NdA Espero poder seguir publicando como hasta ahora, pero hemos llegado a ese puñado de capítulos donde no tenía las cosas muy claras y todavía no sé cómo arreglarlo. Si el domingo que viene no hay capi, ya sabéis por qué es, sorry. Gracias todos por leer y comentar!

Capítulo 14 Rumores

El informe de Miriam Siegel no dejaba lugar a dudas; entre los mendigos de Londres y Manchester había rumores, y más desapariciones de las que conocía la policía. Además, Miriam había localizado a un mendigo que afirmaba haber visto cómo secuestraban a alguien; Harry se puso ropa muggle y se Apareció cerca de Covent Garden para hablar personalmente con él. Era un hombre de cincuenta o sesenta años, con el pelo blanco y sucio, nariz bulbosa con venillas rosas y ropa llena de manchas. Se llamaba Richard –no quería dar su apellido- y Miriam aseguraba que aunque no estaba del todo en sus cabales, su testimonio era bastante fiable. Harry se presentó como detective privado y en cuanto le puso delante un billete de cincuenta libras, el hombre empezó a contar todo lo que recordaba.

-Fue hace un mes, poco antes de Navidad. Joe y yo íbamos a acercarnos a Whitechapel porque allí conocemos un buen sitio para pasar la noche. La policía pensaba que estaba borracho, pero yo no estaba borracho. Eso es lo que ellos quieren hacer creer.

-¿Qué pasó?

-En el albergue no admitían a más gente, así que nos fuimos a pasar la noche a un callejón donde pensamos que estaríamos más resguardados del frío. Y nos tapamos bien y nos escondimos para que no pudiera vernos la policía ni ninguna pandilla con ganas de molestar, ¿sabe? Y yo creo que por eso a nosotros no nos pasó nada, porque no estábamos a la vista, pero ese otro chico era joven y no llevaba en la calle mucho tiempo.

-¿Qué joven?

-Uno que vino después de nosotros, No se había escondido bien y ellos le vieron.

-¿Quiénes?

El hombre miró recelosamente a su alrededor antes de contestar en voz baja.

-Ellos, las tres sombras.

-¿Las tres sombras?-repitió Harry, sin saber si era algo relacionado con la magia o algo relacionado con la ligera inestabilidad mental de aquel hombre.

-Sí, iban de oscuro y se movían casi sin hacer ruido. Pero yo les vi, vi cómo se llevaban a ese chico. Le habían disparado, ¿sabe? Eso es lo que me había despertado. Y se lo llevaron entre los tres, vaya que sí.

Harry frunció el ceño, intentando averiguar qué podía haber visto.

-Entonces, ¿lo mataron?

-No, no, no era un disparo de esos –le aclaró Richard, con un poco de impaciencia-. Usaron una pistola de dormir animales. Quizás eran extraterrestres. ¿sabe? Y se lo llevaron para meterlo en un zoo, un zoo para personas.

Que se lo llevaran inconsciente tenía mucho más sentido que llevarse un cadáver. Y Harry empezó a entender por qué Miriam había pensado que Richard podía haber visto algo relacionado con el caso: exceptuando su teoría sobre extraterrestres, lo que contaba no sonaba a desvarío.

Pero… ¿habían usado pistolas de dardos tranquilizantes? Eso no sonaba muy mágico.

-¿Se lo llevaron a cuestas? –le preguntó, pensando que igual lo había visto flotar.

El mendigo lo miró con ojos ligeramente legañosos y esbozó una sonrisa astuta.

-Le digo una cosa: usted me da otro billete y yo le cuento algo que le interesará.

Harry fingió que vacilaba para no dar la impresión de que le daba lo mismo desprenderse del dinero, pero en casos como ese prefería aumentar el soborno a recurrir a las amenazas.

-¿Y bien? –preguntó, cuando Richard se guardó el segundo billete.

-Había una furgoneta aparcada justo enfrente del callejón, una furgoneta negra. Abrieron la puerta y lo echaron dentro, vaya que sí. Y se marcharon al momento. Nadie ha vuelto a ver ese chico, ¿sabe? Y se lo dije a la policía porque yo soy un buen ciudadano y no está bien llevarse a la gente en furgonetas, pero ellos no me hicieron caso.

Harry dudaba. Por un lado, esa furgoneta negra podía ser la pista que les condujera a resolver aquel maldito caso. Pero por otro lado, no había encontrado un solo indicio firme de que aquel secuestro, si es que había existido, guardara relación con las desapariciones en el mundo mágico.

-La policía tendría que haberle escuchado –le dijo-. Dígame, ¿puede decirme algo más sobre la furgoneta? ¿Vio de qué marca era o el número de la matrícula?

-No, estaba medio escondido, acuérdese.

Harry imaginaba que podían conseguir información extra si usaban la Legeremancia, pero estaba prohibido usarla en muggles sin permiso del Wizengamot.

-Señor… me gustaría volver a hablar con usted dentro de tres días. Podemos quedar aquí, a la misma hora, ¿le parece?

-No sé… Tengo que ganarme la vida, ¿sabe?

-Le compensaré por el tiempo perdido, por supuesto –contestó Harry, reprimiendo el impulso de señalar que un buen ciudadano no le habría perdido dinero a cambio.

-Entonces aquí estaré.

Harry se despidió de él y se fue hacia el punto en el que se había Desaparecido. Tenía que poner a la BIM a buscar esa furgoneta y que conseguir lo antes posible un permiso del Wizengamot para usar la Legeremancia en aquel muggle.


Mortimer Crane era uno de los magos más aburridos que Draco había conocido en su vida. Hasta su ropa y su aspecto gritaban lo aburrido que resultaba. Pero Crane tenía bastante influencia en el Departamento de Refuerzo de la Ley Mágica – que fuera aburrido no significaba que fuera incompetente- y su mujer estaba en la Junta Escolar de Hogwarts. Draco había empezado a cultivar aquella relación desde hacía ya más de tres años, cuando aún vivía con su mujer y sus hijos en el extranjero y viajaba a Londres constantemente para ayudar a Lucius con sus negocios.

Crane quería comprarle un regalo a su mujer y admiraba el buen gusto de Draco, así que éste se había ofrecido a ayudarle como si nada le apeteciera más. Después de una hora, cuando por fin encontraron el regalo perfecto, la cabeza le dolía y verlo marchar fue todo un alivio, como si el mundo recuperara sus colores. Draco decidió dar una vuelta para despejarse un poco antes de volver a Malfoy manor y quizás tomarse un whisky de fuego en Innsbruck, una cervecería alemana que habían abierto una pareja de brujas de ese país. A Draco le caían simpáticas porque le ahorraban tener que ir obligatoriamente al Caldero Chorreante si quería tomarse algo más fuerte que una cerveza de mantequilla en la heladería de Florean Fortescue. Odiaba contribuir a la bonanza económica de los Longbottom.

Al pasar por delante de Flourish y Blotts vio algo en el escaparate que le hizo frenar en seco y preguntarse si había tenido una alucinación. Pero no, ahí estaba, la cara de esa mema de Romilda Vane y arriba, en letras bien claras, "Biografía de una heroína". No podía creerlo. Habían sacado una biografía de aquella idiota, que no había hecho nada más con su vida que estar en Hogwarts durante la batalla. Probablemente ni siquiera había llegado a luchar.

Draco había conseguido salir adelante porque se había convencido a sí mismo de que la vida era algo más que aquella maldita guerra, que habría otras oportunidades que no pensaba desaprovechar. Pero casi veinte años después, aún pasaban muchas cosas que hacían flaquear su convicción, aún había veces en las que pensaba que nada de lo que hiciera valdría la pena porque su papel durante la guerra pesaba más que cualquier cosa que pudiera hacer.

Su sorpresa no le impidió ver, reflejado en el cristal, que alguien se acercaba a él, pero lo reconoció enseguida y no se preocupó. Era Conrad Montague, un Slytherin. Parte de su familia había simpatizado bastante con el ideario de Voldemort, pero esa rama en concreto se había mantenido al margen de cualquier actividad que pudiera crearles problemas tras la guerra. Conrad Montague tenía cuarenta y dos años y sus ojos, azules y saltones, mostraban un desprecio mezclado con unas gotas de humor.

-A veces da pena pensar en lo que se está volviendo nuestro mundo, ¿verdad? –dijo, señalando el libro.

Draco hizo un ruidito irónico.

-No creo que llegue muy lejos en la lista de libros más vendidos, de todos modos.

-Así son las cosas en el Nuevo Orden –comentó Montague-. No queda otro remedio que adaptarse para sobrevivir… al menos hasta que lleguen tiempos mejores.

Hubo algo en su modo de decir esas últimas palabras, un modo de subrayarlas con la mirada, que hizo que a Draco le sonara una alarma en el interior de su cabeza. Y lo primero que pensó fue que ahí pasaba algo y que necesitaba más información.

-¿Tiempos mejores? –repitió, haciendo que su voz expresara sólo un ligerísimo interés.

-Algún día han de llegar, ¿no es cierto? –dijo, con una aparente inocencia-. Estas cosas son como el movimiento de un péndulo.

-Ese cambio parece muy lejano.

Montague esbozó una sonrisa.

-No tan lejano, seguro. Aunque ya sabes cómo funcionan estas cosas: hay que ser listos y saber aprovechar la oportunidad.

La cabeza de Draco funcionaba a toda velocidad, analizando todas las implicaciones de las palabras de Montague. Estaban preparando algo, algo que podía ser beneficioso para su familia. En aquel momento no podía sentir lealtad alguna hacia una sociedad en la que en muchos sentidos seguía siendo un paria, tolerado a duras penas porque los Malfoy aún eran capaces de arruinar a quien quisieran o de hacer préstamos a fondo perdido al ministerio para paliar su déficit crónico de dinero. Pero Draco había aprendido amargamente las consecuencias de seguir a ciegas a un visionario y no pensaba cometer el mismo error. No apoyaría a nadie que quisiera oponerse al orden establecido hasta no estar completa, objetivamente convencido de que esta vez se trataba del bando ganador.

-También hay que ser listos y saber distinguir las oportunidades de los simples deseos –dijo al fin-. Los Malfoy nos hemos vuelto bastante recelosos.

Si Montague estaba decepcionado, no lo demostró; sólo sonrió y sacó una tarjeta de su bolsillo.

-Tenía intención de charlar contigo de todo esto. Si estás interesado, aquí tienes mi dirección; mándame una lechuza y será un placer hablar contigo.

Draco se la guardó en el bolsillo. Montague se Desapareció casi al momento, después de despedirse de él, y Draco se quedó mirando el espacio que había ocupado segundos atrás, demasiado concentrado en sus propios pensamientos como para darse cuenta de lo que estaba haciendo.

¿Realmente estaba gestándose algo? ¿Era aconsejable acercarse a Montague aunque sólo fuera para averiguar de qué iba todo aquello? ¿Y si tenía que ver con las desapariciones? Parecía demasiada coincidencia. Tenía que regresar a Malfoy manor y contarle aquella conversación a Astoria y a sus padres.


Unos días después, Minerva McGonagall esperaba en su despacho a que llegara Astoria Malfoy. Desde que le había llegado una carta suya pidiéndole cortésmente una entrevista para hablar con ella sobre su hijo Scorpius, Minerva se había preguntado de qué se trataría.

La directora de Hogwarts había observado a Scorpius a menudo en el Gran Comedor y había hablado de él con otros profesores a lo largo de aquellos meses. Todos coincidían en que el niño tenía un buen rendimiento académico y la mayoría decían que en clase no daba problemas. Pero con Neville se portaba horriblemente mal, insultaba a los Gryffindor, le hacía la vida imposible a Watson y se había metido en una pelea con Albus Potter… Se notaba que era un Malfoy. Probablemente Scorpius se habría quejado de algo a sus padres –Draco lo había hecho constantemente, a su edad- y Astoria venía a protestar también por la más peregrina de las estupideces.

A la hora convenida, la magia del despacho le avisó de que alguien estaba diciendo la contraseña para entrar a su despacho y unos segundos después, Astoria Malfoy entró en la habitación.

Minerva le había dado clases cuando enseñaba Transformaciones. La recordaba como una alumna que rendía muy por debajo de su capacidad, más preocupada por divertirse que por los estudios. Pero no había sido una mala chica, para ser una Slytherin, y Minerva se había sentido ligeramente decepcionada al oír que se había casado con Draco Malfoy. Astoria podía haber conseguido alguien mejor y lamentaba que se hubiera dejado cegar por el dinero, que era lo único que los Malfoy podían ofrecer ya.

La mujer que tenía delante estaba lejos de parecerse a la colegiala de su memoria. Era una mujer de treinta y cinco años, bonita sin apabullar, que vestía una túnica exquisita y sonreía con suma educación.

-Me alegro de verla, profesora McGonagall.

-Señora Malfoy… Siéntese, por favor.-Astoria lo hizo, con un gesto elegante que tenía que haber aprendido de Narcissa. La recordaba mucho más natural-. Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?

Astoria se puso más seria.

-Verá, profesora, hemos recibido algunas cartas de nuestro hijo Scorpius que nos han dejado bastante inquietos. Según Scorpius, hay un profesor que realiza comentarios sobre los Slytherin, incluso sobre la familia de mi esposo, que no creo que sean los más adecuados para realizar en medio de una clase.

Minerva no quiso ni imaginar las mentiras que se habría inventado aquel mocoso malcriado.

-Señora Malfoy, estoy convencida de que es imposible que un profesor de Hogwarts se comporte de ese modo.

Ella asintió.

-Lo sé. Lo sé. También nosotros pensamos al principio que Scorpius tenía que estar exagerando… A veces es tan susceptible… -Astoria dio un pequeño suspiro-. Pero entonces me acordé del profesor Snape, y de las cosas que le decía a Harry Potter. Lo sé porque mi esposo, mi hermana y mi cuñado me han hablado de eso a menudo.

Minerva resistió el impulso de mirar el cuadro de Snape que colgaba de la pared.

-El profesor Snape era un caso especial.

-Por supuesto. Recuerdo que a menudo mi hermana se preguntaba cómo era posible que Dumbledore consintiera que un profesor hablara así a unos alumnos. Y no hablo sólo de Harry Potter, claro, creo que era bastante desagradable con los Gryffindor en general.

-Como ya le he dicho, era un caso especial –repitió, sintiéndose incómoda.

Astoria volvió a asentir.

-Sé que usted nunca consentiría algo así. Pero teníamos nuestras dudas, ya que existían estos precedentes de acoso a un alumno por parte de un profesor, y le enviamos a Scorpius una carta muy seria, explicándole lo grave que puede llegar a ser mentir, incluso exagerar, en un asunto como este. Imagínese nuestra sorpresa cuando Scorpius nos contestó que estaba dispuesto a tomarse la veritaserum y repetir palabra por palabra los comentarios de ese profesor.

-La veritaserum… -repitió Minerva.

-Así es. Y no sólo Scorpius, sino también mi sobrina Morrigan y otros niños de su curso. Como comprenderá, eso nos obliga a tomárnoslo con un poco más de seriedad.

-¿Quién es el profesor que está diciendo esas cosas, según su hijo?

Astoria no parpadeó.

-Neville Longbottom.

Minerva no sabía a quién se esperaba, pero realmente no era a él.

-¿Neville Longbottom? –exclamó, con incredulidad-. Eso es imposible. Le aseguro que el profesor Longbottom es una de las mejores personas que conozco.

-Yo me sentiría mucho más tranquila si pudiéramos aclarar este malentendido, profesora McGonagall. Hemos hablado con otros padres que también tienen alumnos en Slytherin, en otros cursos, y todos dicen que sus hijos se quejan de los comentarios despectivos que tienen que escuchar contra su Casa, pero sinceramente, estoy segura de que no será necesario molestar a la Junta Escolar con esto. Si cree que es lo mejor, tiene mi permiso para avisar a Scorpius ahora que estoy yo presente y usar usted misma la Legeremancia con él, o darle veritaserum.

Era una encerrona. No la había visto venir hasta el final, pero aquello era una encerrona. Estaba convencida de que los Malfoy no se arriesgarían a hacer esa jugada si no estuvieran convencidos de que ella iba a encontrar pruebas de lo que decían. Lo único que se le ocurrió fue intentar ganar tiempo con la esperanza de entender mejor qué debía hacer.

-¿Ustedes no han usado la Legeremancia con él para saber si es cierto?

Astoria arqueó una ceja.

-Somos sus padres, profesora. En algo así, su palabra debe bastarnos.-Había un leve reproche en su voz.

-¿En qué consisten esos comentarios que supuestamente está realizando el profesor Longbottom?-imaginando que, después de todo, no podía ser para tanto.

Astoria apretó los labios un momento.

-Cosas como que no debe esperarse nada bueno de un Malfoy, que mi suegro estuvo en Azkaban o que mi esposo es un cobarde. –Minerva sintió un pequeño sobresalto. Aquello estaba completamente fuera de los límites. No, Neville no podía estar diciendo esas cosas en clase, delante de los alumnos. Astoria continuó hablando-. Perdóneme, pero no me parece que sea correcto decir esas cosas en clase. Y por mucho que todos seamos libres de tener nuestras opiniones, me decepcionaría averiguar que este tipo de actitudes se consideran aceptables en Hogwarts.

-Le aseguro que no lo son, señora Malfoy. Pero todo esto son todavía acusaciones sin fundamento.

-Como ya le he dicho, estoy dispuesta a dar permiso para que interrogue a mi hijo con veritaserum en mi presencia.

Pero Minerva, por confundida que estuviera, no pensaba dejarse acorralar de esa manera.

-No creo que sea necesario llegar a esos extremos. Tiene mi palabra de que hablaré con el profesor Longbottom y que aclararé todo esto.

Astoria aceptó su propuesta con más facilidad de lo que Minerva había esperado.

-Por supuesto. Créame, somos los primeros que deseamos saber qué está pasando aquí. -Dio un pequeño suspiro-. En fin, no la molesto más. Sé que es usted una mujer muy ocupada. Muchas gracias por atenderme, profesora.

Minerva se despidió de ella y no respiró tranquila hasta que Astoria Malfoy desapareció por la puerta de su despacho, dejando tras ella un leve perfume. No se había esperado aquello, no sabía qué pensar sobre lo que podía haber estado diciendo Neville.

Una suave risa maliciosa le hizo girar la cabeza en dirección al cuadro de Snape.

-¿Puedo saber qué te resulta tan divertido, Severus? –le espetó.

-Ha hecho contigo lo que ha querido –replicó la figura del cuadro-. Ese es el estilo de los Greengrass sin duda. Sus redes están hechas de halagos y cortesía.

A pesar de todo, Minerva sintió una chispa de esperanza.

-¿Crees que es una trampa, entonces? ¿Que el chico de los Malfoy miente?

-Oh, no pongo la mano en el fuego por ningún Malfoy, puedes creerme –aseguró Severus-. Pero si están dispuestos a dejar que el niño tome veritaserum, es que no es mentira. Tu queridísimo Longbottom está demostrando que a los Gryffindor también puede gustarles la venganza, después de todo.

Minerva se tensó un poco. El retrato de Severus no había aparecido mágicamente tras su muerte junto con los de los antiguos directores del colegio porque no había sido realmente uno de ellos, igual que esa basura de los Carrow no habían sido profesores. Pero Dumbledore había insistido en que Minerva colgara un marco y Merlín sabría cómo, a las veinticuatro horas un huraño Severus había aparecido en él. Muchas veces, Minerva se arrepentía de haberle hecho caso a Dumbledore.

-No puedo creer que Neville esté siendo ni la décima parte de horrible que fuiste tú con los Gryffindor.

-Fíjate, Minerva, ahora mismo tienes la misma expresión en la cara que tenías cuando justificabas a Sirius Black. Lo justificaste incluso cuando intentó matarme, ¿recuerdas?

-Esa fue mi decisión, Severus, lo sabes muy bien –intervino entonces el cuadro de Albus Dumbledore-. Minerva, si me permites un consejo, deberías hablar cuanto antes con el joven Longbottom. Estoy seguro de que eso nos aclarará todas nuestras dudas.

-Por supuesto que voy a hablar con él. Y espero de verdad que todo esto tenga otra explicación, porque no pienso consentir que los profesores de Hogwarts hostiguen a los alumnos, sean de la Casa que sean.


Estar en Hogwarts era una sensación agridulce. Astoria había sido feliz allí durante los primeros años, siempre y cuando uno olvidara el asombroso favoritismo de los profesores hacia los Gryffindor. Pero después, a finales de cuarto, habían despertado con la terrible noticia de que el profesor Snape había matado al profesor Dumbledore y que había huido con Draco Malfoy. Quinto había sido un horror, con los Carrow mandando torturar alumnos por nada. Ella era Slytherin, así que la habían dejado tranquila, pero Astoria jamás habría podido aprobar algo así. Los Greengrass odiaban la violencia.

Sexto y séptimo, ya después de la guerra, habían sido una tortura diferente. Ningún Slytherin que hubiera estado entonces en Hogwarts podría haber recordado esa época con placer. No, la Casa de Slytherin estaba prácticamente diezmada porque la mayoría de padres no se habían atrevido a llevar a sus hijos al colegio por miedo a las represalias y los pocos que quedaban, precisamente los más inocentes de todos, habían sido los cabezas de turco de los pecados, crímenes y errores de otros.

Astoria había aprendido rápidamente que en demasiados casos, una víctima sólo era un verdugo que aún no había tenido su oportunidad.

Pero Astoria no odiaba a los Gryffindor. En realidad, no odiaba a nadie; era malgastar energías, y a ella no le gustaba malgastar energías. Todo lo que quería era que sus hijos crecieran tranquilos y llevaran vidas razonablemente felices; en ese momento, eso pasaba por hacer que Longbottom dejara de verter sus comentarios personales en clase. Astoria sabía que la directora de Hogwarts haría todo lo posible por evitar una reunión en la que ella y Draco tuvieran que reunirse con Longbottom, y que le contaría alguna excusa ridícula para explicar las acusaciones de Scorpius, pero confiaba en que, en privado, McGonagall forzaría a su profesor a cambiar de actitud, aunque sólo fuera por miedo a lo que podían hacer si Longbottom continuaba sus insultos. Los Malfoy estaban lejos de tener la influencia que habían tenido antes de la guerra, pero eso no quería decir que no pudieran causar problemas, especialmente si conseguían poner de su parte a un buen número de padres de alumnos de Slytherin.

Astoria pensó en Draco e hizo para sus adentros un gesto de preocupación. Él, Lucius y Narcissa aún seguían analizando compulsivamente las palabras de Montague, sondeando discretamente a todos sus conocidos para ver qué sabían de todo aquello. A Draco y a ella –y puede que a Narcissa- les preocupaba un poco que tuviera que ver con las desapariciones, aunque Astoria sabía que, en ese caso, lo más probable era que Draco se negara a tomar parte. Presenciar más muertes y torturas no entraba en sus planes. Y le había jurado que jamás arrastraría a sus hijos al mismo error al que le habían arrastrado sus padres. Pero por otro lado, ¿y si esta vez se trataba realmente del bando ganador? ¿Y si, después de todo, no tenía nada que ver con las desapariciones? Astoria no sabía qué pensar, pero habría preferido que Montague no le hubiera dicho nada a Draco.

Cuando salió de los terrenos del castillo, Astoria usó la Aparición para ir al callejón Diagon, donde le esperaba Draco. Había quedado con él en madame Malkim. Draco estaba en la puerta y la saludó con un beso casi formal en los labios: los Malfoy no eran muy dados a efusiones públicas.

-¿Cómo ha ido?

-Hablará con él.-Se rió-. Tendrías que haberla visto cuando dije que Dumbledore había consentido el horrible comportamiento de Snape con los Gryffindor; puso una cara que habría agriado la leche.

Draco hizo una mueca.

-¿Viste a Scorpius?

-No, como estaba en clase no quería molestarlo. ¿Qué querías enseñarme?

Draco sonrió un poco –era la clase de sonrisa que tenía cuando tramaba algo- y se detuvo unos metros más lejos.

-La casa que hay a la derecha de Innsbruck es desde hace tres horas propiedad de Jacob Bletchey.

Astoria identificó el nombre enseguida. Los Bletchey solían ir a Slytherin o a Ravenclaw; aquel Bletchey era un Slytherin de veintitrés o veinticuatro años, primo segundo del Bletchey que iba a clase con Scorpius.

-¿Y?

-Los Malfoy le hemos prestado el dinero que necesitaba para comprarla.

Astoria pensó un poco. A Draco le gustaba ponerla a prueba así, como en una variante del juego de las Veinte Preguntas. Cuantas menos preguntas necesitaba para comprender su objetivo, mejor. Pero lo único que deducía era que Bletchey iba a ser el brazo ejecutor de Draco en algún asunto.

-¿Con qué oscuro y malvado propósito?

-Jacob va a echarla abajo y a construir una posada. Algo con clase, algo que haga que la gente como los Weasley se sienta elegante. A precios escandalosamente bajos –añadió a última hora, como si fuera una pista.

Astoria lo comprendió al fin.

-Quieres mandar a la quiebra al Caldero Chorreante.

-Sin infringir una sola ley.

-Pero tiene que haber un Caldero Chorreante. Es el modo tradicional de salir al mundo muggle.

Draco se encogió de hombros.

-Cuando los Longbottom pongan a la venta el local, lo compraré. Bletchey, casualmente, también decidirá que quiere vender, o quizás que quiere convertir su posada en algo distinto. En cuanto el Caldero Chorreante vuelva a dar beneficios, será fácil encontrarle otro comprador… O quizás se lo arriende a Hannah, ¿qué te parece?

Astoria meneó la cabeza. No es que conociera mucho a Hannah Longbottom, pero estaba segura de que no querría trabajar para un Malfoy, no cuando su madre había muerto a manos de los mortífagos.

Ella era tan Slytherin como Draco y la idea de poner la otra mejilla y perdonar a los enemigos le resultaba tan repugnante y antinatural como a él. Quería vengarse de Longbottom por atormentar a Scorpius, impedir que también la tomara con Cassandra en el futuro. Pero también veía todos los inconvenientes del plan de Draco. Lo pagaría Hannah, sobre todo, cosa que a Astoria no le parecía bien: ella al menos nunca le había negado la entrada al Caldero a ningún Marcado. Por otro lado, aquello acabaría sabiéndose necesariamente y entonces, ¿cómo reaccionaría la gente? Los Longbottom eran muy respetados y apreciados en el mundo mágico, desde luego mucho más que los Malfoy. Quizás se lo pensarían dos veces antes de tratarlos como si fueran criaturas débiles e indefensas a las que cualquiera podía insultar impunemente, sí, pero también aumentaría el rencor y el odio hacia ellos, hacia Cassandra y Scorpius.

-Esa no es la solución, Draco. -Él dio un respingo y la miró con ojos casi traicionados. Pero tenía que entenderlo. Astoria le explicó sus razones, confiando en hacerle cambiar de opinión. Por lo general, Draco le hacía caso en este tipo de cosas con una fe que ella encontraba conmovedora, pero si estaba enfadado de verdad, detenerlo era tan imposible como tratar de detener una avalancha sin varita. Por suerte, aquella no era una de esas veces; su expresión se volvió cada vez más pensativa, no más belicosa, señal de que la estaba escuchando, no aferrándose al plan original-. Además, es precipitado. No hace ni media hora que he hablado con McGonagall. Si ella le ata en corto, Scorpius y los demás estarán bien; ya tendremos tiempo de sobra para planear una venganza que no se vuelva contra nosotros, si es eso lo que queremos.

Draco agachó un momento la cabeza; no le gustaba tener que renunciar a su plan, eso estaba claro, pero Astoria ya no dudaba que le haría caso.

-Está bien –dijo al final-, nos esperaremos a ver qué consigue McGonagall. Pero Astoria… es mejor ser odiado que ser despreciado.

-Lo sé –dijo ella-, pero con un poco de suerte, tendremos más opciones.


Los horarios de los profesores eran muy apretados, así que Minerva no esperaba a Neville hasta el final de las clases. Cuando éste entró en el despacho, le hizo sentarse sin perder demasiado tiempo; había estado pensando todo el día en cómo llevar ese asunto y había optado por un enfoque directo.

-Astoria Malfoy ha estado aquí esta mañana, Neville.-Su expresión, que hasta ese momento había sido plácida y cortés, se tiñó de algo más oscuro-. Ha venido a hablar de Scorpius. El niño le ha dicho que haces comentarios despectivos sobre su familia en clase, que insultas a su padre y a sus abuelos.

Neville apartó la vista un momento: había tantas emociones en sus ojos oscuros que Minerva no pudo descifrarlas.

-No he dicho nada que no sea verdad.

Minerva dejó escapar el aliento, comprendiendo que Astoria y Scorpius tampoco.

-Oh, Neville…

-¿Qué? Minerva, ya sabes cómo son los Malfoy. Scorpius es un crío arrogante, insolente y malcriado. Te aseguro que no le viene nada mal que le baje los humos de vez en cuando.

Minerva meneó la cabeza, apesadumbrada, decepcionada.

-Neville, hablar de la familia Malfoy en medio de clase está completamente fuera de lugar. Y no es que los Malfoy puedan indisponer a la Junta Escolar contra ti o hacer correr mil rumores que te perjudicarían, es que no está bien.

-No creo que los Malfoy tengan ya esa clase de influencia.

-Pero sigue sin estar bien –replicó Minerva, secamente.

Neville se levantó de la silla con el ceño fruncido.

-¿Y cuándo han cambiado las reglas? Porque me habría gustado ver el mismo interés por los alumnos cuando el profesor Snape trataba a los Gryffindor como a una mierda. ¿Tienes idea de las cosas que nos decía? ¿De cómo nos insultaba?

Minerva cerró los ojos un segundo. Severus otra vez…

-Sabes muy bien que Severus tenía que fingir desprecio por nuestro bando. Y de todos modos, permitir ese comportamiento fue decisión de Dumbledore, no mía. –No importaba cuántas veces hubiera ido a su despacho a exigirle que refrenara al antiguo Jefe de Slytherin; Dumbledore siempre le había dicho que Snape estaba haciendo lo que debía hacer-. Yo no lo habría consentido y no pienso consentirlo ahora. Además, tú eres mejor que eso, Neville. Demuéstralo.

Neville asintió, todavía algo tenso. Minerva no había imaginado hasta ese momento que las heridas que Severus, Draco y otros Slytherin le habían inflingido cuando era un niño todavía le dolieran tanto. Era un hombre adulto, con familia, un héroe de guerra. Por desgracia, no era así como funcionaba la psicología humana.

-Está bien. De todos modos, sólo fueron comentarios aislados.

-Seguro que sí –dijo ella, conciliadora-. Te conozco bien y sé que haces un buen trabajo. Y tus chicos te adoran. Precisamente por eso, no quiero que los Malfoy puedan poner en peligro tu puesto entre nosotros.

Neville se relajó un poco al oírla.

-¿Qué vas a decirles?

La verdad era que aún no había tenido tiempo de pensarlo. No podía decirle a los Malfoy que tenían razón y que Neville había hecho esos comentarios; eso equivaldría a entregárselo atado de pies y manos. Pero obviamente tenía que decirles algo.

-Que ya se ha aclarado todo y que estoy segura de que no va a haber más problemas. Con un poco de suerte, los Malfoy se contentarán con eso.

TBC