Capítulo XII
Los Rebeldes
Observaba desde una colina como atacaban al palacio. Era unos cien rebeldes. Sabía que no eran los suficientes como para hacerle competencia a la guardia real, ni en cantidad ni en habilidades. Pero era una forma de demostrar de lo que eran capaces, era una forma de alertar al rey y toda su comitiva. El movimiento crecía día a día, pronto serían los suficientes como para destituir al rey de su trono. El ataque que estaba comandando era sólo una advertencia.
Todo comenzó cuando los rebeldes lanzaron una bomba dentro del patio delantero del palacio, que estaba separado del resto del terreno por un alto paredón. Las alarmas de la guardia real se encendieron de inmediato y los centinelas salieron para ver que estaba ocurriendo. La batalla comenzó y era sangrienta. Los rebeldes intentaban por todos los medios ingresar el palacio. Ella les había dado la orden de que busquen al rey. Pero los centinelas no se lo iban a permitir de ninguna manera. Observó satisfecha. Si él pretendía sembrar el temor y la incertidumbre en los cefirianos, seguro que después semejante batalla, le gente comenzaría a ver flaquear a su gobierno. Eso provocaría el temor en algunos, en otros, probablemente, la simpatía con el movimiento rebelde. Sin dudas, la cantidad de revueltas se incrementaría con algo así.
Gurú Clef llegó hasta la entrada, dónde los centinelas combatían la arremetida rebelde. Latis ya se encontraba allí y Hikaru lo acompañaba.
-¿Qué es lo que está ocurriendo? - preguntó telepáticamente a su hombre de confianza.
-Los rebeldes nos atacan… He dado la orden de contraatacar… Sé que luchar contra los nuestros no es lo más aconsejable, pero están dispuestos a todo… Y no podemos permitir que lleguen a Ferio. - Hikaru se asomó a la puerta de entrada al palacio para observar lo que ocurría. Desde allí sólo podía ver a los centinelas lanzando piedras por sobre la pared a través de catapultas. Le recordó a las ancestrales batallas medievales que había estudiado en la escuela.
-¿Dónde está Ferio?
-Desayunando con Tabaris.
-Seguramente ha escuchado.
-He mandado a que lo vigilen, de ese modo no podrá llegar hasta aquí…- - ¿Hikaru?- dijo Lantis, abandonando la telepatía al ver que la joven guerrera del fuego se encontraba paralizada, como en shock. Se acercó a ella. - ¿Hikaru? ¿Qué te ocurre? - Hikaru se tomó el pecho y comenzó a llorar.
-¿Por qué? ¿Por qué ocurren estas cosas? ¿Por qué pelean? ¡Puedo sentirlo! Céfiro está sufriendo… está sufriendo porque su gente se pelea entre ella. - Umi llegó al lugar a tiempo para ver como el portón de entrada al territorio del palacio caía en manos de una bomba puesta por los rebeldes. Había unos 10 metros de parque entre el paredón que separaba al bosque del palacio y la entrada a la edificación principal. Los rebeldes comenzaron a entrar.
-¡Hikaru! ¡Aléjate de la puerta! - gritó Gurú Clef, entonces Latis la tomó del brazo y la alejó de allí. Umi observaba incrédula. No podía creer lo que estaba viendo.
-Los rebeldes comenzaban a ingresar al terreno del palacio dotados de armas blancas. Los centinelas se lanzaban a la batalla cuerpo a cuerpo con armas aún más sofisticadas. Unos cuantos de un lado y del otro caían mal heridos, golpeados o sangrando. ¿Acaso Céfiro estaba transitando el mismo camino doloroso y sangriento que había transitado la Tierra? ¿Acaso la pureza y simplicidad de Céfiro estaba dando lugar a la frivolidad y materialismo de la Tierra? ¿Eso era lo que provocaba un sistema de reinado similar al medieval? No era posible, no podía estar pasando. Clef levantó en alto su báculo y embocó su magia. Cubrió al palacio en un extraño escudo dejando la batalla por fuera de ella. Umi se preguntaba porque ese escudo lucía diferente a los otros que Clef había empleado para protegerlos. Algunos rebeldes que lograron esquivar a los centinelas llegaron hasta la entrada al edificio e intentaron entrar, pero fueron electrocutados por el escudo de magia y cayeron sin vida al suelo. Umi se horrorizó ante la escena. Clef, el propio Clef, era capaz de matar a su gente.
-¡Ya basta! - gritó Hikaru, mientras Latis la abrazaba con fuerza.- ¡Ya basta de pelear! No quiero que siga muriendo gente, no quiero… Si lo que quieren es regresar al sistema del pilar, entonces tomaré mi lugar.
-Claro que no… Hikaru…- Dijo Gurú Clef en tono imperativo. - No les daremos el gusto a los rebeldes.
-¡¿Qué es lo que pretendes, Clef?!- interrumpió Umi.- ¡¿Adónde piensas llegar con todo esto?! ¡La gente que está muriendo allá afuera es tu pueblo! ¡El pueblo que siempre luchaste por proteger! ¡¿Por qué sigues empeñado en dejarnos fuera de todo?! ¡Mira nada más como van las cosas!… ¡No estás haciendo muy bien tu trabajo!… Si estamos aquí es por algo… Porque todos sus intentos han fallado y somos la última esperanza… ¡Tal vez sea hora de que te tragues tu orgullo y nos dejes participar!… ¡Tal vez sea hora de que dejes de ocultarnos cosas y nos digas que es lo que está pasando!- Clef se molestó mucho ante la intervención de Umi, pero no llegó a contestar porque no supo que decir. Esta vez era ella la que lo dejaba sin palabras.
-Umi tiene razón, Clef. Por más que intentemos negarlos, ellas son parte de Céfiro, aunque sea solamente en las malas… Ya no hay nada que puedas hacer para evitar que luchen… por mucho que lo desees…- Gurú Clef suspiró profundo y observó cómo iba la batalla. Aparentemente llevaban las de ganar.
-Encárgate de eso, Latis…- dijo seriamente y luego se retiró.
-¡Oye!- gritó Umi molesta. - ¡No seas cobarde! ¡No huyas! - Estaba a punto de correr tras él, pero justo en ese momento Hikaru comenzó a perder el aire y cayó de rodillas al suelo.
-¡Hikaru!- dijo Latis. Umi corrió hacia ella.
El hombre se acercó a ella. Estaba a cargo de la revuelta. Ella no desvió la mirada del campo de batalla. El hombre la observó en silencio unos segundos hasta que se animó a hablarle.
-Señorita Kasumi… Estamos perdiendo a muchos de los nuestros. Los centinelas son muy fuertes y tienen armas y habilidades superiores…
-Está bien, Galeb… Ordena la retirada…
-¿Retirada?
-Fue suficiente, ahora ellos saben de lo que somos capaces… Pero aún no estamos listos para una batalla de estas dimensiones… Nos tomaremos nuestro tiempo para reclutar más gente… La próxima batalla será decisoria.
-De acuerdo… Me encargaré de eso. - El hombre bajó la colina y se dirigió al campo de batalla nuevamente.- Kasumi volvió a mirar hacia el palacio. Había varias bajas y varios heridos. Era el costo de semejante revuelta. Pero confiaba plenamente en sus habilidades y sabía que podría recuperar la gente perdida e, incluso, conseguir -más.
Bajó de la colina y se retiró del lugar. Su misión del día ya estaba completa.
-¡¿Qué demonios está pasando?!- gritó Ferio al salir del salón comedor y encontrarse con tres centinelas que le impedían ir hacia donde los rebeldes atacaban. - ¡Soy el rey de Céfiro!
-Tenemos órdenes del señor Latis.
-¡¿Y desde cuándo Latis manda aquí más que yo?!- El centinela desvió la mirada. Los demás guardaron silencio. Por ningún motivo podían desoír las órdenes de Latis.
-Tranquilízate Cariño. - interrumpió Tabaris.- Será mejor que no intervengas
-¡¿Cómo quieres qué me tranquilice cuándo los rebeldes están atacando el palacio?!
-¿Y qué pretendes? ¿Ir allá para que acaben con tu vida de una vez? No te lo permitiré.
-¡Tú no entiendes nada!- gritó furioso. Y luego se alejó del lugar.
-¿Adónde vas?
-¡Déjame! ¡Quiero estar solo! - Tabaris lo observó, pero no se animó a seguirlo. Sabía muy bien que era mejor dejarlo solo cuando no estaba de buen humor.
Fuu se encontraba en el jardín del palacio, junto con Himeko, lejos del alboroto del palacio. Había escuchado las sirenas y el revuelo, había escuchado que los rebeldes atacaban el palacio, pero había preferido alejarse por su hija, porque no quería que ella presenciara una batalla de tal magnitud. Ser una Guerrera Mágica no era fácil cuando se intentaba mantener la inocencia de una niña pequeña. ¿Qué iba a hacer? No podía dejar a Hikaru y a Umi solas, pero no quería que Himeko perdiera la inocencia con la que la había criado, al menos no siendo tan pequeña. Sería difícil estando en Céfiro. Himeko juntaba flores con Mokona, cerca del lago, mientras Fuu la observaba de cerca, sentada bajo la sombra de un árbol. Estaba preocupada, preocupada por la batalla que se estaba librando, preocupada por sus amigas. De repente observó al rey salir al jardín. Estaba visiblemente afectado. De hecho, nunca la había visto de ese modo, y eso que lo conocía bastante. Se puso de pie impulsada por la curiosidad. Ferio se sentó en las escalinatas que conectaban los pasillos del palacio con el jardín. Sintió deseos de ir con él, de saber que le ocurría. ¿Por qué? ¿Por qué seguía teniendo esos sentimientos si a la vez lo odiaba tanto? Su corazón estaba confundido. Himeko se acercó a ella con las flores que había recolectado en sus manos.
-¿Qué le pasa al rey Ferio mamá?
-No lo sé, Himeko.
-Luce muy triste…
-Si, tal vez sea porque gobernar un planeta no es una tarea tan fácil como imaginaba. - Himeko miró sus flores y tuvo una idea para intentar levantarle el ánimo. Se acercó a él. - Espera, Himeko…- dijo Fuu, pero ella no le prestó atención. Ferio abrazaba sus piernas con los brazos y tenía la cabeza apoyada en ellas cuando Himeko se acercó y entendió su brazo con algunas de las flores que había recolectado.
-No estés triste. - dijo. Ferio levantó la cabeza y observó a la niña. Se asombró por su gesto. - Son para ti…- Ferio tomó las flores y observó a Fuu. No se había dado cuenta de que ellas estaban allí.
-Gracias… Pero, ¿por qué?
-Mi papá siempre le trae flores a mi mamá para que ella se sienta mejor…- Ferio observó a la niña, ella tenía la dulzura de su madre, aunque por ser tan pequeña no era tan desconfiada con los extraños. Pero, a pesar de que tenía cierto aire a Fuu, notó en ella un gran parecido con Esmeralda, un parecido que lo impresionó y hasta llegó a dolerle un poco. Esos cabellos dorados y ondulados, esos ojos tan expresivos. Se parecía mucho a su hermana.
-Himeko, ya basta. - dijo Fuu sin acercarse demasiado.- Ya deja de molestar al rey.- Himeko volteó a ver a su madre.
-Ella no me molesta, Fuu.- dijo Ferio.- Todo lo contrario… Dime pequeña ¿cuántos años tienes?
-Cinco…
-¡Vaya! Pero si pareces más grande… Eres una niña muy lista…
-Eso me lo han dicho muchas veces.
-Y dime… ¿Qué piensas de mi mundo?
-Céfiro es muy hermoso… como los cuentos de mi mamá… Quisiera tener que quedarme aquí para siempre.
-Pero tu papá sigue en la Tierra ¿verdad? Si te quedaras aquí ya no lo volverías a ver…
-Es cierto… Eso me pondría muy triste… Tal vez pudiéramos traerlo aquí…
-¡Ya basta Himeko! Vamos a la habitación…
-Pero ¿por qué mamá? ¿Ahora que hice?
-¿Qué ocurre contigo Fuu? Sólo estamos hablando… ¿Qué es lo que te molesta?
-No te metas, Ferio… Tal vez deberías ocuparte un poco más de los problemas de tu pueblo… Creo que las cosas están bastante mal desde que estas a cargo. ¿Qué crees que sentiría Esmeralda al ver mundo por el que dio la vida deteriorarse de ese modo? -dijo molesta y luego tomó a la niña del brazo e ingresó al palacio. Ferio la observó alejarse. ¿Qué había pasado con su dulce y tierna Fuu? Le había dolido mucho lo que le había dicho, más que nada porque sentía que tenía razón.
Llegaron a casa de Fuu ya entrada la madrugada. Fuu estaba nerviosa. Si sus padres llegaban a verla llegar a esas horas sin dudas estaría en problemas. Ya se imaginaba a su madre gritándole histérica y su padre dándole un sermón. ¿Cómo no se había dado cuenta de la hora que era? Estar con el amor de su vida le había hecho perder la cabeza. Ferio la abrazó tiernamente. Era increíble como en sus brazos se olvidaba de todas sus preocupaciones. Se besaron dulcemente antes que ella entre a su casa. No quería separarse de él, pero no le quedaba otra.
La observó ingresar a su casa. Ella estaba tan hermosa como siempre, o más. No quería separarse de ella, no quería perderla. Quería permanecer a su lado en todo momento, quería tenerla para siempre junto a él. Permaneció unos minutos parado en la puerta, observando en silencio. ¿Qué hacer? Realmente no había pensado adónde se iba a alojar cundo estuviera en Mundo Místico, como iba proveerse de alimentos. Sólo había pensado en los deseos que tenía de estar con ella. Se alejó un poco de la casa, quedándose en la banquina. Observó nuevamente la casa. La luz de una de las ventanas del primer piso se encendió. ¿Sería el cuarto de Fuu? Sintió unas ganas infinitas de subir, de estar con ella. No se detuvo a pensar si era lo correcto. Usó sus habilidades para trepar al balcón. Observó cuidadosamente. La cortina estaba levantada, así que pudo verla. Estaba parada junto a la puerta. ¿Cómo podía evitar desearla? La amaba y quería que fuera suya completamente.
Ella se percató de su presencia y corrió a abrirle. Se molestó un poco de verlo allí, pero sabía que en el fondo le encantaba tenerlo nuevamente. Ingresó al cuarto.
-¿Qué haces aquí?
-No quería irme… No puedo estar ni un segundo sin ti…- dijo mientras ingresaba a la habitación de la joven.
-¡Estás loco! ¡Si mis padres te llegaran a ver aquí!
-Pero ellos no están aquí, ¿verdad? - dijo con ironía. Era agradable conocer el castillo de su princesa. Observó un poco mientras ella corría a ponerle llave a la puerta. Una pequeña cama contra la pared, con un edredón color verde manzana, hacía juego con algunos adornos. Había un libro a medio leer en su mesa de luz. Del otro lado de la habitación tenía el escritorio con esa máquina extraña, se parecía un poco a las computadoras de Autosam, pero en tamaño más pequeño. Y en el otro rincón un armario y un espejo de pie. Había algunas fotos pegadas en la pared, sobre su cama, eran Umi y Hikaru. Ellas habían continuado su amistad en Mundo Místico. Era de esperarse.
-Shh… Habla despacio. - Sin decir nada, Ferio la tomó por la cintura y, con un brusco movimiento la atrajo hacia él. Luego le dio un tierno beso en los labios. Fuu respondió a ese beso.
-Te amo, Fuu.- dijo Ferio cuando se separó de ella.
-Yo también te amo. - respondió ella mirándolo a los ojos.
-¿Para qué explicar que pasó después? Ella se durmió en sus brazos, sobre su pecho desnudo. Él se durmió acariciando sus cabellos.
-Despertó a la mitad de la noche, sobresaltado por un extraño sonido, un sonido que no parecía de Mundo Místico. Se sentó en la cama del susto. La imagen de Gurú Clef apareció en el medio de la habitación, horrorizado al ver el panorama enfrente de sus ojos. Ferio se sorprendió ante el poderío del gran mago. Jamás hubiera imaginado que pudiera usar sus poderes en Mundo Místico.
-¡¿Qué demonios estás haciendo?!- dijo furioso. Ferio tapó sus partes bajas con las sábanas. Al mismo tiempo que llevaba su dedo índice a su boca en señal de silencio.
-Shhh… Vas a despertarla. - Una gota de sudor recorrió la frente del mago supremo.
-Eres un cínico… ¿Cómo se te ocurre escapar de Céfiro? ¿Olvidas tus responsabilidades?
-Yo no quiero ser rey, no quiero responsabilidades.
-¡Ya basta! Volverás a Céfiro.
-No quiero hacerlo.
-¡No seas infantil! Es tu responsabilidad. ¿Acaso quieres que el sacrificio de tu hermana haya sido en vano? ¿Acaso quieres que todo lo que ellas lucharon y sufrieron por salvar a nuestro mundo sea en vano? ¿Qué crees que pensaría ella si supiera que huyes de tus responsabilidades? ¿Si supiera que no te importa lo que le ocurre a tu mundo? - Ferio se mantuvo en silencio. Gurú Clef sabía cómo pegarle en dónde más le dolía. - La nave de Autosam te espera en el mismo lugar donde te dejó, apresúrate.
-Primero quiero despedirme de ella.
-Ella no despertará pronto, le hice un hechizo para que no pueda verme.
-¡¿Qué?!
-¡Vístete!
-Pero, Gurú Clef…
-Hagamos de cuenta que esto nunca ocurrió, así es como debió haber sido… ¡Ya apúrate! Ellos no pueden esperar mucho tiempo. - dijo molesto. Entonces la imagen desapareció quedando sólo el silencio.
Ferio miró a su compañera. Dormía plácidamente. ¿De verdad él era capaz de llegar tan lejos? Claro que sí. A Gurú Clef sólo le importaba Céfiro, por encima de las personas. Y pretendía que todos, al igual que él, dejen de lado sus sentimientos para asegurar el bienestar del mundo. Suspiró. Se levantó de la cama y buscó sus ropas, que habían quedado desparramadas por todo el cuarto. Sabía que Gurú Clef estaba molesto, sabía que estaría en problemas. Y también sabía que no lo dejaría en paz hasta conseguir que vuelva. Había sido muy ingenuo en pensar que podría huir de su mundo y permanecer en Mundo Místico, y también había sido muy egoísta. Céfiro lo necesitaba y en lo único que había pensado era en sí mismo. Miró a Fuu nuevamente. ¿Cómo podía vivir sin ella? Y más ahora. Trató de no pensar, porque si lo hacía no tendría fuerzas para volver y Gurú Clef sería capaz de ir a buscarlo él mismo. Se acercó a ella y le dio un tierno beso en los labios.
Escapó en su caballo, al mejor estilo de sus días de rebeldía. El palacio era un alboroto después del ataque rebelde, así que no fue difícil eludir a la guardia real. Galopó por los bosques cercanos, quería despejar su mente. Pero los pensamientos que invadían su cabeza parecían no querer abandonarlo. Eran demasiadas cosas. Céfiro en peligro, los rebeldes que quería su cabeza, los ataques de monstruos desconocidos y por sobre todo, ella. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que aparecer en su vida justo en esos momentos en que estaba a punto de darle una reina a su mundo? ¿Por qué en ese momento en que creía estar seguro de lo que hacía?
Sin darse cuenta llegó a la aldea de Zerof. Tal vez inconscientemente quería llegar allí. ¡No se había dado cuenta de todo el tiempo que había cabalgado! Zerof no era de las aldeas más cercanas.
Creó gran alboroto al ingresar, Zerof era la aldea en la que más popularidad tenía, la aldea en la que más lo querían. Sin dudas, su amigo había hecho un buen trabajo al dejar una buena imagen suya. Después de saludar a unos cuantos aldeanos llegó hasta donde solía estar la casa de Ascot. Su amigo reconstruía su hogar con ayuda de algunos hombres del pueblo y algunas de sus creaturas. Se sorprendió un poco a verlo, pero no dudó ni un segundo en hacer un rato en sus quehaceres para hablar con él. Lo conocía demasiado y sabía que si había llegado hasta allí era porque necesitaba hablar.
-No debiste venir hasta aquí y sin escolta. - reprochó mientras caminaban por los senderos del bosque.
-Lo último que necesito es que me regañes, Ascot.
-¿Cómo hiciste esta vez?
-El palacio está alborotado, los centinelas, la mayoría, heridos… Aproveché la confusión
-Si, escuché que el palacio fue atacado por los rebeldes.
-Creo que tú tienes más información que yo… ¡Odio tanto que me mantengan al margen de todo!
-Lamento que así sea, pero tú conservas la sangre real, la sangre de Esmeralda y no podemos permitir que nada te ocurra… Tampoco estoy de acuerdo con la manera de hacer las cosas de Gurú Clef, pero hay que respetarlo.
-¡Maldito Clef! Él tiene la culpa de todo…. Lo único que he hecho en todos estos años fue seguir sus consejos ¡Y nada más mírame! Soy un pésimo rey, que no puede tomar decisiones por sí mismo, que no puede llevar adelante un mundo entero, ni siquiera su propia vida.
-No digas eso, los rebeldes….
-¡Por algo existen los rebeldes! ¡Por algo la gente quiere que vuelva el sistema del pilar!
-¡Ya basta! ¿Viste como revolucionaste mi aldea? La gente te ama.
-Sólo porque tú eres mi representante…
-Eres un buen rey… Amas a tu pueblo, todo lo que haces lo haces por el bien de Céfiro. Todo esto pasará pronto.
-A Gurú Clef no le importa que estemos peleando contra nuestros hermanos.
-Ese no es tu único problema, ¿verdad? Viniste hasta aquí por algo más.
-Tuve un breve encuentro con ella. Hice todo lo posible por evitarla y aun así el destino caprichoso quiso que nos cruzáramos.
-¿Ocurrió algo?
-Ella me miró con mucho odio. Esa mirada dulce y llena de amor ya no existe. Ascot, tenías razón, ella me odia, me odia por lo que pasó. Y todo fue culpa de Gurú Clef, él me obligó a volver.
-Ferio…
-Si, ya sé que me vas a decir… Qué yo tengo mucha culpa, que jamás debí huir y menos buscarla a ella. Que no debería siquiera pensarlo, que debo respetar a Tabaris. Pero no puedo sacarla de mi cabeza. ¿Qué puedo hacer?
-Sé que es difícil, pero recuerda que las cosas no han cambiado.
-Lo que antes nos separaba aun lo sigue haciendo… Lo sé. Pero por más que lo he intentado no he podido sacarla de mi mente. Sé que Tabaris no se lo merece, pero por más que la quiera no puedo sentir por ella lo que siento por Fuu.
-Realmente lamento que ella esté molesta, amigo. Quizá te ayude hablar con ella.
-¿Hablar?
-No quiero decir que intentes reconquistarla, sólo ser sincero acerca de lo que pasó, que ella sepa que tu intención nunca fue aprovecharte de la situación, usarla para una noche, para sacarte las ganas. Estar juntos no es posible, ya ambos rehicieron sus vidas, pero al menos te sentirás mejor si ella logra perdonarte. Y aunque jamás vuelvan a estar juntos, podrás conservar esos momentos hermosos que viviste con ella en Mundo Místico.
-Tienes razón, aunque no sé si ella quiera hablarme…
Anochecía. Estaba agotada. Se tiró de espaldas sobre la amplia cama. Las comodidades de los representantes de la corona eran infinitas, el palacio ostentaba todas sus riquezas sin reparos. Eso parecía injusto, sobre todo a los ojos de una mujer que había vivido como una simple aldeana, sin poderes ni riquezas. Recordó la batalla. Sonrió. Era la primera fase del plan y aun así había conseguido que el mago supremo juegue sus mejores cartas. Estaba desesperado, lo sabía. Esa batalla no era más que una muestra de su fortaleza. Conseguir nuevos aleados ahora sería más fácil. Se puso de pie. Observó por la ventana. La aldea de Jimitsu había sido la primera en rebelarse. Hoy día albergaba a las tropas rebeldes de todas las aldeas. Y a ella misma, que había ocupado la casa del exiliado representante de la corona. Los pocos aldeanos que estaban en desacuerdo con los rebeldes debían permanecer en silencio. Las mujeres eran obligadas a atender a las tropas, a cocinarles, a lavarles sus ropas y a curarlos cuando estaban heridos. Por esos momentos, todas estaban muy ocupadas atendiendo a los heridos que había dejado el ataque al palacio. Niños había muy pocos. La mayoría de las madres había exiliado a los más pequeños a aldeas más seguras, aldeas que no pudieran llegar a ser el blanco seguro de las tropas reales. Los más grandes eran alistados para la guerra. Se les inculcaban sus "ideales" y se les enseñaba a luchar.
Miró orgullosa la gran hazaña. Suspiró. Otro largo día acababa. Mañana sería un nuevo día. Un día en el que vería en que corazones sembrar el odio y la desconfianza hacia el rey.
Sintió una presencia detrás de ella y se sobresaltó. Recuperando la cordura, se movió de la ventana.
-Pudiste haber usado la puerta como cualquier persona normal.
-¿Cómo van las cosas Kasumi? - preguntó con voz fuerte, como si no hubiera escuchado su protesta.
-¿Qué quieres que te diga? Todomarcha de maravilla… Cómo siempre, yo hago el trabajo sucio mientras tú te diviertes por allí.
-No vine para reproches, ¿Cómo fue la batalla?
-Me extraña que no lo sepas.
-He estado ocupado.
-Perdimos a varios de los nuestros. Ya sabes, el mago supremo es muy astuto, jamás imagine que sus poderes de escudo pudieran matar por sí mismos. Pero se está debilitando. Y lo que también se debilita es la confianza de las Guerreras Mágicas en él.
-Bien, eso es lo que quiero… Ellas tienes que desconfiar de sus habilidades, sobre todo la guerrera del agua, me interesa que ella lo deteste.
-¿Qué me dices de la guerrera del fuego? No olvides que ella es el pilar, y puede ser un gran dolor de cabeza.
-Hikaru no será problema, sé cómo manejarla…
-¿Qué cosas dices, Ryota? Jamás lograste enamorarla como lo planeaste. Cometiste un gran error, ella se desilusionó de ti y todo porque no pudiste controlas tus absurdos impulsos.
-Soy hombre, tengo necesidades y derechos, ¿Qué pretendes?
-Nuestro padre jamás hubiere cometido ese error.
-Lastimosamente su generación no heredero la magia ni la misión, a él sólo tocó entrenarme, pero soy yo quien lleva todo esto adelante. Soy yo quien toma las decisiones.
-Te enamoraste, ese fue tu segundo gran error. Te enamoraste de esa mujer y eso puede ser nuestra perdición.
-Ya deja de analizarme…- dijo Ryota, estaba visiblemente molesto. - Tengo muchas cosas que hacer…- dijo saliendo por la puerta. Kasumi lo vio alejarse, increíblemente sin usar la magia. Sabía que había dado en el blanco, lo conocía como a ella misma, pero por el momento no podía decir más. El seguía a cargo de todo, él era el de las ideas. Luego vería como hacerse cargo de esa pequeña molestia en su camino…
