~13~


—Vamos, deja eso y ven a ayudarme. —se quejó Ezreal mirando la parte del monitor que le correspondía al personaje de Lux, mas ésta se rio sin hacer caso. El chico resopló con molestia. —Tenía que haber sido yo Vincent.

—Has sido tú el que eligió primero. —se concentró de nuevo en el juego y luego lo miró encontrándose la mirada de Ezreal fija en ella. —A-Además me gusta explorar todo. —el chico esbozó una sonrisa confiada.

—Es un buen dato a saber. —ella enrojeció captando las malas ideas del otro chico. Se estaba haciendo algo experta en seguir las pocas indirectas que él emitía mediante su sarcasmo sátiro.

Lucas, el compañero de piso de él, había llegado a casa, dejándola algo desconcertada pues habían pasado tanto tiempo jugando a la PlayStation que ni se había dado cuenta de la hora. Saludó a Lucas y se despidió de Ezreal a la carrera mientras recogía todas sus cosas con rapidez. Al siguiente día le tocaba trabajar y llegaría bastante tarde a casa. El alto miró al otro con la ceja levantada, tomó las patatas de bolsa restantes de la mesa del salón y sonrió de manera burlona ante la atenta mirada del otro.

—Te quieres tirar a la enamorada de mi jefe. —Ezreal resopló al verle hablar con la boca llena, cual orangután.

—A tu jefe le quedan años luz para llegar hasta ella. ¿Sabes cuánto es un año luz?— Lucas frunció el ceño, como si tuviera que pensar algo, pues estaba claro que no tenía ni pajolera idea. —Dejémoslo en que es mucho. —el mayor se sentó en el sofá y miró con curiosidad el juego al que estaban jugando su compañero y la chica anteriormente.

—¿Cuánto de mucho?— extendió sus enormes brazos. —¿Así?— Ezreal comenzó a reírse en cuanto lo vio en tal posición. Se secó las lágrimas ante la sonrisa bobalicona del otro y comenzó a guardar los mandos y apagar su consola para dejar la televisión libre.

—Sí, así. —dijo para que el otro estuviera conforme.

—¿Y a ti cuántos años de esos te quedan?, ¿o planeas conquistar a la chica del jefe jugando a videojuegos? —el rubio alzó su mirada de manera resentida mientras terminaba de guardar el aparato para posicionarlo encima del reproductor de video.

—No es la chica de tu jefe. Que pesados sois con el rumor, ella está soltera y le gustan los videojuegos, es una manera de estar con ella como cualquier otra. —Lucas asintió mientras se metía un puñado de patatas en la boca. Sonrió creyéndose poco la excusa que el menor le decía, algo que Ezreal supo captar claramente.

—Hasta el más experto falla a veces ¿eh?— el otro se levantó exasperado.

—Qué sabrás tú, si no te comes una rosca. —el militar se llevó una mano al corazón y puso una cara burlona.

—Touché. —exclamó para seguir comiendo sus patatas de bolsa.

Se pasó la noche dándole vueltas, pues era verdad y Lucas tenía razón, no hacía más que pasearse en círculos alrededor de Luxanna, y los constantes rumores en su zona de trabajo sobre un romance entre ella y Darius comenzaban a sacarle de quicio. Ezreal era un tipo paciente, mas le gustaba ganar a la primera, y el ensayo y error si bien era algo palpable en su profesión no le gustaba llevarlo como modo de vida. Había estado a punto de perder contra el simio jefe de dos metros, pero confió en su intuición y no se equivocó; estaba claro que Lux no podía estar con ese tipo de hombre, sin clase, sin estudios superiores, sin nivel de vida, bruto, huraño y amargo. ¿Por qué narices había tenido miedo todos aquellos días pasados?, Darius no debía de suponer un problema y sin embargo, el mero hecho de imaginársela con él era en sí mismo una humillación.

Nunca había perdido nada y no iba a ser aquella la primera vez.

Se sentó a esperarla en la mesa de siempre, jugaba con su comida mientras la veía pedir su consumición. Observó cómo ciertas personas que se encontraban a sus alrededores comenzaban a emitir risillas en cuanto Darius entró a la cafetería para pedir tras ella. Ezreal comenzaba a hartarse y si bien nunca había sido impulsivo se levantó de manera ágil sin emitir sonido alguno. Sus zapatillas deportivas parecían guiar sus pasos, distante de que su cerebro diese el punto de partida y calculase hasta llegar a la meta. Por primera vez respirar la locura comenzó a hacerle sentir bien. Tenía mucho más que ofrecer, él mismo lo sabía, no solo era un pequeño cerebrito sabelotodo, él también tenía sus propias garras.

Lux sostenía su cartera y esperaba paciente a que le sirvieran cuando notó unos dedos finos enredarse en su pelo. Lo siguiente que vio fueron los ojos azules de Ezreal tan helados, casi consumidos por un odio que ella misma no entendía, y sintió unos labios húmedos, suaves posarse sobre su boca. Fue fugaz, apenas pudo notar el pelo rubio del chico sobre su frente cuando éste ya se había separado. La misma mirada que había tenido mientras la besaba se posó en un Darius que tras ellos esperaba atónito, como el resto de empleados que pasaban su rato en la cafetería. Lux miró al más alto tratando de trasmitir su confusión sin ninguna palabra. Darius apretó los puños y salió de la cafetería sin mirar a la chica siquiera, retractándose de su idea de tomar algo, alejándose de ellos lo máximo posible.

La mujer miró a Ezreal con tanto desconcierto como con furia. El camarero le sirvió la comida y ella se mantuvo estable tragándose las acusaciones solo para que éste no estuviera incómodo mientras la atendía. Pagó y guardó su cartera bajo su brazo mientras tomaba su bandeja. A punto estuvo de desviarse cuando Ezreal la tomó del brazo para señalar su mesa.

—Nos sentamos ahí. —dijo de una manera casi divertida. Ella posó su consumición en la mesa de éste y luego se sentó de manera ofuscada pero obediente. Era evidente que estaba muy enfadada, sus mofletes rojos así lo denotaban. —Alguien tendría que decírselo. —comenzó él. Ella alzó su mirada, aún no había probado bocado y por la rigidez de su cuerpo parecía debatirse entre preguntar o pegarle una bofetada.

—¿Decirle qué a quién? —soltó ella directamente.

—Decirle a Darius que ya no hay oportunidad. —ella movió su mano, queriendo golpearle se contuvo en cuanto se dio cuenta de que estaban rodeados de gente.

—En cuanto salga de aquí no pienso volver a hablarte. —él rodó los ojos. No era la primera vez que Lux y él discutían, y sabía de sobra que ella no cumpliría su promesa.

—Quieres que siga detrás de ti como un loco enamorado cuando a mí y a Arisse nos repites todo el tiempo que todo ha acabado. ¿En qué quedamos?

—¿Podrías no meterte?, lo que os conté a ambos es la verdad ya ha acabado todo.

—Entonces ¿por qué te ha molestado esto?

—¡Porque me has besado! ¿Qué es lo que te pasa?

—¿Recuerdas hace dos semanas cuándo te dije que lo que necesitabas lo tenías justo enfrente? —ella asintió tragando saliva. —Simplemente continué lo que él interrumpió. —Lux lo miró y esta vez hasta su nariz se volvió rosada.

—Y-Yo ya te dije, quiero estar sola por un…

—Ya, ya sé lo que me dijiste. —la chica frunció el ceño mientras tomaba la servilleta para pasar a mirarle una última vez antes de comenzar a comer.

—Ezreal, yo no busco algo esporádico. —él parpadeó varias veces ante aquella nueva información.

—¿Y yo sí? —preguntó incrédulo. Ella suspiró y tomó su bandeja para llevársela a su departamento y comer allí, sintiéndose más tranquila así.

—Hasta yo sé que las chicas de tu departamento se rifan tus citas. De verdad que no me interesan esos temas, pero no me mientas. —cuando quiso contestarle fue tarde. Divisó el cabello rubio de ella irse, difuminarse entre la gente hasta salir de aquel lugar. Quizás había sido precipitado, ni él había previsto lo que acababa de pasar, mas le gustó. No solo por la recompensa que obtuvo al robarle un beso, si no al ver aquella mirada de dolor, de quebranto y abatimiento de Darius. Respirar el odio hacia algo que es mejor que tú era sumamente gratificante.

El enfado le duró una semana. Tras aquello, tal y como él había predicho, volvió a ser la de siempre, y sus juegos y partidas volvieron a la normalidad, con la distinción de que aquel hombre que siempre parecía estar tras ella no parecía mirarla siquiera, y los rumores que tanto le fastidiaban dieron un giro completamente satisfactorio, siendo Ezreal y Lux el centro de toda atención esta vez.

Le había propuesto varias veces hacer caso a los rumores, él le dejaría el espacio que ella requiriera, le daría cuanto necesitara, con la condición de que no se cerrase a un nuevo enamoramiento.

Para su sorpresa tras un par de semanas pensándolo, ella accedió a no cerrarse a él completamente. Y aquella noticia fue mucho más gratificante que el día que le notificaron su excelente matrícula de honor como nota media en su graduado. Él mismo se sentía estúpido por sentirse así ante una noticia de una mujer cuanto menos simple. Mas ella era simplemente Luxanna. Tumbado en la cama de su habitación miraba el techo iluminado por su blanquecina bombilla mientras reía sin saber la razón. Sabía de sobra que todo lo que se estaba produciendo en él eran reacciones químicas que causaban aquellos estados, pero por mucho que se lo repitiera llegó a no importarle en absoluto. A pesar de que no habían iniciado una relación como tal, el hecho de que su posibilidad fuera mucho más abierta era más de lo que podía esperar como resultados inmediatos.

Comenzó a hacerse un centro de su vida. A veces trabajaba hasta altas horas de la madrugada, para cuadrar sus horarios con los de Luxanna y poder ir teniendo citas esporádicas de vez en cuando, pues ambos comenzaban a estar muy ocupados al estar finalizando de nuevo el periodo para presentar proyectos.

A veces se enfadaba consigo mismo, ya apenas se reconocía, ¿por qué debía hacer el esfuerzo por nadie?, mas cuando la recompensa era una cena exprés con aquella dulce chica, o un cine rápido, todo su enfado se disipaba por una satisfacción que él consideraba estúpida. Porque eso era, Lux lo estaba volviendo estúpido.

Y lo peor de todo es que a él le gustaba la estupidez. Sus citas a veces acababan en un par de besos tontos, que causaban un afloramiento en su estómago tan sentido que las pretensiones químicas a las que se lo achacaba comenzaban a tener poco valor.

Jamás había ido tan lento con una chica, solía desquiciarse si no terminaba en su cama al poco de haberla tachado como objetivo, y si bien con Lux tenía unas ganas inmensas de que aquello sucediera, su amor de parvulario le daba una fuerza que nunca antes había sentido para levantarse todas las mañanas. "Amor", algo que le parecía cuanto menos absurdo, "inocencia", algo que odiaba de Lux, "Paciencia", algo de lo que no carecía.

Definitivamente muchas cosas habían cambiado.

Incluso su entretenimiento al ver a Darius abatido era ya agua pasada. Para aquel hombre no había pensamiento alguno, algo que él mismo reconocía como competición pasó a ser mucho más. No había espacio entre Ezreal y Lux para alguien como él, pues ahora únicamente era ella, ella y nadie más.

Eran cuantiosas las tardes lluviosas en Raleigh, que junto al enfurecido viento desplazaba las negras nubes dejando espacios entre ellas, huequitos de cielo hacían traspasar los rayos de un sol bajo y rojizo, dejando el asfalto lluvioso teñido con hermosos y vivos colores.

Divisó a Lux correr hasta la parada de su autobús el cual no esperó por ella y arrancó sin premisa, dejándola en tierra con una expresión de lo más graciosa. Sin embargo, ésta, antes de cubrirse con la marquesina de la estación se quedó divisando la nada. Nada que pasó a ser interrumpida por un coche en marcha que salía del aparcamiento de los laboratorios. Reconoció el coche, y al hombre que iba en su interior.

Su corazón se encogió en cuanto vio la forma estática que ella tenía de mirarle. Un lejano coche, tan solo eso, mas ella no se cubría. No lo hacía, su cabello empapado, su chaqueta húmeda, incluso sus apuntes completamente dispersos hicieron sacar lo peor de él.

Llegó hasta ella y sin previo aviso la tomó del brazo para darle la vuelta, para que dejara de mirar el rastro de un hombre que ella misma había rechazado. Ezreal tenía que darle motivos para reafirmar tal rechazo, y desde luego tenía muchos. Los ojos enrojecidos de la chica lo hicieron enfadarse más. No podían distinguirse las lágrimas entre las gotas de lluvia dispersas por su cara, pero desde luego estaba claro que estaba llorando. Tomó aquella fría y húmeda cara entre sus manos y se agachó para besarla una y otra vez, mientras ella, estática, únicamente lloraba. Terminó posando su frente, igualmente húmeda en la de ella.

—Teníamos todo el camino hecho. —sentenció él no dejándola ir a pesar de que ella oponía algo de resistencia a estar cerca.

—No puedo seguir así. —se sinceró de nuevo. Pues él estaba avisado desde hacía tiempo, ella seguía queriéndole y él, él había sido un imbécil confiado. ¿Qué tenía Darius que él no tuviera?, era horrible plantearse tal pregunta y que la respuesta fuera ambigua, mas una cosa era segura; él no era suficiente para ella.

—No me hagas esto. —salió de su boca de manera desesperada. Era patético, cuanto menos. Su amor de parvulario, su fuerza en la mañana, la chica que lo había vuelto estúpido. Ella apartó sus manos y se limpió con su chaqueta el agua de la cara.

—Le quiero. Lo siento, estoy enamorada de él. —Ezreal se metió las manos en los bolsillos. Su envidia, su enfado, sus celos eran un cúmulo tan grande que concentrarse en que todo no saliera por su boca lo estaba dejando exhausto. —Y-Yo lo siento.

—Cállate. —espetó. Y pudo evitarlo, de verdad que pudo haberlo hecho pero, era la única cosa, lo único en toda su vida que sus habilidades no daban la talla para lograr conseguir. ¿De qué valía todo?, el esfuerzo hecho, las noches en vilo, el trabajo acumulado para verla, ¿para qué?, para que esté enamorada de otro. ¿Acaso no lo ha tenido en cuenta? —Podía…ser cualquiera. Ni tienes buen cuerpo, ni eres tan bonita, ni tienes un carácter carismático. Tú simplemente. —Lux lo miró alzando sus cejas con una expresión tan dolida que lo hizo sentirse culpable, algo que solo le pasaba con ella. —Quédate con tu simio jefe. ¿Es lo quieres?, perfecto, cuando vuelva a hacerte daño, no vuelvas a mi para quejarte. —se dio la vuelta notándose tan enfurecido como empapado. La escuchó llamarle un par de veces a las cuales hizo caso omiso. La odiaba, la odiaba por haber sacado la única faceta patética de él, la odiaba por quererla, por esforzarse y no tenerla.

Llegó a su casa. Lucas lo recibió levantándose del sofá con cara de preocupación. Él resopló, no quería tener que fingir delante de nadie, así que se quitó el mojado abrigo, las botas y lo ignoró, pero éste lo tomó del brazo, cerciorándose al mirar el rostro de Ezreal de que no solo le afligía el hecho de llegar empapado.

—¿Qué te ha pasado? —le dijo, creyéndose el otro que había en él una falsa preocupación. El rubio se zafó del agarre de mala manera.

—No me vuelvas a tocar. —le espetó, no pudiendo contener su mal humor.

—¿Ha sido la chica esa?, ¿La enamorada del je…?—Ezreal lo interrumpió antes de acabar la pregunta.

—No te atrevas a decirlo. Ya te lo he repetido mil veces maldito mono. Tú y tu puto jefe de mierda, sois simios todos. —Lucas lejos de molestarse le revolvió el húmedo pelo juntando sus labios en una fina mueca de preocupación casi fraternal.

—Eres muy joven. Será por chicas. —el menor apretó los puños mientras sus ojos se humedecían.

—Deja de revolverme el pelo. Simio estúpido. —sin embargo, no le quitó la mano. Se quedó de pie mirando sus pies y los de Lucas, mientras las figuras se distorsionaban por la humedad de sus ojos.

—Ya, ya pasó. —le respondió el otro.

—Monos imbéciles. Sois imbéciles, imbéciles, imbéciles.