Capítulo 13: Conversaciones nocturnas
Pacifica se estaba despertando, su habitación estaba totalmente en penumbras. Volteaba a los lados esperando encontrar a Gideon pero no lo sintió a su lado, eso era extraño ¿Acaso no había vuelto? La cabeza le empezaba a dar vueltas y de súbito un asco intenso la dominó. Se levantó de la cama con demasiada rapidez y se dirigió a su baño, tropezándose ante su vista que daba vueltas, de una gran arcada vomitó en el excusado, un poco de vómito cayó a los lados manchando el suelo y ella estuvo sosteniéndose en la orilla por varios minutos mientras devolvía toda su cena de la noche anterior. Su cabello rubio se manchó, y antes de detenerse a pensarlo un poco, abrió la regadera y se desnudó para asearse.
El agua caliente recorría su cuerpo pero las intensas náuseas no se iban y varias veces una arcada interrumpía sus pensamientos nublados. Alguien la había llevado hasta su habitación y no supo quién fue, le parecía casi imposible que Gideon pudiera cargarla hasta el segundo piso.
– ¿Paci?–escuchaba la voz de Gideon desde afuera del baño.
– ¿Gideon, eres tú?
–Sí, linda. Espero que tengas hambre, pude hacer algo sin quemar la cocina.
–Perfecto, bajo en unos minutos.
Incluso Pacifica se sorprendió de su tono casi despreocupado, no volvió a escuchar nada más. Se lavaba el cabello con entusiasmo incluso revolviendo el champú. Después de un rato salió del agua y se vistió; no quería ni verse al espejo por el resto del día, eso sería una tarea fácil. Al bajar Gideon la recibió con un beso en los labios que ella difícilmente pudo corresponder pues su mente todavía estaba algo torpe, no se imaginaba que se pondría así. Lo que Gideon había preparado no era nada ostentoso y mucho menos dulce como los postres que ella acostumbraba cocinar prácticamente diario, solamente era un par de huevos con tocino, a manera de que todo quedara como una cara sonriente; ella sonrió ante el detalle mientras Gideon le servía jugo de naranja. Por fortuna el asco se le había pasado, odiaría tener que rechazar un gesto tan "dulce".
– ¿A qué hora llegaste anoche, Gideon?–preguntó ella para después darle un trago al jugo.
–No lo sé, puede que a las dos de la mañana.
– ¿Dónde estuviste? No me dijiste nada y tampoco me pediste acompañarte. Habría aceptado con gusto.
–Créeme, pensé en invitarte. Luego pensé que visitar un cementerio de noche te daría miedo.
– ¿Fuiste al cementerio de noche?
–A visitar a mis padres, no había ido desde que llegué al pueblo.
– ¿Y no pudiste ir de día como las personas normales?
–Fui a ver a mis padres, y no quería ser interrumpido por las demás personas.
–Perdón por el interrogatorio, estaba preocupada anoche. ¿Dónde está Tony?
–Una emergencia, al parecer su madre se puso más enferma, fue a verla.
Ella siguió desayunando tranquila mientras Gideon solo tomaba una taza de café con leche, el segundero del reloj que los había acompañado en su primer encuentro íntimo resonaba por toda la habitación de una manera incómoda, a lo lejos se escuchaba el reloj de péndulo del comedor. La mirada de Gideon se posaba un tanto intranquila sobre ella, quien solamente sonreía sin saber que pasaba por la mente de su novio.
– ¿Qué hiciste anoche, Paci?–la pregunta la tomó por sorpresa.
–Solo bebí algo de vino.
– ¿Algo, o toda la botella?
–No creo que tenga nada de malo porque…
–Había una botella de Absenta, y dos vasos–el tono de voz de Gideon había cambiado.
– ¿Detecto algo de celos?–preguntó ella sonriente.
–Solo digamos que no me dices la verdad.
–Esa cosa causa alucinaciones, es todo. Quizás puse un vaso pensando que estabas conmigo.
–Ya veo, ¿De casualidad alucinabas con un tipo llamado Paul?
Pacifica empezó a temblar con la mención de ese nombre, y puso su mirada en el plato, preocupada. Él seguía viéndola, esperando una respuesta que simplemente no llegaba, sus manos se apretaban con furia sobre la taza con los segundos que pasaban y ella no respondía.
– ¿Yo… dije algo anoche?–preguntaba con voz temerosa y baja, no quería que Gideon se enterara.
–Yo te subí hasta la habitación. Mientras subíamos no parabas de balbucear ese nombre. Dime, ¿Es uno de tus millonarios pretendientes?–decía él con enojo.
–No… no es lo que piensas.
–Entonces dime quien es.
–N-no puedo.
–Ahí vas de nuevo.
– ¿Qué?
–Ya van varias noches que te escucho repetir ese nombre, y nunca me quieres decir quién es el tal Paul.
–No es tan fácil.
– ¿Por qué? ¿Es que no me tienes confianza? ¡¿Es eso?!
– ¡No! Pero es… ¡¿De todas formas por qué quieres saber?!
– ¡Porque me preocupo por ti!
– ¡No he pedido que lo hagas!... déjame en paz.
Pacifica se levantó de su lugar en la cocina bastante enojada, la cabeza había comenzado a dolerle y simplemente no quería escuchar ni decir nada. Gideon dejó la taza de café sobre la barra y fue tras ella, la sostuvo por las manos con fuerza y la hizo voltear frente a él con furia; los ojos de Pacifica reflejaban miedo y unas lágrimas amenazaban con salir, pero Gideon no se detuvo por eso.
– ¿Por qué no quieres decirme?
– ¡Déjame, Gideon!
– ¡Ya hemos compartido mucho! ¡¿Cuál es el maldito problema?!
– ¡Suéltame! ¡No quiero!
– ¡Por favor! ¡Ya sabes todo sobre mí!
– ¡Me lastimas, Gideon, suéltame!
– ¡No hasta que me digas quien es ese sujeto!
– ¡No puedes hacer nada!–ella empezaba a llorar– ¡Ya lo hizo!... no puedes hacer nada.
– ¿Qué hizo?... ¡¿Qué fue lo que te hizo?!
– ¡Ya no importa, olvídalo!
– ¡Déjame ayudarte!
Pacifica logró zafarse del agarre de Gideon y le dio una fuerte bofetada que resonó por todo el lugar. Gideon llevó la mano hasta su mejilla, se había vuelto un poco roja por el golpe, ambos se miraron estupefactos. Sin darle más vueltas al asunto, Gideon simplemente se fue de la mansión dejándola sola otra vez; Pacifica se abrazó y empezó a llorar, mientras dejaba salir todo el llanto y frustración el teléfono empezó a sonar. Estaba ocupada tratando de recuperarse que el teléfono sonó cinco veces hasta que ella contestó.
– ¿Quién habla?
–Soy yo, Pacifica.
–Oh, hola mamá. ¿Qué pasa?
–No mucho, solo hablo para avisarte que tu tío Paul pasará a la casa por unos días.
– ¿Qué?... ¿Hablas de… esta casa?
–Sí, espero que te portes bien con él, dice que está emocionado por verte después de tanto tiempo. ¿No te sientes igual?
–Sí, no te preocupes mamá. Oye…
Sin detenerse a escuchar lo que su hija trataba de decirle, la señora Northwest simplemente colgó el teléfono, dejando a Pacifica enojada y con miedo. No le había dicho cuándo es que el monstruo llegaría; sintió ganas de vomitar otra vez, un terrible mareo la invadió y con algo de torpeza fue a dar hasta el suelo quedándose ahí sentada por unos minutos mientras trataba de pensar, no se sentía bien, y el día pintaba para largo.
–Buenos malditos días, rubia estúpida–se dijo a sí misma.
La cabaña del misterio
Stan y Sally estaban conversando sobre la visita que recibieron durante la noche, ella estaba muy molesta por eso, pero a Stan parecía no importarle. El asunto era que Sally por fin se había decidido a contarle la verdad a Stan, quizás se enojaría, pero no por mucho tiempo, las circunstancias no se lo permitirían.
–Entonces ¿Le contaste sobre Stanley?
–No me daba mala espina.
–Como sea, no debiste hacerlo. Espero que alguna vez le cuentes a alguien más, ¿Por qué no a Dipper? Podría ayudarte a traerlo de regreso.
– ¿De verdad te gustaría conocer a Stanley?
–Por eso te he apoyado todo este tiempo, querido. La idea de conocer a mi cuñado no me disgusta para nada en lo absoluto.
–No me da confianza decirle a Dipper; ya sabes cómo es de obsesivo, temo que se vuelva loco como yo lo estuve alguna vez.
–Pero no es buena idea que se lo tengas oculto, puede que Dipper sea capaz arreglarlo si tú no puedes, ¿No crees?
–Probablemente, pero ya no tendría caso, se va a Nueva York en cuanto termine el verano.
–Cierto, lo había olvidado.
Stan esperaba a que llegara Soos para comenzar con las ventas; por su parte, Sally esperaba a reunir el valor necesario para decirle a Stan sobre su problema irremediable, estuvo a punto de decírselo cuando el teléfono empezó a sonar, un poco aliviada levantó la bocina.
–Cabaña del misterio, habla Sally Pines.
–Buenos días señora Pines.
– ¿Doctor Harrison?
–Sí, soy yo. Tengo algo que decirle, señora Pines. Espero que lo tome con calma.
–Pues dígamelo, y ya veremos.
–El diagnóstico que le di, es incorrecto. Usted está completamente sana.
La cara de Sally se transformó en una de sorpresa, después en una sonrisa y finalmente en un gesto de enojo. Salió de la tienda para ir dentro de la casa, al entrar se encontró a los gemelos que iban a la tienda de regalos, se saludaron y después fueron con Stan. Ella siguió con la conversación.
–Doctor, asegúreme que no es una mentira, ¿No tengo cáncer terminal?
–No señora, lo descubrimos hace unas horas.
Sally estaba a punto de estallar de rabia, del otro lado de la puerta los chicos y Stan pudieron escuchar la detonación.
– ¡¿Quiere decir que me dio un puto susto de muerte?!
–Lo siento mucho señora Pines, un error cualquiera lo comete.
– ¡Si, estúpido, pero usted es doctor!
–Lo siento mucho, si quiere presentar cargos está en todo su derecho.
– ¡¿Yo?! ¡Quien debe presentar cargos es la persona a quien le dijo que tenía gripa!–ella colgó el teléfono– ¡Estúpido, maldito, hijo de perra! ¡Maldito matasanos!
Casi bufando de rabia entró de nuevo en la tienda siendo recibida por la mirada sorprendida de todos; se trató de calmar y con un suspiro se relajó y después sonrió.
–Querido…
– ¿Qué pasa, linda?
– ¿Crees que puedas golpear al doctor Harrison?
–...Sí, por supuesto.
Los gemelos se vieron confundidos, pero solo atinaron a encogerse de hombros y no darle más importancia.
La labor en la oficina del correo se había terminado por ese día, ahora el cartero simplemente caminaba hasta su departamento. Mientras caminaba pasó a un lado de la redacción de Toby, no estaba abierto, y eso le pareció extraño; Toby podía ser un acosador pervertido, pero no un holgazán. Siguió hasta su casa sin darle más importancia, al llegar puso su bolsa en el suelo y fue a la cocina. Sacó un par de bistecs del refrigerador, de muy buen tamaño y un par de cervezas; puso a calentar uno de ellos en una sartén y al otro le dio una gran mordida, el sabor de la carne cruda era algo exquisito. Su barba se manchaba con la sangre que todavía brotaba del corte.
–No cambias, ni con el paso de los años, Gregory.
Detrás de él estaba esa chica, sonriéndole, sobre la mesa sucia descansaba su violín color negro. Gregory sonrió con malicia.
–Hola, Elisa. ¿Qué te trae por aquí?
–No mucho… solo una propuesta.
–Una propuesta… ¿De qué se trata?
–Es con relación al Guardián, sabes que te puedes llevar algo bueno.
–A decir verdad, no quiero. ¿Por qué no le dice al fracasado de Toby? Seguramente estará feliz de tener a esa reportera… o tal vez ser menos feo.
–Ja, mira. Que extraño que lo menciones, ese tipo era un verdadero cobarde. Además no podemos hacerlo, Mordrake se lo llevó.
–Ya llevan ventaja, está muerto igual que ustedes.
–Deja de decir tonterías, Greg. La tarea que te encomienda el Guardián es que acabes con la vida de cuatro niños.
– ¿Cuatro niños? No me imaginaba que alguien tan fuerte como él no pudiera con un grupo de ratas.
–Al principio eran dos, pero las cosas se están complicando. Ahora hay dos más.
– ¿Y quiénes son, si se puede saber?
–Estoy segura de que los conoces; son los gemelos Pines, los otros dos son Pacifica Northwest y Gideon Gleeful.
–Pines, Northwest y Gleeful. Nunca esperé escuchar esos apellidos juntos, parece que las cosas cambian, me vuelvo viejo.
–Nunca lo esperaste… supongo que esas familias no se llevan.
–Los Pines son una familia extraña y embustera, incluso la esposa de ese viejo Stan es una maldita ladrona. Los Northwest son un trío de estirados que se mantienen ricos por negocios fraudulentos, y los Gleeful eran lo mismo que los Pines hasta que esa pequeña escoria de Gideon se fue del pueblo.
–Como dices, las cosas cambian. El punto es que el Guardián los considera como un estorbo y ya no los soporta, te da el trabajo de matarlos.
–No trabajaré gratis, Elisa. Ahora dime ¿Cuál sería mi recompensa?
–El Guardián está dispuesto a quitarte la maldición que traes arrastrando contigo, pero quiere que despedaces a esos niños.
– ¿Me estás diciendo la verdad, Elisa?
–La pura verdad. Aunque no sé de qué te quejas, desde donde lo veo, convertirte en hombre lobo y tener control total de tu cuerpo no suena tan mal. No muchos corrieron con esa suerte.
–Eso no te incumbe… Acepto.
–Perfecto, esperamos resultados en los próximos días.
Elisa se fue llevándose su violín con ella y dejando a Gregory solo, con un bistec que estaba a punto de quemarse en la sartén. Después de tanto tiempo por fin dejaría de ser un maldito híbrido y solo tendría que matar a unos estúpidos niños, más fácil no se lo pudieron poner. Esbozó una sonrisa siniestra, sus manos se hicieron más grandes y sus uñas se tornaron como filosas garras.
Soos, Dipper y Mabel estaban viendo el lugar donde sería la boda del robusto. Un salón relativamente grande y espacioso para un buen número de personas. Mabel se divertía gritando y escuchando el eco de voz para después soltarse a reír, Dipper solamente la veía, el brillo con el que esplendía su hermana no tenía comparación.
–Es muy grande este lugar, Soos–dijo el castaño.
–Sí, lo que pasa es que la familia de Melody es numerosa, eso sin mencionar que también vendrán los familiares de la esposa de mi primo. Será algo estupendo.
–Me lo imagino, no olvides subir esas fotos.
–Chicos, de verdad me gustaría que ustedes asistieran, no será lo mismo sin ustedes en primera fila, sentados conmigo y Melody en la mesa central a la hora del festejo.
–Oh Soos, haremos lo posible por asistir. Eres como nuestro hermano mayor y no nos gustaría perdernos un momento tan importante en tu vida–decía Mabel con una gran sonrisa.
–Gracias chicos, ustedes son mi familia. Stan siempre ha sido como el padre que nunca tuve, es alguien grandioso, aunque le robe a la gente.
Dipper y Soos continuaron viendo el resto del salón, el robusto le mostró el jardín y la cocina, pero Mabel se separó de ellos, mientras ella veía el segundo piso del salón, su teléfono comenzó a sonar, era Pacifica.
–Hola, Pacifica ¿Qué cuentas?
–Mabel… ¿Crees que podamos vernos?
–Por supuesto… ¿Te sientes bien? Te escuchas un poco triste.
–Nos vemos en el parque en una hora.
–Muy bien, nos vemos.
Pacifica colgó el teléfono y dejó a Mabel un poco confundida. Se reunió de nuevo con los chicos y se fueron de ahí, había más cosas por arreglar para el gran día. Regresaron a la cabaña del misterio y los señores Pines estaban un poco atareados, los gemelos se ofrecieron en ayudar a Sally con las ventas mientras que Stan llevaba de recorrido a los demás turistas; un rato después la jornada laboral cesó brevemente y los turistas poco a poco se iban. Cuando Mabel estaba a punto de salir para encontrarse con Pacifica, alguien ya se había adelantado para abrir la puerta de la tienda, era Gideon.
–Hola Mabel.
–Que tal Gideon. ¿Qué se te ofrece?
–Me gustaría hablar con Dipper ¿Se puede?
Mabel regresó adentro y a los pocos minutos apareció de nuevo con Dipper a sus espaldas. Ella se fue, pues ya iba tarde para encontrarse con la rubia, pero Dipper estaba un poco extrañado de la visita de Gideon.
–Hola Gideon, ¿Qué sucede?
–Quiero hablar contigo de algo… importante. ¿Puedes salir?
–Claro.
Dipper les avisó a sus tíos que andaría con Gideon un rato, a Stan le desagradó la idea y Sally no pudo evitar hacer una mala cara, pero no dijeron nada. Los chicos se dirigieron al mirador en silencio, pero ambos caminaban rápido, como si los fueran siguiendo, les daba un aspecto algo imponente. Cuando llegaron al mirador sintieron una brisa casi helada que se esfumó en tan solo unos segundos para dar paso al calor del verano, Gideon vacilaba en hablar.
–Tengo problemas, Dipper. Necesito ayuda.
–Bueno… supongo que podemos esconderte de la policía por unos días.
– ¿Qué? No, no es eso. Tengo problemas con Paci.
– ¿Qué sucedió?
–Ella… se ha estado comportando muy raro.
– ¿Raro? ¿Por qué lo dices?
–Verás, anoche fui al cementerio para visitar la tumba de mis padres. Cuando llegué ella estaba… bueno, borracha. Estaba en la mesa, dormida, y había dos vasos vacíos.
–Entonces ¿Crees que te engaña?
–No sé, tal vez. La verdad es que no la culparía… yo no puedo ofrecerle nada, soy un don nadie.
Gideon caminó alejándose de la orilla y se puso a la sombra de un viejo árbol que estaba adornado por nombres encerrados en corazones tallados con una navaja, Dipper se puso junto a él del otro lado, viendo en direcciones contrarias, pero ambos analizaban la situación con detenimiento. Finalmente Dipper metió su mano en un hoyo del árbol y sacó una cajetilla de cigarros y un mechero, se puso uno en la boca y después se lo pasó a Gideon.
–Jamás he fumado–decía tomando un cigarro y el mechero.
–Es una buena oportunidad para hacerlo.
Gideon encendió el cigarro y trataba de no ahogarse con el humo, cosa que le resultó casi imposible; después de sufrir un pequeño ataque de tos ya empezaba a dominarlo. El humo se perdía en el aire tranquilo del pueblo, no había brisa, y eso hacía que el humo permaneciera frente a ellos por un poco más de tiempo.
– ¿Son conclusiones que sacaste por lo que viste, o estás seguro?
–Bueno, cuando la llevaba a su habitación no paraba de repetir un nombre… Paul.
–Pero eso no quiere decir nada–decía Dipper dándole otra calada a su cigarro.
–El problema viene porque no me quiere decir quién es ese tipo.
–Oh, ya comprendo. Espero que no hayan discutido.
–Por eso te pido ayuda, Dipper. Creo que hice una estupidez, otra, quiero decir.
–Puedes empezar disculpándote, y luego hablar con ella.
–Pero ella sabe todo de mí, es ella la que no me tiene suficiente confianza. ¿Por qué demonios tengo que disculparme yo?
–Gideon, hablamos de una chica. Te diré algo que me dice el tío Stan, "las mujeres son el único ser viviente en esta tierra que es capaz de tropezar veinte veces con la misma piedra, y hacer que quien se sienta mal sea la piedra", no importa que no hayas hecho nada malo, siempre tienes que disculparte.
– ¿De verdad Stan dice eso?
–Tiene más experiencia de vida que nosotros dos. El punto es que debes hablar con ella de forma tranquila.
–Gracias Dip.
–Por nada, pero tengo curiosidad, ¿Qué te hizo querer hablar conmigo sobre esto?
–Bueno, somos amigos ¿No? Además tú tienes más experiencia en esto que yo. Por cierto, ¿Cómo sabías que estos cigarros estaban aquí?
–Los amigos de Robbie vienen aquí muy seguido, este es su escondite de hierba, tabaco y cerveza.
Siguieron fumando ahí sentados por un buen rato viendo el horizonte, cubiertos por la sombra de los árboles, de vez en cuando contaban un chiste malo o sucio para reírse un poco y Gideon le contaba algunos de los que James solía contar. A Dipper pudo contarle sobre las extrañas desapariciones de Westin Hills, desde ahí se pusieron a platicar sobre teorías de conspiración y otro sinfín de cosas extrañas con respecto a varios temas. Por una vez en años, Dipper pudo ver que compartían cierta afición hacia temas extraños, puede que Gideon de verdad estuviera cambiando.
Mabel había llegado al parque, según el mensaje de Pacifica, ella estaría en los columpios cerca de las canchas. La castaña pudo avistarla rápidamente, al llegar le dirigió una sonrisa y después se sentó junto a ella en el otro columpio.
– ¿Qué sucede, Paci?
–Bueno… me gustaría pedirte un favor.
–Por supuesto, de que se trata.
– ¿Crees que pueda quedarme en tu casa por unos días?
La pregunta tomó por sorpresa a Mabel, que solo podía verla con impresión.
–Está bien si no quieres, llevamos muy poco de…
–No, no hay problema. Solo necesito pedirles permiso a mis tíos.
–Gracias Mabel, de verdad.
–No es nada, pero ¿Por qué?
–Bueno, mis padres estarán en casa, y no quiero que vean que salgo con Gideon.
– ¿Por qué no? Hacen una bonita pareja.
–A mis padres eso no les importaría, verían la manera de que Gideon regresara al hospital psiquiátrico y a mi probablemente me enviarían con mis abuelos a Florida.
–Bueno, Florida debe ser lindo.
–Eso no importa, si mis padres no me soportan mucho menos mis abuelos. Ellos son peores.
–No te creo, todos queremos a nuestros abuelos.
–Yo no, no es que ellos me quisieran mucho, no creo que sepas lo que se siente.
Mabel se le quedaba viendo, cada palabra había salido de la boca de Pacifica con tanta naturalidad y frialdad que no podía creerlo; ella estaba rodeada de lujos, dinero y pretendientes, pero en el fondo casi siempre había estado sola.
–Yo… sí sé lo que se siente.
– ¿Cómo?
–Nuestros padres nunca fueron muy atentos conmigo y Dipper. La que nos cuidaba era la abuela, la queríamos mucho.
– ¿Falleció?
–Cuando teníamos once años, fue difícil. Pero platiquemos de cosas menos tristes ¿Quieres? Parecemos un par de abuelas–dijo dándole golpes leves con el codo.
El comentario de Mabel hizo sonreír a Pacifica. Empezaron a platicar de muchas cosas, como si desde siempre hubieran sido amigas. Los minutos se fueron, después las horas, pero buscaron refugio debajo de algún árbol, pues los rayos del sol eran casi insoportables. Finalmente decidieron ir a la cabaña del misterio para que Pacifica pidiera hospedaje.
Dipper y Gideon regresaron a la cabaña, se terminaron los cigarros y hasta se habían fumado un porro. Cuando entraron vieron que Soos y Stan se preparaban para comer pizza y cervezas.
– ¡Oigan! No esperaban comenzar sin mí, ¿Verdad?–dijo Dipper entrando.
–Te esperamos casi cinco minutos, hijo. Pensamos que ibas a comer por allá–le decía Stan mientras le pasaba una cerveza.
– ¿Qué celebramos?
–Nada, solo pensamos en darnos un gusto y cerrar la cabaña por el resto del día ¿Cierto Soos?
–Muy cierto, señor Pines.
Ambos se miraron y después se soltaron en carcajadas, Dipper no comprendía ni trató de hacerlo, solo entró y tomó una rebanada. Gideon por su parte, estaba a punto de salir por la puerta.
–Oye Gideon ¿Adónde vas?
–Pues veo que ustedes quieren pasar tiempo en familia y no quiero…
–Ah, no digas tonterías. Siéntate–Dijo Stan con un extraño tono jovial y le arrojó una cerveza.
Sintiéndose bienvenido por primera vez en la cabaña del misterio, Gideon empezó a tomar con los Pines. Las conversaciones tocaban puntos demasiado graciosos, el viejo Stan tenía muchas historias que contar, la mayoría cómicas, otras rozaban lo erótico, y muchas otras tenían violencia por todos lados, Stan era un viejo muy interesante. Después de un rato, Mabel y Pacifica abrieron la puerta, se encontraron con todos ellos sentados alrededor del mostrador sentados en las sillas del comedor, ellos sonrieron, incluso Gideon, que ya estaba un poco ebrio.
–Hola chicas, ¿Quieren pizza?–decía el robusto, pero la caja estaba vacía–Carajo, ya no hay. Voy por otra.
–Trae más cervezas, por favor, Soos.
– ¿Más cerveza? ¿Más pizza? ¿De dónde sacaste dinero para esto? No es tuyo, por eso no duele que lo gastes–preguntaba Mabel, Stan solo sonrió.
Soos y Stan se bajaron de "El Diablo", con dirección al consultorio del doctor Harrison. Cuando el médico salió por la puerta, Stan lo abordó de manera amenazante mientras Soos vigilaba que no hubiera nadie cerca.
– ¿Qué se le ofrece, señor Pines?
–Casi haces que mi mujer se muera del susto, grandísimo idiota. Adivina por qué vengo.
Stan le dio un fuerte puñetazo que le hizo volar un diente con rapidez.
– ¡Espere, espere!
–No me digas que tienes miedo.
– ¡Le doy cualquier cosa!
– ¿Cuánto dinero vale tu cara, matasanos?
Soos ya había llegado con la pizza y las cervezas, todos tomaron una, quedándose dos en los anillos del paquete.
–…Y eso fue lo que sucedió.
–Por lo menos no le rompiste bien la cara–decía Mabel sonriente mientras tomaba una rebanada de pizza– ¿Quieres, Paci?
La rubia vio como Mabel levantaba la rebanada y las separaba de las demás, de un instante a otro el olor del queso caliente y derretido llegó a su nariz. Era demasiado fuerte y repugnante, pero todos seguían comiendo tan tranquilos. Vio los hilos de queso derretido separarse del resto de la pizza; la sensación de asco no tardó mucho en aparecer, una arcada estuvo a punto de arruinarles el apetito a todos, pero pudo contenerse con unas lágrimas, producto de su esfuerzo por no hacer un sonido descortés.
– ¿Qué sucede?–le preguntó Mabel.
– ¿Puedo entrar… a tu baño?–respondió conteniendo el inminente vómito.
–Segundo piso, al final del corredor.
Caminando lo más rápido que pudo entró a la casa, casi tiraba a Sally que iba con dirección a la tienda de regalos. Cuando pudo llegar al baño cerró la puerta con fuerza, se arrodilló frente al inodoro y de una arcada el vómito salió, por varios minutos ella estuvo ahí, devolviendo el escaso alimento que llevaba del día. Al terminar fue a lavarse la cara y se vio al espejo, no procesaba bien lo que sucedía; en una milésima de segundo el olor de la pizza le pareció algo de lo más asqueroso, eso era muy raro, y desde que se despertó se sintió cansada.
Sin darle más vueltas al asunto, simplemente salió del baño un poco mareada. Cuando bajaba se encontró con Gideon, que la esperaba al pie de las escaleras con una mirada casi perdida. Se miraron por unos segundos.
–Perdóname–dijo el rubio, dejando confundida a Pacifica.
–Gideon, no…
–Es mi culpa. No debí insistir en algo que no me importa, lo siento.
Ella simplemente lo observaba, se sintió cansada y con lo que sucedió después de que Gideon se fuera de la mansión incluso se le olvidó que habían discutido. Se acercó hasta él con la intención de darle un beso, pero el aroma creciente y amargo de la cerveza que recién había tomado casi le hace dar otra ida al baño. Intentó caminar hasta la tienda de regalos, pero al dar tres pasos, su mirada dio vueltas y la sensación de vacío en el estómago volvió de súbito y casi cae al suelo, pero Gideon la detuvo.
– ¿Te sientes bien?
–No… ayúdame a sentarme.
Gideon la puso al pie de las escaleras y ella sujetaba su mano fuertemente mientras esperaba que el mareo se le pasara, Gideon no pudo pasar este detalle por alto, por un momento le pareció que Pacifica estaba vulnerable, algo no andaba bien. Finalmente la rubia se compuso y con unos pasos lentos pudo caminar hasta la tienda de regalos, todavía tomada de la mano de Gideon; cuando entró pudo ver la simpática compañía que la familia Pines se brindaba. Conversaciones alegres y risas que sonaban por todo el lugar, incluso Sally había tomado una de las cervezas que se quedaron sobre el mostrador. Se separó de Gideon y se acercó con precaución hasta ellos, debía pedir refugio temporal, no quería estar en casa cuando Paul llegara.
–Se-señores Pines.
– ¿Dijiste algo?–preguntó Stan con aire distraído.
–Me preguntaba si podían… darme hospedaje por unos días.
El tono tímido de la voz de Pacifica dejó extrañados a todos, incluso a Soos. Gideon simplemente no dejaba de sospechar que algo andaba terriblemente mal. Stan eructó.
– ¿Qué no eres rica, Pacifica?–volvió a preguntar Stan.
–No entiendo.
–Le pides hospedaje a la gente con la que nunca te has llevado, ni bien ni mal. ¿Por qué?
–Bueno… yo… Estoy dispuesta a pagar–se excusó.
El cambio en el rostro de Mabel tampoco pudo pasar desapercibido por Gideon, y tampoco por Dipper. Stan le dio otro trago a la cerveza.
–Depende… ¿De cuánto estamos hablando?
–Eh… pues, lo que usted considere.
–Veamos… ¿Qué tal…?
– ¡No digas tonterías, Stan!–interrumpió Sally–claro que puedes quedarte, cariño, no le hagas caso a este borracho.
–Muchas gracias, señora Pines. Regresaré enseguida.
Pacifica salió por la puerta seguida por Gideon. Ella caminaba de manera pausada mirando hacia el suelo, tenía muchas cosas en qué pensar; el mareo iba y regresaba. Su mano fue sujetada por Gideon, se vieron a los ojos.
–Dije que volvería, pudiste esperarme.
–Quiero estar contigo, Pacifica. Iremos juntos.
Ya sin temor simplemente se tomaron de la mano y caminaron por el pueblo, eso hasta que Pacifica ya no pudo avanzar tanto, no se sentía bien. Gideon tuvo que detener un taxi; cuando llegaron a la mansión, Pacifica insistía en que ya se sentía mejor, pero de todas formas Gideon le dejó encargado al taxista que los esperara un poco. En cuanto entraron ella se dirigió a su habitación y sacó una maleta de su armario que inmediatamente llenaba con ropa; Gideon simplemente no podía entenderla, un día estaba de buen humor, al siguiente le da una bofetada y después pide hospedaje a los Pines. Ella llamó por teléfono a Tony, para informarle que se quedaría con los Pines; él ya había anotado, en su mente, varias mentiras en un solo día. Primero el asunto del tal Paul, después evadir el tema ofreciéndole dinero a Stan y ahora le mentía a Tony diciendo que solo iría de campamento con algunos amigos de la escuela.
En el taxi de regreso a la cabaña del misterio, Pacifica se quedó dormida sobre su hombro, y Gideon solamente pudo ver que su respiración era muy agitada y estaba sudando. Por un momento incluso pensó en cambiar de dirección para ir al hospital pero desistió en esa idea, Pacifica podría enojarse. Decidió convencerse de que solamente estaba enfermándose de gripe o algo así; se puso a pensarlo mejor y ahora creía que solo exageraba, después de todo, Pacifica era su primera novia. El sentimiento de protegerla solamente era algo nuevo para él.
Cuando llegaron Pacifica pagó el taxi, viendo eso, Gideon decidió que conseguiría un empleo. Se vería demasiado mal que Pacifica pagara todo cuando salieran. Por lo menos la ayudaba con su ligero equipaje hasta la sala de la cabaña. Los gemelos, Sally y Stan los esperaban viendo la tele, por lo menos la señora y Mabel no estaban dormidas.
–Mabel ya me ha contado todo, Pacifica–habló Sally.
– ¿Qué?
–No te preocupes, no voy a decir nada. Tú y Mabel van a dormir en el ático, Dipper y Gideon en el cuarto de visitas.
– ¿Yo también? ¿Y Stan no dijo nada?
–Solo míralo, Gideon. Está borracho, ni se va dar por enterado y cuando lo haga no dirá nada.
–Gracias, señora Pines.
Antes de acostarse, Pacifica pidió permiso para darse una ducha. Ya aseada y seca se sintió un poco mejor, ahora solo esperaba a Mabel para apagar las luces y dormir, pero antes de eso le había preguntado a Sally si por casualidad tenía algo para las náuseas, afortunadamente dijo que sí. Cuando Mabel llegó a la habitación estuvieron en silencio por un rato; la castaña se había acomodado en la cama de Dipper y le había cedido la suya a Pacifica.
La rubia se sintió cómoda en la casa, era agradable estar ahí. Pudo platicar con Mabel y Sally, ellas dos eran muy divertidas, nada que ver con sus difuntas y superficiales amigas. Pero solo pudo regañarse internamente por no haberlo hecho desde la primera vez que conoció a Mabel cuando tenían doce años.
Liz se encontraba de nuevo frente a ese claro, viendo el agua cristalina y brillante, con un paisaje lleno de pequeñas luciérnagas que iluminaban por unos segundos para después volver a refugiarse en la oscuridad. Estaba tan distraída que casi no escuchaba el sonido del violín cerca de donde ella estaba, hasta que comenzaba a escuchar unos pasos que se acercaban hacia ella.
–Tantos años… ¿Y ni siquiera vas a saludarme, Liz?
La bruja volteó incrédula cuando escuchó la voz a sus espaldas. Frente a ella estaba Elisa, su mejor amiga de la infancia. Su aspecto no había cambiado mucho, pero se veía mayor, como si los años también hubieran pasado haciendo estragos en ella. Elisa le sonrió amablemente mientras dejaba caer su violín al suelo y corrió en su dirección con los brazos abiertos para finalmente darle un abrazo a Liz, quien con entusiasmo devolvió el gesto. Y no pudo evitar que unas lágrimas comenzaran a brotar de su rostro, Elisa se apartó y las secó con su pulgar, Liz pudo sentir el gélido tacto de su amiga.
– ¿Cómo has estado, Liz?
–Muy bien, no puedo quejarme. No mucho.
–Mírate… has cambiado mucho en estos años.
–Lo mismo digo, Eli.
–Aunque… puede que sea el tiempo que llevamos sin vernos, ¿No crees?
–Sí, puede ser.
Elisa se apartó para recoger su violín del suelo, le sacudió unas cuantas hojas y tierra, después se sentó junto a Liz en el tronco derribado. Se mantuvieron en silencio por unos minutos que eran armonizados por las melodías que Eli interpretaba en su instrumento, Liz solamente disfrutaba, tanto el encuentro como la canción. Era un ritmo suave, que a la vez parecía algo sacado de un sueño, y cada nota que ella tocaba transportaba a Liz a un mundo diferente, y sintió una paz que la envolvía poco a poco.
–Yo misma la compuse ¿Te gusta?
–Es maravillosa.
–Hay muchas cosas de las que quiero platicar contigo. Cuéntame, ¿Tienes hijos? ¿Esposo?
–Oh Eli, han pasado tantas cosas… pero no tengo ninguna de esas dos cosas.
– ¿De verdad? ¿Qué pasó con tus planes de tener una familia con muchos hijos?
–Solo se quedaron en eso, en planes. Pensaba que mi vida terminaría en cualquier segundo… que no quise dejar sola a una familia. No hubiera podido resistirlo.
–Siempre fuiste alguien fuerte, Liz. No me imaginaba que decidieras quedarte sola… bueno, toda la vida.
–No estoy sola, Bill es un gran amigo. ¿Qué hay de ti?
–Bueno… desde que viajo en esta forma, he recorrido muchos lugares. ¡Son tan bellos! He ido a Italia, Francia, Rusia… le daba acompañamiento a las parejas enamoradas, Ja, nunca supieron quien tocaba el violín.
–Me alegro de oír eso, veo que pudiste conocer tus lugares soñados.
–Sí, pero no fue lo mismo hacerlo sin ti. Ya sabes, casándonos en un palacio europeo con nuestros príncipes soñados.
Ambas rieron por el comentario, pero las risas se apagaron casi tan rápido como comenzaron. El semblante de Liz decayó, ver a su amiga ahí sentada junto a ella le daba remordimiento. Pudo sentir el tacto, frío y enfermizo de su mano, ella ya no pertenecía a este mundo, sino a aquel mundo abstracto y atemorizante de oscuridad del que Bill le había contado. Y todo había sido su culpa, ya no podía mantenerlo oculto.
–Lo siento, Eli.
– ¿Por qué?
–Tú no estarías así, es mi culpa por haberte abandonado allí–la voz de Liz comenzaba a quebrarse.
–No es tu culpa, Liz. Yo quise acompañarlos, y fueron mis descuidos.
–Pero si yo hubiera regresado…
–El "hubiera" ya no existe, Liz. No te mortifiques por eso.
–Por favor perdóname…
–No hay nada que perdonar, ya no te guardo rencor.
–Pero tus padres…
–Que ya no importa… escucha, no he venido aquí para que te disculpes. Solo vine porque ya no aguantaba las ganas de ver a mi mejor amiga.
–Ni la muerte puede con nosotras ¿eh?–decía Liz con lágrimas en los ojos.
–Mejores amigas, Liz. Nunca se te debe olvidar eso. Pero…
– ¿Qué pasa?
–No quiero mentirte… vengo como una más… de las extensiones del Guardián.
El silencio se hizo por algunos segundos en los que ninguna de las dos dijo nada, solo se quedaban viendo a los ojos. Liz dio una sonrisa incrédula, y negaba lentamente con la cabeza, pero el semblante serio de Elisa no mentía. Su sonrisa fue remplazada poco a poco por una expresión de horror, la vio de pies a cabeza, después pudo sentirlo, su presencia era demoniaca.
–Pero… ¿Cómo?
–Por un tiempo te guardé rencor, tampoco voy a negarlo, y el Guardián acogió mi alma antes de que fuera absorbida, me regresó un cuerpo y me dotó de habilidades.
– ¿Te refieres… al violín?
–Va mucho más allá del violín… soy capaz de crear ilusiones con mis melodías, y le doy fuerza al Guardián con la desesperación de las víctimas.
– ¿Entonces vienes a…?
–No, ya te dije que no te guardo rencor. Jamás te haría daño y lo sabes.
–Pero… ¿Cómo puedo estar segura de que esto no es una ilusión? ¿De verdad estás aquí?
–Por supuesto que estoy aquí, no lo dudes.
Eli había dejado su violín a un lado del tronco junto a su arco y permanecieron en silencio por otros minutos, solo miraban el paisaje cristalino y brillante que el agua del claro regalaba.
–Nunca me mostraste este lugar–volvió a hablar Elisa.
–Era nuestro secreto, mío y de Aaron, aquí él y yo… bueno, nos hicimos pareja.
–De acuerdo, eso de verdad no lo esperaba.
–Eli… ¿Por qué no me visitaste antes? He permanecido aquí un buen tiempo y nunca supe de ti hasta esta noche.
–Ya te dije, te guardaba rencor. Pero vivir eternamente enojada es bastante lamentable, además tú eras mi única amiga. Eres mi única amiga.
– ¿Qué pasa con Sara?
–Ella es mala a todas horas, es una hierba mala. Yo, por mi parte, soy un poco más amable.
– ¿Y el Guardián no te castiga por eso?
–El Guardián es alguien que está ausente mucho tiempo, en ese tiempo podemos hacer lo que se nos antoje. Por lo visto, a Sara le encanta tener sexo y matar a pequeños niños.
–Qué lástima que haya fracasado en matar a esos… niños. Vienes… por ellos, ¿No es verdad?
–Mi turno ya ha pasado, pero no vine a matarlos, solo a divertirme un poco. No les hice daño alguno, en especial a ese tal Dipper, es valiente para la edad que tiene.
–Dipper… ese niño, es alguien extraño.
Un cuervo graznó detrás de ellas, Liz volteó extrañada pero Eli sonrió. El ave se acercó hasta ellas volando y se puso sobre el hombro izquierdo de su dueña, quedando frente a Liz; sus ojos rojos refulgían en la oscuridad, le dio un graznido leve a la bruja y después miró al frente. Eli le acarició la cabeza con sus dedos, el ave producía un sonido extraño que Liz jamás había escuchado; la violinista le indicó que podía acariciarlo, cuando el ave sintió la mano de Liz recorriendo sus plumas solo se dejó consentir, incluso cerraba sus ojos.
–Es mi mascota, se llama Sombra. Es un consentido, pero me agrada la compañía.
– ¿Cómo conseguiste que te siguiera?
–No es un cuervo ordinario, me acompaña a todos lados desde hace tiempo. Hace que algunas de mis ilusiones sean atemorizantes, ya sabes, los cuervos simbolizan la muerte y todo eso.
–Eres cruel, te gusta asustar.
–No te imaginas, ¿Recuerdas a Cooper? Le hice vivir su peor pesadilla en su lecho de muerte.
– ¿De verdad? ¿Cómo lo hiciste?
–No era nada tan rebuscado, le tenía miedo a los osos de peluche. Y le hice creer que un oso color negro estaba masacrando a su familia, ¡Debiste verlo! El muy torpe se separó de las máquinas que lo mantenían vivo, no pudo ni dar tres pasos cuando cayó fulminado al piso.
– ¡Que sádica! Si hubiéramos sabido eso cuando éramos niñas lo hubiéramos hecho cagarse del susto, ya ni modo.
Nuevamente el silencio, parecía que no tuvieran nada más de qué hablar. Si de verdad Eli había conocido tantos lugares, tendría muchas historias que contar, pero no lo hacía. La respiración de Liz sonaba un tanto melancólica, Eli ya no respiraba.
–Muchas cosas cambiaron en el pueblo, la verdad lo suponía, pero no me imaginaba que hubiera tantos cambios–dijo Eli para iniciar otra vez la conversación.
–Sí, incluso yo no me lo explico, pero supongo que en algún momento este pueblo dejará de serlo para dar paso a una ciudad.
–Siempre quise irme de aquí, en este pueblo nadie tenía el objetivo de prosperar. Todos se conformaban con sus monótonas vidas, viven en la ignorancia.
–Quizá sea mejor así, tener conocimiento puede ser una pesada carga. Y no muchos están dispuestos a lidiar con ella.
–Vivir sin noción de lo que pasa a tu alrededor es algo trágico. Los humanos no deberían preocuparse tanto de las cosas paranormales, ellos mismos tienen secretos que se ocultan unos a otros. De ellos mismos es de quienes deben preocuparse.
– ¿Has visto a Bill por ahí?
–No, es alguien bastante escurridizo.
– ¿No te cae bien?
–Nunca lo he tratado, Sara tiene un pleito con él, y la verdad no quiero meterme.
–Deberías detenerte a hablar un poco con él, es alguien genial cuando lo conoces.
–Cuando tenga la oportunidad lo haré, pero ya te dije que es alguien muy escurridizo. Ya lo he buscado antes.
–No me digas que también tienes el objetivo de matarlo.
–No, yo lo busco para preguntarle cuál fue la razón de que se haya ido. Una compañía menos desagradable que la de Sara me hubiera caído de maravilla, pero si no fuera por eso tal vez no tuviera a Sombra–decía mientras le acariciaba el pico a su mascota.
–Tal vez tengas razón. Bill descubrió algo relacionado a todos ustedes. Jamás me ha dicho qué fue, pero debió ser algo muy malo para traicionar al Guardián.
–Una razón más para buscarlo. No me gusta que me guarden secretos.
–Entonces… ¿Qué vas a hacer?–preguntaba Dipper sacando más humo de su boca.
–Pues… necesito conseguir un empleo. No quisiera que Pacifica pagara todo siempre.
La habitación de invitados se había llenado con el aroma del tabaco, las pequeñas nubes grises, casi imperceptibles, se perdían con la luz de la luna que entraba por los cristales. A Dipper le parecieron un poco enfermizos, el grabado en los vidrios era triangular y le recordaba a Bill, probablemente no había intentado nada, pero la sensación de que eran espiados lo hacía sentir molesto, pero Gideon no se daba cuenta, él tenía sus propios problemas.
–Amigo, estás llevando esto muy lejos por un estúpido taxi.
–Esos pequeños detalles me hacen sentir mal. Pacifica ha sido muy amable en darme un lugar donde quedarme, no cualquiera haría eso.
–Bueno… con respecto a su discusión. Ella ya debe estar mejor ¿Verdad?
–Sí, creo que me perdonó. Me puse histérico por algo que no tiene sentido; pero creo que se está enfermando, casi se desmaya en la tarde.
Dipper seguía dándole caladas a su cigarrillo, el tono de Gideon lo hacía pensar que tal vez estaba exagerando. Pero después de todo, él se hubiera puesto igual de histérico si Mabel se portara extraña. Hablaban en voz baja sentados en el viejo sofá, al frente en el suelo, había un tapete que remplazaba a la alfombra, "El experimento 78".
– ¿Qué hay de ti? ¿No tienes trabajo en casa?
–No me ha hecho falta.
–No me imaginaba que tendría que valerme por mi mismo algún día. Bueno, sí, pero no tan pronto.
–Pues ya ni llorar es bueno. Te deseo suerte con eso de conseguir un empleo; aunque no creo que quieran contratar a alguien que se fugó de un hospital mental.
–Gracias por tus ánimos, Dip. Entonces… ¿Tienes novia?
–No, bueno, sí, pero en casa.
–No me habías contado ¿Cómo se llama?
–…Se llama… ¿Alice?
–Lo estás diciendo en forma de pregunta.
–No, no. Se llama Alice.
– ¿Desde cuándo están juntos?
–Desde que inició el verano.
–Vaya, tú aquí, y ella allá.
–Que te digo, así son las cosas.
Dipper se levantó del sofá, después le dio una manta y una almohada a Gideon. Sin decirse nada más, simplemente se acostaron a dormir, con el olor a tabaco por toda la habitación. A los pocos minutos Dipper ya roncaba pero a Gideon le estaba costando trabajo conciliar el sueño, se la pasó dando vueltas en el sofá casi una hora mientras trataba de dormirse sin conseguir resultado. Su mente divagaba en cosas absurdas, y cuando por fin estuvo a punto de conciliar el sueño, unas pisadas se escucharon por el techo. Presurosas y fuertes, el sonido de varias cosas cayendo al suelo y rompiéndose despertó a Dipper e hicieron que ambos se levantaran de la cama.
En tan solo unos segundos ambos ya estaban recorriendo la cabaña. Gideon iba armado con un palo de golf y Dipper con el revólver en mano. Las pisadas seguían escuchándose por el tejado, Dipper le indicó a Gideon que saliera por la puerta de la tienda, él saldría por las escaleras que daban al escondite. Por unos segundos las pisadas cesaron, dejando un poco desconfiado a Dipper pero igualmente subió. Cuando abrió la puerta solamente había un olor extraño, pero nada más fuera de lo común.
Por abajo Gideon salió con cautela, pero no pudo ver nada con claridad. Las pisadas volvieron, esta vez dentro del bosque de los alrededores; los gritos de una cabra le hicieron pegar un salto del susto, con rapidez silenciosa fue hasta la fuente del sonido, y solo se encontró con el cuerpo de una cabra color café con los intestinos expuestos. Se acercó a ver con más detenimiento, el aroma de la carne que estaba expuesta le llegó hasta la nariz; estaban tibios todavía, Gompers movió una pata y con ese movimiento brusco esta vez Gideon pegó un grito que llamó la atención de Dipper en el tejado. El castaño saltó desde el segundo piso para encontrarse con el asqueroso escenario.
–Pero qué demonios…
–Esto es repugnante, espero que no tengan más mascotas.
Como si las palabras de Gideon atrajeran la mala suerte, no se dio cuenta de que Waddles los había seguido. Un gruñido se escuchaba extrañamente cerca, captando la atención de los dos chicos y después escucharon los sonidos de algo siendo arrastrado hacia el bosque. Los desesperados gruñidos de Waddles siendo arrastrado hicieron que los chicos salieran corriendo en su dirección. Al llegar ya era tarde, se encontraron con un rastro sangriento que iba hasta detrás de unos arbustos; cuando los hicieron a un lado vieron los restos de lo que había sido el querido cerdo de Mabel. Al igual que Gompers, estaba abierto en su totalidad y sus patas traseras tuvieron espasmos que los chicos vieron con horror y asco.
Las pisadas se hicieron fuertes y ahora algo se aproximaba hasta ellos corriendo a una gran velocidad. Dipper vio dos grandes ojos rojos que se aproximaban a lo lejos acompañados de fuertes gruñidos; sin pensarlo dos veces apuntó y disparó tres veces, la criatura se fue en dirección contraria. Las luces de la cabaña se encendieron y enseguida Stan salió con un rifle apuntando en la dirección de los dos jóvenes, detrás de él iban las chicas.
– ¿Qué sucede Dipper?–habló Stan mientras caminaba en su dirección.
–Algo quiso entrar a la casa, lo acabo de ahuyentar.
– ¿Qué era?
–No lo sé, pero estaba en el techo.
Stan vio los restos de Waddles y apartó la vista con enojo. Las chicas observaban todo con gesto todavía soñoliento.
– ¿Qué sucedió, amor?–preguntó Sally.
–Nada, querida. Pero no se acerquen. ¿Qué más hizo esa cosa, Dipper?
–También mató a la cabra, está en la parte de atrás.
–Demonios… ahora hay que ver como se lo decimos a Mabel.
–No tiene por qué enterarse. Digamos que salió y se escapó–propuso Gideon.
–Una vez tratamos de decir eso y nos hizo ir a buscarlo en unas cuevas. Casi nos come un pterodáctilo–respondió Dipper.
–Carajo… tendremos que decirle la verdad esta vez–inquirió Stan.
– ¿Todo está bien, Dipi-dy?–preguntó Mabel desde el porche de la casa.
–Sí, Mabs. Todo está bien, vuelvan a dormir.
A lo lejos se escucharon las sirenas de las patrullas, a los pocos segundos los oficiales mediocres de Gravity Falls ya estaban frente a la cabaña. Stan y Dipper solamente se dieron una palmada en la frente mientras le daban las armas a Gideon, quien corrió dentro de la casa.
– ¿Todo está bien? Un vecino reportó disparos–dijo el gordo.
–Y como siempre, mandaron al gordo y el flaco para salvar la noche–dijo Sally con tono irónico.
–Todo está bien, oficial. No hay nada que ver aquí–decía Stan.
– ¡Oh diablos! ¡Un cerdo muerto!–exclamó el flaco.
– ¡¿Qué dijo?!
Mabel corrió espantada hacia donde estaba su hermano, al llegar se encontró con el cuerpo de Waddles totalmente deshecho. Dio un grito de horror para después soltarse a llorar sobre el hombro de Dipper, quien fulminó con la mirada al estúpido policía dentón.
–Estúpido, ¿Ya viste lo que hiciste?–decía enojado Stan.
– ¡Oiga! No tiene ningún derecho de hablarme así.
– ¡Yo te hablo como a mí se me antoja!
Ambos se habían acercado lo suficiente para darse un golpe, pero fueron separados por el gordo, quien amenazaba a Stan con una pistola eléctrica. Sin más, solamente se separaron, mientras el gordo se metía de nuevo a la patrulla, Stan se acercó al oído del dentón.
–Mi esposa ya me contó todo. Más vale que te cuides la maldita espalda, porque si te veo cerca de ella, te mato. Me importa un carajo que seas policía.
El oficial se le quedó viendo a Stan completamente intimidado, la mirada de Stan era demasiado pesada. Sin decir nada más, simplemente se fueron. La familia Pines se fue adentro, pero los varones se quedaron otro rato para recoger los cuerpos de las mascotas de la cabaña. Dipper y Gideon estaban confundidos, realmente habían visto algo siniestro y enorme acercarse hasta donde estaban ellos, tendrían que estar alerta.
Sin que se dieran cuenta, los tres hombres estaban siendo observados desde la misma chimenea de la cabaña. Un gigantesco lobo los acechaba; mostrando sus colmillos, y todavía comiendo parte del intestino de Waddles, pensaba con claridad su siguiente movimiento. Lamiendo sus manos transformadas en garras que estaban manchadas de sangre, sonrió.
Su siguiente movimiento sería acabar con Gideon. Ahora que sabía de su escondite sería una tarea fácil; sosteniendo el pedazo de carne grasoso y con un poco de excremento con sus fauces, dirigió su mano hasta una herida en su pecho, de los tres disparos que dio Dipper, uno le había dado. Excavó sobre su propia carne y sacó la bala, cuando estuvo afuera, simplemente la dejó caer y rodó por el tejado hasta el suelo. Su herida sanaba, el hoyo que hizo la bala cicatrizaba con una rapidez inhumana para después cubrir con más pelo de color negro.
Preparándose sobre sus patas traseras dio un salto desde el tejado, cayó muy lejos de la cabaña, estando en el suelo siguió corriendo. Tenía algo especialmente preparado para Gideon.
Los tres entraron por la puerta, pero Dipper notó un punto brillante sobre el suelo. Se agachó para recogerlo y pudo identificar la bala todavía con un poco de rojo sobre ella; vio por todos lados esperando ver algo, pero lo único que recibió fue un grito de Stan para que entrara en la casa.
Hola otra vez. Muchas gracias por leer, espero que no se hayan aburrido.
Valee Cipher: Hola te agradezco el comentario, pero no me canso de hacer sufrir a la rubia, creo que pudiste notarlo en este capítulo. Espero que te haya gustado este episodio.
Elice Afrodita: Muchas gracias por estar al pendiente de esta historia, pero ya voy a estar aquí casi tan seguido como estuve antes. Vi el capítulo de Gravity Falls hace poco, fue una verdadera lástima que nunca existió el trio del misterio, sin duda Hirsch echó por un pozo todas las teorías de los fans en cuanto a esto. Me encantan los juegos de Resident Evil, no me pude resistir a poner esa referencia; en cuanto a Alyssa y Alessa, en serio fue una coincidencia pues el nombre de Alyssa me gusta, no suena tan cool, pero me gusta. Concuerdo totalmente con tu punto de vista sobre el sitio y los distintos tipos de escritura y las sensaciones que provocan, pues como dices, ese el sentido de la escritura. No me preocupo por esa clase de comentarios, lo tomo con humor, quien se enoja en internet, pierde. Gracias por la recomendación, y como no lo pude encontrar en una librería, lo voy a buscar por PDF XD.
Como siempre, los invito a dejarme su comentario. Díganme si les gustó, lo mismo si es una crítica o para señalarme un error. Me ayudaría mucho; nos vemos, hasta la próxima.
–Slash.
