Gracias a Matsuokidoki, lalalavane, MoonyStark, Macka y Jade Edaj por sus reviews.


CAPÍTULO XIII

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Ver cómo el pecho de Makoto subía y bajaba al ritmo ligeramente irregular de su respiración era un pobre consuelo. Escuchar el aire entrar y salir de sus pulmones a trompicones tampoco ayudaba, pese a que en ese momento era la prueba más tangible de que estaba vivo.

Haruka también quería dormir, pero al mismo tiempo tenía miedo de lo que podía ocurrir mientras tanto. En las últimas horas, había forzado tanto su cuerpo que no lograba discernir cuáles de sus temores eran más probables y cuáles eran una mala pasada del agotamiento.

Temía que las puertas de Apona se abriesen de nuevo. Temía que los hombres de la Condesa acabasen con todos y cada uno de quienes habían sitiado la ciudad. Temía que la respiración de Makoto se detuviese. Y que despertase para pedirle que se marchase.

No es que creyese, ni por asomo, que Makoto pudiera decirle algo así. Eso era, quizá, lo que más le dolía: la certeza de que su mejor amigo era demasiado amable, demasiado honrado para expresar eso en palabras, y no lo haría ni siquiera ahora, cuando gran parte de la culpa por lo ocurrido recaía en la imprudencia que tras semanas burbujeando en su interior se había apoderado de Haruka cuando los soldados habían salido de Apona.

—Deberías dormir tú también —Haruka alzó la mirada y vio a Aiichiro, que se dejó caer al otro lado de Makoto—. Sólo está un poco molido —le aseguró.

Haruka observó sus manos, ligeramente temblorosas debido a la falta de sueño. Un poco molido era un precio relativamente bajo tras haber caído y sido pisoteado por una treintena de hombres que lo confundieron con un cadáver y no se detuvieron a rematarlo; pese a los cardenales que comenzaban a florecer en la piel de Makoto, pese a los cortes y arañazos en su rostro, pese a que antes de que lo venciera el sueño la confusión era más que evidente en su mirada, no tardaría en recuperarse. Tras haber visto los cadáveres, sin el menor deseo de acercarse a ellos, Haruka debería haber sentido felicidad por las costillas rotas de Makoto.

Pero el alivio no lograba ganarle la partida al remordimiento.

—Luego —replicó.

Makoto frunció el ceño; Haruka temió haberlo despertado, pero tras cerrar las manos en puños no hizo ningún movimiento más. Afortunadamente. De haber vuelto en sí probablemente hubiese ordenado a Haruka que descansara y dejara de preocuparse por él.

Y esa certeza dolía, porque Makoto no debería estar pensando en su bienestar incluso cuando él estaba herido.

Haruka apoyó las manos en el suelo tras él, observando la planicie que se extendía más allá de Makoto y de los otros heridos. Hana atrajo su atención casi al instante; la niña había querido ayudar desde que las tropas de la Condesa se retirasen, y pese a que seguía asustándose cada vez que alguien se acercaba demasiado se las ingeniaba para entenderse con los soldados. En ese momento entregaba una pila de mantas a un guardia, pero algo hizo que girase la cabeza bruscamente. Haruka no encontró la energía necesaria para preocuparse hasta que la niña correteó hacia él y aferró su hombro.

—¿Qué?

Hana señaló en dirección opuesta a la de Apona.

La sorpresa fue suficiente para que, por unos instantes, Haruka olvidase el cansancio que hacía mella en él. Apenas consciente de la mano de Hana apoyada en él, el joven observó cómo al menos un centenar de hombres a caballo se acercaban por la planicie que rodeaba a Apona. No le llevó mucho tiempo identificar a quien lideraba la comitiva: trotaba al frente, en medio del grupo, y algo en él brillaba incluso a pesar de la distancia.

Hana sacudió su hombro de nuevo. Era obvio lo que estaba preguntando.

—Refuerzos —respondió Haruka en voz baja. Sin embargo, un movimiento rápido de Aiichiro captó su atención. Observó cómo el joven se ponía en pie rápidamente y echaba a andar—. ¿Quiénes son? —le preguntó; ahora sabía que tanto él como Momotarou eran de ayuda a la hora de identificar a las diferentes familias que pertenecían a la nobleza.

Aiichiro apenas se detuvo los instantes necesarios para responder:

—Vienen de Kinn… Y los lidera el hermano de Momo.

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Cuando Gou había conocido a Seijuurou Mikoshiba, él le había regalado una rosa blanca. Más tarde, la entonces Princesa descubriría que la había robado del patio preferido de su madre. Pero en aquel momento apenas era una niña y se puso la flor en el pelo, y no se la quitó hasta que se fue a dormir, en parte por el simple placer de contribuir al malhumor de sus hermanos, el de sangre y el de cría.

La segunda vez que lo vio tenía catorce años y accedió a dar un paseo con él por los jardines en los que se había criado, y no sonrió ni una vez. Entre naranjos y mirtos se colaron las palabras compromiso y beneficio y Gou se sintió más niña que cuando se había adornado el pelo con una rosa. La atención ya no le gustaba; ahora entendía todo lo que había detrás, y se excusó en cuanto pudo, asustada por la presencia de aquel muchacho simpático.

Seijuurou no había cambiado mucho desde entonces. Su sonrisa deslumbrante era exactamente igual que la que Gou recordaba, pero el miedo que le había causado la última vez que lo vio sólo era aprensión mientras le permitía besar el dorso de su mano. Al menos, ahora estaba segura de que su voz contaría algo a la hora de decidir sobre su futuro.

Al lado del joven, Nagisa paseaba la mirada entre uno y otra con una expresión inusualmente seria. Gou era consciente de que probablemente sabía lo suficiente para que su enfado estuviese justificado. Sin embargo, la Sultana tenía asuntos más urgentes que atender:

—Agradezco vuestra ayuda, Emir —dijo, retirando su mano e inclinando levemente la cabeza mientras Seijuurou se enderezaba—. Será más que necesaria después del juego sucio de la Condesa.

La sonrisa de Seijuurou se desvaneció.

—Lamento las bajas, Alteza —dijo sinceramente—. Sin embargo, no se repetirá tal catástrofe; sabed que mis hombres están a vuestra completa disposición. Lo más lógico es que esperemos a la noche y centremos nuestros esfuerzos en una de las puertas para…

—Gracias por vuestra sugerencia, Emir —lo cortó Gou con frialdad. Hombres. Siempre actuaban como si ellos fuesen la mayor autoridad—, pero, si me lo permitís, mis hombres conocen los alrededores de Apona mejor que vos —se giró hacia los guardias que la flanqueaban—. Sera, explicadle lo que hemos hablado… Lo siento, he de ponerme al día con otros menesteres.

Nagisa fue lo suficientemente avispado para captar la indirecta. Con una breve reverencia, se despidió de Seijuurou, que parecía demasiado sorprendido para ofenderse mientras el guardia le explicaba el plan que Gou tenía pensado seguir a pesar de que las tropas de la Condesa hubiesen mermado a sus hombres. Rei tampoco necesitó una orden oral para seguirla; al igual que cuando se habían despedido, caminaron hasta que se sintieron seguros de miradas y oídos indiscretos.

—Me aseguraré de que nadie se acerque —anunció Rei cuando se detuvieron.

—Si vas a espiar nuestra conversación, ten la decencia de esforzarte para que no te descubra —replicó Gou antes de volverse hacia Nagisa. El joven no la estaba mirando a ella; tenía los ojos clavados en el suelo—. Necesito que me devuelvas los documentos que no fue necesario utilizar.

Nagisa tardó varios segundos en reaccionar, pero finalmente sacó tres rollos de su bolsa y se los tendió a la Sultana. Los tres estaban abiertos. Una parte de Gou lo había esperado, pero no pudo evitar enfurecerse.

—Lo siento —murmuró Nagisa—, pero tenía demasiada curiosidad.

Pese a la confesión, Gou no pudo evitar soltar un suspiro aliviado al reconocer su letra temblorosa en una de las misivas. Sin embargo, apenas duró; cuando observó a Nagisa se le encogió el estómago a causa del remordimiento, la indignación esfumándose rápidamente.

—No perder Atia es importante —intentó explicar—. No puedo poner mis deseos por encima de…

—¡Estabas dispuesta casarte con él! —Nagisa no pareció ser consciente de que alzaba la voz—. ¡Y yo hubiera tenido que ser quien…quien…! —sacudió la cabeza, frustrado.

Gou chistó, dando un paso hacia él por si tenía que taparle la boca antes de que siguiera hablando.

—¡No quiero casarme con él! Pero necesito a sus hombres, y todo Awaash sabe que los Mikoshiba llevan generaciones queriendo emparentarse con la Familia Real. No tener ese as en la manga hubiera sido…

—¿Y por qué tienes que negociar con algo así? —se frustró Nagisa—. ¡Puedes hacer lo que quieras con Awaash! ¿No tienes dinero, o tierras que regalar, o algo por el estilo? Si no hubiera accedido al principio, ahora tendrías que casarte con él, y ni siquiera te agrada.

Las palabras de Nagisa dejaron a Gou muda, pero no fue su rabia lo que le impidió hablar. Era simplemente comprender que lo que encendía la furia del joven no eran celos, como ella había supuesto. Era impotencia, pero no por la posibilidad de que él no pudiera tenerla, sino por la idea de que Gou renunciarse gran parte de los años que le quedaban de vida a cambio de algo tan trivial como tomar una ciudad.

—Lo siento —musitó; y, a diferencia de la última vez que se había disculpado, en esta ocasión sus palabras eran sinceras. Se le escapó una risita y arrugó el documento, comenzando a aceptar que, contra todo pronóstico, seguía sin estar comprometida.

Los labios de Nagisa se curvaron hacia arriba, incapaces de contener una sonrisa diminuta.

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Desde la enfermería, Sousuke tenía una buena panorámica de lo que ocurría.

A media tarde, Gou se había acercado a la muralla que rodeaba Apona para exigir, por última vez, que la Condesa abriese las puertas por las buenas. Predeciblemente, había sido un intento vano de dialogar; desde lo alto de una de las torres de vigilancia la mujer se había negado antes de marcharse y dejar a la Sultana con la palabra en la boca.

El asalto había comenzado poco antes de que el cielo empezase a palidecer. Contraviniendo el plan de Mikoshiba, los soldados intentaban echar abajo todas las puertas tras las que se escondía la Condesa al mismo tiempo; una idea que a priori podía parecer contraproducente, pero que adquiría sentido al intentar contar a los refuerzos que habían llegado por la mañana.

Gou zapateaba nerviosamente a su lado, mascullando obscenidades más propias de Rin en un intento por aliviar su ansiedad. No muy lejos, Nagisa se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas, a la espera de que llegasen noticias de la muralla. El Emir Seijuurou se encontraba en el centro en la contienda junto a sus hombres, demasiado entusiasta como para perderse la acción.

Makoto y los demás no participaban en la ofensiva en esta ocasión. En parte porque estaban tan agotados como el resto de guardias y ellos, a diferencia de los hombres de la Sultana, no tenían ninguna obligación para con ella; pero también porque el hecho de que Makoto hubiese salido herido no había afectado sólo a Haruka. Sin que nadie supiera muy bien cómo, Kisumi se las había ingeniado para apartar al joven de su mejor amigo y obligarlo a dormir unas horas, pero tras descansar Haruka había vuelto a su puesto fulminando con la mirada a todo el que se atreviese a sugerir que se alejara.

Sousuke se preguntó si esa repentina sobreprotección tenía algo que ver con la ausencia de Rin. Cuanto más lo miraba, más evidente le resultaba que una parte de Haruka estaba dondequiera que se encontrase su amigo. El joven permanecía sentado junto a Makoto, observando la muralla con la niña esclava sentada en su regazo.

—Eh, Sousuke —el joven se giró para encarar a Momotarou, que había pasado gran parte del día en su tienda para evitar a Seijuurou.

—¿Qué?

—Eh… —el muchacho bajó la mirada—. ¿Has visto…? ¿Has visto a mi hermano?

—Está luchando con ellos —explicó Sousuke, señalando con la cabeza en dirección a Apona. Vio a Momotarou morderse el labio—. Si hace que te sientas mejor, no sabe que estás aquí.

El joven negó enérgicamente, su cabello anaranjado desordenándose más que de costumbre.

—No es eso —murmuró, mirando también hacia la muralla, intranquilo. Se mordisqueó el labio inferior—. Debería… —empezó, echando a andar en dirección a la trifulca.

Sousuke quiso detenerlo, pero antes de que pudiera decir nada Aiichiro, salido de no se sabía dónde, le agarró el brazo para frenar su avance.

—Sólo estorbarías —empezó—, y es mejor que…

Momotarou resopló.

—No estoy tan cansado. Quiero ayudar.

—No necesitan ayuda —el muchacho dejó de intentar sacudirse y miró a su antiguo criado con el ceño fruncido—. Y seguro que está bien; los soldados no van a dejar que el Emir salga herido.

El joven abrió la boca para protestar, pero antes de que pudiera decir nada un soldado llegó hasta ellos a galope y bajó de un salto; pese a que no había llegado corriendo, parecía exhausto.

—A-Alteza —empezó, intentando recuperar el resuello. Gou dio un paso hacia él—. Hemos… —tragó saliva—. Hemos conseguido echar abajo la puerta sur.

Gou no pudo evitar soltar un chillido; si era sorprendido o excitado, Sousuke no pudo discernirlo. La joven se tapó la boca con las manos durante unos segundos, pensando:

—Bien —pese a que no le veía la boca, Sousuke sabía que estaba sonriendo—. Bien… Vuelve allí; recuerda a tus compañeros que no quiero más violencia de la necesaria —el hombre asintió y subió al caballo de nuevo, alejándose rápidamente. La Sultana no parecía haber terminado, sin embargo. Se volvió hacia Nagisa, que le devolvió una mirada inusualmente seria—. Ya sabes lo que tienes que hacer.

El joven asintió y se puso en pie; con una velocidad inusual incluso tratándose de alguien tan enérgico, se subió a uno de los caballos y puso rumbo hacia Apona.

Sousuke no pudo morderse la lengua:

—¿Qué le has ordenado?

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Nagisa no estaba del todo seguro acerca de cómo Gou había averiguado que sus habilidades con las manos no se reducían únicamente a contar cuentos con marionetas, pero la joven no podría haberle encomendado una misión más apropiada.

Mientras caminaba pegado a la muralla, protegido por su sombra, se permitió admitir que no todas las cosas que había hecho a lo largo de su vida habían estado bien. Y se preguntó qué respondería si la Sultana le preguntaba de dónde había sacado un juego de ganzúas; y, lo más importante, por qué sabía utilizarlas.

Sacudió la cabeza, apartando esos pensamientos de su mente. Conforme se acercaba a la puerta, los sonidos de la batalla se hacían más intensos; vio algunos cadáveres y trató de ignorarlos para concentrarse en su destino; cuando se encontraba a unos veinte metros de la entrada se encontró las primeras contiendas. Afortunadamente, la mayoría de los soldados estaban demasiado ocupados matándose entre ellos para fijarse en el joven rubio que caminaba con aparente calma; y los que lo veían pagaban cara su distracción.

Atravesar la puerta no fue difícil. Nagisa caminó agachado, sin preocuparse por no hacer ruido y esquivando los golpes desviados que volaban en su dirección. Una vez pasó la zona en la que se desarrollaba la contienda, vagar por las calles de Atia fue relativamente sencillo. No era difícil confundir a Nagisa con un atiense.

La entrada del castillo, sin embargo, estaba vigilada. Al menos la principal; Nagisa vagó por los callejones que lo rodeaban, agradeciendo que los vecinos se hubiesen escondido en sus casas y nadie lo mirase con recelo. Aunque probablemente estuviese haciendo eso desde la seguridad de sus hogares; al joven no le importaba en exceso.

Necesitó unos veinte minutos para comprender el plano de los callejones de Apona (tarea relativamente sencilla; no eran las calles más laberínticas por las que había vagado) y, sobre todo, dar con lo que buscaba: una puerta pequeña, tan fácil de pasar por alto que no había nadie allí para asegurarse de que no entraran visitas indeseadas.

Una vez hubo forzado la puerta sin encontrar a nadie esperándolo al otro lado, Nagisa se permitió soltar un suspiro. No era exactamente aliviado, sin embargo; la parte más difícil venía ahora. El joven se adentró en un pasillo oscuro y avanzó guiándose únicamente por un débil resplandor, casi a ciegas, hasta que llegó a un corredor iluminado; pese a que ya había oscurecido, las antorchas estaban encendidas.

Y había guardias. Por supuesto.

Nagisa supuso que encontraría más cuanto más se acercase a la Condesa; de modo que, aprovechando sus paseos metódicos por los pasillos, fue burlando su vigilancia y subiendo varios pisos. Tenía sentido que la mujer estuviese en las plantas altas, para tener así una mejor panorámica de lo que estaba ocurriendo en la puerta sur de Apona.

Salvo por el hecho de que, cuando Nagisa calculaba que iba por el quinto piso, se vio obligado a esconderse en un pasillo vacío cuando un soldado subió las escaleras corriendo y se acercó al hombre que estaba vigilando, casi un anciano:

—La Condesa necesita que bajes —explicó.

—¿Para qué?

—No lo sé, ¿para rendirse? —sugirió—. Esto no tiene buena pinta…

El guardia le puso una mano en el hombro al recién llegado.

—El problema lo tiene ella —dijo con calma—. ¿Dónde está?

—En el Salón Principal… Vamos, por algún motivo también me quiere a mí.

Los dos hombres se alejaron rápidamente; sin embargo, Nagisa no se movió. Estaba algo frustrado por haber fallado en sus deducciones, pero por otro lado…

Por otro lado, ¿qué estaban protegiendo los guardias en esa torre, si no era a la propia Condesa? Nagisa había visto la mirada fugaz que el anciano había echado atrás antes de seguir a su compañero; pese a que las órdenes de Gou eran claras y ya las había desobedecido lo suficiente durante su viaje a Kinn, la curiosidad del joven era mayor. Echó a andar en la dirección en la que había mirado el guardia, sin hacer ruido por si había más.

Pero no encontró más vigilancia. El pasillo terminaba en una única puerta; Nagisa había sacado su juego de ganzúas antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, y sólo cuando escuchó un satisfactorio clic se le ocurrió pensar en que a Gou no le haría gracia enterarse de que se estaba excediendo.

Abrió la puerta.

Nagisa no estaba, ni por asomo, tan familiarizado con el Príncipe como con su hermana, pero sus rasgos eran demasiado característicos para ser confundido con otra persona. Durante unos segundos observó, boquiabierto, al joven que se había sentado con las piernas encogidas en una esquina; no fue hasta que se le escapó una exclamación ahogada que el Príncipe se molestó en mirarlo.

Si Nagisa era sincero, no tenía buen aspecto en absoluto. Sin más luz que la de las antorchas del pasillo, su rostro estaba tan pálido que casi parecía resplandecer, haciendo más violentas las ojeras que oscurecían su mirada. Su expresión de sorpresa se quedó a medias, y Nagisa olvidó por completo lo que había venido a hacer:

—¿Alteza? —barbotó.

El joven ladeó la cabeza un poco, aparentemente pensativo.

—Ya no —respondió en voz baja; parpadeó varias veces—. ¿Y tú quién eres?

—Me… Me envía Gou… la Princesa… Sultana… vuestra hermana —tartamudeó Nagisa. Avanzó unos pasos hacia el interior de la celda—. ¿Qué os ha…? La Condesa dijo que habíais escapado. ¿Por qué estáis aquí?

El Príncipe frunció el ceño.

—No lo sé. ¿Qué quiere mi her…? —pero se cortó a mitad de la pregunta, y al ver la alarma en sus ojos Nagisa comprendió lo que ocurría.

El guardia anciano lo miraba con una mezcla entre sorpresa y furia; Nagisa dejó caer la ganzúa mientras retrocedía, pero no pudo evitar que el hombre lo inmovilizase con dos movimientos rápidos. Se limitó a no resistirse para evitar que le hiciera más daño que el necesario mientras lo arrastraba fuera de la habitación ante la mirada ausente del Príncipe; el guardia joven cerró la puerta tras ellos.


Notas de la autora: Aviso a navegantes: Quedan cuatro o cinco capítulos (aún no estoy segura de una de las divisiones) más el epílogo. No digáis que no he avisado.

Eeen fin, hablando del capítulo presente, ¿qué os ha parecido?