Los personajes de esta historia no me pertecen, en cambio la trama es completamente de mi autoría.
Capítulo beteado por Jo Beta Ffad, Betas FFAD
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Capítulo 14.
—No puede ser, Edward... ¿de todas las mujeres del mundo ha tenido que ser ella en la que has puesto tus ojos y tu corazón, hijo mío? —Sentí las manos de mi madre recorriendo mi cabello desordenado—. Ella no. Isabella Swan, no.
Elevé el rostro para mirar los ojos color ambar de mi madre. Su mirada fria hizo que se me helara la sangre. ¿Es que acaso ella tampoco me iba a apoyar? ¿Iba a luchar solo contra este sentimiento descarnado que me poseía?
—No me preguntes que me ha pasado, mamá. Pero desde el primer momento que la vi, todo cambió. Mi vida cambió. No miro a ninguna mujer porque en mi mente está ella, cuando me levanto, me acuesto… incluso en mis sueños. Por favor, mamá —me erguí para agarrarle las manos y apretarlas con fuerza—. Ayúdame. Ella es mi felicidad, sin ella mira… lo que soy.
Estaba bastante claro mi estado de embriaguez en aquellos momentos y la mirada de mi madre fue acusadora.
No dijo nada, ni una sola palabra. Tan sólo me abrazó y me llevó escaleras arribas agarrándome de los hombros, acompañándome hasta mi habitación. Allí me dio un beso en la mejilla y abandonó mi cubículo, con una mirada vacia que no supe descifrar.
No tenía ganas de quitarme la ropa, pero a duras penas logré sacar mis zapatos de los pies y tirarme encima de la cama. Allí perdí la noción del tiempo y me quedé dormido, sin darme apenas cuenta.
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—¡Edward! ¡Edward! —La voz de mamá se había colado en aquel sueño exasperante de pérdida que me había hecho sufrir toda la maldita noche.
Con la boca seca y apenas sin voz, logré contestar; no sin antes aclararme la garganta un par de veces.
—Joder, mamá. ¿Qué quieres? —me senté en la cama y me di cuenta que seguía con la ropa del día anterior y con olor a alcohol que tiraba para atrás—. Puedes pasar, aunque te advierto que no estoy en condiciones…
Ni si quiera me dio tiempo a terminar la frase.
Mamá entraba con semblante serio y con la boca algo torcida.
No eran buenas noticias, fueran las que fueran.
No, al menos para ella.
—Charles quiere hablar contigo. — Se acercó a mí y agarró la corbata con dos dedos, soltándola comp si quemara—. Dios, Edward, hueles a borracho. Haz el favor de afeitarte, ducharte y arreglarte dignamente. Como te digo, Charles quiere hablar contigo.
Miré a mamá con el ceño fruncido. Había comenzado a dar paseos en mi habitación, con los brazos cruzados y la cabeza baja, pensativa.
—¿Qué pasa? —todavía no me había movido de la cama y ella parecía ni notarlo.
Su rostro se giró para mirarme y apenas sonrió.
—Adecéntate, hijo. Al parecer estás de suerte.
Y con el misterio que últimamente me tenía acostumbrado, se giró sobre sus talones y se marchó de allí, dejándome prácticamente en shock. ¿Qué había querido decir con eso de que estaba de suerte?
Descuidadamente me fui despojando de mi ropa, recordando la noche anterior.
No podía quitarme de la cabeza cómo miraba Carlisle a Bella, él la deseaba tanto o más que yo. Sus ojos la devoraban aunque intentaba que parecieran ser serenos y dulces.
Yo llevaba la sangre de aquel hombre que ahora, era mi enemigo.
Quizas había actuado de sobremanera al asestarle aquel puñetazo en plena fiesta, pero estaba completamente cegado por los celos, no quería que la rozara con aquella mirada sucia. ¡Ella me pertenecía! Y no sabía cómo, pero sería mía ¡de una manera u otra!
Aplaqué mi cuerpo con una buena ducha y me afeité tal y como mi madre ordenó.
No me desagradaba llevar barba de algunos días, me daba una apareciencia más viril.
Antes de bajar, di varios toques con gel fijador sobre mi desordenado cabello y salí de mi habitación en busca del hombre que consideraba como mi verdadero benefactor.
Al bajar las escaleras, él y mamá parecían estar discutiendo entre susurros, al notar mi presencia se separaron y mamá se sentó en un pequeño sofá uniplaza, dándome lugar a sentarme junto a Charles en el de dos plazas.
—Edward.
No me miraba a los ojos.
Algo ocurría.
Busqué la mirada de mi madre para que diera alguna pista, pero ella miraba el suelo, mientras movía la pierna desquiciadamente. Estaba claramente nerviosa.
—Dime Charles —carraspeé. Tenía la voz demasiado ronca. Claro, síntoma de mi noche de alcohol.
—Sé que conoces a mi hija.
Abrí la boca para hablar, con el corazón en la boca. Busqué de nuevo la mirada de mi madre, pero ella seguía con la misma actitud nerviosa. Charles, elevó la mano y no me dejó pronunciar palabra.
—Tengo el deber de informarte que Isabella viene a vivir con nosotros, Edward. —Sonreí lleno de una felicidad tan grande, que pensaba que iba a morir. Charles volvía a hacerme feliz. Lo hubiera besado en aquel momento—. Me ha llamado y ha decidido que abandonará la casa de tu padre inmediatamente para vivir con nosotros y debo confiar en ti, Edward. ¿Puedo hacerlo, Edward?
No comprendí y fruncí el ceño, paseándome la mano por mi cabello.
—No entiendo, Charles. Por supuesto que puedes confiar en mí.
Charles sonrió casi forzadamente y se atusó el bigote con nerviosismo.
—Mira muchacho, sé el éxito sin parangón que tienes con el sexo femenino y no quisiera que mi hija fuera blanco de tus deseos. ¿Entiendes?
Si mirada me traspasó como una espada el corazón.
—No entiendo. —Mi tono de voz serio y ronco, hizo ponerse a Charles más a la defensiva.
—Creo que he de decirtelo con más claridad para que lo entiendas, por lo que veo. No te acerques a mi hija, Edward. Solo en calidad de hermanastro o como amigo, nunca como hombre.
Me erguí mirandolo con clara hostilidad.
—Tú no me das órdenes. Y, por supuesto, no vas a decirme como he de tratar a Bella.
—¿Bella? —Él tambien se irguió quedando frente a mí, amenazante—. ¿Desde cuándo tienes esa clase de confianza con mi hija?
Torcí la boca y sonreí de manera cinica.
—Acostumbrate a muchas más informalidades.
—Mira muchacho, he acatado todo lo que tu madre me ha pedido en lo que respecta a ti por que la amo, pero de la que estamos hablando es de mí hija. Ya la abandoné una vez, dejándola a la deriva, ahora no lo voy a hacer y, claramente, no la voy a dejar a merced de un hombre como tú. Sé cómo tratas a las mujeres Edward, y en tu mente no existe lugar para la camaradería entre hombre y mujer.
Con las manos en los bolsillos, apreté los puños.
Estaba conociendo una cara de Charles que no me gustaba nada… aquello no iba a ser nada fácil.
—Y bien, ¿algo más?
—Isabella ha pedido que vayas en su busca. —La voz de mamá me hizo volver el rostro hacia ella y sonreir sin que Charles me viera. Ella hipertérrita, era un trozo de hielo.
—Salgo ahora mismo —corrí en busca de las llaves, allí donde mismo las había dejado la noche anterior y desaparecí de aquella casa sin decir adiós.
No podía creer lo que estaba sucediendo. ¡Bella iba a vivir bajo mi mismo techo! La vería todos los días, levantarse, acostarse… comería con ella y, por supuesto, iba a hacer lo que fuese por ganarme aquel corazón muerto, que parecía no tener lugar para amar. Yo lo conseguiría.
Suspiré fuertemente y me reí de mí mismo.
Aquello era lo que denominaban amor.
Sentía una opresión en el pecho tal, que me agradaba de la misma manera que me dolía… y me daba miedo; un miedo atroz.
Si las cosas no salían como yo anhelaba con la dueña de mis pensamientos, iba a acabar como una puta colilla.
Por fin llegué a la casa de Carlisle.
Aparqué con nerviosismo y salté del coche con paso rápido hacia la puerta de entrada. Toqué el timbre y mi enemigo me abrió.
Ni siquera me habló, dándome paso.
Cuando la vi, sentí cómo los huesos se me hacían gelatina y el corazón se alojaba en mi gargante como por arte de magia.
—Bella…
Parecía un total gilipollas, y seguro que lo era, pero ella estaba allí; con una pequeña maleta y mirándome… sonriéndome.
—Hola Edward, te estaba esperando. ¿Vamos? —agarró la pequeña maleta y la hizo correr mientras caminaba hacia mí, quedándome como un pasmarote mirándola como iba hacia el umbral de la puerta.
—¿Edward? —Su era como música celestial, me hizo casi babear y la seguí.
Me detuve un momento para mirar a Carlisle.
Estaba de espaldas, sin mirarnos.
Cerré la puerta al abandonar la casa y seguí su culo —como un enfermo— hacia mi Volvo.
—Dame la maleta —dije con la voz ronca de deseo—, la pondré en el maletero.
Ella me miró moviendo de una manera casi imperceptible su boquita perfecta.
—Gracias.
—Las que tú tienes.
Sonreí ladeadamente, mientras agarraba la maleta y la ponía dentro del maletero, llegando hacia la puerta del copiloto y abriendola para darle paso a mi princesa.
Ella elevó una ceja y se sentó en mi coche.
Hummm… me moría de hambre de ella.
Me acomodé dentro de mi auto y la miré de arriba abajo antes de arrancar.
—Vivieremos juntos, entonces. ¿No te da miedo?
Ella agarró una bonitas gafas de sol y se las alojó encima de su naricita, antes de sonreír de manera algo siniestra.
—El que debería de estar acojonado, eres tú.
Aquella afirmación, hizo que estallara en una sonora carcajada, antes de pisar el acelerador.
Continuará….
El siguiente, según el orden que me dio Sis, sería Bárbaro.
Bss.
