Disclaimer: Los personajes y todo lo demás que podáis reconocer pertenece a J.K. Rowling, la trama, el tiempo utilizado y los esfuerzos en escribir algo que valga la pena son nuestros.


Capítulo 13: Digna de su nombre.

POV James

Fuera nevaba copiosamente, y el cristal de la ventana empezaba a empañarse.

—James, ¿piensas levantarte?

Brian, en calzoncillos y con el pelo mojado, parecía la mar de divertido. Le dirigí una mirada desafiante.

—No.

—Una palabra: McGonagall.

Rendido y cabreado salté de la cama, lanzándole el almohadón a la cara, lo que pareció divertirle aun más.

—¡Pero qué chicos más guapos! —bromeó Fred al vernos a los dos con poca ropa, poniendo voz de abuela, mientras salía del baño.

Poniendo los ojos en blanco saqué el uniforme del baúl y me vestí rápidamente, tiritando de frío. Estaba cansado y enfadado.

El sábado, mi cumpleaños, fue un buen día, pero difícil. A cada momento quería acorralar a Rose para volver a besarla, tal como había hecho en navidad, pero también quería ponerme a chillarle, a increparle por ser tan podidamente perfecta para mi, y ahora ya no podía distraerme tan fácilmente liándome o pegándome con cualquiera, de nuevo, era culpa suya. O bueno, mía. ¡Qué más daba! Estaba enfermo, era algo repulsivo. Y ella estaba igual. ¿No podíamos ser primos y ya?

Después de mi desliz en navidad, después de besarla casi sin planteármelo sabía que ya no había vuelta atrás, quedaba claro que sentía algo, que sentíamos algo. Ella empezó a esconderse y yo a intentar "distraerme" durante el día para dejar de pensar en ella, por la noche ya sabía que era imposible. Cada vez que me metía en la cama, cerraba los ojos y cuando empezaba a relajarme Rose venía a mi mente, y desde el sábado cada vez con menos ropa, lo que lo empeoraba todo.

¿Por qué cojones llevaba el diario esa tarde? ¿Quería que lo viese? ¿Ya estaba cansada de esconderse?

Tras ver esa página, ese "¿Por qué ÉL me hace sentir tan especial?" algo en mi se encendió. Quería lanzarme sobre ella, para hacerle entender, para… Estaba tan irracionalmente enfadado que disfruté diciendo que ella era una inocente, sin importar restregarle de ese modo que yo estaba montándomelo con una poco antes. Al momento ya estaba arrepentido, y me tiré toda la tarde vigilándola por el mapa del merodeador, esperando a que saliese de las cocinas. Verla vomitar me hizo sentir aun peor. Todo era culpa mía.

Y lo que pareció calmarse el día siguiente, durante mi cumpleaños, se enardeció aun más al final de la noche. Entre el alcohol, el calor que parecía inundarme cada vez que ella se quitaba una capa de ropa y que por fin volvíamos a estar juntos como personas civilizadas, ya no podía controlarme más. Y ella tampoco, lo que me sorprendió.
Ese abrazo había sido tan cálido y poco fraternal que partes de mi cuerpo habían empezado a despertar. Sólo recordarlo me hacía sentirme más sucio y más despreciable si cabe. Cuando estuve vestido, cogí la mochila metiendo en ella los primeros libros que pillé, sin importar si eran los que necesitaba o no, y sin esperarlos, salí de la habitación.

—Oh, Jamie, ¿estás con la regla? —oí que medio gritaba Fred, de nuevo con la voz de abuela.

Suspiré y me coloqué la mochila sobre el hombro, parándome un segundo antes de entrar en las escaleras, intentando calmarme.

Viendo que era imposible y suspirando resignadamente, me di por vencido, sintiendo una leve pena por quien se cruzara en mi camino en ese momento. Resultaron ser dos alumnos de segundo, tras dos gritos y un empujón a una mesa me sentía mucho mejor.
Cuando iba a salir por el hueco de la Señora gorda, alguien decidió entrar en la sala común, interrumpiendo mi camino.

—Potter.

La amiga morena de Rose, Pippa, llevaba un montón de libros entre los brazos, en un equilibrio precario. Casi sin darme cuenta le quité la mayor parte de los libros y desande mi camino.

—Gracias —murmuró, visiblemente sorprendida.

Asentí, y en ese momento, el par de alumnos de segundo con los que había pagado mi cabreo sin sentido, bufaron indignados. Les ignoré.

—¿Causando terror entre los más jóvenes de la casa?

—¿No estás demasiado perspicaz para ser tan pronto? —le pregunté irónicamente.

—Compartir habitación con Rose durante cuatro años es lo que tiene.

Sonrío con lo que parecía querer ser amistosa, pero se le notaba claramente incómoda.

—Yo no te gusto, ¿cierto? Eres una de las pocas que parece no tragarme.

Mi sinceridad pareció sorprenderle.

—No, no me gustas, no demasiado, al menos. Y, ¿pocas, dices?

Su ironía me hizo sonreír.

—Me caes bien —le dije, entre sorprendido y divertido.

Sin esperar una respuesta le dejé los libros sobre la mesa cercana a la chimenea, dónde ella, Rose y su otra amiga solían sentarse, y me giré dispuesto a salir de una vez de la sala común.

Fred y Brian me interceptaron antes de que pudiese salir de ella.

—Al final nos has esperado, qué amable.

—Cállate Brian.

—¿Amable, Brian, amable? Mejor haber dicho, estúpido, malhumorado, cabrón, necesitado sexualmente, por lo que se ve, y cosa que no entiendo, pitopáusico, huevón, amargado…

Fred, siguió y siguió hasta que al sentarnos en la mesa a desayunar le lancé un bol de macedonia a la cara y no pudo más que reír como un poseso y gritar a los cuatro vientos

que no sabía cómo no se le había ocurrido a él antes algo así, si él era el listo de la familia.

—Claro que sí, Fred.

Albus acababa de acercarse a nuestra mesa, con su querido Malfoy rondando unos metros más atrás, lo que me hizo recordar que él había besado a Rose, que a su vez yo había besado a Rose y que deseaba hacerlo de nuevo con una ganas irrefrenables que ni yo mismo sabía como controlaba. Y encima ella iba a hacerlo difícil, lo había dicho.

Solté la tostada al momento, sintiendo miedo de una chica por primera vez en mi vida, sin contar a mi madre y a mi abuela, cuando vi como se acercaba a nosotros con el semblante serio.

—Buenos días —la saludó Albus, con una sonrisa en los labios.

Envidié su relación durante un par de segundos, mientras Albus y Brian comentaban algo del próximo partido de Quidditch, en el que Gryffindor y Slytherin se enfrentarían, pero en el momento en el que sentí como algo cálido rozaba mi pelo y empezaba a jugar con él, acariciando mi cabeza, dejé de prestar atención al resto del mundo.

Rose se había acercado hasta mi, seguía teniendo el rostro serio y parecía de mal humor, pero ahí estaba, acariciándome y jugando con mi pelo, haciendo que poco más y me pusiera a babear cual perro ante las caricias de su ama.

¿Cuándo exactamente se había convertido en lo más apetitoso que pudiese habitar este mundo? ¿Esta era su forma de hacerlo más difícil? Desde luego, si lo era, estaba consiguiendo su cometido.

Procurando no cerrar los ojos, apreté con fuerza la mesa, intentando serenarme, pero sin seguir enterándome de nada de lo que pasaba a mi alrededor, salvo los dedos de Rose enredados en mi pelo, jugueteando con los mechones, acariciando mi cuero cabelludo con las yemas de los dedos.

—James, ¿tú qué dices? —me preguntó Fred, despertándome de mi letargo.

Sin tener ni la más remota idea de a lo que pretendía que diese mi opinión, opté por arquear las cejas, bufar y cruzarme de brazos, un gesto muy desdeñoso que solía utilizar a menudo.

—Ya lo pensaba —comentó entre risas.

En ese momento Rose dejó de acariciarme.

—Vamos, llegaremos tarde —dijo mientras tiraba del brazo de Albus y lo arrastraba hacia fuera del gran comedor.

Me quedé mirando como se iba, con ganas de chillarle un: "Existo, hazme caso, háblame, soy tu perro" en tono mordaz.

—Parece que ella, sí está con la regla —remató la situación Fred, de nuevo imitando a una abuela.

Empecé a reír de forma exagerada, sin poder resistirlo.

La clase de pociones acababa de empezar cuando Rose entró por la puerta, llamando la atención de todo el mundo. Arrastrando los pies, avanzó por la mazmorra, pergamino en mano, hacia la mesa del profesor.

—Querida —le murmuró este cuando Rose le tendió el pergamino.

Estuvieron un par de minutos hablando entre murmullos, mientras la clase aprovechaba y se ponía a charlar con el ánimo de quien espera que la última clase de la semana pase pronto.

Durante toda la semana Rose había estado de morros cada vez que me acercaba a ella, pero no había logrado sacarle más de dos frases seguidas, ni siquiera cuando sabía que de normal se habría puesto como una fiera ante cada una de ellas. Al principio pensé que estaba avergonzada por lo que pasó durante mi cumpleaños, pero no parecía factible, no cuando seguía con su particular forma de poner las cosas más difíciles. A veces creía que sólo era un modo de joderme y reírse de mí.

—El profesor Neville tendrá el antídoto en seguida, sí querida —se despidió el profesor, con una sonrisa adornándole la cara.

—Por lo menos lo ha puesto de buen humor y nos ha librado de 10 minutos de clase —comentó Brian, que estaba un poco molesto con Rose por haberle reñido al prefecto por permitir que Brian explotara media sala común en una de sus partidas de Naipes Explosivos.

Rose, que justo había decidido ese momento para pasar por nuestro lado, puso los ojos en blanco, en una mueca que se me hizo muy cómica.

Fred rió y yo me envaré.

Acababa de pasar tras nosotros, y su mano había rozado levemente mi nuca, poniéndome la piel de gallina. Ahí estaba de nuevo. No volví a respirar hasta que oí como la puerta de la mazmorra se cerraba.

El profesor Slughorn continuó con la clase, y tal como había dicho Brian, con mejor humor. Al principio no lograba atender, todos mis pensamientos se dirigían a Rose y al dulce cosquilleo que bajaba por mi columna desde la nuca, pero finalmente me concentré en la que probablemente era la única asignatura que me gustaba de veras.

Para cuando acabó ya me había olvidado, todo lo que me era posible, de Rose y sus constantes ataques/caricias, pero ver a mi hermano Albus y toda la tropa de sus compañeros de curso, incluido Malfoy, y precisamente él, me la recordó.

Ya dándome por vencido, no pude más que reír.

—Tío, se te va la olla.

Y Fred tenía razón, una hora después, cuando esperaba frente al despacho de la directora por haberle lanzado una maldición a un idiota, lo tenía claro.

Harto de esperar y con un dolor punzante sobre la ceja izquierda, me apoyé en la pared de piedra de enfrente de la gárgola y me dejé caer suavemente hasta llegar al suelo.

—Menuda mierda —murmuré asqueado.

—Desde luego.

Me giré hacia donde provenía la voz. Una chica morena, de grandes ojos castaños, pechugona, y de Ravenclaw, como se podía adivinar por su uniforme, avanzó hasta mi y se dejó caer a mi derecha, recogiendo las piernas, abrazándose a ellas.

—No sabes quién soy, ¿verdad Potter? —me preguntó divertida, mientras toqueteaba el borde de su falda.

Estaba un tanto sorprendido, ¿quién era ella? Me sonaba de algo, pero aun así…Y, ¿qué hacia hablándome? ¿Le había hecho algo? ¿Intentaba ligar conmigo? No lo parecía, no coqueteaba, solo miraba al frente. Intenté recordar la cara de todos los alumnos a los que había molestado estos días, pero no conseguía ubicarla. Quizás me había pegado con su novio, sí que había un par de Ravenclaw que…

—Llevamos en el mismo curso desde hace cinco años, dando, concretamente este año, cuatro asignaturas juntos —dijo al ver que no contestaba, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.

Me concentré en recordarla, y sí, en pociones se sentaba un par de calderos adelante, y en defensa contra las artes oscuras había hecho un duelo con Brian la semana pasada, sí.

—¿Langdon?

—Bingo. Maisie Langdon.

—Y, Maisie Langdon, ¿qué haces por aquí? —no pude evitar decir con cierto retintín. Lo que menos quería a hora era tener a una tía pesada detrás de mí.

—¿No es obvio? Espero a la directora.

Mientras lo decía había enarcado las cejas mientras sonreía, dejando claro que sabía que era lo que estaba pensando, y parecía divertirle.

Justo cuando empecé a reírme McGonagall apareció por la esquina del pasillo. Rostro sereno y duro, como siempre, y a pesar de su edad, seguía andando a paso ágil.

—Dentro. Los dos.


Me era imposible dormir, no paraba de dar vueltas en la cama. Tenía demasiadas cosas en la cabeza y los ronquidos de Brian no ayudaban.

Durante la cena no había visto a Rose con sus amigas, y éstas parecían algo apagadas, lo que me preocupó y había faltado poco para que le tirase el pollo de la cena a McGonagall por su castigo y saliese corriendo hacia la habitación para buscar a Rose en el mapa del merodeador. Al final había resistido, pero por poco.

Rose estaba en algún lugar del pasillo del quinto piso y si no había ido a por ella era porque Fred se había empeñado en que debíamos perseguir a la futura cita de Brian y comprobar si era de fiar.

—No me fío de los Ravenclaw que no sacan excelente en todo, ya lo sabes. Y menos si piden citas para San Valentín —me había dicho.

Fred siempre se mostraba muy protector con eso de los novios de Brian, en parte porque se sentía culpable por haberle espiado y haberse enterado de que era gay antes de que él mismo nos lo dijese, montando un bonito espectáculo el año pasado.

Al final, el chico, parecía ser un "buen partido" según los calificativos de Fred, y acabé arrastrándole hasta el pasillo del quinto piso, pero ya no había rastro de Rose, en cambio, si lo había del prefecto de Hufflepuff, así que nos marchamos sin que yo pudiese rebuscar por todas las aulas y quedarme tranquilo.

—¿De verdad crees que has perdido aquí tu libro de Transformaciones? —se había reído de mi.

Y claro, yo no podía dormir.

Me levanté, harto. Busqué una camiseta cualquiera y me la puse lo más rápido posible, después, salí de la habitación y bajé a la sala común, esperando distraerme oyendo el crepitar de las llamas de la chimenea.

Antes de salir del hueco de la escalera ya sabía que Rose estaba allí, la oía llorar.

Avance despacio, haciendo ruido al andar, no quería asustarla, no quería que huyera, ni que llorara. Estaba sentada en el poyete de la ventana, con la espalda apoyada en el cristal y las rodillas apretadas en su pecho.

—Rose…

Ella alzó el rostro. Estaba más pálida de lo normal lo que hacía que sus pecas, sus ojos azules, y el rojo de su pelo, resaltarán aun más, haciéndola a mí ver, aun más bonita. El reguero de lágrimas le llegaba hasta el cuello de la camisa, perdiéndose allí de la vista.

—¿Estás bien? ¿Qué pasa? ¿Qué…?

Ansioso, escupí las preguntas con prisa, haciendo que las comisuras de sus labios se alzaran levemente.

No habló hasta que me senté a su lado.

—No se me da bien esto de hacer las cosas difíciles…

Estaba a punto de decirle que todo lo contrario cuando soltó un gemido y empezó a llorar aun más fuerte. Poniéndole un brazo por los hombros, la atraje hacia mi.

—Shh.

—N-no puedo. Me duele, yo… —intentaba hablar, sorbiendo por la nariz y quitándose las lagrimas de las mejillas a manotazos— Ojalá fuese fuerte, y lista, y-yo… Odio saber que todo lo que quiero está tan cerca pero a la vez tan lejos, que tú…

—Rose…

—No, déjame seguir. Yo… Es tan raro, tú… Se supone que no debería sentir lo que siento, que estas cosas no pasan, no está bien, pero…

—Pero no puedes evitarlo —acabé por ella.

Sabía como se sentía. Querer algo que está al alcance de tu mano pero que a la vez está tan lejos… Era tan imposible. Y tan asqueroso… Éramos primos, ¡por Merlín!

La abracé con más fuerza aun, y al momento ella se dejó hacer, hundiendo su rostro en mí pecho, manchando con sus lágrimas la fina tela de la camiseta. Todo era culpa mía, si yo no la hubiese besado, si no…

—Lo siento, Rose.

Ella se separó un tanto de mi al oírme, con el ceño levemente fruncido.

—Tu no tienes la culpa, o bueno, al menos no tu solo.

Medio sonrió, y parecía que la sonrisa había llegado a sus ojos.

—¿Por qué tienes que tener unos ojos tan bonitos?

La pregunta había salido de mis labios sin permiso.

Rose, algo turbada, bajó levemente la cabeza y la mirada, yo le alcé el rostro de nuevo, acariciándole la barbilla y la mejilla derecha con suavidad, cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los míos, no pude más que acercarme a ella y rozar sus labio con los míos, suavemente.

El beso poco a poco fue haciéndose más intenso, y cuando ella entreabrió la boca, dejándome entrar y nuestras lengua se rozaron, perdí completamente la noción de todo lo que pasaba a mi alrededor, sólo importaban sus labios, su lengua, mis manos enredadas en su pelo, las suyas en mi cuello.

Se sentía tan bien estar así. ¿Se podía morir de felicidad?

Pero entonces mi cabeza explotó. ¿Qué cojones estaba haciendo? Era mi prima y yo estaba enamorándome de ella, y esto, solo hacia que empeorar la situación.

Asustado, me aparté de golpe.

—¿Qué…?

Sin dejar que acabara la pregunta, me levanté de un salto y prácticamente huí hacia las escaleras. Cuando me metí en la cama sabía que la había cagado, pero ya no podía remediarlo.


—Brian, quítate esa camiseta inmediatamente, parece que vayas al campo a coger setas, y no a una cita.

Fred revolvía su baúl, sacando camisas y lanzándoselas a Brian.

—Vaya par… —murmuré mientras me ponía lo primero que pillaba.

La idea de salir e ir en manada como un rebaño al Salón de madame Pudipié no era algo que me entusiasmara, pero era James Sirius Potter, y tenía una imagen que mantener.

—San Valentín, fiesta estúpida por excelencia —bufaba Fred.

Este año San Valentín caía en domingo, lo que propiciaba una salida a Hogsmade y cotilleos frescos para la siguiente semana. Brian iba a salir con el chico de Ravenclaw, Fred con una amiga de la prima Molly, una Hufflepuff, y yo con Maisie Langdon.

Cuando se lo propuse, el día anterior, durante el castigo que nos había impuesto McGonagall —limpiar la sala de trofeos al modo muggle— casi se mea de la risa, pero al final había aceptado. Lo que me había alegrado sobremanera. Desde la noche anterior no paraba de pensar en Rose y lo estúpido que fui, y si ella no hubiese dicho que sí habría acabado pasándome todo el puto domingo amargado cotilleando a Rose.

A los diez minutos bajamos al vestíbulo, dónde Fred y yo habíamos quedado con nuestras respectivas citas, Brian, por su parte, se adelantó ya que había quedado en un lugar más íntimo.

Antes de ver a Maisie Langdon vi a Rose. Estaba al lado de la puerta principal, llevaba unos pantalones negros y un bonito, y demasiado fresco, jersey. Su abrigo reposaba entre los brazos les chico que estaba a su lado, el cual hablaba animadamente con una de sus amigas, Pippa no, la otra. Antes de poder hilar del todo mis pensamientos respecto al porqué de la presencia del chico, Rose y él salieron fuera, sin lugar a dudas hacia Hogsmeade.

—Mierda.

Menudo día me esperaba.


Y hasta aquí el capítulo 13, ¡Tarán! :)

No estoy del todo segura respecto ha como ha quedado el cap, peero... Lo que me he reído con estos tres xD

Esperamos que os haya gustado, muchas gracias por leer :3

Se agradecen reviews, críticas y sugerencias :)

LainaM.