Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lisa Marie Rice.


Capítulo 13

«Tengo noticias…»
El mensaje llegó a la Blackberry de Demetri Rutskoi, que la había dejado a la vista. Rechinó los dientes. Cuando todo aquello terminara, iba a revisar los archivos personales de Jasper y a encontrar al cabrón que le estaba jodiendo.

Fueran cuales fuesen las noticias, el hombre o la mujer —según su experiencia, nada como una mujer para llevar a cabo una traición—, no iba a darle ninguna información más hasta que le fuera transferido el siguiente pago. Y Rutskoi tenía que fiarse de que las noticias valieran 100.000 dólares.

Apartó el ojo de la mira y mandó un e-mail desde la Blackberry dando órdenes precisas a su banco en Suiza. La transferencia se realizó de inmediato.

Un cuarto de hora más tarde, su informante escribió:
«El objetivo estará en el salón a partir del mediodía. El salón se encuentra a cinco habitaciones del extremo sur, ventanas décima y undécima. Ha pedido comida y podría quedarse allí durante un tiempo.»

¡Sí! Demetri por fin tendría a Jasper a tiro, en línea recta con su Barrett, durante un buen rato. Y esta vez se aseguraría de acabar con su objetivo de una vez por todas.

Podía sentir una ráfaga de poder corriendo por su cuerpo. Durante los últimos días tan sólo había echado alguna cabezadita, pero de repente la fatiga desapareció como si jamás hubiera existido. Se sentía alerta, descansado. Preparado. Iba a lograrlo; lo sentía en los huesos. Iba a liquidar a Jasper, a convertirse en un hombre rico y, en los círculos adecuados, famoso.

Volvió a colocarse sobre el rifle, sintiéndose increíblemente lúcido. Su destino le aguardaba. Jasper moriría y él ascendería. Así es la vida.

.

Sin prisa, tomaron el desayuno que les habían dejado en la puerta el grupo de hadas buenas que aparentemente manejaban la casa de Jasper. Las hadas hacían un trabajo excelente. Yogurt y té hindú, cruasanes caseros y arándanos frescos.

Jasper dijo que ofrecería un ligero almuerzo al hombre misterioso que llegaría a mediodía, de modo que ella comió con moderación.
El ambiente entre ellos había cambiado, se había intensificado. Alice ya no se sentía cohibida en presencia de Jasper. Hablaban con naturalidad, como una pareja más haciendo planes. Él le preguntó adonde deseaba ir y ella le contestó que lejos, a algún lugar con palmeras.

Jasper guardó silencio durante un momento, y luego asintió.
—Serán precisos ciertos pasos, duschka —dijo—, pero que así sea.
Alice le tomó la mano y se la llevó a la cara.
—Pero juntos. —Depositó un suave beso en la amplia palma—. Lo haremos juntos.
Él giró la mano para recorrer su mejilla con el dorso del dedo índice.
—Sí, amor mío, lo haremos juntos. Será difícil y peligroso. Tendrás que aprender a llevar una nueva vida en un lugar muy distinto a éste y, posiblemente, enfrentarte a un nuevo idioma. Nada será fácil o familiar, pero estaré contigo en todo momento.
Se puso en pie, sin apartar la mano de su bello rostro.
—Tenemos mucho que hacer hoy, Alice, así que sería buena idea que te preparases. Dejaré que te duches y te arregles, y nos reuniremos en el salón a mediodía.

Salió de la habitación rápidamente. Resultaba extraño que un hombre de aquel enorme tamaño pudiera moverse con tal rapidez y sigilo. Estaba ahí y… al instante ya no estaba.

Alice se levantó y se acercó a las ventanas, colocando ambas manos sobre el frío cristal. La nieve caía ahora con mayor fuerza, impidiéndole ver con claridad, y las nubes habían descendido, volviéndose más oscuras. Era muy posible que se acercara otra tormenta de nieve.

¿Sería la última que vería?

Resultaba extraño pensar en ello. Pensar que su vida estaba dando un giro drástico. Podría no volver a ver nunca la nieve. Y ciertamente no volvería a ver Nueva York.

Alice colocó las manos de manera que formasen un marco y las desplazó sobre el ventanal, capturando escenas de Nueva York y guardándolas en su memoria. Quedarían almacenadas en su subconsciente, serían procesadas y surgirían en el momento más adecuado.

Entró en el suntuoso baño de Jasper, tratando de escoger entre la bañera de hidromasaje y la ducha. Se decidió por ésta última y luego se vistió con uno de los escandalosamente caros y bonitos trajes que él le había comprado.

Sabía de forma instintiva que a Jasper le complacía comprarle cosas caras. A ella no le importaban demasiado. Se había pasado toda la vida sin ellas y se contentaría con vestirse en tiendas baratas durante el resto de sus días. Pero la ropa era preciosa y Alice sabía apreciar la belleza, de modo que se lavó y vistió con esmero.

Aquella mañana Jasper y ella habían unido sus vidas. Resultaba extraño no estar sola. Desaparecerían juntos y pasarían el resto de sus vidas juntos.

Era algo que jamás se hubiera atrevido a imaginar.

El enorme reloj sobre la monumental repisa de la chimenea dio las once en punto. Al igual que en todas las habitaciones, había un fuego encendido. Jasper debía de haber pasado tanto frío de niño, que estaba resuelto a no volver a pasarlo. Quizá un lugar soleado, sin malos recuerdos, también sería bueno para él.

Alice cruzó la inmensa estancia, sonriendo al pensar en la nueva vida que comenzarían a planear en el salón.

.

Tres habitaciones más allá, una mujer se entretenía junto a la ventana, con las manos sobre el cristal. Permaneció allí durante un rato, en la misma posición, como si contemplara la vista nevada. La nieve no entorpecía a Demetri; veía claramente el nítido contorno verde y rojo de la silueta femenina.

Su dedo se tensó sobre el gatillo. El ángulo era tal, que matar era un posibilidad real. Estaba seguro de que se trataba de la mujer de Jasper, apostaría cualquier cosa a que lo era.

El punto de mira le apuntaba justo al corazón.

Perder a su mujer volvería loco a Jasper. Justicia poética por no compartir.

No. No la mataría todavía. Jasper tenía que ser su primer objetivo. Así era como tenía que ser.

Observó a la mujer a través de la mira térmica hasta que ella se apartó y el dedo se relajó sobre el gatillo.

Aún no, pero pronto.

Echó un vistazo al reloj. Las once en punto. Quedaba otra hora.

.

En el estudio, Jasper reunió algunos de sus pasaportes. Necesitaría un par de identidades que cuadraran con las que iban a crear para Alice.

Aquellos que decían que menos es más, estaban muy equivocados. Más era más.

Tenía siete identidades, profundamente arraigadas, de cinco nacionalidades distintas, con tarjetas de crédito, partidas de nacimiento y documentos que se remontaban a varios años atrás. Además, contaba con un par de identidades desechables, menos antiguas, para utilizar en caso de emergencia.

No iba a tener tiempo para establecer identidades arraigadas para Alice, de modo que lo que crearan tendría que ser impecable.
Por suerte contaba con el hombre perfecto para el trabajo. Una gran maleta de ruedas repleta con dos millones en billetes de cien dólares aguardaba al falsificador en el salón, junto con el almuerzo y dos botellas de vino.

Todo empezaría al cabo de media hora, así que Jasper se concedió unos pocos minutos para reflexionar acerca del enorme giro que había dado su vida. Iba a pasar el resto de sus días con la mujer a la que amaba. Irían a una remota isla del Pacífico, a una parte del mundo en la que jamás había hecho negocios, y construiría o compraría una hermosa casa para los dos, soleada y bien ventilada. Alice pintaría y él adquiriría la compañía aérea y la naviera locales. Era un negocio que conocía a la perfección y que le permitiría seguir la pista a cualquiera que entrara o saliera de la isla.

Sus labios se curvaron. Dirigir un negocio honrado podría ser interesante.

Lo más increíble de todo aquello era que Alice iría con él. Alice era «feliz» a su lado.

Alice le amaba.

Nunca le habían amado. Había sido odiado, temido y envidiado, incluso admirado, pero nunca amado.

Alice le amaba.

Jamás se cansaría de ello.

Podría dejar atrás la riqueza y el poder sin problemas. Es más, habían comenzado a pesarle como una losa. Nunca se le había pasado por la cabeza bajar las defensas y comenzar un nuevo negocio, pero la vida le había ofrecido una oportunidad de redimirse y pensaba utilizarla.

No era que tuviese intención de relajar la vigilancia, sobre todo teniendo que proteger a Alice. Pero la violencia y el poder ya no definirían su vida. Serían simplemente un medio de proteger la vida de Alice y la suya propia.

Estaba tan absorto en esa idea que ni siquiera se había ocupado de perseguir al traidor que había entre sus filas. Pronto se marcharían. Quienquiera que le hubiera traicionado acabaría con las manos vacías.

Oyó llamar suavemente a la puerta y sonrió, sabiendo que era Alice. De hecho, se le aceleró el corazón. El ritmo de su corazón era siempre tan firme como sus manos, pasara lo que pasase. Se había mantenido frío multitud de veces estando acorralado, en medio de un tiroteo, rodeado de enemigos. Alice había cambiado eso.
—Pase —dijo con voz firme.
Nunca había sido tan feliz. Sentirse compenetrado con otro ser humano al punto de que podía leerle el pensamiento, ser lo primero para ella, importarle… Todo ello suponía tanta dicha que era como si le hubiera visitado un unicornio.
No, no un unicornio, algo mejor.

Alice. Desde que la vio por primera vez, reconoció en ella la misma profunda soledad en la que él había vivido. Le resultaba un auténtico misterio que los hombres pudieran mantenerse apartados de una mujer tan bella y bondadosa como ella y, sin embargo, nadie sabía mejor que él lo redomadamente estúpidos y duros de mollera que eran la mayor parte de ellos. Alice era, en efecto, una rara belleza, pero parecía haber nacido sin la pesada armadura con la que la mayoría de las mujeres hermosas nacían. Era abierta, vulnerable, incapaz de engañar a nadie.

Era lo que hacía que la quisiera, pero comprendía muy bien en lo que eso la convertía: en una presa.

Bueno, ya no lo era, y no volvería a serlo. La protegería ferozmente durante el resto de sus vidas.

La joven se asomó por la puerta, dejando que una cascada de brillante cabello negro cayese por el marco.
—¿Jass? —dijo en voz baja—. Sé que es pronto, pero no tengo nada que hacer y se me ha ocurrido que podríamos esperar juntos a ese hombre en el salón.
Entró en el estudio y se acercó a él despacio.
—Buena idea —asintió Jasper—. Descorcha una botella de vino y sirve tres copas. Enseguida voy.
Ella le brindó una ligera sonrisa.
—Supongo que ya estamos empezando nuestra nueva vida, ¿verdad?
Dios, qué bien sonaba eso.
—Sí, duschka —respondió con suavidad, alzando la mano para acariciarle la mejilla. Alice se frotó contra ella. Le encantaba el modo en que reaccionaba cada vez que la tocaba, cómo le complacía su contacto—. Comienza ahora. En el salón.

.

Alguien entró en el salón.

Demetri había estado en un constante estado de alerta, pero ahora la adrenalina fluía rápidamente por su cuerpo agudizando sus sentidos aún más. Le encantaba aquello. Había nacido para eso.

Había llegado el momento. Lo sentía en cada fibra de su ser. Estaba a punto de lograr su objetivo.

La figura de vivos colores rojo, dorado y verde que entró en la habitación era esbelta, de hombros estrechos, con media melena. Se trataba de la mujer.

El dedo que tenía sobre el gatillo se aflojó ligeramente.

Rutskoi respiró de forma regular, inspiró y exhaló, dejando que la adrenalina diese vida a cada célula de su cuerpo. Lo suficiente para agudizar sus sentidos, pero no como para hacer que le temblaran las manos.

Perfecto.

La mujer se paseó hasta el centro de la estancia y cogió algo. Era difícil saber qué hacía porque se hallaba de espaldas. Parecía que estaba abriendo una botella de vino y sirviéndolo. Conociendo a Jasper, la botella sería sin duda excelente, excepcional y cara.

No viviría para bebería.

La mujer volvió la cabeza y se encaminó hasta la puerta. Rutskoi la siguió a través de la mira térmica. Un hombre entró en la habitación. Hombros anchos, fuerte. Sí, se trataba de Jasper.

La mujer le estaba besando.

Todavía no, se dijo a sí mismo.

Una bala del calibre cincuenta podría atravesar a la mujer, a Jasper, la puerta que tenían detrás y la pared siguiente. Pero no le gustaba el ángulo y las probabilidades. Esperó, pacientemente, viéndolos besarse, frío y distante.

La mujer se estaba alejando de espaldas, sosteniendo la mano de Jasper y conduciéndole hacia el centro de la habitación, donde se ubicaba la enorme chimenea. ¡Mierda! El intenso calor del fuego distorsionaría la imagen. El calor corporal de Jasper se perdería si se colocaba frente al fuego. Demetri tenía que disparar antes de que Jasper llegara hasta allí.

El calor corporal de la mujer desapareció cuando se situó delante del fuego, con la mano estirada asiendo la de Jasper. Él caminaba hacia la chimenea, de perfil.

¡Maldición! Demetri tenía que tomar una decisión relámpago. Apuntar a un perfil requería una precisión milimétrica y lidiar con el efecto distorsionante de la imagen térmica a través de un grueso cristal que podría desviar la bala. Podía dispararle en ese mismo instante o esperar a que Jasper se girara y presentara un blanco frontal.

Todo su entrenamiento y experiencia le decían que esperase.

Rutskoi se mantenía tumbado, alerta pero no tenso, concentrado pero no absorto, con la pierna izquierda ligeramente doblada a modo de apoyo, al estilo del tirador ruso, y esperó.

Jasper tenía una mano delante de la chimenea. Demetri recordaba esa chimenea, una gigantesca y hermosa pieza de mármol blanco y gris, igual que recordaba el resto de la habitación; los lujosos sofás cubiertos con paños de cachemir, las gruesas alfombras, las antigüedades. Jasper vivía como un rey. Maldita sea, Rutskoi también deseaba vivir como un rey.

¡Ah! Jasper se estaba dando la vuelta. La mujer se había acercado más a él, ofreciéndole algo. Una copa. Él alargaba una mano hacia ella mientras mantenía la otra apoyada en la repisa.

Se estaba girando…

¡Sí!

Rutskoi respiró hondo, exhaló y apretó el gatillo.


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