Capítulo 14
Cuando me desperté volvía a estar sola en mi cama. Desconfié por un momento, pensando que todo hubiera sido una trampa del Capitolio y todos acabaríamos muertos. Pero ese pensamiento se hizo humo rápidamente cuando mis hijos entraron corriendo a mi habitación y se lanzaron hacia mi cama. Los invité a jugar conmigo, desde que Amelie era pequeña teníamos un juego, la cueva. Gaetan y yo nos escondíamos entre las sábanas y ellos explorando por debajo, entre colchas y frazadas, debían encontrarnos. Cuando lo hacían los matábamos a cosquillas y a besos. En eso estaba, y la risa de mis niños era más que contagiosa. Hacía tanto tiempo que no reíamos a carcajadas de esa manera, ahora era realmente feliz.
Gaetan entró en la habitación con el desayuno en una bandeja. Chocolate caliente para los niños y té para nosotros. Sonreía de tal manera que nadie que lo viera podía llegar a dudar de su entrega y su felicidad. Además, había traído galletas de limón al chocolate, mis favoritas. ¿Lo habría sabido de alguna manera? Sonreía. Era una idiotez lo que estaba haciendo, no haberle respondido. Ahora era muy claro para mí que nunca había dejado de amarlo. Jugábamos y desayunábamos mientras hablábamos de las cosas más triviales posibles, pero no importaban las palabras, porque éramos una familia completa otra vez. Al final los niños terminaron corriendo por los pasillos y volvimos a quedarnos solos en la cama.
Lo supimos con sólo una mirada, nos conocíamos demasiado bien. Recordé ese viejo poema que mi padre solía recitarme cuando tenía la edad de Amelie, y lo recité también para él.
-"Tu eres mi vida, tu eres mi sol; me haces feliz cuando el día es gris; nunca sabrás cuanto te amo, por favor no te lleves mi sol" –mientras mi esposo no dejaba de sonreír con cada rincón de su cuerpo.
-Ese fragmento me es muy familiar, una imagen suelta. Quizá se convierta en un recuerdo. ¿De dónde lo conozco?
-Mi padre me lo recitaba cuando era pequeña. Y yo lo usé como parte de mis votos en nuestra boda –quizá estuviera recordando algo más. No podía creerlo, pero siempre con él, con ellos, la vida podía volver a ser buena cuando parecía que no hubiera esperanza.
-Ah sí –cerró los ojos un momento- ahora lo recuerdo. Estabas preciosa. –Me sorprendí, era tan feliz otra vez. Acaricié suavemente su pómulo y me acerqué a su pecho. Esta vez fue él quien volvió a besarme. Regresé a hablarle mientras le clavaba mis ojos en los suyos.
-Gat, anoche no fui sincera ni contigo, ni conmigo misma. La verdad es que nunca podría dejar de amarte. –Sonrió en forma que la sonrisa no cabía ya en su rostro, volvió a besarme pero con más fuerza, más profundamente.
-No hay problema preciosa –hizo una pausa- te amo infinitamente, ¿sabes?
-Yo te amo más, si eso es posible –reímos- eres el dueño de mi universo.
-Yo soy todo tuyo también. –Volvió a besarme mientras me acercaba a su pecho. Aunque no me recordara, volvíamos a ser como antes, un gran equipo, los guerreros más fuertes. Otra vez le habíamos ganado al Capitolio y habíamos sobrevivido, pero en una forma distinta, espiritual. Ya había decidido antes de entrar a la arena diez años atrás que nunca dejaría que se llevaran mi espíritu. Y no lo hicimos, sino que ahora éramos cada vez más fuertes. –Oye Soph, deberíamos ir a pasar el día al bosque. Podríamos nadar un poco, ¿qué te parece?
-Claro que sí, hace tanto que no pasamos un buen día los cuatro juntos. Vamos.
