XIV
La luz de la dama de blanco iluminaba dos pequeñas e inocentes siluetas prestando su hermoso candor a un par de almas que deseaban la sanación con esmero y dolor. Una, de bucles dorados que cubrían el torso del más pálido, lloraba tiernamente enterrando su rostro en el cuello del menor. La otra, de cortos cabellos cian, envolvía aquel cuerpo con suavidad y firmeza brindando su calor.
Hermosa imagen a los ojos de Dios.
—Esto es tan repugnante —susurró Sebastián.
La estoica silueta del mayordomo se desfiguraba en las sombras debido a lo agitado de sus pensamientos. El deseo casi enfermizo por separarlos le urgió en demasía y se preparó para entrar inmediatamente en ese cuarto. Y, aunque no alcanzó a llegar cerca de ambos cuerpos y poder dar rienda suelta a sus más ardorosos pensamientos, pudo ser testigo de como la rubia intentaba regalarse a su Amo.
—Al menos dame una oportunidad —El escalofrío que demostró su bocchan le reavivó la ira y lo que mencionó en respuesta simplemente lo sacó de quicio.
—Ambos sabemos hacia donde se dirige esto, Elizabeth.
¿Su bocchan realmente deseaba estar con esta precoz cortesana? No quiso averiguar la respuesta, sólo bastó un carraspeo obvio y la tensión se hizo evidente.
—¿Qué haces aquí, Sebastián? No recuerdo haberte invocado —reclamó Ciel tratando de tapar la visión de la rubia con su menudo cuerpo.
El mayordomo sonrió maquiavélico.
—Sentí unos ruidos extraños y vine de inmediato a resguardar su seguridad —Elizabeth trataba por todos los medios de cubrirse sin llamar la atención, logrando que un brillo de burla se manifestara en esos ojos escarlata—. Sinceramente creí que una meretriz le estaba acosando.
Ciel gruñó por lo bajo.
—No es necesaria tu intervención en este asunto, lárgate —Pero el demonio continuaba allí con la vista clavada en la rubia como si estuviera conteniéndose de matarla—. ¡Es una orden!
Sebastián no respondió ni siquiera con la evocación de las palabras rituales, dio media vuelta y cerró la puerta quedándose parado frente a ella. Se quedaría atento a cualquier cosa, soportando cualquier demostración de cariño, pero a la menor oportunidad convertiría a la rubia en pedazos.
Mientras que en la habitación Elizabeth se recuperaba del momento de debilidad y trataba de mantenerse pudorosamente cubierta. Las palabras de Sebastián le habían herido en lo más profundo de su femineidad.
—No escuches a ese imbécil —mencionó el menor observando directamente las orbes verdes—. Nada de lo que diga ese tipo debe afectarte, Elizabeth.
—Ya no me llamas Lizzy —susurró la rubia con algo de tristeza.
No había mucho que hacer al respecto, ambos lo sabían. Elizabeth había abusado de la confianza de Ciel haciendo esta barbaridad, aunque el menor no se quedaba atrás después de la forma en que la rechazó tan tajantemente.
—Será mejor que vuelva a la cama —Apenas pudo escuchar los murmullos de la rubia.
—Quédate aquí —ordenó Ciel sin darle mayor importancia a la cara estupefacta de su prometida—. No quiero que salgas en esas fachas y que alguien te vea. Dormiremos aquí.
—¿Como cuando éramos niños, recuerdas? —expresó una emocionada rubia.
"Somos niños" quiso responder a esa reflexión, pero guardó silencio.
Elizabeth quiso cambiar la expresión meditabunda de Ciel. Sabía que estaba pensando en muchas cosas a la vez. En Sebastián, su relación con él, su compromiso, su orgullo… Ciel tenía razón, jamás estaría a la altura de la situación. Aún si su amor fuera realmente fuerte y verdadero, no soportaría hacer infeliz a Ciel sólo por su egoísmo. No podía verlo sufrir más. Con eso en mente, esperó a que el menor se recostara cerca de ella y le abrazó con cariño. Ciel estaba tenso, pero al menos no le rechazaba por lo que reunió más confianza.
Se la daría. Se la daría porque él la merecía.
Le devolvería su libertad.
El día siguiente fue una pesada cadena de eventos a los ojos cansados de Ciel.
Estuvo irritable toda la mañana, primero con la visita mañanera de Sebastián quien no dio descanso a su lengua afilada para apuñalar la dignidad de Lizzy y aunque el té estuvo como siempre fenomenal, las noticias en los diarios sobre prostitutas muertas y ladronzuelas sólo derrumbaban la conciencia de una alicaída Elizabeth. El baño no fue mejor, gracias a su orden donde prohibía a Sebastián tocarle, tuvo que bañarse solo con la mirada del mayordomo encima porque no podía enviarlo a la habitación donde la rubia se vestía con lo poco que había traído en la noche.
Pasado el desayuno y mientras Ciel entraba en su despacho, Elizabeth rompía el compromiso prometiendo su amistad y comprensión, pero por sobre todas las cosas instándole a ser sincero consigo mismo. Phantomhive estaba seguro de que Elizabeth había escuchado demasiadas novelas fantasiosas.
Al encaminar a la rubia que lloraba a lágrima viva por su felicidad, se dio cuenta de que sus sentimientos por Lizzy seguían intactos como hace años. Era un amor puramente fraternal. No tenía otro concepto para sus emociones. Esperaba que Lizzy realmente encontrara alguien que la respetara e idolatrara como él nunca pudo corresponder.
Lamentablemente sus pensamientos se opacaban al observar la mirada triunfal del endemoniado mayordomo.
Ya no tenía cabeza para pensar en nada más que en los contratos que todavía le quedaban por revisar así que simplemente se encerró en su despacho con la orden de no molestar.
Por supuesto para Undertaker era como tener las puertas abiertas con un letrero gigante diciendo "Pase, bienvenido".
—Mi querido Conde, dichosos los ojos que lo ven y los labios que pueden saborearlo —mencionó con su característica sonrisa mientras se sentaba sobre el escritorio frente al niño.
Ciel evitó por todos los medios no recordar el dichoso beso.
—¿Cuál es el motivo de tu visita? —preguntó con parquedad poniendo mas distancia entre ellos inconscientemente.
—¡Oh! ¿Es que no puedo hacer una visita de cortesía?
—Dudo mucho que quieras separarte de tus cadáveres y féretros el tiempo suficiente como para una visita de cortesía.
Undertaker soltó su clásica risita.
—Usted es tan cruel y directo, mi querido Conde, pero sí, esto no es una visita de cortesía —El albino compuso una mueca de seriedad con la que el pequeño no evitó alarmarse—. Quiero saber que avances ha tenido con respecto a su "problema" con el mayordomo.
—Eso no es algo en lo que debas meter tus narices.
La respuesta mantuvo el semblante preocupado del mayor quien no dudo de acercarse al pueril rostro.
—¿Realmente no quiere salvar su alma? —susurró entre dientes.
Ciel simplemente mostró una cínica sonrisa. —Yo no necesito que me salven.
—¿Bocchan?
La simple pregunta casi hace saltar al niño de su asiento.
—¿Sebastián? —preguntó dudoso esperando que el mayordomo no hubiese escuchado nada importante de la conversación.
Para su buena suerte así era, pero Sebastián estaba demasiado suspicaz con la visita del retirado shinigami. Y el que ambos estuviesen tan cerca uno del otro lo alteraba. Su mente ya había decidido que el sepulturero era una amenaza. Miró al albino fijamente mientras cerraba la puerta del despacho.
—No anunciaste tu visita —pronunció casi rechinando los dientes, dejando todo trato cordial de lado. A Ciel le dio un mal presentimiento.
—Estabas algo ocupado y no quise hacer tanta parafernalia para ver a mi querido Conde —mencionó con cuidado levantando su rostro y mostrando una sonrisa tensa.
—¿Y a que debemos tu inesperada visita? ¿Es para corroborar el alma de mi maestro? —inquirió con una mueca ladina, dirigiendo sus pasos a un lado de Ciel que sudaba frío.
—Veo que estás algo alterado, mayordomo —Subió elegantemente su mano cubierta por las mangas de su túnica—. ¿La preocupación no te deja actuar con normalidad?
—No siento temor al respecto, si esa es tu pregunta. Mi maestro es perfecto como es. Tu opinión carece de interés —bisbisó con los ojos brillando de ira.
La tensión crecía cada minuto y el pequeño Phantomhive evitaba mencionar palabra para no llamar la atención. Estaba seguro que el más mínimo susurro y tendría a ambos seres sobrenaturales preguntando su opinión.
—Veo que has mejorado por fuera. ¿Acaso encontraste la manera? —Una idea se formó en la mente del albino que rápidamente borró su cínica sonrisa—. ¿Devoraste un alma fuera de la de tu contrato o saboreaste el alma de mi querido Conde?
Por toda respuesta Sebastián lamió sus labios de forma diabólica.
Undertaker pasó la vista hacia el pequeño que miraba con odio contenido hacia un punto de la oficina. Era muy obvia la respuesta. Con un ondeo de mano hizo aparecer una hermosa guadaña plateada alzándola como un estandarte de guerra. Al ver esto, Ciel se levantó de su silla encarando al sepulturero.
—¡¿Qué rayos estás haciendo?!
—Es muy obvio que usted no participó de buena gana en ese "intercambio". Su mayordomo aún está débil, es la oportunidad perfecta para eliminarlo y liberarlo de ese maligno contrato. Sólo tiene que pedírmelo —Lo miró condescendiente mientras acercaba su mano libre al pequeño y lo llamaba con una voz cálidamente tentadora—. Sólo tienes que decírmelo, Ciel.
El demonio no esperó a la respuesta de su contratista para atacar al shinigami que de inmediato se defendió con su arma. El choque de ambos metales hizo chirriar los oídos de Ciel.
—¡Basta, deténganse! —gritó detrás del mayordomo luego de un empujón de éste.
—¡Sólo dígame las palabras, Conde! —exclamó mirando fijamente los ojos del demonio que se abrieron mostrando la totalidad de sus iris perversas.
—¡No vas a engatusarlo con tus palabras!
—¿Así como hiciste tú? — Un ondeo de su guadaña y Sebastián tuvo que separarse para evitar que el filo le cortara la cara.
—¡Fue él quien me invocó!
Ciel veía como ambos continuaban atacándose destruyendo todo el despacho. En uno de esos movimientos Sebastián logró asestar una fuerte patada al sepulturero que lo envió volando hacia la ventana, destrozándola. No perdió oportunidad para continuar con la pelea saltando de ella y volviendo al ataque. Ciel respiró profundamente evitando caer en shock. ¡¿Por qué rayos están peleando?!, se preguntaba.
Ninguno de los combatientes cedía. El shinigami hirió varias veces los brazos y piernas del mayordomo a sabiendas de su condición vulnerable, pero el demonio continuaba peleando como si con ello se le fuera la vida. La cuchillería volaba y se enterraba en la tierra fuera de la mansión, dejando un espectáculo atroz a su paso. Pétalos de rosa, gravilla, tierra y trozos de mármol flotaban en el aire como los detalles de una tétrica postal. En un audaz movimiento el shinigami logró cortar profundamente el abdomen del demonio que aprovecho la cercanía y lanzó el resto de cuchillos que le quedaban a la cara del albino quien esquivó todos excepto uno que se enterró profundamente en el ojo izquierdo. Con saña, Sebastián lanzó una patada enterrando más el cubierto haciendo salpicar la sangre, y gracias a eso, el albino soltó la guadaña pudiendo el demonio quitársela con una gran dolor.
Ambos se preparaban para el último golpe cuando Ciel irrumpió en medio la pelea gritando con histeria.
—¡Ya Basta! ¡Deténganse de una maldita vez! ¡Ninguno tiene derecho de elegir por mí!
El demonio susurró al viento, consciente de que el muchacho lo escucharía: —No te olvides de lo que dije esa noche: todo tú me perteneces —El escalofrío del menor paso desapercibido. Ninguno de los dos adultos veía con normalidad, Sebastián tenía la cara cubierta de sangre que no era suya, y una gran herida en el abdomen que aun sangraba profusamente. El shinigami logró quitarse el cuchillo dejando a la vista un desagradable agujero en el iris y un corte profundo se veía a la altura de su cuello.
—Sólo su alma, demonio. Tú no tienes derecho a probar su cuerpo.
—El me pertenece.
—Lo obligaste a sabiendas de que no aceptaría, lo hiciste para mantener tu estética. Al menos yo no tuve que obligarlo cuando lo besé —Se jactó sin saber que el mayordomo no sabía nada al respecto.
Sebastián sintió un horrendo retorcijón a la altura del pecho. Un horrible pensamiento palpitaba con fuerza en su mente mientras observaba a su joven amo que lo miraba con terror. La palabra "traición" latiendo con fuego.
Y así, lastimado, hizo lo que todo ser indefenso realiza acorralado. Morder.
—Vaya, mi joven Amo está madurando. Primero Lady Elizabeth y ahora el sepulturero. ¿Cuántos más han devorado sus labios, mi Lord? Tal parece que no puedo contarlos con los dedos de una sola mano.
Ciel sintió como si un cubo de agua fría se le derramara encima. Podía sentir odio hacia ese demonio, pero sus comentarios sarcásticos aun podían herirlo. Aun sentía el deseo de ser querido por el mayordomo.
Sebastián tomó el silencio como una respuesta indiferente, por lo que continúo atacando.
—Su cuerpo es tan sucio, Bocchan. Veo que la más experimentada meretriz es una burda comparación con usted. Las prostitutas trabajan su cuerpo para comer, usted lo hace por el deseo de ser comido. ¿Le gusta tanto, Bocchan? ¿Un imponente miembro desgarrando su explorada entrada?
Ciel gritó exasperado pues el shinigami escuchaba todo con un odio contenido. —¡Cállate! ¡Deja de hablar, Sebastián! ¡No tienes ni idea de lo que estás diciendo!
—Pues yo no lo veo del mismo modo, mi querido conde —Decidió intervenir el albino—. Es obvio que este mayordomo si entiende lo que dice. Y lo hace porque detesta ser el segundo.
—¡Cierra la boca Undertaker! ¡No inventes más!
—Yo no miento, querido Ciel. Sus labios son un manjar exótico. Hermoso.
—¡Cállate de una vez!
—Su cuerpo debe ser incluso mejor. No sabe cuántos deseos tengo de probarlo —Continuó el shinigami queriendo provocar. A estas palabras el demonio expresó su desprecio mostrando sus afilados colmillos.
—¡Silencio!
—Porque a diferencia de su mayordomo, yo lo haré… con su consentimiento.
—¡No!
Sebastián no esperó más y atacó cegado por la rabia sin medir consecuencia, atacando directamente con el único cuchillo que le quedaba. Undertaker lo sabía y esperaba ese momento para poder usar su deathscythe y rebanar el cuello del mayordomo, faltaban unos cuantos centímetros para que ambos se encontraran cuando unos cabellos azules emborronaron su visión y le hicieron cambiar su trayectoria enterrando el filo del arma en el brazo del joven conde que gritó de agonía pura. Sebastián soltó su cuchillo sin pensar en nada más mientras atrapaba el cuerpo de su maestro con desesperación. El silencio se hizo presente cuando el pequeño se desmayó del dolor.
Hello, volví. Espero les guste el capítulo porque fue el que pude rescatar después de la perdida de mi mp3. Salió dañado por culpa de un choque que tuvimos toda mi familia. Lo más dramático de todo es que yo no sentía dolor para nada, a pesar del golpe. Mi pareja estaba tirada en el asiento por culpa de su espalda y sin siquiera poder mover los pies. Mis hijos estaban asustados y agradecí en el alma ser de esas madres paranoicas que les ponen el cinturón hasta para ir a la esquina. El auto quedó como acordeón y ya pasadas las horas noté que mi mp3 estaba destrozado porque había quedado dentro de mi cartera que quedó atrapada en el auto. Los dolores vinieron después y estuvimos casi una semana en cama. Fue una tortura y todo porque el chofer del microbús se embobó mirando el trasero de una chica en mini.
Y así con la gente estúpida.
Pero bueno, este pequeño capítulo es el preludio del final. Si chicos, chicas, ya llega el final. Realmente me he divertido con este manga (sí gente, al que se le fue el gusto, lean el manga).
Por cierto quiero invitarlos a leer una novela original, Se llama "Cuando Muere el Atardecer" y trata sobre una joven feminista e independiente que se encuentra con un vampiro machista quien está totalmente perdido con la nueva tecnología. ¿Cómo les suena? Les dejo mi link de Tublr. Y Facebook para que podamos contactarnos.
Un gusto enorme y nos leemos pronto.
En Tumblr mi nick es jannideath, en Facebook: jannideath(punto)vonblooder
