"Romeo & Juliet"

"Que acaben con mi vida los que me odian, antes que sin tu amor tarde la muerte".

William Shakespeare – Romeo y Julieta. Escena II. Acto Segundo.

-Capítulo 13: Última oportunidad-

La temperatura comenzó a bajar, otra vez. No importaba cuántas mantas se hubieran echado encima, el frío quería metérseles hasta los huesos.

Aunque, ese no era el mayor problema en realidad…

Un estallido más resonó, lejos, en los cielos, pero había sido tan fuerte que Albafika lo sintió en la habitación misma. Aquel rayo había partido sus propias fuerzas, obligándola a encogerse como un capullo. Su cuerpo se acercó inconscientemente al del otro sujeto.

Escuchó una risa, su risa.

—Ca-cállate —tremoló, pero la pequeña burla no menguó—. No es divertido…

Unos fuertes brazos la ciñeron con más insistencia por debajo de las sábanas. Minos la acercó a él con aire protector y una tenue pisca de deseo que le estremeció.

—No —oyó su voz susurrando sobre sus cabellos—. Esto es fascinante.

—¡Suficiente! —trató de incorporarse—. Si crees que voy a dejar que te aproveches de esto, entonces estás muy equivoca-do…

El cielo volvió a callarla con otro de sus estruendos, esta vez iluminando el firmamento y toda la estancia. Albafika cerró los ojos, medio petrificada, medio enfurecida. Cuando el rugido cesó, dejándola incorporada a medias sobre la cama, sus ojos se abrieron para encontrarse entre las sombras con la profunda mirada amatista.

Estaba temblando, por el miedo y el frío que seguía aumentando. Sus oídos escucharon por un momento el constante repiqueteo de la lluvia que se acrecentaba también. El constante tlac-tlac, tan calmo y diferente al que los sonoros truenos emitían, la adormiló por un instante, la misma calma que la mirada de Minos le ofrecía esa noche.

El muchacho se incorporó también, apenas un poco para levantar las mantas de su lugar y ofrecerle nuevamente un espacio. Se quedó un breve instante en esa posición, aguardando, convenciendo a la hermosa perla a dejar su obstinación. Albafika suspiró, abatida.

¿Qué remedio quedaba? Sin querer mirar más a sus risueños ojos, se metió en el lugar concedido, mientras dejaba que la calidez de unas mantas, de unos brazos insistentes, la cobijaran.

No se engañaba. Aún sentía esa terrible frustración por verse tan vulnerable, completamente a disposición de los caprichos del noruego. Y su recelo no hacía más que aumentar al saber que esa velada, abrazados en una de las habitaciones del peor hotel de la ciudad, se podría convertir en una costumbre, una rutina que cierto juez parecía feliz de ejercer.

Y sin embargo ella no dejaba de reprocharse a sí misma esas vacilaciones.

Se removió inquieta, entre la quietud que de pronto había dominado el lugar.

—Tranquila… —la detuvo antes de que pudiera levantarse. Elevó la mirada hacia él: no parecía en lo absoluto cansado a pesar de la hora que era—. Estas a salvo aquí, conmigo…

La frustración aumentó. Albafika resintió el gran deseo de largarse de ahí.

—No sean arrogante —espetó—. Si no fuera por esta lluvia, te juro que no estaría aquí, contigo.

Nuevas luces entraron a la habitación. Instintivamente, se ocultó contra el pecho que la protegía. Apretando los dientes y los puños, maldijo que su suerte la traicionara en el momento menos oportuno.

—¿Acaso piensas que eso me habría detenido? —jugueteó con su oído. Albafika levantó el rostro, ceñuda. Mala idea. Minos la atrajo a sus labios—. Si tu miedo a las tormentas no existiera yo habría buscado otra forma para tenerte así…

Cortó la distancia, sorprendiéndola, dejándola sin habla y sin posibilidades. Y aunque no era ni el primer beso, ni el segundo, sino otro más de la lista incontable, la muchacha se sintió más frágil que antes. Con temor, mientras respondía a esa caricia húmeda, admitió en su interior que el nuevo temblor que le hacía traquetear los huesos no era consecuencia ni del frío ni del miedo.

Finalmente, Minos la apartó suavemente, permitiéndole recuperar el aliento. Albafika desvió su mirada de él, mientras sentía que sus mejillas eran atendidas por los largos dedos. La piel helada contrastó placenteramente con el calor que se había propagado en ella. Luego de una confortable caricia más, Minos la acercó nuevamente. Posó un beso sobre la delicada frente.

Albafika se sostuvo el pecho. Su corazón amenazaba con salírsele en cualquier momento.

—Te odio… —refunfuñó.

El pecho de Minos resonó en una curiosa risa que quedó muda de repente.

Suspiró. —Vas a odiarme mucho desde ahora, Alyssa… —la ciñó con más cariño.

Y claro que lo odió mucho, en todos los sentidos.

~R&J~

Se quedó quieta, estupefacta, como una estatua forjada para la perpetuidad. Aunque en su interior, su alma se revolcaba con dolor, con calma, con alegría.

No pudo negarse al alivio que sintió al ver su rostro. De nuevo, sin que lo consintiera, su corazón palpitaba emocionado ante esa presencia tan conocida, dejando sus ojos sobre la mirada amatista.

Sintió un sobresalto, su alegría desapareció. Albafika percibió por fin el vacío de aquellos orbes que la contemplaban. Amargo, adusto, cruel incluso… Se dio cuenta de que aquella escena ya la habían vivido antes —si Asmita viviera, le habría explicado que estaba padeciendo una especie de dejá vù—, un escenario parecido al de aquella tarde conflictiva, a las afueras de Rodorio.

En ese entonces, sus deseos de hacerlo pagar por todo el sufrimiento provocado fueron su impulso para actuar.

Pero ahora… todo era tan distinto.

Una muchedumbre hambrienta de guerra se lanzó hacia ella. El ejército de espectros trató de pasarla sin luchar con ella, acatando la orden de su capitán. Y eso era algo que Albafika no pensaba permitir tampoco.

Afirmó sus pies, aguardando. Deshaciéndose de todos los miedos, de todas las dudas, con la mirada puesta en su objetivo. El momento justo llegó. Su garganta arrojó el nombre y sus manos el fuerte ataque.

Piranha Rose!

Ante ella cayó la primera fila de sus agresores. Más de media docena quedó hecha trizas con el torbellino oscuro, dejándolos en el suelo, muertos, ante el resto de sus compañeros que quedaron inmóviles en el acto. Albafika les sonrió, llena de befa y de su determinación.

—Tendrán que hacer algo más que eso, espectros —gritó—. Si quieren pasar por mi templo, me pedirán permiso de la forma apropiada.

Las ansias de la guerrera que era la embargaron. La pasión por la lucha que todo caballero dorado debía sentir… Al grado de terminar deslindándose de toda frágil intención humana. Sin darse cuenta, Albafika volvía a sentirse dominada por sus obligaciones como guardiana de la doceava casa.

El resto del numeroso ejército no dudo tampoco ya de responder a sus provocaciones. Ya sea por sus propios deseos de lucha o por querer vengar a sus compañeros caídos, se arrojaron hacía ella, esta vez para matarla. Sin saber lo que les esperaba, uno a uno fueron cayendo, cuando las últimas rosas que quedaban del maltrecho jardín se les clavaron en el pecho. Albafika se quedó quieta, oyéndolos gritar ante el veneno mortal.

En menos de diez minutos, una sola persona, una mujer, había acabado con más de veinte de ellos. Pero las Demon Rose de su jardín se habían agotado. Sólo quedaba ella con sus propias técnicas para terminar, antes de que el enemigo se percatara de la carencia de soldados en el Santuario.

Se preparó para la nueva lucha. Los combatió ahora con sus propios puños. Dos más cayeron ante ella. Se encogió adolorida cuando una ruda garra le atinó cobardemente por la espalda. Pero eso no bastaría, no la verían caer… Con agilidad, se puso en pie nuevamente, para atinarle una rosa a su atacante. El rufián cayó a sus pies; aún faltaba un centenar de ellos.

Una fuerza invisible la asió del cuello y de las muñecas. Albafika quedó indefensa ante ese cosmos familiar, los irrompibles hilos apretujándole la piel sin piedad. Jalaron de ella con fuerza, elevándola en el aire entre la multitud de corazas negras. Cuando el impulso amainó, su cuerpo cayó de frente en el piso, arrastrándose en la tierra y el lodo de sangre.

A sus espaldas quedó el ejército que estaba combatiéndola, mirando sorprendidos la repentina acción. Una sombra alada cubrió su espalda.

—¿No fui claro? —su tono fue aún más mortífero—. Dije, que yo me encargaría de ella. No toleraré más impertinencias. Destruyan el Santuario, ¡ahora!

Nadie fue capaz de desobedecerlo. Las tropas se reorganizaron y se dirigieron hacia el interior de la urbe ateniense. Albafika escuchó la multitud de pasos marcharse, dándole buenas razones para restablecerse. Junto a su cabeza, la brillante sapuris de Griffon se adelantó hacia el frente. Miró de cerca aquellas terribles garras del calzado infernal.

El sonido del ejército comenzó a desaparecer…

Tenía que levantarse, ¡ahora!

Se impulsó hacía atrás, los hilos se habían aflojado. Cerró el puño a donde llevó toda su energía. Su captor la esquivó con facilidad, aferró su muñeca de un tajo. Apretó su piel con rudeza y la lanzó nuevamente al piso.

—Lárgate.

Su voz fue clara pese a ser un susurro.

Albafika levantó la vista. Ahora estaban solos, sin temer a las miradas fisgonas o a las habladurías. Y sin embargo, Minos no hizo el menor esfuerzo por mirarla. La espalda ataviada en negro fue símbolo de su desprecio.

—¿No me oíste? Vete de aquí.

Albafika se sintió indignada. Frunció el ceño con dolor y ofensa, sabiéndose burlada.

Miró los ojos vacíos… El perfil de Minos apuntando hacia un horizonte distante. La mirada cansada, harta. Un anhelo por sucumbir.

Entonces entendió; la verdadera consecuencia de no haberlo elegido.

El terrible peso de su decisión. No sólo rechazarlo, sino condenarlos a ambos a morir así. En una guerra de la que bien podrían haber sido espectadores. Y aunque su sacrificio pudiese evitar que el mundo sucumbiera, Albafika ya no pudo ignorar la sensación de miseria.

Ella era la culpable de tal encuentro.

Minos había querido evitarlo, y ella lo había obligado a continuar. Lo había incitado a actuar en una guerra que ya no quería luchar. Y ahora, a pesar de todo, estaba brindándole una nueva oportunidad. Escapar, vivir.

Lo consideró…

Se levantó lento, sosteniéndose el costado. El agotamiento comenzaba a exigir su atención, pero no cedería. Se limpió la sangre y el polvo que nublaban su visión, retuvo más consciente sus lágrimas. Observó a su enemigo entornarse a su acto, con la misma pasividad. Contempló de nuevo sus ojos, se veía cansado también.

—No me iré —fue su última respuesta. Firme, sin temor—. No me marcharé.

El viento silbó, entre ellos, como una barrera. A su sopló insistente siguió una sonrisa. El espectro suspiró amargamente.

—No. Claro que no lo harás, amazona —la miró con tristeza—. Y ahora, ambos moriremos por tu obstinación.

El corazón de Albafika se estremeció. Se aclaró la garganta para que su voz continuara clara y segura:

—Que así sea, Minos de Grifo.

Silencio. Un momento calmo para contemplar sus ojos, para mirar el cambio de cada expresión. Y…

—Crissom Thorm!

—Gigantic Feathers Flap!

Un estallido de cosmos, dos volcanes haciendo erupción.

El tornado de plumas se llevó consigo lo último que quedaba de firmeza en el suelo. El piso se agrietó con la tempestad que lo asoló, y terminó por abrirse ante la lluvia de espinas que llegó del cielo. A ambos extremos de lo que una vez fue un magnifico jardín, ambos contrincantes se resistían a rendirse. Con cada gramo de cosmos en sus fuerzas, elevaron la ferocidad de su ataque.

Cuando el tornado del Grifo empezó a debilitarse, una ráfaga más de agujas escarlatas se abalanzó sin piedad sobre él. Sin protegerse con las esplendorosas alas por esta ocasión, un par de espinas quedó clavado sobre su hombro izquierdo, haciéndolo retroceder inmediatamente. Minos no pudo ponerle atención a su brazo herido porque una feroz amenaza se arrojó en su contra.

Albafika pudo golpearlo esta vez. Su puñetazo rompió parte del peto de la sapuris. Sus dedos se descoyuntaron también ante su formidable resistencia. Pero aún tenía su otro brazo y algunas rosas qué lanzar.

Su última Bloody Rose apareció. La amazona levantó el arma con maestría, apuntando al mismo lugar donde su puñetazo había acertado.

Terminaría rápido.

Dos minutos, máximo tres, una vida más se extinguiría. Lo había visto muchas veces.

La rosa blanca quedó en el aire suspendida, la mano que la sostenía comenzó a temblar.

Albafika entrecerró los ojos con dolor cuando interpretó la mirada abnegada de su rival. Minos sostuvo la mano con la cual lo habían golpeado, apartándola para brindarle mayor espacio, para que la rosa entrara fácilmente. La muchacha se perdió en la confusión, entre el deber, el honor… Sus anhelos.

—¿Por qué dudas? —Minos la trajo a la realidad—. Si me matas sólo estarás obedeciendo órdenes. Rinde honor a tu diosa. Sólo tienes que matarme…

No pudo contenerse más, el profundo sollozo se deshizo en su garganta tratando de ahogarlo. Sus lágrimas la traicionaron. Agachó la cabeza, acariciando con pesar el pecho que había lastimado. Sin ser consciente de ello, se refugió en su cercanía, tal como lo hacía en las noches de tormenta. Ocultándose ahora de algo más devastador que un rayo; su propia vergüenza.

—¿Qué sucede…? —no trataron de alejarla—. ¿No vas a asesinarme?

La muchacha negó, apretando los labios para controlarse. Era imposible. Se sintió asfixiada, por cada palabra que se agolpó en su garganta. Las disculpas y las suplicas se grabaron en su mente, pero no pudo sacar nada.

—No quieres matarme, pero sí estas dispuesta a dejar que yo acabe contigo —Minos levantó su rostro para contemplarla—. Eres muy egoísta, ¿lo sabías?

Quedó atrapado en sus ojos, admirándola con la devoción que Albafika recordaba. Las culpas se hicieron más profundas… Minos enjugó sus lágrimas, pero no hubo mucho qué hacer cuando sus brazos la atrajeron con rapidez. Apretó los trepidantes brazos y acarició la espalda vacilante.

El silencio volvió a unirlos, escuchando solamente los lamentos y respiraciones inconstantes.

Las expectativas cambiaron nuevamente.

Albafika lo sintió apretarse sobre su cabeza. Su aliento golpeó en su cabello cuando lo escuchó.

—Esta será la última oportunidad.

Y sin entender apenas de lo que hablaba, Minos la pegó aún más contra sí para sostenerla mientras se elevaba. El despegue de sus alas fue solemne, pero el resto del vuelo apenas duró. Albafika tardó en concebir que estaban en el aire cuando volvieron a soltarla de forma imprevista, provocando un descenso torpe.

Recuperándose de inmediato, la muchacha miró a su alrededor.

—¡Albafika! —la llamaron. Buscó la voz a sus espaldas.

Sus ojos encontraron una corta pero firme fila de soldados del Santuario, encabezada por el único caballero dorado que quedaba sin contarla a ella.

Shion la miró, parecía sorprendido por su repentina aparición. Unos cuantos metros más alejada, yacía la diosa a la que debían proteger, observando el escenario de batalla del que pronto también formaría parte.

Entornando el cuerpo nuevamente, observó al ejército adversario, su número había aumentado desde la última vez que lo vio. Encontró a quién estaba buscando entre la multitud, a Minos posándose cerca del bando al que pertenecía. Albafika notó que el rostro sensibilizado de hacía unos momentos se había convertido en una impenetrable seriedad.

La razón la iluminó de nuevo. Comprendiendo el motivo por el cual ahora estaban ahí.

Con sus camaradas y su diosa a sus espaldas. Con Minos frente a ella. El momento de decidir había llegado. Esta vez, no habría vuelta atrás. Sería su última oportunidad.

~R&J~

Amanecía, otra vez. Mi hora más preciada terminaba para dejarme a la disposición de otro día, uno más en esta maldita vida sin final.

La luz entró por la ventana de la vieja torre, mi nueva habitación, tan roída y fría como mi alma.

Suspiré…

¿Cómo rayos podía seguir vivo? Después de tantas cosas, parecía una broma, ¡una absurda burla! No, era mi castigo. Vivir ahora era la tortura de todos los días. La expiación que Lune me había otorgado para lavar mis pecados.

Lune…

Fruncí el ceño con una contradictoria sonrisa. Qué orgulloso me sentí. El objetivo del maestro es uno en donde el alumno logre superarlo, y él había cumplido con esa meta, la había rebasado sin problemas. Igual que yo había terminado con mi antecesor, Lune había terminado conmigo, y finalmente, en esta nueva "dirección" a la que el Señor Hades nos había traído, mi pupilo estrella había logrado derrocarme de mi puesto para ser él quien ocupara la silla de magistrado en el Templo de Venus.

Mi servicio en la Guerra Santa no era requerido, por lo que la única razón para mantenerme con vida era la necedad de mi alumno. Su "caridad" me salvaba. Ahora no era más que un mendigo que quedaba a la disposición de lo que otros pudieran requerir, conferido a una habitación alejada de la que prefería no salir.

Evitar a los demás era una tarea diaria. ¿No lo había sido desde siempre…?

Quizá el secreto de mi acercamiento al lado enemigo fuera sólo del conocimiento de unos cuantos, pero sabía perfectamente que algunos detalles de mis actos ya estaban divulgándose entre el resto de mis excompañeros. No permitiría jamás tales intromisiones, y sus burlas no llegarían hasta la altura de mis nuevos aposentos.

Por lo que sólo quedaba esto: tratar de vivir aunque fuera una agonía, contando los días en los que la guerra seguía e imaginando el mejor destino para ti, terca amazona. Tal vez, con suerte, podrías salvarte de esta larga lucha que ya no me importaba en lo absoluto.

Alyssa…

Alyssa…

Alyssa…

A veces, pensarte, era lo único que valía la pena. Mas parecías ya tan lejana, que me estremecía al creer que en cualquier momento tu recuerdo se desvanecería, dejándome solo por completo.

No sería la primera vez…

La puerta se abrió, sin que alguien se dignase en pedirme permiso para entrar.

Fruncí el ceño.

—¿No tienes modales, Kagaho? —me tiré sobre la bazofia que me servía de cama. Deseando que se largara ya, pregunté—: ¿Qué es lo que quieres?

—Tu vida como uno de los Tres Jueces terminó, tu arrogancia es innecesaria.

Me puse en pie, airado. La habitación se sacudió con una ráfaga de cosmos que no pude contener al dirigirme hacia ese insensato. Primera advertencia.

—Recuerda tu posición, Bennu. No eres más que un comandante de bajo nivel que goza del favor de sus superiores…

—¿Lo dice alguien que posee el deshonroso título de "Traidor"? —se quedó calmo a pesar de mis palabras.

Sonreí, lleno de sorna. Mi cosmos volvió a nivelarse cuando me giré para darle la espalda. Ya daba lo mismo si él o cualquier otro venía a echarme en cara algo de lo que yo no me arrepentiría jamás. Cruzándome de brazos, guarde silencio, en espera del mensaje que tuviera que darme.

—Quizá aún puedas recuperar el honor que perdiste —dijo. Me provocó intriga más que molestia—. El Señor Alone quiere verte…

Cerró la puerta sonoramente, antes de que pudiera preguntar el porqué de aquello.

Estaba absorto, sólo así podría describir mi reacción. ¿Finalmente mi señor se había enterado de mis corruptibles actitudes con el Santuario? Era hora de mi sentencia. Por fin pagaría por mis deudas y me concederían la muerte. Me apresuré, casi gustoso, hacia el recinto donde mi señor yacería. Le resté importancia al nombre con el que Kagaho lo había mencionado, ya estaba acostumbrado a que algunos insistieran en llamarlo con el nombre del recipiente que mi señor había elegido. Detalles tan ominosos no valían la pena para mí.

Me detuve en medio de su glorioso recinto, detrás de las pesadas cortinas que ocultaban la imagen de mi amo, aguardando su permiso para entrar.

—Adelante, Minos.

El atelier divino me dejó sin habla. Traté de mantener la compostura ante mi vista llena del perfecto arte. Y si aquellas pinturas descontrolaron mi calma, la escena viva del Señor Hades trabajando me obligó a caer sobre mis rodillas. No era un mero respeto. Sólo a él podría reverenciarlo por deseo. Guardé silencio, en espera de que su voz volviera a deleitarme.

—Corrígeme si me equivoco. Me enteré de que Lune consiguió información valiosa para llegar al Santuario y que tú fuiste indispensable para ello. ¿Es correcto? —guardé silencio, con un tenue asentimiento.

Aguardé al castigo. Conocía la disciplina digna de un traidor…

—Te necesito nuevamente, Minos… —cortó mi respiración.

Crispé los puños, atraído por el piso. Deseé que su sonrisa se borrara, pero no tenía más opción.

—¿Qué es lo que mi Señor pide de mí? —temí preguntar.

Tragué hondo con suaves pasos acercándose a mí.

—¿Por qué haces una pregunta cuya respuesta conoces? —me sonrió, apaciblemente.

Su divino gesto me paralizó. Maldición, maldición, ¡maldición! No podía estar sucediendo, no de nuevo.

—Oh, no… Mi señor. Se lo suplico, pida cualquier cosa, lo que desee. Pero eso no, se lo ruego. Le doy mi vida si usted lo quiere así, pero no me pida que haga eso. Por favor…

Esperaba que mi ser patético pudiera conseguir un poco de piedad.

Repetí mi suplica nuevamente, una y otra vez como un loco al que sólo le queda hablar consigo. Pero eso era, en esto me habían convertido. No podía imaginarme realmente acatando su orden. Mas ¡cuándo he podido negarme a esta voz en mi interior! Si él lo mandaba, yo seguiría su decreto.

Ansiaba más vacilación. ¿Podría ser que…

—Tus dudas te hacen débil, Minos —mi señor era inmune a mi sufrimiento—. No tiene sentido. Después de todo, eres mi súbdito y tu deber es obedecerme. ¿No entrenaste arduamente para conseguirlo? Algo debió impulsarte a venir hasta aquí…

Su voz atrajo a una todos mis recuerdos. Ese pasado que yo creía muerto.

—Mi hermana… —la pensé en voz alta.

—Sí. ¿Qué le pasó a tu hermana?

Sus intenciones se agazaparon contra las emociones que hacía tan poco había vuelto a tener.

Los días de mi infancia se plasmaron perfectos en mí. —Ella fue asesinada. Y yo… quise vengarla.

—¿Y lo conseguiste?

Asentí mecánicamente. —Entrené. Obtuve la fuerza necesaria… Me deshice de ellos, los exterminé como hicieron con ella…

Oh… Ahora entendía porque no lo recordaba con exactitud. Traté de frenar el movimiento frenético en mis miembros. El Señor Hades parecía tan lejano ya.

—Pero te quedaste aquí, ¿verdad, Minos? —siguió ante mi mutismo—. ¿Cuál fue el motivo? Ya habías conseguido retribuir tu dolor… Entonces, ¿por qué?

¿Por qué…?

Dudé, apabullado por esta verdad…

Esto iba más allá del simple deseo personal. No podía seguir ignorándolo, ni podía dejarme engañar por un sentimiento fallido.

Había llegado aquí por venganza. Pero había decidido quedarme por algo más profundo que todos mis anhelos por justicia.

Destino…

—Fue para poder exterminar toda esa repugnancia que sigue corrompiendo al mundo… —fruncí el ceño—. La misma repugnancia que me quitó a mi hermana y sigue enfermando todo lo que toca.

—Entonces ayúdame a cumplir mi sueño, Minos… Hagamos que este mundo dejé de ser repugnante. Déjame lavarlo con el color de mi salvación… —sus ojos emocionados brillaron en los míos.

Me convencería…

Pero…

La mirada necia y reacia apareció. Tus bellos ojos, pequeña niña.

Mi lado humano también era terco. Me hacía más débil, me convertía en un mortal inútil, igual a los que siempre he odiado. Miré a mi señor, en busca de su apoyo para recobrar mi integridad.

—Tienes que eliminar todo aquello que te haga vacilar —demandó—. Mátala por mí, sálvala también…

Mi gesto se tornó angustiado. Su mano delicada detuvo mi rostro, arrastrándose en mi mejilla con un cariño que pareció repulsivo. Enjugó las lágrimas que ni siquiera había sentido.

El divino rostro se acercó a mí. —¡Oh, Minos…! ¿No es triste? Ambos debemos destruir a quienes más amamos para conseguir nuestro cometido.

Y lo vi llorar también, la expresión afligida más insoportable que pudiese existir sobre la Tierra. Retirando su propia lágrima carmesí, se incorporó otra vez. Su compostura estaba de vuelta antes de que pudiera pensar en lo que estaba ocurriéndome.

Su voz resonó omnipotente nuevamente: —La sapuris de Griffon está esperándote. No me falles esta vez… Limítate a destruir a los adversarios que se igualen a tu poder —me dirigió una terrible mirada—: Porque de Athena y Pegaso yo personalmente me encargaré.

Regresó a sus deberes; a terminar un lienzo u otra de sus figuras en el Lost Canvas, no lo supe. Estaba demasiado conmocionado para atender esos detalles. Traté de discernir la rapidez con la que había ocurrido todo. ¿Cómo había aceptado regresar a mi deber? ¿Cómo había podido negarme a él por tanto tiempo? Era inadmisible, ambas cosas, cada una, individualmente.

Estrujé los ojos, intentando comprender. Me sentí más tranquilo cuando salí a los gigantescos balcones, con el aire pegándome en la cara. Meditando los minutos anteriores, junto a los sucesos más antaños, echando una mirada agresiva a los curiosos que me miraron al pasar.

Volví a sentirme como un desquiciado.

Mi lealtad me instaba a servir a mi dueño, al ser superior que lograría la satisfacción a la memoria de mi hermana; mi obstinación se ponía del lado de mi preciado rival. O no, no sólo era mi obstinación, sino aquel amor que seguía latente en mí y que como siempre, me obligaba a hacer las cosas más ilógicas.

Llegué hasta el extenso muelle aéreo donde ahora desembarcaba la barca de Caronte. Mas no fue aquella miserable balsa la que me motivó a acercarme, sino la imponente nave que centenas de soldados preparaban para zarpar. Había olvidado la última vez en que la había visto.

—¡¿Quién lo diría?! —su capitán me sorprendió desde la espalda. Su voz seguía siendo molesta—. No creí ver al "Traidor" en persona. Después de todos los rumores, estaba seguro de que te meterías debajo de la cama para no salir nunca más.

Ignoré su risotada. El gusto de ver a un viejo conocido se convirtió en desdén. Pero, tratándose de Aiakos, ese cambió de humor era bastante común.

—No estoy interesado en escuchar cómo te burlas de mí, Garuda —pasé de largo.

—¿Burlarme? —aparentó inocencia—. ¿Qué ganaría con burlarme? Si aquí todos somos unos payasos, todos puestos al servicio de los dioses que quieren un poco de diversión.

Detuve mi andar para mirarlo de soslayo. En pocas ocasiones sonreía con esa suspicacia.

—No finjas que no entiendes. Tú mismo puedes darte cuenta del teatro bien organizado en el que estamos —elevó los brazos al lienzo infinito—. ¿Guerra Santa? ¡Qué gran farsa! Desde hace tiempo que la guerra no es más que una excusa para ponernos a combatir. Nos mantienen ocupados para no hacer preguntas. ¿No lo ves? Las piezas del tablero se mueven al gusto de los "seres superiores". Tú y ese queridísimo alumno que te dio una paliza, Wyvern e incluso su señora Pandora, todos nosotros… Ya sólo estamos aquí esperando el momento en que nos manden a una lucha de la que nunca vamos regresar.

—Desde el principio fue así —interrumpí—. Sabíamos que tendríamos que morir si queríamos conseguir lo que queríamos.

—¿A favor de un dios que se la pasa pintando todo el maldito día? —subió una ceja con audacia—. Admítelo, grifo… Desde el momento en que los dioses gemelos desaparecieron y subimos a este lugar lleno de sol, las decisiones que nuestro maestro toma ya no parecen muy lógicas —desvió el rostro—. Servirle a un sujeto, aunque sea un dios, que no sabe mantener a raya las emociones de su contenedor, me parece una tontería.

Guardé silencio, analizando cada argumento. La mención de aquel recipiente fue difícil de ignorar. ¿No había sido testigo de esa emoción humana de la que Aiakos hablaba en mi última sesión con mi señor? Sus ojos azules habían sido tan profundos y serenos como los del humano puro del que muchos hablaban.

¿Cuál era su nombre?

"El señor Alone desea verte…"

Mis ojos se abrieron desmesurados, mirando a mi compañero. ¿Cómo nadie podía notarlo? Sin embargo, aunque pudiéramos tener la osadía de sospechar de nuestro señor, ¿qué sentido tendría rebelarse contra un dios?

La amarga sensación de traición volvió a corromperme el pecho. Desilusión, el golpe tras saber que sólo he sido otra marioneta.

Justo cuando lo necesitábamos, el idiota de Radamanthys no se aparecía…

—En fin. Ya no importa —Aiakos podía siempre deshacer cualquier tensión con su sonrisa—. De cualquier forma no me queda mucho tiempo. Me voy a mi último viaje en el aire. Directo a Jamir a destruir las esperanzas de unos caballeros —en su risa se ocultó un atisbo de amargura—. Al menos moriré sosteniendo una flor carmesí.

No comprendí, o no quise hacerlo.

Por primera vez, sentí pena por él. Era molesto, fastidioso y me había quitado la paciencia cientos de veces, pero la soledad que demostró me resultó conocida. Entre nosotros no nos permitíamos compartir ninguna emoción, pero agradecí que Aiakos no escatimara en ocultar lo que sentía, para así yo tampoco dudar más.

—Te veré en el infierno, Grifo —ironizó. Su risa siguió alta cuando se alejó.

No volvería a verlo, lo sabía.

—¡Ey, Garuda! —logré que se detuviera—. Nunca te agradecí por haberme llevado a ese bar de segunda, hace un par años… —también sonreí.

—¡A quién le importa! De cualquier forma, pagué la cuenta con tu dinero —se carcajeó a mi mirada de reproche. Se hizo más serio antes de decir: —Y además, es algo que un amigo debe hacer por otro.

Se puso el casco y esperó pacientemente a que un último marinero abordara. La mano que le brindó para subir me pareció demasiado gentil. En cuanto aquel fiel apoyo se quedó a su costado, gritó sus órdenes para que la nave zarpara. Rápidamente, cada indicación fue acatada, consiguiendo que la embarcación se elevara y se perdiera lentamente en el aire. Seguí observándola hasta que desapareció de mi vista.

Era mi turno de zarpar también, y decidir el curso del destino que por un dios me había forjado. Esta sin duda sería la última oportunidad, ¿verdad, Alyssa?

A pesar de lo ocurrido, de que estaba plenamente consciente de tu rechazo, aun así quería intentarlo. Por ello me atreví a obedecer la orden del Señor Hades. Destruir la barrera de inmensos rosales no fue problema. Lune había interpretado sabiamente tus conocimientos y me había confesado las debilidades de tus rosas, que a final de cuentas, sólo son eso: débiles flores que un viento solano puede deshojar sin problemas.

Pero tu determinación era más de lo que habría esperado. No sólo habías derribado tú sola a varias de mis nuevas tropas, también me habías obligado a retroceder, dejándome expuesto a uno de tus ataques. Me aniquilarías, tú me darías el regalo de la muerte que había suplicado por días.

Y en cuanto tuviste la oportunidad de asesinarme, te detuviste. Dudaste. Entonces te miré y vi tu dolor, tu vergüenza. Como si fueses una alimaña inmunda que no merece la luz del sol, te ocultaste, llena de miedo, en mi pecho.

Ooh, no…

Dudé también, por enésima vez en mi vida, esa vida a la que tú me habías despertado. Desde ese primer momento, todo contigo era duda, min vakker perle. Pero ya estaba harto de tantas malditas contradicciones, no podría seguir adelante si mis decisiones se disuadían una y otra vez entre el Señor Hades y tú. Era el momento de decidir y de llegar hasta el último límite de esa decisión.

Por ello, el panorama que ahora nos rodea es este. Aquí frente a tus testigos y los míos, emitiremos declaraciones que perduren para siempre, mi querida enemiga.

~R&J~

—Tu ejército parece deplorable, Athena —sagaz como una serpiente, Pandora comenzó su burla sobre la carencia de soldados del lado contrario—. Es una lástima que dos de tus mejores caballeros hayan quedado sepultados en la Atlántida —río.

—Pandora… —la diosa comenzaba a enfurecerse. Pero eso no la preocupó.

—¡Señorita! —un muchachillo de facciones felinas se le acercó—. Señorita esto es urgente…

Tratando de no perder esa suntuosa apariencia, la mujer se reclinó un poco para escuchar.

—¡¿Qué dijiste?! —bramó, haciéndolo encogerse.

—¡Perdóneme! Nadie notó su ausencia hasta que llegó a Jamir.

—Mi señor no debería estar fuera de su palacio en los cielos… Tenemos que terminar cuanto antes con esto —le dirigió otra mirada a la diosa y luego al sujeto al frente del ejército—. ¡Minos! Deshazte de estos patéticos caballeros.

El aludido no se inmutó, su mente trataba de asimilar la información que había alcanzado a escuchar.

¿Hades estaba en Jamir? ¿Por qué? El kyoto recordó a Aiakos, sus quejas acerca de esa incongruencia de acciones. Buscó a lo lejos al caballero Pegaso pero no hubo señal de él. Seguramente estaba en aquella villa lemuriana, confrontando al dios del inframundo. El apego que su señor tenía con ese mortal comenzaba a verse sospechoso, otra vez.

—¡Minos! —se sobresaltó— ¡Te di una orden! —la miró apenas, hastiado de ella—. Acaba con ellos ¡ahora! Recupera un poco de tu orgullo.

Contuvo su impaciencia y se dirigió hacia el frente. Con pasos severos se acercó a la línea de batalla, que era demasiado corta como para ser considerada así. Se mofó en sus adentros de ellos. Eran bastante ingenuos si creían que podrían darle batalla al numeroso ejército que él comandaba.

Una armadura dorada brilló ante sus ojos, la amazona de Piscis se adelantó igual de segura hasta él. No la había olvidado. Desde que la había dejado en ese preciso lugar, su atención no se había apartado de ella. Y al verla avanzar, respondiendo a su reto, totalmente recuperada de sus recientes lágrimas, entendió que a pesar de todo, no cambiaría de decisión.

Defendería a su diosa, aunque tuvieran que luchar una vez más.

"¿Esta es tu decisión, Alyssa?…"

Entonces, era su turno.

Su hermana invadió su mente, todos los momentos en que ambos habían estado juntos. Momentos que no regresarían y lo habían convertido en lo que ahora era.

No era un idiota, ni otorgaba su rencor a la ligera; sabía que a pesar de su dolor, la persona frente a él no tenía culpa en ese padecer. Más aún, probablemente había sido ella la que transformara la aflicción del recuerdo en una tenue esperanza.

Todos se habían burlado de él por sentir eso. Lo habían degradado, declarándolo débil. Se había convertido en otro perro lamebotas que actuaba por mera inercia, con cada orden. Sus motivos para ser fiel se habían resquebrajado, ya no quedaba una base sólida en la cual afianzar su Lealtad. Pues su señor, quien debería de juzgar a la repugnancia del mundo, estaba arreglando cuentas personales con un rival de la era del mito.

¿Tenía sentido? No… ¿qué había a su alrededor que aún tuviera sentido?

Se sacó el casco para mejorar su visión. Albafika seguía sosteniendo la misma rosa blanca con la que estuvo a punto de asesinarlo. Se maravilló de esa determinación.

Sí, ella había tomado una decisión.

Todo o nada.

—Recuperar mi orgullo, ¿eh? —era lo que le habían exigido. Sin embargo...

Un nuevo hilo se enredó en la mano de Albafika. Su resistencia no funcionó cuando fue llevada hacia delante de un tirón, recibida por unos brazos que la ciñeron con firmeza. Retorciéndose entre su abrazo, no pudo escapar al escuchar la decisión del otro:

—Hoy voy a recuperar mucho más que mi orgullo —le sonrió.

Y al ver su seguridad y esa incauta cercanía que crecía, la muchacha supo que no podría hacer nada para evitar el contacto que se aproximaba.

Frente a todos, como si sólo fueran ellos dos, Minos le hurtó más que un beso con los labios; se llevaba consigo las ideas de muerte que les deparaba a ambos. Y entre expresiones llenas de impresión, el kyoto arqueó aquella frágil espalda para profundizar su caricia, hasta conseguir que la misma Albafika dejara de rechazarlo.

La alejó de nuevo, tocó brevemente las mejillas sonrojadas, y sonrió con aire sereno a sus ojos incrédulos. Soltándola, volvió la espalda. Las expresiones de los demás lo llenaron de diversión, especialmente la de Pandora, con su cara retorcida por la cólera.

—Eres un imbécil —chilló enfurecida, apretando el báculo de su tridente—. Te mataré junto a esas malditas ratas. ¡¿Qué esperan?! ¡Mátenlos ya!

Dudosos al principio, un grupo de espectros obedeció la orden, lanzándose deprisa hacia el enemigo. Los soldados atenienses se prepararon también, pero una figura negra se adelantó. Los hilos de cosmos salieron con rapidez, frenando en el aire a los atacantes.

—¡Athena! —Minos gritó, concentrando su cosmos—. Jamás voy a servirte, ¿entiendes? Mi lealtad siempre será para el Señor Hades… —sus víctimas trataron de escapar; las detuvo—. Pero agradece que en esta guerra, alguien me mostrara que existe algo más fuerte que todo esto... ¡Porque defenderé todo lo que ella significa!

Sus manos se cerraron en un puño. Se escuchó el crujir de huesos, el dolor, luego el silencio de la muerte.

—¿Acaba de matar a sus compañeros? —el susurro incrédulo surgió.

La conmoción avasalló el lugar. Nadie podía creer que las cosas hubiesen tomado ese rumbo. Se quedaron quietos, completamente anonadados.

Excepto una persona.

Absorbida todavía por los sucesos, para ella no fue tan difícil comprender la rareza de la situación. Pero si en algún momento Albafika pudo desconfiar del amor que Minos le había jurado, ahora, todas esas dudas se disipaban.

Viéndolo avanzar, una amenaza dispuesta a exterminar a todo el que quisiera lastimarla, ni ella ni nadie podrían dudar jamás de él…

To be continued...