CAPITULO 12

¿Podría no recordar nada si me acerco a ella? ¿Y si lo recuerda todo a la vez? ¿Será para bien o para mal mi cercanía? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo obtener las respuestas a aquellas preguntas que atormentan mi alma? Si he de hacerle mal, es mejor dejarla sola. Siempre he sabido que si ha de ser por su bien vivir sin mí, así ha de hacerse. Nunca he puesto en duda ese hecho.

Pero si Rosmary tiene razón, si como ella dice, Candy está tan sola, tan necesitada de alguien a su lado, ¿debería yo acercarme a ella? ¿Estaría bien buscar ganarme su corazón una vez más? ¿Será un error catastrófico el reclamar el amor que un día existió entre nosotros para hacerlo renacer de una relación fundada en mentiras?

Porque sería una mentira empezar de cero, hacerle creer que nunca hubo nada entre nosotros.

Aunque, se dice que en la guerra y el amor todo vale…

Del diario de Albert Andrew.

Un gemido infantil le atravesó el corazón. Su llanto sonaba tan triste que arrancó lágrimas de sus ojos cerrados. Sintiendo un dolor en el pecho capaz de asfixiarla, Candy se obligó a abrir los ojos, pero le era imposible. De pronto, a su alrededor, todo se convirtió en brumas. La figura de un niño pequeño quedó a la vista ante ella, sus grandes ojos azules abiertos de par en par, fijos sobre ella.

—Quiero a mi mamá… —musitó el pequeño, con una voz que le estremeció el corazón.

—¡Candy! —Escuchó una voz de hombre, al tiempo que alguien la sacudía por el hombro—. ¡Candy, despierta!

Candy se sorprendió al despertar y encontrar sentado a su lado a Albert. Él parecía inmerso en ella, como si la estuviera estudiando igual que a un bicho raro.

—Estabas teniendo una pesadilla —le explicó él, ayudándola a incorporarse sobre las almohadas para darle de beber un poco de agua.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Candy, una vez que hubo recuperado el ritmo normal de su respiración y se hubo dado cuenta de que realmente soñaba, y que no había ningún niño en su habitación.

—No podía dormir —contestó él con naturalidad, palpando su frente—Supuse que si iba a estar despierto, mejor vigilar a mi paciente favorita.

—Soy tu única paciente —sonrió ella—. ¿O no?

—Es un placer atenderte, sin duda, aunque no eres la única que recibe mis atenciones —contestó él, pasándole un pañuelo por el rostro para secar el sudor que el sueño había dejado sobre su piel.

—Santo cielo, me siento engañada —bromeó Candy, llevándose teatralmente una mano al pecho y haciendo reír a Albert con ese gesto—. Ya, hablando en serio, ¿quieres decir que realmente ejerces como médico?

—Soy médico, es mi obligación.

—Pero eres un conde.

—Creo tener la ligera impresión de que eso ya lo habíamos aclarado.

—Los condes no trabajan —replicó ella, frunciendo el ceño—. No deberías trabajar.

—Es mi vida, haré con ella lo que crea mejor para mí. Y en cuanto a ti, te conviene dormir. Debes recuperar energías y trasnochar no es bueno para tu salud.

—Es mi vida, haré lo que crea mejor para mí —repitió ella sus palabras.

Albert sonrió ligeramente, negando con la cabeza.

—Sigues siendo igual de terca.

Los ojos de Candy se abrieron desmesuradamente.

—¿Quieres decir que me conocías, Albert? —Candy se enderezó— ¿De casa de mi padre?

Albert se puso nervioso de repente, removiéndose en la silla como si tratara de buscar algo que no había perdido.

—¿Cómo…? ¿Cómo es que sabes eso? —tartamudeó, incapaz de ocultar su sentir tras la máscara de impasibilidad.

—Pauna me lo ha contado. Albert, ¿por qué no me lo dijiste antes?—Se sentía sumamente emocionada, tal vez ese sueño no era un sueño, sino un recuerdo, tal como ella había creído. Y en ese caso, Albert estaba allí, con ella… ¿Podría ser él aquel encantador caballero de las flores?

—No creí que fuera algo trascendental —contestó Albert, esquivando su mirada.

—Lo es para mí —Candy intentó ponerse de pie, pero las fuerzas le fallaron. Albert estuvo a su lado enseguida, sosteniéndola entre sus brazos.

—Necesitas descansar, Candy.

—Por favor, Albert, tienes que decirme la verdad: ¿nos conocimos antes? —suplicó, mirándolo fijamente a los ojos. Albert se inclinó hacia ella, cortando la escasa distancia que los separaba. Candy se sintió estremecer al percibir el tibio calor de su aliento sobre sus labios, él estaba tan cerca, sus brazos rodeándola en un abrazo protector, tan fuerte que estaba segura de que ni el hierro la habría mantenido sujeta con tal fortaleza.

Los intensos ojos azules de Albert la miraron con clara fascinación, fijos en los de ella, a medida que la escasa distancia que todavía los separaba se convertía en nada… Y entonces, él se apartó.

—Eso es algo que no me corresponde a mí decirte —Albert mudó de semblante, volviendo a ocultarse tras su máscara, dejándola fuera de lo que pudiera estar sintiendo o pensando realmente—. Candy, ¡vuelve a la cama! —le dijo con voz firme, hasta un tanto brusca—Debes descansar.

Candy se sintió terrible. No comprendía qué había sucedido, por qué él se apartó, ¿qué había hecho mal?

—Estoy bien —replicó, abrazándose a sí misma, intentando ocultar los temblores que le recorrían el cuerpo. De pronto se sentía sumamente débil.

—No, no lo estás. Tu enfermedad no ha remitido aún, Candy —posó una mano sobre su hombro, intentando hacerla volver a la cama, pero ella se resistió.

—Puedo volver por mí misma a la cama, no necesito su ayuda, milord—replicó, sintiéndose más herida de lo que esperaba por su rechazo. Estaba actuando como una niña, pero no podía hacerlo de otro modo. Con dificultad podía pensar cuando estaba cerca de él, ¿por qué motivo iba a actuar con cordura?

—Por favor, Candy, no me hables de usted. Soy Albert.

Candy lo observó en silencio, ¿por qué le molestaba tanto que lo tratara de manera formal? ¿Y por qué debía a ella importarle cuando él claramente intentaba mantener una barrera entre ellos que los distanciara?

—Necesito estar sola, por favor —musitó, dándole la espalda—. No me siento bien.

—Es porque estás enferma y lo que deberías estar haciendo es dormir, no discutiendo conmigo en mitad de la noche —se acercó a ella y para su sorpresa, la tomó en brazos y la colocó sobre el colchón con un gesto suave, pero firme—. Ahora, descansa. Me quedaré hasta que te duermas, pero hasta entonces no hablaremos, ni jugaremos ni haremos nada… inconveniente para ambos.

—No sé qué puede ser más inconveniente que esto.

—Lo hay —sonrió—. Quizá algún día te lo explique. O mejor aún, te lo enseñe.

Algo había en la forma en que la miró al pronunciar esas palabras que ella sintió que la sangre le hervía y el color subió a sus mejillas.

—Te has acalorado, no debe subirte la temperatura otra vez o tendré que meterte en agua fría una vez más —su tono había cambiado abruptamente, convirtiéndose en uno de completa preocupación mientras palpaba su rostro en busca de señales de fiebre.

—Estoy bien —musitó ella, aunque no quería hacerlo. Algo había en las palmas de sus manos que le transmitían un calor que era incapaz de rechazar a pesar de su enojo.

Él se puso de pie y comenzó a apartar las mantas de la cama, dejándola cubierta únicamente con el camisón que traía puesto.

—¿Qué estás haciendo? —prácticamente chilló, abrazándose a sus rodillas—. ¿Te has vuelto loco?

—Candy, si te sube la temperatura, tu enfermedad podría agravarse—él se giró hacia ella y la ayudó a recostarse una vez más—Tranquila, soy médico, no haré nada que no sea para ayudarte a mejorar… —sus ojos volaron por las curvas de su cuerpo antes de que él se obligara a volver la cabeza.

Le era muy difícil tenerla allí, tumbada a su lado, cubierta únicamente con un camisón de dormir, y no apreciar aquello que por tanto tiempo había tenido lejos de él.

Candy frunció el ceño, había notado el tono ronco de su voz al pronunciar esas últimas palabras, pero esta vez no se atrevió a preguntar al respecto. Ella misma se sentía vulnerable ante su cercanía y dudaba que su propia voz fuera a sonar natural al hablar.

De pronto escucharon un golpe en la ventana que hizo que ambos se sobresaltaran. No se habían dado cuenta de lo silenciosa que había estado la habitación hasta ese momento.

—¿Qué fue eso? —preguntó Candy, volviéndose a la ventana hacia donde ya Albert se dirigía a paso vivo.

—Ha sido un pobre pájaro —explicó él, tomando algo de la cornisa de la ventana—. Seguro que estaba perdido y ha terminado chocando contra el cristal.

—Quizá lo atrajo la luz —Candy estiró el cuello para ver mejor. Albert se sentó a su lado, alargando ambas manos con el pajarillo en ellas para que lo viera mejor—. ¿Se ha hecho daño?

—No lo creo —Albert movió las alas y palpó ligeramente el cuerpo—Parece que sólo se ha dado un buen golpe, ha tenido suerte. Pudo matarse.

—Tiene suerte de tenerte como médico. Al igual que yo —sonrió, palpando con el índice las plumas del ave. Sus dedos rozaron los de Albert, al contacto, una sensación de calor la recorrió desde la punta de los dedos pasando por su brazo a su cuerpo, llegando a cada rincón de su ser y hasta su corazón, como si él fuese una clase de sol que conseguía invadirla con su calor sin mayor necesidad que la de un ligero roce.

Candy se sobresaltó, nunca antes había experimentado algo así. Se sentía tan tonta y vulnerable. Como siempre le ocurría cuando la inseguridad la atormentaba. Esa inseguridad producto de tantos años de sentirse perdida entre la bruma de su propio camino, de su pasado perdido. Sin un ayer no hay mañana. Sin recuerdos de la vida anterior, ¿con qué seguridad se podía actuar en el presente? No sabía cómo actuar cuando estaba con él, se sentía tan torpe, tan infantil, tan ingenua.

Ella no tenía idea de nada, no había tenido experiencia con los flirteos ni las relaciones amorosas. Ningún momento en el que experimentar los besos y las caricias con una pareja, como sabía que otras mujeres habían hecho. Lo había leído en sus novelas románticas, Annie le habló de eso en Londres, incluso su tía Maria. Pero ella no tenía nada. Nada.

¿Cómo saber si él se sentía tan abrumado como ella cuando lo tenía tan cerca? ¿Cómo saber si ese extraño calor también lo afectaba a él? ¿Cómo saber si él también sentía que no podía respirar cuando la miraba, que su corazón se detenía y sus piernas se volvían de mantequilla, igual como a ella le sucedía?

Ella no sabía nada. Sólo sentía un mar de emociones extrañas que no podía ordenar ni comprender. ¿Le quería? ¿Es eso lo que significaban esas sensaciones…?

Antes de que pudiera terminar de poner orden a sus ideas, su mano descansaba sobre la de él, ambos volviendo suavemente al ave acurrucada entre las almohadas. Al darse cuenta de lo que hacía, la primera reacción de Candy fue retirarla, pero él se lo impidió.

Entrelazó sus dedos con los suyos y la envolvió con su calor. Candy lo miró a los ojos, sorprendida. Sólo ese momento pudo darse cuenta de que él no había perdido detalle de ella. Que la había estado observando fijamente. Y podía no tener experiencia, pero esa mirada oscurecida e intensa, debía significar algo…

Y antes de que pudiera coordinar sus pensamientos con sus acciones, él estrechó su mano y se inclinó hacia ella en un movimiento ágil, pero de alguna manera, también lento. O es que así lo sintió Candy, verlo lentamente aproximándose a ella, como si fuera un sueño, hasta que sus labios se hubieron posado sobre los suyos y la calidez de él se convirtiera en magia pura con ese beso.

Continuara...