Esta historia pertenece a Linda Howard, al terminar dire su nombre real. Los nombres y descripciones de algunos personajes perteneces a Stephenie Meyer.

El libro contiene desde los primeros caps un alto contenido sexual y de violencia, por lo que si lo leen, ES BAJO SU PROPIO RIESGO :)

Gracias a Angie Masen por sus correcciones y a las chicas que han leido y dejado RR por esta y la otra de las historias y agregarla como favorita y/o alerta

Mil perdones por la demora! pero en la U he estado con examenes y me tienen vuelta loca

XOXO

Dhampi


El Inicio

El nombre que Bella tomó del cementerio de Minneapolis fue Louisa Patricia Croley. Esta vez solicitó una partida de nacimiento. En lugar de eso, armada con las perlas de sabiduría ilegal de Harmony, esa tarde tenía un número de seguridad social, una dirección, y un permiso de conducir. Los dos último eran falsificaciones.

El número de la seguridad social era real, porque había pertenecido a la Louisa Patricia Croley real. Conseguir el número había sido algo muy fácil, y no necesitaba una tarjeta real, solamente el número.

A la mañana siguiente era dueña de una camioneta, una Dodge beige, oxidada que sin embargo cambiaba de velocidad suavemente y no emitía ningún ruido extraño ni bocanadas de humo reveladoras. Pagando al contado, consiguió que el dueño bajara cuatrocientos dólares su precio inicial. Con el título y contrato de venta en su posesión, lo siguiente que hizo fue conseguir cambiar el título para que estuviera a su nombre, mejor dicho, a nombre de Louisa Croley.

Bella estaba torvamente satisfecha mientras se volvía caminando hacia el furgón. Ahora disponía de ruedas. Podría irse en cualquier momento que deseara, y no tenía que comprar un billete o preocuparse por disfrazarse por si acaso el vendedor de billetes la recordaba si alguien llegaba haciéndole preguntas. La camioneta significaba libertad.

Alquiló un cuarto barato cerca del centro, y después de una pequeña investigación solicitó un trabajo en el servicio de limpieza que limpiaba algunas de las lujosas casas de Wayzata. No había mejor fuente de información que el servicio de limpieza, porque nadie le prestaba ninguna atención a los limpiadores. Sabía que James empleaba a una ama de llaves a tiempo completo, como hacían algunos de los otros propietarios de casas en el lago, pero bastantes usaban un servicio exterior porque era más barato. Sin embargo, la mayor parte del dinero que se pagaba no llegaba a las manos de los que hacían la limpieza, así que la rotación de personal era medianamente alta. Fue contratada inmediatamente.

Esa noche, en su pequeño cuarto deslustrado, se tumbó en la cama cubierta de bultos y pensó somnolientamente en los escritos que apenas había terminado de traducir. En 1321, un hombre llamado Morvan de Hay había tratado de matar a Edward el Negro, pero perdió su cabeza. Su padre, el jefe de un clan cuyas tierras estaba situadas hacia el Este, había lanzado al clan entero a la guerra abierta con los renegados de Creag Dhu. Edward había sido capturado durante una batalla y encerrado en la mazmorra de Hays, pero había escapado de manera misteriosa esa misma noche.

Edward. Bella mantuvo sus pensamientos concentrados en él, asustada de dejarlos vagar. Estar en Minneapolis era más difícil de lo que había pensada no por el peligro, sino porque ésta era la ciudad donde había vivido con Mike, la ciudad donde su marido y su hermano estaban enterrados. Quería ir desesperadamente a sus tumbas, pero sabía que no se atrevería. No sólo sería un movimiento sumamente arriesgado por su parte, sino que no creía que lo pudiera soportar. Ver sus tumbas la destruiría, haría trizas el muro que había construido alrededor de sus emociones. ¿Cuánto tiempo hacía ahora? ¿Dos meses? Sí, dos meses y tres días, aproximadamente a esta hora. No lo suficiente. Ni siquiera se acercaba a ser suficiente.

Pensaría en Edward en lugar de eso. Concentrarse en él era lo que la mantenía cuerda.

El la deseaba.

En el margen de su conciencia, Bella sabía que estaba soñando, pero esa conciencia no era suficiente para detener las imágenes. Antes siempre que había soñado con Edward ella había sido una observadora, pero esa noche era una participante.

El sueño era vago, cambiante, pero sabía que estaba en la cama con él. La cama era enorme, alta con montones de pieles; se habría sentido perdida e insignificante en esa cama, pero con él allí era sólo vagamente consciente de la vasta superficie en la cual yacían. Él la montó, y el calor intenso de su cuerpo la sobresaltó. Asombrada, se percató que ambos estaban desnudos, su piel desnuda abrasando la de ella. Él era pesado, y la presión de su peso casi la aplastó, pero se sintió tan maravillosamente por tener a un hombre encima de ella otra vez que le mantuvo cerca. Había echado tanto de menos eso, el peso de un hombre sobre ella, la fuerza de los brazos de un hombre alrededor de ella, su olor en las fosas nasales, su sabor en la boca.

Ella dejó correr sus manos sobre su espalda, sintiendo las capas de duro músculo debajo de su piel tensa. Su melena de pelo negro estaba húmeda de sudor, su cuerpo brillaba. Su aroma era crudo, picante y salvaje, el de un hombre incitado más allá del control. Ella había causado esa ferocidad en él y a ella le gustaba, se deleitaba en ella, quería todo lo que él le pudiese dar.

Luego él entró en ella, y en su sueño ella gritó por el insoportable placer. Él era tan grande que se sintió estirada, tan ardiente que se sentía chamuscada. Su cuerpo estaba concentrado y tenso, y ella empezó a llegar al clímax.

Los espasmos la despertaron y al principio se quedó tendida allí flotando en la voluptuosa sensación, con la respiración profunda y sintiendo los pequeños temblores apagándose. Edward apenas acababa de dejarla, pensó con somnolencia, porque todavía podía sentir en su cuerpo la persistente punzada causada por sus empujes. Ella quería que la mantuviera entre sus brazos, y sacó fuera una mano y tocó… nada. Bella se despertó abruptamente, su respiración repentinamente áspera en los pulmones. Se incorporó, clavando la mirada salvajemente alrededor del cuarto oscuro, vacío. El horror por lo que había hecho la inundó, y apretó sus dientes contra un alarido de furia, de desesperación, de rechazo violento.

No.

Se odió a sí misma, odió su estúpido cuerpo hambriento, por permitir que un sueño de su imaginación lo sedujera para darle placer. ¿Cómo había podido soñar con Edward, cómo había podido dejar al Edward del sueño invadir su cuerpo, darle su placer? Él no era Mike. Sólo Mike alguna vez la había tocado, le había hecho el amor, explorado con ella la intensa sexualidad de su naturaleza. Había yacido desnuda sólo con Mike, amado sólo a Mike, pero sólo dos meses después de su muerte soñaba con otro hombre, un hombre muerto, y encontraba deleite sexual en el sueño.

Se puso de cuclillas en la cama, lamentándose suavemente. Había traicionado a Mike. No importaba que lo hubiera hecho sólo en la imaginación, en su subconsciente. La traición era traición. Debería haber sido con Mike con el que tenía que haber soñado, Mike que había muerto protegiéndola.

Pero si sus sueños fuesen con Mike... se habría vuelto loca a estas horas. Su muerte, la muerte de Jacob, era una gran herida interna que no se atrevía a tocar porque todavía sangraba, todavía demasiado dolorosa de soportar. Se había concentrado en estudiar los documentos sobre Edward el Negro porque esa era la única forma que podría seguir adelante, y su subconsciente le había arrojado un lanzamiento curvo manteniéndose concentrando en él durante su sueño.

Maldito su cuerpo, maldita su propia naturaleza. Cuando estaba despierta era como si su sensualidad hubiera muerto con Mike; no sentía deseo, ni frustración, ni atracción. Pero cuando dormía, su cuerpo se acordaba, y sentía nostalgia. Le había gustado hacer el amor, le había gustado todo lo que implicaba — los olores, los sonidos, la deliciosa fricción de su cuerpo contra el suyo, la forma en que él la había acariciado mientras ella se arqueaba y ronroneaba, el momento dulce, sorprendente de la entrada cuando sus cuerpos se acoplaban. Cuando Mike se iba a una excavación y no había podido reunirse con él, ella había estado atormentada por la frustración sexual hasta que él regresaba. Él siempre había vuelta a casa sonriendo abiertamente, porque sabía que en cinco minutos estarían encerrados en el dormitorio.

Bella cerró sus brazos alrededor de sus rodillas y sin ver nada. Quizá, ahora que se había calmado, podía comprender cómo había llegado a soñar con Edward, pero no quería que eso ocurriera otra vez. No pensaría en los escritos mientras estuviera en la cama.

En lugar de eso pensaría en James. Eso sería seguro, porque no le encontraba ni remotamente atractivo; podría ver la maldad debajo de la belleza de su figura. Trataría de urdir alguna manera de vengarse. No le quería simplemente muerto, quería justicia, quería que todo el mundo supiera la verdad sobre él.

Quería que se supiera que él había matado a dos hombres maravillosos, y por qué.

Pero si la justicia la eludiese, entonces ella tomaría venganza.

Finalmente se acostó, medio asustada de dormir otra vez pero sabiendo que tenía que hacer un intento; comenzaba a trabajar a las siete de mañana, y limpiar casas era un trabajo arduo. Necesitaba dormir, necesitaba acordarse de comer, necesitaba... oh, Dios mío, necesitaba a Mike, y Jacob, necesitaba que todo fuera como era antes.

En lugar de eso yacía a solas en una cama estrecha, cubierta de bultos, y observando el paso de la noche mientras trataba de pensar en alguna forma de usar los escritos contra James.

/***/

Edward salió de golpe del sueño, maldiciendo mientras cuidadosamente se ponía boca arriba y empujaba las mantas lejos de su tenso y abultando pene, incapaz de tolerar ni siquiera el toque más ligero sin derramar su semilla sobre la cama. No había hecho tal cosa desde que era un muchacho inexperto de trece años, ni siquiera durante sus ocho años de privación sexual como un Caballero.

Había soñado con una mujer, soñaba que estaba profundamente enterrado en ella. Él no podía imaginarse por qué había soñado con algo semejante, cuando sólo unas pocas horas antes había disfrutado de un encuentro lujurioso con Jean, una viuda que había buscado la seguridad dentro del castillo amurallado e intercambiado sus habilidades en la cocina por un camastro en Creag Dhu.

No había soñado con Jean, o con cualquier otra mujer que él conociera. Pero de algún modo, la mujer de sus sueños le resultaba familiar, sin embargo en su sueño se habían acoplado en la oscuridad y no había podido ver su cara. Era pequeña en sus brazos, como la mayoría de mujeres lo eran, pero también había habido una cierta fragilidad, una delgadez que le hacía querer tomarla bajo su protección. Sin embargo, ella no había querido ternura meticulosa; ella había sido ardiente y lasciva, adherida a él, su hambre tan feroz como la de él. Sus caderas se habían levantado para encontrarle y tan pronto como había entrado en ella, gimiendo en la estrechez perfecta y sedosa que se ajustaba entorno a él, sus espasmos de placer habían comenzado. La intensidad de su respuesta hacia él le había hecho empujar más ardiente y más rápido de lo que alguna vez lo había hecho antes, y había estado a punto de unirse a ella en el clímax cuando abruptamente se despertó en una cama vacía, con los brazos vacíos, y con una furiosa frustración.

Supuso que faltaba una hora para el amanecer, demasiado poco para buscar conciliar el sueño otra vez. Frunciendo el entrecejo, buscó a tientas el pedernal y encendió una vela, luego caminó a grandes pasos hacia la chimenea para remover los rescoldos y añadir algunos palos pequeños para reavivar el fuego. El aire estaba frío alrededor de su cuerpo desnudo, pero no tenía frío; él estaba ardiente, casi desprendía vapor por la fuerza de su excitación. Su pene estaba todavía grueso y erecto, dolorido por la pérdida de ese apretado abrazo interno. Podía sentirlo en su carne tan vívidamente como si en realidad apenas hubiese salido su cuerpo.

Ella había olido... dulce. El recuerdo era esquivo, fugaz, pero sus fosas nasales delgadas se agitaron mientras instintivamente intentaba atraparlo otra vez. Limpio y dulce, no la dulzura abrumadora de un perfume florido sino algo ligero, tentador y subyacente, el olor almizcleño excitante había sido el que señaló su despertar.

Ah, había sido un gran sueño, a pesar de las frustrantes consecuencias. Pocas veces reía, pues la vida no le divertía mucho, pero sus labios se curvaron hacia arriba mientras clavaba la mirada hacia abajo en sus incontrolables partes viriles. La mujer del sueño le había excitado más que cualquier mujer real en toda su vida, y eso que él había disfrutado de lo lindo con muchas mujeres. Si alguna vez llegaba a poner de verdad sus manos en una mujer como la del sueño, sin duda moriría dentro de ella. Incluso ahora, cuando recordaba cómo se había sentido al entrar en ella, el calor y la humedad y el ajuste estrecho, perfecto. La pulsación en su cuerpo se intensificó, y su sonrisa creció hasta convertirse en una amplia sonrisa, una que nadie jamás había visto, pues era libre y alegre, y él no lo había sido desde los dieciséis años.

Sonrió abiertamente por su estupidez, y recordó el placer, real o no. Se atormentó dejando sus pensamientos demorarse en el sueño, pero estaba demasiado excitado para olvidarlo.

Las pequeñas lenguas de fuego lamían los palos ahora, así que añadió un leño mayor, y se puso su camisa por encima de la cabeza. Después de enrollarse su tartán sobre sus caderas y fajarlo, se puso la tela sobrante alrededor de los hombros, luego se puso las gruesas medias de lana y los metió en las botas de suave cuero que prefería por encima de los brogaich pequeños y gruesos que usaban sus hombres. Él nunca iba desarmado, ni siquiera en su propio castillo, así que se deslizó una daga delgada en la bota, una mayor en el cinturón, y luego se ciñó su espada. Apenas había terminado cuando un golpe seco sonó en la puerta.

Su frente oscura se arrugó. Todavía no había amanecido; una llamada a esta hora sólo podía significar problemas.

—Voy —ladró.

La puerta se abrió y Emmet MacCarty, capitán de las guardias de noche, asomó su gran cabeza dentro de la cámara. Pareció aliviado viendo a Edward ya vestido.

—Invasores —dijo brevemente, en escocés. Era un hombre del Clan Keith, un hombre apartado de su clan por su propia voluntad o porque había sido expulsado, y los habitantes de las Tierras Bajas hablaban más en escocés que en gaélico. Emmet siempre lo hacía cuando estaba agitado.

—¿De dónde?

—Del Este. Su tartán se parece al de los Hays —Edward gruñó mientras salía a grandes pasos de la cámara.

—Despierta a los hombres —ordenó. Estaba de acuerdo con Emmet; durante años Cayo de Hay había odiado amargamente a los renegados de Creag Dhu, pues controlaban un área grande que antes él consideraba como suya para hacer incursiones. Había ido con sus protestas a Bruce, pues según él, un conjunto tan grande de hombres sin clan en Escocia sólo podía significar problemas. Jasper, durante una de sus visitas a medianoche, le había advertido a Edward que tuviera cuidado con su vecino del Este. La advertencia era innecesaria. Edward tenía cuidado con todo el mundo.

Él mismo se ocupó de preparar los caballos, e invadió las cocinas para recoger víveres para sí mismo y sus hombres. Las grandes hogazas de grueso pan para la comida vespertina ya se horneaban en los hornos, y una cazuela enorme de gachas de avena comenzaba a burbujear sobre el fuego.

Arrancó de un tirón un trozo de pan duro del día anterior, y lo tragó remojado con cerveza.

Entre mordiscos, daba órdenes. Jean y los demás correteaban, reuniendo sacos de avena y envolviendo pan, queso, y pescado ahumado en paños. Los ojos de las mujeres eran grandes y asustados, pero le miraban con fe, confiando en que él se ocupase del asunto como había hecho durante los últimos catorce años.

Cuando bajó al patio interior lo encontró lleno de campesinos aterrorizados a los que se dejaba pasar al interior del castillo para protegerlos. Las antorchas ardían brillantemente en medio de la confusión, a medida que traían los caballos y sus hombres bajaban a recoger los sacos de comida y hacían los muchos pequeños para la comida vespertina necesarios para ir a guerrear. Los heridos yacían donde habían caído, y los demás corrían a toda prisa alrededor de ellos, y algunas veces pasando por encima de ellos. Una recia anciana se esforzaba por reunir a los heridos en una zona para que pudieran ser bien atendidos. Los hombres maldecían y gruñían, y algunas mujeres lloraban inconsolablemente por los seres queridos que habían perdido, maridos e hijos, y quizá por lo que habían soportado a manos de los invasores. Algunas mujeres estaban calladas, encerradas adentro de si mismas, con su ropa desgarrada revelando la historia que sus labios cerrados se negaban a expresar. Los niños se acuclillaban cerca de sus madres, o se mantenían de pie a solas y sollozaban.

Era la guerra. Edward había visto esas imágenes muchas veces, y estaba endurecido ante ellas. Eso no significaba que ignorase un ataque semejante a lo que era suyo. Caminó a grandes pasos hacia la anciana que trataba de poner orden en el caos, reconociendo en ella el sello de un líder. Le puso la mano sobre brazo regordete y tiró de ella hacia un lado.

—¿Cuántas horas han pasado? —preguntó bruscamente—. ¿Cuántos eran?

Ella se quedó con la boca abierta mirando hacia arriba al hombre alto que se elevaba sobre ella, su melena negra formando remolinos sobre sus anchos hombros, sus ojos tan fríos y negros como las puertas del infierno. Supo inmediatamente quién era él.

—No pueden haber pasado más de una o dos horas. Era una banda considerable, treinta o más. —Treinta. Esa era una partida grande para una incursión, para realizar incursiones con éxito era mejor hacerlo a hurtadillas. En catorce años nunca había dejado Creag Dhu protegido por menos de la mitad sus hombres de armas, pero si él perseguía y buscaba a tantos hombres, necesitaría un contingente más numeroso de lo habitual.

Una fuerza de incursión tan grande era un desafío, una afrenta, eso no podía ser ignorado. Cayo de Hay debía saber que Edward tomaría represalias inmediatamente, así que dedujo que se habría preparado para tal hecho. Quizá hasta lo había planeado deliberadamente, para sacar a Edward y la mayoría de sus hombres lejos del castillo.

Edward llamó por señas a Dimitri, que dejó su caballo con un muchacho y obedeció el llamamiento inmediatamente. Los dos hombres caminaron lejos del ruido y el caos. Dimitri era el único antiguo templario que quedaba en Creag Dhu a parte de Edward, un hombre solitario y devoto que nunca había perdido la fe ni siquiera cuando el Gran Maestre se había dirigido a su muerte en la hoguera siete años antes.

Dimitri tenía cuarenta y ocho años de edad y pelo gris, pero sus hombros estaban todavía erguidos y, como Edward, entrenaba cada día con los hombres.

No había olvidado ninguna de las tácticas de combate que había aprendido en la Orden.

—Sospecho que ésta es una treta para sacar a la mayor parte de los hombres del castillo —dijo Edward quedamente. Su boca era una línea sombría, delgada, sus ojos entrecerrados y fríos—. Hay probablemente atacará tan pronto como piense que estamos lo bastante lejos. Creo que está lo suficientemente cerca como para observar, no creí que ese bruto torpe pudiera ser tan astuto. Me llevaré quince hombres conmigo; los demás se quedarán aquí, bajo tus órdenes. Permanece alerta. —Dimitri inclinó la cabeza, pero su mirada era inquieta.

—¿Sólo quince? Oí a la mujer decir treinta.

—Sí, pero nosotros tenemos un entrenamiento que ellos no han tenido. Dos a uno no es una proporción justa, puesto que tenemos todavía ventaja sobre ellos -Dimitri sonrió burlonamente. Los miembros de un clan Hay estarían peleando contra templarios inconscientes, sin juramentar, pues Edward, con su ayuda, les había adiestrado bien. La mayoría de los escoceses entraban bramando en la batalla con pocos propósitos aparte de acuchillar o apuñalar a todo aquel que se pusiera delante de ellos, pero los hombres sin clan de Creag Dhu atacaban con una disciplina que habría hecho sentirse orgullosa a una legión romana. Habían aprendido táctica y estrategia, y la habían aprendido del guerrero más temible de la Cristiandad, aunque no lo supieran. Sabían sólo que desde que había aparecido en las Tierras Altas, nadie había derrotado a Edward el Negro, y estaban orgullosos de servir bajo su mando. Toda su lealtad al clan, su sentido de parentesco y pertenencia, había sido transferida hacia él, y lucharían sin vacilar hasta la muerte por él.

Satisfecho de que Creag Dhu estuviera bien defendido, Edward escogió a quince de sus hombres y los guió fuera de los portones, luego cabalgó duramente en el amanecer. Él presionó tanto a hombres como a bestias para alcanzar a los invasores, pues sospechaba que su objetivo era conducirle tan lejos de Creag Dhu como fuera posible. Su cara era sombría y dura mientras cabalgaba. Los miembros del clan Hay habían cometido un error fatal perpetrando sus robos, violando, y asesinando en el territorio que Edward consideraba como propio. Él había tomado Creag Dhu, lo había fortificado, lo había rehecho para sus designios; El Tesoro estaba seguro allí, y nadie iba a quitárselo.

Cayo era un tonto, pero uno peligroso. Era un hombre tonto y bravucón, rápido para ofenderse y demasiado terco para admitir cuándo era superado. Edward era soldado por la naturaleza y entrenamiento, y despreciaba la inconsciencia que costaba vidas innecesarias al clan.

Aunque generalmente intentaba no causar tal alboroto en las Tierras Altas que Jasper fuera llamado para mediar, porque sabía que significaría problemas para su hermano cuando él se negara a expulsar a los renegados y a los hombres sin clan de Creag Dhu, la paciencia de Edward se había agotado. Amenazando a Creag Dhu, Hay amenazaba el Tesoro y moriría por su estupidez.

Un buen caballo podía marcar la diferencia entre la victoria y la derrota, y Edward había intentado durante años de proveer a sus hombres de las mejores monturas posibles. Deteniéndose sólo para abrevar a las robustas bestias y permitiéndoles que descansaran un momento, dio alcance a los invasores a media mañana. Los invasores estaban en mitad de un valle estrecho, cargados con los bienes que habían robado y conduciendo un rebaño disperso de animales robados delante de ellos. El sol matutino brillaba en la niebla que todavía pendía en lo alto como un velo. No había ningún lugar dónde ellos pudieran ponerse a cubierto, y cuando Edward y sus hombres salieron del bosque produciendo un ruido ensordecedor hacia ellos, los invasores se arremolinaron sin saber que hacer en un momento de aterrorizada confusión.

La vieja abuelita había contado bien, vio Edward; el enemigo contaba con más de cuarenta hombres, haciendo que las probabilidades fueran de cerca de tres a uno, pero casi la mitad de los cuarenta iban a pie. Sus dientes quedaron al descubierto en un rictus salvaje. Viendo el número relativamente pequeño de perseguidores, los invasores sin duda empezarían a agruparse, un movimiento que tendrían poco tiempo para lamentar más tarde.

Como había esperado, hubo una oleada de gritos y la banda se congregó, luego fue a la carga a través del valle estrecho, gritando y agitando una variedad de armas, claymores, hachas, martillos, y hasta una guadaña.

—Esperad —dijo Edward—. Dejadlos venir a nosotros —sus hombres se alinearon a cada lado de él, dispersándose para no estar agrupados y no poder ser rodeados. Permanecieron quietos, los caballos golpeaban con inquietud el suelo con los cascos y sacudían las cabezas, mientras los estridentes asaltantes se desparramaban a través del estrecho y brumoso estrecho, moteado en sol.

Pero había una distancia de trescientos metros entre los dos grupos, y trescientos metros era una gran distancia para que un hombre cansado hiciera una carga, especialmente cuando ha estado ocupado toda la noche en el agotador asunto de asaltar, no ha dormido, y ha estado viajando rápido para evadir a los perseguidores. Aquéllos a pie pronto redujeron la velocidad, y algunos se detuvieron del todo. Aquéllos que seguían tercamente adelante ya no estaban gritando, ya no albergaban la fiebre de la batalla.

Así los jinetes que iban a la carga delante de los rezagados apenas superaba en número a Edward y sus hombres. La mirada de Edward apuntó a un joven fornido que cabalgaba al frente, con su maraña salvaje de pelo color arena volando detrás de él. Ese sería Morvan, el hijo irritable, brutal mayor de Hay, y digno sucesor de su padre. Los ojos pequeños y mezquinos de Morvan también estaban clavados en Edward.

Edward levantó su espada. El claymore era, para la mayoría de hombres, un arma que debían manejar con las dos manos, pero su fuerza y su tamaño le daban el poder de hacer girar la espada de metro ochenta con una sola mano, dejando libre su mano izquierda para manejar otra espada, o un hacha Lochaber. Agarrando las riendas con los dientes, levantó un hacha. Su caballo bien entrenado temblaba bajo él, con los músculos tensos. Cuando Morvan y sus hombres estuvieron a unos treinta metros escasos, Edward y sus hombres cargaron.

La colisión fue veloz y abrumadora. Una vez había luchado con escudo y armadura, con cincuenta kilos de armadura oprimiéndole, pero ahora Edward peleaba libre, salvaje e indomable, sus ojos ardían con un fulgor feroz mientras bloqueaba una espada con su hacha y luego traspasaba las defensas del hombre con su espada, escupiéndole. Siempre peleaba silenciosamente, sin los gritos y los gruñidos de otros hombres, sintiendo instintivamente el siguiente ataque mientras todavía se ocupaba del actual.

Antes de que su espada estuviese libre se dio la vuelta, haciendo girar el hacha en lo alto para bloquear otro golpe. El metal chirrió mientras una espada golpeaba el cabezal del hacha, y la violencia del golpe sacudía su brazo. Una pierna poderosa hizo presión y su caballo cambió de dirección, haciéndole volverse para confrontar este nuevo desafío. Morvan de Hay le empujó hacia delante, usando todo su considerable peso en un esfuerzo para descabalgar a Edward.

Edward hizo recular a su caballo, lejos del peso de Morvan. Con una maldición el hombre más joven se enderezó, sus dientes amarillentos quedaron al descubierto mientras echaba hacia atrás el claymore para otro ataque.

—¡Diolain! —siseó Morvan.

Edward ni siquiera parpadeó al ser llamado bastardo. Simplemente hizo girar su espada para esquivarlo, luego enterró su hacha en la cabeza, partiéndola casi en dos. Con una sacudida desbloqueó su arma y giró hacia otro adversario, pero no había ninguno. Sus hombres habían trabajado tan eficazmente como él, y los miembros del clan Hay que habían estado montados ya no estaban a horcajadas sobre sus caballos, sino que yacían tumbados en la indignidad de la muerte, con los miembros expuestos, la sangre convirtiendo la dulce tierra en lodo. El hedor familiar de la sangre y los desechos señalaba sus muertes La mirada musgo de Edward pasó rápidamente sobre sus hombres. Dos estaban heridos, uno seriamente.

—Clennan —dijo bruscamente, atrayendo la atención del hombre que había sido herido en el muslo—. Cuida de Leod —luego él y los trece hombres restantes fueron a la carga para encontrarse con los miembros del clan Hay que iban a pie. Fue una derrota completa, pues un hombre a caballo tenía una ventaja enorme sobre uno a pie. Los animales mismos eran armas, sus pezuñas herradas con acero y peso macizo que sencillamente aplastaba a aquéllos que no podían apartarse de su camino. Edward saltó del lomo de su caballo, con la sed de sangre cantando a través de él mientras hacía girar la espada y el hacha, retorciéndose, esquivando, empujando. Él era una oscura espada de muerte, indeciblemente grácil mientras se movía en su mortal danza. Cinco hombres cayeron ante él, uno decapitado por un barrido ponderoso del claymore, y Edward ni siquiera sintió la sacudida en el brazo de la espada a medida que la hoja partía huesos.

La carnicería duró dos minutos, no más. Luego la quietud cayó a través del valle, el estruendo de las espadas reemplazado por un gemido ocasional. Velozmente Edward hizo balance, no esperaba que sus hombres escapasen ilesos. El joven Odar muerto, yacía tumbado bajo el cuerpo de un miembro del clan Hay. Sus ojos azules claros ciegos miraban fijamente hacia arriba. Sim había llevado un corte de espada en el costado y maldecía espeluznantemente mientras trataba de restañar el flujo de sangre. Edward dedujo que estaba lo suficientemente bien para montar a caballo.

Goraidh, sin embargo, estaba inconsciente, con la frente ensangrentada.

Todos sufrían pequeños cortes y magulladuras, él mismo incluido, pero esas heridas no eran nada. Con dos heridos en el primer ataque, quedaban diez hombres sanos, y dos tendrían que quedarse atrás para ayudar con los heridos y agrupar en una manada el ganado para llevarlo de vuelta a Creag Dhu.

—Muir y Crannog, quedaos con Sim y Clennan para ayudar con los heridos, y el ganado —los dos que había mencionado no parecían contentos de tener que quedarse atrás, pero sabían que era necesario.

No podían cabalgar tan deprisa como lo habían hecho antes porque los caballos estaban cansados. Edward les mantuvo a un ritmo constante, su corazón de guerrero latía feroz y salvaje en su pecho mientras cabalgaba hacia otra batalla.

El viento levantó su pelo largo, secando el sudor de la batalla. Sus muslos se sujetaban al poderoso animal bajo él, calor encontrándose con calor, carne contra carne. El grueso kilt de tartán de lana en torno a su cintura le daba una libertad que los braies, las medias y las prendas de ropa interior de picante piel de oveja le habían negado, y se regocijó en su estado salvaje sin restricciones.

Con facilidad había desechado los atavíos físicos de los Caballeros, se dejó crecer bastante el pelo, se afeitó la barba, y descartó la detestada piel de oveja. Aunque se había convertido en uno de ellos, siempre había habido un lugar en su alma que sentía nostalgia de Escocia, de la fiereza y la libertad, las montañas y las nieblas, de la pura lujuria de la juventud. La vida de armas prometida por los Caballeros le había atraído, y a medida que había envejecido había entendido lo que hacían y aceptaba la carga, la pura fe, pero Escocia todavía vivía dentro de él. Estaba en casa, y aunque celebraba su libertad física, ahora estaba atado allí por una carga mucho más pesada, una que dominaba su vida mucho más rígidamente que antes. ¿Por qué le había escogido Carlisle, un Caballero renuente aunque leal? ¿Sospechaba Carlisle cuán fácil y ansiosamente se reincorporaría a su anterior vida y tierra, sin dar ningún indicio de que una vez había sido un templario y protegiendo por consiguiente mejor el Tesoro? ¿Había adivinado Carlisle el alivio secreto con el cual Edward había aceptado su liberación de todos los votos, salvo de uno? Pero aquél era el más gran de todos, y el más amargo, pues servía para proteger aquéllos que habían destruido a la Orden.

¿Por qué no podía haber seleccionado a Dimitri? Por necesidad se había afeitado la barba y dejado crecer el pelo, porque hacer lo contrario habría sido como cortejar a la muerte, pero aparte de eso, él mantenía todavía los votos que había hecho, de castidad y servicio. Dimitri nunca dudaba, nunca maldecía a Dios por lo que sucedió, nunca se apartaba de la fe por la cual había jurado. Si había odiado al principio, hacía mucho tiempo que había encontrado la paz y se había liberado del odio, encontrando la paz en la oración y la guerra. Dimitri era un buen soldado, un buen compañero.

No habría sido un buen Guardián. Edward no había perdonado ni a la Iglesia ni a Dios. Él odiaba, tenía dudas, se maldecía a sí mismo, a Carlisle y a su voto, pero al fin siempre volvía a la misma verdad: era el Guardián. Carlisle había escogido bien.

Para proteger el Tesoro, Edward cabalgaba para enfrentarse con Cayo de Hay, muy consciente de que ese día había comenzado una contienda sangrienta y decidido a que la mayor parte de la sangre que se derramase fuera de los miembros del clan Hay. ¿Cayo quería guerra? Muy bien, luego, habría la guerra.