Los sirvientes corrieron de un lado para el otro, preparando la sala, las habitaciones y los establos que usarían el joven amo y su fiel amigo y lacayo.
Una esclava se apresuró a prepararar un buen plato de sopa de verduras y carne estofada para agasajar a los recién llegados, sabiendo muy bien que el viaje de Santiago a Talca era demasiado cansador.
- Su mercé Panchito, tanto tiempo sin verlo, ya ni se parece al niñito que se fue hace años. – Dijo una sirvienta, dando pasos presurosos al lado de Oscar, quien estaba más interesada en llegar a un lugar cómodo a descansar que saludar a la servidumbre. - ¡Y usted, André! Ya no es el mocoso llorón de antes.
- Creo que ya creció, Estelina.
- Zulema esta preparando el almuerzo ¿necesitan algo que les pueda traer? – La joven se detuvo, pensando unos segundos antes de hablar.
- Dos botellas del mejor vino que puedas encontrar y un par de copas en mi habitación, eso es lo que necesitamos por ahora.
- Como su mercé mande. – La mujer asintió antes de ir al tercer patio a hacer lo que su adorado amito le mandaba.
- Sabía que juntarte tanto con José te iba a hacer daño.
- Si lo dices por el vino, su excelencia Del Pino fue quien me enseñó a beber, le gustaba tener compañía cuando se embriagaba. – Se giró y lo miró, una pequeña sonrisa asomándose en sus labios.
- Ese anciano…
- Tengo buena resistencia, así que no te preocupes, muy difícilmente puedo emborracharme.
- ¿Segura? – Puso una mano sobre un hombro masculino, riendo.
- ¿Acaso tú no bebes?
- Si lo hago, cuando tengo tiempo libre.
- Una de las pocas cosas que no sabía de ti.
- Mejor vamos a cambiarnos ropa y después a comer algo, tengo hambre.
- Siempre tienes hambre, glotón. – Le dio un puñetazo juguetón en un brazo antes de separarse de él e irse a su habitación.
Suspiró al darse cuenta que seguía siendo el mismo cuarto blanco con decorados dorados que recordaba de niña, los guardapolvos prolijamente limpiados y el suelo barrido y encerado, listo para ser pisado por sus finos zapatos.
Se sentó en la cama, cerrando los ojos, escuchando las risas infantiles que se habían quedado impregnadas en los muros. Por un instante, deseó regresar a esa época despreocupada donde lo único que importaba era jugar con André. Quizá había crecido demasiado rápido.
- Adelante. – Ordenó cuando escuchó un par de golpes en la puerta, Estelina y otra sirvienta entrando con el vino que había pedido y una palangana llena de agua limpia y fresca para que pudiese limpiarse.
- ¿Se le ofrece otra cosa, su mercé?
- Por ahora no, gracias. – Hizo un movimiento con su mano para que se retirasen, sin embargo, cambió de opinión, levantando la voz. - ¿Y André?
- En su habitación, lavándose, su mercé.
- Bien, cuando termine avísenle que venga de inmediato.
- Así se hará.
- Cuando este lista la comida, tráiganla, comeremos en mi habitación.
- …- Las dos mujeres asintieron, saliendo y dejando sola a Oscar.
Con pereza, se puso de pie, quitándose la chaqueta y el chalequillo junto con el pañuelo que llevaba atado al cuello, abriendo un poco su blusa antes de acercarse a la palangana, hundiendo las manos en el agua para luego mojarse el rostro.
Se ató el pelo para continuar refrescándose, sobresaltándose cuando volvieron a tocar su puerta.
- Ya te he dicho que no golpees, que solo entres y ya. – André sonrió ante el reclamo, pasándose los dedos por entre el pelo mojado para peinarlo.
- Y yo te he dicho que no es correcto que un hombre entre a la habitación de una mujer soltera por muy amigos que sean.
- Estúpidas normas sociales. – Musitó, alcanzando una toalla de felpa blanca. – Siempre hay algo que me recuerda que soy mujer.
- Lo mejor será que te calmes y bebamos un poco.
- Eso me gusta. – Se desató el cabello, sentándose en un sofá al lado del gran ventanal que daba al interior del segundo patio de la casona. – Este lugar no ha cambiado.
- ¿Y por qué debería? No fueron tantos años los que nos fuimos, pero hemos estado tan ocupados que apenas ahora pudimos regresar. – Le tendió una copa llena de vino, ella aceptándola.
- André.
- Dime.
- ¿Recuerdas a nuestros asaltantes? – El joven arqueó una ceja, sentándose frente Oscar.
- No lo sé, quizás los vimos alguna vez en Santiago.
- ¿Recuerdas esa apuesta con José para ir a ver el cadáver de Pascual Liberona?
- Si.
- Son los mismos hombres de aquella vez. – Tomó un sorbo de vino antes de continuar. – No puedo estar equivocada, era esa misma mirada de águila en la cara de ese tal Neira.
- ¿Estás segura?
- Claro, incluso ese gañán, Illanes…parece que me reconoció.
- Pero ya no eres una niña.
- No, no lo soy. – Apretó la mandíbula. – Ahora podría llevar a mi compañía a atraparlo.
- Déjale ese trabajo a los dragones, tú solo preocúpate por ahora de hacer lo que tu padre te mandó y descansar antes de regresar a Santiago.
- Quizá haga eso o quizá no.
- Cambiemos de tema. – Propuso André, rellenando su copa. – Manuel me visitó y dijo que José le escribió, en un mes más volverá a Chile.
- Se había tardado mucho en exasperar a su tío ¡pobre hombre! Yo sé lo que es aguantar a alguien así.
- Aún así, es un buen muchacho.
- Me preocupa que sea tan exaltado, eso no es bueno en un soldado.
- Hay que dejar que pase el tiempo y ver como evoluciona, que tal si te sorprende y termina siendo mejor que tú.
- ¡Eso es imposible! Si él intenta superarme, yo pasaré sobre él. – Rio, tendiendo su copa para beber más vino.
- Ya conozco esa vena competidora, si José se atreve a querer siquiera igualarte, tú lo cortaras en pedacitos.
- Eres un…- Se detuvo, suspirando antes de acomodarse en el sofá. – Padre me dijo que entraras a la universidad.
- Sabes que rendí lo exámenes de ingreso.
- Si, pero lo vi tan lejano y ahora…parece que nuestras vidas ya no irán juntas.
- Estaremos juntos, yo solo voy a estudiar porque tu padre pagará mis estudios, si no fuera así, jamás me despegaría de ti.
- Y serías un sirviente toda tu vida. – Se puso de pie, caminando hasta pararse detrás de André. – Tú no tienes pasta de sirviente, mi querido André.
- ¿No?
- No. – Acercó su boca al oído masculino. – Estaremos siempre juntos, tú en casa con mis problemas legales y yo en el campo de batalla.
- No entiendo.
- Siempre volveré a ti, tonto, porque seremos amigos hasta la muerte. – Fue hasta su tocador, buscando un cepillo. – Tu pelo ya se secó y yo estoy aburrida.
- ¿Y eso que?
- Mañana iremos a Pelarco, hoy tú serás mi muñeca. – No tuvo tiempo para escapar, pues Oscar se lanzó sobre él, cepillando su cabello negro.
Esa noche, cenó con una atractiva trenza decorando su cabeza.
19 de septiembre, 1802.
José se limpió los dientes con un palillo mientras Oscar bufaba a su lado y André solo sonreía para tratar de alivianar el ambiente.
- Me gusta cuando me invitas a comer, eso declara que eres una buena persona, Oscar.
- Solo lo hice porque perdí mi apuesta.
- ¿Quién te mandó a apostarme a mí que no podía tomar el vino del padre Nicodemo y traértelo? Creí que me conocías mejor.
- Si no fuera por eso no tendrías comida gratis. – Una mujer se sentó en un banquillo mientras un hombre agarraba con fuerza una guitarra. – De todos los lugares que podías elegir ¿tenías que traernos a una chingana?
- Ya no me aceptan en los lugares decentes. – Murmuró José antes de alcanzar un trozo de pan recién hecho, untándolo en una mezcla de cebolla y pasta de ají.
- Eso te pasa por creerte más listo que los demás.
- Bueno, yo solo hice una broma.
- Hasta el gobernador sabe de ti.
- ¿Y cómo él está de salud? He escuchado que ha estado muy enfermo.
- Pedirá que lo retiren de los cargos públicos, quiere vivir sus últimos años en paz.
- Ese anciano…¿por qué siempre envían hombres con olor a muerte a gobernarnos? Jamás verás que los peninsulares nos envíen a alguien joven, no quieren que prosperemos, toda la riqueza la quieren para ellos.
- No seas idiota. – Regañó Oscar. – Este es un territorio difícil, necesita de diplomacia que solo se aprende con los años.
- A veces pienso que solo mandan a los que quieren castigar.
- Don Francisco es un buen hombre y ha logrado algunas cosas en estos meses, si no se estuviera deteriorando tan rápido…
- Creo que lo mejor es que cambiemos de tema. – José le dio un vistazo a André, quien solo escuchaba la conversación entre Carrera y Oscar. - ¿Y tú? ¿Alguna jovencita bonita en tu vida?
- ¿Por qué le preguntas esas tonterías?
- ¿Acaso te pregunté a ti, Jarjayes? – Bufó molesto. – André ¿tienes novia?
- Aun no. – Contestó sonrojado, mirando fijamente el vaso de greda donde le habían servido vino de dudosa calidad.
- No me digas que solo te dedicas a estudiar.
- También trabajo en casa de Oscar.
- ¿Y nadie te llama la atención? – El joven Grandier levantó la cabeza, dándole un rápido vistazo a Oscar, gesto que no pasó desapercibido para Carrera.
- No, nadie.
- No tiene tiempo para eso.
- Desperdiciar la vida a tu lado…pobre de André.
- Cierra la boca. – Oscar bebió el contenido de su caso de un sorbo, poniéndose de pie mientras André la imitaba y dejaba un par de monedas sobre el mesón.
- ¿Ya se van?
- No me apetece seguir escuchándote, imbécil.
- Bien, entonces ¡seguiré mi fiesta toda la noche!
En el coche camino a casa, Oscar no dejó de mirar a André, quien ignoraba de forma deliberada a su amiga, observando el camino oscurecido apenas iluminado por las farolas que algunas casonas mantenían fuera de sus muros.
- André. – Le llamó, sin embargo, él puso mayor ahínco a su esfuerzo por ignorarla, sabiendo que querría ahondar en lo que Carrera trató de sonsacarle. – André. – Insistió.
- Ya es tarde y mañana tengo que ir temprano a la universidad, no puedo perder la cátedra del maestro Vidaurre. – Murmuró apresurado.
- Sé que tienes que estudiar, por eso dejamos a Carrera. – El coche se detuvo bruscamente, Oscar y André bajando para ver de qué se trataba.
El cochero se acomodó su sombrero mientras se preparaba para regañar a una pequeña niña rubia vestida con un pobre vestido de tela ruda.
- ¡¿Qué sucede?! – Preguntó la joven exaltada, molesta con la situación.
- Esta mocosa que se nos atravesó, su mercé.
- ¿Qué pretendías, muchachita? ¿Qué te atropellásemos? – Regañó a la niña que parecía no tener más de trece años.
- Yo…yo solo quería…quería ofrecerle mis servicios. – Murmuró con la vista gacha, sonrojada a más no poder.
- ¿Servicios? ¿Qué clase de servicios? – Preguntó con curiosidad mientras André aguantaba la risa detrás de ella.
- ¡Cómpreme una noche! – Oscar tardó un segundo en comprender, una sonora carcajada estallando en su boca.
- ¿Cómo que te compre una noche? ¿Estás loca?
- Usted es un hombre y…
- Mírame bien. – La sujetó del mentón, observando fijamente sus ojos de un azul turbio.- ¿Parezco un hombre?
- No, pero…
- Puede que vista como un hombre, pero estoy muy lejos de serlo. – Comentó con una sonrisa. - ¡Soy una mujer!
- ¿Una mujer?
- Así es y no me apetece yacer con otra mujer, menos una niña como tú. – André le palmeó un hombro, ganándose la atención de Oscar por un segundo. - ¿Cuál es tu nombre?
- Rosalie…Rosalie Lamorlière.
- Tu nombre es francés ¿qué haces aquí?
- Mis padres y yo huimos de la revolución, señor.
- Deberías dedicarte a otra cosa, no tienes cara de prostituta.
- Usted iba a ser mi primer cliente. – Oscar rodó los ojos, tendiéndole una mano a André, quien se apresuró a sacar su bolsa monedera y pasarle un escudo.
- Ten, es oro, podrás comprar comida con esto.
- Pero esto es…¡es demasiado!
- Agradécele a André, yo jamás cargo dinero.
- Ya sabré como cobrarte, Oscar. – Dijo el joven, cruzando los brazos sobre el pecho.
- ¿Cuántos años tienes?
- Doce, su mercé.
- Ve a casa y procura nunca más tratar de atraer hombres para prostituirte, pareces ser mejor que eso. – Le dio la espalda, haciendo un gesto para que André la imitase y pudiesen volver a casa.
- ¡Espere! ¡Dígame su nombre, por favor!
- Soy Oscar Francisco de Jarjayes. – Le dio una última sonrisa antes de subir al coche y perderse en la noche santiaguina.
Rosalie se quedó de pie en la calzada, escuchando como el coche se alejaba, apretando en su mano la moneda de oro que valía más que toda sus pertenencias juntas.
- Señor…señor Oscar.
