Advertencia el cap es de contenido adulto si eres sensible no lo leas

Capítulo 13

EL DEPARTAMENTO de seguridad está al otro lado —dijo Edward la tarde siguiente, tratando de sonar más animado de lo que estaba.

Después de más de un día evitando a su pa dre y, cuando esto no era posible, asegurándose de no quedarse a solas con él, se encontró atra pado frente a frente con Carlisle.

Después de la comida, tanto su madre como Isabella se habían excusado pretextando que te nían compromisos inaplazables. Hasta Eme lo había abandonado tras afirmar que tenía que asistir a una reunión con el personal del casti llo. Lo habían dejado a solas con Carlisle y a Edward no le cabía duda de que se trataba de una conspiración.

Pero no podía perseguir a los traidores y quejarse. Tenía que enseñarle el departamento de seguridad del castillo.

—Hemos hecho uso de la tecnología más avanzada —dijo Edward después de

traspasar unas puertas acristaladas que se abrían automá ticamente. Cuando se cerraron, hicieron un pe queño clic que activaba un cerrojo—. Como ves, estamos atrapados. El cristal es a prueba de balas y explosiones. Si intentamos entrar sin la debida acreditación, los vigilantes nos deten drán en menos de medio minuto. Para impedir cualquier agresión en ese tiempo, activamos un gas sedante no tóxico —añadió al tiempo que apuntaba hacia unos pulverizadores situados en el techo.

—Impresionante —comentó Carlisle tras ob servar el departamento—. ¿Piensas sedarme? —añadió en broma.

—Las puertas solo se accionan con las hue llas dactilares y un control de retina —continuó Edward sin seguirle el juego a Carlisle.

Luego tocó con el pulgar una pantalla, miró y, segundos después, se abrió una segunda puerta que comunicaba con el núcleo del depar tamento.

Había televisores a lo largo de toda una pa red. Gracias a un sistema de cámaras de vigi lancia, controlaban cada estación petrolífera de El Bahar y Bahania, salvo las que se encontra ban a menos de veinte kilómetros de sendas ciudades.

—Toda la información que se recibe queda registrada aquí —Edward se dirigió hacia unos monitores situados frente a las televisiones—. Controlamos las explotaciones de petróleo, po sibles problemas técnicos en las estaciones y nos ponemos en contacto con el personal co rrespondiente. Con esos infrarrojos identifica mos la entrada de posibles intrusos —añadió apuntando a otros monitores.

Carlisle miró las pantallas y vio a un grupo de nómadas a camello.

—¿Una patrulla de seguridad interna?

—Exacto. Recorren el desierto regularmen te. También tenemos patrullas en helicóptero, pero no es suficiente. Hablamos de una zona muy grande y los que quieren buscar problemas también cuentan con los avances tecnológicos de los que nos beneficiamos nosotros.

Carlisle dio una vuelta por la sala, parándose a intercambiar un par de palabras con varios técnicos. Edward permaneció quieto, mirando a su padre, deseoso de que la visita finalizara cuanto antes. Se sentía incómodo junto al Rey Carlisle Si no estuvieran hablando de cuestiones políticas y económicas, no habría sabido qué decirle.

Su padre no era como había esperado. Edward no se había dado cuenta de que tenía una imagen formada hasta haberlo conocido. Había supuesto que Carlisle sería más brusco y arro gante. Pero se había encontrado con un hombre considerado, humilde, que no pretendía impo ner su opinión a toda costa.

Llevaba un traje occidental que lo hacía pare cer un ejecutivo más que un monarca del desierto.

—Estás haciendo un trabajo extraordinario —afirmó sonriente Carlisle cuando volvió junto a Edward—. Has desarrollado un sistema de se guridad único con tu combinación de métodos de vigilancia tradicionales y modernos.

Salieron de la sala de los monitores y Edward lo condujo a una de las salas de reuniones. A diferencia de las que estaban junto al salón del trono, se trataba de una pieza tan moderna como impersonal.

—La Ciudad de los Ladrones recibe un por centaje de los beneficios petroleros de tu país y de Bahania. A cambio, nosotros velamos por la seguridad de los campos petrolíferos. Somos los primeros interesados en que no haya ningún problema ni demora en la producción.

—Estoy de acuerdo, pero hay grados y gra dos de perfección.

Carlisle se sentó en un extremo de la mesa. Edward tomó asiento en una silla frente a su pa dre. ¿Era orgullo lo que oía en su voz? Edward sintió una mezcla de satisfacción y rabia.

—Tienes talento natural como gobernante -continuó Carlisle.

—No será gracias a tus enseñanzas — repli có Edward antes de que pudiera contenerse.

—Tu abuelo te crió y ahora eres un hombre adulto. Creo que el mérito ha de repartirse entre él y tú —Carlisle hizo una pausa antes de conti nuar—. Sea lo que sea lo que hayas heredado de mí, podría haber quedado en nada si no se hubiese potenciado debidamente. Así que no, no creo que pueda colgarme ninguna medalla por tus logros. Pero, aunque no me correspon da, reconozco que siento cierto orgullo. Como padre, tengo derecho a sentirlo. Aunque haya sido un padre tan malo como yo.

Edward no supo qué contestar. Quería salir corriendo de la sala y dar por terminada la con versación, pero no le parecía correcto. Desde que Esme había invitado a Carlisle, todo había ido encaminado a que se produjera aquel en cuentro con su padre.

En la mesa había una jarra de agua y varios vasos boca abajo. Carlisle dio la vuelta a uno de ellos y se sirvió. Dio un sorbo.

—Debería haber venido antes —dijo miran do a Edward a los ojos.

—¿Por qué?, ¿Qué habría cambiado?

- Puede que nada- Carlisle se encogió de hombros — Puede que todo. Nunca lo sabre mos.

—No habría podido enseñarte un sistema de vigilancia tan avanzado.

—Olvídate del trabajo. Se trata de ti y de mí. Por poco que te apetezca hablar del tema, tenemos que hacerlo —Carlisle dejó el vaso en la mesa—. Si algo he aprendido a lo largo de la vida es que hay cosas que se pueden retrasar, pero muy pocas se consiguen posponer eterna mente. No te culpo por estar enfadado conmi go.

Edward seguía sentado en la silla. Se obligó a permanecer calmado, pero estaba deseando po nerse de pie y saltar al cuello de Carlisle Quería gritar, expresar su frustración, exigirle a su pa dre que explicara por qué se atrevía a presen tarse allí después de tanto tiempo. Quería decir le que no era nadie para él y que seguiría sin importarle por mucho que hablaran.

Se sentía rabioso, frustrado, profundamente dolido. Emociones que no había advertido has ta ese momento en que salían a la superficie. Apenas podía respirar de intensas que eran. Isabellalo había avisado, pensó de pronto. Le ha bía dicho que debía prepararse para cuando se encontrara con su padre. Que si no preveía cómo iba a afectarle, el encuentro lo abrumaría.

Era más sabia de lo que estaba dispuesto a admitir.

— Sé que sientes rabia —insistió Carlisle.

—La rabia es lo de menos —contestó entre dientes Edward.

— Sí... Ojalá... —Carlisle suspiró—. Quiero Explicarme. ¿Estás dispuesto a escuchar?

Edward quiso gritar que no. Pero se negaba a salir de la sala como un adolescente. De modo que se limitó a asentir con la cabeza. De pronto se sorprendió echando de menos a Bella Le habría gustado tenerla a su lado en aquel mo mento.

—Gracias —Carlisle se recostó en la silla—, Estoy seguro de que sabes por qué vine aquí. En vista de que tu abuelo no había tenido nin gún hijo varón, la tradición establecía que el rey Charlieo yo debíamos tener un hijo con Esme La tradición también obligaba a que los reyes de El Bahar y Bahania se alternaran. Ha bían pasado cien años desde la anterior vez que se había dado un caso semejante. Me tocaba a mí, así que dejé a mi esposa y a mis hijos y vine a cumplir con mi obligación.

—Estoy al corriente de las costumbres de la ciudad —dijo impaciente Edward -Puede, pero no se trata solo de las costum bres ni de la historia de la ciudad. Sino de las personas que nos vimos implicadas. No estamos hablando de hechos fríos. Yo estaba casado, Edward. Tenía dos hijos y los quería mucho. Na die quería que viniese aquí. Yo mismo no que ría. La idea de seducir a una niña de dieciocho años me resultaba repulsiva —Carlisle se detuvo y miró a Edward—. Tenía la misma edad que tú tienes ahora. ¿Qué sentirías si tuvieses que acostarte con una chica de esa edad?

Edward cambió de postura, se sentía incómo do. Entendía la postura de su padre, pero no quería reconocerlo.

— Sigue.

—Pienses lo que pienses de mí —continuó Carlisle—, debes saber que nunca le había sido infiel a mi esposa. Estaba embarazada de nues tro tercer hijo. Éramos felices. Pero tenía que cumplir con mi deber. Vine a la Ciudad de los Ladrones y conocí a Esme

Al mencionar su nombre, su expresión cambió por completo. Sus labios dibujaron una ligera sonrisa y su mirada se suavizó. Edward frunció el ceño. Se negaba a dejarse ablandar por los sentimientos de Carlisle.

—No era lo que había imaginado —prosi guió este—. Era bonita, pero era mucho más que eso. Aunque solo tenía dieciocho años, congeniamos enseguida. De repente, estaba como hechizado, sentía cosas por ella que nun ca había sentido por nadie. Había venido con la intención de hacer mi trabajo y marcharme. Pero después de conocerla, me resultó inconce bible llevármela a la cama directamente. Empe gamos a hablar, nos hicimos amigos. Cada vez nos caíamos mejor... Yo era un rey, un hombre poderoso. Y estaba enamorado de una niña. Me sentía como un idiota, pero era más feliz de lo que nunca lo había sido. La quería. Y quererla me hizo ver que nunca había amado de verdad a mi mujer. No de esa forma. Así que Esmey yo decidimos quedarnos.

—¿Pensasteis en quedaros en la ciudad? — preguntó Edward tras cambiar de postura une vez más.

—No quería dejarla —dijo Carlisle—. ¿Qué otra opción tenía? —añadió antes de dar un nuevo sorbo de agua.

—Pero no te quedaste.

—No —Carlisle dejó el vaso en la mesa-Pasó un mes, luego otro. Sabía que tendría renunciar a mi reino a mis hijos, a todo. Estaba dispuesto a hacerlo. Hasta que vino mi esposa. Mi tercer hijo había nacido entre tanto. Me puso el bebé en los brazos y me preguntó si iba a abandonarlos a todos. Miré al bebé a los ojos y vi en ellos mi futuro, supe que no podía darme aquí. Había estado jugando, pero había llegado el momento de volver a asumir mis res ponsabilidades. El pueblo de El Bañar era más importante que mis problemas personales.

Edward no quería pensar en lo mucho que le habría costado irse. Conocía bien a su madre y estaba seguro de que no habría asumido aquel revés con serenidad.

—Esme te pidió que no volvieras nunca — dijo Edward, creyendo por primera vez en la vida que así había sido.

— Y yo accedí, aunque no tenía intención de cumplir mi palabra. Me prometí que volvería. Pero mi esposa murió al año. Me encontré con tres niños a los que criar. No podía dejarlos para volver con Esmey contigo. Eran los here deros, así que tampoco podía llevármelos con migo. Y no quería que mi hijo mayor jurara como rey siendo tan joven. Le pedí a Esmeque vinierais a vivir conmigo, pero dijo que eras el príncipe de los ladrones y tenías que crecer dentro de los muros de la ciudad. Creo que se guía dolida y resentida. No la culpo. Además, había perdido la confianza en mí.

Edward no sabía qué pensar. No había queri do oír la versión de su padre, pero una vez que lo había hecho, no podría quitársela de la cabe za nunca. Nada era como había supuesto.

—Ella nunca te odió —dijo de pronto—. Nunca habló mal de ti.

—Gracias por decírmelo —contestó Carlisle con cierta melancolía en su voz—. Por mi par te, nunca he dejado de quererla.

Era más de lo que Edward quería saber. Farfulló una disculpa y se marchó de la sala. Un centenar de pensamientos se agolpó en su cabeza, pero solo importaba uno: tenía que ver a Bella En cuanto estuviera con ella, todo mejoraría.

Recorrió a toda prisa los pasillos del palacio y solo frenó al llegar a la puerta de su habita ción. Entró sin llamar.

Estaba sentada con varios libros delante, distribuidos sobre una mesa. Levantó la cabeza hacia Edward y sonrió. Este se fijó en su cabello Castaño, en la luz de sus ojos, las curvas que el vestido de algodón ocultaba más que realzaba.

—¿Qué te pasa? —le preguntó tras ponerse de pie.

—He hablado con mi padre.

Intentó decir algo más, explicar lo duro que le resultaba comprobar que Carlisle no era ningún demonio, sino un hombre que se había vis to obligado, por circunstancias que escapaban a su control a tomar decisiones difíciles. Edward no exculpaba a Carlisle del todo. Siempre podía haberse puesto en contacto con él. Pero ya no tenía tan claro dónde situar la línea divisoria entre la culpa y la inocencia.

Isabella vio las emociones que se concentra ban en el rostro de Edward. Estaba confundido, herido. No sabía de qué habrían hablado exac tamente, pero podía hacerse una idea. Isabellasufría con el dolor del hombre que tenía delan te. El hombre al que amaba y con el que no po dría quedarse. Sin pensar dos veces en las con secuencias de sus actos, avanzó hasta Edward y lo abrazó. Este le devolvió el abrazo. Cuando bajó la cabeza para besarla, no se le ocurrió re chazarlo ni retroceder.

La pasión se encendió con la intensidad ha bitual. Isabella sintió que los huesos se le derre tían contra el cuerpo de Edward. Él, todo mús culo. Ella, toda curvas. Pensó en lo a gusto que se sentía entre sus brazos. La estaba besando con una mezcla de ternura y urgencia. Esa vez no le mordisqueó el labio inferior, sino que buscó su lengua como si la necesitase para vi vir. El deseo de Edward avivó el de Isabella que se aferró a él, dejando que tomara lo que qui siera, mostrándole cuánto lo necesitaba ella también.

Edward recorrió su espalda con las manos. Detuvo una en el trasero y la apretó contra su cuerpo. Isabella elevó las caderas hasta sentir el calibre de su erección. Al notar su masculinidad, se estremeció de excitación, curiosidad y aprensión.

— Isabella—murmuró después de separar los labios y posar la boca contra su cuello. Le dio un mordisquito justo debajo de la oreja y luego le lamió el lóbulo.

Isabella gimió. De pronto, quería verlo des nudo. Quería tocarlo y entender en qué consis tían las relaciones entre un hombre y una mu jer. Aunque no le faltaban conocimientos teóricos, su experiencia era casi inexistente.

Le bastó imaginarse desnuda junto a Edward para que la respiración se le entrecortase. Los pechos se le hincharon, los pezones empujaban contra el sujetador, la presión entre las piernas crecía por segundos. Isabella deseó que la toca ra en el mismo sitio que la vez anterior.

Lo deseaba. Quería hacerle el amor. Sus ne cesidades físicas se unían a las emocionales. Juntas alcanzaban una fuerza irreprimible.

—Te deseo —dijo él mientras le besaba el cuello—. Te necesito.

«Te quiero», pensó ella.

Pero no lo dijo. Porque amar a Edward no le acarrearía más que problemas

— No podemos —susurró Isabellajusto mientras Edward le bajaba la cremallera del ves tido—. Edward, soy virgen.

El vestido se le caía de los hombros. Isabellase lo sujetó contra los pechos. Edward le envol vió la cara con las manos y la miró a los ojos.

— Te deseo —repitió — Merece la pena arriesgarse a lo que sea con tal de tocarte, de enseñarte, de hacerte el amor. Por favor, no me niegues la gloria de poseerte.

Si se lo hubiera exigido, quizá hubiese en contrado fuerzas para decir que no. Si la hubie ra provocado con alguna broma, habría encon trado algún recurso. Pero aquella súplica desesperada la dejó sin reacción. No podía ne garle nada. Aunque sabía que los dos pagarían caro lo que iban a hacer.

Edward agarró las manos de Isabellay esta soltó el vestido, que cayó al suelo. Debajo lle vaba un sujetador y bragas de seda. Sin tiempo para reaccionar, se encontró medio desnuda frente a Edward, que contuvo la respiración ma ravillado, como si su cuerpo fuese tan hermoso como los tesoros que llenaban el castillo. De repente, se le pasó cualquier posible vergüenza. Se sintió orgullosa de ser la mujer a la que Edward deseaba.

—Moriría por ti —susurró y la sorprendió hincándose de rodillas

Isabella no sabía qué pensar. ¿Edward arrodi llado ante ella?, ¿Qué significaba? Pero, antes de dar con una respuesta, notó que la besaba en el ombligo. Sintió una descarga eléctrica por todo el cuerpo. La piel se le puso de gallina, los pechos se le hincharon todavía más.

Edward paseó la lengua por su tripa antes de bajar. Isabella notó un temblor entre los muslos, hacia arriba, hacia abajo, casi no podía mante nerse en pie. Sin pensarlo, puso una mano sobre un hombro de Edward y la otra en la cabeza. Le mesó el cabello y gimió cuando Edward le besó justo encima del elástico de las bragas. Luego descendió a lo largo de sus muslos.

Era un cosquilleo. Era perfecto. Temblaba tan to que solo podía seguir de pie aferrándose a Edward. Este le rodeó la cintura con un brazo y siguió besándola, mordisqueándola, lamiéndole las pier nas. Finalmente, le bajó las bragas de un tirón.

Estaba desconcertada por lo que ocurría. ¿No deberían estar en la cama?, ¿No debería es tar la habitación a oscuras? ¿O, al menos, con una luz más tenue? El sol entraba por las venta nas. Estaban lo suficientemente altos en el cas tillo como para que nadie los viera, pero se sin tió violenta cuando Edward le pidió que sacara los pies de las bragas. Violenta y vulnerable.

—Edward, no creo que...

La besó. No en el estómago ni en la pierna, sino en su parte más íntima. Un beso con len gua que la dejó sin respiración. Isabellasintió una explosión de placer arrasadora. Sin querer, separó las piernas para que pudiera besarla de nuevo. Edward le apartó los rizos del vello púbico y le lamió con fuerza su punto más sensible. Isabellagimió, las piernas se le doblaron, Edward la sujetó y la apretó contra su cuerpo.

—Mi pajarillo —murmuró mientras se qui taba la chaqueta. Luego la levantó en brazos y la llevó a la cama—. Voy a hacerte volar.

Ella no tenía objeciones. Ni voluntad. Ha bría hecho cualquier cosa que le pidiese, le ha bía prometido el mundo. Lo que fuera con tal de que volviese a tocarla de ese modo.

La posó sobre el colchón. Luego se inclinó sobre ella y le desabrochó el sujetador. Cuando estuvo totalmente desnuda, se recostó a su lado y se apoderó de uno de sus pezones.

Isabella nunca había sentido el calor y la hu medad de la boca de un hombre sobre sus pe chos. Nunca había sentido la tensión que reco rría su parte más femenina. Una y otra vez, Edward pasaba la lengua por sus senos, descu briendo sus formas, los puntos más sensibles. Mientras tanto, le acariciaba el otro pezón.

No habría podido decir cuánto tiempo la estuvo tocando así. Por fin, cuando tenía el cuer po entero tenso y dispuesto a aliviarse, a cual quier tipo de alivio, empezó a bajar.

Esa vez sí supo qué esperar. Esa vez casi llo ró ante la expectativa de sentir su lengua sobre su cuerpo. Se movió entre sus muslos y ella los separó para acogerlo. Cuando Edward bajó la cabeza, contuvo la respiración.

Luego gimió su nombre. Él la lamió desde la entrada de su lugar más íntimo hasta ese punto de placer oculto. Una y otra vez. Al prin cipio despacio, luego más rápido. Isabellase agarró a la colcha, incapaz de pensar ni hacer nada más que sobrevivir a ese placer indescriptible que jamás había experimentado.

Nadie más podría hacerle sentir algo así, se dijo mientras notaba el cuerpo todavía más ten so. Nadie podría tocar su cuerpo y su corazón como Edward. Quiso decírselo. Quiso gritar que lo amaba, que siempre lo amaría; pero necesita ba aire para pronunciar las palabras y no podía respirar. Solo pudo aguantar la súbita oleada que la arrasó.

Fue perfecto. Mejor que en sus fantasías más salvajes. Era imposible y, sin embargo, el placer continuó hasta acabar desfallecida, más contenta que en toda su vida.

Abrió los ojos y vio a Edward encima de ella.

—Todavía hay más —dijo este antes de dar le un beso en el cuello.

Luego se incorporó y se quitó la corbata. A continuación se despojó de la camisa. Y de los zapatos y los calcetines. Por fin se libró de los pantalones y los calzoncillos.

En cuestión de segundos, se había quedado tan desnudo como ella. ¡Dios, estaban desnu dos! Intentó fijarse en el color bronceado de su torso, pero sus ojos se vieron arrastrados hacia el vello que bajaba por sus abdominales. Y si guieron descendiendo hasta clavarse en la prue ba más palpable de su excitación.

Era bonito, en la medida en que puede ser bonito un hombre erecto. Edward le sonrió mientras se arrodillaba sobre el colchón y se in clinaba a besarle los pezones.

—Te pediría que me tocaras, pero las conse cuencias podrían ser desastrosas. Me encuentro en la embarazosa situación de tener que reco nocer que no estoy seguro de que pueda contro larme — Edward le acarició la cara—. Me gusta ría poder decir que es porque hace mucho que no estoy con una mujer, pero es por otra cosa... Es... por... ti... Solo tú despiertas un deseo tan ardiente dentro de mí, Isabella—añadió tras acomodarse entre las piernas de ella y empezar a frotarla de nuevo.

Jamás pensó que podría necesitarlo otra vez tan rápido, pero nada más terminar de pronun ciar la frase, comprendió que estaba preparada para que Edward la llevase de vuelta al paraíso.

—Edward —susurró al tiempo que abría los brazos.

Una vocecilla de alarma sonó dentro de su cabeza. Una vocecilla que le recordó que si se guía adelante, no habría vuelta atrás. Las vidas de los dos cambiarían para siempre. Pero no pudo apartarse ni pedirle que parara. Lo desea ba. Lo necesitaba. Lo amaba y quería perder la virginidad en sus brazos.

No tuvo que insistirle. Edward se deslizó entre sus muslos y empujó con cuidado. Al prin cipio, el cuerpo de Isabella estaba húmedo de la anterior explosión, pero luego empezó a tensar se. La presión creció, una presión distinta a la que había sentido antes.

Edward hizo una pausa, metió la mano entre los dos y localizó su punto de placer. Lo frotó. No tardó en excitarla. Luego empujó otro poco. Y así avanzaron hasta llegar a la barrera que delimitaba su inocencia.

Tras disculparse con un beso, dio un último empujón Y, de pronto, estaba dentro de ella Apoyándose en los brazos, Edward empezó a entrar y salir en un baile sin tiempo Isabella se agarró a él atenta a la reacción de su cuerpo ante cada nueva acometida. Empezó a sentir cosquilleos, llamara das de fuego imprevistas. Lo apretó con más fuerza. Quería más, quería a Edward. Quería... De repente sintió unas contracciones profundas bajo el vientre. Como corrientes cálidas en un estanque. No lo esperaba y creyó que se hundiría en aquel mar de sensaciones.

—Sí —gruñó Edward tras arremeter de nuevo.

Con cada movimiento aumentaba la intensidad de las corrientes. Hasta que, por fn, se puso rígido y gritó el nombre de BellaEsta sintió el potente espasmo que estremeció su cuerpo.

Luego permanecieron entrelazados hasta que recuperaron la respiración. Edward le acari ció la cara. Sonrió.

—Eres mía —le dijo—. Te he hecho mía y nada del mundo va a cambiarlo.

Ufffffffffffffffffffff adoro a Edward es tan posesivo

Les gusto

Quieren ya leer el próximo cap besos dejen sus comentarios …