Capítulo 12:
Eliminado viejos prejuicios: El Cementerio de Elefantes.
Una mañana al abrir mis ojos había despertado yo, con una sola cosa en mente: Hacer una visita; Una visita que cambiaría el destino de mi hermano, el mío, ¡y hasta el de Sarabi! Una visita que era impulsada por mis sentimientos de odio, de obsesión. De enfermo amor. De enferma envidia.
Así que sin que nadie se diera cuenta, me encaminé más allá de los límites del reino, y me adentré en las profundidades de ese lugar prohibido. Ese lugar restringido para mi hermano y para mí; El cementerio de elefantes.
Por años mi padre me había advertido de los peligros de adentrarme en aquel lugar, pero jamás había vivido en carne propia lo que era realmente estar ahí dentro; Hacía mucho calor, era tenebroso, y en el suelo había cráteres que de vez en cuando despedían de manera violenta ardientes fumarolas de metano.
Pronto, percibí la presencia de un ser que me seguía sigilosamente. Sentí tan fuerte la presencia de aquel ser, que me detuve en seco.
— ¿Quién eres, pequeño?— me preguntó una femenina y dulce voz.
Volteé hacia atrás. Mi corazón se aceleró y comencé a sudar frio. Una hiena estaba detrás de mí. Creí que sería mi fin, pero luego recordé las palabras de Shenzi. Ella le hablaría de mí a su gente, así que pensé que si mencionaba su nombre, tal vez mi vida quedaría a salvo.
— Soy amigo de Shenzi, me llamo Taka —le dije de inmediato.
— Sí. –Me contestó ella, mirándome calculadoramente. -Mi hija me habló de ti. Me comentó que la salvaste de ahogarse. Eso que hiciste es despreciable… sin embargo… te lo agradezco."
Me quedé atónito. Nunca hubiera imaginado una respuesta así, tampoco que conocería a la madre de Shenzi tan pronto. Era una hiena con una mirada muy dulce y cálida, pero a su vez un tanto melancólica.
— ¿Puedo preguntarle algo señora? –le dije.
— Dime...
— ¿Por qué me dijo que haber salvado a su hija fue un acto despreciable, del cual sin embargo usted está agradecida?
Por unos segundos sentí un ambiente tenso. La hiena fijó su vista en el cementerio
— ¿Alguna vez te has preguntado sobre lo difícil que es ser una hiena? — Me decía mientras mantenía la vista fija en aquel lugar— ¿Sabes lo que significa ser lo que somos? ¿Crees que yo quiero eso para mis hijos?
Por primera vez en la vida, comencé a descubrir, la otra cara de la luna: la discriminación y tristeza que las hienas debían soportar día tras día. Me quedé atónito. Asombrado. En verdad había muchas cosas que los leones ignorábamos sobre las hienas.
—Pero no te quedes ahí, entra por favor —Me dijo amablemente la hiena.
Yo la seguí, un poco atemorizado.
La cueva a la que me guió la madre de Shenzi era apestosa en verdad. Tal vez era la combinación del metano y los olores que solo puede desprender el hábitat de una hiena. Ya dentro una pequeña cachorrita hiena corrió hacia mí gustosa para saludarme.
"¡Gran príncipe!," gritó con entusiasmo.
—¡Hola Pequeñita! –Dije, devolviendo el saludo con cortesía.
Justo en ese momento, y para mi sorpresa, dos cachorros más, surgieron de entre las sombras. Se acercaron a mi algo temerosos. La verdad a mi me parecieron muy simpáticos.
"Alteza, le presento a mis hermanitos: Banzai y Edd."
Yo los miré asombrado. Nunca antes había visto nada igual. El primero daba un aspecto juguetón, el segundo daba la impresión de no estar del todo cuerdo.
—¡Vengan hermanitos!, Este león no les hará daño. –Aseguró Shenzi, colocándose detrás de ellos, empujándolos con la nariz hacia mí.
—Hola pequeños –Saludé en un intento de simpatizar con ellos.
El cachorro, ahora conocido como Edd, se acercó a olfatearme. Segundos más tarde, ya con algo de confianza comenzó a lamerme amorosamente.
—Tiene unos hijos hermosos –Dije mirando la madre de los cachorritos con una sonrisa.
—Gracias. –respondió la señora hiena, devolviéndome el gesto.
Después, vi acercarse a muchas hienas adultas más. Una de ellas, la cual era color gris y tenía un ojo tuerto, se acercó hacia a mí, y comenzó a olfatearme.
—¿Eres tú el "protegido" de Shenzi? –Preguntó con una voz ronca y áspera. – ¿Acaso fuiste tú el que la salvó de ahogarse?
"Por supuesto que lo debe ser, Rodas," dijo repentinamente una hiena hembra muy joven. Se abría paso entre las demás con elegancia. Los cabellos de su cuello y espalda eran color blanco. Era una hiena de aspecto afable, pero imponente.
—Soy Shimbekh. La sacerdotisa oficial de esta jauría—Se presentó. –Es un gusto enorme tenerte aquí. Me comentaron que eres el protegido de la pequeña Shenzi.
Asentí de nuevo, un poco fastidiado. ¿Por qué todo el mundo insistía con lo mismo?
"Muy bien," Dijo. "Acércate a mí.".
Con un poco de inseguridad, obedecí. Todo esto comenzaba a asustarme. Cuando tuve lo suficientemente cerca a la sacerdotisa, pude ver con más detenimiento sus ojos. Eran azules y profundos. Daba algo de miedo ver aquello. Sus pupilas parecían estar demasiado dilatadas. Entonces ella colocó una pata en mi cabeza.
—Cierra los ojos. –Me ordenó. Sin más le hice caso. Aunque ya no podía ver nada mis oídos sí que captaron lo que la hiena diría a continuación: "A partir de ahora, tú eres uno de nosotros. Te sello con la marca de nuestra gran madre Roh´kash. Te doy su bendición para que te proteja. A partir de ahora ella te reconoce como su hijo elegido también."
Yo no comprendí mucho a que se refería, pero de alguna manera me sentí feliz. Luego, la sacerdotisa Shimbekh me hizo abrir los ojos, y me dijo:
"Algo que quieras decir a la jauría."
Guardé silencio un momento. No creí que fueran a pedirme algo como eso. Y allí, en ese mismo instante vi una gran oportunidad: la oportunidad de poner a todas las hienas de mi lado y hacerlas participes de mis proyectos. Así, que tomando valor, me subí a un peñasco dentro de la cueva, y desde ahí comencé a vociferar:
"Su compañera Shenzi, me ha pedido, en caso de que yo ascendiera al trono, brindarles a ustedes la oportunidad de una vida más digna. Esto podrá ser así, si ustedes me escuchan con atención y se prestan a ayudarme."
Vi que todas las hienas me miraban extasiadas. En sus ojos pude ver cierto brillo: El brillo de la esperanza, que comenzó a invadirlas ante mis ambiciosas palabras. Después cerré mis ojos, y a mi mente llegó un recuerdo antiguo:
— Abuelo Mohatu, ¿Cómo podría alguien llegar a ser la estrella más brillante de todas?
— No lo sé Taka, ¿Pero sabes?, no hay virtudes que puedan ser más apreciadas que la generosidad y la humildad. Si llegaras a ser Rey, y yo sé que lo serás, tendrás que aprender a ser humilde y generoso.
— Pero abuelo, ¿Que no es más importante ser bueno, y evitar la maldad?
"La maldad y la bondad son relativas," contestó Mohatu; "Si tú lastimaras a una Hiena, para salvar a un miembro de tu familia, ¿Fuiste malo por lastimarla? ¿Ó fuiste bueno por salvar a ese miembro?, nunca lo olvides Taka, la bondad, la maldad y la verdad, son relativas.
— Son relativas — dije en susurro y con la mirada perdida en mis recuerdos.
— ¿Decía algo, su alteza? — preguntó Shenzi vociferando desde abajo, pues había escuchado mis palabras.
Al ver a la multitud de hienas aclamándome, me sentí el ser más importante del mundo, por tanto, con el doble de entusiasmo grité:
— Si prometen ayudarme, yo las ayudaré a ustedes.
Las Hienas gritaban emocionadas, me alababan, y gustosas me respondían que sí lo harían. Eso me motivó a seguir hablando
—Escúchenme: Mañana mismo traeré aquí a mi hermano Mufasa, el heredero al trono. Desháganse de él. Si lo quitan de mi camino yo seré rey y cumpliré mi promesa. De ustedes depende que él sea o no proclamado Rey. Sólo de ustedes.
Esa noche en mi cueva reflexioné, tal vez erróneamente, lo siguiente:
Las hienas ganaban. Yo ganaba. Ellas obtenían una vida mejor mientras yo me quedaba con lo que debía ser mío por derecho: Sarabi y Las Tierras del Reino.
