Debo aclarar que los personajes no son míos. Pertenecen a Rumiko Takahashi, anime InuYasha. Yo solo los tomó prestados para realizar esta historia.
Pido disculpas por anticipado. Dx
Todo está bajo control
El sol había dejado de estar en su posición más alta, pero el calor persistía, y con tan solo a unos cortos instantes de esconderse ellos ya estaban dentro de los territorios Brown. Rin podía reconocer sus tierras, pero las veía un poco diferentes, la guerra había hecho de las suyas, algo que no había ni palpado en el reino Taisho.
Las escasas gotas de sudor resbalaban por el rostro de Rin, sabía que estaban acalorada y aun así le pediría que use la capa.
Ella estaba absorta en observar aquellos cambios que se presentaban en el reino hasta que sintió como el caballo se detenía abruptamente logrando que su espalda se recostara levemente en el pecho de Sesshomaru, sus mejillas se tornaron un poco rosadas por el susto.
― ¿Qué sucede? ―pregunto alertada y suponiendo que estaban en peligro.
― La capa ―le deslizó una capa que ella sujeto sintiendo las acaloradas manos de él―, debes usarla.
Rin miro la capa y luego sintió como las gotas de sudor de su pecho resbalaban hasta perderse en el vestido sucio.
No pregunto el por qué y se amarro los cordeles de la capa para luego él subir el capuchón.
― No deben verte ―le explicó y ella jalo más el capuchón para que su visión quedará reducida a la tela negra.
Entre los rayos de sol desapareciendo lentamente por el bosque frondoso sentía como habían aumentado la velocidad y aquellas radiantes luces se iluminaban y opacaban en las manos de Sesshomaru. Aunque habían recorrido todo el día montando el caballo a una velocidad regular no se había percatado de los brazos que la rodeaban. Seguridad era una las maravillosas sensaciones que afloraba en ella cada vez que lo sentía. Aquellos brazos seguro podían blandir una espada con facilidad, eso lo juzgaba por el vago recuerdo de los antebrazos que había observado alguna vez cuando aún dormían juntos plácidamente; sin embargo, dormir con él ya no sabía si era una opción o no.
Circunstancias como esas hacia que observara con detenimiento que él no era perfecto como lo describía en su cabeza cada noche antes de sentirse traicionada. En las manos se notaban cicatrices minúsculas que no recordaba y la piel pacería magullada.
― ¿Estas muy sofocada? ―pregunto de pronto. No había escuchado la respiración agitada de Rin, como en un principio, lo que le preocupo.
― No ―respondió vagamente para dejar de mirar las manos de Sesshomaru.
Aquí venia otra vez, la culpabilidad la carcomía porque ella no debía estar ahí. Sentía que había hurtado la vida de Kagura, pero no solo había hurtado su vida sino también su felicidad. Parecía esforzarse en complicar la situación con sus respuestas y llegarse a sentir como una tonta infantil no la sorprendía, su actuar y sus palabras se asemejaban a la de una niña a la defensiva cuando lo que quería era expresar eran disculpas.
Sesshomaru se permitió una vez más en el día cavilar por el actuar de Rin, la transparencia de sus emociones no necesitaba una estrategia para conocer sus inquietudes. Él se veía tentado a detener el caballo para resolver de una vez esas inquietudes, no la culparía de la muerte de Kagura, lamentaba su perdida, pero no la culparía. Las decisiones se tomaban a diario y bajo presión uno realizaba lo que creía mejor para la situación, así debió actuar ella en su momento o eso necesitaba creer.
― Señor Taisho ―dijo Rin bajo el capuchón que la cubría hasta los ojos.
― ¿Rin? ―espero a que continuara con su siguiente oración, sospechaba que las próximas palabras calmarían quizás aquella tensión.
¿Cuánto silencio se necesita para pensar, para reflexionar? Con el cuerpo apoyado en uno de los tantos troncos de árbol en las fronteras del castillo Brown, Miroku miraba el infinito atardecer esperando el retorno del rey Sesshomaru.
El lugar cada vez se veía más oscuro y él que esperaba vislumbrar algo en esos matices que pasaban de claro a oscuro, pensaba en lo insulso de su vida. Siempre de mujer en mujer, rechazo tras rechazo. Sus palabras eran una burla ante cualquier dama. "Cretino" así lo definirían muchas, pero esperaba que Sango no. Ella no podía estar muerta. Él, con sus presentimientos tan latentes de que ella seguía con vida se obligaba a salir a caballo del castillo cada atardecer, caminar por los alrededores y con mucha suerte encontrarla. No esperaba que le reconociera, ¿cómo reconocer a un aprendiz de monje con deseos de ser un sacerdote?
― Ahh ―suspiro ante sus recuerdos.
En aquel entonces Sango era una preciosa niña y él un niño problemático. Jugar a las escondidas era tan fácil y lanzar testimonios falsos de que Dios la castigaría por su actuar era divertido… Le gustaba observar su cara de preocupación e incredulidad con cada palabra que decía, ella le creía ciegamente y eso le agradaba.
― ¿Cómo puedes hacer vigilia y dejar pasar a cualquiera que camina a tu lado? ―dijo Sesshomaru deteniendo las riendas del caballo.
― Es la alegría de ver a la reina sana y salva ―sonrió vivaracho―. Me deja sin habla y ya no controlo ni mi actuar ―exagero para que Sesshomaru frunciera el ceño.
― Ahh ―dijo Rin tratando de hablar.
― ¿No está dañada mi señora? ¿Sera que Sesshomaru le obligo a cosas indebidas mientras viajaba? Yo defenderé su honor ―habló Miroku poniéndose en guardia y sosteniendo una delgada rama.
― Deja de tonterías y monta tu caballo ―Sesshomaru mostró indiferencia a su comentario y observo con más suspicacia a Miroku porque reconocía una risa falsa ante una verdadera.
― Mi señora ―dijo Miroku inclinándose para que sujetará su mano.
― ¿Ehh? ―Rin miro con desconfianza la mano hasta que sintió como Sesshomaru desmontaba del caballo para luego sujetar la mano de ella.
No necesitaba ayuda para desmontar un caballo, ya tenía práctica en ello, pero al frente tenía a su cónyuge en la espera de ella y por razones que su corazón entendía mas no su cabeza sujeto su mano con más firmeza.
Sesshomaru sujeto la cintura de ella para que saltara con seguridad y así lo hizo ella, sus ojos se conectaron una vez que Rin toco tierra firme.
La intensidad entre los ojos dorados y cafes hizo que Miroku sonriera aun algo inclinado ofreciendo su mano, le había sorprendido la elección de la reina pero no la de Sesshomaru, esperaba ese actuar de él y más.
― Ahjam… ―entono un poco la voz para que le tomaran atención―. El castillo está a menos de una noche ―expreso Miroku para terminar aquella cercanía e insinuar que si necesitaban una cama no estaban tan lejos.
― Yo… ―dijo dudosa por no entender ni la razón por la que había bajado del caballo.
― Tu pueblo está esperando a Sesshomaru en las puertas del castillo así que sería más tranquilo y rápido si vinieras conmigo ―respondió a las dudas de Rin.
― Bien ―respondió con las mejillas rosadas. No estaba siendo considerada con su padre mientras se retrasaba pidiendo explicaciones.
…
La noche era tranquila y relajante, ni siquiera se escuchaba el viento soplar o quizás el respirar de los dos cuerpos sentados en la mesa rectangular grande; la distancia entre ambos hacia incluso que ni se escuchara el sonido de los cubiertos chocar contra la vajilla de porcelana.
El silencio era lo mejor para ella, no quería que ni la notara presente en la mesa. Si él imaginara que ella no existe era muy probable que tuviera una noche tranquila, un amanecer en el cual no se sentiría sucia.
― ¿Te gusto el cordero? ―pregunto de pronto Naraku desde su posición.
Sango lo escuchó perfectamente, pero el hombre se había vuelto tan impredecible que ya no sabía qué estrategia aplicar con él, callar o no resultaba ser todo un enigma. En ocasiones respondía y él la trataba como un ángel que merecía las palabras más dulces y delicadas del mundo, pero en otras ocasiones la ofendía tanto que terminaba amenazada de muerte si no desaparecía en ese instante de su vista, la castigaba con el encierro y luego volvía arrepentido prometiendo que sería la última vez, olfateaba su cabello y le pedía de la manera más dulce que lo besará, que lo amará.
― ¿Mi tesoro? ―interrogo Naraku para llamar la atención de la chica que había dejado de comer y lo miraba con en cubierto en mano a punto de llevarlo a la boca, paralizada.
― El cordero esta exquisito ―respondió automáticamente y arriesgándose se paró―. ¿Quieres bailar? ―apretó las manos con fuerza, una muestra de su nerviosismo.
Hoy estaba de buen humor, tenía que sacar ventaja de ello y miro recelosamente uno de los cubiertos.
― Seria todo un honor ―se levantó de la mesa y con las manos hizo señas, indicando a los hombres que tocaran una pieza―. La canción más dulce para la mujer más cándida de la noche.
Los hombres arrinconados en un esquina en silencio se movieron de su lugar para centrarse donde el fuego iluminaba más. Uno de ellos agarro el arpa y comenzó a tocar en notas lentas para después acompañarlo la fídula de vez en cuando para animar la cercanía en ambos, y así uno a uno se fueron integrando hasta formar una mini orquesta.
Nada podía resultar peor, bailar con su opresor no iba a salvarla, pero evitaría que quizás no la maltratará esa noche. ¿Si cooperaba con sus deseos él quizás sería menos duro con ella? Necesita creer que sí, necesitaba albergar esperanzas donde parecía no haber, necesitaba huir de allí. El utensilio con el cual había pensado dañarlo se veía tan solitario en la mesa.
La música era suave mientras él se acercaba galantemente a ella y una vez cara a cara Sango sujeto la mano del hombre lo más segura posible y él elevo las manos hasta la altura de los senos de ella. Ambos caminaron unos pasos hasta donde crepitaba en fuego y luego se miraron de frente a frente. Los dos empezaron a moverse lentamente alrededor del amplio espacio mientras la música se volvía más movida.
― Mírame ―ordeno Naraku cuando se volvieron a encontrar frente a frente.
Sango obedeció, pero no cruzaron miradas muchos segundos antes de que él repentinamente le hiciera dar un inesperado giro que la desconcertó.
― La danza lo exige así ―Naraku volvió hablar para volver a posar su mano sobre la de ella.
― Lo había olvidado ―dijo Sango sonriendo pero temerosa de Naraku, su mano opto una posición de puño para demostrar toda la tensión no dicha.
― Ahora te gusto señorita Sango ―dijo Naraku con una sonrisa cruel y sin soltar el pequeño puño.
Ella abrió los ojos asustada y en un intento de alejarse él la jalo para mecerla en los pectorales bien formados, la presiono tan fuerte que sentía que se asfixiaba.
― Suéltame ―demando ella.
― Que triste ―Naraku comento ante su petición―. Y pensar que te interesaba.
― Eres un monstro, nadie podría amarte ―hablo Sango con las manos en el pecho de él para hacer distancia.
― ¿Te enseño amar un hombre?
― No ―dijo ella horrorizada porque sabía que era capaz de eso y más.
― Sabes que mereces un castigo por tratar de engañarme ―acaricio la mandíbula tensa por la manera en la que apretaba los dientes ella y con una ligera mirada señalo el utensilio en la mesa―. Es el castigo más piadoso ―le susurro en la oreja.
Sango dejo de bailar de golpe y sin miramientos corrió a su habitación, necesitaba huir de ahí.
― Señor ―dijo uno sus guardias esperando a que le diera una orden.
― Déjala correr y asegúrate que quede bien encerrada en su habitación.
― Entendido ―respondió el guardia para dirigirse por la puerta que había salido.
El comedor había vuelto a su usual silencio, Naraku no disfrutaba de la música.
Las últimas noticias llegaban tan rápido a sus oídos que anticipaba el porvenir de sucesos; sin embargo, Sango ya no tenía utilidad en sus planes, su hermano había fallado en la misión y todavía escapado. Ella era una pieza sin utilidad alguna, pero quería conservarla. Verla caminar por el castillo acompañada de guardias en ocasiones le causaba alivio, una salida a su cada vez más incoherente cabeza.
Naraku se prepararía para un nuevo ataque, necesitaba invadir el castillo Brown para recuperar lo que le habían quitado.
Sango se acurruco en su cama y espero la llegada de Naraku, espero que la destapara y la jalara hasta sus aposentos; no importaba cuanta resistencia opusiera pues sabía que denegarse mucho acabaría siendo tomada ahí mismo. La envestiría con tanta fuerza que su cuerpo acabaría sometido bajo el peso de él y la marcaria con sus manos toda la espalda. Intentaba conocerlo y de él solo había descubierto que cuando la nombraba Sango le gustaba tener estrechas relaciones con su cabello y por ello la prefería tenerla de espaldas ante el sometimiento.
En su instancia en el castillo Miller había aprendido a ser tomada por la fuerza y en ocasiones por voluntad. Cuando Naraku se sentía contento y cariñoso realizaba una posesión más tranquila y gustosa para ambos. Ella no sentía dolor pero tampoco placer, simplemente las cosas se volvían más fáciles para ambos. No luchaban en el procedimiento y al terminar solo la abrazaba hasta que terminara de llorar o se marchaba dejando la distancia que tanto necesitaba.
Aquella noche fue tan diferente al resto porque el hombre nunca se presentó y ella que no pudo descansar en toda la noche se durmió profundamente asistiendo solo al almuerzo donde él ni la cuestiono porque no se presentó en el desayuno, una regla que le había dejado claro a base de bofetadas. Nunca debía faltar a la mesa mientras él estuviera en el castillo, debía acompañarlo en el desayuno, almuerzo y cena.
― Dormir no te hace más hermosa en la mañana ―dijo Naraku mirándola un rato para luego volver a centrar su atención en los pergaminos sobre la mesa.
― Buenos días señor Miller ―dijo Sango inclinándose un poco y tratando de arreglar su cabello despeinado.
― ¿Por qué "señor"? ¿Te he mencionado que he contraído nupcias?
― No ―respondió ―. También desea que lo llame Naraku― habló Sango mientras tomaba asiento.
Naraku aparto la vista de los pergaminos y observo como se sentaba al otro extremo de la mesa.
― Si te hace sentir cómoda ―respondió de madera indiferente.
Sango quiso decir algo más, pero ya no sabía cuánto más podía seguir tentando a su suerte que al final opto por el silencio.
― Que pena ―dijo Naraku al rato.
Sango lo miro confundida y antes de que pudiera articular una palabra él ya estaba caminando en su dirección.
― Joven Naraku ―pronuncio por miedo, pero él ya tenía sus labios sobre los de ella. La besaba con tanta intensidad que se podría jurar que en ese beso había necesidad, mas sin embargo, no entendía que tipo de necesidad.
Al momento de despegarse sintió más temor que antes.
― Ese beso fue para la señorita Sango ―dijo de pronto.
La confusión la dejo tan impactada que ni se molestó en despedirlo cuando salió del comedor.
Naraku era tan complicado de entender, había algo que lo hacía macabramente dulce con los recuerdos. El beso que le había dado no la convertía en un recuerdo porque había pronunciado su nombre tan claramente que ahora viviría con la duda de si ese hombre realmente tenía corazón.
…
La noción del tiempo era tan fácil de perder cuando se está por horas agarrando la mano de su padre aun tibia. El corazón de Rin sentía una tranquilidad enorme con la idea de que su padre tenía esperanzas, que podría salvarse y en unos días mejoraría, al menos eso le había comentado Miroku mientras cabalgaban juntos.
Tres días de viaje eran suficientes para aclarar la negrura de su corazón, tres días había padecido en la preocupación de perderlo y no verlo. Solo necesito de una noche para ordenar el pesar que sentía ante la pérdida de Kagura.
La pequeña vela apunto de apagarse y el cielo apunto de aclararse le dio a entender que pronto vendría el personal de servicio a verificar los avances de su padre. Una sonrisa se dibujó en su rostro al imaginar la cara de Abi, su nana, cuando la viera sentada al lado de su padre.
Los quejidos provenientes de la cama con las colgaduras del dosel abiertas llamaron su atención y su mueca de felicidad paso a una amplia sonrisa cuando su padre entre abrió los ojos cansados.
― ¡Papá! ―exclamo besando la frente de Ridell.
Ridell volvió a cerrar los ojos y apretó la mano pequeña que lo estrujaba con cariño.
― El señor tiene mucha vitalidad, se recupera más rápido de lo esperado ―dijo Kaede que entraba con una bandeja en mano.
― Kaede ―los ojos de Rin se abrieron un momento en señal de sorpresa―. Me alegra volver a verte ―completo para luego dirigir su mirada a su padre.
No quería verle a la cara, no podía verle la cara. Si encontrara una manera fácil para explicar su llegada sin mencionar a Kagura. No podía ser una cobarde, Kaede se decepcionaría más si le mintiera.
― Has crecido mucho pequeña ―dijo cariñosa y ofreciéndole el desayuno.
― Kaede ―se paro de golpe y la abrazo―. Lo siento, por mi culpa ya no volverás a ver a Kagura.
Los ojos llorosos de Kaede no se habían notado por la distancia entre ambas y ahora que estaba más cerca de la luz veía como anciana se debatía entre llorar o no.
― Lo siento ―volvió a pronunciar mientras escondía el rostro de Kaede en su pecho.
― ¿Sufrió? ―pregunto Kaede haciendo distancia entre ambas.
― Quisiera decirte lo contrario ―apretó los puños al recordar que no había podido ni resguardarla la misma cantidad de minutos que Kagura había logrado para ella―. Fui una inútil, fui tan tonta. Yo, yo…
― Rin no te culpes ―le dijo Kaede cuando vio las lágrimas estrellarse contra el piso―. La última vez que la vi ―se tomó su tiempo para pronunciar las siguientes palabras― sabía que sería la última.
― Kaede ―pronuncio en un hilo de voz, su garganta se oprimía en un mudo que la estrangulaba. Exhalo fuerte para dejar salir un suspiro lastimero.
― No quiero volver a sentir ese augurio y más contigo ―limpio las lágrimas restantes de los ojos de Rin y como una madre que cuida a su hija dijo―. Quiero que seas feliz.
Rin alzo la cabeza sin entender muy bien sus palabras. No podía desear más felicidad de la que tenía ahora, su padre estaba vivo, el reino Brown parecía esforzarse por recuperar esa belleza perdida, el reino Taisho iba prosperando y esa primavera sería la más prospera en los últimos cinco años, Abi estaría otra vez a su lado y con suerte Kaede y ella serian cercanas otra vez, más felicidad no podía desear.
― Yo soy feliz Kaede ―se inclinó para besar las manos arrugadas de la anciana―. Salvaste a mi padre y estoy endeuda contigo.
― Si eres tan feliz pequeña, reparte amor con sabiduría ―le dio unas palmaditas en los hombros―. Ve a descansar, yo me encargo del señor Ridell.
Rin asintió con la cabeza y con la bandeja en manos llevo su desayuno a su habitación. Cerraría los ojos un rato y luego volvería con su padre, pero también deseaba ver a Abi y tomar un baño, el vestido que usaba llevaba sangre y tierra.
Los corredores de piedra eran largos y las antorchas colgadas en las paredes brillaban débilmente, ya no eran necesarias porque el sol volvía a irradiar con fuerza, a empezar otro día más de calor abrasador. Mientras caminaba sin llamar la atención giro súbitamente para dirigirse a su habitación, ya había organizado bien sus ideas.
La puerta se abrió sin ser golpeada para pedir permiso.
― ¿Deseas caminar por el camposanto? ―interrogo Sesshomaru sin mirar atrás, su seca voz se escuchaba temeraria.
― ¡hip! ―Rin se tapó la boca con las dos manos. Sesshomaru jamás había usado palabras tan escuetas para amenazarla.
― Miroku ―pronuncio dando la vuelta, pero su voz se amaino al terminar el nombre mencionado. Las osadías de Miroku le tenían tan acostumbrado que ya no esperaba a nadie más que se atreva a entrar sin tocar, por ello las amenazas contra el general resultaban tan natural y de poco interés.
― Por más hermosas que resulten las construcciones de las sepulturas y las lapidas grabadas, no me parece un lugar adecuado para hablar ―cerro la puerta detrás suyo.
― ¿Un jardín te parece mejor? ―dijo ahora mirándola fijamente.
Rin agito su cabeza en una negativa para luego dirigirse al mueble donde deposito la bandeja con su desayuno, luego fue a su guardarropa.
― Ahora, si no le molesta señor Taisho, me parece un momento adecuado ―no esperaba encontrarlo en su habitación y menos tener esa charla tan pronto, debía acostumbrarse a la idea de que como una mujer casada todo lo suyo era de él y todo de él era de ella.
― La espero señora Taisho ―hablo con la misma formalidad que ella le había brindado desde que se volvieron a ver.
Ella se dirigió a los baños y sin mucha sorpresa encontró agua cliente esperándola, Sesshomaru era alguien atento a pesar de lanzar amenazas con tanta facilidad.
Rozo su cuerpo con el jabón de olor a hortensias, deseaba tener un perfume suave que no realzara su presencia. Repaso una vez más las palabras que utilizaría a modo de disculpa por la pérdida de Kagura y luego, de algún modo, aclarar la situación de su matrimonio. No pediría la opinión de su padre y no acataría las inhibiciones de este si eligieran ambos una desunión. Tenía en su mente múltiples planes trazados para cada caso, ya sea permanecer unidos en lo que dura la guerra, desunirse inmediatamente o permanecer juntos para guardar las apariencias.
Sesshomaru escucho como las aguas se removían indicando la pronta compañía de ella. No había perdido la intrepidez y al contrario ahora lo demostraba sin estar enfadada. Ya no se encontraba frente a un Rin apacible y tendría que elegir sus palabras cuidadosamente para mantenerla a su lado.
Rin salió del baño con una camisola blanca, casi transparente, y el cabello largo goteando, mojando todo cuanto pisaba. Las mejillas sonrosadas le daban una apariencia inofensiva, provocando una inquietud a Sesshomaru.
― Fui rápida, ¿verdad? ―hablo Rin tratando de restar tensión al semblante de Sesshomaru.
― Lo suficiente ―aclaro él.
― Muy bien ―sonrió callando las siguientes palabras y antes de que volviera hablar Sesshomaru ya le había dejado con las palabras en la boca.
― Si deseas disculparte por lo acontecido con Kagura ―su impaciencia lo domino―, no te atormentes.
― De todas formas necesito hacerlo ―insistió Rin.
― No necesitas mi perdón, Rin ―relajo sus facciones y continuo―. Kagura era una mujer que no tomaba las decisiones a la ligera. Si te ayudo, seguro tuvo sus motivos.
― Aun así ―dijo Rin― Les debo una disculpa a ambos. Kagura te espero…
― Espero cuando ya no tenía que esperar ―comento Sesshomaru―. Ansiaba que continuara con su vida ―Aunque jamás se lo dije cavilo para si mismo.
― Lo lamento Sesshomaru ―agacho la cabeza.― Nuestros espósales fueron tan forzados hasta el punto de resquebrajar nuestras vidas. No me ofendería si anhelaras claudicar tus promesas y si tú…
― Ser impetuosa te ha hecho pasar varias dificultades ―aminoró aquellas palabras que no quería escuchar― Examina tu corazón a tu propio ritmo.
― ¿Qué? ―dijo Rin asombrada.
No necesitaba que repitiera lo ya dicho, había escuchado perfectamente, pero tenía tantas dudas. Le era tan difícil creer que Sesshomaru estuviera pidiéndole una oportunidad, aunque una oportunidad no significaba que la amará, solo que intentaría amarla.
― Necesito el apoyo de tu gente para terminar esta guerra ―hablo de pronto Sesshomaru.
La cara de Rin se tornó pálida y solo logro articular un "Ohh" en respuesta a lo escuchado.
― Entonces por el triunfo de una guerra ―deslizo un poco de vino en dos copas y lo invito a brindar.
Llegando a esa situación no tenía por qué sentirse ofendida, no debía recordar una traición donde nadie amó y solo uno había sido fiel a sus sentimientos. Al menos había sido claro con sus intenciones y lo imprescindible de ese matrimonio, como una vez había dicho Kagura "Él no tenía opción" y ella tampoco. Su padre se había enredado en aquella realidad, quizás sin saber dónde se inmiscuía.
― Por el triunfo de una guerra ―dijo Sesshomaru observando los ojos chocolate que tenían la vista centrada en la puerta. Rin desea estar lejos de él, no la culpaba, pero necesitaba decirle la verdad para que entendiera como se había originado su prematuro compromiso.
― Rin ―pronuncio Sesshomaru.
― Necesito ver a mi padre ―arguyo ágilmente para luego retirarse.
Ya no había más que decir, al menos por ahora. Se sentía herida y a la vez tranquila, había escuchado por fin la respuesta a su incertidumbre. Sesshomaru había elegido y ella ahora daría rienda suelta a su porvenir.
…
El sendero para llegar al reino Brown tenía evidencias de una clara disputa, de una clara perdida por el montón de piedras apiladas a manera de tumba. Esperaba que fuera una pérdida sin importancia, esperaba que esa pérdida no se tratara de algún miembro de la realeza, no soportaría perderla aun en su condición de casada.
Miró con detenimiento el caballo blanco inerte suspendido en el suelo y recordó súbitamente a Rin.
― ¿Por qué te detienes? ―protesto el niño que venía escondido bajo la capa café oscuro.
― Trátame con respeto mocoso ―reclamo mientras fruncía el ceño.
― Solo le debo respeto al señor Sesshomaru ―dijo con convicción el pequeño Jaken.
― Yo también soy un señor ―arguyo gritando hasta el punto de asustar a unas aves que descansaban plácidamente en las ramas de un árbol.
― Usted no está casado ―habló Jaken meditando un momento― por lo que no puede ser un señor, al contrario usted es…
― Ya he escuchado bastante ―dijo tapando la boca del niño, quien lo mordió―. Serás… ―dijo en un alarido para después darle un coscorrón en la cabeza.
Jaken se rasco la cabeza.
― Llévame con ella ―pronuncio infantilmente y luego complemento―, bestia.
― ¡Ahg! ―Inuyasha exteriorizo su desesperación― Rin tiene que estar descabellada ―anuncio.
― No insulte a mi señora ―protesto tratando de morder el brazo de Inuyasha.
― ¡Keh! ―se quejó Inuyasha― Y yo soy la bestia.
El caballo relincho con fuerza, como si se hubiera cansado de escuchar la discusión de ambos.
― Caminaré ―dijo Inuyasha de pronto, dejando a Jaken azorado sobre el caballo.
El caballo avanzaba lentamente, dejando huellas con sus fuertes pesuñas, siendo guiado por su amo en silencio.
Inuyasha repasaba una vez más en su cabeza que quizás él era el descabellado porque cada vez que escuchaba el aletear de las aves sus recuerdos volaban al fatídico día en el cual ella había captado su atención.
― ¿Cuándo regresaras? ―dijo Kagome mirando los amplios campos de cultivo de los aldeanos.
El viento soplaba desordenando su elaborado moño, las hebras de cabello negro como la noche ocultaban su rostro ligeramente rostizado por el inapagable sol. Las hojas chillaban sobre la enredadera de ramas que brotaban del viejo roble, su tronco era tan grueso que no habían podido abrazarlo por completo entre los dos, Inuyasha y Kagome.
― ¿Eso importa? ―pregunto Inuyasha nervioso al notar que detrás de esa espesura de cabellos rebeldes relucía un semblante melancólico.
― ¡Ash! No Inuyasha, no importa ―arguyo y grito molesta―. Ahora ayúdame a bajar del árbol.
― ¿Po-po-por qué me gritas? ―replico Inuyasha ensordecido y confundido por el actuar de la dama.
― Que me bajes te digo ―demando moviéndose bruscamente y haciendo crujir la rama sobre la cual estaban sentados.
― No seas brusca ―dijo Inuyasha temiendo caer.
― Yo debo bajar primero ―solicito Kagome con el rostro ruborizado.
Inuyasha la miro más confundido que antes.
― Yo subí al último y ahora debo bajar primero ―aclaró para que Inuyasha dejara de verla tan rara.
― ¡Keh! ―Inuyasha le restó importancia a las palabras―. Subí primero porque sola no lo lograbas ―presumió.
― Y ahora quiero bajar por mi cuenta ―dijo impaciente por el poco tacto del hombre.
― Eso no dijiste cuando suplicaste por subir ―habló por lo debajo Inuyasha que se precipitó a bajar por su cuenta.
― ¡Ay! ―Kagome se sujetó su cabeza desesperada― Eres una bestia.
― ¡Ey! ―protesto Inuyasha pisando suelo firme― No insultes a quien te ayudara a bajar.
Kagome evaluó sus opciones y concluyo que quedarse colgada de un árbol era definitivamente ridículo, sin embargo, pensar en bajar con él ahí hizo que su rostro obtuviera un tono carmín.
― No me hago más joven ―replico Inuyasha.
― Deja de mirar ―dijo Kagome en un susurro y con una última mirada se dispuso a voltearse para agarrar la rama con sus dos brazos.
― ¿Qué? ―habló Inuyasha con la vista y las manos extendidas hacia arriba.
Kagome sentía que explotaría la vena de su frente ante tanta descortesía, pero ella se lo había buscado al insistir a Inuyasha que la subieran al árbol para observar mejor los campos.
― ¡Kagome! ―grito Inuyasha― ¿Ese es el estilo que se usa en tu reino? Da muy poco que enseñar.
― I-nu-ya-sha ―dijo entre dientes, casi rugiendo como un dragón― voy a pisarte la cara.
Los pies desnudos no dudaron ni un segundo en pisar la cara de Inuyasha.
― Kagome ―se quejó Inuyasha― Kagome, no soy taburete.
Aunque había llegado ilesa al piso, después de pisotear su cara repetidas veces, como si le estuviera dando patadas por alguna razón, sentía que había valido la pena. La cara ruborizada de Kagome era preciosa, sus mejillas se tornaban en un bonito rosa que jamás había visto en otra mujer. Ella se calzaba los zapatos con tanta prisa, ocultando sus pies blanquecinos incluso de las flores silvestres.
El caballo relincho con fuerza y regresando al presente a un Inuyasha levemente sonrojado.
― Tu caballo tiene cosquillas en las orejas ―dijo de pronto Jaken que se había aburrido del silencio.
― El caballo es de Sesshomaru ―respondió sin interés.
― Señor Sesshomaru ―corrió el pequeño.
― Sesshomaru ―volvió a pronunciar para picar al enano.
…
Los días habían pasado con tanta velocidad que no estaba seguro de si ya era un nuevo año. Se sentía desorientado vegetando detrás de la cascada que lo ocultaba de sus perseguidores. No veía ni un poco de luz en su mente, sentía que todo lo que tocaba estaba destinado al fracaso, a la irremediable muerte.
Rin había sido el primer indicio de tan horrible destino. La deseaba tanto que estaba dispuesto a dar la espalda a su propia familia por ella. Sin embargo, ella acepto desposar a otro sin considerar sus sentimientos, se entregó a otro hombre cuando él ya iba a su reclamo.
Le habían echado como un perro de las tierras Brown, ni siquiera le habían permito aclarar acerca de su compromiso forzado. Ridell era alguien honorable, de eso no cavia duda, gustaba que se cumplieran todas la formalidades en cuanto al cortejo de su hija. Ridell no escucharía porque sentía que habían utilizado a su hija todos esos años, la había ilusionado solo para aprovecharse de su inocencia.
La reputación de la pequeña Rin prendía de un hilo porque se rumoreaba de un enlace prohibido, que Ridell estaba usando a su hija como medio para obtener más poder bajo la protección de uno de los tres reinos más prósperos, los Ueda.
Esa había sido la desdicha de Rin y él.
El reino Ueda había sido reducido a la nada en menos de un día, cuando él, Kohaku, iba a subir al trono y gobernar con la misma sabiduría que su padre.
La gente horrorizada, tirando gritos lastimeros, aun cursaban por su mente. Que fácil era engañar a sus ojos, pensar que los Taisho atacaban sin razón a su pueblo lo embargo de irá que no vi más allá. Naraku solo mostraba y contaba lo que le convenía a la ciega vista de Kohaku, ese fue su primer error.
Su segundo error, el más grande de todos, fue abandonar a su hermana. Ella era muy fuerte y hábil en estrategia, había sugerido muchas veces a su padre que plan aplicar para vencer al enemigo, pero nunca había luchado cara a cara con el enemigo. No estaba seguro de sí su hermana tendría la fuerza suficiente para sobrevivir ante tal veneno, era muy probable que yaciera muerta. Naraku seguramente ya sabría de su escape y sin remordimiento podría haber matado a su hermana.
La muerte parecía insignificante a su lado. La desgracia era su mejor amigo y no había creído en ella hasta que vio como mataba todo a su alrededor, como se quedaba cada vez más solo, sin que nadie deseará estar a su lado.
La mujer que había rescatado se sentía tan desgracia que prefirió suicidarse ante sus ojos y antes de fallecer le dijo que estaba maldito, que ella se encargaría de que pagara todo el daño que había causado desde el más allá.
― Lo siento ―se disculpó una vez más con el cadáver blanco.
― Lo siento ―se disculpó en memoria de su hermana que seguro le esperaba en el más allá―. Voy a matar al zurullo que nos ha dañado tanto, Naraku.
― Naraku ―repitió con ira.
Recostado sobre las piedras húmedas miro una vez más al cadáver de la mujer, sus ojos seguían abiertos, parecía viva y su piel porcelana era la única que decía lo contrario.
Enterraría a esa mujer y luego caminaría sin cesar hasta el reino Brown, pediría ayuda al único hombre con el cual tenían algo en común. Sesshomaru era el único que podía ayudarlo y a la vez destrozarlo, ese hombre poseía la suerte de la cual el siempre careció.
…
El tiempo pasa irremediablemente y para quienes esperan respuestas positivas, con resultados exitosos, no quedaba otra más que desprender felicidad.
La habitación iluminada por el sol radiante solo era un meñique de lo feliz que se sentía Rin. Abrazaba a su padre cada cuanto podía y en las noches se quedaba en vela con libro en mano, a veces caía rendida con la cabeza apoyada en la mano de su padre.
― He escuchado murmullos de que no te has presentado ante reino ―dijo Ridell recostado en la cama.
― Pero si me conocen padre ―rio ingenuamente para desorientar a su padre.
― ¿Entonces? ―dirigió su vista a Sesshomaru que mantenía su atención en un libro.
― Me parecía más llevadero realizar una bienvenida cuando usted, señor Brown, se encontrará mejores condiciones ―la parquedad en sus palabras hicieron que Ridell frunciera el ceño.
Rin sintió el ambiente tenso. La relación de su padre con Sesshomaru era cruda y llena de resentimiento, parecía que se odiaban tanto que en algún momento se retarían a un duelo.
― No quería festejar nada sin asegurarme que estés bien ―dijo Rin besando la mano de su padre.
― Ya es hora de que compartas lecho con tu esposo ―se recostó totalmente en la cama para descansar.
Rin miro perpleja a su padre. Desde que recupero sus energías no había parado de lanzarle indirectas, parecía que la quería lejos de él.
Sesshomaru cerró el libro al notar el abundante silencio. Ridell no observaba a su hija y Rin tenía la mirada fija en las sabanas.
― Sus palabras son tan certeras ―arguyo Sesshomaru con sorna a Ridell y posó una mano en el hombro de Rin―. Mi señora ―le sugirió que ya era hora de que se marcharan.
― Quiero hablar con mi hija ―expreso Ridell al notar la tristeza reflejada en los ojos chocolate.
― Por supuesto ―respondió Sesshomaru saliendo da la habitación.
― No soy estúpido Rin ―empezó Ridell―. No escaparás de tu matrimonio por una simple piedra y cumplirás con tus deberes.
― Para que deseas una bienvenida si vas mandarme lejos otra vez.
― No te mandare lejos, regresaras a tu hogar. Yo no amaba a tu madre cuando me casé con ella, pero aprendí a amarla y fruto de ello eres tú.
― Que no esté en cinta ―titubeo en sus palabras― es el problema.
― Además de ese problema he notado como evades a tu esposo ―relajo sus facciones.
Le dolía decir todas aquellas palabras, pero una desunión era matar la poca reputación que le quedaba a su hija. Ya podía imaginar como todo el reino Taisho la juzgaba por el plano vientre y la sorpresa que se llevaría el reino Brown cuando observaran a su representante, a la portadora de la valerosa sangre Brown, siendo rechazada por su conyugue.
― Tan si quiera sabes por qué ―dijo Rin un tanto alterada.
― La traición no se perdona, pero la tradición se respeta ―objeto el hombre.
― ¿Qué debo entender? ―hablo Rin sumida en la decepción― Mejor aún, responde por qué ¿por qué me obligaste a esto?
― Pasaste demasiado tiempo con el joven Ueda y no tendrías ningún resultado a su lado ―aclaró su padre.
― El tiempo es lo que lo hacía maravilloso padre.
― Entonces no pierdas el tiempo. Si el tiempo es valioso para ti, sabrás como aprovecharlo con tu situación actual.
― ¡Oh! Claro que lo disfrutare ―arguyo Rin para luego hacer una reverencia de despedida a su padre.
Salió de la habitación molesta y al doblar por uno de los pasillos se encontró con Sesshomaru esperándola, su postura era recta y relajada, apoyada en la pared piedra pulida.
― Mi padre es bastante gentil con su presencia, señor Taisho.
― Su lengua afilada tiene maravillosos efectos en ti, señora Taisho ―respondió Sesshomaru mirándola de reojo.
― Estoy cansada ―se detuvo frente a él―. Cárgame ―ordenó con simpleza.
Sesshomaru bosquejo una leve sonrisa ante la intrepidez de su esposa que apenas llegaba a su hombro. Los ojos dorados habían podido observar con detenimiento que Rin seguía siendo una niña, no se había casado tan joven como otras, pero seguía siendo muy joven comparado con él.
― ¿Y? ―dijo Rin con las mejillas sonrosadas. Sus enfados tomaban maneras muy graciosas cuando los expresaba con su esposo.
Sesshomaru dibujo una sonrisa más marcada cuando vio como el cuerpo de Rin se erguía para alcanzarlo en su altura.
El cuerpo de Sesshomaru se inclinó hasta el rostro de Rin y observo los ojos chocolate detrás de esas pestañas tupidas.
Rin sentía que sus mejillas pasarían a un nuevo nivel de sonrojo.
― Las manos hacia el cuello ―demando Sesshomaru al cargarla por sorpresa.
― Ahh ―Rin respingo ante el sorpresivo romanticismo que se había formado o al menos esa apariencia daba para quien los miraba.
Rin presiono la cabeza contra el pecho duro de Sesshomaru. La vergüenza y el sonrojo que sentía cada vez más grande por ser observada por su padre le provocaba una inmovilidad en todas sus extremidades.
― ¿Sabías que mi padre nos está observando? – pregunto Rin con las manos enredadas al cuello de él.
― No ―respondió Sesshomaru y se dispuso a caminar sin mirar al hombre.
La respiración de Rin chocaba contra su pecho y el flequillo ocultaba el bonito sonrojo que reflejaban las mejillas. Le parecía exquisitamente exótica, única entre tantas buenas y malas mujeres habidas y por haber, la piel pálida y las mejillas rosadas eran algo que deseaba volver a ver sin preceptos.
Rin se encontraba petrificaba sobre la cama mullida, la calidez que esparcía con su cuerpo no podía calentar al frio corazón de Sesshomaru, quien se encontraba sentado en la mesa con pergaminos en mano.
Ella observaba cada cierto tiempo los movimientos de Sesshomaru, eso le recordaba tanto al reino Taisho, a ese tiempo donde callaba y esperaba a que él se adentrara y tapara con las sábanas, mientras ella ya dormía por la espera.
― ¿Te molestas la luz de la vela? ―pregunto Sesshomaru al escuchar el crujir de la madera de la cama cada vez que Rin giraba para acomodarse.
― Para nada ―dijo Rin sentándose en la cama y observando a Sesshomaru.
― ¿Quieres que duerma contigo? ―lanzó otra pregunta y está vez se giró para observar a Rin.
Rin se quedó mirando los infinitos ojos dorados y sin mucha disputa entre su pensar y actuar… Levanto las sábanas para que él se recostara.
Sesshomaru soplo la vela para luego dirigirse hacia el catre. Las manos se enlazaron entre la oscuridad y los cuerpos permanecieron estáticos, uno junto al otro. No dijeron nada por miedo a romper tan esporádico momento.
…
La alegría es momentánea, al igual que la tristeza. El castillo Higurashi había pasado por tantas calamidades, habían visto venir e ir a tantos de los suyos, los habían extrañado y llorado en su momento, pero alegría siempre volvía a reinar.
Los pasillos se inundaban de risas y chismes que alegraban hasta al más severo Higurashi.
A Nela Higurashi, mamá de Kagome Higurashi, le era tan difícil creer, de aceptar, que hace unos meses tuvo que enterrar el cuerpo calcinado de su hija. La alegría no volvía a ella y el pesar la mantenía en un estado de depresión.
― Encerrarte aquí no la traerá de vuelta ―dijo Nestor Higurashi.
― Te das cuenta que ya no tenemos hijos ―grito Nela sentada cerca de la venta.
― Nela, necesito que sonrías ―suplico Nestor arrodillado y sujetando las manos de su esposa―. Necesito ver tu sonrisa porque estoy empezando a morir en desesperación.
― la señora Nela siempre ha tenido el suplicio de perder todo lo que ama ―habló el abuelo Higurashi.
― Papá, sabes que eso solo son dichos de campesinos ―protesto Nestor.
― Señores ―entro un guardia― señora ―termino de saludar a todos los presentes.
― Espero que sea importante ―dijo el viejo Higurashi.
― Una carta del señor Miller ―entrego el pedazo de pergamino al mayor Higurashi.
― Ese hombre no causa confianza ―arguyo Nestor.
El abuelo Higurashi observo a su hijo para luego abrir el pergamino enrollado. Los ojos casados leyeron la carta sin interés hasta que la guardo dentro de su túnica.
― ¿Algo importante padre? ―cuestiono Nestor que abrazaba a su perdida esposa.
― Miller dice que Kagome sigue viva ―contesto pensativo.
― ¿Mi Kagome sigue viva? ―dijo Nela apretando la túnica de su esposo.
― El castillo Higurashi no mandara tropas a favor de Miller sin antes ver pruebas de sus palabras ―ordeno el abuelo Higurashi.
Los ojos zafiro perdieron el brillo de esperanza que se había formado y lentamente dejaron de apretar la túnica de su esposo.
Nestor aliso el cabello desordenado de Nela y con la mirada le suplico que se mantuviera tranquila, porque él buscaría la manera de llegar a su hija.
― ¿Puedo leer la carta? ―pidió Nestor que no dejaba de abrazar a Nela.
La carta había sido leída más de una vez y Nela no dejaba de lagrimear, trataba de mantenerse fuerte, su esposo le había pedido fortaleza.
Observaba las puertas del castillo cerradas y luego su vista se dirigía a la cama vacía, su esposo había salido en busca de pruebas para convencer al abuelo Higurashi de que Kagome seguía viva.
Buen día, buena tarde o noche. :D
RenBellatrix reportándose después de cinco meses con nuevo capítulo. x3 (muere de vergüenza y pide disculpas de nuevo).
Muchas gracias por comentar a Floresamaabc, Carmenjp, Vivly, Graciela, Lili, Guest y Mia Montes, las adoro chicas, gracias por tomarse el tiempo de leer y comentar, son las mejores. :D
Muchas gracias a todos los que siguen la historia y la tienen agregado a sus favoritos y por qué no… Gracias a todos lo que leen en secreto y les gusta el fic.
Floresamaabc: Espero que te guste el capítulo y a ver si te genera más preguntas. xD
Esos dos hombres venían con Kohaku, pero tenían órdenes explicitas de Naraku. No tuve el valor de matar al papá de Rin. Dx
Carmenjp: Lamento haber tardado tanto en actualizar, pero los estudios me tenían los pelos de punta y espero que te guste como va fluyendo el amor entre ellos. D/x
Vivly: Ya termine de rascarme la cabeza y ahora solo me queda saber que tal. xD
Graciela: Lamento haberte hecho esperar tanto y más cuando sé que te gusta la historia.
Lili: Te hice caso y aquí vimos a Sango, Kagome, Inuyasha, Kaede y a Kohaku, pero también me centre en la pareja, dame tu opinión. ;D
Guest: Si ese capítulo te gusto… esperemos que este te encante. :D
Mia Montes: Tarde, tarde, pero muy tarde, y aun así aquí te tengo un nuevo capítulo. D/x
Hasta el próximo capítulo. :D
23/11/2018
