Esto iba a ser en principio el siguiente capítulo. ¿Problema? No me gusta como me ha quedado. Es muy absurdo (más de lo que pretendía al principio), subrealista y confuso (Harry es lanzado porque es así). Pero ya que lo he escrito me daba pena tirarlo, así que he quitado la parte de la trama y lo he puesto en plan parodia/capítulo extra. Y así compenso que tarde tanto entre capítulo y capítulo.
También tenía pensado escribir esto mismo desde el punto de vista de Selene. Si alguien tiene curiosidad lo haré.
En este capítulo teneis carta blanca para criticar.
La suerte del principiante
-¿Sabéis qué?
-¿Um?
-Harry Potter en realidad está muerto.
Silencio.
-Ajá.
-En serio, tiene sentido si lo piensas. Nadie sabe donde está, es como si hubiese desaparecido del mapa. Deberían buscarlo bajo tierra, eso es lo que digo.
-Tío, que lo ven casi todos los días. ¿Tienes periódicos en tu casa?
-Solo ven a alguien que se hace pasar por él.
-Déjalo ya.
El tercer auror, que aún no había dicho nada, sacudió la cabeza.
-Se supone que estamos vigilando –les recriminó-. Dejad de cotillear y haced vuestro trabajo, que para eso nos pagan.
-No seas así –contesto el primero-. Nos han dado el trabajo más aburrido de la historia. Un centro comercial muggle. Me refiero, vale que hayan visto a Harry Potter pasar por aquí, que no lo creo, pero aun así, ¿crees que iba a volver por aquí? ¿Entre todos los lugares?
Como para darle la razón, una mujer cargada de bolsas y tirando de una niña pequeña estuvo a punto de arrollarlos a su paso. Por mucho que hubiese un hechizo de camuflaje sobre ellos, que distraía la atención de los muggles, la puerta de entrada de Harrods no era el mejor sitio para atrincherarse.
El auror suspiró y dejó la batalla por perdida. Es difícil discutir algo cuando tú estás pensado lo mismo. Después de todo, no habían mandado a tres novatos aún en adiestramiento por casualidad.
-Pero nos han encargado vigilar aquí, así que eso es lo que debemos hacer –insistió sin mucha convicción.
Fue completamente ignorado.
-¿Pues sabéis qué? –continuó el auror, como si la conversación no se hubiese interrumpido- Si al final sí está vivo, es porque Potter está ahora mismo con Quien-Vosotros-Sabéis. Que no os extrañe si un día aparece como su sucesor.
-Bah, ese rumor es el más viejo del mundo. Yo digo que Quien-Vosotros-Sabéis matará a quien haga falta antes de compartir el poder, y no creo que haga una excepción con Potter.
-Pues yo creo que sí, porque Potter es –el auror bajó la voz, y su compañero se inclinó hacia él. El tercer hombre ni siquiera los miró- el hijo secreto de El que no debe ser Nombrado.
Silencio.
-Ajá.
-¡Joder, finge al menos que te sorprende!
-No es culpa mía que sea una de las cosas más ridículas que he escuchado en mi vida.
-Pero Potter puede hablar con las serpientes, como él, ¿no? Eso es por algo.
El tercer auror, que había permanecido al margen, se incorporó de repente y sacó la varita.
-Harry Potter –siseó.
Los otros dos se volvieron hacia él.
-¿Qué?
-Harry Potter –repitió, sin apartar los ojos de la multitud-. ¡Viene hacia nosotros!
-Venga ya, ¿pretendes que nos creamos que…? –sus ojos se abrieron como platos-. ¡Es cierto! ¡Harry Potter en persona!
-¿Qué hacemos ahora? –preguntó el otro, manoseando la varita con nerviosismo. Había empezado a sudar.
-Luchar contra él –respondió el tercero de ellos con solemnidad-. Y caer como héroes si es necesario.
-Pues yo prefiero ser un héroe vivo –murmuró su compañero, el mismo que había rechazado en plano todas las teorías.
Porque Harry Potter se acercaba inexorablemente, y parecía de muy mal humor.
Llevaba el pelo más largo de lo que mostraban las fotos de hacía unos meses, y el viento le apartaba el flequillo de la cara, dejando a la vista la cicatriz en forma de relámpago (exactamente igual que como lo contaban las historias y leyendas). Ya no llevaba las gafas redondas que lo caracterizaban, sino unas rectangulares de color grisáceo. Los ojos se apreciaban desde la distancia, verdes y helados, y ninguno de los aurores sintió ganas de verlos más de cerca.
Aunque vestía con ropa muggle, estaba claro que no era uno de ellos. Eso no importaba, porque ninguna de las personas que pasaban por allí parecía verle. Debía estar envuelto en su propio encantamiento de camuflaje, igual que ellos.
De repente recordó una de las normas básicas que los instructores les habían inculcado: en caso de lucha, alejarse de civiles, y más si eran muggles.
-¡No te dejaremos hacer daño a gente inocente! –gritó él, intentando mantener la voz firme-. Lucharemos en otra parte.
Potter estaba ahora a una decena de metros de ellos. Se detuvo y se encogió de hombros.
-Vale.
-Esto… -los aurores se miraron entre ellos, desconcertados. ¿Ahora qué? Finalmente, el más lanzado de ellos se adelantó un paso y le apuntó con la varita, envalentonado por el hecho de que Potter no había sacado la suya-. ¡No escaparás con vida!
El rayo aturdidor le golpeó en la frente antes de que pudiese parpadear. Los otros dos dieron un respingo, mirando a su compañero caído. Se recompusieron un instante más tarde, pero ya era demasiado tarde: Potter estaba junto a ellos, con una sonrisa torcida y la varita apuntando a la sien de uno de los aurores.
-Soltad la varita –dijo con fríamente- y levantad las manos. Despacio.
Tras un instante de vacilación, ambos obedecieron. Los muggles pasaban a su lado, hablando y riendo, ajenos a lo que ocurría en aquel rincón del centro comercial. No habría testigos aquel día.
Harry examinó a los proyectos de aurores un momento. Después, sacudió la cabeza casi con lástima.
-Novatos –dijo. Dos resplandores de luz roja iluminaron su rostro antes de extinguirse. Los aurores se deslizaron al suelo sin hacer ruido.
Harry guardó la varita, pero no se sintió mejor. Tendría que buscar a alguien que supusiera un reto, para descargar la rabia y la energía acumulada. En aquel momento, si Voldemort hubiese llegado a pasar por allí, Harry se habría alegrado de verlo. Porque tenía ganas de destrozar algo, pero también sabía que Selene lo desollaría si causaba daños irreparables.
Su movil empezó a vibrar.
Hablando del diablo…
Hay gente que podría considerar ridícula la idea de que una bruja tan poderosa como Selene tuviese un móvil. Quizás pensaran (y posiblemente tuvieran razón) que le pegaba más los métodos tradicionales de comunicación, y que se negase a usar algo que no fuese una pluma y tinta. Pero lo cierto es que había sido la misma Selene la que había insistido en que el propio Harry tuviera móvil. Se quejaba a menudo de que la magia frenase a la tecnología: de que los aparatos electrónicos se estropeasen en ambientes cargados de magia, y de que la gran mayoría de magos y brujas se empeñasen en seguir viviendo en la edad media. Mientras, ella escribía con bolígrafos y veía las noticias muggles en la televisión.
No estaba seguro, pero Harry pensaba que hasta tenía un ordenador.
-¿Sí? –dijo cuando descolgó, con un tono falsamente alegre.
-Harry –respondió ella. Su voz sonó perfectamente indiferente, pero había un borde afilado que arañaba con tan solo oírlo-. Vuelve de inmediato.
-Ah, Selene, verás, es que estoy haciendo unas compras en…
-Sé que estás en Harrods –le cortó ella con indiferencia. Harry ni siquiera se sorprendió de que ella lo supiese. Seguramente hasta tenía a alguien vigilándolo desde algún lugar de la calle-. Y sé que acabas de dejar inconscientes a los tres aurores que hacían guardia. Por favor, deja de ser tan infantil.
-No puedo evitarlo, soy así de inmaduro, ¿no es cierto? –replicó él, sin molestar por ocultar durante más tiempo el rencor que sentía.
Sabía que una rabieta no era el mejor modo de demostrar lo adulto y responsable que se era en realidad, pero en aquel momento no le podía importar menos.
-Hace sólo unos meses eras mucho más maduro que esto –repuso Selene-. ¿A qué se debe este retroceso, Harry? ¿Debo devolverte a Azkaban para que recuperes la seriedad? Te advierto que no pienso tolerar este comportamiento.
Harry sintió que un escalofrío lo recorría, pese a que sabía que Selene no cumpliría su amenaza.
-Selene, llevo meses encerrado. Al menos, ¡déjame salir con supervisión! ¡Aunque sea para hacer la compra! Lo único que he hecho es entrenar durante meses…
-Es lo único que has querido hacer.
-… ¡porque es lo único que puedo hacer! Eso y mirar los periódicos –suspiró-. Selene, por favor. Ya estoy preparado para salir. Estoy preparado para enfrentarme al mundo.
Su respuesta es inmediata.
-No, no lo estás. Susan llegará en cuestión de minutos. Por favor, ve con ella. No la obligues a dejarte inconsciente.
Harry bufó. ¿Por qué tenían todos que ser tan jodidamente melodramáticos? Lo único que había hecho era salir de la casa sin permiso (que al parecer se encontraba en el campo, a unos kilómetros de Londres), echarse un hechizo de camuflaje y coger el tren hacia la ciudad. ¿Que había acabado en el centro comercial más importante de Londres, donde ya le habían visto y un par de aurores montaba guardia? Bueno, cosas de la vida. Él no era un preso, no se había escapado de una prisión, y no había cometido ningún delito.
Estaba en su pleno derecho a que le diese el sol de ven en cuando.
-Harry, comprendo que estés frustrado, pero no, no estamos llevando las cosas demasiado lejos –dijo Selene con un tono que pretendía ser comprensivo, pero que sonaba irritado. ¿Sería capaz de leerle la mente por teléfono?-. ¿Comprendes en la situación en la que nos pondrías a todos si el Ministerio o Voldemort te atrapasen…?
-No me van a atrapar –le aseguró Harry.
Se sentía seguro, invencible. No le atraparían. No se dejaría atrapar.
Selene resopló.
-Nadie cree en la derrota, Harry. Pero esta llega. Sobretodo cuando subestimas a tus enemigos.
-Lo sé, Susan me lo ha machacado mucho –dijo él con impaciencia.
-Cualquiera lo diría.
Un destello de luz plateada fue la única advertencia que tuvo. Pero los reflejos ya estaban actuando; Harry se agachó y tomó aire.
-Joder –murmuró-. Ahora los aurores atacan por sopresa.
-¿Y qué esperabas? –preguntó ácidamente Selene en su oído. Harry no dijo nada, escaneando la multitud. Estaban ahí, en alguna parte, pero al parecer no querían volver a atacarle mientras hubiese tantos muggles cerca-. ¿Dónde estás? ¿Cómo te han encontrado?
Él parpadeó. Al parecer, Selene no tenía a nadie vigilándole. Lo próximo sería que en realidad no leía mentes.
-Pues… en la entrada de Harrods.
Casi podía oírla apretar los dientes.
-No me digas que no te has movido de allí, Harry.
El joven mago miró a su alrededor. Los cuerpos de los aurores seguía allí, igual que hacía cinco minutos.
-Esto… ¿no?
-Harry…
-Tengo que colgar. Aurores con los que barrer el suelo y eso. Luego te llamo.
Sin esperar respuesta, apretó el botón rojo de terminar la llamada. Guardó el móvil y balanceó la varita entre los dedos. ¿Dónde estarían esos aurores?
Lo primero que hizo fue alejarse de allí, para poder presentar batalla sin miedo de herir a un inocente. Además, tenía que escapar antes de que llegasen los refuerzos. Selene tenía razón al enfadarse, quedarse en el mismo punto en el que había abatido a tres aurores de guardia había sido una estupidez. Pero ella había llamado, lo había distraído, y se le había olvidado por completo.
Aunque dudaba mucho que esa excusa sirviese para mejorar algo.
De todas formas, la buena suerte no se le había acabado. Que sólo hubiesen llegado dos aurores, atraídos por el despliegue de magia en un sitio muggle, era una prueba de ello.
Se deslizó por calles vacías, alejándose del dentro. No esperaba encontrar un lugar vació a estar horas del día, pero sí uno menos transitado. Cuando torció una esquina, se encontró con un pequeño parque a la sombra. Una corriente de viento helado lo atravesaba, moviendo las hojas de los árboles y balanceando los columpios vacíos. Harry supo que había hallado el lugar perfecto.
Sonriendo, empuñó la varita y se giró. Los aurores llegaron allí apenas unos instantes después. Sin detenerse a recuperar el aliento, el duelo empezó.
Era fácil. Estos aurores eran más experimentados, y Harry tenía que prestar toda su atención para no dejarse alcanzar. A los pocos minutos ya sudaba, respirando con dificultad, y el viento soplaba sin piedad sobre su frente húmeda. Pero no era nada que no pudiese manejar, y se sentía bien.
Era como una danza, en realidad. Avanzar y retroceder, atacar y esquivar. Una vez que se cogía el ritmo era muy fácil seguir. Harry sentía los músculos estirándose y contrayéndose, desprendiéndose toda la energía y la rabia y la impotencia acumulada durante meses.
El primero de los aurores cayó, alcanzado por una de sus maldiciones. El otro ya no ponía tanto empeño en luchar, sino en defenderse y buscar una salida. Seguramente se arrepentía de no haber pedido refuerzos cuando pudo hacerlo. Selene y Susan tenían razón, subestimar a los enemigos llevaba a la derrota. Harry sonrió, sabiendo que la batalla estaba ganada.
Fue entonces cuando vio a la niña.
Era pequeña, de unos seis años. Sostenía una pelota en las manos y los observaba con los ojos muy abiertos, semiescondida detrás de unos arbustos. Podía verlos. Harry aún era consciente del hechizo de camuflaje, que le envolvía firmemente, y eso significaba que la niña tenía magia en ella. Seguramente en unos cuantos años estaría atendiendo en Hogwarts.
Harry sabía que el auror no le haría daño intencionadamente, pero también sabía que las maldiciones desviadas eran muy corrientes en los duelos. Ninguno de ellos la había visto en medio del frenesí de la batalla. Era un milagro que ningún hechizo la hubiese alcanzado aún.
Vaciló. Selene lo mataría por esto, si es que no lo iba a matar ya.
Por otro lado, no tenía por qué enterarse.
Se detuvo, giró y lanzó un hechizo protector sobre la niña. Esta chilló cuando el campo se ciñó sobre ella. Al mismo tiempo, un dolor agudo le cruzó el brazo derecho.
Harry tomó la varita con la otra mano. Le pareció que podía mover los dedos del brazo herido, y hasta que terminase la pelea eso debería ser suficiente. Intentando mantener el pulso firme, agitó la varita y pronunció un hechizo. La onda expansiva vibró en el aire, sin fuerza suficiente para derribar el escudo de la niña, pero lo bastante para alejar al auror.
Tenía que terminar el duelo pronto: la izquierda no era la mano que debía usar para manejar la varita. Tenía menos puntería, y menos fuerza en los hechizos.
También el auror se había dado cuenta de que la batalla se decantaba en su favor. Empezó a atacar con más saña, y Harry pasó de combinar ataques con defensa a dedicar todo su esfuerzo en defenderse. Se notaba mucho más lento y torpe, y estaba seguro de que el auror lo sabía.
Harry cerró los ojos un momento. No iba a caer allí. No lo permitiría. Le enseñaría a Selene que estaba equivocada.
El auror jadeó, sorprendido, cuando un haz de luz pasó con violencia a unos centímetros de su rostro. Harry suplió la falta de destreza con la velocidad. Hechizos que ni recordaba saber brotaban de su boca.
Al fin, uno de sus hechizos le alcanzó. El auror cayó de rodillas, aún consciente. Como si estuviese a su lado, la voz de Susan le recordó, severa:
-Aun cuando tu enemigo cae, aunque esté debil y desarmado, puede ser peligroso. No dejes nada al azar. Acaba con ellos.
Harry suspiró, y con un vago movimiento de varita lanzó un hechizo. El auror puso los ojos en blanco y se derrumbó.
-¿Los ha matado? –sollozó una voz.
Harry se volvió hacia la niña y sonrió amablemente, dando gracias de que no estuviese cubierto de sangre y vísceras ni nada por el estilo.
-Claro que no, sólo se han desmayado.
-¿Eran hombres malos? –preguntó ella. Harry supuso que era su forma de aferrarse a lo que conocía, los buenos castigando a los malos y salvando a la gente.
Pensó en una manera de explicarle que el hombre malo era él. Después sacudió la cabeza: la niña no quería saber la verdad, sólo escuchar que sí, el mundo era tal y como lo conocía.
Con seis años aún tenía derecho a creer en los cuentos de hadas.
-Claro –dijo Harry con suavidad-. No te preocupes, ya me he encargado de ellos.
La niña le devolvió la sonrisa. Le faltaban dos dientes.
-Ahora –dijo Harry, sacando la varita-. Voy a hacer una cosa para que los hombres malos no vuelvan a seguirte. ¿Entendido?
La niña asintió, el miedo dejando paso a la curiosidad. Harry sabía que, de un momento a otro, empezaría a hacer preguntas.
-Obliviate.
La memoria de la chiquilla quedó desplegada como un libro de imágenes frente a él. Harry seleccionó las más recientes, que empezaban con su aparición en el parque, y las eliminó.
-Vete a casa –le dijo a la niña. Esta parpadeó un momento antes de asentir y darse la vuelta.
Aquellos a los que les acababan de borrar la memoria eran muy abiertos a sugestiones. Obedecer órdenes sin cuestionarlas, confusión, y a veces dolor de cabeza. Los efectos secundarios se pasaban en unos minutos, pero ese periodo permanecía borroso. La pequeña no recordaría haber hablado con él.
Era un hechizo muy útil.
Esta vez fue él quien llamó a Selene, porque sabía que ella no lo llamaría sin saber si la pelea había terminado. El suyo era el único número de la agenda. Sabía que la mujer había intentado convencer a Susan de que también usase uno, pero ella se había negado en redondo. No se fiaba de los juguetes muggles.
No lo cogió al primer toque, y Harry se preguntó si le estaba haciendo esperar a propósito. Al tercero, Selene respondió, con un tono distraído que dejaba claro la clasificación de Harry en su lista de prioridades.
Ahora tenía que resaltar la derrota de los dos aurores, quitar importancia a la herida del brazo y ocultar lo de la niña.
-Qué hay, Selene –dijo alegremente.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
-Dime, Harry, ¿qué criatura inocente has protegido hoy en un despliegue de heroísmo?
-¿Qué? ¿De que hablas? –barbotó Harry, rascándose la cabeza.
Desde el otro lado de la línea sólo se escuchaba su respiración, lenta y pausada.
-Aquella niña estaba en medio, ¿vale? –reconoció tras unos segundos-. Yo sólo la aparté.
Selene suspiró.
- Tu complejo de héroe te llevará a la tumba., Harry. Te lo digo en serio. No puedes proteger a todo el mundo, ni eres responsable de que vivan. Con no causarles daños innecesarios debería ser suficiente. Pero no sé para qué me molesto. Todo esto ya lo sabes: es un rasgo tuyo, tanto como el de desobedecer todas las órdenes para arriesgar tu vida.
El reproche era evidente en su voz, pero no parecía enfadada, sólo resignada. Harry sonrió, sabiendo que había ganado una batalla.
-No te preocupes, Selene, no me dejaré matar.
-Veremos –se limitó a responder ella.
-¿Me echarías de menos si muriera? –preguntó él jocosamente. Pese al tono, esperaba (quería) una respuesta seria. Hubo una pausa al otro lado de la línea; Selene debía estar sopesando sus palabras. Después de todo, siempre adivinaba lo que sentía.
-No lo sé –respondió ella, su voz tan suave como el murmullo de un río-. Dependería de lo mucho que tardara en sustituirte.
Y Harry quiso pensar que, por una vez, Selene se había equivocado al interpretar sus palabras.
