Disclaimer: Los personajes y la serie "Yu Yu Hakusho" no me pertenecen, son propiedad de Joshihiro Togashi. Yo los uso sin fines de lucro, con el único objetivo de divertir a quien lo lea. La historia y los personajes no pertenecientes a la serie previamente mencionada sí me pertenecen, prohibido su uso con o sin fines de lucro sin mí previa autorización. La primera parte es basada en el fic "viñetas" de Haruka Hikawa, dado que es el fic que me dio la idea.
Ya había pasado demasiado tiempo y lo sabían. Está bien tomarse un tiempo para relajarse y dejar a los problemas a un lado por un momento, pero no se puede huir de ellos para siempre, ellos permanecerán ahí aunque se decida ignorarlos y tarde o temprano serán tan graves que deberán ser tomados en cuenta. Era tan solo que la paz que los rodeaba era tan agradable y al mismo tiempo tan frágil que ninguno de ellos se atrevía a disturbarla, por temor a que jamás pudiese ser recuperada. Con un suspiro, Yukina se levantó de su lugar y caminó en dirección a la puerta, sintiendo la mirada de ambos pelinegros clavada en su espalda. Se mantuvo ahí por un par rato, observando la madera frente a ella. Finalmente se decidió a abrir la puerta y se quedó ahí, quieta por un par de segundos, como buscando en su interior la paciencia y el valor para seguir adelante. Sin darse la vuelta y sabiéndose poseedora de la atención de los otros dos habitantes del cuarto, se decidió a hablar.
- Ya es hora.
Tres palabras, nada más. En esencia algo que podía no significar nada trascendental, pero que en aquel instante sonó como una sentencia a muerte casi inevitable. Era extraño, a decir verdad, como tres palabras que juntas podían ser tan triviales, en otras ocasiones llegaran a significar tanto, a tener un peso tan alto. Más que de las palabras, parecía depender de la situación. Sin decir nada más, continuó su camino. No necesitaba decir nada, tampoco. Ellos entendían toda la cadena de pensamientos que poseía. Pasando por los pasillos para llegar a la sala, su mente volaba por todos los detalles que conocía, buscando soluciones y explicaciones. No necesitaba prestar atención a sus pasos, era un recorrido que su cuerpo se sabía de memoria. En silencio ambos demonios de fuego se levantaron al perder de vista a la muchacha de cabello celeste, se miraron a los ojos sin nada que decir y la siguieron en su camino. Ya era hora, hora de enfrentar todo aquel desastre en el que ella había sido involucrada sin opción alguna y a la que él había decidido entrar sin conocer del todo.
Ella conocía los detalles, él quería las explicaciones, respuestas a las preguntas que sin poder evitarlo habían surgido en su mente. Quería tener la imagen completa de la situación y se sentía en su derecho de obtenerla. Otra cosa más que debían enfrentar, una conversación que ambos habían evitado hasta ahora, con la simple excusa de que el momento no era el adecuado. Los dos sabían perfectamente que la comunicación no era el fuerte de ninguno, que esta era una conversación a la que debían aproximarse con cuidado, fijándose bien donde pisaban, no vaya a ser que una mina explotara en su camino. Y, sin embargo, aun sabiendo que para que todo funcionara debían bajar sus defensas, ambos sabían que eso no sucedería. Sus egos y sentimientos heridos habían logrado crear una cantidad inmensa de murallas entre lo que se atrevían a demostrar y lo que había en su interior en realidad.
Silencio, eso era lo que compartían ahora los tres. Un silencio pacifico que se había convertido en uno increíblemente tenso a base de tres palabras que habían dejado caer un peso sobre sus hombros que casi los aplastaba. Sus miradas clavadas en la puerta frente a ellos, por los costados se escapaba el sonido claro de risas y conversación alegre. Sabían que los demás estaban ahí adentro, a un par de pasos, tan solo al otro lado de la madera de aquella puerta y, sin embargo, abrir algo nunca antes había sido tan difícil. Sus manos eran como de plomo, tan pesadas que tan solo alzarlas a la cerradura sería una hazaña. Culpa, eso era lo que ellas dos sentían. Ahí estaban sus amigos, riendo y hablando como si nada hubiese pasado, pero había pasado y eso era lo que importaba. Había pasado porque ellas habían sido lo suficientemente descuidadas como para permitirlo y por algún motivo eso parecía ser imperdonable ante sus ojos. Él sentía una mezcla de incomodidad y fastidio. Nunca había sido el fan número uno de los grupos numerosos de personas. Prefería la calma de su soledad al caos de la compañía, con algunas excepciones parecía ser.
Si no fuera porque algo que él aun no lograba terminar de explicar lo mantenía como pegado a aquellas dos, para su fastidio, de no ser así ya se hubiese marchado a recorrer el bosque a penas Yukina salió de aquella habitación. Necesitaba salir. Huir del lugar tan velozmente como pudiera, recorrer el bosque a toda velocidad sin nada que lo detuviera, sentir la brisa golpear su rostro, sacudiendo sus cabellos y sus ropas. Quizás incluso cazar algo, cualquier cosa, por la pura diversión de hacerlo, no es como si lo necesitara a decir verdad. Por el puro gusto de sentir la adrenalina corriendo por sus venas mientras asechaba a su presa a su inevitable fin. Un fin que él mismo se aseguraría que fuera rápido, limpio y certero. Pero no podía, algo lo tenía como encadenado a las dos muchachas que lo acompañaban. Estaba fijo en aquel puesto, prolongando esa especie de cautiverio que poco a poco aumentaba su ansiedad y jugaba con su cabeza. Manteniéndolo en un estado justo en la frontera entre la locura y la sanidad.
- Vamos de una vez.
Sin decir nada más, Cho pasó a la dama de hielo, abriendo la puerta y dejando a los otros dos atrás. Estaba un tanto incomoda, un tanto fastidiada, un tanto ansiosa, un tanto de muchas cosas. La koorime suspiró y siguió el ejemplo de su amiga, sin quejarse. Por un par de segundos las conversaciones amenas y las risas se detuvieron, todas las miradas en el trio que acababa de ingresar al comedor, haciéndolos sentir como bajo una lupa. Poco a poco sonrisas de alivio y felicidad empezaron a dibujarse en los rostros del grupo, aumentando de algún modo el sentimiento de culpabilidad que sentían ambas muchachas. En cuestión de segundos Yukina se encontraba entre los brazos de un exaltado, pero aliviado Kuwabara que sin pensarlo mucho por la emoción se había lanzado a abrazarla. Como respuesta, una carcajada general acabó con el silencio de la habitación, mientras un Hiei silencioso asesinaba en su mente de maneras un tanto imaginativas al descarado muchacho y la pelinegra a su lado sacudía su melena en una mezcla de alegría y nerviosismo.
- Lo sentimos.
Yukina lo había dicho por las dos, aun entre los brazos de aquel muchacho que tanto la quería, quizás sintiéndose más segura en aquella posición. La pelinegra no había dicho nada para contradecirla, reflejaba sus sentimientos de todas maneras y lo hacía mucho más sencillo, ese tipo de cosas no se le daban del todo bien. Las miradas de todos se clavaron en la muchacha, el silencio nuevamente restaurado. La pelinegra caminó hacia su amiga y sin nada que decir, colocó su mano en el hombro de la chica, mostrando su apoyo. La culpa se reflejaba en sus ojos color sangre, aunque nadie pudiese verlos gracias al abrazo de Kuwabara que la mantenía oculta, un tanto escondida de la vista de sus amigos, sin embargo, tenía la sensación de que ellos entendían a lo que ella se refería. El muchacho que la tenía entre sus brazos se tensó, ella lo notó. La tomó por los brazos y la alejó un poco para poder hacer contacto visual, logrando hacerlo de manera más cómoda al agacharse, consiguiendo con ello estar ambos casi a la misma altura.
- Yukina, preciosa, ¿a qué te refieres?
Cho luchó con todas sus fuerzas contra el poderoso impulso de voltear sus ojos chocolate y de soltar una de las tantas groserías que había aprendido en su estadía con los ex–detectives espirituales. No estaba segura de lo que significaran algunas, pero parecían apropiadas para la situación. Aquel muchacho, aunque amigable sin duda y un buen amigo, realmente fiel, le resultaba particularmente idiota, no sabía que le había visto su amiga, en serio se lo preguntaba y no por primera vez, probablemente todo era el resultado de la impecable insistencia del humano, esa era la única explicación razonable que ella encontraba. Eso, o el mundo de los humanos no le estaba haciendo mucho bien a Yukina. Quizás el aire de aquel mundo le afectaba el cerebro de algún modo, era una posibilidad. Saliendo de su línea de pensamiento y cayendo en cuenta de la tensión que se había producido en el cuerpo de la dama de hielo tras aquella pregunta se decidió a intervenir. No la iba a dejar sola en la situación, estaba del todo consciente que ambas se sentían extremadamente incomodas, pero se apoyarían la una a la otra. Para eso están las amigas.
- Sentimos que hayan sido involucrados. Es nuestra batalla, no la suya. – El renovado silencio duró unos segundos más.
- No pasa nada. No fue su culpa. – Respondió Kurama en nombre del grupo.
- Debimos verlo venir. – Refutó la pelinegra.
Yusuke se levantó de su asiento y dando un suave golpe en el brazo de Cho que ella vio venir, pero no evitó, anunció con una sonrisa. – No es la primera vez, no será la última. No se desharán de nosotros tan fácilmente. Para algo están los amigos. Ya pueden dejar de llorar.
Ambas muchachas pestañearon un par de veces, sorprendidas por la declaración de aquel muchacho, para luego reír, sintiéndose ya mucho más aliviadas. Había algo en ese grupo, esa extraña sensación de camaradería, de lealtad absoluta, que hacía que prácticamente cualquiera se sintiera bienvenido y en confianza, como si fueran amigos ya por tanto tiempo que haber tenido dudas de esa naturaleza hubiese sido incluso un tanto ridículo, a pesar de que en realidad no se conocían mucho que digamos. Se habían preocupado por ellas y ellas se preocupaban por ellos, ¿para que darle más vueltas innecesarias al asunto? Dejando aquel sentimiento de culpabilidad atrás se dedicaron a comer con el resto del grupo.
- ¿Vas a algún lado?
La chica pelinegra clavó su mirada en Kurama, quien observaba con curiosidad el bolso que ella mantenía a su lado bajo la mesa. Era el mismo bolso con el que había llegado por primera vez al tiempo y había esperado que nadie notara que lo llevaba consigo una vez más, pero ya no había sentido en intentar mentirles, simplemente les diría la verdad. Sabía que el resto del grupo esperaba su respuesta.
- Voy a acabar con este problema de una vez por todas.
Yukina comentó casi al instante. – Yo voy contigo. – Cho sonrió como respuesta.
- Nosotros también vamos. – Ofreció Yusuke.
La pelinegra sacudió su melena con su mano, indecisa, mientras se mente analizaba lo que se le acababa de decir. Sus sentimientos al respecto eran ambivalentes, por decir algo. Una parte de ella quería gritar "NO" y así mantener a sus amigos tan lejos del peligro como fuera posible, por más pequeño que aquel peligro pudiese parecer. Le gritaba que los protegiera, que evitara que cualquiera de ellos saliera herido. Y aun así otra parte de ella le recordaba que no eran niños que necesitaran de protección, le exigía que permitiera aquella compañía, ya habían sido involucrados en contra de su voluntad y merecían enfrentar el problema que les había surgido. ¿Quién era ella para negarles ese derecho? Nadie. Otra diminuta parte de ella, más instintiva que otra cosa, se removía agitada, fastidiada con el hecho de que ellos quisieran darle caza a sus presas. Eran suyas por anterioridad. Le pertenecían, pero aquello era simplemente ridículo. Soltando un suspiro se dio por vencida aunque la idea le desagradara. Se consolaba con decirse a sí misma que la unión hace la fuerza, se protegerían mutuamente, agilizando así la situación.
- Si van a venir con nosotras hay un par de cosas que deben saber. – Se calló por un rato, dándoles tiempo a acotar algo si así lo quisieran. Al ver que nadie dijo nada, continuó. – Quien estuvo tras los ataques fue Yami, la heredera de una familia que fue expulsada de mi clan tiempo atrás. Fueron exiliados. Aparentemente el abuelo de Yami quiere venganza. Quiero hallarlos y destruirlos, evitar que sigan con sus planes.
- ¿Sabes dónde puede estar Yami? – preguntó el pelirrojo.
- Ella ya está muerta. Yo la mate. – Corrigió Cho.
- ¿Entonces contra quien vamos? – Cuestionó Yusuke.
- Tras toda la familia. – Anunció la pelinegra.
El silencio invadió la habitación hasta que Kurama la interrumpió. – No has respondido a mi pregunta.
El demonio de fuego se encogió de hombros. – No.
Yukina intervino nuevamente. - ¿Por dónde empezamos entonces?
- Tendremos que ir a los territorios de mi clan, ver si conseguimos algo de información.
Ella había notado el nerviosismo del grupo. No los culpaba. Sabía que los clanes de su especie eran conocidos por el brutal trato que daban a sus visitantes, deseados o indeseados. Sus ojos admiraban el cielo nocturno sobre ella. Las estrellas decoraban el manto negro, resaltando la luna, mientras los grillos cantaban su canción de cuna de todas las noches. La brisa le trajo un aroma familiar que ella ya había estado esperando. La había sorprendido un poco que se demorara tanto, pero luego había llegado a la conclusión de que el zorro probablemente lo había retenido con una interrogación. Lo sintió llegar. Su respiración delataba su presencia unos cinco pasos más atrás que ella. Cho no hizo ni un solo movimiento para reconocer su llegada, no lo necesitaba. Ella sabía que el tampoco. El pelinegro a conocía lo suficiente para darse cuenta de que ella lo había notado. Sin decir nada, Hiei avanzó hasta llegar a su lado para acostarse junto a ella. Ninguno dijo nada por un buen rato, dándose mutuamente el tiempo de organizar sus pensamientos.
- ¿Qué te incomoda?
Cho cerró sus ojos por un par de segundos, se había esperado esa pregunta, pero no deseaba responderla. Incluso había tenido la leve esperanza de que él no la formulara. Había tantas cosas que él simplemente parecía notar de ella, por más esfuerzo que ella pusiera en que él en particular no se diera cuenta. Maldito fuera él y su habilidad para leerla como si de un libro abierto se tratara. ¿Cómo había llegado a conocerla tanto? No lo sabía, para ser honesta. Pero el muchacho era realmente observador, eso que se tenga por seguro.
- Tengo un mal presentimiento.
Sabía que su respuesta lo había inquietado aún más y un parte de ella quería agregar algo más, buscar algo que pudiese relajarlo un poco, darle alguna sensación de seguridad, de que todo estaría bien después de todo, incluso tal vez reírse y hacer su suposición a un lado, decirle que no era más que simple nerviosismo alterándola. Pero no había más que le pudiera decir; no sabía más nada, tan solo tenía esa extraña sensación de que algo saldría realmente mal y confiaba plenamente en sus instintos como para atreverse a negarlos tan descaradamente.
Ya tenía la respuesta a la gran mayoría de sus preguntas, las conocía ya sea por las conversaciones privadas que ellos habían mantenido en el pasado o por la información que ella les había dado en el comedor momentos antes, pero había algunas que aun persistían, rondando por su cabeza sin dejarlo en paz. Sabía perfectamente que el cuestionar a la peligrara junto a él era en realidad algo que por lo general no salía bien, pero se negaba a quedarse con la duda.
- ¿Cómo está involucrada Yukina?
- ¿Por qué no se lo preguntas directamente a tu hermana?
Bien, eso era justo, no lo iba a refutar. En realidad lo había preguntado únicamente para demorar el momento en el que tuviese que hablar de lo que él sabía que provocaría una pelea. Para prolongar un poco más la especie de tregua en la que estaban y que una parte de él tenía tan pocos deseos de quebrantar. Y, aun así, había sabido desde antes de hacer la pregunta que ella diría algo así.
- ¿Por qué no me avisaste?
Ella sabía de qué hablaba él sin que él tuviese que agregar el contexto correspondiente, había notado la incomodidad del muchacho con el hecho de que ella no haya acudido a él antes de ir a enfrentar el problema. No lo entendía del todo, pero se había dado cuenta.
- No tenía por qué hacerlo.
Ni siquiera había terminado de decirlo cuando se dio cuenta de que esa había sido una desafortunada decisión de palabras. Pero ya no había nada que hacer, una vez dicho, estaba hecho. Las palabras son una de esas cosas que por más que quieras retirar, seguirán ahí. Lo dicho, dicho esta. El gruñido que obtuvo como respuesta le dio la razón.
- ¡Claro que tenías que decirme!
- ¡Claro que no!
Ambos gruñeron, en algún momento se habían levantado. Ahora estaban los dos en posición de pelea, uno frente al otro, gruñendo. Sin previo aviso ambos se lanzaron a atacar, los golpes volaban. Cho bloqueó con sus brazos una parada de Hiei que iba direccionada a su cara. Sin perder el tiempo devolvió la patada, el pelinegro la evadió con un salto. Hiei aprovechó la fuerza de su descenso para lanzar un golpe que la muchacha interceptó von uno propio, puño contra puño. La tierra alrededor y bajo sus pies se hundió por el impacto. Una patada en su costado la lanzó contra un árbol, antes de que pudiese reaccionar su oponente ya la había inmovilizado, estaba atrapada entre el tronco y su cuerpo. Mostró sus colmillos, maldiciendo internamente la mayor velocidad de su captor. Ninguno había desenfundado su katana, dando a entender que no habían tenido intensión de matarse realmente, era un simple choque de temperamentos, pero aun así había herido su ego. Lo oyó gruñir y gruño de vuelta.
- ¡Eres mía!
Sin darle oportunidad de contestar sus labios chocaron fuertemente contra los de ella en un beso que más que nada mostraba enojo y un sentimiento posesivo. Ella lo devolvió del mismo modo, luchando por el control.
Al día siguiente todo el grupo, incluyendo a Yukina, irían al mundo demoniaco en busca de aquellos enemigos del par de muchachas. Por supuesto, irían sin él, como ya parecía costumbre. Ni siquiera se había molestando en reclamar esta vez. La idea de que su adorable dama de hielo fuese y él no pudiese ir para protegerla lo estaba matando por dentro, sin embargo, Kuwabara sabía que de ir sería más una carga que una ayuda, no era tonto, aunque la creencia popular parecía ser otra. Por mucho que hubiese entrenado, y en serio era mucho, no estaba preparado para enfrentar una guerra entre demonios. Se sentía tan miserablemente inútil, que se odiaba a sí mismo. Suspiró y puso su mano sobre su frente con expresión abatida. Con la vista fija en el techo blanco sobre él se rindió ante la idea de no volver a dormirse esa noche. Estaba frustrado y había tenido un sueño que lo había confundido. Por más que le diera vueltas y vueltas no acababa de entenderlo, no tenía sentido. Decidió repasarlo una vez más, de todos modos hace poco había empezado a caer una lluvia tal que parecía que les caía el cielo encima, quitándole todo deseo de salir de su cama.
Era una casa con paredes blancas, al menos en su interior, era un tanto típica a decir verdad. La madre de familia tenía un estudio en el segundo piso, la casa tenía tres niveles en total. Aquel estudio era un santuario a donde podía escapar y mantener el orden tal y como ella deseaba. Pero ese día ella no estaba ahí, o no llegaba aun, fuera cual fuera la situación, en el estudio estaba dos muchachos de unos veinte años aproximadamente. Un chico y una chica sentados uno al lado del otro, ella a la derecha de él, estaban cubriendo la incomodidad del momento con risas forzadas y comentarios superficiales, evadiendo adrede ciertos temas delicados para los dos. Junto al escritorio de madera frente al cual estaban sentados había una gran ventana con una puerta de vidrio que daba al jardín, a través de ella se podía observar el verde pasto. Un pajarito con el pecho rojo daba brincos en él. La muchacha lo vio con nostalgia.
- Los extraño, ¿sabes?
Él se limitó a verla en silencio, dejándola hablar.
- Martin con ella y Daniel… Bueno, con él ya no es lo mismo. Eran mis únicos amigos y ya no están. Me siento sola.
Él dejó de verla para observar al pajarito de pecho rojo en el jardín.
- Tienes que dejarlos ser, él tiene cosas que hacer. A veces cada quien toma diferentes caminos.
- Es verdad, él tiene que hacer su nido.
En silencio observaron como el pájaro del que hablaban tomaba unas ramitas frente a la ventana y emprendía el vuelo para no volver más.
Llovía y no era de esas lluvias tranquilas a las que uno sale con la esperanza de no mojarse demasiado, era un diluvio bíblico, el cielo caía con toda su fuerza contra la tierra. Desde el estudio vieron pasar por el jardín a una mujer con paraguas, cubriendo a la chica que caminaba frente a ella. La muchacha abrió la puerta de vidrio del estudio y salió tras el par.
- Mami, ¿Qué haces?
- Cubro a tu hermana.
Su mama no estaba mojada. Tomó el paraguas de la mujer frente a ella y se dedicó a cubrir a su hermana. La mujer se marchó, dejándolas solas.
- Andreita, ¿Por qué estás aquí?
- Mis manos no arden bajo la lluvia.
Confundida guardó silencio nuevamente, viendo a su segunda hermana deambulando por el patio sin mojarse pese a la lluvia; su madre tampoco había estado mojada; ni siquiera Andrea, sentada sobre el césped, sacando sus manos del alcance del paraguas, permitiendo que el agua chorreara por ellas recreando dos cascadas en miniatura, ni siquiera ella estaba mojada, pero ella… Ella estaba empapada.
Se despertó con el cuerpo adolorido. Cuando quiso levantarse notó el agarre en el que la mantenía el demonio de fuego tras ella. Frunció el ceño fastidiada, sin ningún tipo de delicadeza retiro los brazos que la sujetaban por la cintura, buscando asegurarla a ese lugar. Ella sabía que de todos modos él no se despertaría. Él sería más rápido, pero ella era más resistente. Se levantó e inicio su búsqueda por su ropa; el agua helada de la lluvia caía sobre ella, empapando su cuerpo, alisando su mojado cabello, pegándolo a su piel como una segunda capa de la misma. No es como si le importara, a decir verdad, no tenía frio. En cuanto terminó de vestirse tomó su katana y la devolvió a su puesto en su cintura para después marcharse sin volver la vista atrás. Saltaba de rama en rama de los árboles, en dirección al templo, cuando un olor llamó su atención. Sin darle muchas vueltas al asunto decidió seguir el rastro. No había pasado mucho tiempo antes de que ella encontrara a la niña escondida entre las hojas de un árbol unos tres metros frente a ella. Cho observó a través de la misma ventana. Alzó una ceja.
Al otro lado del vidrio delante de ellas había una pareja comiendo y conversando animadamente, viviendo en su armonía, mas probablemente sin tener la más mínima idea de que eran observados. Ambos parecían humanos a simple vista, pero la pelinegra no era tan ingenua como para creerse eso. El hombre parecía de unos treinta años, mientras que la mujer a su lado parecía de unos veinte. La mujer no era humana, ni siquiera un poco y ya habría pasado sus veinte bastantes décadas atrás. Por el olor podía adivinar que era familiar de la niña. Por un momento la curiosidad dentro de ella se despertó, pero instantes después negó con la cabeza, no era problema de ella, a fin de cuentas, y si no la afectaba, no le interesaba. Esa era la regla, aunque no lo olvidaría, podría llegar a ser información importante en el futuro. Con un golpe certero desmayo a la pequeña frente a ella, la subió a su hombro y reanudó su camino al templo. La información que la niña podía tener les sería útil, además de que de por sí ya tenía varias preguntas a las que, sabia con seguridad, la niña tenía respuestas.
