un par de veces —dijo Bella.

Mientras tanto, trataba de encontrarle sentido a aquella pesadilla. Pero no conseguía entender por qué el acechador de Kate había comenzado a acecharla.

—Y no conozco a su novio —agregó.

—Estabas con él en San Diego. Estabais...

El hombre era sumamente grosero y poco claro. Pero lo que estaba diciendo no importaba, porque ella sabía a quién se refería. Estaba hablando de Edward. Era evidente que pensaba que Edward era el novio de Kate.

—¿Por qué quieres hablar con él? —preguntó Bella.

Lo hizo tratando de no sonar hostil o agresiva. Como si su pregunta hubiese sido por simple curiosidad.

—Yo no voy a hablar con él —respondió—. Lo harás tú, perra.

La había llamado de un modo que no dejaba lugar a dudas. Era el mismo que había dejado el horrible mensaje en el contestador automático.

—¿Por qué? —insistió ella—. ¿Qué quieres que le diga? No entiendo.

—Dile que venga. Ahora.

El miedo hizo que a Bella le temblaran las manos y las piernas, y que no pudiera evitar mirar el arma sobre la encimera.

—¿Por qué? —preguntó, otra vez, con más bravura de la que sentía.

No estaba dispuesta a llamar a Edward para decirle que fuera hasta allí sólo para que aquel demente mal parido le disparara.

—¿Qué es lo que quieres con él?

—Sólo dile que venga —contestó el hombre—. ¿Cuál es su número?

—No lo recuerdo —mintió. El loco alzó el arma y la apuntó a la cabeza de Bella.

—¿Cuál es su número?