Capítulo 13:

Ya había pasado una hora desde que salió del dormitorio de Kagome, tras su discusión. Quizás, sería más acertado decir su monólogo. No le dejó decir ni una palabra para defenderse por temor a creerla y terminar perdonando algo que era imperdonable. En principio, se iba a marchar, no soportaba la idea de estar bajo el mismo techo que ella. Kikio no se lo permitió al arrastrarlo con ella al salón.

Una vez allí, trató de prestarle atención a la que iba a convertirse en su esposa irremediablemente, pero no se podía quitarse de la cabeza a Kagome. Cientos de recuerdos junto a ella lo acosaban: su primer beso bajo la lluvia, aquella ocasión cuando ella le ofreció firmar una tregua, el cómico momento dentro de la tienda de piercings, el partido de béisbol, el de baloncesto, su primera vez, el parque de atracciones, y, finalmente, el rato que habían pasado juntos esa misma tarde paseando. Luego, todo se volvía oscuro y confuso. Aparecía ese diabólico cuaderno y se repetía el horrible episodio de ruptura en su habitación.

Intentaba odiarla con todas sus fuerzas, despreciarla por cómo lo había utilizado durante todo ese tiempo, por lo mucho que debió divertirse a su costa. Sin embargo, no podía odiarla porque ella no se lo permitía. Por más que había persistido en no creerla, su mirada suplicante había podido con todo. No paraba de evocar en su mente aquella mirada suplicante y, tal vez, ¿agonizante? A lo mejor, le había hecho daño al empujarla contra el armario… No quiso ser violento.

Le llegó a la nariz el inconfundible olor del delicioso estofado de Sonomi Higurashi. Desgraciadamente, ni la perspectiva de tomar una comida que le encantaba, lo animaba a caminar hacia la mesa. Allí, volvería a encontrarse cara a cara con Kagome. Debió marcharse.

— La cena está lista. — sonrió — ¿Dónde está Kagome?

— Creo que sigue en su habitación. — contestó Kikio.

La miró de reojo sin poder creerlo. Tanta buena disposición hacia su hermana ese día le hacía sospechar de ella. En la tienda, estuvo insoportable, deseosa de que su hermana se vistiera con un saco de patatas. Al regresar, parecía estar de tan buen humor que algo no le cuadraba. En lo que respecta a Kagome, Kikio nunca se mostraba colaborativa. Algo muy raro estaba pasando.

Sonomi se comportó como si no sucediera nada en absoluto. Se acercó a la escalera y llamó a su hija menor. Esperó unos segundos, y, al ver que nadie le contestaba, se dirigió a Inuyasha y a Kikio.

— ¿Por qué no os vais sentado en la mesa? — sonrió — Voy a buscar a Kagome. Seguro que lleva puestos los auriculares.

No les quedó más remedio que obedecer. Entraron en la cocina y tomaron asiento en sus lugares habituales sin saber que ambos se estaban haciendo la misma pregunta. ¿Por qué Kagome no había contestado? No era propio de ella. Además, nunca le había visto usar los auriculares dentro de la casa. Quería pensar que se sentía triste por él, pero eso tampoco le cuadraba. Kagome era cabezota por naturaleza. Odiaba que los demás supieran cómo se sentía verdaderamente. Aunque estuviera muriéndose de dolor, jamás diría una palabra al respecto, ni haría nada que la delatase. Si estaba dolida por su pelea anterior, bajaría a cenar con su sonrisa más radiante para desafiarlo.

La cuestión era que no bajaba, que no contestó a la llamada de su madre. Empezaba a sentirse muy inquieto. De hecho, a su lado también notaba que Kikio ya no parecía tan calmada. ¿Estaría pensando lo mismo que él?

Estaba a punto de hablar con ella al respecto cuando el agudo grito de Sonomi llegó a sus oídos. ¡Algo le había sucedido a Kagome! Ambos se levantaron en cuanto escucharon el grito desgarrador de Sonomi, dejando que sus sillas cayeran al suelo por las prisas, y salieron de la cocina. Prácticamente subieron las escaleras de dos en dos hasta el segundo piso, sin dejar de correr un solo instante. Se detuvieron en seco en el corredor al ver a Sonomi de rodillas en el suelo, cubriéndose la boca para ahogar sus sollozos.

— ¿Qué pasa, mamá?

— Es Ka-Kagome… — balbuceó — Llamad a una ambulancia…

Ninguno de los dos obedeció a la primera su súplica. Necesitaban saber qué estaba sucediendo en ese dormitorio. Corrieron hacia la habitación, ignorando a la madre, y se detuvieron ante la inesperada escena. Kagome estaba tirada boca abajo en el suelo con tan solo una toalla muy fina cubriéndola y toda la espalda cubierta de sangre. Debía haber perdido bastante sangre, ya que en el suelo había un charco que le pareció enorme.

Entonces, Kikio también sollozó y se apresuró a sacar su teléfono móvil del bolsillo del pantalón para llamar al número de emergencias. Jamás había visto a Kikio tan afectada por algo que le hubiera sucedido a Kagome. Aunque aquello era muy diferente a sus constantes peleas. En esa ocasión, algo que jamás había esperado vivir acababa de suceder: la vida de Kagome estaba en peligro. Cualquier rivalidad entre hermanas desaparecería ante semejante amenaza. Él también estaba muy afectado. No debía suceder algo como aquello. ¡Eso no!

Fue el primero en aventurarse a entrar en el dormitorio donde una hora antes habían discutido. Se inclinó junto a ella y la movió con sumo cuidado para poder cargarla. Le dio media vuelta, y le apartó el cabello de la cara. ¡Dios, tenía los labios morados y la piel helada! ¿Cómo sucedió aquello? Estaba seguro de que Kagome no intentaría suicidarse. Ella no era esa clase de mujer, no se rendía ante la adversidad, no renunciaría a su vida. Y, aunque se le hubiera ocurrido algo semejante, tampoco lo habría podido hacer clavándose algo en un lugar tan fuera del alcance de sus manos. Además, no había ningún tipo de arma u objeto afilado cerca que pudiera darle una pista de lo que había sucedido.

Necesitaba saber qué había sucedido, si alguien entró por la ventana y la atacó, o se volvería loco. Por eso, examinó todo el dormitorio desde su posición, sin soltar a Kagome. No vio absolutamente nada capaz de causarle ese tipo de daño. Frustrado, la acunó entre sus brazos hasta que el sonido suave de una gota cayendo sobre el suelo le llamó la atención. No podía ser Kagome, ya estaba completamente seca. Buscó con la mirada hasta que dio con una gota de sangre junto al armario. Al mirar hacia arriba, encontró un par de colgadores de plomo.

— Inuyasha, ¿no la habrás leído? — se encogió de hombros — Eso es algo privado. Yuka se enfadará si…

— Y se te joderá el plan, ¿no?

— ¡No es lo que piensas! — exclamó — Deja que te explique…

— ¡No! — la interrumpió — Si te dejo hablar, te creeré, y no quiero volver a ser engañado.

— Pero…

— ¡Has estado jugando conmigo todo este tiempo! — agarró sus brazos con fuerza para sacudirla — Me has utilizado con el único fin de librarte de mí para siempre, — apretó más aún el agarre sin importarle su gemido de dolor — pero no vas a obtener lo que quieras. ¡Me casaré con tu hermana, tendremos hijos y pasaré el resto de mi vida amargado por esto!

— Inu…

Él no estaba dispuesto a permitir que se defendiera. La sacudió de nuevo y la estampó contra la puerta del armario sin aflojar su agarre.

— ¡No eras más que una perra! — la forzó más contra la puerta — ¿Has disfrutado con todo esto?

— Inu… yasha… — trató de pedir ayuda.

— No te hagas la inocente, ya no funcionará. — la soltó — ¡Me das asco!

Había sido su culpa. Él era quien la había herido al empujarla contra la puerta del armario. Kagome le estaba suplicando ayuda, lo miraba suplicante, y él la había ignorado y vapuleado. ¡Era un monstruo! Si Kagome moría, él sería el único responsable. Todo ese tiempo… Podrían haberla llevado al hospital inmediatamente si él la hubiera escuchado. De hecho, jamás debió empujarla. ¿En qué demonios estaba pensando cuando usó la fuerza contra ella? Kagome era tan pequeña y tan delicada. Si se moría…

Asustado ante ese fatídico desenlace, agarró su muñeca para tomarle el pulso. ¡Tenía pulso! No obstante, era muy débil, muy pausado. Necesitaba atención médica inmediatamente. Tenía que llevarla abajo para que la atendieran en cuanto llegaran. La tomó en brazos y se levantó sin perder el equilibrio con ella en brazos. Kagome hizo un mohín, sin despertar, fue como un quejido o una protesta. La apretó contra su pecho para intentar darle su calor y se dirigió hacia la puerta.

— Kikio, ¿te han dicho cuánto van a tardar? — le preguntó Sonomi.

— Me dijeron que salían ahora mismo, que todo era cuestión de la distancia.

Escuchó tristemente el diálogo entre madre e hija, sin atreverse a proclamar su culpabilidad en voz alta. Estaba tan avergonzado. Jamás podría volver a mirar a la cara a Sonomi y a Kikio tras confesar que él hizo aquello. Asimismo, no sabía si podría enfrentarse a Kagome tras ese incidente. ¿Ella lo perdonaría? ¿Merecía ser perdonado?

Con esas preguntas en mente, abrió la puerta de la entrada con algo de dificultad, y se quedó allí parado, en el vestíbulo, esperando a la ambulancia con Kagome entre sus brazos. Parecía tan pura e inocente entre sus brazos mientras que él era tan canalla. No se merecía respirar el mismo aire que ella, vivir bajo el mismo techo, sentir su calidez… ¡No la merecía! Debió calmarse antes de subir a su dormitorio, hablar con ella civilizadamente, dialogar. Su primitivo comportamiento había provocado aquella desgracia.

El sonido de la sirena de la ambulancia llegó como la víspera de un milagro. Corrió hacia la verja de la casa y salió para recibirlos. Los técnicos sanitarios eran un hombre y una mujer. Bajaron rápidamente de la ambulancia y se ocuparon de depositar a Kagome en una camilla en el interior. Sonomi fue quien subió a la ambulancia con su hija, como era lógico. Él tendría que conducir con Kikio para llegar al hospital. No sabía si estaba capacitado para conducir ese día, le temblaban las manos.

Agachó la cabeza y oró en voz baja.

—No permitas que muera…


Lo primero que vio al despertar fue la blancura de un techo que no era el de su dormitorio. Se sentía muy mareada, débil y dolorida. Hacía ya mucho rato que intentaba abrir los ojos sin éxito, puesto que los párpados le pesaban demasiado. ¿Por qué estaba tan cansada? No recordaba haberse sentido nunca de esa forma. Debía tener un aspecto lamentable. Seguro que su madre, estuviera donde estuviese, estaría preocupadísima por ella. Kagome Higurashi no era de las que enfermaban fácilmente.

Lentamente, inició movimientos suaves con los dedos de las manos que le indicaron que poco a poco recuperaba la movilidad. Sin embargo, un doloroso tirón en el codo le indicó que era hora de dejar de ejercitarse. Entrañada por esa punción tan extraña, giró la cabeza para mirarse y descubrir una vía de sangre en su codo que conectaba mediante un cable con una bolsa de suero. ¿Estaba en el hospital? ¿Desde cuándo? ¿Por qué?

En la única ventana del dormitorio solo se veía el reflejo de las luces de la ciudad apareciendo y desapareciendo. Era de noche o entrada la noche. Entonces, vio a Kikio dormitando en una butaca. Se había abrazado las piernas contra el pecho para darse calor y, por primera vez, la vio despeinada. Era increíble. A Kikio jamás se le había descolocado un solo pelo. Además, tenía unas bolsas bajos los ojos enormes. Ni todo el maquillaje del mundo podría cubrir eso. Sonrió al darse cuenta de que verla de esa forma, lejos de provocarle deseos de regocijarse, la llenaba de ternura. Kikio estaba preocupada por ella.

— Kikio… — intentó llamarla sintiendo la boca muy seca.

Kikio se removió en la silla durante unos instantes, y, luego, abrió los ojos. No tardó demasiado en reaccionar al verla despierta. Se levantó y corrió hacia la camilla sin apartar la mirada de ella. Juraría que tenía lágrimas en los ojos; estaban muy brillantes. ¡Diablos, ella también sentía ganas de llorar!

Kagome no podía ni imaginar el flujo de emociones que estaba embargando a Kikio. La creyó muerta por unos instantes cuando la encontraron inconsciente en su habitación. Jamás lo había pasado tan mal como esa noche. Fue la noche más larga de su vida sentada en el corredor del hospital, esperando a que los médicos les dijeran algo. Al saber que no era nada grave, que ni siquiera estaba en estado crítico, lloró desconsoladamente. Se arrepentía de haber deseado que Kagome desapareciera. No quería que ella desapareciera. ¡Era su hermana! Y no deseaba vivir una vida sin ella.

— ¿Cómo te sientes? — acarició su rostro con cariño — Pareces más cansada que cuando dormías… — señaló — ¿Qué te duele?

Le dolía el corazón, aunque eso no era algo de lo que quisiera hablar. Decidió decantarse por lo más práctico.

— Tengo sed…

— No puedo darte agua, lo siento. — se disculpó — El doctor dijo que si despertabas, no te diera nada de beber, ni de comer.

— ¡Qué cruel!

— Han pasado tres días desde que te trajeron al hospital.

Tres días en el hospital, eso era mucho tiempo. Tragó hondo saliva para llevarse la desagradable sorpresa de que le ardía la garganta, como si la tuviera en carne viva. Al tratar de moverse para reacomodarse, sintió un dolor atroz en la espalda. Era como si más de cien cuchillos se estuvieran clavando a la vez en su espalda, en la misma zona. ¿Por qué demonios le dolía tanto?

Kikio se inclinó al escucharle gemir, y le ayudó a acomodarse con mucho cuidado.

— No te muevas mucho… — sugirió — Aún no te han quitado los puntos…

— ¿Puntos?

— ¿No lo recuerdas? — preguntó apenada — Te clavaste en la espalda los colgadores del armario. — colocó bien las sábanas entorno a ella — No sé cómo lo hiciste…

Ella sí que lo sabía. Recordaba perfectamente aquel momento, aquella discusión, aquel Inuyasha furioso con ella al que tan siquiera reconocía. Inuyasha no era así, no era un hombre violento. Sabía perfectamente que él no lo había hecho a propósito, por lo que no lo culpaba de aquel accidente. No obstante, no podía evitar culparlo por no haberse dado cuenta de lo que sucedía. ¿Tan furioso estaba que ni siquiera podía escucharla durante dos segundos? ¿Tan furioso estaba que ni se dio cuenta de que le había hecho daño? ¿Cómo pudo tratarla de esa forma?

— Es una pena que no hayas despertado antes. — le sonrió — Mamá se ha ido hace poco a casa. Mañana tiene que volver al trabajo, no le dan más días.

Asintió apenada de no poder ver a su madre, y se volvió de nuevo hacia la ventana que daba muestra de la actividad de la ciudad. Le hubiera encantado poder ver a su madre, pero con ella sí que podía ser comprensiva. Les costaba mucho llegar a fin de mes, no necesitaban más deudas. De hecho, la factura del hospital les haría apretarse el cinturón ese mes. Desearía no haber terminado allí.

— Yo me tengo que ir ya, Kagome. — recogió su bolso — Mañana también tengo trabajo. — se puso el impermeable — Tranquila, no estarás sola. Inuyasha se quedará toda la noche contigo.

— ¿Cómo?

¿Inuyasha? ¿Tenía que quedarse sola con Inuyasha después de su último y lamentable encuentro?

— Él sí que se ha cogido unos días, y se está quedando contigo todas las noches, ¿sabes? — se dirigió hacia la puerta — Me siento celosa.

¿A qué venía ese tono jocoso? Los celos de Kikio eran de todo menos graciosos. ¿Por qué de repente se lo tomaba con tanta filosofía? No entendía nada.

— Kikio…

Kikio se despidió con la mano y una sonrisa en la cara que la dejó boquiabierta. ¿Desde cuándo era tan amable y considerada con ella? ¿Era cosa suya o el mundo se había vuelto del revés mientras estaba dormida? No tenía ningún sentido. Intentó hablar con ella, pedirle que esperara, evitar que Inuyasha se quedara con ella. Todo sin éxito. Kikio salió igualmente de la habitación para dar paso a Inuyasha.

Sintió ganas de hacerse la enferma o la dormida, cualquier cosa que evitara tener que hablar con él, pero ya era demasiado tarde. Inuyasha la había visto bien consciente y activa. Admitía que, en el fondo de su corazón, deseaba verlo más que nada en el mundo, pero no se sentía preparada para pasar toda una noche a su lado. Su discusión fue muy fuerte, él estaba muy enfadado y ella muy decepcionada. Era mejor que no se vieran. Preferiría quedarse sola a tener que enfrentarlo.

— Kagome…

Se sintió apenada al escuchar aquel tono de voz tan lastimero. No merecía que le hiciera sufrir. Seguro que debió sentirse fatal al descubrir lo que le había sucedido, que él fue responsable del accidente. Sin embargo, debía mantenerse firme o la tomaría por estúpida el resto de su vida.

— ¿Cómo te sientes?

Inuyasha cerró la puerta de la habitación a su espalda, y se acercó a su camilla con paso firme y seguro. Aquellos tres fatídicos días habían sido los tres peores días de su vida, y apostaba a que también fue así para Sonomi y para Kikio. Los tres habían estado pendientes de ella en todo momento y habían tratado de ayudar en todo lo que habían podido. Con Kagome al fin despierta y fuera totalmente de peligro, al fin podrían respirar en paz. Kikio y Sonomi, al menos, podrían. Él, por el contrario, aún tenía una cuenta pendiente con Kagome. Lo único que le faltaba para sentirse completamente aliviado era su perdón. ¡Se comportó como un completo idiota!

— ¿No puedes hablar? ¿Te duele la garganta?

El doctor les advirtió que eso sucedería, mas no podía darle nada que la aliviara. Sanaría con el tiempo.

— Sí que puedo hablar, — contestó al fin — pero no quiero hablarte.

— ¡Kagome!

— Aquel día ya dijiste todo lo que tenías que decir.

Aquello fue un golpe bajo, ambos lo sabían. Inuyasha apretó los labios conteniendo su genio, y se atrevió a volver a mirarla. Era normal que estuviera enfadada y confusa, debía ser paciente.

— Tienes que perdonarme, Kagome. — le suplicó — Yo no sabía que…

— ¿Solo quieres eso? ¿Solo buscas sentirte mejor por tu falta de atención? — soltó un bufido — Entonces, no me pidas nada. No me interesa eso…

— Pero Kagome, yo me siento fatal por…

— Te sientes fatal por el daño físico que me has infringido inconscientemente. — le recriminó — Pero no te sientes fatal por todo lo que me dijiste, ¿verdad? — replicó.

Inuyasha no contestó, no dijo ni una sola palabra para negar las suyas. Eso le dolió más de lo que podría haberle dolido oírle decirlo. Ni siquiera tenía el valor de dar la cara. Sería una noche muy larga y de lo más silenciosa. Jamás pensó que desearía tanto la compañía de Kikio como en ese instante. Su hermana, por una vez, parecía relajada y simpática. El recuerdo de una Kikio igual de sincera se le vino a la cabeza. Pensó que había desaparecido por completo tiempo atrás, pero, al parecer, seguía viviendo en su interior. Debería sacarla más a menudo.

Apartó la mirada de él, enojada. No le hablaría, no le escucharía y tampoco le miraría. Él también había jugado con ella al acostarse con ella para dar a continuación la noticia de su inminente enlace con su hermana mayor. ¿Acaso ella le montó un numerito semejante? ¡No tenía derecho a reclamarle nada! Ninguno de los dos estaba libre de culpa.

El sonido de una llamada en la puerta distrajo su atención. ¿Sería un médico? Volvió la cabeza interesada hacia la puerta, y vio a Inuyasha dirigiéndose hacia allí. Tras un ramo de tulipanes se encontraba una sonriente muchacha. ¡Esa era Yuka! Sintió envidia al verla como un pincel con sus botines, un vestido de lana con preciosos dibujos geométricos y un bolso con forma de tótem a un lado. Colgado de un brazo se encontraba su abrigo. Mientras tanto, ella estaba vestida con ese horrible camisón de hospital. Desearía tener su armario a su alcance.

— ¿Puedo pasar?

Inuyasha se hizo a un lado para dejarle pasar. No pudo evitar llamarla en cuanto puso un pie en la habitación.

— ¡Yuka!

— ¡Kagome! — exclamó sorprendida de verla despierta.

Yuka dejó el ramo de tulipanes sobre la mesilla junto a la cama y se inclinó sobre la camilla para abrazarla. Inuyasha aprovechó el momento para salir de la habitación. Supuso que necesitarían intimidad para hablar, y no quería que lo echaran más tarde.

— ¿Cómo te sientes? — sollozó — ¿Te duele mucho?

— Lo normal, supongo… — murmuró débilmente — Gracias por venir y por las flores. — sonrió.

— ¿Cómo no iba a venir, Kagome? — se limpió las lágrimas — He venido todos los días a verte. Me preocupaba mucho que tardaras tanto en despertar.

Le tranquilizaba saber que Yuka también había estado allí. Solo lamentaba haberla preocupado.

— Kagome, ¿cómo te has hecho esto? — preguntó — Es una herida muy extraña en la espalda.

En Yuka podía confiar, y necesitaba alguien en quien confiar más que nunca para poder compartir lo peor que le había pasado nunca. Empezó contándole en condiciones lo que sucedió en la tienda cuando se compró el vestido para la boda y la cita con Inuyasha. Después, le explicó lo que hizo desde que llegó a casa hasta que Inuyasha la buscó hecho una furia en su dormitorio. Añadió que no tenía ni la más remota idea de cómo el cuaderno terminó en su poder. Juraría que estaba en su escritorio. Jamás dejaría al alcance de cualquiera un cuaderno tan valioso.

Yuka la escuchó atentamente, atónita ante cada detalle que añadía a la historia. Prácticamente le repitió palabra por palabra todas las cosas horribles que Inuyasha le había dicho, y dejó para el final la explicación de su accidente. No era que tratara de defenderlo, pero, en su narración, intentó por todos los medios restarle toda culpabilidad a Inuyasha. Al fin y al cabo, en verdad fue un accidente. Jamás se le ocurriría pensar que lo hizo a propósito.

— Fue sin querer. — concluyó — Él no sabía que los colgadores estaban ahí.

— Pues vaya… — musitó — Inuyasha debe sentirse fatal.

— Aun así, no lo perdonaré. — repitió con cabezonería.

— ¿Por qué no?

— Porque lo único que le importa es ser perdonado por haberme herido físicamente. No le importa en absoluto haberme partido el corazón.

— Kagome, piensa que él se debió sentir muy desgraciado al leer ese cuaderno… — intentó ser la voz pacificadora — Tienes que darle algo de tiempo para que lo asimile y reordene sus ideas. ¿No te molestó a ti que se comprometiera con tu hermana? Sabes muy bien lo que es sentirse traicionada, y lo mucho que cuesta volver a levantar cabeza.


Consultó por octava vez el reloj para descubrir que tan solo habían transcurrido dos minutos desde la última vez que lo revisó. Las dos adolescentes llevaban ahí dentro solas más de una hora, y, conociendo a la cabeza loca de Kagome, la creía capaz de estar planeando una fuga en toda regla del hospital para no quedarse a solas con él. Su fiel amiga la acompañaría hasta el final con sus extravagantes planes. Necesitaba asegurarse de alguna forma de que no hacían ninguna tontería.

Con ese pensamiento en mente, se levantó y miró la puerta de la habitación con decisión. Justo cuando se disponía a tomar el pomo de la puerta, la puerta se abrió para dar paso a Yuka, quien de repente parecía cabizbaja. ¿Habrían discutido?

— Yuka, ¿estás bien?

La negativa de Yuka no fue nada convincente. Le brillaban los ojos como si estuviera a punto de llorar. Algo no iba bien. En vista de que Kagome continuaba tumbada en la camilla, decidió cerrar la puerta y pasarle un brazo sobre los hombros a Yuka para acompañarla a la sala de espera, donde se sentaron. Allí, Yuka dio rienda suelta a su tristeza y empezó a llorar tan ruidosamente que le hizo avergonzarse. Se apresuró a sacar un pañuelo de tela del bolsillo de su camisa con el que le limpió las lágrimas.

— ¿Qué ha sucedido? ¿Habéis discutido?

— No es con Kagome… bueno sí… — balbuceó — Pero quiero decir que no es de ahora… Verás, yo… vosotros… ¡Lo siento tanto!

No entendía absolutamente nada de lo que estaba diciendo. ¿Las adolescentes eran siempre tan elocuentes? Volvió a limpiarle las lágrimas con delicadeza y le apartó el cabello de la cara.

— ¿Por qué no empiezas desde el principio?

— Me siento mal porque he hecho algo horrible que os ha arrastrado a los dos.

Definitivamente, no tenía ni la más remota idea de lo que estaba sucediendo en la cabeza de Yuka en ese momento. Era extraño porque la amiga de Kagome solía ser mucho más madura y práctica que la otra. Nunca la había visto tan fuera de onda.

— Estoy haciendo un proyecto para que me permitan entrar en la facultad de psicología de la universidad de Tokio, — explicó — y os he estado utilizando para ello.

— ¿Qué quieres decir? — empezó a temer lo peor.

— Cuando Kagome me hablaba de ti, yo me daba cuenta de que no sentía odio sino que todo lo contrario. — sollozó — Kagome está enamorada de ti desde los once años…

— No puede ser…

¿Kagome estaba enamorada de él? ¿Desde niña? ¡Si tuvieron el peor de los comienzos! De hecho, cuando era niña temía incluso que le clavara un cuchillo. Dejó muy claro desde el primer día que haría cualquier cosa por echarlo. Le costaba tanto creer que ella lo amara desde entonces. Aunque, de repente, muchas cosas que en un primer momento le parecieron disparatadas empezaban a tener lógica. ¿Kagome lo amaba?

— ¡Sí! — exclamó Yuka — Aquella tarde cuando os vi besándoos bajo la lluvia, me di cuenta de que os atraíais físicamente y pensé que no estaría mal daros un empujón, hacer que descubrierais vuestros más profundos sentimientos.

No podía estar hablando en serio. Esa chica no podía haberse dado cuenta de tantas cosas con tan pocos datos. Parecía como si con un solo vistazo le fuera posible leer sus mentes y sus corazones.

— Necesitaba algo con garra para mi proyecto, así que decidí que seríais vosotros… — musitó débilmente — Fue ahí cuando comenzaron los problemas…

— ¿Qué problemas?

— Yo induje a Kagome a seducirte. Utilicé los celos y su furia reprimida para que mordiera el anzuelo… Ella pensaba que era muy rastrero e incluso no quería arriesgarse a perder su virginidad de aquella manera, pero yo la convencí utilizando toda clase de tretas. — se llevó las manos a la cara — ¡Soy un ser horrible!

Inuyasha la estrechó entre sus brazos, sintiendo pena por la joven. Al final, el plan se había vuelto en contra de su creador y le había dado de lleno. Estaba claro que le debía a Kagome mucho más que una disculpa. Tendría que retractarse de todas sus palabras para ganarse su perdón, aunque ganarse su confianza sería algo más difícil. La confianza era algo muy frágil, que él había roto. ¿Cómo podía compensarla?

— ¿Hay algo más que deba saber?

— Ella te ama…

Asintió con la cabeza, contento de escucharlo, aunque no fuera de los labios de la propia Kagome, y volvió a abrazar a Yuka para consolarla. Si bien no le agradaba en absoluto que los hubiera utilizado de esa manera, estaba feliz. Yuka les había abierto los ojos a los dos para bien. Kagome lo amaba y él la amaba a ella. No la perdería. Pensaba luchar por su amor más que nunca.


— Llegas tarde.

— Mi hermana acaba de despertar. — sonrió.

Naraku se hizo a un lado y palmeó el sofá para que Kikio se sentara junto a él. Obedientemente, tomó asiento a su lado, como tantas otras veces. Pocos segundos después, Naraku la estrechaba entre sus brazos y le besaba el cuello.

— Naraku, creo que deberíamos dejar el plan…

— ¿Por qué? — se apartó consternado.

— Me siento mal. — admitió — Mi hermana…

— Siento mucho el incidente de tu hermana. — la interrumpió — Pero no podemos dejarlo ahora.

— Pero…

— Después del tiempo que llevamos con esta estafa, no podemos desvincularnos de ella como si nada. — le recordó — O llegamos hasta el final y lo conseguimos todo o vamos a la cárcel.

Kikio se mordió el labio, y miró hacia otro lado. Ya no le quedaba otra que terminar con el trabajo aunque eso terminara por destruir a su hermana. Era curioso darse cuenta de que ya no le importaba tan poco como creía. Desearía que hubiera otra forma de terminar con aquello sin que saliera perjudicada.

Continuará…