Esta historia es la continuación de NO ME ENAMORARÉ,
Aunque se puede leer independientemente, os recomiendo seguir el orden
Los personajes no son mios solo espero que lo disfrutéis:
Una muda exclamación brotó de los labios de Bella al contemplar aquel cuadrado de césped, rodeado en toda su longitud por un jardín de mariposas. Cada uno de los muros estaba cubierto por abundantes cascadas de color, una profusión de flores silvestres envueltas por delicadas y trémulas alas. El único mobiliario del jardín consistía en un banco circular situado en el centro, desde el que podían admirarse todos los rincones del lugar. El aroma sublime de las flores bañadas por el sol llegaba hasta su nariz y la embriagaba con su dulzura.
—Lo llamamos la Corte de las Mariposas —comentó Edward tras cerrar la puerta.
Su voz fue como una caricia aterciopelada en oídos de la joven—. El jardín se diseñó eligiendo las plantas que más las atraían.
Bella sonrió de forma ensoñadora mientras contemplaba las diminutas y ajetreadas formas que revoloteaban sobre los heliotropos y las caléndulas.
— ¿Cómo se llaman ésas? Las que son naranjas y negras.
Edward se colocó a su lado.
—Damas Pintadas.
— ¿Cómo se llaman los grupos de mariposas? ¿Enjambres?
—Es lo más común. De cualquier forma, yo prefiero una variación mas reciente...
Dentro de algunos círculos, se conocen como «calidoscopio de mariposas».
— ¿calidoscopio? Eso es una especie de instrumento óptico, ¿no es cierto? He oído hablar de ellos, pero jamás he tenido la oportunidad de ver uno
—Tengo un calidoscopio en la biblioteca. Si quiere, se lo mostraré mas tarde. —Antes de que ella pudiera responder, Edward señaló una enorme cascada de lavanda—. Mire allí… La mariposa blanca es una Erynmis.
De pronto, la joven dejó escapar una carcajada.
—¿Una Erynmis tages?
Los ojos del conde respondieron a su humor con un brillo de diversión.
—No; no es más que la variedad habitual de Erynmis.
La luz del sol arrancaba destellos a su negro y abundante cabello y le daba una tonalidad broncínea a su piel. La mirada de Bella se paseó por la fuerte línea de su cuello y, de repente, fue insoportablemente consciente de la fuerza de su cuerpo, del poderío masculino que la había fascinado desde la primera vez que lo viera. ¿Qué se sentiría al estar envuelta por semejante fuerza?
—Me encanta el olor de la lavanda —comento Bella, con la intención de apartar sus pensamientos de esos derroteros tan peligrosos—. Me gustaría viajar alguna vez a la Provenza y caminar entre los senderos de lavanda un día de verano. Según dicen, las flores alcanzan una altura tal que los campos parecen océanos violetas. ¿Se imagina lo hermoso que debe de ser?
Edward sacudió la cabeza ligeramente, sin dejar de mirarla.
La joven se paseó entre los tallos de la lavanda, acarició los diminutos capullos morados y se llevó los dedos perfumados a la garganta.
—Consiguen un aceite esencial al aplicar vapor a las plantas y extraer el líquido. Se necesitan algo así como doscientos veinticinco kilos de lavanda para producir unos preciosos mililitros de aceite.
—Parece saber bastante acerca del tema.
Bella frunció los labios.
—Me interesan muchísimo las esencias. De hecho, podría ayudar en gran medida a mi padre en su compañía si me lo permitiera. Pero soy una mujer y, por tanto, mi único cometido en la vida es casarme bien. —Se paseó por el borde del exuberante parterre de flores silvestres.
Edward la siguió y se colocó justo detrás de ella.
—Eso me recuerda un tema que es necesario discutir.
— ¿Si?
—Últimamente frecuenta mucho la compañía de Jacob.
—Así es.
—No es una compañía adecuada para usted.
—Es amigo suyo, ¿no es cierto?
—Sí... por eso sé muy bien de lo que es capaz.
— ¿Me está aconsejando que me mantenga alejada de él?
—Puesto que es obvio que eso no sería más que un poderoso incentivo para que usted hiciera justo lo contrario... No. Me limito a aconsejarle que no sea ingenua.
—Puedo manejar a Jacob.
—Estoy seguro de que eso es lo que cree. —Un ápice de irritante condescendencia tiñó su voz—. De cualquier forma, es evidente que usted carece de la experiencia y la madurez necesarias para protegerse de sus avances.
—Hasta el momento, del único que he tenido que protegerme es de usted —replicó Bella, que se giró para mirarlo cara a cara. Observó con satisfacción que aquel golpe había dado en el clavo y había logrado que las mejillas del conde se sonrojaran un tanto, al igual que el marcado puente de su nariz.
—Si Jacob todavía no ha tratado de aprovecharse de usted es tan sólo porque está aguardando un momento más oportuno — señalo Edward con peligrosa caballerosidad—. Y, a pesar de su desmesurada opinión acerca de sus habilidades (o quizás a causa de ella), es usted un blanco de seducción muy fácil.
— ¿Desmesurada? —repitió Bella, ofendida—. Déjeme decirle que mi experiencia es demasiado basta como para dejarme atrapar por cualquier hombre, y eso incluye a Jacob. —Para humillación de Bella, Edward pareció darse cuenta de la exageración y su verdosa mirada adquirió un brillo de diversión.
—Me he equivocado, entonces. Por la manera en que besa, asumí … — Dejó sin terminar la frase deliberadamente, con el fin de tenderle un anzuelo que ella fue incapaz de dejar escapar.
— ¿Qué ha pretendido decir con eso de «por la manera en que besa»? ¿Acaso está insinuando que he hecho algo mal? ¿Algo que no le gusta? ¿Algo que no debería...?
—No... —Rozó con la yema de los dedos los labios de la joven para acallarla—. Sus besos fueron muy... —Dudó un momento como si no encontrara la palabra adecuada y, entonces, su atención pareció concentrarse en la plenitud de los labios de Bella—.Dulces —susurró tras una larga pausa, al tiempo que deslizaba los dedos por la parte inferior de la barbilla de la muchacha. Pese a no ser más que una leve caricia, el conde pudo sentir la exquisita tensión de los músculos de su garganta—. Sin embargo, su respuesta no fue la que habría esperado de una mujer experimentada.
Frotó con el dedo pulgar el labio inferior de Bella, apartándolo del superior. La muchacha se sentía a la vez aturdida y beligerante, como una gatita soñolienta a la que acabaran de despertar haciéndole cosquillas con una pluma. Se tensó cuando sintió que el hombre le colocaba una mano tras la espalda.
— ¿Y qué... qué otra cosa se suponía que debía hacer? ¿Hubo algo que usted esperara que hiciera y que no hice? —Se detuvo para tomar aliento cuando los dedos del conde siguieron el ángulo de su mandíbula y acabaron por rodearle la mejilla.
— ¿Quiere que se lo enseñe?
Por instinto, ella le dio un empujón en el pecho para aflojar su abrazo. Lo mismo habría dado que tratara de mover un muro de hierro.
— Edward...
—Es evidente que necesita un tutor cualificado. —Su cálido aliento rozó los labios de Bella al hablar—. No se mueva.
Al darse cuenta de que se estaba burlando de ella, Bella lo empujó con más fuerza, pero lo único que consiguió fue que le sujetara las muñecas a la espalda con asombrosa facilidad y la empujara hacia delante hasta que la suave redondez de sus pechos chocó contra el torso del hombre. Tras emitir un gemido de protesta, sintió cómo la boca del conde cubría la suya y, al instante, se sintió paralizada por una llamarada de sensaciones que se extendió por todos y cada uno de los músculos de su cuerpo, hasta que tuvo la sensación de no ser más que el títere de madera de un niño cuyas cuerdas acabaran de enredarse.
Atrapada entre sus brazos y sujeta contra la dura superficie de su pecho, notó que la respiración se le aceleraba hasta convertirse en profundas e irregulares bocanadas.
Sus pestañas descendieron y pudo sentir la cálida luz del sol sobre los párpados. Fue entonces cuando percibió la lenta penetración de la lengua del conde, una intimidad fundente que provocó que un intenso estremecimiento la recorriera de arriba abajo.
Al sentir el movimiento, él trató de tranquilizarla con una serie de prolongadas caricias en la espalda mientras su boca seguía jugueteando con la de ella. La besó con más intensidad y las embestidas de su lengua se encontraron con una tímida retirada que arrancó un gemido ronco y burlón de su pecho. Ofendida al instante, Bella se echó hacia atrás y Edward colocó la mano en la parte posterior de su cabeza.
—No —murmuró—. No te apartes. Ábrela para mí. Ábrela...—Y vez más, esa boca seductora y firme se encontró sobre la de Bella.
Al comprender poco a poco lo que quería de ella, la muchacha permitió que su lengua acariciara la de él. Sintió la fuerza de su respuesta, la urgencia que lo abrasaba, pero el conde permaneció igual de controlado mientras la exploraba con besos lánguidos. Una vez que tuvo las manos libres, Bella no pudo reprimir la tentación de tocarlo: colocó una mano sobre los tonificados músculos de su espalda y alzó la otra hasta la columna de su cuello. Esa piel bronceada era suave y cálida, como el satén recién planchado. Examinó, el enérgico pulso que latía en el hueco de la base de su garganta y dejo que sus dedos vagaran hasta el oscuro vello que asomaba por el cuello abierto de su camisa.
Edward alzó sus cálidas manos hasta el rostro de Bella para cubrir las mejillas de la muchacha al tiempo que se concentraba en la boca y la poseía con besos hambrientos de los que robaban el alma, hasta que ella se encontró demasiado débil como para mantenerse en pie. Cuando se le doblaron las rodillas, sintió que los brazos de Edward la rodeaban de nuevo. El conde acunó su cuerpo débil y la ayudó a tenderse sobre la espesa alfombra de césped. Se tumbó a medías sobre ella, con una pierna anclada sobre sus faldas, y coloco un sólido brazo bajo su cuello. La boca masculina busco la suya y, en esa ocasión, ella no se apartó con timidez de aquel escrutinio implacable, sino que se abrió por completo a él. El ni más allá del jardín secreto se desvaneció. Sólo existía ese lugar, ese trocito de Edén, soleado, silencioso y lleno de colores insólitos. La mezcla del aroma de la lavanda y el de la cálida piel masculina era lo único que existía a su alrededor... demasiado delicioso... demasiado seductor... Con languidez, rodeó el cuello del hombre con los brazos y deslizó las manos hasta los gruesos mechones de su cabello.
Bella notó una serie de tirones en la parte delantera de su vestido y yació de forma pasiva bajo el hábil trajín de las manos de Edward, porque su cuerpo estaba ansioso por las caricias. Separándose un poco de ella, el conde le desabrochó el corsé y la libero de la prisión que suponían el encaje y las ballenas. La joven apenas podía respirar lo bastante hondo ni lo bastante rápido; sus pulmones luchaban con desesperación por paliar la falta de oxígeno. Atrapada en un embrollo de ropas, se retorció para librarse de ellas y el conde la sujetó con un quedo murmullo mientras separaba aun mas los extremos del corsé y tironeaba del delicado lazo de su enagua.
Las pálidas curvas de sus pechos quedaron expuestas al sol, al aire y a la hambrienta mirada del hombre que la sujetaba. Edward contempló el valle poco profundo que se formaba entre sus senos y las rosadas puntas de sus pezones y, acto seguido, pronunció con suavidad su nombre al tiempo que inclinaba la cabeza. Movió los labios con lentitud sobre su piel, bordeando la firme cumbre de uno de sus pechos y abriendo la boca sobre la delicada punta. De la garganta de Bella escapó un temeroso gemido de placer mientras yacía bajo su cuerpo, El extremo de su lengua rodeo el borde del pezón y comenzó a bailotear sobre la punta, haciendo que la sedosa carne se tornara insoportablemente sensible. La muchacha aferró con las manos los durísimos músculos de la parte superior de los brazos de Edward y hundió los dedos en sus abultados bíceps. Abrasada por la pasión y ardiendo con cada bocanada de aire, jadeó y trató de retorcerse para apartarse de él.
Bella respiraba con trémulos jadeos cuando el hombre volvió a besada en la boca.
Su cuerpo, embargado por pulsaciones y palpitaciones desconocidas, parecía haber dejado de pertenecerle.
—Edward…
Recorrió con labios temblorosos el contorno masculino de su mejilla para continuar por el borde del mentón y regresar de nuevo a la suavidad de sus labios. Cuando el beso concluyó, la muchacha giró la cabeza hacia un lado y musitó:
— ¿Qué quieres?
—No me preguntes eso. —El conde deslizó los labios hasta su oreja y allí acarició el diminuto hueco que había tras el lóbulo—. La respuesta… — Al comprobar cómo se aceleraba la respiración de Bella, se demoró en aquel lugar y trazó el elegante contorno de la oreja con la lengua, mordisqueando los pliegues del interior—. La respuesta es peligrosa —consiguió decir por fin.
Ella rodeó el cuello con los brazos y tiró de él para besarlo de una forma tan salvaje que pareció acabar con el auto control del hombre.
—Bella —dijo con voz débil—, dime que no te toque. Dime que ya es suficiente. Dime...
Ella lo besó de nuevo, ansiosa por absorber el calor y el sabor de su boca. Una nueva urgencia había cobrado vida entre ellos y los besos se volvieron más exigentes, más agresivos, hasta que una oleada de agonizante necesidad hizo que sus miembros se volvieran pesados y débiles. Bella notó que le alzaba las faldas y que el calor del sol penetraba el fino tejido de sus pololos. El cuidadoso peso de la mano del hombre descendió sobre su rodilla y la palma cubrió la redondeada articulación. Pasado un instante, comenzó a deslizar la mano hacia arriba, Edward no le dio oportunidad de negarse y cubrió su boca con besos implacables al tiempo que trazaba con los dedos el suave contorno de su pierna.
Ella se retorció un poco cuando el conde alcanzó la carne tierna e hinchada que se encontraba entre sus muslos y se dispuso a acariciarla a través del diáfano lino. El rubor cubrió las extremidades, el pecho y el rostro de Bella, y la muchacha hundió los talones en el césped para arquearse con desamparo contra esa mano. Él la acarició con delicadeza sobre el velo de lino. El mero hecho de imaginarse esos dedos fuertes y algo toscos contra su piel consiguió que la joven gimiera de agonía. Tras lo que pareció un tormento eterno, Edward dejó que sus dedos penetraran en la ranura ribeteada de encaje de la ropa interior. Un jadeo inquieto brotó de la garganta de Bella al sentir cómo la acariciaba y la separaba, cómo se deslizaban esos largos dedos a través de los sedosos rizos oscuros. La acarició con exquisita languidez, como si estuviera jugueteando con los pétalos de una rosa semiabierta. La fascinante punta de uno de sus dedos rozó la pequeña protuberancia que palpitaba de excitación y todo pensamiento racional desapareció de la cabeza de la muchacha. Edward descubrió el pequeño punto donde se concentraba todo su placer y lo acarició de forma rítmica, rodeándolo con delicadeza y logrando que ella se retorciera con desesperación.
Lo deseaba, sin importar las consecuencias. Deseaba que la poseyera; deseaba incluso el dolor que sabía que le provocaría. Sin embargo, el conde se apartó de ella con una rapidez asombrosa y Bella se quedó tumbada y desorientada sobre aquel trozo de césped aterciopelado.
— ¿Milord? —preguntó sin aliento y, acto seguido, consiguió sentarse a duras penas, con la ropa hecha un desastre.
Él estaba sentado a su lado, abrazándose las rodillas con los brazos. Con algo parecido a la desesperación, Bella comprobó que Edward había recuperado una vez más el control, mientras que ella aún temblaba de la cabeza a los pies.
La voz del hombre sonó fría y firme:
—Has demostrado que tenía razón, Bella. Si un hombre que ni siquiera te agrada puede conducirte a semejante estado, ¿Cuánto más fácil le resultaría a Jacob?
La joven abrió los ojos de par en par, como si la hubiera abofeteado.
La transición del cálido deseo a la sensación de total estupidez no era agradable en absoluto.
La devastadora intimidad que habían compartido no había sido otra cosa que una lección para demostrar su falta de experiencia. El no había hecho otra cosa que aprovechar la oportunidad con el fin de ponerla en su lugar. Al parecer, no era lo bastante buena ni para casarse ni para acostarse con nadie. Bella sintió deseos de morirse. Humillada, luchó para ponerse en pie sin soltar el vestido y lo miró destilando odio por los ojos.
—Eso aún esta por ver —exclamó con voz ahogada—. Tendré que compararos a ambos. Y después, si me lo pides con educación, te diré si él...
Edward se abalanzó sobre ella con una rapidez sorprendente y la empujó de nuevo hacia el césped para apresarle la cabeza entre sus musculosos antebrazos.
—Mantente apartada de él —le espetó—. No eres para ese hombre.
— ¿Y por qué no? —quiso saber ella, sin dejar de forcejear mientras el se situaba mejor entre sus piernas, que no dejaban de moverse —. ¿Tampoco soy lo bastante buena para él? Aunque no tenga sangre azul...
—Eres demasiado buena para él. Y Jacob sería el primero en admitirlo.
—¡Me gusta mucho más ahora que sé que no se ajusta a tus elevadas expectativas!
—Bella... No te muevas, por el amor de Dios... ¡Bella, mírame! — Edward esperó hasta que se quedó quieta bajo su cuerpo—. No quiero que te hagan daño.
— ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez, estúpido arrogante, que tal vez seas tú quien tiene más posibilidades de hacerme daño?
En esa ocasión, fue el conde el que se apartó como si lo hubiera golpeado. La observó con la mirada vacía, aunque ella casi podía escuchar el chirrido de los engranajes de su ágil cerebro mientras el hombre evaluaba las implicaciones potenciales de aquel precipitado comentario.
—Apártate de mí —dijo Bella de mal humor.
El se incorporó, a horcajadas sobre sus esbeltas caderas, y aferró con los dedos los extremos de su corsé.
—Deja que te lo abroche. No puedes salir corriendo de vuelta a la mansión así, medio desnuda.
—Faltaría más —replicó Bella sin ocultar su desprecio—, hay que mantener las formas. —Cerró los ojos y sintió cómo Edward tironeaba de las ropas hasta colocarlas en su lugar; a continuación, le ató la enagua y le abrochó con eficiencia el corsé.
Cuando la soltó por fin, Bella corrió como un cervatilla asustada y se dirigió a toda prisa hacia la entrada del jardín secreto. Para su eterna humillación, no fue capaz de encontrar la puerta, que estaba escondida entre las abundantes cascadas de hiedra que cubrían la pared. A ciegas, metió las manos entre las ramas y rompió dos uñas mientras buscaba el marco de la puerta.
Situándose tras ella, Edward colocó las manos en su cintura y evitó con facilidad los intentos de ella por apartarlo. Tiró de sus caderas con firmeza para empujarla contra él y le susurró al oído:
— ¿Te has enfadado porque he empezado a hacerte el amor o porque no he terminado?
Bella se humedeció los labios resecos.
—Estoy enfadada, maldito cerdo hipócrita, porque no acabas de decidir qué es lo que quieres de mí.—y enfatizó el comentario asestándole un fuerte codazo en las costillas.
El golpe pareció no tener efecto alguno sobre él. Con irónica muestra de cortesía, la soltó para buscar el disimulado picaporte de la puerta y le permitió que escapara del jardín secreto
.
Maldito y sensual Edward…
Como le gusta dejarnos con ganas
Dejarme algún review, me encantan, y no os preocupéis que no voy a dejar la historia, solo que están pasando muchas cosas en mi vida últimamente y hay días que simplemente no tengo ganas de coger el ordenador…
El próximo prometo que lo subiré pronto y recordad:
Estad atentas…
Besitos : Masen1309 ;)
